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La Enseñanza Más Eficaz
EN LA enseñanza de Cristo mediante
parábolas, se nota el mismo principio que el que lo impulsó
en su misión al mundo. A fin de que llegáramos a conocer su
divino carácter y su vida, Cristo tomó nuestra naturaleza y
vivió entre nosotros. La Divinidad se reveló en la
humanidad; la gloria invisible en la visible forma humana.
Los hombres podían aprender de lo desconocido mediante lo
conocido; las cosas celestiales eran reveladas por medio de
las terrenales; Dios se manifestó en la semejanza de los
hombres. Tal ocurría en las enseñanzas de Cristo: lo
desconocido era ilustrado por lo conocido; las verdades
divinas, por las cosas terrenas con las cuales la gente se
hallaba más familiarizada.
La Escritura dice: "Todo esto habló Jesús
por parábolas; ... para que se cumpliese lo que fue dicho
por el profeta, que dijo: Abriré en parábolas mi boca;
rebosaré cosas escondidas desde la fundación del mundo." (S.
Mateo 13: 34-35). Las cosas naturales eran el vehículo de
las espirituales; las cosas de la naturaleza y la
experiencia de la vida de sus oyentes eran relacionadas con
las verdades de la Palabra escrita. Guiando así del reino
natural al espiritual, las parábolas de Cristo son eslabones
en la cadena de la verdad que une al hombre con Dios, la
tierra con el cielo.
En su enseñanza basada en la naturaleza,
Cristo hablaba de las cosas que sus propias manos habían
creado y que tenían cualidades y poderes que él mismo les
había impartido. En su perfección original, todas las cosas
creadas eran una expresión del pensamiento de Dios. Para
Adán y Eva en su hogar edénico, la naturaleza estaba llena
del conocimiento de Dios, repleta de instrucción divina. La
sabiduría hablaba a los ojos, y era recibida en el corazón;
pues ellos se ponían en comunión con Dios por medio de sus
obras creadas. Tan pronto como la santa pareja transgredió
la ley del Altísimo, el fulgor del rostro divino se apartó
de la faz de la naturaleza. La tierra se halla actualmente
desfigurada y profanada por el pecado. Sin embargo, aun en
su estado de marchitez, permanece mucho de lo que es
hermoso. Las lecciones objetivas de Dios no se han borrado;
correctamente entendida, la naturaleza habla de su Creador.
En los días de Cristo se habían perdido de
vista estas lecciones. Los hombres casi habían dejado de
discernir a Dios en sus obras. La pecaminosidad de la
humanidad había echado una mortaja sobre la radiante faz de
la creación; y en vez de manifestar a Dios, sus obras
llegaron a ser un obstáculo que lo ocultaba. Los hombres
honraron y sirvieron "a las criaturas antes que al Creador".
Así los paganos "se desvanecieron en sus discursos, y el
necio corazón de ellos fue entenebrecido." ( Romanos 1:25,
21). De esta suerte, en Israel, las enseñanzas de los
hombres habían sido colocadas en lugar de las de Dios. No
solamente las cosas de la naturaleza, sino el ritual de los
sacrificios y las mismas Escrituras -todos dados para
revelar a Dios-, fueron tan pervertidos que llegaron a ser
los medios de ocultarlo.
Cristo trató de quitar aquello que oscurecía
la verdad. Vino a descorrer el velo que el pecado había
echado sobre la faz de la naturaleza, a fin de que reflejase
la gloria espiritual, y todas las cosas habían sido creadas
para mostrar esa gloria. Sus palabras presentaban a través
de un nuevo prisma las enseñanzas de la naturaleza, así como
las de la Biblia, y las convertían en una nueva revelación.
Jesús arrancó un hermoso lirio y lo colocó
en manos de los niños y los jóvenes; y al observar ellos el
propio rostro juvenil del Salvador, radiante con la luz del
sol de la faz de su Padre, expresó la lección: "Reparad los
lirios del campo, cómo crecen [con la simplicidad de la
belleza natural ]; no trabajan ni hilan; mas os digo, que ni
aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de
ellos". Entonces siguió la dulce seguridad y la importante
lección: "Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es
echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a
vosotros, hombres de poca fe?" (S. Mateo 6: 28-30).
En el Sermón de la Montaña estas palabras
fueron habladas a otros, además de los niños y los jóvenes.
Fueron dirigidas a la multitud, en la cual se hallaban
hombres y mujeres llenos de congojas y perplejidades,
apenados por las desilusiones y el dolor. Jesús continuó:
"No os congojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué
beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los gentiles
buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe
que de todas estas cosas habéis menester". Entonces,
extendiendo sus manos hacia la multitud que lo rodeaba,
dijo: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su
justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". ( S. Mateo
6:31-33).
Así interpretó Cristo el mensaje que él
mismo había puesto en los lirios y la hierba del campo. El
desea que lo leamos en cada lirio y en cada brizna de
hierba. Sus palabras se hallan llenas de seguridad, y
tienden a afianzar la confianza en Dios.
Tan amplia era la visión que Cristo tenía de
la verdad, tan vasta su enseñanza, que cada aspecto de la
naturaleza era empleado en ilustrar la verdad. Las escenas
sobre las cuales la vista reposaba diariamente, se hallaban
relacionadas con alguna verdad espiritual, de manera que la
naturaleza se halla vestida con las parábolas del Maestro.
En la primera parte de su ministerio, Cristo
había hablado a la gente en palabras tan claras, que todos
sus oyentes podían haber entendido las verdades que los
hubieran hecho sabios para la salvación. Pero en muchos
corazones la verdad no había echado raíces y había sido
prestamente arrancada. "Por eso les hablo en parábolas -dijo
él-, porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. .
. Porque el corazón de este pueblo está engrosado, y de los
oídos oyen pesadamente, y de sus ojos guiñan".( S. Mateo 13:
13-15).
Jesús quiso incitar el espíritu de
investigación. Trató de despertar a los descuidados, e
imprimir la verdad en el corazón. La enseñanza en parábolas
era popular, y suscitaba el respeto y la atención, no
solamente de los judíos, sino de la gente de otras
nacionalidades. No podía él haber empleado un método de
instrucción más eficaz. Si sus oyentes hubieran anhelado un
conocimiento de las cosas divinas habrían podido entender
sus palabras; porque él siempre estaba dispuesto a
explicarlas a los investigadores sinceros.
Otra vez Cristo tenía verdades para
presentar, que la gente no estaba preparada para aceptar, ni
aun para entender. Por esta razón también él les enseñó en
parábolas. Relacionando sus enseñanzas con las escenas de la
vida, la experiencia o la naturaleza, cautivaba su atención
e impresionaba sus corazones. Más tarde, cuando ellos
miraban los objetos que ilustraban sus lecciones, recordaban
las palabras del divino Maestro. Para las mentes abiertas al
Espíritu Santo, el significado de la enseñanza del Salvador
se desarrollaba más y más. Los misterios se aclaraban, y
aquello que había sido difícil de entender se tornaba
evidente.
Jesús buscaba un camino hacia cada corazón.
Usando una variedad de ilustraciones, no solamente
presentaba la verdad en sus diferentes fases, sino que
hablaba al corazón de los distintos oidores. Suscitaba su
atención mediante figuras sacadas de las cosas que los
rodeaban en la vida diaria. Nadie que escuchara al Salvador
podía sentirse descuidado u olvidado. El más humilde, el más
pecador, oía en sus enseñanzas una voz que le hablaba con
simpatía y ternura.
Además tenía él otra razón para enseñar en
parábolas. Entre las multitudes que se reunían a su
alrededor había sacerdotes y rabinos, escribas y ancianos,
herodianos y príncipes, hombres amantes del mundo,
fanáticos, ambiciosos, que deseaban, sobre todas las cosas,
encontrar alguna acusación contra él. Sus espías seguían sus
pasos día tras día, para hallar alguna palabra de sus labios
que pudiera causar su condena y acallar para siempre a Aquel
que parecía arrastrar el mundo tras sí. El Salvador entendía
el carácter de esos hombres, y presentaba la verdad de tal
manera que ellos no pudieran hallar nada en virtud de lo
cual presentar su caso ante el Sanedrín. En parábolas
reprochaba la hipocresía y las obras malvadas de aquellos
que ocupaban altas posiciones, y revestía de lenguaje
figurado verdades tan cortantes que, si se las hubiera
presentado en forma de denuncia directa, ellos no habrían
escuchado sus palabras y bien pronto hubieran puesto fin a
su ministerio. Pero mientras eludía a los espías, hacía la
verdad tan clara que el error era puesto de manifiesto, y
los hombres de corazón sincero aprovechaban sus lecciones.
La sabiduría divina, la gracia infinita, eran aclaradas por
los objetos de la creación de Dios. Por medio de la
naturaleza y los incidentes de la vida, los hombres eran
enseñados acerca de Dios. "Las cosas invisibles de él, su
eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la
creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son
hechas".( Romanos 1: 20).
En la enseñanza en parábolas usada por el
Salvador se halla una indicación de lo que constituye la
verdadera "educación superior". Cristo podría haber abierto
ante los hombres las más profundas verdades de la ciencia.
Podría haber descubierto misterios cuya penetración habría
requerido muchos siglos de fatiga y estudio. Podría haber
hecho insinuaciones en los ramos científicos que habrían
proporcionado alimento para el pensamiento y estímulo para
la inventiva hasta el fin de los tiempos. Pero no lo hizo.
No dijo nada para satisfacer la curiosidad o para gratificar
las ambiciones de los hombres abriéndoles las puertas a las
grandezas mundanas. En toda su enseñanza, Cristo puso la
mente del hombre en contacto con la Mente infinita. No
indujo a sus oyentes a estudiar las teorías de los hombres
acerca de Dios, su Palabra o sus obras. Les enseñó a
contemplarlo tal como se manifestaba en sus obras, en su
Palabra y por sus providencias.
Cristo no trató de teorías abstractas, sino
de aquello que es esencial para el desarrollo del carácter,
aquello que aumenta la capacidad del hombre para conocer a
Dios y amplía su eficiencia para lo bueno. Habló a los
hombres de aquellas verdades que tienen que ver con la
conducta de la vida y que abarcan la eternidad.
Fue Cristo el que dirigió la educación de
Israel. Con respecto a los mandamientos y ordenanzas del
Señor él dijo: "Las repetirás a tus hijos, y hablarás de
ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al
acostarte, y cuando te levantes: y has de atarlas por señal
en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos: y las
escribirás en los postes de tu casa, y en tus portadas". (
Deuteronomio 6: 7-9). En su propia enseñanza, Jesús mostró
cómo había de cumplirse este mandamiento, cómo pueden
presentarse las leyes y principios del reino de Dios para
revelar su belleza y preciosura. Cuando el Señor estaba
preparando a los hijos de Israel para que fueran sus
representantes especiales, les dio hogares situados entre
las colinas y los valles. En su vida en el hogar y en su
servicio religioso se ponían constantemente en contacto con
la naturaleza y con la Palabra de Dios. Así también Cristo
enseñaba a sus discípulos junto al lago, sobre la ladera de
la montaña, en los campos y arboledas, donde pudieran mirar
las cosas de la naturaleza con las cuales ilustraba sus
enseñanzas. Y mientras aprendían de Cristo, usaban sus
conocimientos cooperando con él en su obra.
De esta suerte, mediante la creación hemos
de familiarizarnos 14 con el Creador. El libro de la
naturaleza es un gran libro de texto, que debemos usar
conjuntamente con las Escrituras para enseñar a los demás
acerca del carácter de Dios y para guiar a las ovejas
perdidas de vuelta al aprisco del Señor. Mientras se
estudian las obras de Dios, el Espíritu Santo imparte
convicción a la mente. No se trata de la convicción que
producen los razonamientos lógicos; y a menos que la mente
haya llegado a estar demasiado oscurecida para conocer a
Dios, la vista demasiado anublada para verlo, el oído
demasiado embotado para oír su voz, se percibe un
significado más profundo, y las sublimes verdades
espirituales de la Palabra escrita quedan impresas en el
corazón.
En estas lecciones que se obtienen
directamente de la naturaleza hay una sencillez y una pureza
que las hace del más elevado valor. Todos necesitan las
enseñanzas que se han de sacar de esta fuente. Por sí misma,
la hermosura de la naturaleza lleva al alma lejos del pecado
y de las atracciones mundanas y la guía hacia la pureza, la
paz y Dios. Demasiado a menudo las mentes de los estudiantes
están ocupadas por las teorías y especulaciones humanas,
falsamente llamadas ciencia y filosofía. Necesitan ponerse
en íntimo contacto con la naturaleza. Aprendan ellos que la
creación y el cristianismo tienen un solo Dios. Sean
enseñados a ver la armonía de lo natural con lo espiritual.
Conviértase todo lo que ven sus ojos y tocan sus manos en
una lección para la edificación del carácter. Así las
facultades mentales serán fortalecidas, desarrollado el
carácter, y ennoblecida la vida toda.
El propósito que Cristo tenía al enseñar por
parábolas corría parejas con su propósito en lo referente al
sábado. Dios dio a los hombres el recordativo de su poder
creador, a fin de que lo vieran en las obras de sus manos.
El sábado nos invita a contemplar la gloria del Creador en
sus obras creadas. Y a causa de que Jesús quería que lo
hiciéramos, 15 relacionó sus preciosas lecciones con la
hermosura de las cosas naturales. En el santo día de
descanso, más especialmente que en todos los demás días,
debemos estudiar los mensajes que Dios nos ha escrito en la
naturaleza. Debemos estudiar las parábolas del Salvador allí
donde las pronunciara, en los prados y arboledas, bajo el
cielo abierto, entre la hierba y las flores. Cuando nos
acercamos íntimamente al corazón de la naturaleza, Cristo
hace que su presencia sea real para nosotros, y habla a
nuestros corazones de su paz y amor.
Y Cristo ha vinculado su enseñanza, no sólo
con el día de descanso, sino con la semana de trabajo. Tiene
sabiduría para que dirige el arado y siembra la simiente. En
la arada y en la siembra, el cultivo y la cosecha, nos
enseña a ver una ilustración de su obra de gracia en el
corazón. Así, en cada ramo de trabajo útil y en toda
asociación de la vida, él desea que encontremos una lección
de verdad divina. Entonces nuestro trabajo diario no
absorberá más nuestra atención ni nos inducirá a olvidar a
Dios; nos recordara continuamente a nuestro Creador y
Redentor. El pensamiento de Dios correrá cual un hilo de oro
a través de todas nuestras preocupaciones del hogar y
nuestras labores. Para nosotros la gloria de su rostro
descansará nuevamente sobre la faz de la naturaleza.
Estaremos aprendiendo de continuo nuestras lecciones de
verdades celestiales, y creciendo a la imagen de su pureza.
Así seremos "enseñados de Jehová"; y cualquiera sea la
suerte que nos toque permaneceremos con Dios. (Isaís 54:13 y
1 Corintios 7:24)
La Siembra de la Verdad
(Este tema esta basado en S. Mateo 13:1-9, 18.23, S.
Marcos 4:1-20; S. Lucas 8:14-15)
POR medio de la parábola del sembrador,
Cristo ilustra las cosas del reino de los cielos, y la obra
que el gran Labrador hace por su pueblo. A semejanza de uno
que siembra en el campo, él vino a esparcir los granos
celestiales de la verdad. Y su misma enseñanza en parábolas
era la simiente con la cual fueron sembradas las más
preciosas verdades de su gracia. A causa de su simplicidad,
la parábola del sembrador no ha sido valorada como debiera
haber sido. De la semilla natural echada en el terreno,
Cristo desea guiar nuestras mentes a la semilla del
Evangelio, cuya siembra produce el retorno de los hombres a
su lealtad a Dios. Aquel que dio la parábola de la semillita
es el Soberano del cielo, y las mismas leyes que gobiernan
la siembra de la semilla terrenal, rigen la siembra de la
simiente de verdad.
Junto al mar de Galilea se había reunido una
multitud para ver y oír a Jesús, una muchedumbre ávida y
expectante. Allí estaban los enfermos sobre sus esteras,
esperando presentar su caso ante él. Era el derecho de
Cristo conferido por Dios, curar los dolores de una raza
pecadora, y ahora reprendía la enfermedad y difundía a su
alrededor vida, salud y paz.
Como la multitud seguía aumentando, la gente
estrechó a Jesús hasta que no había más lugar para
recibirlos. Entonces, hablando una palabra a los hombres que
estaban en sus barcos de pesca, subió a bordo de la
embarcación que lo estaba esperando para conducirlo a través
del lago, y pidiendo a sus discípulos que alejaran el barco
un poco de la tierra, habló a la multitud que se hallaba en
la orilla.
Junto al lago se divisaba la hermosa llanura
de Genesaret, más allá se levantaban las colinas, y sobre
las laderas y la llanura, tanto los sembradores como los
segadores se hallaban ocupados, unos echando la semilla y
otros recogiendo los primeros granos. Mirando la escena,
Cristo dijo:
"He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y
aconteció sembrando, que una parte cayó junto al camino; y
vinieron las aves del cielo, y la tragaron. Y otra parte
cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y luego
salió, porque no tenía la tierra profunda: mas, salido el
sol, se quemó, y por cuanto no tenía raíz, se secó. Y otra
parte cayó en espinas; y subieron las espinas, y la
ahogaron, y no dio fruto. Y otra parte cayó en buena tierra,
y dio fruto, que subió y creció: y llevó uno a treinta, y
otro a sesenta, y otro a ciento".
La misión de Cristo no fue entendida por la
gente de su tiempo. La forma de su venida no era la que
ellos esperaban. El Señor Jesús era el fundamento de todo el
sistema judaico. Su imponente ritual era divinamente
ordenado. El propósito de él era enseñar a la gente que al
tiempo prefijado vendría Aquel a quien señalaban esas
ceremonias. Pero los judíos habían exaltado las formas y las
ceremonias, y habían perdido de vista su objeto. Las
tradiciones, las máximas y los estatutos de los hombres
ocultaron de su vista las lecciones que Dios se proponía
transmitirles. Esas máximas y tradiciones llegaron a ser un
obstáculo para la comprensión y práctica de la religión
verdadera. Y cuando vino la Realidad, en la persona de
Cristo, no reconocieron en él el cumplimiento de todos sus
símbolos, las sustancia de todas sus sombras. Rechazaron a
Cristo, el ser a quien representaban sus ceremonias, y se
aferraron a sus, mismos símbolos e inútiles ceremonias. El
hijo de Dios había venido, pero ellos continuaban pidiendo
una señal. Al mensaje: "Arrepentíos, que el reino de los
cielos se ha acercado"( S. Mateo 3:2), contestaron exigiendo
un milagro. El Evangelio de Cristo era un tropezadero para
ellos porque demandaban señales en vez de un Salvador.
Esperaban que el Mesías probase sus aseveraciones por
poderosos actos de conquista, para establecer su imperio
sobre las ruinas de los imperios terrenales. Cristo contestó
a esta expectativa con la parábola del sembrador. No por la
fuerza de las armas, no por violentas interposiciones había
de prevalecer el reino de Dios, sino por la implantación de
un nuevo principio en el corazón de los hombres.
"El que siembra la buena simiente es el Hijo
del hombre".(S. Mateo 13:37). Cristo había venido, no como
rey, sino como sembrador; no para derrocar imperios, sino
para esparcir semillas; no para señalar a sus seguidores
triunfos terrenales y grandeza nacional, sino una cosecha
que debe ser recogida después de pacientes trabajos y en
medio de pérdidas y desengaños.
Los fariseos percibieron el significado de
la parábola de Cristo; pero para ellos su lección era
ingrata. Aparentaron no entenderla. Esto hizo que, a ojos de
la multitud, un misterio todavía mayor envolviera el
propósito del nuevo maestro, cuyas palabras habían conmovido
tan extrañamente su corazón y chasqueado tan amargamente sus
ambiciones. Los mismos discípulos no habían entendido la
parábola, pero su interés se despertó. Vinieron a Jesús en
privado y le pidieron una explicación.
Este era el deseo que Cristo quería
despertar, a fin de poder darles instrucción más definida.
Les explicó la parábola, como aclarará su Palabra a todo
aquel que lo busque con sinceridad de corazón. Aquellos que
estudian la Palabra de Dios con corazones abiertos a la
iluminación del Espíritu Santo, no permanecerán en las
tinieblas en cuanto a su significado. "El que quisiere hacer
su voluntad [la de Dios] -dijo Cristo-, conocerá de la
doctrina, si viene de Dios, o si yo hablo de mí mismo", (S.
Juan 7: 17). Todos los que acuden a Cristo en busca de un
conocimiento más claro de la verdad, lo recibirán. El
desplegará ante ellos los misterios del reino de los cielos,
y estos misterios serán entendidos por el corazón que anhela
conocer la verdad. Una luz celestial brillará en el templo
del alma, la cual se revelará a los demás cual brillante
fulgor de una lámpara en un camino oscuro.
"El sembrador salió a sembrar".( S.Marcos
4:3). En el Oriente, el estado de las cosas era tan
inseguro, y había tan grande peligro de violencia, que la
gente vivía principalmente en ciudades amuralladas, y los
labradores salían diariamente a desempeñar sus tareas fuera
de los muros. Así Cristo, el Sembrador celestial, salió a
sembrar. Dejó su hogar de seguridad y paz, dejó la gloria
que él tenía con el Padre antes que el mundo fuese, dejó su
puesto en el trono del universo. Salió como uno que sufre,
como hombre tentado; salió solo, para sembrar con lágrimas,
para verter su sangre, la simiente de vida para el mundo
perdido.
Sus servidores deben salir a sembrar de la
misma manera. Cuando Abrahán recibió el llamamiento a ser un
sembrador de la simiente de verdad, se le ordenó: "Vete de
tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la
tierra que te mostraré". "Y salió sin saber dónde iba"(Genesis
12:1, Hechos11:8). Así el apóstol Pablo, orando en el templo
de Jerusalén, recibió el mensaje de Dios: "Ve, porque yo te
tengo que enviar lejos a los gentiles"( Hechos 22:21). Así
los que son llamados a unirse con Cristo deben dejarlo todo
para seguirle a él. Las antiguas relaciones deben ser rotas,
deben abandonarse los planes de la vida, debe renunciarse a
las esperanzas terrenales. La semilla debe sembrarse con
trabajo y lágrimas, en la soledad y mediante el sacrificio.
"El sembrador siembra la palabra"(S. Marcos
4:14). Cristo vino a sembrar el mundo de verdad. Desde la
caída del hombre, Satanás a estado sembrando las semillas
del error. Fue por medio de un engaño como obtuvo el dominio
sobre el hombre al principio, y así trabaja todavía para
derrocar el reino de Dios en la tierra y colocar a los
hombres bajo su poder. Un sembrador proveniente de un mundo
más alto, Cristo, vino a sembrar las semillas de verdad.
Aquel que había estado en los concilios de Dios, Aquel que
había morado en el lugar santísimo del Eterno, podía traer a
los hombres los puros principios de la verdad. Desde la
caída del hombre, Cristo había sido el Revelador de la
verdad al mundo. Por medio de él, la incorruptible simiente,
"la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre"(1 S.
Pedro 1:23), es comunicada a los hombres. En aquella primera
promesa pronunciada a nuestra raza caída, en el Edén, Cristo
estaba sembrando la simiente del Evangelio. Pero la parábola
se aplica especialmente a su ministerio personal entre la
gente y a la obra que de esa manera estableció.
La palabra de Dios es la simiente. Cada
semilla tiene en sí un poder germinador. En ella está
encerrada la vida de la planta. Así hay vida en la palabra
de Dios. Cristo dice: "Las palabras que yo os he hablado,
son espíritu, y son vida". "El que oye mi palabra, y cree al
que me ha enviado, tiene vida eterna" (S.Juan 6:63; 5:24).
En cada mandamiento y en cada promesa de la Palabra de Dios
se halla el poder, la vida misma de Dios, por medio de los
cuales pueden cumplirse el mandamiento y la promesa. Aquel
que por la fe recibe la palabra, está recibiendo la misma
vida y carácter de Dios.
Cada semilla lleva fruto según su especie.
Sembrad la semilla en las debidas condiciones, y
desarrollará su propia vida en la planta. Recibid en el alma
por la fe la incorruptible simiente de la Palabra, y
producirá un carácter y una vida a la semejanza del carácter
y la vida de Dios.
Los maestros de Israel no estaban sembrando
la simiente de la Palabra de Dios. La obra de Cristo como
Maestro de la verdad se hallaba en marcado contraste con la
de los rabinos de su tiempo. Ellos se espaciaban en las
tradiciones, en las teorías y especulaciones humanas. A
menudo colocaban lo que el hombre había enseñado o escrito
acerca de la Palabra en lugar de la Palabra misma. Su
enseñanza no tenía poder para vivificar el alma. El tema de
la enseñanza y la predicación de Cristo era la Palabra de
Dios. El hacía frente a los inquiridores con un sencillo:
"Escrito está". "¿Qué dice la Escritura?" "¿Cómo lees?" En
toda oportunidad, cuando se despertaba algún interés, fuera
por obra de un amigo o un enemigo, él sembraba la simiente
de la palabra. Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida,
siendo él mismo la Palabra viviente, señala las Escrituras,
diciendo: "Ellas son las que dan testimonio de mí". "Y
comenzando desde Moisés, y de todos los profetas,
declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían"(S.Juan
5:39, S.Lucas 24:27).
Los siervos de Cristo han de hacer la misma
obra. En nuestros tiempos, así como antaño, las verdades
vitales de la Palabra de Dios son puestas a un lado para dar
lugar a las teorías y especulaciones humanas. Muchos
profesos ministros del Evangelio no aceptan toda la Biblia
como palabra inspirada. Un hombre sabio rechaza una porción;
otro objeta otra parte. Valoran su juicio como superior a la
Palabra, y los pasajes de la Escritura que ellos enseñan se
basan en su propia autoridad. La divina autenticidad de la
Biblia es destruida. Así se difunden semillas de
incredulidad, pues la gente se confunde y no sabe qué creer.
Hay muchas creencias que la mente no tiene derecho a
albergar. En los días de Cristo los rabinos interpretaban en
forma forzada y mística muchas porciones de la Escritura. A
causa de que la sencilla enseñanza de la Palabra de Dios
condenaba sus prácticas, trataban de destruir su fuerza. Lo
mismo se hace hoy en día. Se hace aparecer a la Palabra de
Dios como misteriosa y oscura para excusar la violación de
la ley divina. Cristo reprendió estas prácticas en su
tiempo. El enseñó que la Palabra de Dios había de ser
entendida por todos. Señaló las Escrituras como algo de
incuestionable autoridad, y nosotros debemos hacer lo mismo.
La Biblia ha de ser presentada como la Palabra del Dios
infinito, como el fin de toda controversia y el fundamento
de toda fe.
Se ha despojado a la Biblia de su poder, y
los resultados se ven en una disminución del tono de la vida
espiritual. En los sermones de muchos púlpitos de nuestros
días no se nota esa divina manifestación que despierta la
conciencia y vivifica el alma. Los oyentes no pueden decir:
"¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba
en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?" (S.Lucas
24:32). Hay muchas personas que están clamando por el Dios
viviente, y anhelan la presencia divina. Las teorías
filosóficas o los ensayos literarios, por brillantes que
sean, no pueden satisfacer el corazón. Los asertos e
invenciones de los hombres no tienen ningún valor. Que la
Palabra de Dios hable a la gente. Que los que han escuchado
sólo tradiciones, teorías y máximas humanas, oigan la voz de
Aquel cuya palabra puede renovar el alma para vida eterna.
El tema favorito de Cristo era la ternura
paternal y la abundante gracia de Dios; se espaciaba mucho
en la santidad de su carácter y de su ley; se presentaba a
sí mismo a la gente como el Camino, la Verdad, y la Vida.
Sean éstos los temas de los ministros de Cristo. Presentad
la verdad tal cual es en Jesús. Aclarad los requisitos de la
ley y del Evangelio. Hablad a la gente de la vida de
sacrificio y abnegación que llevó Cristo; de su humillación
y muerte; de su resurrección y ascensión; de su intercesión
por ellos en las cortes de Dios; de su promesa: "Vendré otra
vez, y os tomaré a mí mismo"(S. Juan 14:3).
En vez de discutir teorías erróneas, o de
tratar de combatir a los opositores del Evangelio, seguid el
ejemplo de Cristo. Resplandezcan en forma vivificante las
frescas verdades del tesoro divino. "Que prediques la
palabra". Siembra "sobre las aguas". "Que instes a tiempo y
fuera de tiempo". "Predique mi palabra con toda verdad aquel
que recibe mi palabra. . . ¿Qué tiene que ver la paja con el
trigo, dice el Señor?" "Toda palabra de Dios es limpia; ...
no añadas a sus palabras, porque no te reprenda, y seas
hallado mentiroso".(2 Timoteo 4:2; Isaís 32:20;
Jeremias23:28; Proverbios 30:5, 6)
"El sembrador siembra la palabra". Aquí se
presenta el gran principio que debe gobernar toda obra
educativa. "La simiente es la palabra de Dios". Pero en
demasiadas escuelas de nuestro tiempo la Palabra de Dios se
descarta. Otros temas ocupan lamente. El estudio de los
autores incrédulos ocupa mucho lugar en el sistema de
educación. Los sentimientos escépticos se entretejen en el
texto de los libros de estudio. Las investigaciones
científicas desvían, porque sus descubrimientos se
interpretan mal y se pervierten. Se compara la Palabra de
Dios con las supuestas enseñanzas de la ciencia, y se la
hace aparecer como errónea e indigna de confianza. Así se
siembran en las mentes juveniles semillas de dudas, que
brotan en el tiempo de la tentación. Cuando se pierde la fe
en la Palabra de Dios, el alma no tiene ninguna guía,
ninguna seguridad. La juventud es arrastrada a senderos que
alejan de Dios y de la vida eterna.
A esta causa debe atribuirse, en sumo grado,
la iniquidad generalizada en el mundo moderno. Cuando se
descarta la Palabra de Dios, se rechaza su poder de refrenar
las pasiones perversas del corazón natural. Los hombres
siembran para la carne, y de la carne siegan corrupción.
Además, en esto estriba la gran causa de la
debilidad y deficiencia mentales. Al apartarse de la Palabra
de Dios para alimentarse de los escritos de los hombres no
inspirados, la mente llega a empequeñecerse y degradarse. No
se pone en contacto con los profundos y amplios principios
de la verdad eterna. La inteligencia se adapta a la
comprensión de las cosas con las cuales se familiariza, y al
dedicarse a las cosas finitas se debilita, su poder decrece,
y después de un tiempo llega a ser incapaz de ampliarse.
Todo esto es falsa educación. La obra de
todo maestro debe tender a afirmar la mente de la juventud
en las grandes verdades de la Palabra inspirada. Esta es la
educación esencial para esta vida y para la vida venidera.
Y no se crea que esto impedirá el estudio de
las ciencias, o dará como resultado una norma más baja en la
educación. El conocimiento de Dios es tan alto como los
cielos y tan amplio como el universo. No hay nada tan
ennoblecedor y vigorizador como el estudio de los grandes
temas que conciernen a nuestra vida eterna. Traten los
jóvenes de comprender estas verdades divinas, y sus mentes
se ampliarán y vigorizarán con el esfuerzo. Esto colocará a
todo estudiante que sea un hacedor de la palabra, en un
campo de pensamiento más amplio, y le asegurará una
imperecedera riqueza de conocimiento.
La educación que puede obtenerse por el
escudriñamiento de las Escrituras, es un conocimiento
experimental del plan de la salvación. Tal educación
restaurará la imagen de Dios en el alma. Fortalecerá y
vigorizará la mente contra la tentación, y habilitará al
estudiante para ser un colaborador de Cristo en su misión de
misericordia al mundo. Lo convertirá en un miembro de la
familia celestial, y lo preparará para compartir la herencia
de los santos en luz. Pero el que enseña verdades sagradas
puede impartir únicamente aquello que él mismo conoce por
experiencia. "El sembrador salió a sembrar su semilla".(S.
Lucas 8:5). Cristo enseñó la verdad porque él era la verdad.
Su propio pensamiento, su carácter, la experiencia de su
vida, estaban encarnados en su enseñanza. Tal debe ocurrir
con sus siervos: aquellos que quieren enseñar la Palabra han
de hacer de ella algo propio mediante una experiencia
personal. Deben saber qué significa tener a Cristo hecho
para ellos sabiduría y justificación y santificación y
redención. Al presentar a los demás la Palabra de Dios, no
han de hacerla aparecer como algo supuesto o un "tal vez".
Deben declarar con el apóstol Pedro: "No os hemos dado a
conocer... fábulas por arte compuestas; sino como habiendo
con nuestros propios ojos visto su majestad"(2 S. Pedro
1:16). Todo ministro de Cristo y todo maestro deben poder
decir con el amado Juan: "Porque la vida fue manifestada, y
vimos, y testificamos, y os anunciamos aquella vida eterna,
la cual estaba con el Padre, y nos ha aparecido".( 1 S. Juan
1:2).
El terreno. Junto al
camino
Aquello a lo cual se refiere principalmente
la parábola del sembrador es el efecto producido en el
crecimiento de la semilla por el suelo en el cual se echa.
Mediante esta parábola Cristo decía prácticamente a sus
oyentes: No es seguro para vosotros detenemos y criticar mis
obras o albergar desengaño, porque ellas no satisfacen
vuestras ideas. El asunto de mayor importancia para vosotros
es: ¿cómo trataréis mi mensaje? Dé vuestra aceptación o
rechazamiento de él, depende vuestro destino eterno.
Explicando lo referente a la semilla que
cayó a la vera del camino, dijo: "Oyendo cualquiera la
palabra del reino, y no entendiéndola, viene el malo, y
arrebata lo que fue sembrado en su corazón: éste es el que
fue sembrado junto al camino".
La semilla sembrada a la vera del camino
representa la palabra de Dios cuando cae en el corazón de un
oyente desatento. Semejante al camino muy trillado,
pisoteado por los pies de los hombres y las bestias, es el
corazón que llega a transformarse en un camino para el
tránsito del mundo, sus placeres y pecados. Absorta en
propósitos egoístas y pecaminosas complacencias, el alma
está endurecida "con engaño de pecado"( Hebreos 3:13). Las
facultades espirituales se paralizan. Los hombres oyen la
palabra, pero no la entienden. No disciernen que se aplica a
ellos mismos. No se dan cuenta de sus necesidades y
peligros. No perciben el amor de Cristo, y pasan por alto el
mensaje de su gracia como si fuera algo que no les
concerniese.
Como los pájaros están listos para sacar la
semilla de junto al camino, Satanás está listo para quitar
del alma las semillas de verdad divina. El teme que la
Palabra de Dios despierte al descuidado y produzca efecto en
el corazón endurecido. Satanás y sus ángeles se encuentran
en las reuniones donde se predica el Evangelio. Mientras los
ángeles del cielo tratan de impresionar los corazones con la
Palabra de Dios, el enemigo está alerta para hacer que no
surta efecto. Con un fervor solamente igualable a su
malicia, trata de desbaratar la obra del Espíritu de Dios.
Mientras Cristo está atrayendo al alma por su amor, Satanás
trata de desviar la atención del que es inducido a buscar al
Salvador. Ocupa la mente con planes mundanos. Excita la
crítica, o insinúa la duda y la incredulidad. La forma en
que el orador escoge su lenguaje o sus maneras pueden no
agradar a los oyentes, y se espacian en estos defectos. Así
la verdad que ellos necesitan y que Dios les ha enviado
misericordiosamente, no produce ninguna impresión duradera.
Satanás tiene muchos ayudantes. Muchos que
profesan ser cristianos están ayudando al tentador a
arrebatar las semillas de verdad del corazón de los demás.
Muchos que escuchan la predicación de la Palabra de Dios
hacen de ella el objeto de sus críticas en el hogar. Se
sientan para juzgar el sermón como juzgarían las palabras de
un conferenciante mundano o un orador político. Se espacian
en comentarios triviales o sarcásticos sobre el mensaje que
debe ser considerado como la palabra del Señor dirigida a
ellos. Se discuten libremente el carácter, los motivos y las
acciones del pastor, así como la conducta de los demás
miembros de la iglesia. Se pronuncian juicios severos, se
repiten chismes y calumnias, y esto a oídos de los
inconversos. A menudo los padres conversan de estas cosas a
oídos de sus propios hijos. Así se destruye el respeto por
los mensajeros de Dios y la reverencia debida a su mensaje.
Y muchos son inducidos a considerar livianamente la misma
Palabra de Dios.
Así, en los hogares de los profesos
cristianos se inculca a muchos jóvenes la incredulidad. Y
los padres se preguntan por qué sus hijos tienen tan poco
interés en el Evangelio, y se hallan tan listos para dudar
de las verdades bíblicas. Se admiran de que sea tan difícil
alcanzarlos con las influencias morales y religiosas. No ven
que su propio ejemplo ha endurecido el corazón de sus hijos.
La buena semilla no encuentra lugar para arraigarse, y
Satanás la arrebata.
En pedregales
"Y el que fue sembrado en pedregales, éste
es el que oye la palabra, y luego la recibe con gozo. Mas no
tiene raíz en sí, antes es temporal que venida la aflicción
o la persecución por la palabra, luego se ofende".
La semilla sembrada en lugares pedregosos
encuentra poca profundidad de tierra. La planta brota
rápidamente, pero la raíz no puede penetrar en la roca para
encontrar el alimento que sostenga su crecimiento, y pronto
muere. Muchos que profesan ser religiosos son oidores
pedregosos. Así como la roca yace bajo la capa de tierra, el
egoísmo del corazón natural yace debajo del terreno de sus
buenos deseos y aspiraciones. No subyugan el amor propio. No
han visto la excesiva pecaminosidad del pecado, y su corazón
no se ha humillado por el sentimiento de su culpa. Esta
clase puede ser fácilmente convencida, y parecen ser
conversos inteligentes, pero tienen sólo una religión
superficial.
No se retractan porque hayan recibido la
palabra inmediatamente ni porque se regocijen en ella. Tan
pronto como San Mateo oyó el llamamiento del Salvador, se
levantó de inmediato, dejó todo y lo siguió. Tan pronto como
la palabra divina viene a nuestros corazones, Dios desea que
la recibamos, y es lo correcto aceptarla con gozo. Hay "gozo
en el cielo por un pecador que se arrepiente"( S. Lucas
15:7). Y hay gozo en el alma que cree en Cristo. Pero
aquellos de los cuales la parábola dice que reciben la
palabra inmediatamente, no calculan el costo. No consideran
lo que la palabra de Dios requiere de ellos. No examinan
todos sus hábitos de vida a la luz de la palabra, ni se
entregan por completo a su dominio.
Las raíces de la planta penetran
profundamente en el suelo, y ocultas de la vista nutren la
vida del vegetal. Tal debe ocurrir con el cristiano: es por
la unión invisible del alma con Cristo, mediante la fe, como
la vida espiritual se alimenta. Pero los oyentes pedregosos
dependen de sí mismos y no de Cristo. Confían en sus buenas
obras y buenos impulsos, y se sienten fuertes en su propia
justicia. No son fuertes en el Señor y en la potencia de su
fortaleza, Tal persona "no tiene raíz en sí", porque no está
relacionada con Cristo.
El cálido sol estival, que fortalece y
madura el robusto grano, destruye aquello que no tiene raíz
profunda. Así "el que no tiene raíz en sí" "es temporal", es
decir, dura sólo un tiempo; y una vez "venida la aflicción o
la persecución por la palabra, luego se ofende". Muchos
reciben el Evangelio como una manera de escapar del
sufrimiento, más bien que como una liberación del pecado. Se
regocijan por un tiempo, porque piensan que la religión los
libertará de las dificultades y las pruebas. Mientras todo
marcha suavemente y viento en popa, parecen ser cristianos
consecuentes. Pero desmayan en medio de la prueba fiera de
la tentación. No pueden soportar el oprobio por la causa de
Cristo. Cuando la Palabra de Dios señala algún pecado
acariciado o pide algún sacrificio, ellos se ofenden. Les
costaría demasiado esfuerzo hacer un cambio radical en su
vida. Miran los actuales inconvenientes y pruebas, y olvidan
las realidades eternas. A semejanza de los discípulos que
dejaron 29 a Jesús, están listos para decir: "Dura es esta
palabra: ¿quién la puede oír?"( S. Juan 6:60).
Hay muchos que pretenden servir a Dios, pero
que no lo conocen por experiencia. Su deseo de hacer la
voluntad divina se basa en su propia inclinación, y no en la
profunda convicción impartida por el Espíritu Santo. Su
conducta no armoniza con la ley de Dios. Profesan aceptar a
Cristo como su Salvador, pero no creen que él quiere darles
poder para vencer sus pecados. No tienen una relación
personal con un Salvador viviente, y su carácter revela
defectos así heredados como cultivados.
Una cosa es manifestar un asentimiento
general a la intervención del Espíritu Santo, y otra cosa
aceptar su obra como reprendedor que nos llama al
arrepentimiento. Muchos sienten su apartamiento de Dios,
comprenden que están esclavizados por el yo y el pecado;
hacen esfuerzos por reformarse; pero no crucifican el yo. No
se entregan enteramente en las manos de Cristo, buscando el
poder divino que los habilite para hacer su voluntad. No
están dispuestos a ser modelados a la semejanza divina. En
forma general reconocen sus imperfecciones, pero no
abandonan sus pecados particulares. Con cada acto erróneo se
fortalece la vieja naturaleza egoísta.
La única esperanza para estas almas consiste
en que se realice en ellas la verdad de las palabras de
Cristo dirigidas a Nicodemo: "Os es necesario nacer otra
vez". "El que no naciera otra vez, no puede ver el reino de
Dios"( S. Juan 3:7, 3).
La verdadera santidad es integridad en el
servicio de Dios. Esta es la condición de la verdadera vida
cristiana. Cristo pide una consagración sin reserva, un
servicio indiviso. Pide el corazón, la mente, el alma, las
fuerzas. No debe agradarse al yo. El que vive para sí no es
cristiano.
El amor debe ser el principio que impulse a
obrar. El amor es el principio fundamental del gobierno de
Dios en los cielos y en la tierra, y debe ser el fundamento
del carácter del cristiano. Sólo este elemento puede hacer
estable al cristiano. Sólo esto puede habilitarlo para
resistir la prueba y la tentación.
Y el amor se revelará en el sacrificio. El
plan de redención fue fundado en el sacrificio, un
sacrificio tan amplio y tan profundo y tan alto que es
inconmensurable. Cristo lo dio todo por nosotros, y aquellos
que reciben a Cristo deben estar listos a sacrificarlo todo
por la causa de su Redentor. El pensamiento de su honor y de
su gloria vendrá antes de ninguna otra cosa. Si amamos a
Jesús, amaremos vivir para él, presentar nuestras ofrendas
de gratitud a él, trabajar por él. El mismo trabajo será
liviano. Por su causa anhelaremos el dolor, las penalidades
y el sacrificio. Simpatizaremos con su vehemente deseo de
salvar a los hombres. Sentiremos por las almas el mismo
tierno afán que él sintió.
Esta es la religión de Cristo. Cualquier
cosa que sea menos que esto es un engaño. Ningún alma se
salvará por una mera teoría de la verdad o por una profesión
de discipulado. No pertenecemos a Cristo a menos que seamos
totalmente suyos. La tibieza en la vida cristiana es lo que
hace a los hombres débiles en su propósito y volubles en sus
deseos. El esfuerzo por servir al yo y a Cristo a la vez lo
hace a uno oidor pedregoso, y no prevalecerá cuando la
prueba le sobrevengas.
Entre las espinas
"Y el que fue sembrado en espinas, éste es
el que oye la palabra; pero el afán de este siglo y el
engaño de las riquezas, ahogan la palabra, y hácese
infructuosa".
La semilla del Evangelio a menudo cae entre
las espinas y las malas hierbas; y si no hay una
transformación moral en el corazón humano, si los viejos
hábitos y prácticas y la vida pecaminosa anterior no se
dejan atrás, si los atributos de Satanás no son extirpados
del alma, la cosecha de trigo se ahoga. Las espinas llegarán
a ser la cosecha, y exterminarán el trigo.
La gracia puede prosperar únicamente en el
corazón que constantemente está preparándose para recibir
las preciosas semillas de verdad. Las espinas del pecado
crecen en cualquier terreno; no necesitan cultivo; pero la
gracia debe ser cuidadosamente cultivada. Las espinas y las
zarzas siempre están listas para surgir, y de continuo debe
avanzar la obra de purificación. Si el corazón no está bajo
el dominio de Dios, si el Espíritu Santo no obra
incesantemente para refinar y ennoblecer el carácter, los
viejos hábitos se revelarán en la vida. Los hombres pueden
profesar creer el Evangelio; pero a menos que sean
santificados por el Evangelio, su profesión no tiene valor.
Si no ganan la victoria sobre el pecado, el pecado la
obtendrá sobre ellos. Las espinas que han sido cortadas pero
no desarraigadas crecen con presteza, hasta que el alma
queda ahogada por ellas.
Cristo especificó las cosas que son dañinas
para el alma. Según San Marcos, él mencionó los cuidados de
este siglo, el engaño de las riquezas, y la codicia de otras
cosas. Lucas especifica los cuidados, las riquezas y los
pasatiempos de la vida. Esto es lo que ahoga la palabra, el
crecimiento de la semilla espiritual. El alma deja de
obtener su nutrición de Cristo, y la espiritualidad se
desvanece del corazón.
"Los cuidados de este siglo". Ninguna clase
de personas está libre de la tentación de los cuidados del
mundo. El trabajo penoso, la privación y el temor de la
necesidad le acarrean al pobre perplejidades y cargas. Al
rico le sobreviene el temor de la pérdida y una multitud de
congojas. Muchos de los que siguen a Cristo olvidan la
lección que él nos ha invitado a aprender de las flores del
campo. No confían en su cuidado constante. Cristo no puede
llevar sus cargas porque ellos no las echan sobre él. Por lo
tanto, los cuidados de la vida, que deberían inducirles a ir
al Salvador para obtener ayuda y alivio, los separan de él.
Muchos que podrían ser fructíferos en el
servicio de Dios se dedican a adquirir riquezas. La
totalidad de su energía es absorbida en las empresas
comerciales, y se sienten obligados a descuidar las cosas de
naturaleza espiritual. Así se separan de Dios. En las
Escrituras se nos ordena que no seamos perezosos en los
quehaceres(Romanos 12:11). Hemos de trabajar para poder dar
al que necesita. Los cristianos deben trabajar, deben
ocuparse en los negocios, y pueden hacerlo sin pecar. Pero
muchos llegan a estar tan absortos en los negocios, que no
tienen tiempo para orar, para estudiar la Biblia, para
buscar y servir a Dios. A veces su alma anhela la santidad y
el cielo; pero no tienen tiempo para apartarse del ruido del
mundo a fin de escuchar el lenguaje del Espíritu de Dios,
que habla con majestad y con autoridad. Las cosas de la
eternidad se convierten en secundarias y las cosas del mundo
en supremas. Es imposible que la simiente de la palabra
produzca fruto; pues la vida del alma se emplea en alimentar
las espinas de la mundanalidad.
Y muchos que obran con un propósito muy
diferente caen en un error similar. Están trabajando para el
bien de otros; sus deberes apremian, sus responsabilidades
son muchas, y permiten que su trabajo ocupe hasta el tiempo
que deben a la devoción. Descuidan la comunión que debieran
sostener con Dios por medio de la oración y el estudio de su
Palabra. Olvidan que Cristo dijo: "Sin mí nada podéis
hacer"(S. Juan 15:5). Andan lejos de Cristo; su vida no está
saturada de su gracia y se revelan las características del
yo. Su servicio se echa a perder por el deseo de la
supremacía y por los rasgos ásperos y carentes de bondad del
corazón insubordinado. He aquí uno de los principales
secretos del fracaso en la obra cristiana. Esta es la razón
por la cual sus resultados son a menudo tan pobres.
"El engaño de las riquezas". El amor a las
riquezas tiene el poder de infatuar y engañar. Demasiado a
menudo aquellos que poseen tesoros mundanales se olvidan de
que es Dios el que les ha dado el poder de adquirir
riquezas. Dicen: "Mi poder y la fortaleza de mi mano me han
traído esta riqueza" (Deuteronomio 8:17). Su riqueza, en vez
de despertar la gratitud hacia Dios, los induce a la
exaltación propia. Pierden el sentido de su dependencia de
Dios y su obligación con respecto a sus semejantes. En vez
de considerar las riquezas como un talento que ha de ser
empleado para la gloria de Dios y la elevación de la
humanidad, las miran como un medio de servirse a sí mismos.
En vez de desarrollar en el hombre los atributos de Dios,
las riquezas así usadas desarrollan en él los atributos de
Satanás. La simiente de la palabra es ahogada por las
espinas.
"Y los pasatiempos de la vida". Hay peligro
en las diversiones que persiguen únicamente la complacencia
propia. Todos los hábitos de complacencia que debilitan las
facultades físicas, que anublan la mente o entorpecen las
percepciones espirituales, son "deseos carnales que batallan
contra el alma" (1 S. Pedro 2:11).
"Y las codicias que hay en las otras cosas".
Estas no son necesariamente cosas pecaminosas en sí mismas,
sino algo a lo cual se le concede el primer lugar en vez del
reino de Dios. Todo lo que desvía la mente de Dios, todo lo
que aparta los afectos de Cristo, es un enemigo del alma.
Cuando la mente es juvenil, vigorosa y
susceptible de rápido desarrollo, existe la gran tentación
de la ambición egoísta, de servir al yo. Si los planes
mundanos tienen éxito, se manifiesta una inclinación a
continuar en un camino que amortece la conciencia e impide
una estimación correcta de lo que constituye la verdadera
excelencia del carácter. Cuando las circunstancias
favorezcan este desarrollo, el crecimiento se manifestará en
una dirección prohibida por la Palabra de Dios.
En este período de formación de la vida de
sus hijos, la responsabilidad de los padres es muy grande.
Debe constituir su tema de estudio cómo rodear a la juventud
de las debidas influencias, influencias que les den
opiniones correctas acerca de la vida y su verdadero éxito.
En vez de esto, ¡cuántos padres convierten en el primer
objeto de su vida el conseguir para sus hijos la prosperidad
mundanal! Eligen todas sus relaciones con este fin. Muchos
padres fijan su hogar en alguna gran ciudad, y presentan sus
hijos a la sociedad elegante y a la moda. Los rodean de
influencias que estimulan la mundanalidad y el orgullo. En
esa atmósfera la mente y el alma se empequeñecen. Los
blancos nobles y elevados de la vida se pierden de vista. El
privilegio de ser hijos de Dios, herederos de la eternidad,
se cambia por el beneficio mundanal.
Muchos padres tratan de crear la felicidad
de sus hijos satisfaciendo su amor a las diversiones. Les
permiten ocuparse en los deportes y asistir a fiestas
sociales, y los proveen de dinero para usar libremente en la
ostentación y la complacencia propia. Cuanto más se trata de
satisfacer el deseo placer, tanto más se fortalece. El
interés de estos jóvenes queda cada vez más absorbido por
las diversiones, hasta que llegan a considerarlas como el
gran objeto de su vida. Forman hábitos de ociosidad y
complacencia propia que hace imposible que alguna vez
lleguen a ser cristianos estables.
Aun a la iglesia, que debe ser el pilar y el
fundamento de la verdad, se la halla estimulando el amor
egoísta del placer. Cuando debe obtenerse dinero para fines
religiosos, ¿a qué medios recurren muchas iglesias? A los
bazares, las cenas, las exposiciones de artículos de
fantasía, aun a las rifas y a recursos similares. A menudo
el lugar apartado para el culto divino es profanado
banqueteando y bebiendo, comprando, vendiendo y
divirtiéndose. El respeto por la casa de Dios y la
reverencia por su culto disminuyen en la mente de los
jóvenes. Los baluartes del dominio propio se debilitan. El
egoísmo, el apetito, el amor a la ostentación son usados
como móviles, y se fortalecen a medida que se complacen.
La persecución de los placeres y las
diversiones se centraliza en las ciudades. Muchos padres que
se establecen en la ciudad con sus hijos, pensando darles
mayores ventajas, se desilusionan, y demasiado tarde se
arrepienten de su terrible error. Las ciudades de nuestros
días se están volviendo rápidamente como Sodoma y Gomorra.
Los muchos días feriados estimulan la holgazanería. Los
deportes excitantes -el asistir a los teatros, las carreras
de caballos, los juegos de azar, el beber licores y las
jaranas- estimulan todas las pasiones a una actividad
intensa. La juventud es arrastrada por la corriente popular.
Aquellos que aprenden a amar las diversiones por las
diversiones mismas, abren la puerta a un alud de
tentaciones. Se entregan a las bromas y algazaras sociales y
a la jovialidad irreflexiva, y su trato con los amantes de
los placeres tiene un efecto intoxicante sobre la mente. Son
guiados de una forma de disipación a otra, hasta que pierden
tanto el deseo como la capacidad de vivir una vida útil. Sus
aspiraciones religiosas se enfrían; su vida espiritual se
oscurece. Todas las más nobles facultades del alma, todo lo
que une al hombre con el mundo espiritual, es envilecido.
Es cierto que algunos podrán ver su
insensatez y arrepentirse. Dios puede perdonarlos. Pero han
herido sus propias almas, y han traído sobre ellos un
peligro que durará toda su vida. El poder de discernir, que
siempre debe ser mantenido aguzado y sensible para
distinguir entre lo correcto y lo erróneo, en gran parte se
destruye. No son rápidos para reconocer la voz guiadora del
Espíritu Santo o para discernir los engaños de Satanás.
Demasiado a menudo, en tiempo de peligro, caen en la
tentación, y son alejados de Dios. El final de su vida
amante de los placeres 36 es la ruina para este mundo y para
el mundo venidero.
Los cuidados, las riquezas, los placeres,
todos son usados por Satanás en el juego de la vida para
conquistar el alma humana. Se nos da la amonestación: "No
améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si
alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque
todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne,
y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida,
no es del Padre, mas es del mundo"(1 S.Juan 2:15,16). Aquel
que lee el corazón de los hombres como un libro abierto
dice: "Mirad por vosotros, que vuestros corazones no sean
cargados de glotonería y embriaguez, y de los cuidados de
esta vida"( S. Lucas 21:34). Y el apóstol Pablo, inspirado
por el Espíritu Santo, escribe: "Los que quieren
enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias
locas y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y
muerte. Porque el amor del dinero es la raíz de todos los
males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe,
y fueron traspasados de muchos dolores"( 1 Timoteo 6:9, 10).
La preparación del
terreno
A través de la parábola del sembrador,
Cristo presenta el hecho de que los diferentes resultados
dependen del terreno. En todos los casos, el sembrador y la
semilla son los mismos. Así él enseña que si la palabra de
Dios deja de cumplir su obra en nuestro corazón y en nuestra
vida, la razón estriba en nosotros mismos. Pero el resultado
no se halla fuera de nuestro dominio. En verdad, nosotros no
podemos cambiarnos a nosotros mismos; pero tenemos la
facultad de elegir y de determinar qué llegaremos a ser. Los
oyentes representados por la vera del camino, el terreno
pedregoso y el de espinas, no necesitan permanecer en esa
condición. El Espíritu de Dios está siempre tratando de
romper el hechizo de la infatuación que mantiene a los
hombres absortos en las cosas mundanas, y de despertar el
deseo de poseer el tesoro imperecedero. Es resistiendo al
Espíritu como los hombres llegan a desatender y descuidar la
palabra de Dios. Ellos mismos son responsables de la dureza
de corazón que impide que la buena simiente eche raíces, y
de los malos crecimientos que detienen su desarrollo.
Debe cultivarse el jardín del corazón. Debe
abrirse el terreno por medio de un profundo arrepentimiento
del pecado. Deben desarraigarse las satánicas plantas
venenosas. Una vez que el terreno ha estado cubierto por las
espinas, sólo se lo puede utilizar después de un trabajo
diligente. Así también, sólo se pueden vencer las malas
tendencias del corazón humano por medio de esfuerzos
fervientes en el nombre de Jesús y con su poder. El Señor
nos ordena por medio de su profeta: "Haced barbecho para
vosotros, y no sembréis sobre espinas". "Sembrad para
vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia"(
Jeremias 4:3; Oseas 10:12). Dios desea hacer en favor
nuestro esta obra, y nos pide que cooperemos con él.
Los sembradores de la semilla tienen una
obra que hacer en cuanto a preparar los corazones para que
reciban el Evangelio. Se presenta la palabra con demasiado
sermoneo y con muy poca obra de corazón a corazón. Se
necesita un trabajo personal en favor de las almas de los
perdidos. Debemos acercarnos a los hombres individualmente;
y con la simpatía de Cristo hemos de tratar de despertar su
interés en los grandes asuntos de la vida eterna. Quizá su
corazón parezca tan duro como el camino transitado, y tal
vez sea aparentemente un esfuerzo inútil presentarles al
Salvador; pero aun cuando la lógica pueda no conmover, y los
argumentos puedan resultar inútiles para convencer, el amor
de Cristo, revelado en el ministerio personal, puede
ablandar un corazón pétreo, de manera que la semilla de la
verdad pueda arraigarse.
De modo que los sembradores tienen algo que
hacer para que la semilla no sea ahogada por las espinas o
perezca debido a la poca profundidad del terreno. En el
mismo comienzo de la vida cristiana deben enseñarse a 38
cada creyente los principios fundamentales. Debe enseñársele
que no ha de ser meramente salvado por el sacrificio de
Cristo, sino que ha de hacer que la vida de Cristo sea su
vida, y el carácter de Cristo su carácter. Enséñese a todos
que han de llevar cargas y deben sacrificar sus
inclinaciones naturales. Aprendan la bendición de trabajar
para Cristo, imitándolo en la abnegación, y soportando
penurias como buenos soldados. Aprendan a confiar en el amor
de Cristo y a descargar en él sus congojas. Prueben el gozo
de ganar almas para él. En su amor e interés por los
perdidos, perderán de vista el yo; los placeres del mundo
perderán su poder de atracción y sus cargas no los
descorazonarán. La reja del arado de la verdad hará su obra.
Romperá el terreno inculto, y no solamente cortará los
tallos de las espinas, sino que las arrancará de raíz.
En buena tierra
No siempre ha de chasquearse el sembrador.
El Salvador dice de la semilla que cayó en buen terreno:
"Este es el que oye y entiende la palabra, y el que lleva
fruto: y lleva uno a ciento, y otro a sesenta, y otro a
treinta". "La que cayó en buena tierra, éstos son los que
con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y llevan
fruto en paciencia".
El "corazón bueno y recto" mencionado en la
parábola, no es un corazón sin pecado; pues se predica el
Evangelio a los perdidos. Cristo dijo: "No he venido a
llamar a los justos, sino a los pecadores" ( S. Marcos
2:17). Tiene corazón recto el que se rinde a la convicción
del Espíritu Santo. Confiesa su pecado, y siente su
necesidad de la misericordia y el amor de Dios. Tiene el
deseo sincero de conocer la verdad para obedecerla. El
"corazón bueno" es el que cree y tiene fe en la palabra de
Dios. Sin fe es imposible recibir la palabra. "El que a Dios
se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que
le buscan" ( Hebreos 11:6).
"Este es el que oye, y entiende la palabra".
Los fariseos de los días de Cristo cerraron los ojos para no
ver y los oídos para no oír, y en esa forma, la verdad no
les pudo llegar al corazón. Habían de sufrir el castigo por
su ignorancia voluntaria y la ceguera que se imponían a sí
mismos. Pero Cristo enseñó a sus discípulos que ellos habían
de abrir su mente a la instrucción y habían de estar listos
para creer. Pronunció una bendición sobre ellos porque
vieron y oyeron con ojos y oídos creyentes.
El oyente que se asemeja al buen terreno,
recibe la palabra, "no como palabra de hombres, sino según
lo es verdaderamente, la palabra de Dios" ( 1 Tesalonicenses
2:13). Sólo es un verdadero estudiante el que recibe las
Escrituras como la voz de Dios que le habla. Tiembla ante la
Palabra; porque para él es una viviente realidad. Abre su
entendimiento y corazón para recibirla. Oyentes tales eran
Cornelio y sus amigos, que dijeron al apóstol Pedro: "Ahora
pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios,
para oír todo lo que Dios te ha mandado" ( Hechos 10:33).
El conocimiento de la verdad depende no
tanto de la fuerza intelectual como de la pureza de
propósito, la sencillez de una fe ferviente y confiada. Los
ángeles de Dios se acercan a los que con humildad de corazón
buscan la dirección divina. Se les da el Espíritu Santo para
abrirles los ricos tesoros de la verdad.
Los oyentes que son comparables a un buen
terreno, habiendo oído la palabra, la guardan. Satanás con
todos sus agentes del mal no puede arrebatársela.
No es suficiente sólo oír o leer la Palabra;
el que desea sacar provecho de las Escrituras, debe meditar
acerca de la verdad que le ha sido presentada. Por medio de
ferviente atención y del pensar impregnado de oración debe
aprender el significado de las palabras de verdad, y debe
beber profundamente del espíritu de los oráculos santos.
Dios manda que llenemos la mente con
pensamientos grandes y puros. Desea que meditemos en su amor
y misericordia, que estudiemos su obra maravillosa en el
gran plan de la redención. Entonces podremos comprender la
verdad con claridad cada vez mayor, nuestro deseo de pureza
de corazón y claridad de pensamiento será más elevado y más
santo. El alma que mora en la atmósfera pura de los
pensamientos santos, será transformada por la comunión con
Dios por medio del estudio de la Escrituras.
"Y llevan fruto". Los que habiendo recibido
la palabra la guardan, darán frutos de obediencia. La
palabra de Dios, recibida en el alma, se manifestará en
buenas obras. Sus resultados se verán en una vida y un
carácter semejantes a los de Cristo. Jesús dijo de sí mismo:
"El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado; y tu ley
está en medio de mis entrañas". "No busco mi voluntad, mas
la voluntad del que me envió, del Padre". Y la Escritura
dice: "El que dice que está en él, debe andar como él
anduvo" ( Salmo 40:8; S. Juan5:30; 1 S.Juan 2:6).
La palabra de Dios choca a menudo con rasgos
de carácter hereditarios y cultivados del hombre y con sus
hábitos de vida, pero el oidor que se asemeja al buen
terreno, al recibir la palabra, acepta todas sus condiciones
y requisitos. Sus hábitos, costumbres y prácticas se someten
a la palabra de Dios. Ante su vista los mandamientos del
hombre finito y falible, se hacen insignificantes al lado de
la palabra del Dios infinito. De todo corazón y con un solo
propósito busca la vida eterna, y obedecerá la verdad a
costa de pérdidas, persecuciones y la muerte misma.
Y da fruto "en paciencia". Nadie que reciba
la palabra de Dios quedará libre de dificultades y pruebas;
pero cuando se presenta la aflicción, el verdadero cristiano
no se inquieta, no pierde la confianza ni se desalienta.
Aunque no podamos ver los resultados finales, ni podamos
discernir el propósito de las providencias de Dios, no hemos
de desechar nuestra confianza. Recordando las tiernas
misericordias del Señor, debemos descargar en él nuestra
inquietud y esperar con paciencia su salvación.
La vida espiritual se fortalece con el
conflicto. Las pruebas, cuando se las sobrelleva bien,
desarrollan la firmeza de carácter y las preciosas gracias
espirituales. El fruto perfecto de la fe, la mansedumbre y
el amor, a menudo maduran mejor entre las nubes tormentosas
y la oscuridad.
"El labrador espera el precioso fruto de la
tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia
temprana y tardía" ( Santiago 5: 7). Así también el
cristiano debe esperar en su vida los frutos de la palabra
de Dios. Muchas veces, cuando pedimos en oración las gracias
del Espíritu, para contestar nuestras oraciones, Dios nos
coloca en circunstancias que nos permiten desarrollar esos
frutos; pero no entendemos su propósito, nos asombramos y
desanimamos. Sin embargo, nadie puede desarrollar esas
gracias a no ser por medio del proceso del crecimiento y la
producción de frutos. Nuestra parte consiste en recibir la
palabra de Dios, aferrarnos de ella, y rendirnos plenamente
a su dominio; así se cumplirá en nosotros su propósito.
"El que me ama -dijo Cristo-, mi palabra
guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos
con él morada" ( S. Juan 14:23). En nosotros se manifestará
la influencia dominante de una mente más fuerte y perfecta;
porque tenemos una relación viviente con la fuente de una
fortaleza que lo soporta todo. En nuestra vida divina
seremos llevados a Jesucristo en cautividad. No viviremos
por más tiempo la vida común de egoísmo, sino que Cristo
vivirá en nosotros. Su carácter se reproducirá en nuestra
naturaleza. Así llevaremos los frutos del Espíritu Santo:
"Uno a treinta, otro a sesenta, y otro a ciento".
El Desarrollo de la
VidaEste Tema esta basado en S. Marcos 4:
26-29
LA PARÁBOLA del sembrador suscitó muchas
preguntas. Por ella algunos de los oyentes llegaron a la
conclusión de que Cristo no iba a establecer un reino
terrenal, y muchos se quedaron curiosos y perplejos.
Viendo su perplejidad, Cristo usó otras ilustraciones, con
las que trató todavía de llevar sus pensamientos de la
esperanza de un reino terrenal a la obra de gracia de Dios
en el alma.
"Decía más: Así es el reino de Dios, como
si un hombre echa simiente en la tierra; y duerme, y se
levanta de noche y de día, y la simiente brota y crece
como él no sabe. Porque de suyo fructifica la tierra,
primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la
espiga. Y cuando el fruto fuere producido, luego se mete
la hoz, porque la siega es llegada".
El agricultor que "mete la hoz, porque la
siega es llegada", no puede ser otro que Cristo. El es
quien en el gran día final recogerá la cosecha de la
tierra. Pero el sembrador de la semilla representa a los
que trabajan en lugar de Cristo. Se dice que "la simiente
brota y crece como él no sabe", y esto no es verdad en el
caso del Hijo de Dios. Cristo no se duerme sobre su
cometido, sino que vela sobre él día y noche. El no ignora
cómo crece la simiente.
La parábola de la semilla revela que Dios
obra en la naturaleza. La semilla tiene en sí un principio
germinativo, un principio que Dios mismo ha implantado; y,
sin embargo, si se abandonara la semilla a sí misma, no
tendría poder para brotar. El hombre tiene una parte que
realizar para promover el crecimiento del grano. Debe
preparar y abonar el terreno y arrojar en él la simiente.
Debe arar el campo. Pero hay un punto más allá del cual
nada puede hacer. No hay fuerza ni sabiduría humana que
pueda hacer brotar de la semilla la planta viva. Después
de emplear sus esfuerzos hasta el límite máximo, el hombre
debe depender aún de Aquel que ha unido la siembra a la
cosecha con eslabones maravillosos de su propio poder
omnipotente.
Hay vida en la semilla, hay poder en el
terreno; pero a menos que se ejerza día y noche el poder
infinito, la semilla no dará frutos. Deben caer las
lluvias para dar humedad a los campos sedientos, el sol
debe impartir calor, debe comunicarse electricidad a la
semilla enterrada. El Creador es el único que puede hacer
surgir la vida que él ha implantado. Cada semilla crece,
cada planta se desarrolla por el poder de Dios.
"Como la tierra produce su renuevo, y como
el huerto hace brotar su simiente, así el Señor Jehová
hará brotar justicia y alabanza" ( Isaís 61: 11). Como en
la siembra natural, así también ocurre en la espiritual;
el maestro de la verdad debe tratar de preparar el terreno
del corazón; debe sembrar la semilla; pero únicamente el
poder de Dios puede producir la vida. Hay un punto más
allá del cual son vanos los esfuerzos humanos. Si bien es
cierto que hemos de predicar la palabra, no podemos
impartir el poder que vivificará el alma y hará que broten
la justicia y la alabanza. En la predicación de la Palabra
debe obrar un agente que esté más allá del poder humano.
Sólo mediante el Espíritu divino será viviente y poderosa
la palabra para renovar el alma para vida eterna. Esto es
lo que Cristo se esforzó por inculcar a sus discípulos.
Les enseñó que ninguna cosa de las que poseían en sí
mismos les daría éxito en su obra, sino que el poder
milagroso de Dios es el que da eficiencia a su propia
palabra.
La obra del sembrador es una obra de fe.
El no puede entender el misterio de la germinación y el
crecimiento de la semilla, pero tiene confianza en los
medios por los cuales Dios hace florecer la vegetación. Al
arrojar su semilla en el terreno, aparentemente está
tirando el precioso grano que podría proporcionar pan para
su familia, pero no hace sino renunciar a un bien presente
para recibir una cantidad mayor. Tira la semilla,
esperando recogerla multiplicada muchas veces en una
abundante cosecha. Así han de trabajar los siervos de
Cristo, esperando una cosecha de la semilla que siembran.
Quizá durante algún tiempo la buena
semilla permanezca inadvertida en un corazón frío, egoísta
y mundano, sin dar evidencia de que se ha arraigado en él;
pero después, cuando el Espíritu de Dios da su aliento al
alma, brota la semilla oculta, y al fin da fruto para la
gloria de Dios. En la obra de nuestra vida no sabemos qué
prosperará, si esto o aquello. No es una cuestión que nos
toque decidir. Hemos de hacer nuestro trabajo y dejar a
Dios los resultados. "Por la mañana siembra tu simiente, y
a la tarde no dejes reposar tu mano" ( Eclesiastés 11:6 ).
El gran pacto de Dios declara que "todos los tiempos de la
tierra; la sementera y la siega... no cesarán" ( Génesis
8: 22) . Confiando en esta promesa, ara y siembra el
agricultor. No menos confiadamente hemos de trabajar
nosotros en la siembra espiritual, confiando en su
promesa: "Así será mi palabra que sale de mi boca: no
volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será
prosperada en aquello para que la envié". "Irá andando y
llorando el que lleva la preciosa simiente; mas volverá a
venir con regocijo, trayendo sus gavillas" ( Isaís 55: 11;
Salmo 126: 6 ).
La germinación de la semilla representa el
comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo de la
planta es una bella figura del crecimiento cristiano. Como
en la naturaleza, así también en la gracia no puede haber
vida sin crecimiento. La planta debe crecer o morir. Así
como su crecimiento es silencioso e imperceptible, pero
continuo, así es el desarrollo de la vida cristiana. En
cada grado de desarrollo, nuestra vida puede ser perfecta;
pero, si se cumple el propósito de Dios para con nosotros,
habrá un avance continuo. La santificación es la obra de
toda la vida. Con la multiplicación de nuestras
oportunidades, aumentará nuestra experiencia y se
acrecentará nuestro conocimiento. Llegaremos a ser fuertes
para llevar responsabilidades, y nuestra madurez estará en
relación con nuestros privilegios.
La planta crece al recibir lo que Dios ha
provisto para sustentar su vida. Hace penetrar sus raíces
en la tierra. Absorbe la luz del sol, el rocío y la
lluvia. Recibe las propiedades vitalizadoras del aire. Así
el cristiano ha de crecer cooperando con los agentes
divinos. Sintiendo nuestra impotencia, hemos de aprovechar
todas las oportunidades que se nos dan para adquirir una
experiencia más amplia. Así como la planta se arraiga en
el suelo, así hemos de arraigarnos profundamente en
Cristo. Así como la planta recibe la luz del sol, el rocío
y la lluvia, hemos de abrir nuestro corazón al Espíritu
Santo. Ha de hacerse la obra, "no con ejército, ni con
fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los
ejércitos" ( Zacarias 4: 6 ). Si conservamos nuestra mente
fija en Cristo, él vendrá a nosotros "como la lluvia, como
la lluvia tardía y temprana a la tierra". Como el Sol de
justicia, se levantará sobre nosotros, "y en sus alas
traerá salud". Floreceremos "como lirio". Seremos
"vivificados como trigo", y floreceremos "como la vid" (
Oseas 6: 3; Malaquias 4: 2; Oseas 14: 5, 7 ). Al depender
constantemente de Cristo como nuestro Salvador personal,
creceremos en él en todas las cosas, en Aquel que es la
cabeza.
El trigo desarrolla "primero hierba, luego
espiga, después grano lleno en la espiga". El objeto del
agricultor al sembrar la semilla y cultivar la planta
creciente es la producción de grano. Desea pan para el
hambriento y semilla para las cosechas futuras. Así
también el Agricultor divino espera una cosecha como
premio de su labor y sacrificio. Cristo está tratando de
reproducirse a sí mismo en el corazón de los hombres; y
esto lo hace mediante los que creen en él. El objeto de la
vida cristiana es llevar fruto, la reproducción del
carácter de Cristo en el creyente, para que ese mismo
carácter pueda reproducirse en otros.
La planta no germina, crece o da fruto
para sí misma, sino que "da simiente al que siembra, y pan
al que come" ( Isaís 55: 10 ). Así ningún hombre ha de
vivir para sí mismo. El cristiano está en el mundo como
representante de Cristo, para la salvación de otras almas.
No puede haber crecimiento o
fructificación en la vida que se centraliza en el yo. Si
habéis aceptado a Cristo como a vuestro Salvador personal,
habéis de olvidar vuestro yo, y tratar de ayudar a otros.
Hablad del amor de Cristo, de su bondad. Cumplid con todo
deber que se presente. Llevad la carga de las almas sobre
vuestro corazón, y por todos los medios que estén a
vuestro alcance tratad de salvar a los perdidos. A medida
que recibáis el Espíritu de Cristo -el espíritu de amor
desinteresado y de trabajo por otros-, iréis creciendo y
dando frutos. Las gracias del Espíritu madurarán en
vuestro carácter. Se aumentará vuestra fe, vuestras
convicciones se profundizarán, vuestro amor se
perfeccionará. Reflejaréis más y más la semejanza de
Cristo en todo lo que es puro, noble y bello.
"El fruto del Espíritu es: caridad, gozo,
paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre,
templanza" ( Galatas 5: 22, 23 ). Este fruto nunca puede
perecer, sino que producirá una cosecha, según su género,
para vida eterna.
"Cuando el fruto fuere producido, luego se
mete la hoz, porque la siega es llegada". Cristo espera
con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su
iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente
reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para
reclamarlos como suyos.
Todo cristiano tiene la oportunidad no
sólo de esperar sino de apresurar la venida de nuestro
Señor Jesucristo ( 2 S. Pedro 3: 12 ). Si todos los que
profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su
gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la
semilla del Evangelio. Rápidamente maduraría la gran
cosecha final, y Cristo vendría para recoger el precioso
grano.
Por Qué Existe el Mal
Este Tema esta basado en S. Mateo13.
24-30; 37-43
"OTRA parábola les propuso, diciendo: El
reino de los cielos es semejante al hombre que siembre
buena simiente en su campo: mas durmiendo los hombres,
vino su enemigo, y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
Y como la hierba salió e hizo fruto, entonces apareció
también la cizaña".
"El campo -dijo Jesús- es el mundo". Pero
debemos entender que esto significa la iglesia de Cristo
en el mundo. La parábola es una descripción de lo que
pertenece al reino de Dios, su obra por la salvación de
los hombres; y esta obra se realiza por medio de la
iglesia. En verdad, el Espíritu Santo ha salido a todo el
mundo; por todas partes obra en los corazones de los
hombres; pero es en la iglesia donde hemos de crecer y
madurar para el alfolí de Dios.
"El que siembra la buena simiente es el
Hijo del hombre... La buena simiente son los hijos del
reino, y la cizaña son los hijos del malo". La buena
simiente representa a aquellos que son nacidos de la
palabra de Dios, de la verdad. La cizaña representa a una
clase que constituye los frutos o la personificación del
error o los falsos principios. "Y el enemigo que la
sembró, es el diablo". Ni Dios ni sus ángeles han sembrado
jamás una simiente que produjese cizaña. La cizaña es
sembrada siempre por Satanás, el enemigo de Dios y del
hombre.
En el Oriente, los hombres se vengaban a
veces de un enemigo esparciendo en sus campos recién
sembrados semillas de alguna hierba nociva que, mientras
crecía, se parecía mucho al trigo. Brotando conjuntamente
con el trigo, dañaba la cosecha e imponía dificultades y
pérdidas al dueño del campo. Así, a causa de la enemistad
hacia Cristo, Satanás esparce sus malas semillas entre el
buen grano del reino. Y atribuye el fruto de esta siembra
al Hijo de Dios. Trayendo al seno de la iglesia a aquellos
que llevan el nombre de Cristo pero cuyo carácter lo
niega, el maligno hace que Dios sea deshonrado, que la
obra de la salvación quede falseada y que las almas
peligren.
Los siervos de Cristo se entristecen al
ver a los verdaderos y los falsos creyentes mezclados en
la iglesia. Anhelan hacer algo para limpiar la iglesia.
Como los siervos del padre de familia, están listos para
desarraigar la cizaña. Pero Cristo les dice: "No; porque
cogiendo la cizaña, no arranquéis también con ella el
trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la
siega".
Cristo ha enseñado claramente que aquellos
que persisten en pecados manifiestos deben ser separados
de la iglesia; pero no nos ha encomendado la tarea de
juzgar el carácter y los motivos. El conoce demasiado bien
nuestra naturaleza para confiarnos esta obra a nosotros.
Si tratásemos de extirpar de la iglesia a aquellos que
suponemos cristianos falsos, cometeríamos seguramente
errores. A menudo consideramos sin esperanza a los mismos
a quienes Cristo está atrayendo hacia sí. Si tuviéramos
nosotros que tratar con estas almas de acuerdo con nuestro
juicio imperfecto tal vez ello extinguiría su última
esperanza. Muchos que se creen cristianos serán hallados
faltos al fin. En el cielo habrá muchos de quienes sus
prójimos suponían que nunca entrarían allí. El hombre
juzga por la apariencia, pero Dios juzga el corazón. La
cizaña y el trigo han de crecer juntamente hasta la
cosecha; y la cosecha es el fin del tiempo de gracia.
Existe otra lección en las palabras del
Salvador, una lección de maravillosa clemencia y tierno
amor. Así como la cizaña tiene sus raíces estrechamente
entrelazadas con las del buen grano, los falsos cristianos
en la iglesia pueden estar estrechamente unidos con los
verdaderos discípulos. El verdadero carácter de estos
fingidos creyentes no es plenamente manifiesto. Si se los
separase de la iglesia, se haría tropezar a otros que, de
no mediar esto, habrían permanecido firmes.
La enseñanza de esta parábola queda
ilustrada en el propio trato de Dios con los hombres y los
ángeles. Satanás es un engañador. Cuando él pecó en el
cielo, aun los ángeles leales no discernieron plenamente
su carácter. Esta es la razón por la cual Dios no destruyó
en el acto a Satanás. Si lo hubiese hecho, los santos
ángeles no hubieran percibido la justicia y el amor de
Dios. Una duda acerca de la bondad de Dios habría sido una
mala semilla productora de amargos frutos de pecado y
dolor. Por lo tanto, el autor del mal fue dejado con vida
hasta que desarrollase plenamente su carácter. A través de
las largas edades, Dios ha soportado la angustia de
contemplar la obra del mal, y otorgó el infinito Don del
Calvario antes de permitir que alguien fuese engañado por
las falsas interpretaciones del maligno; pues la cizaña no
podía ser extirpada sin peligro de desarraigar también el
grano precioso. ¿Y no seremos nosotros tan tolerantes para
con nuestros semejantes como el Señor del cielo y de la
tierra lo es con Satanás?
El mundo no tiene derecho a dudar de la
verdad del cristianismo porque en la iglesia haya miembros
indignos, ni debieran los cristianos descorazonarse a
causa de esos falsos hermanos. ¿Qué ocurrió en la iglesia
primitiva? Ananías y Safira se unieron con los discípulos.
Simón el mago fue bautizado. Demas, que desamparó a Pablo,
había sido contado como creyente. Judas Iscariote figuró
entre los apóstoles. El Redentor no quiere perder un alma;
su trato con Judas fue registrado para mostrar su larga
paciencia con la perversa naturaleza humana; y nos ordena
que seamos indulgentes como él lo fue. El dijo que los
falsos hermanos se hallarán en la iglesia hasta el fin del
tiempo.
A pesar de la amonestación de Cristo, los
hombres han tratado de extirpar la cizaña. Para castigar a
aquellos que se suponía eran obradores de maldad, la
iglesia ha recurrido al poder civil. Aquellos que diferían
en sus opiniones de las doctrinas establecidas han sido
encarcelados, torturados y muertos, a instigación de
hombres que aseveraban estar obrando bajo la sanción de
Cristo. Pero es el espíritu de Satanás y no el de Cristo
el que inspira tales actos. Es el mismo método que usa
Satanás para conquistar el mundo. Dios ha sido falsamente
representado por la iglesia a causa de la forma de tratar
con aquellos que se suponía eran herejes.
La parábola de Cristo nos enseña a ser
humildes y a desconfiar de nosotros mismos, y a no juzgar
ni condenar a los demás. No todo lo que se siembra en los
campos es buena simiente. El hecho de que los hombres se
hallen en el seno de la iglesia no prueba que sean
cristianos.
La cizaña era muy parecida al trigo
mientras estaba verde; pero cuando el campo se ponía
blanco para la siega, las hierbas sin valor no tenían
ninguna semejanza con el trigo que se doblaba bajo el peso
de sus llenas y maduras espigas. Los pecadores que hacen
alarde de piedad se mezclan por un tiempo con los
verdaderos seguidores de Cristo, y su apariencia de
cristianismo tiene por fin engañar a muchos; pero en la
cosecha del mundo no habrá ninguna semejanza entre lo
bueno y lo malo. Entonces aquellos que se han unido a la
iglesia, pero que no se han unido a Cristo, serán
manifestados.
Se permite que la cizaña crezca entre el
trigo, que tenga todas las ventajas del sol y de la
lluvia, pero en el tiempo de la siega, vosotros "os
tornaréis, y echaréis de ver la diferencia entre el justo
y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve"
( Malaquías 3: 18 ). Cristo mismo decidirá quiénes son
dignos de vivir con la familia del cielo. El juzgará a
cada hombre de acuerdo con sus palabras y sus obras. El
hacer profesión de piedad no pesa nada en la balanza. Es
el carácter lo que decide el destino.
El Salvador no nos señala un tiempo en que
toda la cizaña se convertirá en trigo. El trigo y la
cizaña crecen juntamente hasta el tiempo de la cosecha, el
fin del mundo. Entonces la cizaña se ata en manojos para
ser quemada, y el trigo se junta en el granero de Dios.
"Entonces los justos resplandecerán como el sol en el
reino de su Padre". Entonces "enviará el Hijo de Dios sus
ángeles y cogerán de su reino todos los escándalos, y los
que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego:
allí será el lloro y el crujir de dientes".
Pequeños Comienzos,
Grandes Resultados
Este tema esta basado en S. Mateo 13. 31, 32; S. Marcos
4: 30-32; S. Lucas 13: 18, 19
ENTRE la multitud que escuchaba las
enseñanzas de Cristo había muchos fariseos. Estos notaron
desdeñosamente cuán pocos de sus oyentes lo reconocían
como el Mesías. Y discutían entre sí cómo este modesto
maestro podría exaltar a Israel al dominio universal. Sin
riquezas, poder u honor, ¿cómo había de establecer el
nuevo reino? Cristo leyó sus pensamientos y les contestó:
¿A qué haremos semejante el reino de Dios?
¿O con qué parábola le compararemos?" Entre los gobiernos
terrenales no había nada que pudiera servir para
establecer una semejanza. Ninguna sociedad civil podía
proporcionarle un símbolo. "Es como el grano de mostaza
-dijo él-, que cuando se siembra en tierra, es la más
pequeña de todas las simientes que hay en la tierra; mas
después de sembrado, sube y se hace la mayor de todas las
legumbres, y echa grandes ramas, de tal manera que las
aves del cielo pueden morar bajo su sombra".
El germen que se halla en la semilla crece
en virtud del desarrollo del principio de vida que Dios ha
implantado en él. Su desarrollo no depende del poder
humano. Tal ocurre con el reino de Cristo. Es una nueva
creación. Sus principios de desarrollo son opuestos a los
que rigen los reinos de este mundo. Los gobiernos
terrenales prevalecen por la fuerza física; mantienen su
dominio por la guerra; pero el Fundador del nuevo reino es
el Príncipe de Paz. El Espíritu Santo representa a los
reinos del mundo bajo el símbolo de bestias fieras de
rapiña; pero Cristo es el "Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo" ( 1 Juan 1: 29 ). En su plan de gobierno
no hay empleo de fuerza bruta para forzar la conciencia.
Los judíos esperaban que el reino de Dios se estableciese
de la misma forma que los reinos del mundo. Para promover
la justicia ellos recurrieron a las medidas externas.
Trazaron métodos y planes. Pero Cristo implanta un
principio. Inculcando la verdad y la justicia,
contrarresta el error y el pecado.
Mientras Jesús presentaba esta parábola,
podían verse plantas de mostaza lejos y cerca, elevándose
por sobre la hierba y los cereales, meciendo suavemente
sus ramas en el aire. Los pájaros revoloteaban de rama en
rama, y cantaban en medio de su frondoso follaje. Sin
embargo la semilla que dio origen a estas plantas gigantes
era una de las más pequeñas. Al principio proyectó un
tierno brote; pero era de una potente vitalidad, y creció
y floreció hasta que alcanzó el gran tamaño que entonces
tenía. Así el reino de Cristo al principio parecía humilde
e insignificante. Comparado con los reinos de la tierra
parecía el menor de todos. La aseveración de Cristo de que
era rey fue ridiculizada por los gobernantes de este
mundo. Sin embargo, en las grandes verdades encomendadas a
los seguidores de Cristo, el reino del Evangelio poseía
una vida divina. ¡Y cuán rápido fue su crecimiento, cuán
amplia su influencia! Cuando Cristo pronunció esta
parábola, había solamente unos pocos campesinos galileos
que representaban el nuevo reino. Su pobreza, lo escaso de
su número, era presentado repetidas veces como razón por
la cual los hombres no debían unirse con estos sencillos
pescadores que seguían a Jesús. Pero la semilla de mostaza
había de crecer y extender sus ramas a través del mundo.
Cuando pereciesen los gobiernos terrenales, cuya gloria
llenaba entonces los corazones humanos, el reino de Cristo
seguiría siendo una fuerza poderosa y de vasto alcance.
De esta manera, la obra de la gracia en el
corazón es pequeña en su comienzo. Se habla una palabra,
un rayo de luz brilla en el alma, se ejerce una influencia
que es el comienzo de una nueva vida; ¿y quién puede medir
sus resultados?
En la parábola de la simiente de mostaza
no sólo se ilustra el crecimiento del reino de Cristo,
sino que en cada etapa de su crecimiento la experiencia
representada en la parábola se repite. Dios tiene una
verdad especial y una obra especial para su iglesia en
cada generación. La verdad, oculta a los hombres sabios y
prudentes del mundo, es revelada a los humildes y a los
que son como niños. Exige sacrificios. Tiene batallas que
luchar y victorias que ganar. Al principio son pocos los
que la defienden. Ellos son contrarrestados y desdeñados
por los grandes hombres del mundo y la iglesia que se
conforma al mundo. Ved a Juan el Bautista, el precursor de
Cristo, solo, reprendiendo el orgullo y el formalismo de
la nación judía. Ved a los primeros portadores del
Evangelio a Europa. Cuán oscura, cuán desesperada parecía
la misión de Pablo y Silas, los dos tejedores de tiendas,
cuando, junto con sus compañeros, tomaron el barco en
Troas para Filipo. Ved a "Pablo el anciano", encadenado,
predicando a Cristo en la fortaleza de los Césares. Ved
las pequeñas comunidades de esclavos y labriegos en
conflicto con el paganismo de la Roma imperial. Ved a
Martín Lutero oponiéndose a la poderosa iglesia que es la
obra maestra de la sabiduría del mundo. Vedle aferrándose
a la Palabra de Dios frente al emperador y al papa,
declarando: "Aquí hago mi decisión; no puedo hacer de otra
manera. Que Dios me ayude". Ved a Juan Wesley predicando a
Cristo y su justicia en medio del formalismo, el
sensualismo y la incredulidad. Ved a un hombre agobiado
por los clamores del mundo pagano, suplicando el
privilegio de llevarles el mensaje de amor de Cristo.
Escuchad la respuesta del clericalismo: "Siéntese, joven;
cuando Dios quiera convertir a los paganos lo hará sin su
ayuda ni la mía".
Los grandes dirigentes del pensamiento
religioso de esta generación hicieron sonar las alabanzas
y edificaron los monumentos de aquellos que plantaron hace
siglos la semilla de la verdad. ¿No se vuelven muchos de
esta obra para pisotear el crecimiento que brota de la
misma semilla hoy en día? Se repite el antiguo clamor:
"Nosotros sabemos que a Moisés habló Dios, mas éste
[Cristo en la persona del mensajero que envía] no sabemos
de dónde es" ( S. Juan 9: 29 ). Así como en los primeros
siglos, las verdades especiales para este tiempo se
hallan, no en posesión de las autoridades eclesiásticas,
sino de los hombres y las mujeres que no son demasiado
sabios o demasiado instruidos para creer en la palabra de
Dios.
"Porque mirad, hermanos, vuestra vocación,
que no sois muchos sabios según la carne, no muchos
poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo
escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del
mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; y lo vil
del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es,
para deshacer lo que es"; "para que vuestra fe no esté
fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios" ( 1
Corintios 1: 26-28; 2: 5 ).
Y en esta última generación la parábola de
la semilla de mostaza ha de alcanzar un notable y
triunfante cumplimiento. La pequeña simiente llegará a ser
un árbol. El último mensaje de amonestación y misericordia
ha de ir a " toda nación y tribu y lengua "( Apocalipsis
14. 6 ). "para tomar de ellos pueblo para su nombre" (
Hechos 15: 14 ). "Y la tierra será alumbrada de su gloria"
( Apocalipsis 18: 1 ).
Cómo Instruir y Guardar
a los Hijos
PUEDEN enseñarse en la familia y en la
escuela preciosas lecciones deducidas de la obra de la
siembra y de la forma en que la planta se desarrolla de
una semilla. Aprendan los niños y los jóvenes a reconocer
en las cosas naturales la obra de los agentes divinos, y
serán capaces de posesionarse por la fe de beneficios
invisibles. Cuando lleguen a entender la obra maravillosa
que Dios hace para suplir las necesidades de su gran
familia, y cómo hemos de cooperar con él, tendrán más fe
en Dios, y se darán cuenta mejor de su poder manifestado
en su propia vida diaria.
Dios creó la semilla, como creó la tierra,
mediante su palabra. Por su palabra él le dio el poder de
crecer y multiplicarse. Dijo: "Produzca la tierra hierba
verde, hierba que de simiente; árbol de fruto que dé fruto
según su género, que su simiente esté en él, sobre la
tierra: y fue así... Y vio Dios que era bueno" ( Génesis
1: 11, 12 ). Es esa palabra la que todavía hace que brote
la semilla. Toda semilla que hace subir su verde espiga a
la luz del sol, declara el milagroso poder de esa palabra
pronunciada por Aquel que "dijo, y fue hecho", que "mandó,
y existió" ( Salmo 33: 9 ).
Cristo enseñó a sus discípulos a orar:
"Danos hoy nuestro pan cotidiano". Y señalando las flores,
él les dio la seguridad: "Y si la hierba del campo... Dios
la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros?" ( S. Mateo
6: 11, 30 ). Cristo está constantemente trabajando para
contestar esta oración y para cumplir esta promesa. Hay un
poder invisible que está continuamente obrando como siervo
del hombre para alimentarlo y vestirlo. Nuestro Señor
emplea muchos agentes para hacer de la semilla,
aparentemente tirada, una planta viva. Y él suple en la
debida proporción todo lo que se necesita para
perfeccionar la cosecha. He ahí las hermosas palabras del
salmista:
"Visitas la tierra, y la riegas; en gran
manera la enriqueces con el río de Dios, lleno de aguas.
Preparas el grano de ellos, cuando así la dispones. Haces
se empapen sus surcos, haces descender sus canales:
ablándasla con lluvias, bendices sus renuevos. Tú coronas
el año de tus bienes; y tus nubes destilan grosura "(
Salmo 65: 9-11 ).
El mundo material se halla bajo el dominio
de Dios. Las leyes de la naturaleza son obedecidas por la
naturaleza. Todo expresa y obra la voluntad del Creador.
La nube y la luz del sol, el rocío y la lluvia, el viento
y la tormenta, todo se halla bajo la vigilancia divina, y
rinde implícita obediencia a su mandato. Es en obediencia
a la ley de Dios como el tallo del grano sube a través de
la tierra, "primero hierba, luego espiga, después grano
lleno en la espiga" ( S. Marcos 4: 28 ). El Señor
desarrolla estas etapas a su debido tiempo porque no se
oponen a su obra. ¿Y será posible que el hombre, hecho a
la imagen de Dios, dotado del raciocinio y del habla, sea
el único que no aprecie sus dones y desobedezca su
voluntad? ¿Serán los seres racionales los únicos que
causen confusión en nuestro mundo?
En todas las cosas que tienden al sostén
del hombre, se nota la concurrencia del esfuerzo divino y
del humano. No puede haber cosecha a menos que la mano
humana haga su parte en la siembra de la semilla. Pero sin
los agentes que Dios provee al dar el sol y la lluvia, el
rocío y las nubes, no habría crecimiento. Tal ocurre en la
prosecución de todo negocio, en todo ramo de estudio y en
toda ciencia. Y así ocurre también en las cosas
espirituales, en la formación del carácter, y en todo ramo
de la obra cristiana. Tenemos una parte que cumplir, pero
debemos tener el poder de la Divinidad para unirlo con el
nuestro, o nuestros esfuerzos serán vanos.
Cuando quiera que el hombre alcanza algo,
sea en lo espiritual o en lo temporal, debe recordar que
lo hace por medio de la cooperación con su Hacedor.
Necesitamos grandemente comprender nuestra dependencia de
Dios. Se confía demasiado en los hombres, y en las
invenciones humanas. Hay muy poca confianza en el poder
que Dios está listo para dar. "Coadjutores somos de Dios"
( 1 Corintios 3: 9 ). Inmensamente inferior es la parte
que lleva a cabo el agente humano; pero si está unido con
la divinidad de Cristo, puede hacer todas las cosas por
medio de la fuerza que él imparte.
El desarrollo gradual de la planta, desde
la semilla, es una lección objetiva en la crianza del
niño.
Hay "primero hierba, luego espiga, después
grano lleno en la espiga". Aquel que dio esta parábola
creó la semillita, le dio sus propiedades vitales, y
ordenó las leyes que rigen su crecimiento. Y las verdades
que enseña la parábola se convirtieron en una viviente
realidad en la vida de Cristo. Tanto en su naturaleza
física como en la espiritual él siguió el orden divino del
crecimiento ilustrado por la planta, así como desea que
todos los jóvenes lo hagan. Aunque era la Majestad del
cielo, el Rey de la gloria, nació como un niño en Belén, y
durante un tiempo representó a la infancia desvalida
mientras su madre lo cuidaba. En la niñez hizo las obras
de un niño obediente. Habló y actuó con la sabiduría de un
niño y no con la de un hombre, honrando a sus padres y
cumpliendo sus deseos en formas útiles, de acuerdo con la
capacidad de un niño. Pero en cada etapa de su desarrollo
era perfecto, con la sencilla y natural gracia de una vida
exenta de pecado. El registro sagrado dice de su niñez:
"El niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de
sabiduría, y la gracia de Dios era sobre él". Y de su
juventud se registra: "Jesús crecía en sabiduría, y en
edad, y en gracia para con Dios y los hombres" ( S. Lucas
2: 40, 52 ).
Aquí se sugiere la obra de los padres y
los maestros. Deben procurar cultivar las tendencias de la
juventud para que en cada etapa de su vida puedan
representar la belleza natural propia de aquel período,
desarrollándose naturalmente como las plantas en el
jardín.
Los niños exentos de afectación y que
actúan con naturalidad son los más atractivos. No es
prudente darles atención especial, y repetir delante de
ellos sus agudezas. No se debe estimular la vanidad
alabando su apariencia, sus palabras o sus acciones. Ni
deben vestirse de manera costosa y llamativa. Esto aumenta
el orgullo en ellos y despierta la envidia en el corazón
de sus compañeros.
Debe cultivarse en los pequeños la
sencillez de la niñez. Debe enseñárseles a estar contentos
con los pequeños deberes útiles, y el placer y los
incidentes propios de sus años. La niñez corresponde a la
hierba de la parábola, y la hierba tiene una belleza
peculiarmente suya. No se debe forzar a los niños a una
madurez precoz, sino que debe retenerse tanto tiempo como
sea posible la frescura y la gracia de sus primeros años.
Los niñitos pueden llegar a ser cristianos
aunque tengan una experiencia proporcionada a sus años.
Esto es todo lo que Dios espera de ellos. Deben ser
educados en las cosas espirituales; y los padres deben
darles toda la oportunidad que puedan para la formación de
su carácter a semejanza del de Cristo.
En las leyes por las cuales Dios rige la
naturaleza, el efecto sigue a la causa con certeza
infalible. La siega testificará de lo que fue la siembra.
El obrero perezoso será condenado por su obra. La cosecha
testifica contra él. Así también en las cosas
espirituales: se mide la fidelidad de cada obrero por los
resultados de su obra. El carácter de su obra, sea él
diligente o perezoso, se revela por la cosecha. Así se
decide su destino para la eternidad.
Cada semilla sembrada produce una cosecha
de su especie. Así también es en la vida humana. Todos
debemos sembrar las semillas de compasión, simpatía y
amor, porque hemos de recoger lo que sembramos. Toda
característica de egoísmo, amor propio, estima propia,
todo acto de complacencia propia, producirá una cosecha
semejante. El que vive para sí está sembrando para la
carne, y de la carne cosechará corrupción.
Dios no destruye a ningún hombre. Todo
hombre que sea destruido se habrá destruido a sí mismo.
Todo el que ahogue las amonestaciones de la conciencia
está sembrando las semillas de la incredulidad, y éstas
producirán una segura cosecha. Al rechazar la primera
amonestación de Dios, el faraón de la antigüedad sembró
las semillas de la obstinación, y cosechó obstinación.
Dios no lo forzó a la incredulidad. La semilla de la
incredulidad que él sembró, produjo una cosecha según su
especie. De aquí que continuara su resistencia, hasta que
vio a su país devastado y contempló el cuerpo frío de su
primogénito y los primogénitos de todos los que estaban en
su casa y de todas las familias de su reino, hasta que las
aguas cubrieron sus caballos, sus carros y sus guerreros.
Su historia es una tremenda ilustración de la verdad de
las palabras de que "todo lo que el hombre sembrare, eso
también segará" ( Gálatas 6: 7 ). Si los hombres
comprendieran esto, tendrían cuidado de la semilla que
siembran.
Puesto que la semilla sembrada produce una
cosecha, y ésta a su vez es sembrada, la cosecha se
multiplica. Esta ley se cumple en nuestra relación con
otros. Cada acto, cada palabra, es una semilla que llevará
fruto. Cada acto de bondad bien pensado, de obediencia o
de abnegación, se reproducirá en otros, y por medio de
ellos, todavía en otros, así como cada acto de envidia,
malicia o disensión es una semilla que brotará en "raíz de
amargura" ( Hebreos 12: 15 ), con la cual muchos serán
contaminados. ¡Y cuánto mayor será el número de los
envenenados por los "muchos"! Así prosigue la siembra del
bien y del mal para el tiempo y la eternidad.
La liberalidad, tanto en lo espiritual
como en las cosas temporales, se enseña en la lección de
la semilla sembrada. El Señor dice: "Dichosos vosotros los
que sembráis sobre todas aguas"( Isaías 32: 20 ). "Esto
empero digo: El que siembra escasamente también segará
escasamente; y el que siembra en bendiciones, en
bendiciones también segará" ( 2 Corintios 9: 6 ). El
sembrar sobre todas las aguas significa impartir
continuamente los dones de Dios. Significa dar dondequiera
que la causa de Dios o las necesidades de la humanidad
demanden nuestra ayuda. Esto no ocasionará la pobreza. "El
que siembra en bendiciones, en bendiciones también
segará". El sembrador multiplica su semilla esparciéndola.
Tal ocurre con aquellos que son fieles en la distribución
de los dones de Dios. Impartiendo sus bendiciones, éstas
aumentan. Dios les ha prometido una cantidad suficiente a
fin de que puedan continuar dando. "Dad, y se os dará;
medida buena, apretada, remecida, y rebosando darán en
vuestro seno" ( S. Lucas 6: 38 ).
Y abarca más que esto la siembra y la
cosecha. Cuando distribuimos las bendiciones temporales de
Dios, la evidencia de nuestro amor y simpatía despierta en
el que las recibe la gratitud y el agradecimiento a Dios.
Se prepara el terreno del corazón para recibir las
semillas de verdad espiritual. Y el que proporciona la
semilla al sembrador hará que éstas germinen y lleven
fruto para vida eterna.
Cristo representó su sacrificio redentor
por medio del grano echado en la tierra. "Si el grano de
trigo no cae en la tierra -dijo Jesús-, y muere, él solo
queda; mas si muriere, mucho fruto lleva" ( S. Juan 12: 24
) . Así la muerte de Cristo producirá frutos para el reino
de Dios. De acuerdo con la ley del reino vegetal, la vida
será el resultado de su muerte.
Y todos los que produzcan frutos como
obreros juntamente con Cristo, deben caer primero en la
tierra y morir. La vida debe ser echada en el surco de las
necesidades del mundo. Deben perecer el amor propio y el
egoísmo. Pero la ley del sacrificio propio es la ley de la
preservación propia. La sencilla enterrada en el suelo
produce fruto, y a su vez éste es sembrado. Así se
multiplica la cosecha. El agricultor conserva su grano
esparciéndolo. Así en la vida humana: dar es vivir. La
vida que se preservará será la que se dé liberalmente en
servicio a Dios y los hombres. Los que sacrifican su vida
por Cristo en este mundo, la conservarán eternamente.
La semilla muere para brotar en forma de
nueva vida, y en esto se nos enseña la lección de la
resurrección. Todos los que aman a Dios vivirán otra vez
en el Edén celestial. Dios ha dicho de los cuerpos humanos
que yacen en la tumba para convertirse en polvo: "Se
siembra en corrupción; se levantará en incorrupción; se
siembra en vergüenza, se levantará con gloria; se siembra
en flaqueza, se levantará con potencia" ( 1 Corintios 15:
42, 43 ).
Tales son unas pocas de las muchas
lecciones enseñadas por la viviente parábola de la
naturaleza respecto del sembrador y la semilla. Cuando los
padres y los maestros procuran enseñar estas lecciones,
deben hacerlo en una forma práctica. Aprendan los niños
por sí mismos a preparar el terreno y a sembrar la
semilla. Cuando trabaja el padre o maestro puede
explicarles acerca del jardín del corazón y la buena o
mala semilla que allí se siembra, y así como el jardín
puede prepararse para la semilla natural, debe prepararse
el corazón para la semilla de la verdad. Cuando esparcen
la semilla en el terreno, pueden enseñar la lección de la
muerte de Cristo, y cuando surge la espiga, la verdad de
la resurrección. Cuando crecen las plantas, puede
continuarse con la relación entre la siembra natural y la
espiritual.
A los jóvenes debe instruírselos en una
forma semejante. Debe enseñárselas a trabajar el terreno.
Sería bueno que todas las escuelas tuvieran terreno para
el cultivo, Tales terrenos deberían ser considerados como
el aula de Dios. Deben considerarse las cosas de la
naturaleza como un libro de texto que han de estudiar los
hijos de Dios, y del cual pueden obtener el conocimiento
relativo al cultivo del alma.
Al trabajar el terreno, al disciplinarlo y
sojuzgarlo, han de aprenderse lecciones continuamente.
Nadie pensaría en establecerse sobre un terreno inculto,
esperando que de repente produjera una cosecha. Se
necesitan fervor, diligencia y labor perseverante para
preparar el terreno para la semilla. Así es en la obra
espiritual del corazón humano. Los que quieran
beneficiarse con el cultivo del suelo, deben avanzar con
la palabra de Dios en su corazón. Encontrarán entonces que
el barbecho del corazón ha sido roturado por la influencia
subyugadora del Espíritu Santo. A menos que el terreno sea
objeto de arduo trabajo, no rendirá cosecha. Así también
es el terreno del corazón: el Espíritu de Dios debe
trabajar en él para refinarlo y disciplinarlo, antes de
que pueda dar fruto para la gloria de Dios.
El terreno no producirá sus riquezas
cuando sea trabajado por impulso. Necesita una atención
diaria y cuidadosa. Debe ser arado frecuente y
profundamente, a fin de mantenerlo libre de las malezas
que se alimentan de la buena semilla sembrada. Así
preparan la cosecha los que aran y siembran. Nadie debe
permanecer en el campo en medio del triste naufragio de
sus esperanzas.
La bendición del Señor descansará sobre
los que así trabajan la tierra, aprendiendo lecciones
espirituales de la naturaleza. Al cultivar el terreno, el
obrero sabe poco de los tesoros que se abrirán delante de
él. Si bien es cierto que no ha de despreciar la
instrucción que pueda recibir de los que tienen
experiencia en la obra, y la información que puedan
impartirle los hombres inteligentes, debe obtener
lecciones por sí mismo. Esta es una parte de su educación.
El cultivo del terreno llegar a ser una educación para el
alma.
El que hace que brote la semilla y la
cuida día y noche, el que le da poder para que se
desarrolle, es el Autor de nuestro ser, el Rey del cielo,
y él ejerce un cuidado e interés aun mayores hacia sus
hijos. Mientras el sembrador humano está sembrando la
semilla que mantiene nuestra vida terrenal, el Sembrador
divino sembrará en el alma la semilla que dará frutos para
vida eterna.
Un Poder que
Transforma y Eleva
Este Tema está basado en S. Mateo 13:
33, S. Lucas 13: 20, 21
MUCHOS hombres educados y de influencia
habían venido a oír al profeta de Galilea. Alguno, de
ellos miraban con curioso interés la multitud que se había
congregado alrededor de Cristo mientras enseñaba a la
orilla del mar. En esta gran multitud se hallaban
representadas todas las clases de la sociedad. Allí
estaban el pobre, el analfabeto, el andrajoso pordiosero,
el ladrón que llevaba impreso en su rostro el sello de la
culpa, el lisiado, el disoluto, el comerciante y el que no
necesitaba trabajar, el encumbrado y el humilde, el rico y
el pobre, estrechándose unos contra otros por encontrar un
lugar donde estar y escuchar las palabras de Cristo. Al
echar un vistazo estos hombres cultos sobre la extraña
asamblea se preguntaron: ¿Se compone el reino de Dios de
semejante elemento? Nuevamente el Salvador contestó con
una parábola:
"El reino de los cielos es semejante a la
levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de
harina, hasta que todo quedó leudo".
Entre los judíos, la levadura se usaba a
veces como símbolo del pecado. Al tiempo de la Pascua, el
pueblo era inducido a quitar toda levadura de su casa, así
como debía quitar el pecado del corazón. Cristo amonestó a
sus discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos,
que es hipocresía". Y el apóstol Pablo habla de "la
levadura de malicia y de maldad" ( S. Lucas 12: 1; 1
Corintios 5: 8 ). Pero en la parábola del Salvador la
levadura se usa para representar el reino de los cielos.
Ilustra el poder vivificante y asimilador de la gracia de
Dios.
Ninguna persona es tan vil, nadie ha caído
tan bajo que esté fuera del alcance de la obra de ese
poder. En todos los que se sometan al Espíritu Santo, ha
de ser implantado un nuevo principio de vida: la perdida
imagen de Dios ha de ser restaurada en la humanidad.
Pero el hombre no puede transformarse a sí
mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder
capaz de obrar este cambio. La levadura, algo
completamente externo, debe ser colocada dentro de la
harina antes que el cambio deseado pueda operarse en la
misma. Así la gracia de Dios debe ser recibida por el
pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de
gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede
dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el
pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe
venir de Dios. El cambio puede ser efectuado sólo por el
Espíritu Santo. Todos los que quieran ser salvos, sean
encumbrados o humildes, ricos o pobres, deben someterse a
la operación de este poder.
Como la levadura, cuando se mezcla con la
harina, obra desde adentro hacia afuera, tal ocurre con la
renovación del corazón que la gracia de Dios produce para
transformar la vida. No es suficiente un mero cambio
externo para ponernos en armonía con Dios. Hay muchos que
tratan de reformarlo corrigiendo este o aquel mal hábito,
y esperan llegar a ser cristianos de esta manera, pero
ellos están comenzando en un lugar erróneo. Nuestra
primera obra tiene que ver con el corazón.
El profesar la fe y el poseer la verdad en
el alma son dos cosas diferentes. El mero conocimiento de
la verdad no es suficiente. Podemos poseer ese
conocimiento, pero el tenor de nuestros pensamientos puede
seguir siendo el mismo. El corazón debe ser convertido y
santificado.
El hombre que trata de guardar los
mandamientos de Dios solamente por un sentido de
obligación -porque se le exige que lo haga- nunca entrará
en el gozo de la obediencia. El no obedece. Cuando los
requerimientos de Dios son considerados como una carga
porque se oponen a la inclinación humana, podemos saber
que la vida no es una vida cristiana. La verdadera
obediencia es el resultado de la obra efectuada por un
principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia,
el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es
la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer
lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a
Dios.
La gran verdad de la conversión del
corazón por el Espíritu Santo es presentada en las
palabras que Cristo dirigiera a Nicodemo: "De cierto, de
cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede
ver el reino de Dios... Lo que es nacido de la carne,
carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No
te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer otra
vez. El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido;:
mas no sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo
aquel que es nacido del Espíritu" ( S. Juan 3: 3-8 ).
El apóstol Pablo, escribiendo por la
inspiración del Espíritu Santo, dice: "Dios, que es rico
en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun
estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida
juntamente con Cristo; por gracia sois salvos; y
juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los
cielos con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos
venideros las abundantes riquezas de su gracia en su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por
gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues
es don de Dios" ( Efesios 2: 4-8 ).
La levadura escondida en la harina trabaja
en forma invisible para hacer que toda la masa se halle
bajo el proceso del leudamiento; así la levadura de la
verdad trabaja secreta, silenciosa, invariablemente para
transformar el alma.
Las inclinaciones naturales son mitigadas
y sometidas. Nuevos pensamientos, nuevos sentimientos,
nuevos motivos son implantados. Se traza una nueva norma
del carácter: la vida de Cristo. La mente es cambiada; las
facultades son despertadas para obrar en nuevas
direcciones. El hombre no es dotado de nuevas facultades,
sino que las facultades que tiene son santificadas. La
conciencia se despierta. Somos dotados de rasgos de
carácter que nos capacitan para servir a Dios.
A menudo se levanta la pregunta: ¿Por qué,
entonces, hay tantos que pretenden creer en la Palabra de
Dios, en los cuales no se ve una reforma en las palabras,
en el espíritu y en el carácter? ¿Por qué hay tantos que
no pueden soportar la oposición a sus propósitos y planes,
que manifiestan un temperamento no santificado, y cuyas
palabras son ásperas, despóticas y apasionadas? Se ve en
ellos el mismo amor al yo, la misma indulgencia egoísta,
el mismo mal genio y lenguaje precipitado que se notan en
la vida de los mundanos. Existe el mismo orgullo sensible,
la misma concesión a la inclinación natural, la misma
perversidad de carácter que si la verdad fuera
completamente desconocida para ellos. La razón es que no
están convertidos. No han escondido la levadura de la
verdad en su corazón. No ha habido oportunidad para que
ella realizan su obra. Sus tendencias naturales y
cultivadas a hacer lo malo no han sido sometidas a su
poder transformador, Sus vidas revelan la ausencia de la
gracia de Cristo, una falta de fe en su poder para
transformar el carácter.
"La fe es por el oír; y el oír por la
palabra de Dios ( Romanos 10: 17 )". Las Escrituras
constituyen el gran agente en la transformación del
carácter. Cristo oró: "Santifícalos en tu verdad: tu
palabra es verdad" ( S. Juan 17: 17 ). Si se la estudia y
obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, subyugando
todo atributo no santificado. El Espíritu Santo viene a
convencer del pecado, y la fe que nace en el corazón obra
por amor a Cristo, y nos conforma en cuerpo, alma y
espíritu a su propia imagen. Entonces Dios puede usarnos
para hacer su voluntad. El poder que se nos da obra desde
adentro hacia afuera, induciéndonos a comunicar a otros la
verdad que nos ha sido transmitida.
Las verdades de la Palabra de Dios hacen
frente a la gran necesidad práctica del hombre: la
conversión del alma por medio de la fe. No ha de pensarse
que estos grandes principios son demasiado puros y santos
para ser aplicados en la vida diaria. Son verdades que
llegan al cielo y alcanzan la eternidad; y sin embargo, su
influencia vital ha de ser entretejida en la experiencia
humana. Han de compenetrar todas las grandes y pequeñas
cosas de la vida.
Recibida en el corazón, la levadura de la
verdad regulará los deseos, purificará los pensamientos,
dulcificará la disposición. Aviva las facultades de la
mente y las energías del alma. Aumenta la capacidad de
sentir, de amar.
El mundo considera como un misterio al
hombre imbuido de este principio. El hombre egoísta y
amador del dinero vive sólo para conseguir las riquezas,
los honores y los placeres de este mundo. Omite de sus
cálculos el mundo eterno. Pero en el caso del seguidor de
Cristo, estas cosas no lo absorberán todo. Por causa de
Cristo, trabajara y se negará a sí mismo, para poder
ayudar en la gran obra de salvar a las almas que se hallan
sin Cristo y sin esperanza en el mundo. El mundo no puede
comprender a un hombre tal; porque él tiene en cuenta
realidades eternas.
El amor de Cristo con su poder redentor ha
venido a su corazón. Este amor subyuga todo otro motivo, y
eleva a su poseedor por encima de la influencia corruptora
del mundo.
La palabra de Dios ha de tener un efecto
santificador en nuestra relación con cada miembro de la
familia humana. La levadura de la verdad no producirá
espíritu de rivalidad, ambición, deseo de la supremacía.
El amor verdadero nacido del cielo no es egoísta y
cambiable. No depende de la alabanza humana. El corazón de
aquel que recibe la gracia de Dios desborda de amor a Dios
y a aquellos por los cuales Cristo murió. El yo no lucha
para ser reconocido. No ama a otros porque ellos lo aman a
él y le agradan, porque aprecian sus méritos, sino porque
constituyen una posesión comprada por Cristo. Si sus
motivos, palabras o acciones son mal entendidas o
falseadas, no se ofende, sino que prosigue invariable su
camino. Es amable y considerado, humilde en la opinión que
tiene de sí mismo, y sin embargo lleno de esperanza, y
siempre confía en la misericordia y el amor de Dios.
El apóstol nos exhorta: "Conforme es santo
aquel que os ha llamado, sed también vosotros santos, en
toda vuestra manera de vivir; porque está escrito: Habéis
de ser santos, porque yo soy santo" ( 1 S. Pedro 1: 15, 16
) . La gracia de Cristo ha de dominar el genio y la voz.
Su obra se revelará en la cortesía y la tierna
consideración mostradas por el hermano hacia el hermano,
con palabras bondadosas y alentadoras. Existe una
presencia angelical en el hogar. La vida despide un dulce
perfume que asciende a Dios como sagrado incienso. El amor
se manifiesta en la bondad, la gentileza, la tolerancia y
la longanimidad.
El semblante cambia. Cristo que habita en
el corazón, brilla en el rostro de aquellos que le aman y
guardan sus mandamientos. La verdad queda escrita allí. Se
revela la dulce paz del cielo. Se expresan allí una bondad
habitual, un amor más que humano.
La levadura de la verdad efectúa un cambio
en todo el hombre, convirtiendo al rústico en refinado, al
áspero en amable, al egoísta en generoso. Por su medio el
impuro queda limpio, lavado en la sangre del Cordero. Por
medio de su poder vivificante, hace que la totalidad de la
mente, el alma y las fuerzas quede en armonía con la vida
divina. El hombre con su naturaleza humana llega a ser
partícipe de la divinidad. Cristo es honrado con la
excelencia y la perfección del carácter. Y mientras se
efectúan estos cambios, los ángeles rompen en himnos
arrobadores, y Dios y Cristo se regocijan sobre las almas
transformadas a la semejanza divina.
"El Mayor Tesoro"
Este Tema está basado en S. Mateo 13:
33; S. Lucas 13: 20, 21
"ADEMÁS, el reino de los cielos es
semejante al tesoro escondido en el campo; el cual
hallado, el hombre lo encubre, y de gozo de ello va, y
vende todo lo que tiene, y compra aquel campo".
En los tiempos antiguos, los hombres
acostumbraban esconder sus tesoros en la tierra. Los robos
eran frecuentes, y cuando quiera que hubiese un cambio en
el poder gobernante, los que tenían grandes posesiones
estaban expuestos a que se les aplicasen pesados tributos.
Por otra parte, el país estaba en constante peligro de ser
invadido por ejércitos merodeadores. Por consiguiente, los
ricos trataban de preservar sus riquezas ocultándolas, y
la tierra era considerada como un seguro escondite. Pero a
menudo se olvidaba el lugar en que se había escondido el
tesoro; la muerte podía arrebatar al dueño; el
encarcelamiento o el destierro podían alejarlo de su
tesoro, y la riqueza cuya preservación le había costado
tanto trabajo, era dejada para la persona afortunada que
la encontrase. En los días de Cristo no era raro descubrir
en un terreno descuidado viejas monedas y ornamentos de
oro y plata.
Un hombre alquila un terreno para
cultivarlo, y mientras ara la tierra con sus bueyes,
desentierra un tesoro. En seguida ve que una fortuna se
halla a su alcance. Restituyendo el oro a su escondite,
regresa a casa y vende todo lo que tiene para comprar el
terreno que contiene el tesoro. Su familia y sus vecinos
piensan que procede como un loco. No ven valor alguno en
ese terreno descuidado. Pero el hombre sabe lo que hace, y
cuando tiene el título del campo, revuelve cada parte de
él para encontrar el tesoro que ha conseguido.
Esta parábola ilustra el valor del tesoro
celestial y el esfuerzo que deberíamos hacer para
obtenerlo. El que encontró el tesoro en el campo estaba
listo para abandonar todo lo que tenía y realizar una
labor incansable, a fin de obtener las riquezas ocultas.
Así el que halla el tesoro celestial no debe considerar
ningún trabajo demasiado grande y ningún sacrificio
demasiado caro para ganar los tesoros de la verdad.
En la parábola, el campo que contiene el
tesoro representa las Sagradas Escrituras. Y el Evangelio
es el tesoro. La tierra misma no se halla tan entretejida
de vetas de oro ni está tan llena de cosas preciosas como
sucede con la Palabra de Dios.
Cómo fue escondido
Se dice que los tesoros del Evangelio
están escondidos. Aquellos que son sabios en su propia
estima, los que están hinchados por la enseñanza de la
vana filosofía, no perciben la hermosura, el poder y el
misterio del plan de la redención. Muchos tienen ojos,
pero no ven; tienen oídos, pero no oyen; tienen intelecto,
pero no disciernen el tesoro escondido.
Un hombre podría pasar por el lugar donde
había sido escondido el tesoro. Estando en horrible
necesidad, podría sentarse a descansar al pie de un árbol,
no sabiendo nada de las riquezas escondidas entre sus
raíces. Tal ocurrió con los judíos. Cual áureo tesoro, la
verdad había sido confiada al pueblo hebreo. El sistema de
culto judaico, que llevaba la firma celestial, había sido
instituido por Cristo mismo. Las grandes verdades de la
redención se hallaban veladas tras los tipos y los
símbolos. Sin embargo, cuando Cristo vino, no reconocieron
a Aquel a quien señalaban todos los símbolos. Tenían la
Palabra de Dios en su poder; pero las tradiciones que
habían pasado de una generación a otra y la interpretación
humana de las Escrituras, escondieron de su vista la
verdad tal cual es en Jesús. La significación espiritual
de los Sagrados Escritos se perdió. El lugar donde estaba
atesorado todo el conocimiento les estaba abierto, pero no
lo sabían.
Dios no esconde su verdad de los hombres.
Por su propia conducta, ellos la oscurecen para sí mismos.
Cristo dio al pueblo judío abundantes evidencias de que
era el Mesías; pero su enseñanza exigía un cambio decidido
en sus vidas. Ellos vieron que si recibían a Cristo debían
abandonar sus máximas y tradiciones favoritas y sus
prácticas egoístas e impías. Exigía un sacrificio el
recibir la verdad invariable y eterna. Por lo tanto, no
admitieron la más concluyente evidencia que Dios pudo dar
a fin de establecer la fe en Cristo. Profesaban creer en
las Escrituras del Viejo Testamento, y sin embargo
rehusaron aceptar el testimonio que contenían con respecto
a la vida y el carácter de Cristo. Temían ser convencidos,
no fuera que se convirtieran y se vieran impelidos a
abandonar sus opiniones preconcebidas. El tesoro del
Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida estaba entre
ellos, pero rechazaron la dádiva más grande que los cielos
pudieran conceder.
"Aun de los príncipes, muchos creyeron en
él -leemos-, mas por causa de los fariseos no le
confesaban, por no ser echados de la sinagoga" ( S. Juan
12: 42 ). Estaban convencidos. Creían que Jesús era el
Hijo de Dios; pero el confesarlo no estaba de acuerdo con
sus ambiciosos deseos. No tenían la fe que podría haberles
conseguido el tesoro celestial. Estaban buscando tesoro
mundanal.
Y los hombres de nuestros días están
buscando afanosamente los tesoros terrenales. Su mente
está llena de pensamientos egoístas y ambiciosos. Por
ganar las riquezas, el 78 honor o el poder mundanos,
colocan las máximas, las tradiciones y los mandamientos de
los hombres por encima de los requisitos de Dios. Las
riquezas de su Palabra se hallan ocultas a estas personas.
"El hombre animal no percibe las cosas que
son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las
puede entender, porque se han de examinar espiritualmente"
( 1 Corintios 2: 14 ).
"Si nuestro Evangelio está aún encubierto,
entre los que se pierden está encubierto: en los cuales el
dios de este siglo cegó los entendimientos de los
incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del
Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de
Dios" ( 2 Corintios 4: 3, 4 ).
El valor del tesoro
El Salvador vio que los hombres estaban
absortos en conseguir ganancias y perdían de vista las
realidades eternas. Intentó corregir este mal. Trató de
romper el hechizo infatuador que paralizaba el alma.
Elevando su voz clamó: "¿De qué aprovecha al hombre, si
granjeara todo el mundo, y perdiere su alma? O ¿qué
recompensa dará el hombre por su alma?" ( S. Mateo 16: 26
). Cristo presenta ante la humanidad caída el mundo más
noble que ha perdido de vista, a fin de que contemplen las
realidades eternas. Los transporta hasta los umbrales del
Infinito, resplandeciente con la indescriptible gloria de
Dios, y les muestra allí el tesoro.
El valor de este tesoro es superior al oro
o la plata. Las riquezas de las minas de la tierra no
pueden compararse con él.
"El abismo dice: No está en mí:
Y la mar dijo: Ni conmigo.
No se dará por oro,
Ni su precio será a peso de plata.
No puede ser apreciada con oro de Ophir,
Ni con onique precioso, ni con zafiro.
El oro no se le igualará, ni el diamante;
Ni se trocará por vaso de oro fino.
De coral ni de perlas no se hará mención:
La sabiduría es mejor que piedras
preciosas" ( Job 28: 14-18 ).
Este es el tesoro que se encuentra en las
Escrituras. La Biblia es el gran libro de texto de Dios,
su gran educador. El fundamento de toda ciencia verdadera
se halla en la Biblia. Cada rama del conocimiento puede
ser hallada escudriñando la Palabra de Dios. Y sobre toda
otra cosa contiene la ciencia de todas las ciencias, la
ciencia de la salvación. La Biblia es la mina de las
inescrutables riquezas de Cristo.
La verdadera educación superior se obtiene
estudiando y obedeciendo la Palabra de Dios. Pero cuando
la Biblia se deja de lado en beneficio de libros que no
conducen a Dios y al reino de los cielos, la educación
adquirida es una perversión de ese nombre.
Hay en la naturaleza verdades
maravillosas. La tierra, el mar y el cielo están llenos de
verdad. Son nuestros maestros. La naturaleza hace oír su
voz en lecciones de sabiduría celestial y verdad eterna.
Pero el hombre caído no entenderá. El pecado ha nublado su
visión, y por sí mismo no puede interpretar la naturaleza
sin colocarla por encima de Dios. Las lecciones correctas
no pueden impresionar la mente de aquellos que rechazan la
Palabra de Dios. La enseñanza de la naturaleza se halla
tan pervertida por ellos que aparta la mente del Creador.
Muchos enseñan que la sabiduría del hombre
es superior a la sabiduría del divino Maestro, y se
considera al libro de texto de Dios como anticuado, pasado
de moda y carente de interés. Pero no lo consideran así
aquellos que han sido vivificados por el Espíritu Santo.
Ellos ven el inapreciable tesoro, y lo venderían todo para
comprar el campo que lo contiene. En vez de los libros que
contienen las suposiciones de los autores reputados como
grandes, eligen la Palabra de Aquel que es el mayor autor
y el mayor maestro que jamás haya conocido; que dio su
vida por nosotros, a fin de que por su medio tuviésemos
vida eterna.
Resultados de
descuidar el tesoro
Satanás obra en las mentes de los hombres,
que los induce a pensar que hay conocimientos maravillosos
que pueden ser adquiridos fuera de Dios. Mediante
razonamientos engañosos, él indujo a Adán y Eva a dudar de
la palabra de Dios, y a colocar en su lugar una teoría que
los guió a la desobediencia. Y sus sofismas están haciendo
hoy lo que hicieron en el Edén. Los maestros que mezclan
con la educación que dan, los sentimientos de autores
incrédulos, siembran en la mente de la juventud
pensamientos que los inducirán a desconfiar de Dios y
transgredir su ley. Poco saben ellos lo que hacen. poco se
dan cuenta de cuál será el resultado de su obra.
Un estudiante puede cursar todos los
grados de las escuelas y colegios de nuestra época. Puede
dedicar todas sus facultades a adquirir conocimientos.
Pero a menos que tenga un conocimiento de Dios, a menos
que obedezca las leyes que gobiernan su ser, se destruirá
a sí mismo. Por hábitos erróneos pierde la facultad de
valorarse. Pierde el dominio propio. No puede razonar
correctamente acerca de los asuntos que más íntimamente le
conciernen. Es descuidado e irracional en la forma de
tratar su mente y su cuerpo. Por hábitos erróneos, se
arruina. No puede obtener la felicidad; pues su descuido
en el cultivo de los principios puros y sanos lo colocan
bajo el dominio de los hábitos que destruyen su paz. Sus
años de estudio abrumador se pierden, por que se ha
destruido a sí mismo. Ha empleado mal sus facultades
físicas y mentales, y el templo de su cuerpo se halla en
ruinas. Está arruinado para esta vida y para la venidera.
Pensó obtener un tesoro adquiriendo conocimiento y
sabiduría terrenales; pero por dejar a un lado la Biblia
sacrificó su tesoro que vale más que cualquier otra cosa.
Buscad el tesoro
La palabra de Dios ha de ser nuestro
estudio. Hemos de educar a nuestros hijos en las verdades
que allí encontramos. Es un tesoro inagotable; pero los
hombres no lo encuentran porque no lo buscan hasta
posesionarse de él. Muchos se contentan con una suposición
acerca de la verdad. Se conforman con una obra
superficial, dando por sentado que tiene todo lo que es
esencial. Consideran los dichos de otros como la verdad, y
son demasiado indolentes para aplicarse a un trabajo
fervoroso y diligente, representado en la Palabra por el
acto de cavar para hallar el tesoro oculto.
Pero las invenciones de los hombres no
solamente no son dignas de confianza, sino que son
peligrosas, pues colocan al hombre en el lugar que
corresponde a Dios. Colocan los dichos de los hombres
donde debería hallarse un "Así dice Jehová".
Cristo es la verdad. Sus palabras son
verdad, y tienen un significado más profundo del que
aparentan tener en la superficie. Todos los dichos de
Cristo tienen un significado que sobrepuja su modesta
apariencia. Las mentes avivadas por el Espíritu Santo
discernirán el valor de esos dichos. Hallarán las
preciosas gemas de verdad, aun cuando sean tesoros
escondidos.
Las teorías y especulaciones humanas nunca
conducirán a una comprensión de la Palabra de Dios.
Aquellos que suponen que entienden la filosofía piensan
que sus explicaciones son necesarias para abrir los
tesoros del conocimiento e impedir que las herejías se
introduzcan en la iglesia. Pero son estas explicaciones
las que han introducido falsas teorías y herejías. Los
hombres han hecho esfuerzos desesperados por explicar los
que ellos pensaban que eran textos intrincados; pero
demasiado a menudo sus esfuerzos no han hecho sino
oscurecer aquello que trataban de explicar.
Los sacerdotes y los fariseos pensaban
estar haciendo grandes cosas como maestros, colocando sus
propias interpretaciones por sobre la Palabra de Dios;
pero Cristo dijo de ellos: "No sabéis las Escrituras, ni
la potencia de Dios" ( S. Marcos 12: 24 ). Los declaró
culpables de enseñar "como doctrinas mandamientos de
hombres" ( S. Marcos 7: 7 ). Aunque ellos eran los
maestros de los oráculos divinos, aunque se suponía que
entendían la Palabra, no eran hacedores de la misma.
Satanás había cegado sus ojos, de tal manera que no viesen
su verdadera importancia.
Esta es la obra que muchos hacen en
nuestra época. Muchas iglesias son culpables de este
pecado. Hay peligro, gran peligro de que los presuntos
sabios de nuestra época repitan lo que hicieron los
maestros judíos. Interpretan falsamente los oráculos
divinos, y las almas quedan sumidas en la perplejidad y
las tinieblas a causa de su errónea concepción de la
verdad.
Las Escrituras no necesitan ser leídas a
la luz empañada de la tradición o la especulación humana.
El explicar las Escrituras por la especulación o la
imaginación del hombre, es como tratar de alumbrar el sol
con una antorcha. La santa Palabra de Dios no necesita de
la débil luz de la antorcha de la tierra para que sus
glorias sean visibles. Es luz en sí misma: la gloria de
Dios revelada; y fuera de ella toda otra luz es empañada.
Pero debe haber fervoroso estudio y
diligente investigación. Las percepciones claras y exactas
de la verdad no serán nunca la recompensa de la
indolencia. Ninguna bendición terrenal puede ser obtenida
sin esfuerzo ferviente, paciente y perseverante. Si los
hombres quieren tener éxito en los negocios, deben tener
la voluntad de obrar, y la fe para esperar los resultados.
Y no podemos esperar obtener un conocimiento espiritual
sin un trabajo activo. Aquellos que desean encontrar los
tesoros de la verdad deben cavar en busca de ellos como el
minero cava para hallar el tesoro escondido en la tierra.
Ningún trabajo frío e indiferente será provechoso. Es
esencial para los viejos y los jóvenes no solamente leer
la Palabra de Dios, sino estudiarla con fervor y
consagración, orando e investigando para hallar la verdad
como tesoro escondido. Los que hagan esto serán
recompensados, pues Cristo avivará su inteligencia.
Nuestra salvación depende de nuestro
conocimiento de la verdad contenida en las Escrituras. Es
la voluntad de Dios que nosotros poseamos dicho
conocimiento. Investigad, oh, investigad la preciosa
Biblia con corazones hambrientos. Explorad la Palabra de
Dios como el minero explora la tierra para encontrar las
vetas de oro. Nunca abandonéis el estudio hasta que os
hayáis asegurado de vuestra relación con Dios y de su
voluntad con respecto a vosotros. Cristo declara: "Y todo
lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para
que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis
en mi nombre, yo lo haré" ( S. Juan 14: 13, 14 ).
Los hombres de piedad y talento obtienen
visiones de las realidades eternas, pero a menudo dejan de
entenderlas, porque las cosas que se ven eclipsan la
gloria de las que no se ven. Aquel que quiere buscar con
éxito el tesoro escondido debe elevarse a propósitos más
nobles que las cosas de este mundo. Sus afectos y todas
sus facultades deben ser consagrados a la investigación.
La desobediencia ha impedido el acceso a
una gran cantidad de conocimiento que podría haberse
obtenido de las Escrituras. La comprensión significa
obediencia a los mandamientos de Dios. Las Escrituras no
han de ser adaptadas para satisfacer los prejuicios y los
celos de los hombres. Pueden ser entendidas solamente por
aquellos que buscan humildemente un conocimiento de la
verdad para obedecerla.
Preguntas tú: ¿Qué haré para salvarme?
Debes abandonar a la puerta de la investigación tus
opiniones preconcebidas, tus ideas heredadas y cultivadas.
Si escudriñas las Escrituras para vindicar tus propias
opiniones, nunca alcanzarás la verdad. Estudia para
aprender qué dice el Señor. Y cuando la convicción te
posea mientras investigas, si ves que tus opiniones
acariciadas no están en armonía con la verdad, no tuerzas
la verdad para que cuadre con tu creencia, sino acepta la
luz dada. Abre la mente y el corazón, para que puedas
contemplar las cosas admirables de la Palabra de Dios.
La fe en Cristo como el Redentor del mundo
exige un reconocimiento del intelecto iluminado, dominado
por un corazón que puede discernir y apreciar el tesoro
celestial. Esta fe es inseparable del arrepentimiento y la
transformación del carácter. Tener fe significa encontrar
y aceptar el tesoro del Evangelio con todas las
obligaciones que impone.
"El que no naciere otra vez no puede ver
el reino de Dios" ( S. Juan 3: 3 ). Puede conjeturar e
imaginar, pero sin el ojo de la fe no puede ver el tesoro.
Cristo dio su vida para asegurarnos este inestimable
tesoro; pero sin la regeneración por medio de la fe en su
sangre, no hay remisión de pecados, ni tesoro alguno para
el alma que perece.
Necesitamos la iluminación del Espíritu
Santo para discernir las verdades de la Palabra de Dios.
Las cosas hermosas del mundo natural no se ven hasta que
el sol, disipando las tinieblas, las inunda con su luz.
Así los tesoros de la Palabra de Dios no son apreciados
hasta que no sean revelados por los brillantes rayos del
Sol de Justicia.
El Espíritu Santo, enviado desde los
cielos por la benevolencia del amor infinito toma las
cosas de Dios y las revela a cada alma que tiene una fe
implícita en Cristo. Por su poder, las verdades vitales de
las cuales depende la salvación del alma son impresas en
la mente, y el camino de la vida es hecho tan claro que
nadie necesita errar en él. Mientras estudiamos las
Escrituras, debemos orar para que la luz del Espíritu
Santo brille sobre la Palabra, a fin de que veamos y
apreciemos sus tesoros.
La recompensa de la
investigación
Nadie piense que ya no hay más
conocimiento que adquirir. La profundidad del intelecto
humano puede ser medida; las obras de los autores humanos
pueden dominarse, pero el más alto, profundo y ancho
arrebato de la imaginación no puede descubrir a Dios. Hay
una infinidad más allá de todo lo que podamos comprender.
Hemos contemplado solamente una vislumbre de la gloria
divina y de la infinitud del conocimiento y la sabiduría;
hemos estado trabajando, por así decirlo, en la superficie
de la misma, cuando el rico metal del oro está debajo de
la superficie, para recompensar al que cave en su
búsqueda. El pozo de la mina debe ser ahondado cada vez
más, y el resultado será el hallazgo del glorioso tesoro.
Por medio de una fe correcta, el conocimiento divino
llegará a ser el conocimiento humano.
Nadie puede escudriñar las Escrituras con
el Espíritu de Cristo y quedar sin recompensa. Cuando el
hombre esté dispuesto a ser instruido como un niñito,
cuando se someta completamente a Dios, encontrará la
verdad en su Palabra. Si los hombres fueran obedientes
comprenderían el plan del gobierno de Dios. El mundo
celestial abriría sus cámaras de gracia y de gloria a la
exploración. Los seres humanos serían totalmente
diferentes de lo que son ahora; porque al explorar las
minas de la verdad, los hombres quedarían ennoblecidos. El
misterio de la redención, la encarnación de Cristo, su
sacrificio expiatorio, no serían, como ahora, vagos en
nuestra mente. Serían no solamente mejor comprendidos,
sino del todo más altamente apreciados.
En la oración que Cristo dirigió al Padre,
dio al mundo una lección que debe ser grabada en la mente
y el alma. "Esta empero es la vida eterna -dijo-: que te
conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual
has enviado" ( S. Juan 17: 3 ). Esta es la verdadera
educación. Imparte poder. El conocimiento experimental de
Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado, transforma
al hombre a la imagen de Dios. Le da dominio propio,
sujetando cada impulso y pasión de la baja naturaleza al
gobierno de las facultades superiores de la mente.
Convierte a su poseedor en hijo de Dios y heredero del
cielo. Lo pone en comunión con la mente del Infinito, y le
abre los ricos tesoros del universo.
Este es el conocimiento que se obtiene al
escudriñar la Palabra de Dios. Y este tesoro puede ser
encontrado por toda alma que desea dar todo lo que posee
por obtenerlo.
"Si clamares a la inteligencia, y a la
prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y
la escudriñares como a tesoros; entonces entenderás el
temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios" (
Provervios 2 : 3-5 ).
La Perla de Gran
Precio
Este Tema esta basado en S. Mateo 13:
45, 46
EL SALVADOR comparó las bendiciones del
amor redentor con una preciosa perla. Ilustró su lección
con la parábola del comerciante que busca buenas perlas,
"que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo
que tenía, y la compró". Cristo mismo es la perla de
gran precio. En él se reúne toda la gloria del Padre, la
plenitud de la Divinidad. Es el resplandor de la gloria
del Padre, y la misma imagen de su persona. La gloria de
los atributos de Dios se expresa en su carácter. Cada
página de las Santas Escrituras brilla con su luz. La
justicia de Cristo, cual pura y blanca perla, no tiene
defecto ni mancha. Ninguna obra humana puede mejorar el
grande y precioso don de Dios. Es perfecto. En Cristo
"están escondidos todos los tesoros de sabiduría y
conocimiento". El "nos ha sido hecho por Dios sabiduría,
y justificación, y santificación, y redención" (
Colosenses 2: 3; 1 Corintios 1: 30 ). Todo lo que puede
satisfacer las necesidades y los anhelos del alma
humana, para este mundo y para el mundo venidero, se
halla en Cristo. Nuestro Redentor es una perla tan
preciosa que en comparación con ella todas las demás
cosas pueden reputarse como pérdida.
Cristo "a lo suyo vino, y los suyos no
le recibieron". La luz de Dios brilló en las tinieblas
del mundo, "mas las tinieblas no la comprendieron." ( S.
Juan 1: 11, 5 ). Pero no todos fueron indiferentes a la
dádiva del cielo. El comerciante de la parábola
representa a una clase de personas que desea
sinceramente la verdad. En diferentes naciones ha habido
hombres fervientes y juiciosos que han buscado en la
literatura, en la ciencia y en las religiones del mundo
pagano aquello que pudieran recibir como el tesoro del
alma. Entre los judíos había personas que estaban
buscando lo que no tenían. Insatisfechos con una
religión formal, anhelaban algo que fuera espiritual y
elevador. Los discípulos escogidos por Cristo
pertenecían a la última clase; Cornelio y el eunuco
etíope, a la primera. Habían estado anhelando la luz del
cielo y orando para recibirla; y cuando Cristo se les
reveló, lo recibieron con alegría.
En la parábola, la perla no es
presentada como dádiva. El tratante la compró a cambio
de todo lo que tenía. Muchos objetan el significado de
esto, puesto que Cristo es presentado en las Escrituras
como un don. El es un don, pero únicamente para aquellos
que se entregan a él sin reservas, en alma, cuerpo y
espíritu. Hemos de entregarnos a Cristo para vivir una
vida de voluntaria obediencia a todos sus
requerimientos. Todo lo que somos, todos los talentos y
facultades que poseemos son del Señor, para ser
consagrados a su servicio. Cuando de esta suerte nos
entregamos por completo a él, Cristo, con todos los
tesoros del cielo, se da a sí mismo a nosotros.
Obtenemos la perla de gran precio.
La salvación es un don gratuito, y sin
embargo ha de ser comprado y vendido. En el mercado
administrado por la misericordia divina, la perla
preciosa se representa vendiéndose sin dinero y sin
precio. En este mercado, todos pueden obtener las
mercancías del cielo. La tesorería que guarda las joyas
de la verdad está abierta para todos. "He aquí he dado
una puerta abierta delante de ti declara el Señor, la
cual ninguno puede cerrar". Ninguna espada guarda el
paso por esa puerta. Las voces que provienen de los que
están adentro y de los que están a la puerta dicen: Ven.
La voz del Salvador nos invita con amor fervoroso: "Yo
te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para
que seas hecho rico" ( Apocalipsis 3: 8, 18 ).
El Evangelio de Cristo es una bendición
que todos pueden poseer. El más pobre es tan capaz de
comprar la salvación como el más rico; porque no se
puede conseguir por ninguna cantidad de riqueza
mundanal. La obtenemos por una obediencia voluntaria,
entregándonos a Cristo como su propia posesión comprada.
La educación, aunque sea de la clase más elevada, no
puede por sí misma traer al hombre más cerca de Dios.
Los fariseos fueron favorecidos con todas las ventajas
temporales y espirituales, y dijeron con jactancioso
orgullo: Nosotros somos ricos, y estamos enriquecidos, y
no tenemos necesidad de ninguna cosa; aunque eran
cuitados y miserables y pobres y ciegos y desnudos (
Apocalipsis 3: 17 ). Cristo les ofreció la perla de gran
precio, mas desdeñaron aceptarla, y él les dijo: "Los
publicanos y las rameras os van delante al reino de
Dios" ( S. Mateo 21: 31 ).
No podemos ganar la salvación, pero
debemos buscarla con tanto interés y perseverancia como
si abandonáramos todas las cosas del mundo por ella.
Hemos de buscar la perla de gran precio,
pero no en los emporios del mundo y por medio de los
métodos mundanos. El precio que se nos exige no es oro
ni plata, porque estas cosas pertenecen a Dios.
Abandonad la idea de que las ventajas temporales o
espirituales ganarán vuestra salvación. Dios pide
vuestra obediencia voluntaria. El os pide que abandonéis
vuestros pecados. "Al que venciere -declara Cristo-, yo
le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo
he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" (
Apocalipsis 3: 21 ).
Hay algunos que parecen estar siempre
buscando la perla celestial. Pero no hacen una entrega
total de sus malos hábitos. No mueren al yo para que
Cristo viva en ellos. Por lo tanto no encuentran la
perla preciosa. No han vencido la ambición no
santificada y el amor a las atracciones mundanas. No
toman la cruz y siguen a Cristo en el camino de la
abnegación y de la renunciación propia. Casi cristianos,
aunque todavía no totalmente, parecen estar cerca del
reino de los cielos, pero no pueden entrar. Casi, pero
no totalmente salvos, significa ser no casi sino
totalmente perdidos.
La parábola del tratante que busca
buenas perlas tiene un doble significado: se aplica no
solamente a los hombres que buscan el reino de los
cielos, sino también a Cristo, que busca su herencia
perdida. Cristo, el comerciante celestial, que busca
buenas perlas, vio en la humanidad extraviada la perla
de gran precio. En el hombre, engañado y arruinado por
el pecado, vio las posibilidades de la redención. Los
corazones que han sido el campo de batalla del conflicto
con Satanás, y que han sido rescatados por el poder del
amor, son más preciosos para el Redentor que aquellos
que nunca cayeron. Dios dirigió su mirada a la humanidad
no como a algo vil y sin mérito, la miró en Cristo, y la
vio como podría llegar a ser por medio del amor
redentor. Reunió todas las riquezas del universo, y las
entregó para comprar la perla, Y Jesús, habiéndole
encontrado, la vuelve a engastar en su propia diadema.
"Serán engrandecidos en su tierra como piedras de
corona". "Y serán míos, dijo Jehová de los ejércitos, en
el día que yo tengo de hacer tesoro." ( Zacarías 9: 16;
Malaquías 3: 17 )
Pero Cristo como perla preciosa, y
nuestro privilegio de poseer este tesoro celestial, es
el tema en el cual más necesitamos meditar. Es el
Espíritu Santo el que revela a los hombres el carácter
precioso de la buena perla. El tiempo de la
manifestación del poder del Espíritu Santo es el tiempo
en que en un sentido especial el don del cielo es
buscado y hallado. En los días de Cristo, muchos oyeron
el Evangelio, pero sus mentes estaban oscurecidas por
las falsas enseñanzas, y no reconocieron en el humilde
Maestro de Galilea al Enviado de Dios. Mas después de la
ascensión de Cristo, su entronización en el reino de la
mediación fue señalada por el descenso del Espíritu
Santo. En el día de Pentecostés fue dado el Espíritu.
Los testigos de Cristo proclamaron el poder del Salvador
resucitado. La luz del cielo penetró las mentes
entenebrecidas de aquellos que habían sido engañados por
los enemigos de Cristo. Ellos lo vieron ahora exaltado a
la posición de "Príncipe y Salvador, para dar a Israel
arrepentimiento y remisión de pecados." ( Hechos 5: 31
). Lo vieron circundado de la gloria del cielo, con
infinitos tesoros en sus manos para conceder a todos los
que se volvieran de su rebelión. Al presentar los
apóstoles la gloria del Unigénito del Padre, tres mil
almas se convencieron. Se vieron a sí mismos tales
cuales eran, pecadores y corrompidos, y vieron a Cristo
como su Amigo y Redentor. Cristo fue elevado y
glorificado por el poder del Espíritu Santo que descansó
sobre los hombres. Por la fe, estos creyentes vieron a
Cristo como Aquel que había soportado la humillación, el
sufrimiento y la muerte, a fin de que ellos no
pereciesen, sino que tuvieran vida eterna. La revelación
que el Espíritu hizo de Cristo les impartió la
comprensión de su poder y majestad, y elevaron a él sus
manos por la fe, diciendo: "Creo".
Entonces las buenas nuevas de un
Salvador resucitado fueron llevadas hasta los últimos
confines del mundo habitado. La iglesia contempló cómo
los conversos fluían hacia ella de todas direcciones.
Los creyentes se convertían de nuevo. Los pecadores se
unían con los cristianos para buscar la perla de gran
precio. La profecía se había cumplido: El flaco "será
como David, y la casa de David, como ángeles, como el
ángel de Jehová." ( Zacarías 12: 8 ). Cada cristiano vio
en su hermano la semejanza divina de la benevolencia y
el amor. Prevalecía un solo interés. Un objeto era el
que predominaba sobre todos los demás. Todos los
corazones latían armoniosamente. La única ambición de
los creyentes era revelar la semejanza del carácter de
Cristo, y trabajar por el engrandecimiento de su reino.
"Y la multitud de los que habían creído era de un
corazón y un alma... Y los apóstoles daban testimonio de
la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo
[poder]; y gran gracia era en todos ellos". "Y el Señor
añadía cada día a la iglesia los que habían de ser
salvos." ( Hechos 4: 32,33; 2: 47 ). El Espíritu de
Cristo animaba a toda la congregación; porque habían
encontrado la perla de gran precio.
Estas escenas han de repetirse, y con
mayor poder. El descenso del Espíritu Santo en el día de
Pentecostés fue la primera lluvia, pero la última lluvia
será más abundante.
El Espíritu espera que lo pidamos y
recibamos. Cristo ha de ser nuevamente revelado en su
plenitud por el poder del Espíritu Santo. Los hombres
discernirán el valor de la perla preciosa, y junto con
el apóstol Pablo dirán: "Las cosas que para mí eran
ganancias, helas reputado pérdidas por amor de Cristo. Y
ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el
eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (
Filipenses 3: 7, 8 ).
La Red y la Pesca
Este Tema está basado en S. Mateo
13: 47-50
"EL REINO de los cielos es semejante a
la red, que echada en la mar, coge de todas suertes de
peces: la cual estando llena, la sacaron a la orilla;
y sentados, cogieron lo bueno en vasos, y lo malo
echaron fuera. Así será al fin del siglo: saldrán los
ángeles y apartarán a los malos de entre los justos y
los echarán en el horno del fuego: allí será el lloro
y el crujir de dientes".
El echar la red es la predicación del
Evangelio. Esto reúne en la iglesia tanto a buenos
como a malos. Cuando se complete la misión del
Evangelio, el juicio realizará la obra de separación.
Cristo vio cómo la existencia de los falsos hermanos
en la iglesia haría que se hablase mal del camino de
la verdad. El mundo injuriaría el Evangelio a causa de
las vidas inconsecuentes de los falsos cristianos.
Esto haría que hasta los mismos creyentes tropezaran
al ver que muchos que llevaban el nombre de Cristo no
eran dirigidos por su Espíritu. A causa de que estos
pecadores habían de estar en la iglesia, los hombres
estarían en peligro de pensar que Dios disculpaba sus
pecados. Por lo tanto, Cristo levanta el velo del
futuro, y permite que todos contemplen que es el
carácter, y no la posición, lo que decide el destino
del hombre.
Tanto la parábola de la cizaña como la
de la red enseñan claramente que no hay un tiempo en
el cual todos los malos se volverán a Dios. El trigo y
la cizaña crecen juntos hasta la cosecha. Los buenos y
los malos peces son llevados juntamente a la orilla
para efectuar una separación final.
Además, estas parábolas enseñan que no
habrá más tiempo de gracia después del juicio. Una vez
concluida la obra del Evangelio, sigue inmediatamente
la separación de los buenos y los malos, y el destino
de cada clase de personas queda fijado para siempre.
Dios no desea la destrucción de nadie.
"Vivo yo, dice el Señor Jehová, que no quiero la
muerte del impío, sino que se torne el impío de su
camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos
caminos: ¿y por qué moriréis?" ( Ezequiel 33: 11 ).
Durante el tiempo de gracia, su Espíritu está
induciendo a los hombres a que acepten el don de vida.
Son únicamente aquellos que rechazan sus ruegos los
que serán dejados para perecer. Dios ha declarado que
el pecado debe ser destruido por ser un mal ruinoso
para el universo. Los que se adhieren al pecado
perecerán cuando éste sea destruido.
Dónde Hallar la Verdad
Este Tema está basado en S. Mateo 13:
51, 52
MIENTRAS Cristo enseñaba a la gente estaba
también educando a sus discípulos para su obra futura. En
toda su instrucción había lecciones para ellos. Después de
dar la parábola de la red, les preguntó: "¿Habéis
entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí,
Señor". Luego en otra parábola les presentó su
responsabilidad con respecto a las verdades que habían
recibido: "Por eso -les dijo- todo escriba docto en el
reino de los cielos es semejante a un padre de familia,
que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas".
El tesoro que el padre de familia ha
ganado no lo acumula. Lo saca para compartirlo con otros.
Y por el uso, el tesoro aumenta. El padre de familia tiene
cosas preciosas, tanto nuevas como viejas. Así Cristo
enseña que la verdad encomendada a sus discípulos ha de
ser comunicada al mundo. Y al impartir el conocimiento de
la verdad, éste aumentará.
Todos los que reciben el mensaje del
Evangelio en su corazón anhelarán proclamarlo. El amor de
Cristo ha de expresarse. Aquellos que se han vestido de
Cristo relatarán su experiencia, reproduciendo paso a paso
la dirección del Espíritu Santo: su hambre y sed por el
conocimiento de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha
enviado; el resultado de escudriñar las Escrituras; sus
oraciones, la agonía de su alma, y las palabras de Cristo
a ellos dirigidas, "Tus pecados te son perdonados". No es
natural que alguien mantenga secretas estas cosas, y
aquellos que están llenos del amor de Cristo no lo harán.
Su deseo de que otros reciban las mismas bendiciones
estará en proporción con el grado en que el Señor los haya
hecho depositarios de la verdad sagrada. Y a medida que
hagan conocer los ricos tesoros de la gracia de Dios, les
será impartida cada vez más la gracia de Cristo. Tendrán
el corazón de un niño en lo que se refiere a su sencillez
y obediencia sin reservas. Sus almas suspirarán por la
santidad, y cada vez les serán revelados más tesoros de
verdad y de gracia para ser transmitidos al mundo.
El gran tesoro de la verdad es la Palabra
de Dios. La Palabra escrita, el libro de la naturaleza y
el libro de la experiencia referente al trato de Dios con
la vida humana: he aquí los tesoros de los cuales han de
valerse los obreros de Dios. En la investigación de la
verdad han de depender de Dios, y no de las inteligencias
humanas, de los grandes hombres cuya sabiduría es locura
para Dios. Usando los medios que él mismo señaló, el Señor
impartirá un conocimiento de sí mismo a todo el que lo
busque.
Si el que sigue a Cristo cree su Palabra y
la practica, no habrá ciencia en el mundo natural que no
pueda entender y apreciar. No hay nada que no le
proporcione los medios de impartir la verdad a otros. La
ciencia natural es un tesoro de conocimiento del cual
puede valerse todo estudiante de la escuela de Cristo.
Mientras contemplamos la hermosura de la naturaleza,
mientras estudiamos sus lecciones en el cultivo del suelo,
en el crecimiento de los árboles, en todas las maravillas
de la tierra, del mar y del cielo, obtendremos una nueva
percepción de la verdad. Y los misterios relacionados con
el trato de Dios con los hombres, las profundidades de su
sabiduría y su juicio, tal como se ven en la vida humana,
son también un depósito rico en tesoros.
Pero es en la Palabra escrita donde el
conocimiento de Dios se revela más claramente al hombre
caído. Ella constituye el depósito de las inescrutables
riquezas de Cristo.
La Palabra de Dios incluye las escrituras
del Antiguo Testamento así como las del Nuevo. El uno no
es completo sin el otro. Cristo declaró que las verdades
del Antiguo Testamento son tan valiosas como las del
Nuevo. Cristo fue el Redentor del hombre en el principio
del mundo en igual grado en que lo es hoy. Antes de
revestir él su divinidad de humanidad y venir a nuestro
mundo, el mensaje evangélico fue dado por Adán, Set, Enoc,
Matusalén y Noé. Abrahán en Canaán y Lot en Sodoma
llevaron el mensaje, y de generación en generación fieles
mensajeros proclamaron a Aquel que había de venir. Los
ritos del sistema de culto judío fueron establecidos por
Cristo mismo. El fue el fundador de su sistema de
sacrificios, la gran realidad simbolizada por todo su
servicio religioso. La sangre que se vertía al ofrecerse
los sacrificios señalaba el sacrificio del Cordero de
Dios. Todos los sacrificios simbólicos se cumplieron en
él.
Cristo, tal como fue manifestado por los
patriarcas, simbolizado en el servicio expiatorio, pintado
en la ley y revelado por los profetas, constituye las
riquezas del Antiguo Testamento. Cristo en su vida, en su
muerte y en su resurrección, Cristo tal como lo manifiesta
el Espíritu Santo, constituye los tesoros del Nuevo
Testamento. Nuestro Salvador, el resplandor de la gloria
del Padre, pertenece tanto al Viejo como al Nuevo
Testamento.
Los discípulos habían de ir como testigos
de la vida, la muerte y la intercesión de Cristo, que los
profetas habían predicho. Cristo en su humillación, en su
pureza y santidad, en su amor incomparable, había de ser
su tema. Y para predicar el Evangelio en su plenitud,
ellos debían presentar al Salvador no solamente revelado
en su vida y enseñanzas, sino predicho por los profetas
del Antiguo Testamento y simbolizado por los servicios
expiatorios.
En su enseñanza, Cristo presentó viejas
verdades de las cuales él mismo era el originador,
verdades que él había hablado mediante patriarcas y
profetas; pero ahora arrojaba sobre ellas una nueva luz.
¡Cuán diferente aparecía su significado! Su explicación
traía un raudal de luz y espiritualidad. Y él prometió que
el Espíritu Santo iluminaría a los discípulos, que la
Palabra de Dios estaría siempre desenvolviéndose ante
ellos. Podrían presentar sus verdades con nueva belleza.
Desde que la primera promesa de redención
fue pronunciada en el Edén, la vida, el carácter y la obra
mediadora de Cristo han sido el estudio de las mentes
humanas. Sin embargo, cada mente en la cual ha obrado el
Espíritu Santo ha presentado estos temas con una luz
fresca y nueva. Las verdades de la redención son
susceptibles de constante desarrollo y expansión. Aunque
viejas, son siempre nuevas, y revelan constantemente una
gloria mayor y un poder más grande al que busca la verdad.
En cada época hay un nuevo desarrollo de
la verdad, un mensaje de Dios al pueblo de esa generación.
Las viejas Verdades son todas esenciales; la nueva verdad
no es independiente de la vieja, sino un desarrollo de
ella. Es únicamente comprendiendo las viejas verdades como
podemos entender las nuevas. Cuando Cristo deseó revelar a
sus discípulos la verdad de su resurrección, comenzó
"desde Moisés, y de todos los profetas" , y "declarabales
en todas las Escrituras lo que de él decían." ( S. Lucas
24: 27 ). Pero es la luz que brilla en el nuevo desarrollo
de la verdad la que glorifica lo viejo. Aquel que rechaza
o descuida lo nuevo no posee realmente lo viejo. Para él
la verdad pierde su poder vital y llega a ser solamente
una forma muerta.
Existen personas que profesan creer y
enseñar las verdades del Antiguo Testamento mientras
rechazan el Nuevo. Pero el rehusar recibir las enseñanzas
de Cristo, demuestran no creer lo que dijeron los
patriarcas y profetas. "Si vosotros 99 creyeseis a Moisés-
dijo Cristo-, creeríais a mí; porque de mí escribió él." (
S. Juan 5: 46 ). Por ende, no hay verdadero poder en sus
enseñanzas, ni aun del Antiguo Testamento.
Muchos de los que pretenden creer y
enseñar el Evangelio caen en un error similar. Ponen a un
lado las escrituras del Antiguo Testamento, de las cuales
Cristo declaró: "Ellas son las que dan testimonio de mí" (
S. Juan 5.39 ). Al rechazar el Antiguo Testamento,
prácticamente rechazan el Nuevo; pues ambos son partes de
un todo inseparable. Ningún hombre puede presentar
correctamente la ley de Dios sin el Evangelio, ni el
Evangelio sin la ley. La ley es el Evangelio sintetizado,
y el Evangelio es la ley desarrollada. La ley es la raíz,
el Evangelio su fragante flor y fruto.
El Antiguo Testamento arroja luz sobre el
Nuevo, y el Nuevo sobre el Viejo. Cada uno de ellos es una
revelación de la gloria de Dios en Cristo. Ambos presentan
verdades que revelarán continuamente nuevas profundidades
de significado para el estudiante fervoroso.
La verdad en Cristo y por medio de Cristo
es inconmensurable. El que estudia las Escrituras, mira,
por así decirlo, dentro de una fuente que se profundiza y
se amplia a medida que más se contemplan sus
profundidades. No comprenderemos en esta vida el misterio
del amor de Dios al dar a su Hijo en propiciación por
nuestros pecados. La obra de nuestro Redentor sobre esta
tierra es y siempre será un tema que requerirá nuestro más
elevado esfuerzo de imaginación. El hombre puede utilizar
toda facultad mental en un esfuerzo por sondear este
misterio, pero su mente desfallecerá y se abatirá. El
investigador más diligente verá delante de él un mar
ilimitado y sin orillas.
La verdad, tal como se halla en Cristo,
puede ser experimentada, pero nunca explicada. Su altura,
anchura y profundidad sobrepujan nuestro conocimiento.
Podemos esforzar hasta lo sumo nuestro imaginación para
ver sólo turbiamente la vislumbre de un amor inexplicable,
tan alto como los cielos, pero que ha descendido hasta la
tierra a estampar la imagen de Dios en todo el género
humano.
Sin embargo, nos es posible ver todo lo
que podemos soportar de la compasión divina. Esta se
descubre al alma humilde y contrita. Entenderemos la
compasión de Dios en la misma proporción en que apreciamos
su sacrificio por nosotros. Al estudiar la Palabra de Dios
con humildad de corazón, el grandioso tema de la redención
se abrirá a nuestra investigación. Aumentará en brillo
mientras lo contemplemos, y mientras aspiremos a
entenderlo, su altura y profundidad irán continuamente en
aumento.
Nuestra vida ha de estar unida con la de
Cristo; hemos de recibir constantemente de él,
participando de él, el pan vivo que descendió del cielo,
bebiendo de una fuente siempre fresca, que siempre ofrece
sus abundantes tesoros. Si mantenemos al Señor
constantemente delante de nosotros, permitiendo que
nuestros corazones expresen el agradecimiento y la
alabanza a él debidos, tendremos una frescura perdurable
en nuestra vida religiosa. Nuestras oraciones tomarán la
forma de una conversación con Dios, como si habláramos con
un amigo. El nos dirá personalmente sus misterios. A
menudo nos vendrá un dulce y gozoso sentimiento de la
presencia de Jesús. A menudo nuestros corazones arderán
dentro de nosotros mientras él se acerque para ponerse en
comunión con nosotros como lo hizo con Enoc. Cuando ésta
es en verdad la experiencia del cristiano, se ven en su
vida una sencillez, una humildad, una mansedumbre y bondad
de corazón que muestran a todo aquel con quien se
relacione que ha estado con Jesús y aprendido de él.
En aquellos que la posean, la religión de
Cristo se revelará como un principio vivificador que todo
lo penetra, una energía espiritual y viviente que obra. Se
manifestará la frescura, el poder y el gozo de la perpetua
juventud. El corazón que recibe la palabra de Dios no es
como un pozo de agua que se evapora, ni como una cisterna
rota que pierde su tesoro. Es como el torrente de la
montaña alimentado por fuentes inagotables, cuyas aguas
frescas y cristalinas saltan de una roca a otra,
refrigerando al cansado, al sediento y al cargado.
Esta experiencia imparte a cada maestro de
la verdad las cualidades necesarias para hacerlo un
representante de Cristo. El espíritu de la enseñanza de
Cristo comunicará fuerza y precisión a sus manifestaciones
y oraciones. Su testimonio por Cristo no será mezquino y
sin vida. El ministro no predicará repetidas veces los
mismos discursos estereotipados. Su mente se abrirá a la
constante iluminación del Espíritu Santo.
Cristo dijo: "El que come mi carne y bebe
mi sangre, tiene vida eterna... Como me envió el Padre
viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come,
él también vivirá por mí. .. El Espíritu es el que da
vida; ... las palabras que yo os he hablado, son espíritu
y son vida." ( S. Juan 6: 54-63 )
Cuando comemos la carne de Cristo y
bebemos su sangre, el elemento de vida eterna se
encontrará en el ministerio. No habrá acopio de ideas
añejas y siempre repetidas. El sermonear insípido y sin
interés terminará. Se presentarán las viejas verdades,
pero se verán con una nueva luz. Habrá una nueva
percepción de la verdad, una claridad y un poder que todos
discernirán. Aquellos que tengan el privilegio de sentarse
a los pies de tales ministros, si son susceptibles a la
influencia del Espíritu Santo, sentirán el poder
vivificador de una nueva vida. El fuego del amor divino se
encenderá en ellos. Sus facultades perceptivas serán
avivadas para discernir la hermosura y la majestad de la
verdad.
El fiel padre de familia representa lo que
debería ser todo maestro de los niños y los jóvenes. Si
hace de la Palabra de Dios su tesoro, descubrirá
continuamente nueva hermosura y nueva verdad. Cuando el
maestro confíe en Dios en oración, el Espíritu de Cristo
vendrá sobre él, y Dios obrará por su medio con el
Espíritu Santo sobre las mentes de los demás. El Espíritu
llena la mente y el corazón de dulce esperanza, valor e
imágenes bíblicas, y todo esto será comunicado a la
juventud mediante su instrucción.
Las fuentes de paz y gozo celestial,
abiertas en el alma del maestro por las palabras de la
Inspiración, llegarán a ser un poderoso río de influencia
para bendecir a cuantos se relacionen con él. La Biblia no
será un libro cansador para el estudiante. Bajo un
instructor sabio, la Palabra llegará a ser cada vez más
deseable. Será como el pan de vida, y nunca se volverá
añeja. Su frescura y hermosura atraerán y encantarán a los
niños y los jóvenes. Es como el sol cuando brilla sobre la
tierra, que imparte perpetuamente luz y calor, sin
agotarse nunca.
El Espíritu educador y santo de Dios se
halla en su Palabra. Una luz nueva y preciosa brilla de
cada una de sus páginas. Allí se revela la verdad, y las
palabras y las frases se hacen claras y apropiadas para la
ocasión, como la voz de Dios que habla al alma.
El Espíritu Santo se deleita en dirigirse
a los jóvenes y descubrir ante ellos los tesoros y las
bellezas de la Palabra de Dios. Las promesas pronunciadas
por el gran Maestro cautivarán los sentidos y animarán al
alma con un poder espiritual divino. Se desarrollará en la
mente fructífera una familiaridad con las cosas divinas
que será como una barricada contra la tentación.
Las palabras de verdad crecerán en
importancia, y llegarán a tener una amplitud y una
profundidad de significado con la cual nunca hemos soñado.
La hermosura y la riqueza de la Palabra tienen una
influencia transformadora sobre la mente y el carácter. La
luz del amor divino brillará en el corazón como una
inspiración.
El aprecio por la Biblia crece a medida
que se la estudia. Por cualquier camino que se dirija el
estudiante, hallará desplegados la infinita sabiduría y el
amor de Dios.
El significado del sistema de culto
judaico todavía no se entiende plenamente. Verdades vastas
y profundas son bosquejadas por sus ritos y símbolos. El
Evangelio es la llave que abre sus misterios. Por medio de
un conocimiento del plan de redención, sus verdades son
abiertas al entendimiento. Es nuestro privilegio entender
estos maravillosos temas en un grado mucho mayor de lo que
los entendemos. Hemos de comprender las cosas profundas de
Dios. Los ángeles desean contemplar las verdades reveladas
a las personas que con corazón contrito están investigando
la Palabra de Dios, y están orando para alcanzar más de la
longura y la anchura, la profundidad y la altura del
conocimiento que sólo él puede dar.
Al acercarnos al fin de la historia de
este mundo, las profecías que se relacionan con los
últimos días requieren en forma especial nuestro estudio.
El último libro del Nuevo Testamento está lleno de
verdades que necesitamos entender. Satanás ha cegado las
mentes de muchos, de manera que se han regocijado de
encontrar alguna excusa para no estudiar el Apocalipsis.
Pero Cristo, por medio de su siervo Juan, ha declarado
allí lo que acontecerá en los postreros días, y dice:
"Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de
esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas" (
Apocalipsis 1: 3 ).
"Esta empero es la vida eterna -dice
Cristo-: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a
Jesucristo, al cual has enviado." ( S. Juan 17: 3 ). ¿Por
qué es que no comprendemos el valor de este conocimiento?
¿Por qué no arden estas preciosas verdades en nuestro
corazón? ¿Por qué no hacen temblar nuestros labios y
penetran todo nuestro ser?
Al concedernos su Palabra, Dios nos puso
en posesión de toda verdad esencial para nuestra
salvación. Millares han sacado agua de estas fuentes de
vida, y sin embargo la provisión no ha disminuido.
Millares han puesto al Señor delante de sí, y
contemplándolo han sido transformados a su misma imagen.
Su espíritu arde dentro de ellos mientras hablan de su
carácter, contando lo que Cristo es para ellos y lo que
ellos son para Cristo. Pero estos investigadores no han
agotado estos temas grandiosos y santos. Millares más
pueden empeñarse en la obra de investigar los misterios de
la salvación, Mientras uno se espacie en la vida de Cristo
y el carácter de su misión, rayos de luz brillarán más
distintamente con cada intento de descubrir la verdad.
Cada nuevo estudio revelará algo más profundamente
interesante que lo que ya ha sido desplegado. El tema es
inagotable. El estudio de la encarnación de Cristo, su
sacrificio expiatorio y su obra de mediación, embargarán
la mente del estudiante diligente mientras dure el tiempo;
y mirando al cielo con sus innumerables años, exclamará:
"Grande es el misterio de la piedad".
En la eternidad aprenderemos aquello que,
de haber recibido la iluminación que fue posible obtener
aquí, habría abierto nuestro entendimiento. Los temas de
la redención llenarán los corazones y las mentes y las
lenguas de los redimidos a través de las edades eternas.
Entenderán las verdades que Cristo anheló abrir ante sus
discípulos, pero que ellos no tenían fe para entender.
Eternamente irán apareciendo nuevas visiones de la
perfección y la gloria de Cristo. Durante los siglos
interminables, el fiel Padre de familia sacará de su
tesoro cosas nuevas y cosas viejas.
Cómo Aumentar la Fe y
la Confianza
Este Tema está basado en S. Lucas 11:
1-13
CRISTO estaba continuamente recibiendo
del Padre a fin de poder impartírnoslo. "La palabra que
habéis oído -dijo él-, no es mía, sino del Padre que me
envió". "El Hijo del hombre no vino para ser servido,
sino para servir." ( S. Juan 14: 24; S. Mateo 20: 28 ).
El vivió, pensó y oró, no para sí mismo, sino para los
demás. De las horas pasadas en comunión con Dios él
volvía mañana tras mañana, para traer la luz del cielo a
los hombres. Diariamente recibía un nuevo bautismo del
Espíritu Santo. En las primeras horas del nuevo día,
Dios lo despertaba de su sueño, y su alma y sus labios
eran ungidos con gracia para que pudiese impartir a los
demás. Sus palabras le eran dadas frescas de las cortes
del cielo para que las hablase en sazón al cansado y
oprimido. El dice: "El Señor Jehová me dio lengua de
sabios, para saber hablar en sazón palabra al cansado;
despertará de mañana, despertaráme de mañana oído, para
que oiga como los sabios" ( Isaías 50: 4 ).
Los discípulos de Cristo estaban muy
impresionados por sus oraciones y por su hábito de
comunicación con Dios. Un día, tras una corta ausencia
del lado de su Señor, lo encontraron absorto en una
súplica. Al parecer inconsciente de su presencia, él
siguió orando en voz alta. Los corazones de los
discípulos quedaron profundamente conmovidos. Cuando
terminó de orar, exclamaron: "Señor, enséñanos a orar".
En respuesta repitió el Padrenuestro,
como lo había dado en el Sermón de la Montaña. Y luego,
en una parábola, ilustró la lección que deseaba
enseñarles.
"¿Quién de vosotros -les dijo- tendrá un
amigo, e irá a él a media noche, y le dirá: Amigo,
préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí
de camino, y no tengo qué ponerle delante; y el de
dentro respondiendo dijere: No me seas molesto; la
puerta está ya cerrada, y mis niños están conmigo en
cama; no puedo levantarme, y darte? Os digo, que aunque
no se levante a darle por ser su amigo, cierto por su
importunidad se levantará, y le dará todo lo que habrá
menester".
Aquí Cristo presenta al postulante
pidiendo para poder dar de nuevo. Debía obtener pan, o
no podría suplir las necesidades del viajero que llegaba
cansado, en tardías horas de la noche. Aunque su vecino
no esté dispuesto a ser molestado, no desistirá de
pedir; su amigo debe ser aliviado; y por fin su
importunidad es recompensada; sus necesidades son
suplidas.
De la misma manera, los discípulos
habían de buscar las bendiciones de Dios. Mediante la
alimentación de la multitud y el sermón sobre el pan del
cielo, Cristo les había revelado la obra que harían como
representantes suyos. Habían de dar el pan de vida a la
gente. Aquel que había señalado su obra, vio cuán a
menudo su fe sería probada. Con frecuencia se verían en
situaciones inesperadas, y se darían cuenta de su humana
insuficiencia. Las almas que estuvieran hambrientas del
pan de vida vendrían a ellos, y ellos se sentirían
destituidos y sin ayuda. Debían recibir alimento
espiritual, o no tendrían nada para impartir. Pero no
habían de permitir que ningún alma volviese sin ser
alimentada. Cristo les dirige a la fuente de
abastecimiento. El hombre cuyo amigo vino pidiéndole
hospedaje, aun a la hora inoportuna de la medianoche, no
lo hizo volver. No tenía nada para poner delante de él,
pero se dirigió a uno que tenía alimento, y presentó con
instancias su pedido, hasta que el vecino suplió su
necesidad. Y Dios, que ha enviado a sus siervos a
alimentar a los hambrientos, ¿no suplirá sus necesidades
para su propia obra?
Pero el vecino egoísta de la parábola no
representa el carácter de Dios. La lección se deduce, no
por comparación, sino por contraste. Un hombre egoísta
concederá un pedido urgente, a fin de librarse de quien
perturba su descanso. Pero Dios se deleita en dar. Está
lleno de misericordia, y anhela conceder los pedidos de
aquellos que vienen a él con fe. Nos da para que podamos
ministrar a los demás, y así llegar a ser como él.
Cristo declara: "Pedid, y se os dará;
buscad, y hallaréis; llamad, y os será abierto. Porque
todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al
que llama, se abre".
El Salvador continúa: "¿Y cuál padre de
vosotros, si su hijo le pidiere pan, le dará una piedra?
o, si pescado, ¿en lugar de pescado le dará una
serpiente? O, si le pidiere un huevo, ¿le dará un
escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo
pidieren de él?"
Para fortalecer nuestra confianza en
Dios, Cristo nos enseña a dirigirnos a él con un nuevo
nombre, un nombre entretejido con las asociaciones más
caras del corazón humano. Nos concede el privilegio de
llamar al Dios infinito nuestro Padre. Este nombre,
pronunciado cuando le hablamos a él y cuando hablamos de
él, es una señal de nuestro amor y confianza hacia él, y
una prenda de la forma en que él nos considera y se
relaciona con nosotros. Pronunciado cuando pedimos un
favor o una bendición, es una música en sus oídos. A fin
de que no consideráramos una presunción el llamarlo por
este nombre, lo repitió en renovadas ocasiones. El desea
que lleguemos a familiarizarnos con este apelativo.
Dios nos considera sus hijos. Nos ha
redimido del mundo abandonado, y nos ha escogido para
que lleguemos a ser miembros de la familia real, hijos e
hijas del Rey del cielo. Nos invita a confiar en él con
una confianza más profunda y más fuerte que aquella que
un hijo deposita en un padre terrenal. Los padres aman a
sus hijos, pero el amor de Dios es más grande, más
amplio, más profundo de lo que al amor humano le es
posible ser. Es inconmensurable. Luego, si los padres
terrenales saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto
más nuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los
que se lo piden?
Las lecciones de Cristo con respecto a
la oración deben ser cuidadosamente consideradas. Hay
una ciencia divina en la oración, y la ilustración de
Cristo presenta un principio que todos necesitamos
comprender. Demuestra lo que es el verdadero espíritu de
oración, enseña la necesidad de la perseverancia al
presentar a Dios nuestras peticiones, y nos asegura que
él está dispuesto a escucharnos y a contestar la
oración.
Nuestras oraciones no han de consistir
en peticiones egoístas, meramente para nuestro propio
beneficio. Hemos de pedir para poder dar. El principio
de la vida de Cristo debe ser el principio de nuestra
vida. "Por ellos -dijo Cristo, refiriéndose a sus
discípulos- yo me santifico a mí mismo, para que también
ellos sean santificados en verdad." ( S. Juan 17:19 ).
La misma devoción, la misma abnegación, la misma
sujeción a las declaraciones de la Palabra de Dios que
se manifestaron en Cristo, deben verse en sus siervos.
Nuestra misión en el mundo no es servirnos o agradarnos
a nosotros mismos. Hemos de glorificar a Dios cooperando
con él para salvar a los pecadores. Debemos pedir
bendiciones a Dios para poder comunicarlas a los demás.
La capacidad de recibir es preservada únicamente
impartiendo. No podemos continuar recibiendo tesoros
celestiales sin comunicarlos a aquellos que nos rodean.
En la parábola, el postulante fue
rechazado repetidas veces, pero no desistió de su
propósito. Así nuestras oraciones no siempre parecen
recibir una inmediata respuesta; pero Cristo enseña que
no debemos dejar de orar. La oración no tiene por objeto
obrar algún cambio en Dios, sino ponernos en armonía con
Dios. Cuando le pedimos algo, tal vez vea que
necesitamos investigar nuestros corazones y
arrepentirnos del pecado. Por lo tanto, nos hace pasar
por una prueba, nos hace pasar por la humillación, a fin
de que veamos lo que impide la obra de su Santo Espíritu
por medio de nosotros.
El cumplimiento de las promesas de Dios
es condicional, y la oración no ocupará nunca el lugar
del deber. "Si me amáis -dice Cristo-, guardad mis
mandamientos". "El que tiene mis mandamientos, y los
guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama, será
amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él"
( S. Juan 14: 15, 21 ). Aquellos que presentan sus
peticiones ante Dios, invocando su promesa, mientras no
cumplen con las condiciones, insultan a Jehová. Invocan
el nombre de Cristo como su autoridad para el
cumplimiento de la promesa, pero no hacen las cosas que
demostrarían fe en Cristo y amor por él.
Muchos no están cumpliendo las
condiciones de aceptación por el Padre. Necesitamos
examinar detenidamente las disposiciones que se han
hecho para aproximarnos a Dios. Si somos desobedientes,
traemos al Señor un pagaré para que él lo haga efectivo
cuando no hemos cumplido las condiciones que lo harían
pagadero a nosotros. Presentamos a Dios sus promesas y
le pedimos que las cumpla, cuando, al hacerlo, él
deshonraría su propio nombre.
La promesa es: "Si estuvierais en mí, y
mis palabras estuvieron en vosotros, pedid todo lo que
quisierais, y os será hecho". ( S. Juan 15: 7 ). Y Juan
declara: "Y en esto sabemos que nosotros le hemos
conocido, si guardamos sus mandamientos. El que dice, yo
le he conocido, y no guarda sus 110 mandamientos, el tal
es mentiroso, y no hay verdad en él, mas el que guarda
su palabra, la caridad de Dios está verdaderamente
perfecta en él" ( 1 S. Juan 2: 3-5 ).
Uno de los últimos mandamientos que
Cristo diera a sus discípulos fue: "Que os améis los
unos a los otros: como os he amado". ( S. Juan 13: 34 ).
¿Estamos obedeciendo este mandato, o estamos
condescendiendo con rasgos de carácter hirientes y no
cristianos? Si de alguna forma hemos agraviado o herido
a otros, es nuestro deber confesar nuestra falta y
buscar la reconciliación. Esta es una condición esencial
para que podamos presentarnos a Dios con fe y pedir su
bendición.
Hay otro asunto demasiado a menudo
descuidado por los que buscan al Señor en oración.
¿Habéis sido honrados con Dios? El Señor declara
mediante el profeta Malaquías: "Desde los días de
vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no
las guardasteis. Tornaos a mí, y yo me tornaré a
vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas
dijisteis: ¿En qué hemos de tornar? ¿Robará el hombre a
Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En
qué te hemos robado? Los diezmos y las primicias" (
Malaquias 3: 7, 8 ).
Como dador de todas las bendiciones,
Dios reclama una porción determinada de todo lo que
poseemos. Esta es la provisión que él ha hecho para
sostener la predicación del Evangelio. Y debemos
demostrar nuestro aprecio por sus dones devolviendo esto
a Dios. Pero si retenemos lo que le pertenece a él,
¿cómo podemos pretender sus bendiciones? Si somos
mayordomos infieles en las cosas terrenales, ¿cómo
podemos esperar que él nos confíe las celestiales? Puede
ser que aquí se encuentre el secreto de la oración no
contestada.
Pero el Señor, en su gran misericordia,
está listo para perdonar, y dice: "Traed todos los
diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y
probadme ahora en esto... si no os abriré las ventanas
de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta
que sobreabunde. Increparé también por vosotros al
devorador, y no os corromperá el fruto de la tierra; ni
vuestra vid en el campo abortará...Y todas las gentes os
dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable,
dice Jehová de los ejércitos" ( Malaquías 3: 10-12 ).
Tal ocurre con todos los demás
requerimientos de Dios. Todos sus dones son prometidos a
condición de la obediencia. Dios tiene un cielo lleno de
bendiciones para los que cooperen con él. Todos los que
le obedezcan pueden con confianza reclamar el
cumplimiento de sus promesas.
Pero debemos mostrar una confianza firme
y sin rodeos en Dios. A menudo él tarda en contestarnos
para probar nuestra fe o la sinceridad de nuestro deseo.
Al pedir de acuerdo con su Palabra, debemos creer su
promesa y presentar nuestras peticiones con una
determinación que no será denegada.
Dios no dice: Pedid una vez y
recibiréis. El nos ordena que pidamos. Persistid
incansablemente en la oración. El pedir con persistencia
hace más ferviente la actitud del postulante, y le
imparte un deseo mayor de recibir las cosas que pide.
Cristo le dijo a Marta junto a la tumba de Lázaro: "Si
creyeres, verás la gloria de Dios" ( S. Juan 11:40 ).
Pero muchos no tienen una fe viva. Esta
es la razón por la cual no ven más del poder de Dios. Su
debilidad es el resultado de su incredulidad. Tienen más
fe en su propio obrar que en el obrar de Dios en favor
de ellos. Ellos se encargan de cuidarse a sí mismos.
Hacen planes y proyectos, pero oran poco, y tienen poca
confianza verdadera en Dios. Piensan que tienen fe, pero
es sólo el impulso del momento. Dejan de comprender su
propia necesidad, y lo dispuesto que está Dios a dar; no
perseveran en mantener sus pedidos ante el Señor.
Nuestras oraciones han de ser tan
fervorosas y persistentes como lo fue la del amigo
necesitado que pidió pan a media noche. Cuanto más
fervorosa y constantemente oremos, tanto más íntima será
nuestra unión espiritual con Cristo. Recibiremos
bendiciones acrecentadas, porque tenemos una fe
acrecentada.
Nuestra parte consiste en orar y creer.
Velad en oración. Velad, y cooperad con el Dios que oye
la oración. Recordad que "coadjutores somos de Dios" (1
Corintios 3: 9 ). Hablad y obrad de acuerdo con vuestras
oraciones. Significará para vosotros una infinita
diferencia el que la prueba demuestre que vuestra fe es
genuina, o revele que vuestras oraciones son sólo una
forma.
Cuando se suscitan perplejidades y
surgen dificultades, no busquéis ayuda en la humanidad.
Confiadlo todo a Dios. La práctica de hablar de nuestras
dificultades a otros, únicamente nos debilita, y no les
reporta a los demás ninguna fuerza. Ello hace que la
carga de nuestras flaquezas espirituales descanse sobre
ellos, y éstas son cosas que ellos no pueden aliviar.
Buscamos la fuerza del hombre errante y finito, cuando
podríamos tener la fuerza del Dios infalible e infinito.
No necesitáis ir hasta los confines de
la tierra para buscar sabiduría, pues Dios está cerca.
No son las capacidades que poseéis hoy, o las que
tendréis en lo futuro, las que os darán éxito. Es lo que
el Señor puede hacer por vosotros. Necesitamos tener una
confianza mucho menor en lo que el hombre puede hacer, y
una confianza mucho mayor en lo que Dios puede hacer por
cada alma que cree. El anhela que extendáis hacia él la
mano de la fe. Anhela que esperéis grandes cosas de él.
Anhela daros inteligencia así en las cosas materiales
como en las espirituales. El puede aguzar el intelecto.
Puede impartir tacto y habilidad. Emplead vuestros
talentos en el trabajo; pedid a Dios sabiduría, y os
será dada.
Haced de la Palabra de Cristo vuestra
seguridad. ¿No os ha invitado a ir a él? Nunca os
permitáis hablar de una manera descorazonada y
desesperada. Si lo hacéis perderéis mucho. Mirando las
apariencias, y quejándoos cuando vienen las dificultades
y premuras, revelaréis una fe enferma y débil. Hablad y
obrad como si vuestra fe fuera invencible. El Señor es
rico en recursos: el mundo le pertenece. Mirad al cielo
con fe. Mirad a Aquel que posee luz, poder y eficiencia.
Hay en la fe genuina un bienestar, una
firmeza de principios y una invariabilidad de propósito
que ni el tiempo ni las pruebas pueden debilitar. "Los
mancebos se fatigan y se cansan, los mozos flaquean y
caen: mas los que esperan a Jehová tendrán nuevas
fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán, y
no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán" ( Isaías
40: 30, 31 ).
Hay muchos que anhelan ayudar a otros,
pero sienten que no tienen fuerza o luz espiritual que
impartir. Presenten ellos sus peticiones ante el trono
de la gracia. Rogad por el Espíritu Santo. Dios respalda
cada promesa que ha hecho. Con vuestra Biblia en la
mano, decid: Yo he hecho como tú has dicho. Presento tu
promesa: "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;
llamad, y os será abierto".
No solamente debemos orar en el nombre
de Cristo, sino por la inspiración del Espíritu Santo.
Esto explica lo que significa el pasaje que dice que "el
mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles"
( Romanos 8: 26 ). Dios se deleita en contestar tal
oración. Cuando con fervor e intensidad expresamos una
oración en el nombre de Cristo, hay en esa misma
intensidad una prenda de Dios que nos asegura que él
está por contestar nuestra oración "mucho más
abundantemente de lo que pedimos o entendemos" ( Efesios
3: 20 ) .
Cristo dijo: "Todo lo que orando
pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá". "Todo
lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para
que el Padre sea glorificado en el Hijo" ( S. Marcos 11:
24; S. Juan 14: 13 ) . Y el amado Juan, por la
inspiración del Espíritu Santo, dice con gran claridad y
certeza: "Si demandáremos alguna cosa conforme a su
voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en
cualquier cosa que demandáremos, 114 sabemos que tenemos
las peticiones que le hubiéremos demandado" ( 1 S. Juan
5: 14,15 ). Presentad, pues, vuestra petición ante el
Padre en el nombre de Jesús. Dios honrará tal nombre.
El arco iris rodea el trono como una
seguridad de que Dios es verdadero, que en él no hay
mudanza ni sombra de variación. Hemos pecado contra él,
y somos indignos de su favor; sin embargo, él mismo ha
puesto en nuestros labios la más maravillosa de las
súplicas: "Por amor de tu nombre no nos deseches, ni
trastornes el trono de tu gloria: acuérdate, no
invalides tu pacto con nosotros" ( Jeremías 14: 21 ).
Cuando venimos a él confesando nuestra indignidad y
pecado, él se ha comprometido a atender nuestro clamor.
Él honor de su trono está empeñado en el cumplimiento de
la palabra que nos ha dado.
A semejanza de Aarón, que simbolizaba a
Cristo, nuestro Salvador lleva los nombres de todos sus
hijos sobre su corazón en el lugar santo. Nuestro gran
sumo sacerdote recuerda todas las palabras por medio de
las cuales nos ha animado a confiar. Nunca olvida su
pacto.
Todo el que pida recibirá. A todo el que
llame se le abrirá. No se presentará la excusa: No me
seas molesto; la puerta está ya cerrada; no quiero
abrirla. A nadie se le dirá jamás: No puedo ayudarte.
Aquellos que pidan pan a media noche para alimentar a
las almas hambrientas, tendrán éxito.
En la parábola aquel que pedía para el
forastero recibió todo lo que había menester. ¿Y en qué
medida nos concederá Dios a fin de que podamos impartir
a los demás? "Conforme a la medida del don de Cristo" (
Efesios 4: 7 ). Los ángeles observan con intenso interés
para ver cómo trata el hombre a sus semejantes. Cuando
ven que alguien manifiesta la simpatía de Cristo por el
errante, se apresuran a ir a su lado, y traen a su
memoria las palabras que debe hablar y que serán como
pan de vida para el alma. Así "Dios, pues, suplirá todo
lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en
Cristo Jesús" ( Filipenses 4: 19 ). El hará que vuestro
testimonio, con su sinceridad y su verdad, sea poderoso
con el poder de la vida venidera. La Palabra del Señor
será en vuestros labios cual verdad y justicia.
El esfuerzo personal por otros debe ser
precedido de mucha oración secreta; pues requiere gran
sabiduría el comprender la ciencia de salvar almas.
Antes de comunicaros con los hombres, comunicaos con
Cristo. Ante el trono de la gracia celestial, obtened
una preparación para ministrar a la gente.
Quebrántese vuestro corazón por el
anhelo que tenga de Dios, del Dios vivo. La vida de
Cristo ha mostrado lo que la humanidad puede hacer
participando de la naturaleza divina. Todo lo que Cristo
recibió de Dios, podemos recibirlo también nosotros.
Pedid, pues, y recibiréis. Con la fe perseverante de
Jacob, con la persistencia inflexible de Elías, pedid
para vosotros todo lo que Dios ha prometido.
Dominen vuestra mente las gloriosas
concepciones de Dios. Enlácese vuestra vida con la de
Cristo mediante recónditos eslabones. Aquel que ordenó
que la luz brillara en las tinieblas, desea brillar en
nuestro corazón, para daros la luz del conocimiento de
la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo ( 2
Corintios 4: 6 ). El Espíritu Santo tomará las cosas de
Dios y os las mostrará, transfiriéndolas al corazón
obediente cual vivo poder. Cristo os conducirá al umbral
del Infinito. Podréis contemplar la gloria que refulge
allende el velo, y revelar a los hombres la suficiencia
de Aquel que siempre vive para interceder por nosotros.
Cómo Aumentar la Fe
y la Confianza
Este Tema está basado en S. Lucas
11: 1-13
CRISTO estaba continuamente recibiendo
del Padre a fin de poder impartírnoslo. "La palabra
que habéis oído -dijo él-, no es mía, sino del Padre
que me envió". "El Hijo del hombre no vino para ser
servido, sino para servir." ( S. Juan 14: 24; S. Mateo
20: 28 ). El vivió, pensó y oró, no para sí mismo,
sino para los demás. De las horas pasadas en comunión
con Dios él volvía mañana tras mañana, para traer la
luz del cielo a los hombres. Diariamente recibía un
nuevo bautismo del Espíritu Santo. En las primeras
horas del nuevo día, Dios lo despertaba de su sueño, y
su alma y sus labios eran ungidos con gracia para que
pudiese impartir a los demás. Sus palabras le eran
dadas frescas de las cortes del cielo para que las
hablase en sazón al cansado y oprimido. El dice: "El
Señor Jehová me dio lengua de sabios, para saber
hablar en sazón palabra al cansado; despertará de
mañana, despertaráme de mañana oído, para que oiga
como los sabios" ( Isaías 50: 4 ).
Los discípulos de Cristo estaban muy
impresionados por sus oraciones y por su hábito de
comunicación con Dios. Un día, tras una corta ausencia
del lado de su Señor, lo encontraron absorto en una
súplica. Al parecer inconsciente de su presencia, él
siguió orando en voz alta. Los corazones de los
discípulos quedaron profundamente conmovidos. Cuando
terminó de orar, exclamaron: "Señor, enséñanos a
orar".
En respuesta repitió el Padrenuestro,
como lo había dado en el Sermón de la Montaña. Y
luego, en una parábola, ilustró la lección que deseaba
enseñarles.
"¿Quién de vosotros -les dijo- tendrá
un amigo, e irá a él a media noche, y le dirá: Amigo,
préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a
mí de camino, y no tengo qué ponerle delante; y el de
dentro respondiendo dijere: No me seas molesto; la
puerta está ya cerrada, y mis niños están conmigo en
cama; no puedo levantarme, y darte? Os digo, que
aunque no se levante a darle por ser su amigo, cierto
por su importunidad se levantará, y le dará todo lo
que habrá menester".
Aquí Cristo presenta al postulante
pidiendo para poder dar de nuevo. Debía obtener pan, o
no podría suplir las necesidades del viajero que
llegaba cansado, en tardías horas de la noche. Aunque
su vecino no esté dispuesto a ser molestado, no
desistirá de pedir; su amigo debe ser aliviado; y por
fin su importunidad es recompensada; sus necesidades
son suplidas.
De la misma manera, los discípulos
habían de buscar las bendiciones de Dios. Mediante la
alimentación de la multitud y el sermón sobre el pan
del cielo, Cristo les había revelado la obra que
harían como representantes suyos. Habían de dar el pan
de vida a la gente. Aquel que había señalado su obra,
vio cuán a menudo su fe sería probada. Con frecuencia
se verían en situaciones inesperadas, y se darían
cuenta de su humana insuficiencia. Las almas que
estuvieran hambrientas del pan de vida vendrían a
ellos, y ellos se sentirían destituidos y sin ayuda.
Debían recibir alimento espiritual, o no tendrían nada
para impartir. Pero no habían de permitir que ningún
alma volviese sin ser alimentada. Cristo les dirige a
la fuente de abastecimiento. El hombre cuyo amigo vino
pidiéndole hospedaje, aun a la hora inoportuna de la
medianoche, no lo hizo volver. No tenía nada para
poner delante de él, pero se dirigió a uno que tenía
alimento, y presentó con instancias su pedido, hasta
que el vecino suplió su necesidad. Y Dios, que ha
enviado a sus siervos a alimentar a los hambrientos,
¿no suplirá sus necesidades para su propia obra?
Pero el vecino egoísta de la parábola
no representa el carácter de Dios. La lección se
deduce, no por comparación, sino por contraste. Un
hombre egoísta concederá un pedido urgente, a fin de
librarse de quien perturba su descanso. Pero Dios se
deleita en dar. Está lleno de misericordia, y anhela
conceder los pedidos de aquellos que vienen a él con
fe. Nos da para que podamos ministrar a los demás, y
así llegar a ser como él.
Cristo declara: "Pedid, y se os dará;
buscad, y hallaréis; llamad, y os será abierto. Porque
todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y
al que llama, se abre".
El Salvador continúa: "¿Y cuál padre
de vosotros, si su hijo le pidiere pan, le dará una
piedra? o, si pescado, ¿en lugar de pescado le dará
una serpiente? O, si le pidiere un huevo, ¿le dará un
escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo
pidieren de él?"
Para fortalecer nuestra confianza en
Dios, Cristo nos enseña a dirigirnos a él con un nuevo
nombre, un nombre entretejido con las asociaciones más
caras del corazón humano. Nos concede el privilegio de
llamar al Dios infinito nuestro Padre. Este nombre,
pronunciado cuando le hablamos a él y cuando hablamos
de él, es una señal de nuestro amor y confianza hacia
él, y una prenda de la forma en que él nos considera y
se relaciona con nosotros. Pronunciado cuando pedimos
un favor o una bendición, es una música en sus oídos.
A fin de que no consideráramos una presunción el
llamarlo por este nombre, lo repitió en renovadas
ocasiones. El desea que lleguemos a familiarizarnos
con este apelativo.
Dios nos considera sus hijos. Nos ha
redimido del mundo abandonado, y nos ha escogido para
que lleguemos a ser miembros de la familia real, hijos
e hijas del Rey del cielo. Nos invita a confiar en él
con una confianza más profunda y más fuerte que
aquella que un hijo deposita en un padre terrenal. Los
padres aman a sus hijos, pero el amor de Dios es más
grande, más amplio, más profundo de lo que al amor
humano le es posible ser. Es inconmensurable. Luego,
si los padres terrenales saben dar buenas dádivas a
sus hijos, ¿cuánto más nuestro Padre celestial dará el
Espíritu Santo a los que se lo piden?
Las lecciones de Cristo con respecto a
la oración deben ser cuidadosamente consideradas. Hay
una ciencia divina en la oración, y la ilustración de
Cristo presenta un principio que todos necesitamos
comprender. Demuestra lo que es el verdadero espíritu
de oración, enseña la necesidad de la perseverancia al
presentar a Dios nuestras peticiones, y nos asegura
que él está dispuesto a escucharnos y a contestar la
oración.
Nuestras oraciones no han de consistir
en peticiones egoístas, meramente para nuestro propio
beneficio. Hemos de pedir para poder dar. El principio
de la vida de Cristo debe ser el principio de nuestra
vida. "Por ellos -dijo Cristo, refiriéndose a sus
discípulos- yo me santifico a mí mismo, para que
también ellos sean santificados en verdad." ( S. Juan
17:19 ). La misma devoción, la misma abnegación, la
misma sujeción a las declaraciones de la Palabra de
Dios que se manifestaron en Cristo, deben verse en sus
siervos. Nuestra misión en el mundo no es servirnos o
agradarnos a nosotros mismos. Hemos de glorificar a
Dios cooperando con él para salvar a los pecadores.
Debemos pedir bendiciones a Dios para poder
comunicarlas a los demás. La capacidad de recibir es
preservada únicamente impartiendo. No podemos
continuar recibiendo tesoros celestiales sin
comunicarlos a aquellos que nos rodean.
En la parábola, el postulante fue
rechazado repetidas veces, pero no desistió de su
propósito. Así nuestras oraciones no siempre parecen
recibir una inmediata respuesta; pero Cristo enseña
que no debemos dejar de orar. La oración no tiene por
objeto obrar algún cambio en Dios, sino ponernos en
armonía con Dios. Cuando le pedimos algo, tal vez vea
que necesitamos investigar nuestros corazones y
arrepentirnos del pecado. Por lo tanto, nos hace pasar
por una prueba, nos hace pasar por la humillación, a
fin de que veamos lo que impide la obra de su Santo
Espíritu por medio de nosotros.
El cumplimiento de las promesas de
Dios es condicional, y la oración no ocupará nunca el
lugar del deber. "Si me amáis -dice Cristo-, guardad
mis mandamientos". "El que tiene mis mandamientos, y
los guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama,
será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me
manifestaré a él" ( S. Juan 14: 15, 21 ). Aquellos que
presentan sus peticiones ante Dios, invocando su
promesa, mientras no cumplen con las condiciones,
insultan a Jehová. Invocan el nombre de Cristo como su
autoridad para el cumplimiento de la promesa, pero no
hacen las cosas que demostrarían fe en Cristo y amor
por él.
Muchos no están cumpliendo las
condiciones de aceptación por el Padre. Necesitamos
examinar detenidamente las disposiciones que se han
hecho para aproximarnos a Dios. Si somos
desobedientes, traemos al Señor un pagaré para que él
lo haga efectivo cuando no hemos cumplido las
condiciones que lo harían pagadero a nosotros.
Presentamos a Dios sus promesas y le pedimos que las
cumpla, cuando, al hacerlo, él deshonraría su propio
nombre.
La promesa es: "Si estuvierais en mí,
y mis palabras estuvieron en vosotros, pedid todo lo
que quisierais, y os será hecho". ( S. Juan 15: 7 ). Y
Juan declara: "Y en esto sabemos que nosotros le hemos
conocido, si guardamos sus mandamientos. El que dice,
yo le he conocido, y no guarda sus 110 mandamientos,
el tal es mentiroso, y no hay verdad en él, mas el que
guarda su palabra, la caridad de Dios está
verdaderamente perfecta en él" ( 1 S. Juan 2: 3-5 ).
Uno de los últimos mandamientos que
Cristo diera a sus discípulos fue: "Que os améis los
unos a los otros: como os he amado". ( S. Juan 13: 34
). ¿Estamos obedeciendo este mandato, o estamos
condescendiendo con rasgos de carácter hirientes y no
cristianos? Si de alguna forma hemos agraviado o
herido a otros, es nuestro deber confesar nuestra
falta y buscar la reconciliación. Esta es una
condición esencial para que podamos presentarnos a
Dios con fe y pedir su bendición.
Hay otro asunto demasiado a menudo
descuidado por los que buscan al Señor en oración.
¿Habéis sido honrados con Dios? El Señor declara
mediante el profeta Malaquías: "Desde los días de
vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no
las guardasteis. Tornaos a mí, y yo me tornaré a
vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas
dijisteis: ¿En qué hemos de tornar? ¿Robará el hombre
a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis:
¿En qué te hemos robado? Los diezmos y las primicias"
( Malaquias 3: 7, 8 ).
Como dador de todas las bendiciones,
Dios reclama una porción determinada de todo lo que
poseemos. Esta es la provisión que él ha hecho para
sostener la predicación del Evangelio. Y debemos
demostrar nuestro aprecio por sus dones devolviendo
esto a Dios. Pero si retenemos lo que le pertenece a
él, ¿cómo podemos pretender sus bendiciones? Si somos
mayordomos infieles en las cosas terrenales, ¿cómo
podemos esperar que él nos confíe las celestiales?
Puede ser que aquí se encuentre el secreto de la
oración no contestada.
Pero el Señor, en su gran
misericordia, está listo para perdonar, y dice: "Traed
todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi
casa; y probadme ahora en esto... si no os abriré las
ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros
bendición hasta que sobreabunde. Increparé también por
vosotros al devorador, y no os corromperá el fruto de
la tierra; ni vuestra vid en el campo abortará...Y
todas las gentes os dirán bienaventurados; porque
seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos"
( Malaquías 3: 10-12 ).
Tal ocurre con todos los demás
requerimientos de Dios. Todos sus dones son prometidos
a condición de la obediencia. Dios tiene un cielo
lleno de bendiciones para los que cooperen con él.
Todos los que le obedezcan pueden con confianza
reclamar el cumplimiento de sus promesas.
Pero debemos mostrar una confianza
firme y sin rodeos en Dios. A menudo él tarda en
contestarnos para probar nuestra fe o la sinceridad de
nuestro deseo. Al pedir de acuerdo con su Palabra,
debemos creer su promesa y presentar nuestras
peticiones con una determinación que no será denegada.
Dios no dice: Pedid una vez y
recibiréis. El nos ordena que pidamos. Persistid
incansablemente en la oración. El pedir con
persistencia hace más ferviente la actitud del
postulante, y le imparte un deseo mayor de recibir las
cosas que pide. Cristo le dijo a Marta junto a la
tumba de Lázaro: "Si creyeres, verás la gloria de
Dios" ( S. Juan 11:40 ).
Pero muchos no tienen una fe viva.
Esta es la razón por la cual no ven más del poder de
Dios. Su debilidad es el resultado de su incredulidad.
Tienen más fe en su propio obrar que en el obrar de
Dios en favor de ellos. Ellos se encargan de cuidarse
a sí mismos. Hacen planes y proyectos, pero oran poco,
y tienen poca confianza verdadera en Dios. Piensan que
tienen fe, pero es sólo el impulso del momento. Dejan
de comprender su propia necesidad, y lo dispuesto que
está Dios a dar; no perseveran en mantener sus pedidos
ante el Señor.
Nuestras oraciones han de ser tan
fervorosas y persistentes como lo fue la del amigo
necesitado que pidió pan a media noche. Cuanto más
fervorosa y constantemente oremos, tanto más íntima
será nuestra unión espiritual con Cristo. Recibiremos
bendiciones acrecentadas, porque tenemos una fe
acrecentada.
Nuestra parte consiste en orar y
creer. Velad en oración. Velad, y cooperad con el Dios
que oye la oración. Recordad que "coadjutores somos de
Dios" (1 Corintios 3: 9 ). Hablad y obrad de acuerdo
con vuestras oraciones. Significará para vosotros una
infinita diferencia el que la prueba demuestre que
vuestra fe es genuina, o revele que vuestras oraciones
son sólo una forma.
Cuando se suscitan perplejidades y
surgen dificultades, no busquéis ayuda en la
humanidad. Confiadlo todo a Dios. La práctica de
hablar de nuestras dificultades a otros, únicamente
nos debilita, y no les reporta a los demás ninguna
fuerza. Ello hace que la carga de nuestras flaquezas
espirituales descanse sobre ellos, y éstas son cosas
que ellos no pueden aliviar. Buscamos la fuerza del
hombre errante y finito, cuando podríamos tener la
fuerza del Dios infalible e infinito.
No necesitáis ir hasta los confines de
la tierra para buscar sabiduría, pues Dios está cerca.
No son las capacidades que poseéis hoy, o las que
tendréis en lo futuro, las que os darán éxito. Es lo
que el Señor puede hacer por vosotros. Necesitamos
tener una confianza mucho menor en lo que el hombre
puede hacer, y una confianza mucho mayor en lo que
Dios puede hacer por cada alma que cree. El anhela que
extendáis hacia él la mano de la fe. Anhela que
esperéis grandes cosas de él. Anhela daros
inteligencia así en las cosas materiales como en las
espirituales. El puede aguzar el intelecto. Puede
impartir tacto y habilidad. Emplead vuestros talentos
en el trabajo; pedid a Dios sabiduría, y os será dada.
Haced de la Palabra de Cristo vuestra
seguridad. ¿No os ha invitado a ir a él? Nunca os
permitáis hablar de una manera descorazonada y
desesperada. Si lo hacéis perderéis mucho. Mirando las
apariencias, y quejándoos cuando vienen las
dificultades y premuras, revelaréis una fe enferma y
débil. Hablad y obrad como si vuestra fe fuera
invencible. El Señor es rico en recursos: el mundo le
pertenece. Mirad al cielo con fe. Mirad a Aquel que
posee luz, poder y eficiencia.
Hay en la fe genuina un bienestar, una
firmeza de principios y una invariabilidad de
propósito que ni el tiempo ni las pruebas pueden
debilitar. "Los mancebos se fatigan y se cansan, los
mozos flaquean y caen: mas los que esperan a Jehová
tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como
águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no
se fatigarán" ( Isaías 40: 30, 31 ).
Hay muchos que anhelan ayudar a otros,
pero sienten que no tienen fuerza o luz espiritual que
impartir. Presenten ellos sus peticiones ante el trono
de la gracia. Rogad por el Espíritu Santo. Dios
respalda cada promesa que ha hecho. Con vuestra Biblia
en la mano, decid: Yo he hecho como tú has dicho.
Presento tu promesa: "Pedid, y se os dará; buscad, y
hallaréis; llamad, y os será abierto".
No solamente debemos orar en el nombre
de Cristo, sino por la inspiración del Espíritu Santo.
Esto explica lo que significa el pasaje que dice que
"el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos
indecibles" ( Romanos 8: 26 ). Dios se deleita en
contestar tal oración. Cuando con fervor e intensidad
expresamos una oración en el nombre de Cristo, hay en
esa misma intensidad una prenda de Dios que nos
asegura que él está por contestar nuestra oración
"mucho más abundantemente de lo que pedimos o
entendemos" ( Efesios 3: 20 ) .
Cristo dijo: "Todo lo que orando
pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá".
"Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto
haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (
S. Marcos 11: 24; S. Juan 14: 13 ) . Y el amado Juan,
por la inspiración del Espíritu Santo, dice con gran
claridad y certeza: "Si demandáremos alguna cosa
conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que
él nos oye en cualquier cosa que demandáremos, 114
sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéremos
demandado" ( 1 S. Juan 5: 14,15 ). Presentad, pues,
vuestra petición ante el Padre en el nombre de Jesús.
Dios honrará tal nombre.
El arco iris rodea el trono como una
seguridad de que Dios es verdadero, que en él no hay
mudanza ni sombra de variación. Hemos pecado contra
él, y somos indignos de su favor; sin embargo, él
mismo ha puesto en nuestros labios la más maravillosa
de las súplicas: "Por amor de tu nombre no nos
deseches, ni trastornes el trono de tu gloria:
acuérdate, no invalides tu pacto con nosotros" (
Jeremías 14: 21 ). Cuando venimos a él confesando
nuestra indignidad y pecado, él se ha comprometido a
atender nuestro clamor. Él honor de su trono está
empeñado en el cumplimiento de la palabra que nos ha
dado.
A semejanza de Aarón, que simbolizaba
a Cristo, nuestro Salvador lleva los nombres de todos
sus hijos sobre su corazón en el lugar santo. Nuestro
gran sumo sacerdote recuerda todas las palabras por
medio de las cuales nos ha animado a confiar. Nunca
olvida su pacto.
Todo el que pida recibirá. A todo el
que llame se le abrirá. No se presentará la excusa: No
me seas molesto; la puerta está ya cerrada; no quiero
abrirla. A nadie se le dirá jamás: No puedo ayudarte.
Aquellos que pidan pan a media noche para alimentar a
las almas hambrientas, tendrán éxito.
En la parábola aquel que pedía para el
forastero recibió todo lo que había menester. ¿Y en
qué medida nos concederá Dios a fin de que podamos
impartir a los demás? "Conforme a la medida del don de
Cristo" ( Efesios 4: 7 ). Los ángeles observan con
intenso interés para ver cómo trata el hombre a sus
semejantes. Cuando ven que alguien manifiesta la
simpatía de Cristo por el errante, se apresuran a ir a
su lado, y traen a su memoria las palabras que debe
hablar y que serán como pan de vida para el alma. Así
"Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a
sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" ( Filipenses
4: 19 ). El hará que vuestro testimonio, con su
sinceridad y su verdad, sea poderoso con el poder de
la vida venidera. La Palabra del Señor será en
vuestros labios cual verdad y justicia.
El esfuerzo personal por otros debe
ser precedido de mucha oración secreta; pues requiere
gran sabiduría el comprender la ciencia de salvar
almas. Antes de comunicaros con los hombres,
comunicaos con Cristo. Ante el trono de la gracia
celestial, obtened una preparación para ministrar a la
gente.
Quebrántese vuestro corazón por el
anhelo que tenga de Dios, del Dios vivo. La vida de
Cristo ha mostrado lo que la humanidad puede hacer
participando de la naturaleza divina. Todo lo que
Cristo recibió de Dios, podemos recibirlo también
nosotros. Pedid, pues, y recibiréis. Con la fe
perseverante de Jacob, con la persistencia inflexible
de Elías, pedid para vosotros todo lo que Dios ha
prometido.
Dominen vuestra mente las gloriosas
concepciones de Dios. Enlácese vuestra vida con la de
Cristo mediante recónditos eslabones. Aquel que ordenó
que la luz brillara en las tinieblas, desea brillar en
nuestro corazón, para daros la luz del conocimiento de
la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo ( 2
Corintios 4: 6 ). El Espíritu Santo tomará las cosas
de Dios y os las mostrará, transfiriéndolas al corazón
obediente cual vivo poder. Cristo os conducirá al
umbral del Infinito. Podréis contemplar la gloria que
refulge allende el velo, y revelar a los hombres la
suficiencia de Aquel que siempre vive para interceder
por nosotros.
La Fuente del
Poder Vencedor
Este Tema está basado en S. Lucas
18: 1-8
CRISTO había estado hablando del
período que habría de preceder inmediatamente a su
segunda venida, y de los peligros por los cuales
deberían pasar sus discípulos. Con referencia
especial a ese tiempo relató la parábola "sobre que
es necesario orar siempre, y no desmayar".
"Había un juez en una ciudad -dijo
él-, el cual ni temía a Dios, ni respetaba a hombre.
Había también en aquella ciudad una viuda, la cual
venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi
adversario. Pero él no quiso por algún tiempo; mas
después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a
Dios, ni tengo respeto a hombre, todavía, porque
esta viuda me es molesta, le haré justicia, porque
al fin no venga y me muela. Y dijo el Señor: Oíd lo
que dice el juez injusto. ¿Y Dios no hará justicia a
sus escogidos que claman a él día y noche, aunque
sea longánime acerca de ellos? Os digo que los
defenderá presto".
El juez presentado aquí no tenía
consideración por la justicia ni compasión por los
dolientes. La viuda que le presentaba su caso había
sido rechazada con persistencia. Repetidas veces
había acudido a él, sólo para ser tratada con
desprecio, y ser ahuyentada del tribunal. El juez
sabía que su causa era justa, y podría haberla
socorrido en seguida, pero no quería hacerlo. Quería
demostrar su poder arbitrario, y se complacía en
dejarla pedir, rogar y suplicar en vano. Pero ella
no quería desmayar ni desalentarse. A pesar de la
indiferencia y dureza de corazón de él, insistió en
su petición hasta que el juez consintió en atender
el caso. "Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a
hombre -dijo-, todavía, porque esta viuda me es
molesta, le haré justicia, porque al fin no venga y
me muela". Para salvar su reputación, para evitar
que se diese publicidad a su juicio parcial y
unilateral, hizo justicia a la mujer perseverante.
"¿Y Dios no hará justicia a sus
escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea
longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá
presto". Cristo presenta aquí un agudo contraste
entre el juez injusto y Dios. El juez cedió a la
petición de la viuda simplemente por egoísmo, a fin
de quedar aliviado de su importunidad. No sentía por
ella ni piedad ni compasión; su miseria no le
importaba nada. ¡Cuán diferente es la actitud de
Dios hacia los que lo buscan! Las súplicas de los
menesterosos y angustiados son consideradas por él
con infinita compasión.
La mujer que suplicó justicia al
juez había perdido a su marido por la muerte. Pobre
y sin amigos, no tenía medios de salvar su fortuna
arruinada. Así, por el pecado, el hombre ha perdido
su relación con Dios. Por sí mismo no puede
salvarse, pero en Cristo somos acercados al Padre.
Los elegidos de Dios son caros a su corazón. Son
aquellos a quienes él ha llamado de las tinieblas a
su luz admirable, para manifestar su alabanza, a fin
de que resplandezcan como luces en medio de las
tinieblas del mundo. El juez injusto no tenía
interés especial en la viuda que lo importunaba
pidiéndole liberación; sin embargo, a fin de
deshacerse de sus lastimeras súplicas, la oyó, y la
libró de su adversario. Pero Dios ama a sus hijos
con amor infinito. Para él el objeto mas caro que
hay en la tierra es su iglesia.
"Porque la parte de Jehová es su
pueblo; Jacob la cuerda de su heredad. Hallólo en
tierra de desierto, y en desierto horrible y yermo;
trájolo alrededor, instruyólo, guardólo como la niña
de su ojo". "Porque así ha dicho Jehová de los
ejércitos: Después de la gloria me enviaré él a las
gentes que os despojaron: porque el que os toca,
toca a la niña de su ojo" ( Deuteronomio 32: 9, 10;
Zacarías 2: 8 ).
La oración de la viuda: "Hazme
justicia de mi adversario", representa la oración de
los hijos de Dios. Satanás es su gran adversario. Es
"el acusador de nuestros hermanos" ( Apocalipsis 12:
10 ), el cual los acusa delante de Dios día y noche.
Está continuamente obrando para representar
falsamente y acusar, engañar y destruir al pueblo de
Dios. Y en esta parábola Jesús enseña a sus
discípulos a orar por la liberación del poder de
Satanás y sus agentes.
En la profecía de Zacarías, se pone
de manifiesto la obra de acusador que hace Satanás,
y la obra de Cristo de resistir al adversario de su
pueblo. El profeta dice: "Y mostróme a Josué, el
gran sacerdote, el cual estaba delante del ángel de
Jehová; y Satán estaba a su mano derecha para serle
adversario. Y dijo Jehová a Satán: Jehová te
reprenda, oh Satán; Jehová, que ha escogido a
Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste tizón arrebatado
del incendio? Y Josué estaba vestido de vestimentas
viles, y estaba delante del ángel" ( Zacarías 3: 1,
3 ).
El pueblo de Dios está representado
aquí por un criminal en el juicio. Josué, como sumo
sacerdote, está pidiendo una bendición para su
pueblo, que está en gran aflicción. Mientras está
intercediendo delante de Dios, Satanás está a su
diestra como adversario suyo. Acusa a los hijos de
Dios, y hace aparecer su caso tan desesperado como
sea posible. Presenta delante del Señor sus malas
acciones y defectos. Muestra sus faltas y fracasos,
esperando que aparezcan de tal carácter a los ojos
de Cristo que él no les preste ayuda en su gran
necesidad. Josué, como representante del pueblo de
Dios, está bajo la condenación, vestido de ropas
inmundas. Consciente de los pecados de su pueblo, se
siente abatido por el desaliento. Satanás oprime su
alma con una sensación de culpabilidad que lo hace
sentirse casi sin esperanza. Sin embargo, ahí está
como suplicante, frente a la oposición de Satanás.
La obra de Satanás como acusador
empezó en el cielo. Esta ha sido su obra en la
tierra desde la caída del hombre, y será su obra en
un sentido especial mientras nos acercamos al fin de
la historia de este mundo. A medida que ve que su
tiempo se acorta, trabaja con mayor ardor para
engañar y destruir. Se aíra cuando ve en la tierra
un pueblo que, aun con su debilidad y carácter
pecaminoso, tiene respeto por la ley de Jehová. Está
resuelto a hacer que ese pueblo no obedezca a Dios.
Se deleita en su indignidad, y tiene lazos
preparados para cada alma a fin de que todos queden
entrampados y separados de Dios. Trata de acusar y
condenar a Dios y a todos los que luchan por llevar
a cabo sus propósitos en este mundo, con
misericordia y amor, con compasión y perdón.
Toda manifestación del poder de Dios
en favor de su pueblo despierta la enemistad de
Satanás. Cada vez que Dios obra en su favor, Satanás
y sus ángeles obran con renovado vigor para lograr
su ruina. Tiene celos de todos aquellos que hacen de
Cristo su fuerza. Su objeto consiste en instigar al
mal, y cuando tiene éxito arroja toda la culpa sobre
los tentados. Señala sus ropas contaminadas, sus
caracteres deficientes. Presenta su debilidad e
insensatez, su pecado e ingratitud, su carácter
distinto al de Cristo, que ha deshonrado a su
Redentor. Todo esto lo presenta como un argumento
que prueba su derecho a destruirlos a voluntad. Se
esfuerza por espantar sus almas con el pensamiento
de que su caso no tiene esperanza, que la mancha de
su contaminación no podrá nunca lavarse. Espera
destruir así su fe, a fin de que cedan plenamente a
sus tentaciones, y abandonen su fidelidad a Dios.
Los hijos del Señor no pueden
contestar las acusaciones de Satanás. Al mirarse a
sí mismos, están listos a desesperar, pero apelan al
divino Abogado. Presentan los méritos del Redentor.
Dios puede ser "justo, y el que justifica al que es
de la fe de Jesús" ( Romanos 3: 26 ). Con confianza
los hijos del Señor le suplican que acalle las
acusaciones de Satanás, y anule sus lazos. "Hazme
justicia de mi adversario", ruegan; y con el
poderoso argumento de la cruz, Cristo impone
silencio al atrevido acusador.
"Y dijo Jehová a Satán: Jehová te
reprenda, oh Satán; Jehová, que ha escogido a
Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste tizón arrebatado
del incendio?" Cuando Satanás trata de cubrir al
pueblo de Dios con negrura y arruinarlo, Cristo se
interpone. Aunque han pecado, Cristo ha tomado la
culpabilidad de su pecado sobre su propia alma. Ha
arrebatado a la especie humana como tizón del fuego.
Por su naturaleza humana está unido al hombre,
mientras que por su naturaleza divina es uno con el
Dios infinito. La ayuda está puesta al alcance de
las almas que perecen. El adversario queda
reprendido.
"Y Josué estaba vestido de
vestimentas viles, y estaba delante del ángel. Y
habló el ángel, e intimó a los que estaban delante
de sí, diciendo: Quitadle esas vestimentas viles. Y
a él dijo: Mira que he hecho pasar tu pecado de ti,
y te he hecho vestir de ropas de gala. Después dijo:
Pongan mitra limpia sobre su cabeza. Y pusieron una
mitra limpia sobre su cabeza, y vistiéronle de
ropas". Luego, con la autoridad del Señor de los
ejércitos, el ángel hizo una promesa solemne a
Josué, representante del pueblo de Dios: "Si
anduvieras por mis caminos, y si guardares mi
ordenanza, también tú gobernarás mí casa, también tú
guardarás mis atrios, y entre estos que aquí están
te daré plaza" ( Zacarías 3: 3-7 ), aun entre los
ángeles que rodean el trono de Dios.
No obstante los defectos del pueblo
de Dios, Cristo no se aparta de los objetos de su
cuidado. Tiene poder para cambiar sus vestiduras.
Saca sus ropas contaminadas, y pone sobre los que se
arrepienten y creen, su propio manto de justicia, y
escribe "Perdonado" frente a sus nombres en los
registros del cielo. Los confiesa como suyos ante el
universo celestial. Su adversario Satanás queda
desenmascarado como acusador y engañador. Dios hará
justicia a sus elegidos.
La oración: "Hazme justicia de mi
adversario", se aplica no solamente a Satanás, sino
a los agentes a quienes instiga a presentar
falsamente, a tentar y destruir al pueblo de Dios.
Los que han decidido obedecer los mandamientos de
Dios entenderán por experiencia que tienen
adversarios que son dominados por una fuerza
infernal. Tales adversarios asediaron a Cristo a
cada paso, con una constancia y resolución que
ningún ser humano puede conocer jamás. Los
discípulos de Cristo, como su Maestro, son
perseguidos por la tentación continua.
Las Escrituras describen la
condición del mundo precisamente antes de la segunda
venida de Cristo. El apóstol Santiago presenta la
codicia y la opresión que prevalecerán. Dice: "Ea ya
ahora, oh ricos..., os habéis allegado tesoro para
en los postreros días. He aquí, el jornal de los
obreros que han segado vuestras tierras, el cual por
engaño no les ha sido pagado de vosotros, clama; y
los clamores de los que habían segado, han entrado
en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis
vivido en deleites sobre la tierra, y sido
disolutos; habéis cebado vuestros corazones como en
el día de sacrificios. Habéis condenado y muerto al
justo; y él no os resiste" ( Santiago 5: 1-6 ) .
Este es un cuadro de lo que existe hoy. Por toda
suerte de opresión y extorsión, los hombres están
amontonando fortunas colosales, mientras que los
clamores de la humanidad que perece de hambre están
ascendiendo a Dios.
"Y el derecho se retiró, y la
justicia se puso lejos: porque la verdad tropezó en
la plaza, y la equidad no pudo venir. Y la verdad
fue detenida; y el que se apartó del mal, fue puesto
en presa" ( Isaías 59: 14, 15 ). Esto se cumplió en
la vida terrenal de Cristo. El era leal a los
mandamientos de Dios, poniendo a un lado las
tradiciones y requerimientos humanos, que se habían
ensalzado en su lugar. Por causa de esto fue
aborrecido y perseguido. Esta historia se repite.
Las leyes y tradiciones de los hombres son
ensalzadas por encima de la ley de Dios, y los que
son fieles a los mandamientos de Dios sufren oprobio
y persecución. Cristo, por causa de su fidelidad a
Dios, fue acusado como violador del sábado y
blasfemo. Se declaró que él estaba poseído por un
demonio, y se lo denunció como Beelzebub. De igual
manera sus seguidores son acusados y calumniados.
Así espera Satanás inducirlos a pecar y deshonrar a
Dios.
El carácter del juez de la parábola,
que no temía ni a Dios ni al hombre, fue presentado
por Cristo para demostrar la clase de juicio que se
realizaba entonces y que pronto se iba a presenciar
en su propio proceso. Deseaba que su pueblo de todos
los tiempos comprendiese cuán poca confianza se
puede tener en los gobernantes o jueces terrenales
en el día de la adversidad. Con frecuencia los
elegidos de Dios tienen que estar delante de los
hombre que ocupan posiciones oficiales, pero que no
hacen de la palabra de Dios su guía y consejero,
sino que siguen sus propios impulsos sin disciplina
ni consagración.
En la parábola del juez injusto,
Cristo demostró lo que debemos hacer. "¿Y Dios no
hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y
noche?" Cristo, nuestro ejemplo, no hizo nada para
vindicarse o librarse a sí mismo. Así los que le
siguen no han de acusar o condenar, ni recurrir a la
fuerza para librarse a si mismo.
Cuando sufrimos pruebas que parecen
inexplicables, no debemos permitir que nuestra paz
sea malograda. Por injustamente que seamos tratados,
no permitamos que la pasión se despierte.
Condescendiendo con un espíritu de venganza nos
dañamos a nosotros mismos. Destruimos nuestra propia
confianza en Dios y ofendemos al Espíritu Santo. Hay
a nuestro lado un testigo, un mensajero celestial,
que levantará por nosotros una barrera contra el
enemigo. El nos envolverá con los brillantes rayos
del Sol de Justicia. A través de ellos Satanás no
puede penetrar. No puede atravesar este escudo de
luz divina.
Mientras el mundo progresa en la
impiedad, ninguno de nosotros necesita hacerse la
ilusión de que no tendrá dificultades. Pero son esas
mismas dificultades las que nos llevan a la cámara
de audiencias del Altísimo. Podemos pedir consejo a
Aquel que es infinito en sabiduría.
El Señor dice: "Invócame en el día
de la angustia" ( Salmo 50: 15 ). El nos invita a
presentarle lo que nos tiene perplejos y lo que
hemos menester, y nuestra necesidad de la ayuda
divina. Nos aconseja ser constantes en la oración.
Tan pronto como las dificultades surgen, debemos
dirigirle nuestras sinceras y fervientes peticiones.
Nuestras oraciones importunas evidencian nuestra
vigorosa confianza en Dios. El sentimiento de
nuestra necesidad nos induce a orar con fervor, y
nuestro Padre celestial es movido por nuestras
súplicas.
A menudo, los que sufren el oprobio
o la persecución por causa de su fe son tentados a
pensar que Dios los ha olvidado. A la vista de los
hombres, se hallan entre la minoría. Según todas las
apariencias sus enemigos triunfan sobre ellos. Pero
no violen ellos su conciencia. Aquel que sufrió por
ellos y llevó sus pesares y aflicciones, no los ha
olvidado.
Los hijos de Dios no son dejados
solos e indefensos. La oración mueve el brazo de la
Omnipotencia. Por la oración, los hombres
"sojuzgaron reinos, obraron justicia, obtuvieron
promesas, cerraron las bocas de los leones, apagaron
la violencia del fuego" -y llegamos a saber lo que
eso significa cuando oímos acerca de los mártires
que murieron por su fe-, "pusieron en fuga a
ejércitos de gente extranjera." ( Hebreos 11: 33, 34
).
Si consagramos nuestra vida al
servicio de Dios, nunca podremos ser colocados en
una situación para la cual Dios no haya hecho
provisión. Cualquiera sea nuestra 137 situación,
tenemos un Guía que dirige nuestro camino;
cualesquiera sean nuestras perplejidades, tenemos un
seguro Consejero; sea cual fuere nuestra pena,
desamparo o soledad, tenemos un Amigo que simpatiza
con nosotros. Si en nuestra ignorancia, damos pasos
equivocados, Cristo no nos abandona. Su voz, clara y
distinta, nos dice: "Yo soy el camino, y la verdad,
y la vida" ( S. Juan 14: 6 ). "El librará al
menesteroso que clamare, y al afligido que no
tuviera quien le socorra" ( Salmo 72: 12 ).
El Señor declara que será honrado
por aquellos que se acerquen a él, que fielmente se
ocupen en su servicio. "Tú le guardarás en completa
paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti
se ha confiado" ( Isaías 26: 3 ). El brazo de la
Omnipotencia se extiende para conducirnos hacia
adelante, siempre adelante. Avanza -dice el Señor-;
te enviaré ayuda. Porque pides por causa de la
gloria de mi nombre, lo recibirás. Seré honrado ante
la vista de los que esperan ver tu fracaso. Ellos
verán cómo mi palabra triunfará gloriosamente. "Y
todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo
recibiréis" ( S. Mateo 21: 22 ).
Clamen a Dios todos los que son
afligidos o tratados injustamente. Apartaos de
aquellos cuyo corazón es como el acero, y haced
vuestras peticiones a vuestro Hacedor. Nunca es
rechazado nadie que acuda a él con corazón contrito.
Ninguna oración sincera se pierde. En medio de las
antífonas del coro celestial, Dios oye los clamores
del más débil de los seres humanos. Derramamos los
deseos de nuestro corazón en nuestra cámara secreta,
expresamos una oración mientras andamos por el
camino, y nuestras palabras llegan al trono del
Monarca del universo. Pueden ser inaudibles para
todo oído humano, pero no morirán en el silencio, ni
serán olvidadas a causa de las actividades y
ocupaciones que se efectúan. Nada puede ahogar el
deseo del alma. Este se eleva por encima del ruido
de la calle, por encima de la confusión de la
multitud, y llega a las cortes del cielo. Es a Dios
a quien hablamos, y nuestra oración es escuchada.
Vosotros los que os sentís los más
indignos, no temáis encomendar vuestro caso a Dios.
Cuando se dio a sí mismo en Cristo por los pecados
del mundo, tomó a su cargo el caso de cada alma. "El
que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le
entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará
también con él todas las cosas?" ( Romanos 8: 32 )
¿No cumplirá él la palabra de gracia dada para
nuestro ánimo y fortaleza?
El mayor deseo de Cristo es redimir
su herencia del dominio de Satanás. Pero antes de
que seamos librados del poder satánico
exteriormente, debemos ser librados de su poder
interiormente. El Señor permite las pruebas a fin de
que seamos limpiados de la mundanalidad, el egoísmo
y los rasgos de carácter duros y anticristianos. El
permite que las profundas aguas de la aflicción
cubran nuestra alma para que lo conozcamos, y a
Jesucristo a quien ha enviado, con el objeto de
hacer brotar en nuestro corazón anhelos profundos de
ser purificados de la contaminación, y que salgamos
de la prueba más puros, más santos, más felices. A
menudo entramos en el crisol de la prueba con
nuestras almas oscurecidas por el egoísmo, pero si
somos pacientes bajo la prueba decisiva, saldremos
reflejando el carácter divino, Cuando su propósito
en la aflicción se cumpla, "exhibirá tu justicia
como la luz, y tus derechos como el medio día" (
Salmo 37: 6 ).
No hay peligro de que el Señor
descuide las oraciones de sus hijos. El peligro es
que, en la tentación y la prueba, se descorazonen, y
dejen de perseverar en oración.
El Salvador manifestó compasión
divina hacia la mujer sirofenisa. Su corazón fue
conmovido al contemplar su aflicción. Anhelaba darle
una seguridad inmediata de que su oración había sido
escuchada; pero quería enseñar una lección a sus
discípulos, y por un momento pareció desatender el
clamor de su corazón torturado. Cuando la fe de la
mujer se hubo manifestado, le dirigió palabras de
encomio, y la envió con la preciosa bendición que
había pedido. Los discípulos nunca olvidaron esta
lección, y fue registrada para demostrar el
resultado de la oración perseverante.
Fue Cristo mismo quien puso en el
corazón de aquella madre la persistencia que no pudo
ser rechazada. Fue Cristo el que concedió valor y
determinación ante el juez a la viuda suplicante.
Fue Cristo quien, siglos antes, en el conflicto
misterioso desarrollado junto al Jaboc, había
inspirado a Jacob la misma fe perseverante. Y no
dejó sin recompensar la confianza que él mismo había
implantado.
Aquel que vive en el santuario
celestial juzga con justicia. Se complace más en sus
hijos que luchan contra la tentación en un mundo de
pecado que en las huestes de ángeles que rodean su
trono.
Todo el universo celestial
manifiesta el más grande intereses en esta motita
que es nuestro mundo; pues Cristo ha pagado un
precio infinito por las almas de sus habitantes. El
Redentor del mundo ha ligado la tierra con el cielo
mediante lazos de inteligencia, pues aquí se hallan
los redimidos del Señor. Los seres celestiales
todavía visitan la tierra como en los días en que
andaban y hablaban con Abrahán y con Moisés. En
medio de las actividades y el trajín de nuestras
grandes ciudades, en medio de las multitudes que
atestan la vía pública y los centros de comercio,
donde desde la mañana hasta la noche la gente obra
como si los negocios, los deportes y los placeres
constituyeran todo lo que hay en la vida, en esos
lugares en que hay tan pocos que contemplan las
realidades invisibles, aun allí el cielo tiene
todavía vigilantes y santos. Hay agentes invisibles
que observan cada palabra y cada acto de los seres
humanos. En toda asamblea reunida con propósitos de
comercio o placer, en toda reunión de culto, hay más
oyentes de los que pueden verse con los ojos
mortales. A veces los seres celestiales descorren el
velo que esconde el mundo invisible, a fin de que
nuestros pensamientos se vuelvan de la prisa y la
tensión de la vida, a considerar que hay testigos
invisibles de todo lo que hacemos o decimos.
Necesitamos entender mejor la misión
de los ángeles visitadores. Sería bueno considerar
que en todo nuestro trabajo tenemos la cooperación y
el cuidado de los seres celestiales. Ejércitos
invisibles de luz y poder atienden a los humildes y
mansos que creen en las promesas de dios y las
reclaman. Querubines, serafines y ángeles, poderosos
en fortaleza -millares de millares y millones de
millones-, se hallan a sus diestra, "todos espíritus
ministradores, enviados para servicio a favor de los
que han de heredar la salvación" ( Hebreos 1: 14 ).
Estos mensajeros angelicales llevan
un fiel registro de las palabras y los hechos de los
hijos de los hombres. Cada acto de crueldad o
injusticia ejecutado contra los hijos de Dios, todo
lo que ellos tienen que sufrir por causa del poder
de los obradores de maldad, se registra en los
cielos.
"¿Y Dios no hará justicia a sus
escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea
longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá
presto".
"No perdáis, pues, vuestra
confianza, que tiene grande remuneración de
galardón; porque la paciencia os es necesaria; para
que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis
la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de
venir vendrá, y no tardará" ( Hebreos 10: 35-37 ).
"Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de
la tierra, aguardando con paciencia, hasta que
reciba la lluvia temprana y tardía. Tened también
vosotros paciencia; confirmad vuestros corazones:
porque la venida del Señor se acerca" ( Santiago 5:
7, 8 ).
La longanimidad de Dios es
maravillosa. La justicia espera largo tiempo
mientras la misericordia suplica al pecador. Pero
"justicia y juicio son el asiento de su trono" (
Salmo 97: 2 ). "Jehová es tardo para la ira", pero
es "grande en poder, y no tendrá al culpado por
inocente. Jehová marcha entre tempestad y turbión, y
las nubes son el polvo de sus pies" ( Nahum 1: 3 ).
El mundo ha llegado a ser temerario
en la transgresión de la ley de Dios. A causa de la
larga clemencia divina, los hombres han pisoteado su
autoridad. Se han fortalecido mutuamente en la
opresión y la crueldad que ejercen contra su
herencia, diciendo: "¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay
conocimiento en lo alto?" ( Slmo 73: 11 ). Pero
existe una línea que no pueden traspasar. Se acerca
el tiempo en que llegarán al límite prescrito. Aun
ahora casi han pasado los límites de la paciencia de
Dios, los límites de sus gracia y misericordia. El
Señor se interpondrá para defender su propio honor,
para librar a sus pueblo, y para reprimir los
desmanes de la injusticia.
En los días de Noé, los hombres
habían descuidado la ley de Dios hasta que casi todo
recuerdo del Creador había desaparecido de la
tierra. Su iniquidad alcanzó tal grado que el Señor
trajo un diluvio sobre la tierra que arrasó a todos
sus impíos habitantes.
En diversas edades el Señor ha hecho
conocer la forma en que obra. Cuando ha llegado una
crisis, él se ha manifestado, y se ha interpuesto
para estorbar la ejecución de los planes de Satanás.
En el caso de naciones, familias e individuos,
permitió a menudo que las cosas llegaran a una
crisis, y entonces su intervención se efectuó en
forma notable. En esas ocasiones él ha manifestado
que hay un dios en Israel que hará que sus ley
permanezca incólume y defenderá a su pueblo.
En este tiempo en que prevalece la
iniquidad, podemos saber que la última crisis está
por llegar. Cuando el desafío a la ley de dios sea
casi universal, cuando su pueblo esté oprimido y
afligido por sus semejantes, el Señor se
interpondrá.
Se acerca el tiempo en que él dirá:
"Anda, pueblo mío, éntrate en tus aposentos, cierra
tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un
momento, en tanto que pasa la ira. Porque he aquí
que Jehová sale de su lugar para visitar la maldad
del morador de la tierra contra él; y la tierra
descubrirá sus sangres, y no más encubrirá sus
muertos" ( Isaías 26: 20, 21 ). Puede ser que
hombres que pretenden ser cristianos defrauden y
opriman ahora al pobre; roben a las viudas y a los
huérfanos; se inspiren de ira satánica porque no
pueden dominar las conciencias de los hijos de Dios;
pero por todo esto Dios los llamará a juicio.
"Juicio sin misericordia será hecho con aquel que no
hiciere misericordia" ( Santiago 2: 13 ). No pasará
mucho tiempo antes que ellos estén ante el Juez de
toda la tierra para rendir cuenta del dolor que han
causado a los cuerpos y las almas de los que forman
la herencia divina. Pueden ahora permitirse falsas
acusaciones, pueden ridiculizar a aquellos que Dios
ha señalado para hacer su obra. Pueden enviar a los
creyentes en Dios a la cárcel, a los trabajos
forzados, al destierro, a la muerte; pero por toda
angustia infligida, por toda lágrima vertida,
tendrán que dar cuenta. Dios les pagará doblemente
por sus pecados. Con respecto a Babilonia, el
símbolo de la iglesia apóstata, Dios dice a sus
ministros de juicio: "Sus pecados han llegado hasta
el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades.
Tornadle a dar como ella os ha dado, y pagadle al
doble según su obra; en el cáliz que ella os dio a
beber, dadle a beber doblado" ( Apocalipsis 18: 5, 6
).
De la India, del África, de la
China, de las islas del mar, de entre los pisoteados
millones que habitan los países llamados cristianos,
el clamor del dolor humano asciende a Dios. Ese
clamor no subirá por mucho tiempo más sin ser
contestado. Dios limpiará la tierra de su corrupción
moral, no por un mar de aguas, como en los días de
Noé, sino por un mar de fuego que no podrá ser
apagado por ninguna invención humana.
"Será tiempo de angustia, cual nunca
fue después que hubo gente hasta entonces: mas en
aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que
se hallaren escritos en el libro" ( Daniel 12: 1 ).
De buhardillas, de chozas, de
calabozos, de patíbulos, de montañas y desiertos, de
cuevas de la tierra y cavernas del mar, Cristo
reunirá a sus hijos a sí. En la tierra, han sido
destituidos, afligidos y atormentados. Millones han
descendido a la tumba cargados de infamia por haber
rehusado rendirse a las engañosas pretensiones de
Satanás. Los hijos de Dios han sido ajusticiados por
los tribunales humanos como los más viles
criminales. Pero está cerca el día cuando Dios será
"el juez" ( Salmo 50: 6 ). Entonces las decisiones
de la tierra serán invertidas. "Quitará la afrenta
de su pueblo". A cada hijo de Dios se le darán ropas
blancas. "Y llamarles han Pueblo Santo, Redimidos de
Jehová" ( Isaís 25: 8; Apocalipsis 6: 11; Isaías 62:
12 ).
Cualesquiera sean las cruces que
hayan sido llamados a llevar, cualesquiera las
pérdidas que hayan soportado, cualquiera la
persecución que hayan sufrido, aun hasta la pérdida
de su vida temporal, los hijos de Dios serán
ampliamente recompensados. "Verán su cara; y su
nombre estará en sus frentes"( Apocalipsis 22: 4 ).
La Esperanza de
la Vida
Este tema está basado en S.
Lucas 15: 1-10
CUANDO los "publicanos y
pecadores" se reunían alrededor de Cristo, los
rabinos expresaban su descontento. "Este a los
pecadores recibe -decían-, y con ellos come".
Con esta acusación insinuaban que
a Cristo le gustaba asociarse con los pecadores y
los viles, y que era insensible a su iniquidad.
Los rabinos se habían desilusionado con Jesús.
¿Por qué él, que pretendía tener un carácter tan
elevado, no se juntaba con ellos y seguía sus
métodos de enseñanza? ¿Por qué se portaba tan
modestamente, trabajando entre los hombres de
todas las clases? Si fuese un profeta verdadero,
decían, estaría de acuerdo con nosotros, y
trataría a los publicanos y pecadores con la
indiferencia que merecen. Encolerizaba a esos
guardianes de la sociedad el que Aquel con quien
estaban continuamente en disputa, pero cuya pureza
de vida los aterrorizaba y condenaba, se juntara,
con una simpatía tan visible, con los parias de la
sociedad. No aprobaban sus métodos. Se
consideraban a sí mismos como educados, refinados
y preeminentemente religiosos; pero el ejemplo de
Cristo presentaba al desnudo su egoísmo.
También los encolerizaba el hecho
de que los que mostraban sólo desprecio por los
rabinos, los que nunca eran vistos en las
sinagogas, acudieran a Jesús, y escucharan con
arrobada atención sus palabras. Los escribas y
fariseos sentían sólo condenación ante aquella
presencia pura; ¿cómo era, entonces, que los
publicanos y pecadores resultaban atraídos a
Jesús?
No sabían que la explicación
residía en las mismas palabras que habían
pronunciado como una acusación despectiva: "Este a
los pecadores recibe". Los que acudían a Jesús
sentían en su presencia que, aun para ellos, había
escape del hoyo del pecado. Los fariseos habían
tenido sólo desprecio y condenación para ellos;
pero Cristo los saludaba como a hijos de Dios,
indudablemente apartados de la casa del Padre,
pero no olvidados por el corazón del Padre. Y su
misma desgracia y pecado los convertía en mayor
grado en el objeto de su compasión. Cuanto más se
habían alejado de él, tanto más ferviente era el
anhelo y mayor el sacrificio hecho para su
rescate.
Todo esto podrían haberlo
aprendido los maestros de Israel de los sagrados
rollos de que se enorgullecían de ser guardianes y
expositores. ¿No había escrito David, ese David
que había caído en un pecado mortal: "Yo anduve
errante como oveja extraviada; busca a tu siervo"?
( Salmo 119: 176 ) ¿No había revelado Miqueas el
amor de Dios hacia los pecadores diciendo: "¿Qué
Dios como tú, que perdonas la maldad, y olvidas el
pecado del resto de su heredad? No retuvo para
siempre su enojo, porque es amador de
misericordia" ( Miqueas 7: 18 ).
La oveja
perdida
En esta ocasión Cristo no recordó
a sus oyentes las palabras de las Escrituras.
Recurrió al testimonio de lo que ellos mismos
conocían. Las extensas mesetas situadas al este
del Jordán proporcionaban abundantes pastos para
los rebaños, y por los desfiladeros y colinas
boscosas habían vagado muchas ovejas perdidas, que
eran buscadas y traídas de vuelta por el cuidado
del pastor. En el grupo que rodeaba a Jesús había
pastores, y también hombres que habían invertido
dinero en rebaños y manadas, y todos podían
apreciar su ilustración "¿Qué hombre de vosotros,
teniendo cien ovejas, si perdiere una de ellas, no
deja las noventa y nueve en el desierto, y va a la
que se perdió, hasta que la halle?"
Estas almas a quienes despreciáis,
dijo Jesús, pertenecen a Dios. Son suyas por la
creación y la redención, y son de valor a su
vista. Así como el pastor ama a sus ovejas, y no
puede descansar cuando le falta aunque sólo sea
una, así, y en un grado infinitamente superior,
Dios ama a toda alma descarriada. Los hombres
pueden negar el derecho de su amor, pueden
apartarse de él, pueden escoger otro amo; y sin
embargo son de Dios, y él anhela recobrar a los
suyos. Dice: "Como reconoce su rebaño el pastor el
día que está en medio de sus ovejas esparcidas,
así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos
los lugares en que fueron esparcidas el día del
nublado y de la oscuridad" ( Ezequiel 34: 12 ).
En la parábola, el pastor va en
busca de una oveja, la más pequeñita de todas. Así
también, si sólo hubiera habido un alma perdida,
Cristo habría muerto por esa sola.
La oveja que se ha descarriado del
redil es la más impotente de todas las criaturas.
El pastor debe buscarla, pues ella no puede
encontrar el camino de regreso. Así también el
alma que se ha apartado de Dios, es tan impotente
como la oveja perdida, y si el amor divino no
hubiera ido en su rescate, nunca habría encontrado
su camino hacia Dios.
El pastor que descubre que falta
una de sus ovejas, no mira descuidadamente el
rebaño que está seguro y dice: "Tengo noventa y
nueve, y me sería una molestia demasiado grande ir
en busca de la extraviada. Que regrese, y yo
abriré la puerta del redil y la dejaré entrar".
No; tan pronto como se extravía la oveja, el
pastor se llena de pesar y ansiedad. Cuenta y
recuenta el rebaño, y no dormita cuando descubre
que se ha perdido una oveja. Deja las noventa y
nueve dentro del aprisco y va en busca de la
perdida. Cuanto más oscura y tempestuosa es la
noche, y más peligroso el camino, tanto mayor es
la ansiedad del pastor y más ferviente su
búsqueda. Hace todos los esfuerzos posibles por
encontrar esa sola oveja perdida.
Con cuánto alivio siente a la
distancia su primer débil balido. Siguiendo el
sonido, trepa por las alturas más empinadas, y va
al mismo borde del precipicio con riesgo de su
propia vida. Así la busca, mientras el balido,
cada vez más débil, le indica que la oveja está
por morir. Al fin es recompensado su esfuerzo;
encuentra la perdida. Entonces no la reprende
porque le ha causado tanta molestia. No la arrea
con un látigo. Ni aun intenta conducirla al redil.
En su gozo pone la temblorosa criatura sobre sus
hombros; si está magullada y herida, la toma en
sus brazos, la aprieta contra su pecho, para que
le dé vida el calor de su corazón. Agradecido
porque su búsqueda no ha sido vana, la lleva de
vuelta al redil.
Gracias a Dios, él no ha
presentado a nuestra imaginación el cuadro de un
pastor que regresa dolorido sin la oveja. La
parábola no habla de fracaso, sino de éxito y gozo
en la recuperación. Aquí está la garantía divina
de que no es descuidada o dejada al desamparo ni
aun una de las ovejas descarriadas del aprisco de
Dios. Cristo rescatará del hoyo de la corrupción y
de las zarzas del pecado a todo el que tenga el
deseo de ser redimido.
Alma desalentada, anímate aunque
hayas obrado impíamente. No pienses que quizá Dios
perdonará tus transgresiones y permitirá que vayas
a su presencia. Dios ha dado el primer paso.
Aunque te habías rebelado contra él, salió a
buscarte. Con el tierno corazón del pastor, dejó
las noventa y nueve y salió al desierto a buscar
la que se había perdido. Toma en sus brazos de
amor al alma lastimada, herida y a punto de morir,
y gozosamente la lleva al aprisco de la seguridad.
Los judíos enseñaban que antes de
que se extendiera el amor de Dios al pecador, éste
debía arrepentirse. A su modo de ver, el
arrepentimiento es una obra por la cual los
hombres ganan el favor del cielo. Y éste fue el
pensamiento que indujo a los fariseos a exclamar
con asombro e ira: "Este a los pecadores recibe".
De acuerdo con sus ideas, no debía permitir que se
le acercaran sino los que se habían arrepentido.
Pero en la parábola de la oveja perdida, Cristo
enseña que la salvación no se debe a nuestra
búsqueda de Dios, sino a su búsqueda de nosotros.
"No hay quien entienda, no hay quien busque a
Dios; todos se apartaron" ( Romanos 3: 11, 12 ).
No nos arrepentimos para que Dios nos ame, sino
que él nos revela su amor para que nos
arrepintamos.
Cuando al fin es llevada al
aprisco la oveja perdida, la alegría del pastor se
expresa con himnos melodiosos de regocijo. Llama a
sus amigos y vecinos y les dice: "Dadme el
parabién, porque he hallado mi oveja que se había
perdido". Así también cuando el gran Pastor de las
ovejas encuentra a un extraviado, el cielo y la
tierra se unen en agradecimiento y regocijo.
"Habrá más gozo en el cielo de un
pecador que se arrepiente, que de noventa y nueve
justos que no necesitan arrepentimiento".
Vosotros, los fariseos, dijo Cristo, os
consideráis como los favoritos del cielo. Pensáis
que estáis seguros en vuestra propia justicia.
Sabed, por lo tanto, que si no necesitáis
arrepentimiento, mi misión no es para vosotros.
Estas pobres almas que sienten su pobreza y
pecaminosidad, son precisamente aquellas que he
venido a rescatar. Los ángeles del cielo están
interesados en los perdidos que despreciáis. Os
quejáis y mostráis vuestro desprecio cuando una de
estas almas se une conmigo; pero sabed que los
ángeles se regocijan y el himno de triunfo resuena
en las cortes celestiales.
Los rabinos tenían el dicho de que
hay regocijo en el cielo cuando es destruido uno
que ha pecado contra Dios; pero Jesús enseñó que
la obra de destrucción es una obra extraña;
aquello en lo cual todo el cielo se deleita es la
restauración de la imagen de Dios en las almas que
él ha hecho.
Cuando alguien que se haya
extraviado grandemente en el pecado trate de
volver a Dios, encontrará crítica y desconfianza.
Habrá quienes pongan en duda la veracidad de su
arrepentimiento, o que murmurarán: "No es firme;
no creo que se mantendrá". Tales personas no están
haciendo la obra de Dios sino la de Satanás, que
es el acusador de los hermanos. Mediante sus
críticas, el maligno trata de desanimar a aquella
alma, y llevarla aún más lejos de la esperanza y
de Dios. Contemple el pecador arrepentido el
regocijo del cielo por su regreso. Descanse en el
amor de Dios, y en ningún caso se descorazone por
las burlas y las sospechas de los fariseos.
Los rabinos entendieron que la
parábola de Cristo se aplicaba a los publicanos y
pecadores; pero también tiene un significado más
amplio. Cristo representa con la oveja perdida no
sólo al pecador individual, sino también al mundo
que ha apostatado y ha sido arruinado por el
pecado. Este mundo no es sino un átomo en los
vastos dominios que Dios preside. Sin embargo,
este pequeño mundo caído, la única oveja perdida.
es más precioso a su vista que los noventa y nueve
que no se descarriaron del aprisco. Cristo, el
amado Comandante de las cortes celestiales,
descendió de su elevado estado, puso a un lado la
gloria que tenía con el Padre, a fin de salvar al
único mundo perdido. Para esto dejó allá arriba
los mundos que no habían pecado, los noventa y
nueve que le amaban, y vino a esta tierra, para
ser "herido... por nuestras rebeliones" y "molido
por nuestros pecados" ( Isaías 53: 5). Dios se dio
a sí mismo en su Hijo para poder tener el gozo de
recobrar la oveja que se había perdido.
"Mirad cuál amor nos ha dado el
Padre, que seamos llamados hijos de Dios" ( 1 S.
Juan 3: 1 ). Y Cristo dijo: "Como tú me enviaste
al mundo, también los he enviado al mundo", para
cumplir "lo que falta de las aflicciones de Cristo
por su cuerpo, que es la iglesia" ( S. Juan 17:
18; Colocenses 1: 24). Cada alma que Cristo ha
rescatado está llamada a trabajar en su nombre
para la salvación de los perdidos. Esta obra había
sido descuidada en Israel. ¿No es descuidada hoy
día por los que profesan ser los seguidores de
Cristo?
¿A cuántos de los errantes, tú,
lector, has buscado y llevado de vuelta al redil?
Cuando te apartas de los que no parecen
promisorios ni atractivos, ¿te das cuenta de que
estás descuidando las almas que está buscando
Cristo? En el preciso momento en que te apartas de
ellos, quizá es cuando necesiten más de tu
compasión. En cada reunión de culto, hay almas que
anhelan descanso y paz. Quizá perezca que viven
vidas descuidadas, pero no son insensibles a la
influencia del Espíritu Santo. Muchas de ellas
pueden ser ganadas para Cristo.
Si no se lleva la oveja perdida de
vuelta al aprisco, vaga hasta que perece, y muchas
almas descienden a la ruina por falta de una mano
que se extienda para salvarlas. Los que van
errantes pueden parecer duros e indiferentes; pero
si hubieran tenido las mismas ventajas que otros
han tenido, habrían revelado mayor nobleza de
alma, y mayor talento para la utilidad. Los
ángeles se compadecen de ellos. Los ángeles lloran
mientras los ojos humanos están secos y los
corazones cerrados a la piedad.
¡Oh, la falta de simpatía profunda
y enternecedora por los tentados y errantes! ¡Oh,
más del espíritu de Cristo, y menos, mucho menos
del yo!
Los fariseos entendieron la
parábola de Cristo como un reproche para ellos. En
vez de aceptar las críticas que hacían de su obra,
él había reprochado su descuido hacia los
publicanos y pecadores. No lo había hecho
abiertamente para no cerrar sus corazones contra
él; pero su ilustración les presentaba
precisamente la obra que Dios requería de ellos y
que no habían hecho. Si hubieran sido verdaderos
pastores, esos dirigentes de Israel habrían hecho
la obra de un pastor. Hubieran manifestado la
misericordia y el amor de Cristo, y se habrían
unido con él en su misión. Al rechazar esto habían
probado que eran falsas sus pretensiones de
piedad. Ahora muchos rechazaron el reproche de
Cristo, pero hubo algunos que quedaron convencido
por sus palabras. Después de la ascensión de
Cristo al cielo, descendió sobre éstos el Espíritu
Santo y se unieron con los discípulos precisamente
en la obra bosquejada en la parábola de la oveja
perdida.
La dracma
perdida
Después de presentar la parábola
de la oveja perdida, Cristo narró otra, diciendo:
"¿Qué mujer que tiene diez dracmas, sí perdiere
una dracma, no enciende el candil, y barre la
casa, y busca con diligencia hasta hallarla?"
En el Oriente, las casas de los
pobres por lo general consistían en una sola
habitación, con frecuencia sin ventanas y oscura.
Raras veces se barría la pieza, y una moneda al
caer al suelo quedaba rápidamente cubierta por el
polvo y la basura. Aun de día, para poderla
encontrar, debía encenderse una vela y barrerse
diligentemente la casa.
La dote matrimonial de la esposa
consistía por lo general en monedas, que ella
preservaba cuidadosamente como su posesión más
querida, para transmitirla a sus hijas. La pérdida
de una de esas monedas era considerada como una
grave calamidad, y el recobrarla causaba un gran
regocijo que compartían de buen grado las vecinas.
"Cuando la hubiere hallado -dijo
Cristo-, junta a las amigas y las vecinas,
diciendo: Dadme el parabién, porque he hallado la
dracma que había perdido. Así os digo que hay gozo
delante de los ángeles de Dios por un pecador que
se arrepiente".
Esta parábola, como la anterior,
presenta la pérdida de algo que mediante una
búsqueda adecuada se puede recobrar, y eso con
gran gozo. Pero las dos parábolas representan
diferentes clases de personas. La oveja extraviada
sabe que está perdida. Se ha apartado del pastor y
del rebaño y no puede volver. Representa a los que
comprenden que están separados de Dios, que se
hallan dentro de una nube de perplejidad y
humillación, y se ven grandemente tentados. La
moneda perdida simboliza a los que están perdidos
en sus faltas y pecados, pero no comprenden su
condición. Están apartados de Dios, pero no lo
saben. Sus almas están en peligro, pero son
inconscientes e indiferentes. En esta parábola,
Cristo enseña que aun los indiferentes a los
requerimientos de Dios, son objeto de su compasivo
amor. Han de ser buscados para que puedan ser
llevados de vuelta a Dios. La oveja se extravió
del rebaño; estuvo perdida en el desierto o en las
montañas. La dracma se perdió en la casa. Estaba a
la mano, pero sólo podía ser recobrada mediante
una búsqueda diligente.
Esta parábola tiene una lección
para las familias. Con frecuencia hay gran
descuido en el hogar respecto al alma de sus
miembros. Entre ellos quizá haya uno que está
apartado de Dios; pero cuán poca ansiedad se
experimenta, a fin de que en la relación familiar
no se pierda uno de los dones confiados por Dios.
La moneda, aunque se encuentre
entre el polvo y la basura, es siempre una pieza
de plata, Su dueño la busca porque es de valor.
Así toda alma, aunque degradada por el pecado, es
considerada preciosa a la vista de Dios. Así como
la moneda lleva la imagen e inscripción de las
autoridades, también el hombre, al ser creado,
llevaba la imagen y la inscripción de Dios, y
aunque ahora está malograda y oscurecida por la
influencia del pecado, quedan aun en cada alma los
rastros de esa inscripción. Dios desea recobrar
esa alma, y volver a escribir en ella su propia
imagen en justicia y santidad.
La mujer de la parábola busca
diligentemente su moneda perdida. Enciende el
candil y barre la casa. Quita todo lo que pueda
obstruir su búsqueda. Aunque sólo ha perdido una
dracma, no cesará en sus esfuerzos hasta
encontrarla. Así también en la familia, si uno de
los miembros se pierde para Dios, deben usarse
todos los medios para rescatarlo. Practiquen todos
los demás un diligente y cuidadoso examen propio.
Investíguese el proceder diario. Véase si no hay
alguna falta o error en la dirección del hogar,
por el cual esa alma se empecina en su
impenitencia.
Los padres no deben descansar si
en su familia hay un hijo que vive inconsciente de
su estado pecaminoso. Enciéndase el candil.
Escudríñese la Palabra de Dios, y al amparo de su
luz examínese diligentemente todo lo que hay en el
hogar para ver por qué está perdido ese hijo.
Escudriñen los padres su propio corazón, examinen
sus hábitos y prácticas. Los hijos son la herencia
del Señor, y somos responsables ante él por el
manejo de su propiedad.
Hay padres y madres que anhelan
trabajar en algún campo misionero; hay muchos que
son activos en su obra cristiana fuera de su
hogar, mientras que sus propios hijos son extraños
al Salvador y su amor. Muchos padres confían al
pastor o al maestro de la escuela sabática la obra
de ganar a sus hijos para Cristo; pero al hacerlo
descuidan su propia responsabilidad recibida de
Dios. La educación y preparación de sus hijos para
que sean cristianos es el servicio de carácter más
elevado que los padres puedan ofrecer a Dios. Es
una obra que demanda un trabajo paciente, y un
esfuerzo diligente y perseverante que dura toda la
vida. Al descuidar este propósito demostramos ser
mayordomos desleales. Dios no aceptará ninguna
excusa por tal descuido.
Pero no han de desesperar los que
son culpables de descuido. La mujer que había
perdido una dracma buscó hasta encontrarla. Así
también trabajen los padres por los suyos, con
amor, fe y oración, hasta que gozosamente puedan
154 presentarse a Dios diciendo: "He aquí, yo y
los hijos que me dio Jehová" ( Isaías 8: 18 ).
Esta es verdadera obra misionera,
y es tan provechosa para los que la hacen como
para aquellos en favor de los cuales se realiza.
Mediante nuestro fiel interés en el círculo del
hogar nos preparamos para la obra en pro de los
miembros de la familia del Señor, con los cuales
viviremos por las edades eternas si somos fieles a
Cristo. Hemos de mostrar por nuestros hermanos y
hermanas en Cristo el mismo interés que tenemos
mutuamente como miembros de una familia.
Y el propósito de Dios es que todo
esto nos capacite para trabajar por otros. A
medida que se amplíen nuestras simpatías y aumente
nuestro amor, encontraremos por doquiera una obra
que hacer. La gran familia humana de Dios abarca
el mundo, y no ha de pasarse por alto
descuidadamente ninguno de sus miembros.
Dondequiera que estemos, la dracma
perdida espera nuestra búsqueda. ¿La estamos
buscando? Día tras día nos encontramos con los que
no tienen interés en la religión; conversamos con
ellos, y los visitamos; mas ¿mostramos interés en
su bienestar espiritual? ¿Les presentamos a Cristo
como el Salvador que perdona los pecados? Con
nuestro corazón ardiendo con el amor de Cristo,
¿les hablamos acerca de ese amor? Si no lo
hacemos, ¿cómo podremos encontrarnos con esas
almas perdidas, eternamente perdidas, cuando
estemos con ellas delante del trono de Dios?
¿Quién puede estimar el valor de
un alma? Si queréis saber su valor, id al
Getsemaní, y allí velad con Cristo durante esas
horas de angustia, cuando su sudor era como
grandes gotas de sangre. Mirad al Salvador
pendiente de la cruz. Oíd su clamor desesperado:
"Dios mío, Dio mío, ¿por qué me has desamparado?"
( S. Marcos 15: 34 ) Mirad la cabeza herida, el
costado atravesado, los pies maltrechos. Recordad
que Cristo lo arriesgó todo. Por nuestra redención
el cielo mismo se puso en peligro. Podréis estimar
el valor de un alma al pie de la cruz, recordado
que Cristo habría entregado su vida por un solo
pecador.
Si estáis en comunión con Cristo,
estimaréis a cada ser humano como él lo estima.
Sentiréis hacia otros el mismo amor profundo que
Cristo ha sentido por nosotros. Entonces podréis
ganar y no ahuyentar, atraer y no repeler a
aquellos por quienes él murió. Nadie podría haber
sido llevado de vuelta a Dios si Cristo no hubiese
hecho un esfuerzo personal por él; y mediante esa
obra personal podemos rescatar las almas. Cuando
veáis a los que van a la muerte, no descansaréis
en completa indiferencia y tranquilidad. Cuanto
mayor sea su pecado y más profunda su miseria, más
fervientes y tiernos serán vuestros esfuerzos por
curarlos. Comprenderéis la necesidad de los que
sufren, los que han pecado contra Dios y están
oprimidos por una carga de culpabilidad. Vuestro
corazón sentirá simpatía por ellos y les
extenderéis una mano ayudadora. Los llevaréis a
Cristo en los brazos de vuestra fe y amor.
Velaréis sobre ellos y los animaréis, y vuestra
simpatía y confianza hará que les sea difícil
perder su constancia.
Todos los ángeles del cielo están
dispuestos a cooperar en esta obra. Todos los
recursos del cielo están a disposición de los que
tratan de salvar a los perdidos. Los ángeles os
ayudarán a llegar hasta los más descuidados y
endurecidos. Y cuando uno se vuelve a Dios, se
alegra todo el cielo; los serafines y los
querubines tañen sus arpas de oro, y cantan
alabanzas a Dios y al Cordero por su misericordia
y bondad amante hacia los hijos de los hombres.
La
Rehabilitación del Hombre
Este tema está basado en S.
Lucas 15: 11-32
LAS parábolas de la oveja
perdida, de la moneda perdida y del hijo
pródigo, presentan en distintas formas el amor
compasivo de Dios hacia los que se descarriaron
de él. Aunque ellos se han alejado de Dios, él
no los abandona en su miseria. Está lleno de
bondad y tierna compasión hacia todos los que se
hallan expuestos a las tentaciones del astuto
enemigo.
En la parábola del hijo pródigo,
se presenta el proceder del Señor con aquellos
que conocieron una vez el amor del Padre, pero
que han permitido que el tentador los llevara
cautivos a su voluntad.
"Un hombre tenía dos hijos; y el
menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la
parte de la hacienda que me pertenece: y les
repartió la hacienda. Y no muchos días después,
juntándolo todo el hijo menor, partió lejos a
una provincia apartada".
Este hijo menor se había cansado
de la sujeción a que estaba sometido en la casa
de su padre. Le parecía que se le restringía su
libertad. Interpretaba mal el amor y cuidado que
le prodigaba su padre, y decidió seguir los
dictados de su propia inclinación.
El joven no reconoce ninguna
obligación hacia su padre, ni expresa gratitud;
no obstante reclama el privilegio de un hijo en
la participación de los bienes de su padre.
Desea recibir ahora la herencia que le
correspondería a la muerte de su padre. Está
empeñado en gozar del presente, y no se preocupa
de lo futuro.
Habiendo obtenido su patrimonio,
fue "a una provincia apartada", lejos de la casa
de su padre. Teniendo dinero en abundancia y
libertad para hacer lo que le place, se lisonjea
de haber logrado el deseo de su corazón. No hay
quien le diga: No hagas esto, porque será
perjudicial para ti; o: Haz esto porque es
recto. Las malas compañías le ayudan a hundirse
cada vez más profundamente en el pecado, y
desperdicia "su hacienda viviendo perdidamente".
La Biblia habla de hombres que
"diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos" (
Romanos 1: 22 ); y éste es el caso del joven de
la parábola. Despilfarra con rameras la riqueza
que egoístamente reclamó de su padre. Malgasta
el tesoro de su virilidad. Los preciosos años de
vida, la fuerza del intelecto, las brillantes
visiones de la juventud, las aspiraciones
espirituales, todos son consumidos en el altar
de la concupiscencia.
Sobreviene una gran hambre; él
comienza a sentir necesidad y se llega a uno de
los ciudadanos de aquel país, quien lo envía al
campo a apacentar cerdos. Para un judío ésta era
la más mezquina y degradante de las ocupaciones.
El joven que se había jactado de su libertad,
ahora se encuentra esclavo. Está sometido al
peor de los yugos: "Detenido... con las cuerdas
de su pecado" ( Provervios 5: 22 ). El esplendor
y el brillo que lo ofuscaron han desaparecido, y
siente el peso de su cadena. Sentado en el suelo
de aquella tierra desolada y azotada por el
hambre, sin otra compañía que los cerdos, se
resigna a saciarse con los desperdicios con que
se alimentan las bestias. No conserva la amistad
de ninguno de los alegres compañeros que lo
rodeaban en sus días de prosperidad y comían y
bebían a costa suya. ¿Dónde está ahora su gozo
desenfrenado? Tranquilizando su conciencia,
amodorrando su sensibilidad, se creyó feliz;
pero ahora, sin dinero, sufriendo de hambre, con
su orgullo humillado, con su naturaleza moral
empequeñecida, con su voluntad debilitada e
indigna de confianza, con sus mejores
sentimientos aparentemente muertos, es el más
desventurado de los mortales.
¡Qué cuadro se presenta aquí de
la condición del pecador! Aunque rodeado de las
bendiciones del amor divino, no hay nada que el
pecador, empeñado en la complacencia propia y
los placeres pecaminosos, desee tanto como la
separación de Dios. A semejanza del hijo
desagradecido, pretende que las cosas buenas de
Dios le pertenecen por derecho. Las recibe como
una cosa natural, sin expresar agradecimiento ni
prestar ningún servicio de amor. Así como Caín
salió de la presencia del Señor para buscarse
hogar; así como el pródigo vagó por "una
provincia apartada", así los pecadores buscan la
felicidad en el olvido de Dios ( Romanos 1: 28
).
Cualquiera sea su apariencia,
toda vida cuyo centro es el yo, se malgasta.
Quienquiera que intente vivir lejos de Dios,
está malgastando su sustancia, desperdiciando
los años mejores, las facultades de la mente, el
corazón y el alma, y labrando su propia
bancarrota para la eternidad. El hombre que se
separa de Dios para servirse a sí mismo, es
esclavo de Mammón. La gente que Dios creó para
asociarse con los ángeles, ha llegado a
degradarse en el servicio de lo terreno y
bestial. Este es el fin al cual conduce el
servicio del yo. Si habéis escogido una vida
tal, sabed que estáis gastando dinero en aquello
que no es pan, y trabajando por lo que no
satisface. Llegarán horas cuando os daréis
cuenta de vuestra degradación. Solos en la
provincia apartada, sentís vuestra miseria, y en
vuestra desesperación clamáis: "¡Miserable
hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de
esta muerte?" ( Romanos 7: 24 ). Las palabras
del profeta contienen la declaración de una
verdad universal cuando dice: "Maldito el hombre
que confía en el hombre, y pone carne por su
brazo y su corazón se aparta de Jehová. Pues
será como la retama en el desierto, y no verá
cuando viniere el bien; sino que morará en las
securas en el desierto, en tierra despoblada y
deshabitada" ( Jeremias 17: 5, 6 ). Dios "hace
que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve
sobre justos e injustos" ( S. Mateo 5: 45 );
pero los hombres poseen la facultad de privarse
del sol y la lluvia. Así, mientras brilla el Sol
de Justicia, y las lluvias de gracia caen
libremente para todos, podemos, separándonos de
Dios, morar "en las securas en el desierto".
El amor de Dios aún implora al
que ha escogido separarse de él, y pone en
acción influencias para traerlo de vuelta a la
casa del Padre. El hijo pródigo volvió en sí en
medio de su desgracia. Fue quebrantado el
engañoso poder que Satanás había ejercido sobre
él. Se dio cuenta de que su sufrimiento era la
consecuencia de su propia necedad, y dijo:
"¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre
tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de
hambre! Me levantaré, e iré a mi padre".
Desdichado como era, el pródigo halló esperanza
en la convicción del amor de su padre. Fue ese
amor el que lo atrajo hacia el hogar. Del mismo
modo, la seguridad del amor de Dios constriñe al
pecador a volverse a Dios. "Su benignidad te
guía a arrepentimiento" ( Romanos 2: 4 ). La
misericordia y compasión del amor divino, a
manera de una cadena de oro, rodea a cada alma
en peligro. El Señor declara: "Con amor eterno
te he amado; por tanto te soporté con
misericordia" ( Jeremias 31: 3 ).
El hijo se decide a confesar su
culpa. Irá al padre diciendo: "Padre, he pecado
contra el cielo, y contra ti; ya no soy digno de
ser llamado tu hijo". Pero agrega, mostrando
cuán mezquino es su concepto del amor de su
padre: "Hazme como a uno de tus jornaleros".
El joven se aparta de la piara y
los desperdicios, y se dirige hacia su hogar.
Temblando de debilidad, y desmayando de hambre,
prosigue ansiosamente su camino. No tiene con
qué ocultar sus harapos; pero su miseria ha
vencido a su orgullo, y se apresura para pedir
el lugar de un siervo donde una vez fuera hijo.
Poco se imaginaba el alegre e
irreflexivo joven, cuando salía de la casa de su
padre, el dolor y la ansiedad que dejaba en el
corazón de ese padre. Mientras bailaba y
banqueteaba con sus turbulentos compañeros, poco
pensaba en la sombra que se había extendido
sobre su casa. Y cuando con pasos cansados y
penosos toma el camino que lleva a su casa, no
sabe que hay uno que espera su regreso. Sin
embargo, "como aún estuviese lejos", su padre lo
distinguió. El amor percibe rápidamente. Ni aun
la degradación de los años de pecado puede
ocultar al hijo de los ojos de su padre. El "fue
movido a misericordia, y corrió, y echóse sobre
su cuello", en un largo, estrecho y tierno
abrazo.
El padre no había de permitir
que ningún ojo despreciativo se burlara de la
miseria y los harapos de su hijo. Saca de sus
propios hombros el amplio y rico manto y cubre
la forma exangüe de su hijo, y el joven solloza
arrepentido, diciendo: "Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser
llamado tu hijo". El padre lo retiene junto a
sí, y lo lleva a la casa. No se le da
oportunidad de pedir el lugar de un siervo. El
es un hijo, que será honrado con lo mejor de que
dispone la casa, y a quien los siervos y siervas
habrán de respetar y servir.
El padre dice a sus siervos:
"Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned
un anillo en su mano, y zapatos en sus pies. Y
traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y
hagamos fiesta: porque éste mi hijo muerto era,
y ha revivido; habíase perdido, y es hallado. Y
comenzaron a regocijarse".
En su juventud inquieta el hijo
pródigo juzgaba a su padre austero y severo.
¡Cuán diferente su concepto de él ahora! Del
mismo modo, los que siguieron a Satanás creen
que Dios es duro y exigente. Creen que los
observa para denunciarlos y condenarlos, y que
no está dispuesto a recibir al pecador mientras
tenga alguna excusa legal para no ayudarle.
Consideran su ley como una restricción a la
felicidad de los hombres, un yugo abrumador del
que se libran con alegría. Pero aquel cuyos ojos
han sido abiertos por el amor de Cristo,
contemplará a Dios como un ser compasivo. No
aparece como un ser tirano e implacable, sino
como un padre que anhela abrazar a su hijo
arrepentido. El pecador exclamará con el
salmista: "Como el padre se compadece de los
hijos, se compadece Jehová de los que le temen"
( Slamo 103: 13 ).
En la parábola no se vitupera al
pródigo ni se le echa en cara su mal proceder.
El hijo siente que el pasado es perdonado y
olvidado, borrado para siempre. Y así Dios dice
al pecador: "Yo deshice como a nube tus
rebeliones, y como a niebla tus pecados" (
Isaías 44: 22 ). "Perdonaré la maldad de ellos,
y no me acordaré más de su pecado" ( Jeremías
31: 34 ). "Deje el impío su camino, y el hombre
inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el
cual tendrá de él misericordia, y al Dios
nuestro, el cual será amplio en perdonar" (
Isaías 55: 7 ). "En aquellos días y en aquel
tiempo, dice Jehová, la maldad de Israel será
buscada, y no parecerá, y los pecados de Judá, y
no se hallarán" ( Jeremías 50: 20 ).
¡Qué seguridad se nos da aquí de
la buena voluntad de Dios para recibir al
pecador arrepentido! ¿Has escogido tú, lector,
tu propio camino? ¿Has vagado lejos de Dios?
¿Has procurado deleitarte con los frutos de la
transgresión, para hallar tan sólo que se
vuelven ceniza en tus labios? Y ahora,
desperdiciada tu hacienda, frustrados los planes
de tu vida, y muertas tus esperanzas, ¿te
sientes solo y abandonado? Hoy aquella voz que
hace tiempo ha estado hablando a tu corazón,
pero a la cual no querías escuchar, llega a ti
distinta y clara: "Levantaos, y andad, que no es
ésta la holganza; porque está contaminada,
corrompióse, y de grande corrupción" ( Miqueas
2: 10 ). Vuelve a la casa de tu Padre. El te
invita, diciendo: "Tórnate a mí, porque yo te
redimí" ( Isaías 44: 22 ).
No prestéis oído a la sugestión
del enemigo de permanecer lejos de Cristo hasta
que os hayáis hecho mejores; hasta que seáis
suficientemente buenos para ir a Dios. Si
esperáis hasta entonces, nunca iréis. Cuando
Satanás os señale vuestros vestidos sucios,
repetid la promesa de Jesús: "Al que a mí
vienes, no le echo fuera" ( S. Juan 6: 37 ).
Decid al enemigo que la sangre de Jesucristo
limpia de todo pecado. Haced vuestra la oración
de David: "Purifícame con hisopo, y seré limpio:
lávame, y seré emblanquecido más que la nieve" (
Salmo 51: 7 ).
Levantaos e id a vuestro Padre.
El os saldrá al encuentro muy lejos. Si dais,
arrepentidos, un solo paso hacia él, se
apresurará a rodearos con sus brazos de amor
infinito. Su oído está abierto al clamor del
alma contrita. El conoce el primer esfuerzo del
corazón para llegar a él. Nunca se ofrece una
oración, aun balbuceada, nunca se derrama un
lágrima, aun en secreto, nunca se acaricia un
deseo sincero, por débil que sea, de llegar a
Dios, sin que el Espíritu de Dios vaya a su
encuentro. Aun antes de que la oración sea
pronunciada, o el anhelo del corazón sea dado a
conocer, la gracia de Cristo sale al encuentro
de la gracia que está obrando en el alma humana.
Vuestro Padre celestial os
quitará los vestidos manchados por el pecado. En
la hermosa profecía parabólica de Zacarías, el
sumo sacerdote Josué, que estaba delante del
ángel del Señor vestido con vestimentas viles,
representa al pecador. Y el Señor dice: "Quitales
esas vestimentas viles. Y a él dijo: Mira que he
hecho pasar tu pecado de ti, y te hecho vestir
de ropas de gala... Y pusieron una mitra limpia
sobre su cabeza, y vistiéronle de ropas" (
Zacarías 3: 4, 5 ). Precisamente así os vestirá
Dios con "vestidos de salud", y os cubrirá con
el "manto de justicia". "Bien que fuisteis
echados entre los tiestos, seréis como las alas
de la paloma cubierta de plata, y sus plumas con
amarillez de oro" ( Isaías 61: 10; Salmo 68: 13
).
"El os llevará a su casa de
banquete, y su bandera que flameará sobre
vosotros será amor" ( Cantares 2: 4 ). "Si
anduvieres por mis caminos -declara él-, entre
éstos que aquí están te daré plaza" ( Zacarías
3: 7 ), aun entre los santos ángeles que rodean
su trono.
"Como el gozo del esposo con la
esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo". "El
salvará; gozaráse sobre ti con alegría, callará
de amor, se regocijará sobre ti con cantar" (
Isaías 62: 5; Sofonías 3: 17 ). Y el cielo y la
tierra se unirán en el canto de regocijo del
Padre: "Porque éste mi hijo muerto era, y ha
revivido; habíase perdido, y es hallado".
Hasta esta altura, en la
parábola del Salvador no hay ninguna nota
discordante que rompa la armonía de la escena de
gozo; pero ahora Cristo introduce otro elemento.
Cuando el pródigo vino al hogar, "su hijo el
mayor estaba en el campo; el cual como vino, y
llegó cerca de casa, oyó la sinfonía y las
danzas; y llamando a uno de los criados,
preguntóle qué era aquello. Y él le dijo: Tu
hermano ha venido; y tu padre ha muerto el
becerro grueso, por haberle recibido salvo.
Entonces se enojó, y no quería entrar". Este
hermano mayor no había compartido la ansiedad y
los desvelos de su padre por el que estaba
perdido. No participa, por lo tanto, del gozo
del padre por el regreso del extraviado. Los
cantos de regocijo no encienden ninguna alegría
en su corazón. Inquiere de uno de los siervos la
razón de la fiesta, y la respuesta excita sus
celos. No irá a dar la bienvenida a sus hermano
perdido. Considera como un insulto a su persona
el favor mostrado al pródigo.
Cuando el padre sale a
reconvenirlo, se revelan el orgullo y la
malignidad de su naturaleza. Presenta su propia
vida en la casa de sus padre como una rutina de
servicio no recompensado, y coloca entonces en
mezquino contraste el favor manifestado al hijo
recién llegado. Aclara el hecho de que su propio
servicio ha sido el de un siervo más bien que el
de un hijo. Cuando hubiera debido hallar gozo
perdurable en la presencia de su padre, su mente
descansaba en el provecho que provendría de su
vida prudente. Sus palabras revelan que por esto
él se ha privado de los placeres del pecado.
Ahora si este hermano ha de compartir los dones
de su padre, el hijo mayor se considera
agraviado. Envidia el favor mostrado a su
hermano. Demuestra claramente que si él hubiese
estado en lugar de su padre, no hubiera recibido
al pródigo. Ni aun lo reconoce como a un
hermano, sino que habla fríamente de él como "tu
hijo".
No obstante, el padre arguye
tiernamente con él. "Hijo -dice-, tú siempre
estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas". A
través de todos estos años de la vida perdida de
tu hermano, ¿no has tenido el privilegio de
gozar de mi compañía?
Todas las cosas que podían
contribuir a la felicidad de sus hijos estaban a
su entera disposición. El hijo no necesitaba
preocuparse de dones o recompensas. "Todas mis
cosas son tuyas". Necesitas solamente creer en
mi amor, y tomar los dones que se te otorgan
liberalmente.
Un hijo se había ido por algún
tiempo de la casa, no discerniendo el amor del
padre. Pero ahora ha vuelto, y una corriente de
gozo hace desaparecer todo pensamiento de
desasosiego. "Este tu hermano muerto era, y ha
revivido; habíase perdido, y es hallado".
¿Se logró que el hermano mayor
viera su propio espíritu vil y desagradecido?
¿Llegó a ver que aunque su hermano había obrado
perversamente, era todavía su hermano? ¿Se
arrepintió el hermano mayor de sus celos y de la
dureza de sus corazón? Concerniente a esto,
Cristo guardó silencio. Porque la parábola
todavía se estaba desarrollando, y a sus oyentes
les tocaba determinar cuál sería el resultado.
El hijo mayor representaba a los
impenitentes judíos del tiempo de Cristo, y
también a los fariseos de todas las épocas que
miran con desprecio a los que consideran como
publicanos y pecadores. Por cuanto ellos mismos
no han ido a los grandes excesos en el vicio,
están llenos de justicia propia. Cristo hizo
frente a esos hombre cavilosos en su propio
terreno. Como el hijo mayor de la parábola,
tenían privilegios especiales otorgados por
Dios. Decían ser hijos en la casa de Dios, pero
tenían el espíritu del mercenario. Trabajaban no
por amor, sino por la esperanza de la
recompensa. A su juicio, Dios era un patrón
exigente. Veían que Cristo invitaba a los
publicanos y pecadores a recibir libremente el
don de su gracia -el don que los rabino
esperaban conseguir sólo mediante obra laboriosa
y penitencia-, y se ofendían. El regreso del
pródigo, que llenaba de gozo el corazón del
Padre, solamente los incitaba a los celos.
La amonestación del padre de la
parábola al hijo mayor, era una tierna
exhortación del cielo a los fariseos. "Todas mis
cosas son tuyas", -no como pago, sino como don.
Como el pródigo, las podéis recibir solamente
como la dádiva inmerecida del amor del Padre.
La justificación propia no
solamente induce a los hombre a tener un falso
concepto de Dios, sino que también los hace
fríos de corazón y criticones para con sus
hermanos. El hijo mayor, en su egoísmo y celo,
estaba listo para vigilar a su hermano, para
criticar toda acción, y acusarlo por la menor
deficiencia. Estaba listo para descubrir cada
error, y agrandar todo mal acto. Así trataría de
justificara su propio espíritu no perdonador.
Muchos están haciendo lo mismo hoy día. Mientras
el alma está soportando sus primeras luchas
contra en diluvio de tentaciones, ellos se
mantienen porfiados, tercos, quejándose,
acusando. Pueden pretender ser hijos de Dios,
pero están manifestando el espíritu de Satanás.
Por su actitud hacia sus hermanos, estos
acusadores se colocan donde Dios no puede darles
la luz de su presencia.
Muchos se están preguntando
constantemente: "¿Con qué prevendré a Jehová, y
adoraré al alto Dios? ¿vendré ante él con
holocaustos, con becerros de un año? ¿Agradaráse
Jehová de millares de carneros, o de diez mil
arroyos de aceite?" Pero, "oh hombre, él te ha
declarado qué sea lo bueno, y qué pida de ti
Jehová: solamente hacer juicio, y amar
misericordia, y humillarte para andar con tu
Dios" ( Miqueas 6: 6-8 ).
Este es el servicio que Dios ha
escogido: "Desatar las ligaduras de impiedad,
deshacer los haces de opresión, y dejar ir
libres a los quebrantados, y que rompáis todo
yugo..., y no te escondas de tu carne" ( Isaías
58: 6, 7 ). Cuando comprendáis que sois
pecadores salvados solamente por el amor de
vuestro Padre celestial, sentiréis tierna
compasión por otros que están sufriendo en el
pecado. No afrontaréis más la miseria y el
arrepentimiento con celos y censuras. Cuando el
hielo del egoísmo de vuestros corazones se
derrita, estaréis en armonía con Dios, y
participaréis de su gozo por la salvación de los
perdidos.
Es cierto que pretendes ser hijo
de Dios, pero si esta pretensión es verdadera,
es "tu hermano" el que "muerto era, y ha
revivido; habíase perdido, y es hallado". Está
unido a ti por los vínculos más estrechos;
porque Dios lo reconoce como hijo. Si niegas tu
relación con él, demuestras que no eres sino
asalariado en la casa, y no hijo en la familia
de Dios.
Aunque no os unáis para dar la
bienvenida a los perdidos, el regocijo se
producirá, y el que haya sido restaurado tendrá
lugar junto al Padre y en la obra del Padre.
Aquel a quien se le perdona mucho, ama mucho.
Pero vosotros estaréis en las tinieblas de
afuera. Porque "el que no ama, no conoce a Dios;
porque Dios es amor" ( 1 S. Juan 4: 8 ).
Aliento en las Dificultades
Este Tema está basado en S.
Lucas 13: 1-9
CUANDO Cristo enseñaba, unía
la invitación misericordiosa a la amonestación
referente al juicio. "El Hijo del hombre
-dijo- no ha venido para perder las almas de
los hombres, sino para salvarlas". "No envió
Dios a su Hijo al mundo para que condene al
mundo, mas para que el mundo sea salvo por él"
( S. Lucas 9: 56; S. Juan 3: 17 ). Su misión
de misericordia, en relación con la justicia y
el juicio divinos, se ilustra en la parábola
de la higuera estéril.
Cristo había estado
amonestando a la gente acerca del advenimiento
del reino de Dios, y había reprendido
severamente su ignorancia e indiferencia.
Ellos estaban prontos para leer las señales
del cielo que predecían el estado del tiempo;
pero no discernían las señales de los tiempos,
que tan claramente indicaban su misión.
Pero los hombres estaban tan
listos entonces como lo están hoy a sacar la
conclusión de que ellos son los favoritos del
cielo, y que el mensaje de reprobación se
dirige a algún otro. Los oyentes le contaron a
Jesús acerca de un suceso que acababa de
causar gran excitación. Algunas de las medidas
de Poncio Pilato, el gobernador de Judea,
habían ofendido al pueblo. Había habido un
tumulto popular en Jerusalén, y Pilato había
tratado de reprimirlo por la violencia. En
cierta ocasión sus soldados habían hasta
invadido lo recintos del templo, y quitado la
vida a algunos peregrinos galileos en el mismo
acto de degollar sus sacrificios. Los judíos
consideraban la calamidad como un juicio que
venía a consecuencia del pecado del que lo
sufría, y aquellos que relataron este acto de
violencia, lo hicieron con secreta
satisfacción. A su parecer, su propia buena
fortuna comprobaba que ellos eran mucho
mejores, y por lo tanto, más favorecidos por
Dios que aquellos galileos. Esperaban oír de
Jesús palabras de condenación contra aquellos
hombres, que, a no dudarlo, harto merecían su
castigo.
Los discípulos de Cristo no se
aventuraron a expresar sus ideas hasta que
hubieron oído la opinión de su Maestro. El les
había dado lecciones definidas con respecto a
juzgar los caracteres de otros hombres, y
medir la retribución de acuerdo con su juicio
finito. Sin embargo, esperaban que Cristo
denunciase a esos hombres como más pecadores
que los demás. Grande fue su sorpresa al oír
la respuesta del Señor.
Volviéndose a la multitud, el
Salvador dijo: "¿Pensáis que estos galileos,
porque han padecido tales cosas, hayan sido
más pecadores que todos los galileos? No, os
digo; antes si no os arrepintierais, todos
pereceréis igualmente". Estas espantosas
calamidades tenían por objeto inducirles a
humillar sus corazones, y a arrepentirse de
sus pecados. La tormenta de la venganza se
preparaba, y estaba a punto de estallar sobre
todos los que no habían encontrado un refugio
en Cristo.
Mientras Jesús hablaba con sus
discípulos y con la multitud, miró hacia lo
futuro con mirada profética, y vio a Jerusalén
cercada de ejércitos. Oyó la marcha de los
extranjeros que avanzaban contra la ciudad
escogida, y vio los millares y más millares
que perecían en el sitio. Muchos de los judíos
fueron, a semejanza de aquellos galileos,
muertos en los atrios del templo en el mismo
acto de ofrecer sus sacrificios. Las
calamidades que habían caído sobre los
individuos eran amonestaciones de Dios
dirigidas a una nación igualmente culpable.
"Si no os arrepintierais - dijo Jesús-, todos
pereceréis igualmente". Por un corto tiempo,
el día de gracia se prolongaba para ellos.
Todavía era tiempo de conocer las cosas que
atañían a su paz.
"Tenía uno una higuera
plantada en su viña -continuó Jesús-, y vino a
buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al
viñero: He aquí tres años ha que vengo a
buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo:
córtala, ¿por qué ocupará aún la tierra?" ( S.
Lucas 9: 56; S. Juan 13: 17 ).
Los oyentes de Cristo no
podían interpretar mal la aplicación de sus
palabras. David había cantado acerca de Israel
como la viña sacada de Egipto. Isaías había
escrito: "La viña de Jehová de los ejércitos
es la casa de Israel, y los hombres de Judá
planta suya deleitosa." ( Isaías 5: 7 ). La
generación a la cual el Salvador había venido,
estaba representada por la higuera plantada en
la viña del Señor, que se hallaba dentro del
círculo de su cuidado y bendición especiales.
El propósito de Dios hacia su
pueblo, y las gloriosas posibilidades que se
abrían ante ellos, habían sido presentados en
las hermosas palabras siguientes: "Serán
llamados árboles de justicia, plantío de
Jehová, para gloria suyo" ( Isaías 61: 3 ). El
moribundo Jacob, bajo el Espíritu de la
inspiración, había dicho acerca de su más
amado hijo: "Ramo fructífero José, ramo
fructífero junto a fuente, cuyos vástagos se
extienden sobre el muro". Y dijo: el "Dios de
tu padre" "te ayudará", el Todopoderoso "te
bendecirá con bendiciones de los cielos de
arriba, con bendiciones del abismo que está
abajo" ( Génesis 49: 22, 25 ). Así Dios había
plantado a Israel como una hermosa viña junto
a las fuentes de la vida. Había colocado a su
viña "en un recuesto, lugar fértil. Habíala
cercado, y despedregádola, y plantádola de
vides escogidas" ( Isaías 5: 1, 2 ).
"Esperaba que llevase uvas, y
llevó uvas silvestres" ( Isaías 5: 2 ). La
gente que vivía en los días de Cristo hacía
mayor ostentación de piedad que la que hacían
los judíos de los primeros tiempos, pero
estaba todavía más destituida de las dulces
gracias del Espíritu de Dios. Los preciosos
frutos del carácter que hicieron tan fragante
y hermosa la vida de José, no se manifestaron
en la nación judía.
Dios en su Hijo había estado
buscando fruto y no la había encontrado.
Israel era un estorbo en la tierra. Su misma
existencia era una maldición; pues ocupaba en
la viña el lugar que podía haber servido para
un árbol fructífero. Despojaba al mundo de las
bendiciones que Dios se proponía darle. Los
israelitas habían representado mal a Dios
entre las naciones. No eran meramente
inútiles, sino un obstáculo decidido. En gran
medida su religión descarriaba a la gente, y
obraba la ruina en vez de la salvación.
En la parábola, el viñero no
pone objeción a la afirmación de que si el
árbol permanecía infructífero debía ser
cortado; pero conoce y comparte los intereses
del dueño en cuanto a aquel árbol estéril.
Nada podía darle mayor placer que verlo crecer
y fructificar. Responde al deseo del dueño
diciendo: "Déjala aún este año, hasta que la
excave y estercole. Y si hiciere fruto, bien".
El viñero no rehusa trabajar
por una planta tan poco promisoria. Está listo
a prodigarle más cuidado aún. Hará más
favorable su ambiente y le prodigará la máxima
atención.
El dueño y el viñero son uno
en su interés por la higuera. Así el Padre y
el Hijo eran uno en su amor por el pueblo
escogido. Cristo estaba diciendo a sus oyentes
que se les concederían mayores oportunidades.
Todo medio que el amor de Dios pudiese idear,
sería puesto en práctica a fin de que ellos
llegasen a ser árboles de justicia, que
produjeran fruto para la bendición del mundo.
Jesús no habló en la parábola
acerca del resultado de la obra del viñero. Su
parábola terminó en ese punto. El desenlace
dependía de la generación que había oído sus
palabras. A los hombres de esa generación se
les dio la solemne amonestación: "Si no, la
cortarás después". De ellos dependía el que
las palabras irrevocables fuesen pronunciadas.
El día de la ira estaba
cercano. Con las calamidades que ya habían
caído sobre Israel, el dueño de la viña los
había amonestado misericordiosamente acerca de
la destrucción del árbol infructífero.
La amonestación resuena a
través del tiempo hasta esta generación. ¿Eres
tú, oh corazón descuidado, un árbol
infructífero en la viña del Señor? ¿Se dirán
respecto a ti antes de mucho las palabras de
juicio? ¿Por cuánto tiempo has recibido sus
dones? ¿Por cuánto tiempo ha velado y esperado
él una retribución de amor? Plantado en su
viña, bajo el cuidado especial del jardinero,
¡qué privilegios son los tuyos! ¡Cuán a menudo
ha conmovido tu corazón el tierno mensaje del
Evangelio! Has tomado el nombre de Cristo; en
lo exterior eres un miembro de la iglesia, que
es su cuerpo, y sin embargo eres consciente de
que no tienes ninguna conexión vital con el
gran corazón de amor. La corriente de su vida
no fluye a través de ti. Las dulces gracias de
su carácter, "los frutos del Espíritu", no se
ven en tu vida.
El árbol infructífero recibe
la lluvia, la luz del sol y el cuidado del
jardinero. Obtiene alimento de la tierra. Pero
sus ramas improductivas solamente oscurecen el
terreno, de manera que las plantas fructíferas
no pueden crecer bajo su sombra. Así los dones
de Dios, que te fueron prodigados, no reportan
bendición para el mundo. Estás despojando a
otros de los privilegios que, si no fuera por
ti, serían suyos.
Comprendes, aunque sea sólo
oscuramente, que eres un estorbo en el
terreno. Sin embargo, en su gran misericordia,
Dios no te ha cortado. No te considera con
frialdad. No se vuelve con indiferencia, ni te
abandona a la destrucción. Al mirar sobre ti,
clama, como clamó hace tantos siglos con
respecto a Israel: "¿Cómo tengo de dejarte, oh
Efraim? ¿he de entregarte yo, Israel?... No
ejecutaré el furor de mi ira, no volveré para
destruir a Efraim: porque Dios soy, y no
hombre" ( Oseas 11: 8, 9 ). El piadoso
Salvador dice con respecto a ti: Déjalo este
año, hasta que yo excave alrededor de él, y lo
cultive.
Con qué incansable amor Cristo
ministró a Israel durante el período adicional
de gracia. Sobre la cruz él oró: "Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen" ( S.
Lucas 23: 34 ). Después de su ascensión, el
Evangelio fue predicado primero en Jerusalén.
Allí fue derramado el Espíritu Santo. Allí la
primera iglesia evangélica reveló el poder del
Salvador resucitado. Allí Esteban -"su rostro
como el rostro de un ángel" ( Hechos 6: 15 )-
presentó su testimonio y depuso su vida. Todo
lo que los cielos mismos podían conceder lo
concedieron. "¿Qué más se había de hacer a mi
viña -dijo Cristo- que yo no haya hecho en
ella?" ( Isaías 5: 4 ). Así su cuidado y
trabajo por ti no son disminuidos sino
aumentados. Todavía él dice: "Yo Jehová la
guardo, cada momento la regaré; guardaréla de
noche y de día, porque nadie la visite" (
Isaías 27: 3 ).
"Si hiciere fruto, bien; y si
no, la cortarás después".
El corazón que no responde a
los agentes divinos, llega a endurecerse hasta
que no es más susceptible a la influencia del
Espíritu Santo. Es entonces cuando se
pronuncia la palabra: "Córtala, ¿por qué
ocupará aún la tierra?"
Hoy él te invita:
"Conviértete, oh Israel, a Jehová tu Dios...
Yo medicinaré tu rebelión, amarélos de
voluntad... Yo seré a Israel como rocío; él
florecerá como lirio, y extenderá sus raíces
como el Líbano... Volverán, y se sentarán bajo
de su sombra: serán vivificados como trigo, y
florecerán como la vid... De mí será hallado
tu fruto" ( Oseas 14: 1-8 ).
Una
Generosa Invitación
Este Tema está basado en S. Lucas 14: 1,
12-24
EL SALVADOR era huésped en
la fiesta de un fariseo. El aceptaba las
invitaciones tanto de los ricos como de los
pobres, y, según su costumbre, vinculaba la
escena que tenía delante con lecciones de
verdad. Entre los judíos las fiestas
sagradas se relacionaban con todas sus
épocas de regocijo nacional y religioso.
Eran para ellos un tipo de las bendiciones
de la vida eterna. La gran fiesta en la cual
habían de sentarse junto con Abrahán, Isaac
y Jacob, mientras los gentiles estuviesen
fuera mirando con ojos anhelantes, era un
tema en el cual les gustaba espaciarse. La
lección de amonestación e instrucción que
Cristo quería dar, la ilustró en esta
ocasión mediante la parábola de la gran
cena. Los judíos pensaban reservarse
exclusivamente para sí las bendiciones de
Dios, tanto las que se referían a la vida
presente como las que se relacionaban con la
futura. Negaban la misericordia de Dios a
los gentiles. Por la parábola, Cristo les
demostró que ellos estaban al mismo tiempo
rechazando la invitación misericordiosa, el
llamamiento al reino de Dios. Les mostró que
la invitación que habían desatendido debía
ser enviada a aquellos a quienes habían
despreciado, aquellos de los cuales habían
apartado sus vestiduras, como si se tratara
de leprosos que debían ser rehuidos.
Al escoger los huéspedes
para su fiesta, el fariseo había consultado
sus propios intereses egoístas. Cristo le
dijo: "Cuando haces comida o cena, no llames
a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus
parientes, ni a vecinos ricos; por que
también ellos no te vuelvan a convidar, y te
sea hecha compensación. Mas cuando haces
banquete, llama a los pobres, los mancos,
los cojos, los ciegos; y serás
bienaventurado; porque no te pueden
retribuir; mas te será recompensado en la
resurrección de los justos".
Cristo estaba aquí
repitiendo la instrucción que había dado a
Israel por medio de Moisés. Dios los había
instruido con respecto a sus fiestas
sagradas: "El extranjero, y el huérfano, y
la viuda, que hubiera en tus poblaciones...
comerán y serán saciados" ( Deuteronomio 14:
29 ). Estas reuniones habían de ser como
lecciones objetivas para Israel. Después de
habérseles enseñado en esta forma el gozo de
la hospitalidad verdadera, durante el año
habían de cuidar de los necesitados y los
pobres. Y estas fiestas tenían una lección
más amplia. Las bendiciones espirituales
dadas a Israel no eran solamente para los
israelitas. Dios les había concedido el pan
de vida para que lo repartieran al mundo.
Ellos no habían cumplido esa
obra. Las palabras de Cristo eran un
reproche para su egoísmo. Estas palabras
eran desagradables para los fariseos.
Esperando encauzar la conversación por otro
curso, uno de ellos, con aire de santurrón,
exclamó: "Bienaventurado el que comerá pan
en el reino de los cielos". Este hombre
hablaba con gran seguridad, como si él mismo
tuviera la certeza de poseer un lugar en el
reino. Su actitud era similar a la de
aquellos que se regocijan porque son salvos
por Cristo, cuando no cumplen con las
condiciones en virtud de las cuales se
promete la salvación. El espíritu que lo
animaba se asemejaba al de Balaam cuando
oró: "Muera mi persona de la muerte de los
rectos, y mi postrimería sea como la suya" (
Números 23: 10 ). El fariseo no estaba
pensando en su propia preparación para el
cielo: tan sólo en lo que esperaba gozar
allí. Su observación tenía por propósito
desviar la mente de los huéspedes del tema
de su deber práctico. Pensó hacerlos pasar
de la vida actual al tiempo remoto de la
resurrección de los justos.
Cristo leyó el corazón del
hipócrita y, manteniendo sobre él sus ojos,
descubrió ante el grupo el carácter y el
valor de sus privilegios actuales. Les
mostró que tenían una parte que hacer en ese
mismo tiempo para poder participar de la
bienaventuranza futura.
"Un hombre -dijo- hizo una
grande cena, y convidó a muchos". Cuando
llegó el tiempo de la fiesta, el amo envió a
sus siervos a casa de los huéspedes a
quienes esperaba, con un segundo mensaje:
"Venid, que ya está todo aparejado". Pero
mostraron una extraña indiferencia. "Y
comenzaron todos a una a excusarse. El
primero le dijo: He comprado una hacienda, y
necesito salir y verla; te ruego que me des
por excusado. Y el otro le dijo: He comprado
cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos,
ruégote que me des por excusado. Y el otro
dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo
ir".
Ninguna de las excusas se
fundaba en una necesidad real. El hombre que
necesitaba salir y ver la hacienda, ya la
había comprado. Su prisa por ir a verla se
debía a que su interés estaba concentrado en
la compra efectuada. Los bueyes también
habían sido comprados. Y probarlos tenía por
fin sólo satisfacer el interés del
comprador. La tercera excusa no tenía más
semejanza de razón. El hecho de que el
huésped se hubiera casado no necesitaba
impedir su presencia en la fiesta. Su esposa
también habría sido bienvenida. Pero tenía
sus propios proyectos de placer, y éstos le
parecían más deseables que la fiesta a la
cual había prometido asistir. Había
aprendido a hallar placer en la compañía de
otras personas fuera del anfitrión. No pidió
que se le diera por excusado, y ni siquiera
hizo una tentativa de ser cortés en su
rechazamiento. El "No puedo ir" era
solamente un velo que cubría el "No quiero
ir".
Todas las excusas revelaban
una mente preocupada. Estos huéspedes en
perspectiva habían legado a estar
completamente absortos en otros intereses.
La invitación que se habían comprometido a
aceptar fue puesta a un lado, y el amigo
generoso quedó insultado por la indiferencia
de ellos.
Por medio de la gran cena,
Cristo presenta los privilegios ofrecidos
mediante el Evangelio. La provisión consiste
nada menos que en Cristo mismo. El es el pan
que desciende del cielo; y de él surgen
raudales de salvación. Los mensajeros del
Señor habían proclamado a los judíos el
advenimiento del Salvador. Habían señalado a
Cristo como "el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo" ( S. Juan 1. 29 ). En la
fiesta que había aparejado, Dios les ofreció
el mayor don que los cielos podían conceder,
un don que sobrepujaba todo cómputo. El amor
de Dios había provisto el costoso banquete,
y había ofrecido recursos inagotables. "Si
alguno comiere de este pan -dijo Cristo-,
vivirá para siempre" ( S. Juan 6: 51 ).
Pero para aceptar la
invitación a la fiesta del Evangelio, debían
subordinar sus intereses mundanos al único
propósito de recibir a Cristo y su justicia.
Dios lo dio todo por el hombre, y le pide
que coloque el servicio del Señor por encima
de toda consideración terrenal y egoísta. No
puede aceptar un corazón dividido. El
corazón que se halla absorto en los afectos
terrenales no puede rendirse a Dios.
La lección es para todos los
tiempos. Hemos de seguir al Cordero de Dios
dondequiera que vaya. Ha de escogerse su
dirección y avaluarse su compañía por sobre
toda compañía de amigos mundanos. Cristo
dice: "El que ama padre o madre más que a
mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o
hija más que a mí, no es digno de mí" ( S.
Mateo 10: 37 ).
Alrededor de la mesa
familiar, mientras partían el pan de todos
los días, muchos repetían en los días de
Cristo: "Bienaventurado el que comerá pan en
el reino de los cielos". Pero Cristo mostró
cuán difícil es encontrar huéspedes para la
mesa preparada a un costo infinito. Aquellos
que lo escuchaban sabían que habían
despreciado la invitación de la
misericordia. Para ellos las posesiones
mundanas, las riquezas, los placeres, eran
cosas que absorbían todo su interés. A una
se habían excusado todos.
Tal ocurre en nuestros días.
Las excusas presentadas para rechazar la
invitación a la fiesta abarcan todas las que
hoy se dan para rechazar la invitación del
Evangelio. Los hombres declaran que no
pueden poner en peligro sus perspectivas
mundanas atendiendo las exigencias del
Evangelio. Consideran sus intereses
temporales de más valor que las cosas de la
eternidad. Las mismas bendiciones que han
recibido de Dios llegan a ser una barrera
que separa sus almas de su Creador y
Redentor. No quieren ser interrumpidos en
sus afanes mundanos, y dicen al mensajero de
misericordia: "Ahora vete; mas en teniendo
oportunidad te llamaré" ( Hechos 24: 25 ).
Otros presentan las dificultades que podrían
levantarse en sus relaciones sociales si
obedecieran el llamamiento de Dios. Dicen
que no pueden estar en desacuerdo con sus
parientes y conocidos. De esta forma llegan
a ser los mismos actores descritos en la
parábola. El Señor de la fiesta considera
que sus débiles excusas demuestran desprecio
por su invitación.
El hombre que dijo: "Acabo
de casarme, y por lo tanto no puedo ir",
representa una clase numerosa de personas.
Hay muchos que permiten que sus esposas o
esposos les impidan escuchar el llamamiento
de Dios. El esposo dice: "No puedo obedecer
mis convicciones en cuanto a mi deber
mientras mi esposa se oponga a ello. Su
influencia haría excesivamente difícil para
mí la obediencia". La esposa escucha el
llamamiento de gracia: "Venid, que ya está
todo aparejado", y dice: " 'Te ruego que me
des por excusado'. Mi esposo rechaza la
invitación misericordiosa. El dice que sus
negocios le impiden aceptarla. Debo
acompañar a mi esposo, y por lo tanto no
puedo asistir". El corazón de los hijos
queda impresionado. Desean ir a la fiesta.
Pero aman a su padre y a su madre, y porque
éstos no escuchan el llamamiento evangélico,
los hijos piensan que no puede esperarse que
ellos vayan. Ellos también dicen: "Ruégote
que me des por excusado".
Todos éstos rechazan el
llamado del Salvador porque temen la
división en el círculo de la familia.
Suponen que al rehusar obedecer a Dios
aseguran la paz y la prosperidad del hogar;
pero esto es un engaño. Aquellos que
siembran egoísmo segarán egoísmo. Al
rechazar el amor de Cristo rechazan lo único
que puede impartir pureza y firmeza al amor
humano. No solamente perderán el cielo, sino
que dejarán de disfrutar verdaderamente de
aquello por lo cual sacrificaron el cielo.
En la parábola, el que daba
la fiesta notó cómo había sido tratada su
invitación, y "enojado... dijo a su siervo:
Ve presto por las plazas y por las calles de
la ciudad, y mete acá los pobres, los
mancos, y cojos, y ciegos".
El hospedero se apartó de
aquellos que habían despreciado su
generosidad, e invitó a una clase que no era
perfecta, que no poseía casas o terrenos.
Invitó a los que eran pobres y hambrientos,
y que apreciarían las bondades provistas.
"Los publicanos y las rameras -dijo Cristo-
os van delante al reino de Dios" ( S. Mateo
21: 31 ). Por viles que sean los especímenes
humanos que los hombres desprecian y apartan
de sí, no son demasiado degradados,
demasiado miserables para ser objeto de la
atención y el amor de Dios. Cristo anhela
que los seres humanos trabajados, cansados y
oprimidos vengan a él. Ansía darles la luz,
el gozo y la paz que no pueden encontrarse
en ninguna otra parte. Los mayores pecadores
son el objeto de su amor y piedad profundos
y fervorosos. El envía su Espíritu Santo
para obrar en ellos instándoles con ternura
y tratando de guiarlos al Salvador.
El siervo que hizo entrar a
los pobres y los ciegos informó a su señor:
"Hecho es como mandaste, y aun hay lugar. Y
dijo el Señor al siervo: Ve por los caminos
y por los vallados, y fuérzalos a entrar,
para que se llene mi casa". Aquí Cristo
señala la obra del Evangelio fuera del
círculo del judaísmo, en los caminos y
vallados del mundo.
En obediencia a este
mandamiento, Pablo y Bernabé declararon a
los judíos: "A vosotros a la verdad era
menester que se os hablase la palabra de
Dios; mas pues que la desecháis, y os
juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí,
nos volvemos a los gentiles. Porque así nos
ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto
para luz de los gentiles, para que seas
salud hasta lo postrero de la tierra. Y los
gentiles oyendo esto, fueron gozosos, y
glorificaban la palabra del Señor: y
creyeron todos los que estaban ordenados
para la vida eterna" ( Hechos 13: 46-48 ).
El mensaje evangélico
proclamado por los discípulos de Cristo fue
el anuncio de su primer advenimiento al
mundo. Llevó a los hombres las buenas nuevas
de la salvación por medio de la fe en él.
Señalaba hacia su segundo advenimiento en
gloria para redimir a su pueblo, y colocaba
ante los hombres la esperanza, por medio de
la fe y la obediencia, de compartir la
herencia de los santos en luz. Este mensaje
se da a los hombres hoy en día, y en esta
época va unido con el anuncio de que la
segunda venida de Cristo es inminente. Las
señales que él mismo dio de su aparición se
han cumplido, y por la enseñanza de la
Palabra de Dios, podemos saber que el Señor
está a las puertas.
Juan en el Apocalipsis
predice la proclamación del mensaje
evangélico precisamente antes de la segunda
venida de Cristo. El contempla a un "ángel
volar por en medio del cielo, que tenía el
Evangelio eterno para predicarlo a todos los
que moran en la tierra, y a toda nación y
tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta
voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la
hora de su juicio es venida" ( Apocalipsis
14: 6, 7 ).
En la profecía, esta
amonestación referente al juicio, con los
mensajes que con ella se relacionan, es
seguida por la venida del Hijo del hombre en
las nubes de los cielos. La proclamación del
juicio es el anuncio de que la segunda
aparición del Salvador está por acaecer. Y a
esta proclamación se denomina el Evangelio
eterno. Así se ve que la predicación de la
segunda venida de Cristo, el anuncio de su
cercanía, es una parte esencial del mensaje
evangélico.
La Biblia declara que en los
últimos días los hombres se hallarían
absortos en las ocupaciones mundanas, en los
placeres y en la adquisición de dinero.
Serían ciegos a las realidades eternas.
Cristo dice: "Como los días de Noé, así será
la venida del Hijo del hombre. Porque como
en los días antes del diluvio estaban
comiendo y bebiendo, casándose y dando en
casamiento, hasta el día en que Noé entró en
el arca, y no conocieron hasta que vino el
diluvio y llevó a todos, así será también la
venida del Hijo del hombre" ( S. Mateo 24:
37-39 ).
Tal ocurre en nuestros días.
Los hombres se afanan en obtener ganancias y
en la complacencia egoísta, como si no
hubiera Dios, ni cielo, ni más allá. En los
días de Noé la amonestación referente al
diluvio fue enviada para despertar a los
hombres en medio de su impiedad y llamarlos
al arrepentimiento. Así el mensaje de la
segunda venida de Cristo tiene por objeto
arrancar a los hombres de su interés
absorbente en las cosas mundanas. Está
destinado a despertarlos al sentido de las
realidades eternas, a fin de que den oídos a
la invitación que se les hace para ir a la
mesa del Señor.
La invitación del Evangelio
ha de ser dada a todo el mundo, "a toda
nación y tribu y lengua y pueblo" (
Apocalipsis 14: 6 ). El último mensaje de
amonestación y misericordia ha de iluminar
el mundo entero con su gloria. Ha de llegar
a toda clase de personas, ricas y pobres,
encumbradas y humildes. "Ve por los caminos
y por los vallados -dice Cristo-, y
fuérzalos a entrar, para que se llene mi
casa".
El mundo está pereciendo por
falta del Evangelio. Hay hambre de la
Palabra de Dios. Hay pocos que predican esa
Palabra sin mezclarla con la tradición
humana. Aunque los hombres tienen la Biblia
en sus manos, no reciben las bendiciones que
Dios ha colocado en ella para los que la
estudian. El Señor invita a sus siervos a
llevar su mensaje a la gente. La Palabra de
vida eterna debe ser dada a aquellos que
están pereciendo en sus pecados.
En el mandato de ir por los
caminos y por los vallados, Cristo
especifica la obra de todos aquellos a
quienes él llama para que ministren en su
nombre. El mundo entero constituye el campo
de los ministros de Cristo. Su congregación
comprende toda la familia humana. El Señor
desea que su palabra de gracia penetre en
toda alma.
En gran medida esto debe
realizarse mediante un trabajo personal.
Este fue el método de Cristo. Su obra se
realizaba mayormente por medio de
entrevistas personales. Dispensaba una fiel
consideración al auditorio de tina sola
alma. Por medio de esa sola alma a menudo el
mensaje se extendía a millares.
No hemos de esperar que las
almas vengan a nosotros; debemos buscarlas
donde estén. Cuando la palabra ha sido
predicada en el púlpito, la obra sólo ha
comenzado. Hay multitudes que nunca
recibirán el Evangelio a menos que éste les
sea llevado.
La invitación a la fiesta
fue primeramente dada a la nación judía, el
pueblo que había sido llamado para que sus
miembros actuaran como maestros y directores
entre los hombres, el pueblo en cuyas manos
se hallaban los rollos proféticos que
anunciaban el advenimiento de Cristo, y al
cual había sido encomendado el servicio
simbólico que representaba su misión. Si los
sacerdotes y el pueblo hubieran escuchado el
llamamiento, se habrían unido con los
mensajeros de Cristo para dar la invitación
evangélica al mundo. Se les envió la verdad
a fin de que la impartieran. Cuando
rechazaron el llamamiento, éste fue enviado
a los pobres, los mancos, los cojos y los
ciegos. Los publicanos y los pecadores
recibieron la invitación. En la proclamación
del Evangelio a los gentiles, existe el
mismo plan de trabajo. El mensaje se da
primero en "los caminos" [caminos reales], a
los hombres que tienen una parte activa en
la obra del mundo, a los maestros y
dirigentes del pueblo.
Recuerden esto los
mensajeros del Señor. Los pastores del
rebaño, los maestros colocados por Dios,
deben tener muy en cuenta esta amonestación.
Aquellos que pertenecen a las altas esferas
de la sociedad han de ser buscados con
tierno afecto y consideración fraternal. Los
hombres de negocios, los que se hallan en
elevados puestos de confianza, los que
poseen grandes facultades inventivas y
discernimiento científico, los hombres de
genio, los maestros del Evangelio cuya
atención no ha sido llamada a las verdades
especiales para este tiempo: éstos deben ser
los primeros en escuchar el llamamiento. A
ellos se les debe dar la invitación.
Hay una obra que hacer en
favor de los ricos. Ellos necesitan ser
despertados a su responsabilidad como
personas a quienes se han encomendado los
dones del cielo. Necesitan que se les
recuerde que han de dar cuenta ante Aquel
que juzgará a los vivos y los muertos. El
hombre rico ha menester que se trabaje por
él con el amor y el temor de Dios. Demasiado
a menudo confía en sus riquezas y no siente
su peligro. Los ojos de su mente necesitan
ser atraídos a las cosas de valor
perdurable. Debe reconocer la Autoridad
llena de verdadera bondad, que dice: "Venid
a mí todos los que estáis trabajados y
cargados. que yo os haré descansar. Llevad
mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón, y
hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga"
( S. Mateo 11: 28-30 ).
Rara vez se dirige alguien
personalmente a los que son encumbrados en
el mundo en virtud de su educación, su
riqueza o vocación, para hablarles respecto
a los intereses del alma. Muchos obreros
cristianos vacilan en aproximarse a estas
clases. Pero esto no debe ocurrir. Si un
hombre se estuviera ahogando, no
permaneceríamos sentados mirándolo perecer
porque fuera un abogado, un comerciante o un
juez. Si viésemos a algunas personas a punto
de lanzarse a un precipicio, no vacilaríamos
en instarlas a volver atrás, cualquiera
fuera su posición u ocupación. Tampoco
debemos vacilar en amonestar a los hombres
con respecto al peligro del alma.
Nadie debe ser descuidado a
causa de su aparente devoción a las cosas
mundanas. Muchos de los que ocupan altos
puestos sociales tienen el corazón apenado y
enfermo de vanidad. Anhelan una paz que no
tienen. En las esferas más elevadas de la
sociedad hay quienes tienen hambre y sed de
salvación. Muchos recibirían ayuda si los
obreros del Señor se acercaran a ellos
personalmente, con maneras amables y corazón
enternecido por el amor de Cristo.
El éxito en la proclamación
del mensaje evangélico no depende de sabios
discursos, testimonios elocuentes o
profundos argumentos. Depende de la
sencillez del mensaje y de su adaptación a
las almas que tienen hambre del pan de vida.
"¿Qué haré para ser salvo?" Este es el
anhelo del alma.
Millares de personas pueden
ser alcanzadas en la forma más sencilla y
humilde. Los más intelectuales, aquellos que
son considerados como los hombres y las
mujeres mejor dotados del mundo, son
frecuentemente refrigerados por las palabras
sencillas de alguien que ama a Dios, y que
puede hablar de ese amor tan naturalmente
como los mundanos hablan de las cosas que
más profundamente les interesan.
A menudo las palabras bien
preparadas y estudiadas no tienen sino poca
influencia. Pero las palabras llenas de
verdad y sinceridad con que se expresa un
hijo o una hija de Dios, habladas con
sencillez natural, tienen poder para
desatrancar la puerta de los corazones que
por largo tiempo ha estado cerrada contra
Cristo y su amor.
Recuerde el obrero de Cristo
que no ha de trabajar con su propia fuerza.
Eche mano del trono de Dios con fe en su
poder para salvar. Luche con Dios en oración
y trabaje entonces con todas las facilidades
que Dios le ha dado. Se le provee el
Espíritu Santo como su eficiencia. Los
ángeles ministradores estarán a su lado para
impresionar los corazones.
Si los dirigentes y maestros
de Jerusalén hubieran recibido la verdad que
Cristo les trajo, ¡qué centro misionero
hubiera sido su ciudad! El apóstata Israel
se hubiera convertido. Se habría reunido un
gran ejército para el Señor. Y cuán
rápidamente hubieran llevado ellos el
Evangelio a todas partes del mundo. Así
también ahora, si los hombres de influencia
y gran capacidad para ser útiles fuesen
ganados para Cristo, qué obra podría hacerse
entonces por su medio para elevar a los
caídos, recoger a los perdidos y extender
remota y ampliamente las nuevas de la
salvación. Podría darse rápidamente la
invitación, y reunirse los huéspedes a la
mesa del Señor.
Pero no hemos de pensar
solamente en los grandes y talentosos, para
descuidar a las clases pobres. Cristo ordenó
a sus mensajeros que fueran también a los
que estaban en los caminos y vallados, a los
pobres y humildes de la tierra. En las
plazoletas y callejuelas de las grandes
ciudades, en los solitarios caminos de la
campaña, hay familias e individuos -quizá
extranjeros en tierra extraña-, que no
pertenecen a ninguna iglesia, y que, en su
soledad, llegan a sentir que Dios se ha
olvidado de ellos. No saben lo que deben
hacer para salvarse. Muchos están sumidos en
el pecado. Muchos están angustiados. Están
oprimidos por el sufrimiento, la necesidad,
la incredulidad y el desaliento. Se hallan
afligidos por enfermedades de toda clase,
tanto del cuerpo como del alma. Anhelan
hallar solaz para sus penas, y Satanás los
tienta a buscarlo en las concupiscencias y
placeres que conducen a la ruina y la
muerte. Les ofrece las manzanas de Sodoma,
que se tornarán ceniza en sus labios. Están
gastando su dinero en lo que no es pan, y su
trabajo en lo que no satisface.
En estos dolientes hemos de
ver a aquellos a quienes Cristo vino a
salvar. Su invitación a ellos es: "A todos
los sedientos: Venid a las aguas; y los que
no tienen dinero, venid, comprad, y comed.
Venid, comprad, sin dinero y sin precio,
vino y leche... Oídme atentamente y comed
del bien, y deleitaráse vuestra alma con
grosura. Inclinad vuestros oídos, y venid a
mí; oíd, y vivirá vuestra alma" ( Isaías 55:
1-3 ).
Dios nos ha dado la orden
especial de considerar al extranjero, al
perdido, y a las pobres almas débiles en
poder moral. Muchos que parecen enteramente
indiferentes a las cosas religiosas anhelan
de corazón descanso y paz, Aunque hayan
caído en las mismas profundidades del
pecado, hay posibilidades de salvarlos.
Los siervos de Cristo han de
seguir su ejemplo. Cuando él iba de lugar en
lugar, confortaba a los dolientes y sanaba a
los enfermos. Luego les exponía las grandes
verdades referentes a su reino. Esta es la
obra de sus seguidores. Mientras aliviéis
los sufrimientos del cuerpo, hallaréis
maneras de ministrar a las necesidades del
alma. Podéis señalar al Salvador levantado
en alto, y hablarles del amor del gran
Médico, que es el único que tiene poder para
restaurar.
Decid a los pobres
desalentados que se han descarriado, que no
necesitan desesperar. Aunque han errado, y
no han edificado un carácter recto, Dios
puede devolverles el gozo, aun el gozo de su
salvación. Se deleita en tomar material
aparentemente sin esperanza, aquellos por
quienes Satanás ha obrado, y hacerlos objeto
de su gracia. Se goza en librarlos de la ira
que está por caer sobre los desobedientes.
Decidles que hay sanidad, limpieza para cada
alma. Hay lugar para ellos en la mesa del
Señor. El está esperando extenderles la
bienvenida.
Los que vayan por los
caminos y vallados encontrarán a otros de
carácter muy distinto, que necesitan su
ayuda. Hay quienes están viviendo a la
altura de todo el conocimiento que tienen, y
sirviendo a Dios lo mejor que saben. Pero
comprenden que debe hacerse una gran obra en
favor de ellos mismos y de los que los
rodean. Anhelan mayor conocimiento de Dios,
pero han comenzado a ver sólo la vislumbre
de mayor luz. Están orando con lágrimas que
Dios les envíe la bendición que por la fe
disciernen a gran distancia. En medio de la
maldad de las grandes ciudades puede
hallarse a muchas de estas almas. Muchas de
ellas están en circunstancias muy humildes,
y por esto el mundo no las conoce. Hay
muchos de quienes los ministros e iglesias
nada saben. Pero en lugares humildes y
miserables ellos son testigos del Señor.
Pueden haber tenido poca luz, y pocas
oportunidades para el desarrollo cristiano;
pero en medio de la desnudez, el hambre y el
frío están tratando de ayudar a otros.
Busquen los mayordomos de la múltiple gracia
de Dios a estas almas, visítenlas en sus
hogares, y por el poder del Espíritu Santo
atiendan sus necesidades. Estudien la Biblia
con ellas y oren con ellas, con la sencillez
que el Espíritu Santo les inspire. Cristo
dará a sus siervos un mensaje que será como
pan del cielo para el alma. Las preciosas
bendiciones serán llevadas de corazón a
corazón, de familia a familia.
La orden dada en la
parábola: "Fuérzalos a entrar", ha sido a
menudo mal interpretada. Se ha considerado
que enseña que debemos forzar a los hombres
a aceptar el Evangelio. Pero denota más bien
la urgencia de la invitación, la eficacia de
los alicientes presentados. El Evangelio
nunca emplea la fuerza para llevar los
hombres a Cristo. Su mensaje es: "A todos
los sedientos: Venid a las aguas". "Y el
Espíritu y la Esposa dicen: Ven... Y el que
quiere, tome del agua de la vida de balde" (
Iaías 55: 1; Apocalipsis 22: 17 ). El poder
del amor y la gracia de Dios nos constriñen
a venir.
El Salvador dice: "He aquí,
yo estoy a la puerta y llamo: si alguno
oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a
él, y cenaré con él y él conmigo" (
Apocalipsis 3: 20 ). El no es ahuyentado por
el desprecio o desviado por la amenaza,
antes busca continuamente a los perdidos
diciendo: "¿Cómo tengo de dejarte?" ( Oseas
11: 8 ). Aunque su amor sea rechazado por el
corazón obstinado, vuelve a suplicar con
mayor fuerza: "He aquí, yo estoy a la puerta
y llamo". El poder conquistador de su amor
compele a las almas a acceder. Y ellas dicen
a Cristo: "Tu benignidad me ha acrecentado"
( Salmo 18: 35 ).
Cristo impartirá a sus
mensajeros el mismo anhelante amor que tiene
él para buscar a los perdidos. No hemos de
decir meramente: "Ven". Hay quienes oyen el
llamado, pero tienen oídos demasiado
embotados para comprender su significado.
Sus ojos están demasiado cegados para ver
cualquier cosa buena provista para ellos.
Muchos comprenden su gran degradación.
Dicen: no soy digno de ser ayudado, dejadme
solo. Pero los obreros no deben desistir.
Sostened con ternura y piadoso amor a los
desalentados e impotentes. Infundidles
vuestro valor, vuestra esperanza, vuestra
fuerza. Compeledlos por la bondad a venir.
"A los unos en piedad, discerniendo: mas
haced salvos a los otros por temor,
arrebatándolos del fuego" ( Judas 22, 23 ).
Si los siervos de Dios
quieren caminar con él por la fe, él
impartirá poder al mensaje que den. Serán
así capacitados para presentar su amor y el
peligro de rechazar la gracia de Dios, para
que los hombres sean constreñidos a aceptar
el Evangelio. Cristo realizará maravillosos
milagros si tan sólo los hombres quisieran
hacer la parte que Dios les ha encomendado.
En los corazones humanos puede obrarse hoy
una transformación tan grande como la que se
operó en las generaciones pasadas. Juan
Bunyan fue redimido de la profanidad y las
borracheras; Juan Newton de la trata de
esclavos, para que proclamaran a un Salvador
elevado en alto. Un Bunyan y un Newton
pueden redimirse de entre los hombres hoy
día. Mediante los agentes humanos que
cooperen con los divinos serán reivindicados
muchos pobres perdidos, quienes a su vez
tratarán de restaurar la imagen de Dios en
el hombre. Hay quienes han tenido muy
escasas oportunidades, y han transitado por
los caminos del error porque no conocían
ningún camino mejor, a los cuales les
llegarán los rayos de la luz. Como vinieron
a Zaqueo las palabras de Cristo: "Hoy es
necesario que pose en tu casa" ( S. Lucas
19: 5 ), así vendrá a ellos la palabra; y se
descubrirá que aquellos a quienes se suponía
pecadores endurecidos tienen un corazón tan
tierno como el de un niño porque Cristo se
ha dignado tenerlos en cuenta. Muchos se
volverán de los más groseros errores y
pecados, y tomarán el lugar de otros que han
tenido oportunidades y privilegios pero que
no los han apreciado. Serán considerados los
elegidos de Dios, escogidos y preciosos; y
cuando Cristo venga en su reino, estarán
junto a su trono.
Pero "mirad que no desechéis
al que habla" ( Hebreos 12: 25 ). Jesús
dijo: "Ninguno de aquellos hombres que
fueron llamados, gustará mi cena". Habían
rechazado la invitación, y ninguno de ellos
fue invitado de nuevo. Al rechazar a Cristo,
los judíos estaban endureciendo sus
corazones, y entregándose al poder de
Satanás, hasta que les era imposible aceptar
su gracia. Así es ahora. Si no se aprecia el
amor de Dios, ni llega a ser un principio
perdurable que ablande y subyugue el alma,
estaremos completamente perdidos. El Señor
no puede manifestar más amor que el que ha
manifestado. Si el amor de Jesús no subyuga
el corazón, no hay medios por los cuales
podamos ser alcanzados.
Cada vez que rehusáis
escuchar el mensaje de misericordia, os
fortalecéis en la incredulidad. Cada vez que
dejáis de abrir la puerta de vuestro corazón
a Cristo, llegáis a estar menos y menos
dispuestos a escuchar su voz que os habla.
Disminuís vuestra oportunidad de responder
al último llamamiento de la misericordia. No
se escriba de vosotros como del antiguo
Israel: "Efraim es dado a los ídolos;
déjalo" ( Oseas 4: 17 ). No llore Cristo por
vosotros como lloró por Jerusalén, diciendo:
"¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como
la gallina sus pollos debajo de sus alas, y
no quisiste! He aquí, os es dejada vuestra
casa desierta" ( S. Lucas 13: 34, 35 ).
Estamos viviendo en un
tiempo cuando el último mensaje de
misericordia, la última invitación, está
sonando para los hijos de los hombres. La
orden: "Ve por los caminos y por los
vallados", está alcanzando su cumplimiento
final. La invitación de Cristo será dada a
cada alma. Los mensajeros están diciendo:
"Venid, que ya está todo aparejado". Los
ángeles del cielo están cooperando aún con
los agentes humanos. El Espíritu Santo está
presentando todo incentivo posible para
constreñiros a venir. Cristo está velando
para ver alguna señal que presagie que serán
quitados los cerrojos y que la puerta de
vuestro corazón será abierta para que entre.
Los ángeles están aguardando para llevar al
cielo las nuevas de que otro perdido pecador
ha sido hallado. Las huestes del cielo están
aguardando, listas para tocar sus arpas, y
entonar un canto de regocijo porque otra
alma ha aceptado la invitación al banquete
evangélico.
Cómo se Alcanza el Perdón
Esta Tema está basado en S. Mateo 18:
21-35
PEDRO había venido a
Cristo con la pregunta: "¿Cuántas veces
perdonaré a mi hermano que pecare contra
mí? ¿hasta siete?" Los rabinos limitaban a
tres las ofensas perdonables. Pedro,
creyendo cumplir la enseñanza de Cristo,
pensó extenderlas a siete, el número que
significa la perfección. Pero Cristo
enseñó que nunca debemos cansarnos de
perdonar. No "hasta siete -dijo él-, mas
aun hasta setenta veces siete".
Luego mostró el verdadero
fundamento sobre el cual debe concederse
el perdón, y el peligro de albergar un
espíritu no perdonador. En una parábola
narró el trato de un rey con los
funcionarios que administraban los asuntos
de su gobierno. Algunos de ellos recibían
grandes sumas de dinero que pertenecían al
estado. Cuando el rey investigó la forma
en que habían administrado ese depósito,
fue traído delante de él un hombre cuya
cuenta mostraba que debía a su señor la
inmensa suma de diez mil talentos ( Un
Talento equivale aproximadamente a 1.500
dólares ). No tenía nada con qué pagar, y,
de acuerdo con la costumbre, el rey ordenó
que fuera vendido con todo lo que tenía
para que se pudiera hacer el pago. Pero el
hombre, aterrorizado, cayó a sus pies y le
suplicó diciendo: "Señor, ten paciencia
conmigo, y yo te lo pagaré todo".
"El señor, movido a
misericordia de aquel siervo, lo soltó y
le perdonó la deuda.
"Y saliendo aquel siervo,
halló a uno de sus consiervos, que le
debía cien denarios ( Un denario equivale
aproximadamente a 0,20 dólares ); y
trabando de él, le ahogaba, diciendo:
Págame lo que debes. Entonces su conservo,
postrándose a sus pies, le rogaba,
diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te
lo pagaré todo. Mas él no quiso; sino fue,
y le echó en la cárcel hasta que pagase la
deuda. Y viendo sus consiervos lo que
pasaba, se entristecieron mucho, y
viniendo, declararon a su señor todo lo
que había pasado. Entonces llamándole su
señor, le dice: Siervo malvado, toda
aquella deuda te perdoné, porque me
rogaste: ¿no te convenía también a ti
tener misericordia de tu consiervo, como
también yo tuve misericordia de ti?
Entonces su señor enojado, le entregó a
los verdugos, hasta que pagase todo lo que
debía".
Esta parábola presenta
detalles que son necesarios para completar
el cuadro, pero que no se aplican en su
significado espiritual. No se debe desviar
la atención hacia ellos. Se ilustran
ciertas grandes verdades, y a ellas
debemos dedicar nuestro pensamiento.
El perdón concedido por
este rey representa un perdón divino de
todo pecado. Cristo es representado por el
rey, que, movido a compasión, perdonó al
siervo deudor. El hombre estaba bajo la
condenación de la ley quebrantada. No
podía salvarse a sí mismo, y por esta
razón Cristo vino a este mundo, revistió
su divinidad con la humanidad, y dio su
vida, el justo por el injusto. Se dio a sí
mismo por nuestros pecados, y ofrece
gratuitamente a toda alma el perdón
comprado con su sangre. "En Jehová hay
misericordia. Y abundante redención con
él" ( Salmo 130: 7 ).
Esta es la base sobre la
cual debemos tener compasión para con
nuestros prójimos pecadores. "Si Dios así
nos ha amado, debemos también nosotros
amarnos unos a otros". "De gracia
recibisteis -dice Cristo-, dad de gracia"
( 1 S. Juan 4: 11; S. Mateo 10: 8 ). En la
parábola se revocó la sentencia cuando el
deudor pidió una prórroga, con la promesa:
"Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré
todo". Toda la deuda fue cancelada, y
pronto se le dio una oportunidad de seguir
el ejemplo del Señor que le había
perdonado. Al salir, se encontró con un
consiervo que le debía una pequeña suma.
Se le habían perdonado diez mil talentos,
y el deudor le debía cien denarios. Pero
el que había sido tratado tan
misericordiosamente, trató a su conservo
en una forma completamente distinta. Su
deudor le hizo una súplica similar a la
que él mismo había hecho al rey, pero sin
un resultado semejante. El que tan
recientemente había sido perdonado no fue
compasivo ni misericordioso. Al tratar a
su consiervo no ejerció la misericordia
que le había sido mostrada. No hizo caso
del pedido de que fuese paciente. El
siervo ingrato no recordó sino la pequeña
suma que se le debía. Demandó todo lo que
pensaba que se le debía, y aplicó una
sentencia similar a aquella que había sido
revocada tan generosamente en su caso.
¡Cuántos hoy día
manifiestan el mismo espíritu! Cuando el
deudor suplicó misericordia a su señor, no
comprendía verdaderamente la enormidad de
su deuda. No se daba cuenta de su
impotencia. Esperaba librarse. "Ten
paciencia conmigo -dijo-, y yo te lo
pagaré todo". Así también hay muchos que
esperan merecer por sus propias obras el
favor de Dios. No comprenden su
impotencia. No aceptan la gracia de Dios
como un don gratuito, sino que tratan de
levantarse a sí mismos con su justicia
propia. Su propio corazón no está
quebrantado y humillado a causa del
pecado, y son exigentes y no perdonan a
otros. Sus propios pecados contra Dios,
comparados con los pecados de sus hermanos
contra ellos, son como diez mil talentos
comparados con cien denarios, casi a razón
de un millón por uno; sin embargo, se
atreven a no perdonar.
En la parábola, el Señor
hizo comparecer ante sí al despiadado
deudor y le dijo: "Siervo malvado, toda
aquella deuda te perdoné, porque me
rogaste: ¿No te convenía también a ti
tener misericordia de tu consiervo como
también yo tuve misericordia de ti?
Entonces su señor, enojado, le entregó a
los verdugos, hasta que pagase todo lo que
debía". "Así también -dijo Jesús- hará con
vosotros mi Padre celestial, si no
perdonarais de vuestros corazones cada uno
a su hermano sus ofensas". El que rehusa
perdonar está desechando por este hecho su
propia esperanza de perdón.
Pero no se deben aplicar
mal las enseñanzas de esta parábola. El
perdón de Dios hacia nosotros no disminuye
en lo más mínimo nuestro deber de
obedecerle. Así también el espíritu de
perdón hacia nuestros prójimos no
disminuye la demanda de las obligaciones
justas. En la oración que Jesús enseñó a
sus discípulos, dijo: "Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a
nuestros deudores" ( S. Mateo 6: 12 ). Con
esto no quiso decir que para que se nos
perdonen nuestros pecados no debemos
requerir las deudas justas de nuestros
deudores. Si no pueden pagar, aunque sea
por su administración imprudente, no han
de ser echados en prisión, oprimidos, o
tratados ásperamente; pero la parábola no
nos enseña que fomentemos la indolencia.
La Palabra de Dios declara que si un
hombre no trabaja, que tampoco coma ( 2
Tesalonicenses 3: 10 ). El Señor no exige
que el trabajador sostenga a otros en la
ociosidad. Hay muchos que llegan a la
pobreza y a la necesidad porque malgastan
el tiempo o no se esfuerzan. Si esas
faltas no son corregidas por los que las
abrigan, todo lo que se haga en su favor
será como poner un tesoro en una bolsa
agujereada. Sin embargo, hay cierta clase
de pobreza que es inevitable, y hemos de
manifestar ternura y compasión hacia los
infortunados. Deberíamos tratar a otros
así como a nosotros nos gustaría ser
tratados en circunstancias semejantes.
El Espíritu Santo,
mediante el apóstol Pablo, nos da la
orden: "Si hay alguna consolación en
Cristo; si algún refrigerio de amor; si
alguna comunión del Espíritu; si algunas
entrañas y misericordias, cumplid mi gozo;
que sintáis lo mismo, teniendo el mismo
amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.
Nada hagáis por contienda o por
vanagloria; antes bien en humildad,
estimándoos inferiores los unos a los
otros. Haya, pues, en vosotros este sentir
que hubo también en Cristo Jesús" (
Filipenses 2: 1-5 ).
Pero el pecado no ha de
ser considerado livianamente. El Señor nos
ha ordenado que no toleremos las faltas de
nuestro hermano. El dice: "Si pecare
contra ti tu hermano, repréndele" ( S.
Lucas 17: 3 ). El pecado ha de ser llamado
por su propio nombre, y ha de ser
presentado claramente delante del que lo
comete.
En sus instrucciones a
Timoteo, Pablo, escribiendo por la
inspiración del Espíritu Santo, dice: "Que
instes a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con toda
paciencia y doctrina". Y a Tito escribe:
"Hay aún muchos contumaces, habladores de
vanidades, y engañadores... repréndelos
duramente, para que sean sanos en la fe" (
2 Timoteo 4: 2; Tito 1: 10-13 ).
"Si tu hermano pecare
contra ti -dijo Cristo-, ve, y redargúyele
entre ti y él sólo; si te oyere, has
ganado a tu hermano. Mas si no oyere, toma
aún contigo uno o dos, para que en boca de
dos o tres testigos conste toda palabra. Y
si no oyere a ellos, dilo a la iglesia; y
si no oyere a la iglesia, tenle por étnico
y publicano" ( S. Mateo 18: 15-17 ).
Nuestro Señor enseña que
las dificultades entre los cristianos
deben arreglarse dentro de la iglesia. No
debieran presentarse de los que no temen a
Dios. Si un cristiano es maltratado por su
hermano, no recurra a los incrédulos en un
tribunal de justicia. Siga las
instrucciones que ha dado Cristo. En vez
de tratar de vengarse, trate de salvar a
su hermano. Dios guardará los intereses de
los que le aman y temen, y con confianza
podemos encomendar nuestro caso a Aquel
que juzga rectamente.
Con demasiada frecuencia,
cuando se cometen faltas en forma repetida
y el que las comete las confiesa, el
perjudicado se cansa, y piensa que ya ha
perdonado lo suficiente. Pero el Salvador
nos ha dicho claramente cómo debemos
tratar al que yerra: "Si pecare contra ti
tu hermano, repréndele; y si se
arrepintiera, perdónale" ( S. Lucas 17: 3
). No lo apartes como indigno de tu
confianza. Considérate "a ti mismo, porque
tú no seas también tentado" ( Gálatas 6: 1
).
Si tus hermanos yerran
debes perdonarlos. Cuando vienen a ti
confesando sus faltas, no debes decir: No
creo que sean lo suficientemente humildes.
No creo que sientan su confesión. ¿Qué
derecho tienes para juzgarlos, como si
pudieras leer el corazón? La Palabra de
Dios dice: "Si se arrepintiera, perdónale.
Y si siete veces al día pecare contra ti
tu hermano, repréndele; y si se
arrepintiere, perdónale" ( S. Lucas 17: 3,
4 ). Y no sólo siete veces, sino setenta
veces siete, tan frecuentemente como Dios
te perdona.
Nosotros mismos debemos
todo a la abundante gracia de Dios. La
gracia en el pacto ordenó nuestra
adopción. La gracia en el Salvador efectuó
nuestra redención, nuestra regeneración y
nuestra exaltación a ser coherederos con
Cristo. Sea revelada esta gracia a otros.
No demos al que yerra
ocasión de desanimarse. No permitamos que
haya una dureza farisaica que haga daño a
nuestro hermano. No se levante en la mente
o el corazón un amargo desprecio. No se
manifieste en la voz un dejo de escarnio.
Si hablas una palabra tuya, si adoptas una
actitud de indiferencia, o muestras
sospecha o desconfianza, esto puede
provocar la ruina de un alma. El que yerra
necesita un hermano que posea el corazón
del Hermano Mayor, lleno de simpatía para
tocar su corazón humano. Sienta él el
fuerte apretón de una mano de simpatía, y
oiga el susurro: oremos. Dios les dará a
ambos una rica experiencia. La oración nos
une mutuamente y con Dios. La oración trae
a Jesús a nuestro lado, y da al alma
desfalleciente y perpleja nueva energía
para vencer al mundo, a la carne y al
demonio. La oración aparta los ataques de
Satanás.
Cuando uno se aparta de
las imperfecciones humanas para contemplar
a Jesús, se realiza en el carácter una
transformación divina. El Espíritu de
Cristo, al trabajar en el corazón, lo
conforma a su imagen. Entonces sea vuestro
esfuerzo ensalzar a Jesús. Diríjanse los
ojos de la mente al "Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo" ( S. Juan 1: 29
). Y al ocuparos en esta obra, recordad
que "el que hubiere hecho convertir al
pecador del error de su camino, salvará un
alma de la muerte, y cubrirá multitud de
pecados" ( Santiago 5: 20 ).
"Mas si no perdonareis a
los hombres sus ofensas, tampoco vuestro
Padre os perdonará vuestras ofensas" ( S.
Mateo 6: 15 ). Nada puede justificar un
espíritu no perdonador. El que no es
misericordioso hacia otros, muestra que él
mismo no es participante de la gracia
perdonadora de Dios. En el perdón de Dios
el corazón del que yerra se acerca al gran
Corazón de amor infinito. La corriente de
compasión divina fluye al alma del
pecador, y de él hacia las almas de los
demás. La ternura y la misericordia que
Cristo ha revelado en su propia vida
preciosa se verán en los que llegan a ser
participantes de su gracia. Pero "si
alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el
tal no es de él" ( Romanos 8: 9 ). Está
alejado de Dios, listo solamente para la
separación eterna de él.
Es verdad que él puede
haber recibido perdón una vez; pero su
espíritu falto de misericordia muestra que
ahora rechaza el amor perdonador de Dios.
Se ha separado de Dios, y está en la misma
condición en que se hallaba antes de ser
perdonado. Ha negado su arrepentimiento, y
sus pecados están sobre él como si no se
hubiera arrepentido.
Pero la gran lección de la
parábola se halla en el contraste entre la
compasión de Dios y la dureza del corazón
del hombre; en el hecho de que la
misericordia perdonadora de Dios ha de ser
la medida de la nuestra. "¿No te convenía
también a ti tener misericordia de tu
consiervo, como también yo tuve
misericordia de ti?"
No somos perdonados porque
perdonamos, sino como perdonamos. La base
de todo el perdón se encuentra en el amor
inmerecido de Dios; pero por nuestra
actitud hacia otros mostramos si hemos
hecho nuestro ese amor. Por lo tanto
Cristo dice: "Con el juicio con que
juzgáis, seréis juzgados; y con la medida
con que medís, os volverán a medir" ( S.
Mateo 7: 2 ).
El
Mayor Peligro del Hombre
Este Tema está basado en S. Lucas12:
13-21
CRISTO estaba enseñando,
y, como de costumbre, otros, además de
sus discípulos, se habían congregado a
su alrededor. Había estado hablando a
sus discípulos de las escenas en las
cuales ellos habían de desempeñar pronto
una parte. Debían proclamar las verdades
que él les había confiado, y se verían
en conflicto con los gobernantes de este
mundo. Por causa de él habían de ser
llevados ante tribunales, y ante
magistrados y reyes. El les había
asegurado que habían de recibir tal
sabiduría que ninguno los podría
contradecir. Sus propias palabras, que
conmovían los corazones de la multitud y
confundían a sus astutos adversarios,
testificaban del poder de aquel Espíritu
que él había prometido a sus seguidores.
Pero había muchos que
deseaban la gracia del cielo únicamente
para satisfacer sus propósitos egoístas.
Reconocían el maravilloso poder de
Cristo al exponer la verdad con una luz
clara. Oyeron la promesa hecha a sus
seguidores de que les sería dada
sabiduría especial para hablar ante
gobernantes y magistrados. ¿No les
prestaría él su poder para su provecho
mundanal?
"Y díjole uno de la
compañía: Maestro, dí a mi hermano que
parta conmigo la herencia". Por medio de
Moisés, Dios había dado instrucciones en
cuanto a la transmisión de la herencia.
El hijo mayor recibía una doble porción
de la propiedad del padre euteronomio
21: 17 ), mientras que los hermanos
menores se debían repartir partes
iguales. Este hombre cree que su hermano
le ha usurpado la herencia. Sus propios
esfuerzos por conseguir lo que considera
como suyo han fracasado; pero si Cristo
interviene obtendrá seguramente su
propósito. Ha oído las conmovedoras
súplicas de Cristo, y sus solemnes
denuncias a los escribas y fariseos. Si
fueran dirigidas a su hermano palabras
tan autoritarias, no se atrevería a
rehusarle su parte al agraviado.
En medio de la solemne
instrucción que Cristo había dado, este
hombre había revelado su disposición
egoísta. Podía apreciar la capacidad del
Señor, la cual iba a obrar en beneficio
de sus asuntos temporales, pero las
verdades espirituales no habían
penetrado en su mente y en su corazón.
La obtención de la herencia constituía
su tema absorbente. Jesús, el Rey de
gloria, que era rico, y que no obstante,
por nuestra causa se hizo pobre, estaba
abriendo ante él los tesoros del amor
divino. El Espíritu Santo estaba
suplicándole que fuese un heredero de la
herencia "incorruptible, y que no puede
contaminarse, ni marchitarse" ( 1 Pedro
1: 4 ). El había visto la evidencia del
poder de Cristo. Ahora se le presentaba
la oportunidad de hablar al gran
Maestro, de expresar el deseo más
elevado de su corazón. Pero a semejanza
del hombre del rastrillo que se presenta
en la alegoría de Bunyan, sus ojos
estaban fijos en la tierra. No veía la
corona sobre su cabeza. Como Simón el
mago, consideró el don de Dios como un
medio de ganancia mundanal.
La misión del Salvador
en la tierra se acercaba rápidamente a
su fin. Le quedaban solamente pocos
meses para completar lo que había venido
a hacer para establecer el reino de su
gracia. Sin embargo, la codicia humana
quería apartarlo de su obra, para
hacerle participar en la disputa por un
pedazo de tierra. Pero Jesús no podía
ser apartado de su misión. Su respuesta
fue: "Hombre, ¿quién me puso por juez o
partidor sobre vosotros?"
Jesús hubiera podido
decirle a ese hombre lo que era justo.
Sabía quién tenía el derecho en el caso,
pero los hermanos discutían porque ambos
eran codiciosos. Cristo dijo claramente
que su ocupación no era arreglar
disputas de esta clase. Su venida tenía
otro fin: predicar el Evangelio y así
despertar en los hombres el sentido de
las realidades eternas.
La manera en que Cristo
trató este caso encierra una lección
para todos los que ministran en su
nombre. Cuando él envió a los doce, les
dijo: "Y yendo, predicad, diciendo: El
reino de los cielos se ha acercado.
Sanad enfermos, limpiad leprosos,
resucitad muertos, echad fuera demonios:
de gracia recibisteis, dad de gracia" (
S. Mateo 10: 7, 8 ). Ellos no habían de
arreglar los asuntos temporales de la
gente. Su obra era persuadir a los
hombres a reconciliarse con Dios. En
esta obra estribaba su poder de bendecir
a la humanidad. El único remedio para
los pecados y dolores de los hombres es
Cristo. Únicamente el Evangelio de su
gracia puede curar los males que azotan
a la sociedad. La injusticia del rico
hacia el pobre, el odio del pobre hacia
el rico, tienen igualmente su raíz en el
egoísmo, el cual puede extirparse
únicamente por la sumisión a Cristo.
Solamente él da un nuevo corazón de amor
en lugar del corazón egoísta de pecado.
Prediquen los siervos de Cristo el
Evangelio con el Espíritu enviado desde
el cielo, y trabajen como él lo hizo por
el beneficio de los hombres. Entonces se
manifestarán, en la bendición y la
elevación de la humanidad, resultados
que sería totalmente imposible alcanzar
por el poder humano.
Nuestro Señor atacó la
raíz del asunto que perturbaba a este
interrogador, y la raíz de todas las
disputas similares, diciendo: "Mirad, y
guardaos de toda avaricia; porque la
vida del hombre no consiste en la
abundancia de los bienes que posee.
"Y refirióles una
parábola, diciendo: La heredad de un
hombre rico había llevado mucho; y él
pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué
haré, porque no tengo dónde juntar mis
frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis
alfolíes, y los edificaré mayores, y
allí juntaré todos mis frutos y mis
bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos
bienes tienes almacenados para muchos
años; repósate, come, bebe, huélgate. Y
díjole Dios: Necio, esta noche vuelven a
pedir tu alma; y lo que has prevenido,
¿de quién será? Así es el que hace para
sí tesoro, y no es rico en Dios".
Por medio de la parábola
del hombre rico, Cristo demostró la
necesidad de aquellos que hacen del
mundo toda su ambición. Este hombre lo
había recibido todo de Dios. El sol
había brillado sobre sus propiedades,
porque sus rayos caen sobre el justo y
el injusto. Las lluvias del cielo
descienden sobre el malo y el bueno. El
Señor había hecho prosperar la
vegetación, y producir abundantemente
los campos. El hombre rico estaba
perplejo porque no sabía qué hacer con
sus productos. Sus graneros estaban
llenos hasta rebosar, y no tenía lugar
en que poner el excedente de su cosecha.
No pensó en Dios, de quien proceden
todas las bondades. No se daba cuenta de
que Dios lo había hecho administrador de
sus bienes, para que ayudase a los
necesitados. Se le ofrecía una bendita
oportunidad de ser dispensador de Dios,
pero sólo pensó en procurar su propia
comodidad.
Este hombre rico podía
ver la situación del pobre, del
huérfano, de la viuda, del que sufría y
del afligido; había muchos lugares donde
podía emplear sus bienes. Hubiera podido
librarse fácilmente de una parte de su
abundancia y al mismo tiempo aliviar a
muchos hogares de sus necesidades,
alimentar a muchos hambrientos, vestir a
los desnudos, alegrar a más de un
corazón, ser el instrumento para
responder a muchas oraciones por las
cuales se pedía pan y abrigo, y una
melodía de alabanza hubiera ascendido al
cielo. El Señor había oído las oraciones
de los necesitados, y en su bondad había
hecho provisión para el pobre ( Salmo
68: 10 ). En las bendiciones conferidas
al hombre rico, se había hecho amplia
provisión para las necesidades de
muchos. Pero él cerró su corazón al
clamor del necesitado, y dijo a sus
siervos: "Esto haré; derribaré mis
alfolíes, y los edificaré mayores, y
allí juntaré todos mis frutos y mis
bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos
bienes tienes almacenados para muchos
años; repósate, come, bebe, huélgate".
Los ideales de este
hombre no eran más elevados que los de
las bestias que perecen. Vivía como si
no hubiese Dios, ni cielo, ni vida
futura; como si todo lo que poseía fuese
suyo propio, y no debiese nada a Dios ni
al hombre. El salmista describió a este
hombre rico cuando declaró: "Dijo el
necio en su corazón: No hay Dios" (
Salmo 14: 1 ).
Este hombre había vivido
y hecho planes para sí mismo. El ve que
posee provisión abundante para el
futuro; ya no le queda nada que hacer,
fuera de atesorar y gozar los frutos de
sus labores. Se considera a sí mismo
como más favorecido que los demás
hombres, y se gloría de su sabia
administración. Es honrado por sus
conciudadanos como un hombre de buen
juicio y un ciudadano próspero. Porque
"serás loado cuando bien te tratares" (
Salmo 49: 18 ).
Pero "la sabiduría de
este mundo es necedad para con Dios" ( 1
Corintios 3: 19 ). Mientras el hombre
rico espera disfrutar de años de placer
en lo futuro, el Señor hace planes muy
diferentes. A este mayordomo infiel le
llega el mensaje: "Necio, esta noche
vuelven a pedir tu alma". Esta era una
demanda que el dinero no podía suplir.
La riqueza que él había atesorado no
podía comprar la suspensión de la
sentencia. En un momento, aquello por lo
cual se había afanado durante toda su
vida, perdió su valor para él. Entonces,
"lo que has prevenido, ¿de quién será?"
Sus extensos campos y bien repletos
graneros dejaron de estar bajo su
dominio. "Allega riquezas, y no sabe
quién las recogerá" ( Salmo 39: 6 ).
No se aseguró lo único
que hubiera sido de valor para él. Al
vivir para sí mismo había rechazado
aquel amor divino que se hubiera
derramado con misericordia hacia sus
semejantes. De esa manera había
rechazado la vida. Porque Dios es amor,
y el amor es vida. Este hombre había
escogido lo terrenal antes que lo
espiritual, y con lo terrenal debía
morir. "El hombre en honra que no
entiende, semejante es a las bestias que
perecen" ( Salmo 49: 20 ).
"Así es el que hace para
sí tesoro, y no es rico en Dios". Este
cuadro se adapta a todos los tiempos.
Podéis hacer planes para obtener meros
goces egoístas, podéis allegaros
tesoros, podéis edificaras grandes y
altas mansiones, como los edificadores
de la antigua Babilonia; pero no podéis
edificar muros bastante altos ni puerta
bastante fuerte para impedir el paso de
los mensajeros de la muerte. El rey
Belsasar "hizo un gran banquete" en su
palacio, "y alabaron a los dioses de oro
y de plata, de metal, de hierro, de
madera, y de piedra". Pero la mano del
Invisible escribió en la pared las
palabras de su condena, y se oyó a las
puertas de su palacio el paso de los
ejércitos hostiles. "La misma noche fue
muerto Belsasar, rey de los caldeos" (
Daniel 5: 4, 30 ), y un monarca
extranjero se sentó en el trono.
Vivir para sí es
perecer. La codicia, el deseo de
beneficiarse a sí mismo, separa al alma
de la vida. El espíritu de Satanás es
conseguir, atraer hacia sí. El espíritu
de Cristo es dar, sacrificarse para bien
de los demás. "Y éste es el testimonio:
Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta
vida está en su Hijo. El que tiene al
Hijo, tiene la vida: el que no tiene al
Hijo de Dios, no tiene la vida"( 1 Juan
5: 11, 12 )
Por lo tanto, nos dice:
"Mirad, y guardaos de toda avaricia;
porque la vida del hombre no consiste en
la abundancia de los bienes que posee".
Cómo se Decide Nuestro
Destino
Este Tema está basado en S. Lucas
16: 19-31
EN LA parábola del
hombre rico y Lázaro, Cristo muestra
que los hombres deciden su destino
eterno en esta vida. La gracia de Dios
se ofrece a cada alma durante este
tiempo de prueba. Pero si los hombres
malgastan sus oportunidades en la
complacencia propia, pierden la vida
eterna. No se les concederá ningún
tiempo de gracia complementario. Por
su propia elección han constituido una
gran sima entre ellos y su Dios.
Esta parábola presenta
un contraste entre el rico que no ha
hecho de Dios su sostén y el pobre que
lo ha hecho. Cristo muestra que viene
el tiempo en que será invertida la
posición de las dos clases. Los que
son pobres en los bienes de esta
tierra, pero que confían en Dios y son
pacientes en su sufrimiento, algún día
serán exaltados por encima de los que
ahora ocupan los puestos más elevados
que puede dar el mundo, pero que no
han rendido su vida a Dios.
"Había un hombre rico
-dijo Cristo-, que se vestía de
púrpura y de lino fino, y hacía cada
día banquete con esplendidez. Había
también un mendigo llamado Lázaro, el
cual estaba echado a la puerta de él,
lleno de llagas, y deseando hartarse
de las migajas que caían de la mesa
del rico".
El rico no pertenecía
a la clase representada por el juez
inicuo, que abiertamente declaraba que
no hacía caso de Dios ni de los
hombres. El rico pretendía ser hijo de
Abrahán. No trataba con violencia al
mendigo, ni lo echaba porque le era
desagradable su aspecto. Si el pobre y
repugnante individuo podía consolarse
contemplándolo cuando entraba por su
puerta, el rico estaba de acuerdo con
que permaneciera allí. Pero revelaba
una egoísta indiferencia a las
necesidades de su hermano doliente.
Entonces no había
hospitales en los cuales se cuidara a
los enfermos. Se llamaba la atención
de aquellos a quienes el Señor había
confiado riquezas, hacia los doloridos
y necesitados, para que éstos
recibieran socorro y simpatía. Tal era
el caso del mendigo y el rico. Lázaro
necesitaba grandemente socorro; porque
no tenía amigos, hogar, dinero ni
alimento. Sin embargo, mientras el
rico noble podía suplir todas sus
necesidades, lo dejaba en esa
condición día tras día. El que podía
aliviar grandemente los sufrimientos
de su prójimo, vivía para sí, como
muchos lo hacen hoy día.
En la actualidad hay
muchos, muy cerca de nosotros, que
están hambrientos, desnudos y sin
hogar. El descuido manifestado por
nosotros al no dar de nuestros medios
a esos necesitados y dolientes, nos
carga con una culpabilidad que algún
día temeremos afrontar. Toda avaricia
es condenada como idolatría. Toda
complacencia egoísta es una ofensa a
la vista de Dios.
Dios había hecho del
rico un mayordomo de sus medios, y su
deber era atender casos tales como el
del mendigo. Se había dado el
mandamiento: "Amarás a Jehová tu Dios
de todo tu corazón, y de toda tu alma,
y con todo tu poder", y "amarás a tu
prójimo como a ti mismo" (
Deuteronomio 6: 5; Levítico 19: 18 ).
El rico era judío, y conocía este
mandato de Dios. Pero se olvidó de que
era responsable por el uso de esos
medios y capacidades que se le habían
confiado. Las bendiciones del Señor
descansaban abundantemente sobre él,
pero las empleaba egoístamente, para
honrarse a sí mismo y no a su Hacedor.
Su obligación de usar esos dones para
la elevación de la humanidad, era
proporcional a esa abundancia. Tal era
la orden divina, pero el rico no pensó
en su obligación para con Dios.
Prestaba dinero, y cobraba interés por
lo que había prestado; pero no pagaba
interés por lo que Dios le había
prestado. Tenía conocimiento y
talentos, pero no los utilizaba.
Olvidado de su responsabilidad ante
Dios, dedicaba al placer todas sus
facultades. Todo lo que lo rodeaba, su
círculo de diversiones, la alabanza y
la lisonja de sus amigos, ministraba a
su gozo egoísta. Tan absorto estaba en
la sociedad de sus amigos que perdió
todo sentido de su responsabilidad de
cooperar con Dios en su ministración
de misericordia. Tuvo oportunidad de
entender la Palabra de Dios y
practicar sus enseñanzas; pero la
sociedad amadora del placer que él
escogió ocupaba de tal manera su
tiempo que se olvidó del Dios de la
eternidad.
Vino el tiempo en que
se realizó un cambio en la condición
de los dos hombres. El pobre había
sufrido todos los días, pero había
sido paciente y soportado en silencio.
Con el transcurso del tiempo murió y
fue enterrado. No hubo lamentaciones
por él; pero mediante su paciencia en
los sufrimientos había testificado por
Cristo, había soportado la prueba de
su fe, y a su muerte se lo representa
llevado por los ángeles al seno de
Abrahán.
Lázaro representa a
los pobres dolientes que creen en
Cristo. Cuando suene la trompeta, y
todos los que están en la tumba oigan
la voz de Cristo y salgan, recibirán
su recompensa; pues su fe en Dios no
fue una mera teoría, sino una
realidad.
"Murió también el
rico, y fue sepultado. Y en el
infierno alzó sus ojos, estando en los
tormentos, y vio a Abrahán de lejos, y
a Lázaro en su seno. Entonces él,
dando voces, dijo: Padre Abrahán, ten
misericordia de mí, y envía a Lázaro
que moje la punta de su dedo en agua,
y refresque mi lengua; porque soy
atormentado en esta llama".
En la parábola Cristo
estaba haciendo frente al público en
su propio terreno. La doctrina de un
estado de existencia consciente entre
la muerte y la resurrección era
sostenida por muchos de aquellos que
estaban escuchando las palabras de
Cristo. El Salvador conocía esas
ideas, e ideó su parábola de manera
tal que inculcara importantes verdades
por medio de esas opiniones
preconcebidas. Colocó ante sus oyentes
un espejo en el cual se habían de ver
a sí mismos en su verdadera relación
con Dios. Empleó la opinión
prevaleciente para presentar la idea
que deseaba destacar en forma
especial, es a saber, que ningún
hombre es estimado por sus posesiones;
pues todo lo que tiene le pertenece en
calidad de un préstamo que el Señor le
ha hecho. Y un uso incorrecto de estos
dones lo colocará por debajo del
hombre más pobre y más afligido que
ama a Dios y confía en él.
Cristo desea que sus
oyentes comprendan que es imposible
que el hombre obtenga la salvación del
alma después de la muerte. "Hijo -se
le hace responder a Abrahán-,
acuérdate que recibiste tus bienes en
tu vida, y Lázaro también males, mas
ahora éste es consolado aquí, y tú
atormentado. Y además de esto, una
grande sima está constituida entre
nosotros y vosotros, que los que
quisieran pasar de aquí a vosotros no
pueden, ni de allá pasar acá". Así
Cristo presentó lo irremediable y
desesperado que es buscar un segundo
tiempo de gracia. Esta vida es el
único tiempo que se le ha concedido al
hombre para que en él se prepare para
la eternidad.
El hombre rico no
había abandonado la idea de que él era
un hijo de Abrahán, y en su aflicción
se lo representa llamándolo para
pedirle ayuda. "Padre Abrahán -clamó-,
ten misericordia de mí". No oró a
Dios, sino a Abrahán. Así demostró que
colocaba a Abrahán por encima de Dios,
y que confiaba en su relación con
Abrahán para obtener la salvación. El
ladrón que se hallaba en la cruz
dirigió su oración a Cristo.
"Acuérdate de mí cuando vinieras en tu
reino" ( S. Lucas 23: 42 ), dijo. Y al
momento vino la respuesta: De cierto
te digo hoy -mientras cuelgo de la
cruz con humillación y sufrimiento: tú
estarás conmigo en el paraíso. Pero el
hombre rico oró a Abrahán, y su
petición no fue concedida. Sólo Cristo
es exaltado por "Príncipe y Salvador,
para dar a Israel arrepentimiento y
remisión de pecados". "Y en ningún
otro hay salud" ( Hechos 5: 31; 4-12
).
El hombre rico había
pasado su vida en la complacencia
propia, y se dio cuenta demasiado
tarde de que no había hecho provisión
para la eternidad. Comprendió su
insensatez y pensó en sus hermanos,
los que seguirían el mismo camino que
él, viviendo para agradarse a sí
mismos. Entonces hizo esta petición: "Ruégote
pues, padre, que le envíes [a Lázaro]
a la casa de mi padre; porque tengo
cinco hermanos; para que les
testifique, porque no vengan ellos
también a este lugar de tormento".
Pero Abrahán le dijo: "A Moisés y a
los profetas tienen: óiganlos. El
entonces dijo: No, padre Abrahán: mas
si alguno fuere a ellos de los
muertos, se arrepentirán. Mas Abrahán
le dijo: Si no oyen a Moisés y a los
profetas, tampoco se persuadirán, si
alguno se levantara de los muertos".
Cuando el hombre rico
solicitó evidencia adicional para sus
hermanos, se le dijo sencillamente que
si se les concediera tal evidencia no
se convencerían. Su pedido implica un
reproche a Dios. Era como si el rico
hubiera dicho: "Si me hubieses
amonestado cabalmente, no estaría hoy
aquí. Se lo representa a Abrahán
respondiendo a este pedido de la
siguiente forma: Tus hermanos han sido
suficientemente amonestados. Se les ha
concedido luz, pero ellos no quisieron
ver; se les ha presentado la verdad,
pero no la quisieron oír.
"Si no oyen a Moisés y
a los profetas, tampoco se
persuadirán, si alguno se levantara de
los muertos". Estas palabras
demostraron ser ciertas en la historia
de la nación judía. El último y
culminante milagro de Cristo fue la
resurrección de Lázaro de Betania,
después que había estado muerto
durante cuatro días. Se les concedió a
los judíos esta maravillosa evidencia
de la divinidad del Salvador, pero la
rechazaron. Lázaro se levantó de los
muertos, y presentó ante ellos su
testimonio, pero endurecieron su
corazón, contra toda evidencia, y
hasta trataron de quitarle la vida (
S. Juan 12: 9-11 ).
La ley y los profetas
son los agentes señalados por Dios
para la salvación de los hombres.
Cristo dijo: Presten ellos oído a
estas evidencias. Si no escuchan la
voz de Dios en su Palabra, el
testimonio de un ser levantado de los
muertos no sería escuchado.
Aquellos que prestan
oído a Moisés y a los profetas no
necesitarán más luz o conocimiento de
los que Dios les ha dado; pero si los
hombres rechazan la luz, y dejan de
apreciar las oportunidades que les
fueron otorgadas, no oirían si uno de
los muertos fuera a ellos con un
mensaje. No se convencerían ni aun por
esta evidencia; porque aquellos que
rechazan la ley y los profetas
endurecen de tal suerte su corazón que
rechazarían toda luz.
La conversación
sostenida entre Abrahán y el hombre
que una vez fuera rico es figurada. La
lección que hemos de sacar de ella es
que a todo hombre se le ha concedido
el conocimiento suficiente para la
realización de los deberes que de él
se exigen. Las responsabilidades del
hombre son proporcionales a sus
oportunidades y privilegios. Dios
concede a cada uno la luz y la gracia
suficientes para que efectúe la obra
que le ha dado. Si el hombre deja de
hacer lo que una pequeña luz le
muestra que es su deber, una mayor
cantidad de luz revelará únicamente
infidelidad y negligencia en
aprovechar las bendiciones concedidas.
"El que es fiel en lo muy poco,
también en lo más es fiel; y el que en
lo muy poco es injusto, también en lo
más es injusto" ( S. Lucas 16: 10 ).
Aquellos que rehusan ser iluminados
por Moisés y los profetas, y piden que
se realice algún maravilloso milagro,
no se convencerían tampoco si su deseo
se realizara.
La parábola del hombre
rico y Lázaro muestra cómo son
apreciadas en el mundo invisible las
dos clases que se representan. No hay
ningún pecado en ser rico, si las
riquezas no se adquieren injustamente.
Un hombre rico no es condenado por
tener riquezas; pero la condenación
descansa sobre él si los medios que se
le han confiado son gastados
egoístamente. Mucho mejor sería que
colocara su dinero ante el trono de
Dios, usándolo para lo bueno. La
muerte no puede convertir en pobre a
un hombre que de esta manera se dedica
a buscar las riquezas eternas. Pero el
hombre que amontona para sí su tesoro,
no puede llevar nada de él al cielo.
Ha demostrado ser un mayordomo infiel.
Durante toda su vida tuvo sus buenas
cosas, pero se olvidó de su obligación
para con Dios. Dejó de obtener el
tesoro celestial.
El hombre rico que
tenía tantos privilegios nos es
presentado como uno que debió haber
cultivado sus dones, de manera que sus
obras transcendiesen hasta el gran más
allá, llevando consigo ventajas
espirituales aprovechadas. Es el
propósito de la redención, no
solamente borrar el pecado, sino
devolver al hombre los dones
espirituales perdidos a causa del
poder empequeñecedor del pecado. El
dinero no puede ser llevado a la vida
futura; no se necesita allí; pero las
buenas acciones efectuadas en la
salvación de las almas para Cristo son
llevadas a los atrios del cielo. Mas
aquellos que emplean egoístamente los
dones del Señor para sí mismos,
dejando sin ayuda a sus semejantes
necesitados, y no haciendo nada porque
prospere la obra de Dios en el mundo,
deshonran a su Hacedor. Frente a sus
nombres en los libros del cielo está
escrito: "Robó a Dios".
El hombre rico tenía
todo lo que el dinero puede procurar,
pero no poseía las riquezas que
habrían conservado bien su cuenta con
Dios. Vivió como si todo lo que poseía
fuera suyo. Había descuidado el
llamamiento de Dios y los clamores de
los pobres que sufrían. Pero al fin
viene un llamado que él no puede
eludir. Por un poder al cual no le es
posible objetar ni resistir, se le
ordena que renuncie a las posesiones
de las cuales él ya no es mayordomo.
El hombre que una vez fuera rico es
reducido a una desesperada pobreza. El
manto de la justicia de Cristo, tejido
en el telar del cielo, nunca podrá
cubrirlo. El que una vez usara la
púrpura más rica, el lino más fino, es
reducido a la desnudez. Su tiempo de
gracia ha terminado. Nada trajo al
mundo, y nada puede llevar de él.
Cristo levantó el
velo, y presentó el cuadro ante los
sacerdotes y los gobernantes, los
escribas y los fariseos. Contempladlo
vosotros, los que sois ricos en bienes
de este mundo, y no sois ricos en lo
que a Dios respecta. ¿No contemplaréis
esta escena? Aquello que es altamente
estimado entre los hombres es
aborrecible a la vista de Dios. Cristo
pregunta: "¿Qué aprovechará al hombre,
si granjeare todo el mundo, y pierde
su alma? ¿O qué recompensa dará el
hombre por su alma?" ( S. Marcos 8:
36, 37 ).
La aplicación a la nación judía
Cuando Cristo presentó
la parábola del hombre rico y Lázaro,
había muchos hombres, en la nación
judía, que se hallaban en la miserable
condición del hombre rico, que usaban
los bienes del Señor para su
complacencia egoísta, preparándose
para oír la sentencia: "Pesado has
sido en balanza, y fuiste hallado
falto" ( Daniel 5: 27 ). El hombre
rico fue favorecido con toda bendición
temporal y espiritual, pero rehusó
cooperar con Dios en el empleo de esas
bendiciones. Tal ocurrió con la nación
judía. El Señor había hecho de los
judíos los depositarios de la verdad
sagrada. Los había convertido en
mayordomos de su gracia. Les había
dado toda ventaja espiritual y
temporal y los llamó para que
impartieran esas bendiciones. Se les
había impartido instrucción especial
con respecto a la forma de tratar a
sus hermanos que habían caído en la
pobreza, al extranjero que estuviese
dentro de sus puertas y al pobre que
se encontraba entre ellos. No habían
de tratar de buscar todas las cosas
para su propia ventaja, sino que
habían de recordar a aquellos que se
hallaban en necesidad, para compartir
con ellos sus bienes. Y Dios prometió
bendecirlos de acuerdo con sus hechos
de amor y misericordia. Pero a
semejanza del hombre rico, ellos no
habían cooperado para aliviar las
necesidades materiales y espirituales
de la doliente humanidad. Llenos de
orgullo, se consideraban como el
pueblo escogido y favorecido por Dios;
sin embargo no servían ni adoraban a
Dios. Colocaban su esperanza en el
hecho de que eran hijos de Abrahán:
"Simiente de Abrahán somos" ( S. Juan
8: 33 ), decían con orgullo. Cuando
vino la crisis, se reveló que se
habían divorciado de Dios, y habían
colocado su esperanza en Abrahán, como
si él fuera Dios.
Cristo anhelaba hacer
brillar la luz dentro de las mentes
entenebrecidas del pueblo judío. Les
dijo: "Si fuerais hijos de Abrahán,
las obras de Abrahán haríais. Empero
ahora procuráis matarme, hombre que os
he hablado la verdad, la cual he oído
de Dios: no hizo esto Abrahán" ( S.
Juan 8: 39, 40 ).
Cristo no reconoció
ninguna virtud en el linaje. El enseñó
que la relación espiritual sobrepuja
toda relación natural. Los judíos
pretendían haber descendido de
Abrahán; mas al dejar de hacer las
obras de Abrahán demostraron no ser
verdaderos hijos. Tan sólo aquellos
que demuestran estar espiritualmente
en armonía con Abrahán, al obedecer la
voz de Dios, son considerados como sus
verdaderos descendientes. Aunque el
mendigo perteneciera a la clase que
los hombres consideraban inferior,
Cristo lo reconoció como a uno con
quien Abrahán hubiera tenido la más
íntima amistad.
El hombre rico, aunque
rodeado de todos los lujos de la vida,
era tan ignorante que colocó a Abrahán
en el lugar donde debía haber estado
Dios. Si hubiera apreciado sus
exaltados privilegios, y hubiera
permitido que el Espíritu de Dios
modelara su mente y su corazón, habría
tenido una posición completamente
distinta. Esto ocurría también con la
nación a la cual representaba. Si
hubieran respondido al llamamiento
divino, su futuro habría sido
completamente distinto. Habrían
demostrado verdadero discernimiento
espiritual. Tenían medios que Dios
habría multiplicado, haciendo que
fueran suficientes para bendecir e
iluminar a todo el mundo. Pero se
habían separado tanto de las
disposiciones de Dios que su vida
entera fue pervertida. No usaron sus
dones como mayordomos de Dios, de
acuerdo con la verdad y la justicia.
La eternidad no figuraba en sus
cálculos, y el resultado de su
infidelidad fue la ruina de toda la
nación.
Cristo sabía que en
ocasión de la destrucción de Jerusalén
los judíos recordarían su
amonestación. Y así fue. Cuando la
calamidad vino sobre Jerusalén, cuando
el hambre y sufrimientos de todo
género azotaron al pueblo, los judíos
recordaron esas palabras de Cristo, y
comprendieron su parábola. Ellos se
habían acarreado el sufrimiento por no
dejar que la luz que Dios les
concediera brillara hacia el mundo.
En los últimos días
Las escenas finales de
la historia de esta tierra se hallan
presentadas en la parte final de la
historia del hombre rico. Este
pretendía ser hijo de Abrahán, pero se
hallaba separado de él por un abismo
insalvable, esto es, un carácter
equivocadamente desarrollado. Abrahán
sirvió a Dios, siguiendo su palabra
con fe y obediencia. Pero el hombre
rico no se preocupaba de Dios ni de
las necesidades de la doliente
humanidad. El gran abismo que existía
entre él y Abrahán era el abismo de la
desobediencia. Hay muchos hoy día que
están siguiendo la misma conducta.
Aunque son miembros de la iglesia, no
están convertidos. Puede ser que tomen
parte en el culto, puede ser que canto
el salmo: "Como 214 el ciervo brama
por las corrientes de las aguas, así
clama Aprender de Cristo significa
recibir su gracia, la cual por ti, oh
Dios, el alma mía" ( Salmo 42: 1 ),
pero dan testimonio de una falsedad.
No son más justos a la vista de Dios
que los más señalados pecadores. El
alma que suspira por la excitación de
los placeres mundanos, la mente que
ama la ostentación, no puede servir a
Dios. Como el rico de la parábola, una
persona tal no siente inclinación al
luchar contra los deseos de la carne.
Se deleita en la complacencia del
apetito. El escoge la atmósfera del
pecado. Es de repente arrebatado por
la muerte, y descienda el sepulcro con
el carácter que ha formado durante su
vida de compañerismo con los agentes
satánicos. En el sepulcro no tiene
poder de escoger nada, sea bueno o
malo; porque el día en que el hombre
muere, perecen sus pensamientos (
Salmo 146: 4; Eclesiastés 9: 5, 6 ).
Cuando la voz de Dios
despierte a los muertos, él saldrá del
sepulcro con los mismos apetitos y
pasiones, los mismos gustos y
aversiones que poseía en la vida. Dios
no hará ningún milagro por regenerar
al hombre que no quiso ser regenerado
cuando se le concedió toda oportunidad
y se le proveyó toda felicidad para
ello. Mientras vivía no hallo deleite
en Dios, ni hallo placer a su
servicio. Su carácter no se halla en
armonía con Dios y no podrá ser feliz
en la familia celestial.
Hoy día existe una
clase de persona en nuestro mundo que
tiene la justicia propia. No son
comilones, no son borrachos, no son
incrédulos; pero quieren vivir para sí
mismos, no para Dios. El no se halla
en sus pensamientos; por consiguiente
se los califica con los incrédulos. Si
les fuera posible entrar por las
puertas de la ciudad de Dios, no
podrían tener derecho al árbol de la
vida; porque cuando los mandamientos
de Dios fueron presentados ante ellos
con todos sus requerimientos dijeron:
No. No han servido de Dios aquí; por
consiguiente no lo servirían en el
futuro. No podrían vivir en su
presencia, y no se sentirían a gusto
en ningún lugar del cielo.
Aprender de Dios
significa recibir su gracia, la cual
es su carácter. Pero aquellos que no
aprecian ni aprovechan las preciosas
oportunidades y las sagradas
influencias que le son concedidas en
la tierra, no están capacitados para
tomar parte en la devoción pura del
cielo. Su carácter no está moldeado de
acuerdo con la similitud divina. Por
su propia negligencia han formado un
abismo que nada puede salvar. Entre
ellos y la justicia se ha formado una
gran sima.
Hechos, no Palabras
Este Tema está basado en S. Mateo
21: 23-32
"UN HOMBRE tenía dos
hijos, y llegando al primero le
dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi
viña. Y respondiendo él, dijo: No
quiero; mas después, arrepentido,
fue. Y llegando al otro, le dijo de
la misma manera; y respondiendo él,
dijo: Yo, señor, voy. Y no fue.
¿Cuál de los dos hizo la voluntad de
su padre? Dicen ellos: El primero".
En el Sermón del
Monte, Cristo dijo: "No todo el que
me dice: Señor, Señor, entrará en el
reino de los cielos; mas el que
hiciere la voluntad de mi Padre que
está en los cielos" ( S. Mateo 7: 21
). La prueba de la sinceridad no
reside en las palabras, sino en los
hechos. Cristo no pregunta a ningún
hombre: ¿Qué dices más que otros?
sino: ¿Qué haces?( S. Mateo 5: 47 ).
Llenas de significado son sus
palabras: "Si sabéis estas cosas,
bienaventurados seréis, si las
hiciereis" ( S. Juan 13: 17 ). Las
palabras no son de ningún valor a
menos que vayan acompañadas por los
hechos correspondientes. Esta es la
lección enseñada en la parábola de
los dos hijos.
Esta parábola fue
pronunciada en ocasión de la última
visita de Cristo a Jerusalén antes
de su muerte. El había echado del
templo a los que compraban y
vendían. Su voz había hablado al
corazón de ellos con el poder de
Dios. Asombrados y aterrorizados,
habían obedecido su mandato sin
excusa o resistencia.
Cuando desapareció
su terror, los sacerdotes y
ancianos, al volver al templo,
habían encontrado a Cristo sanando a
los enfermos y los moribundos.
Habían oído la voz del regocijo y el
cántico de alabanza. En el templo
mismo, los niños que habían sido
sanados, hacían ondear ramas de
palmas y cantaban hosannas al Hijo
de David. Voces infantiles
balbuceaban las alabanzas del
poderoso Sanador. Sin embargo, para
los sacerdotes y ancianos todo esto
no fue suficiente para vencer su
prejuicio y su celo.
Al día siguiente,
cuando Cristo estaba enseñando en el
templo, los príncipes de los
sacerdotes y los ancianos del pueblo
vinieron a él y le dijeron: "¿Con
qué autoridad haces esto? ¿Y quién
te dio esta autoridad?"
Los sacerdotes y
ancianos habían tenido una evidencia
inequívoca del poder de Cristo. Al
limpiar Jesús el templo, habían
visto la autoridad del cielo que
irradiaba de su rostro. No pudieron
resistir el poder con el cual
hablaba. Otra vez, con sus
maravillosas curaciones había
contestado su pregunta. Había dado
una evidencia de su autoridad que no
podía ser controvertida. Pero no era
evidencia lo que se necesitaba. Los
sacerdotes y ancianos estaban
ansiosos de que Jesús se proclamara
el Mesías, para que ellos pudieran
hacer una mala aplicación de sus
palabras e incitar al pueblo contra
él. Querían destruir su influencia y
darle muerte.
Jesús sabía que si
ellos no podían reconocer a Dios en
él, o ver en sus obras la evidencia
de su carácter divino, no habían de
creer su propio testimonio de que él
era el Cristo. En su respuesta, él
evade la cuestión que querían
suscitar. Y vuelve la condenación
sobre ellos.
"Yo también os
preguntaré una palabra -dijo él-, la
cual si me dijereis, también yo os
diré con qué autoridad hago esto.
¿El bautismo de Juan, de dónde era?
¿Del cielo, o de los hombres?"
Los sacerdotes y
gobernantes estaban perplejos.
"Pensaron entre sí, diciendo: Si
dijéramos, del cielo, nos dirá: ¿Por
qué pues no le creísteis? Y si
dijéramos de los hombres, tememos al
pueblo; porque todos tienen a Juan
por profeta. Y respondiendo a Jesús,
dijeron: No sabemos. Y él también
les dijo: Ni yo os digo con qué
autoridad hago esto".
"No sabemos". Esta
respuesta era falsa. Pero los
sacerdotes vieron la posición en que
estaban, y adoptaron una actitud
falsa para evadirse. Juan el
Bautista había venido dando
testimonio de Aquel cuya autoridad
ellos estaban ahora poniendo en
duda. Lo había señalado, diciendo:
"He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo" ( S. Juan
1: 29 ). Lo había bautizado, y
después del bautismo, mientras
Cristo oraba, se abrieron los
cielos, y el Espíritu de Dios, en
forma de paloma, descansó sobre él
mientras se oyó una voz del cielo
que decía: "Este es mi Hijo amado,
en el cual tengo contentamiento" (
S. Mateo 3: 17 ).
Recordando cómo Juan
había repetido las profecías
concernientes al Mesías, recordando
la escena del bautismo de Jesús, los
sacerdotes y gobernantes no se
atrevieron a decir que el bautismo
de Juan procedía del cielo. Si ellos
hubiesen reconocido que Juan era
profeta, como creían que lo era,
¿cómo hubieran podido negar su
testimonio de que Jesús de Nazaret
era el Hijo de Dios? Y no podían
decir que el bautismo de Juan era de
los hombres, debido al pueblo que
creía que Juan era profeta. Por lo
tanto, dijeron: "No sabemos".
Entonces Cristo
presentó la parábola del padre y los
dos hijos. Cuando el padre fue al
primer hijo diciéndole: "Hijo, ve
hoy a trabajar en mi viña", el hijo
le respondió prontamente: "No
quiero". Rehusó obedecer, y se
entregó a malos caminos y malas
compañías. Pero después se
arrepintió y obedeció la orden.
El padre fiel al
segundo hijo con la misma orden:
"Hijo, ve hoy a trabajar en mi
viña". La respuesta de este hijo
fue: "Yo, señor, voy", pero no fue.
En esta parábola el
padre representa a Dios, la viña a
la iglesia. Los dos hijos
representan dos clases de personas.
EL hijo que rehusó obedecer la orden
diciendo: "No quiero", representaba
a los que estaban viviendo en
abierta transgresión, que no hacían
profesión de piedad, que
abiertamente rehusaban ponerse bajo
el yugo de la restricción y la
obediencia que impone la ley de
Dios. Pero muchos de ellos después
se arrepintieron y obedecieron al
llamamiento de Dios. Cuando llegó a
ellos el Evangelio en el mensaje de
Juan el Bautista: "Arrepentíos, que
el reino de los cielos se ha
acercado" ( S. Mateo 3: 2 ), se
arrepintieron, y confesaron sus
pecados.
El carácter de los
fariseos quedó revelado en el hijo
que replicó: "Yo, señor, voy", y no
fue. Como este hijo, los dirigentes
judíos eran impenitentes y tenían
suficiencia propia. La vida
religiosa de la nación judía se
había convertido en una simulación.
Cuando la voz de Dios proclamó la
ley desde el Sinaí, todo el pueblo
prometió obedecer. Dijeron: "Yo,
Señor, voy", pero no fueron. Cuando
Cristo vino en persona para
presentar delante de ellos los
principios de la ley, lo rechazaron.
Cristo había dado a los dirigentes
judíos de su tiempo evidencia
abundante de su autoridad y poder
divinos, pero aunque estaban
convencidos, no aceptaron la
evidencia. Cristo les había mostrado
que continuaban sin creer porque no
tenían el espíritu que induce a la
obediencia. Les había declarado:
"Habéis invalidado el mandamiento de
Dios por vuestra tradición... En
vano me honran, enseñando doctrinas
y mandamientos de hombres" ( S.
Mateo 15: 6, 9 ).
En el grupo que
estaba delante de Jesús había
escribas y fariseos, sacerdotes y
gobernantes, y después de presentar
la parábola de los dos hijos, Cristo
dirigió a sus oyentes la pregunta:
"¿Cuál de los dos hizo la voluntad
de su padre?" Olvidándose de sí
mismos, los fariseos contestaron:
"El primero". Esto lo dijeron sin
comprender que estaban pronunciando
sentencia contra ellos mismos.
Entonces salió de los labios de
Cristo la denuncia: "De cierto os
digo, que los publicanos y las
rameras os van delante al reino de
Dios. Porque vino a vosotros Juan en
camino de justicia, y no le
creísteis; y los publicanos y las
rameras le creyeron; y vosotros,
viendo esto, no os arrepentisteis
después para creerle".
Juan el Bautista
vino predicando la verdad, y
mediante su predicación los
pecadores quedaban convictos y
convertidos. Estos habían de entrar
en el reino de los cielos antes que
aquellos que en su justicia propia
resistían la solemne amonestación.
Los publicanos y rameras eran
ignorantes, pero estos hombres
instruidos conocían el camino de la
verdad. Sin embargo, rehusaban
caminar en la senda que va al
Paraíso de Dios. La verdad que
debiera haber sido para ellos un
sabor de vida para vida, se
convirtió en un sabor de muerte para
muerte. Los pecadores manifiestos
que se menospreciaban a sí mismos,
habían recibido el bautismo de las
manos de Juan; pero estos maestros
eran hipócritas. Su corazón
obstinado era el obstáculo para que
recibieran la verdad. Resistían la
convicción del Espíritu de Dios.
Rehusaban obedecer los mandamientos
de Dios.
Cristo no les dijo:
No podéis entrar en el reino de los
cielos; sino que les mostró que el
obstáculo que les impedía entrar era
creado por ellos mismos. La puerta
estaba todavía abierta para esos
dirigentes judíos. Se les extendía
todavía la invitación. Cristo
anhelaba verlos convictos y
convertidos.
Los sacerdotes y
ancianos de Israel pasaban su vida
en ceremonias religiosas, a las
cuales consideraban demasiado
sagradas para asociarías con los
negocios seculares. Por consiguiente
se esperaba que sus vidas fueran
enteramente religiosas. Pero
realizaban sus ceremonias para ser
vistos de los hombres, para que el
mundo los considerara piadosos y
devotos. Mientras pretendían
obedecer, rehusaban prestar
obediencia a Dios. No eran hacedores
de la verdad que profesaban enseñar.
Cristo declaró que
Juan el Bautista era uno de los
mayores profetas, y mostró a sus
oyentes que habían tenido suficiente
evidencia de que Juan era un
mensajero de Dios. Las palabras del
predicador del desierto poseían
poder. El presentó su mensaje
resueltamente, reprendiendo los
pecados de los sacerdotes y
gobernantes, instándoles a hacer las
obras del reino de los cielos. Les
señaló su pecaminosa falta de
consideración hacia la autoridad de
su Padre, al rehusar hacer la obra
que les había sido asignada. No
transigió con el pecado, y muchos
abandonaron su impiedad.
Si lo que profesaban
creer los dirigentes judíos hubiera
sido genuino, habrían recibido el
testimonio de Juan y aceptado a
Jesús como el Mesías. Pero ellos no
mostraron los frutos del
arrepentimiento y la justicia. Los
mismos a quienes despreciaban iban
antes que ellos al reino de Dios.
En la parábola, el
hijo que afirmó: "Yo, señor, voy",
se presentó a sí mismo como fiel y
obediente; pero el tiempo comprobó
que su profesión no era sincera. El
no tenía verdadero amor por su
padre. Así los fariseos se jactaban
de su santidad, pero cuando fueron
probados, se los halló faltos.
Cuando les interesaba hacerlo,
presentaban los requerimientos de la
ley como muy exigentes; pero cuando
a ellos mismos se les exigía la
obediencia, mediante arteras
sofisterías despojaban de su fuerza
los preceptos de Dios. Respecto a
ellos Cristo declaró: "No hagáis
conforme a sus obras: porque dicen,
y no hacen" ( S. Mateo 23:3 ). Ellos
no tenían verdadero amor por Dios o
el hombre. Dios los llamó a ser
colaboradores suyos en la obra de
bendecir al mundo; pero aunque
profesaban aceptar el llamamiento,
en la práctica rehusaban obedecerlo.
Confiaban en sí mismos, y se
jactaban de su piedad; pero
desafiaban los mandatos de Dios.
Rehusaban hacer la obra que Dios les
había señalado, y debido a sus
transgresiones el Señor estaba por
divorciarse de la nación
desobediente.
La justicia propia
no es verdadera justicia, y los que
se adhieran a ella tendrán que
sufrir las consecuencias de haberse
atenido a un fatal engaño. Muchos
pretenden hoy día obedecer los
mandamientos de Dios, pero no tienen
en sus corazones el amor de Dios que
fluye hacia otros. Cristo los llama
a unirse con él en su obra por la
salvación del mundo, pero ellos se
contentan diciendo: "Yo, señor,
voy". Pero no van. No cooperan con
los que están realizando el servicio
de Dios. Son perezosos. Como el hijo
infiel, hacen a Dios promesas
falsas. Al encargarse del solemne
pacto de la iglesia se han
comprometido a recibir y obedecer la
Palabra de Dios, a entregarse al
servicio de Dios; pero no lo hacen.
Profesan ser hijos de Dios, pero en
su vida y carácter niegan su
relación con él. No se rinden a la
voluntad de Dios. Están viviendo una
mentira.
Aparentan cumplir la
promesa de obedecer cuando ello no
implica sacrificio; pero cuando se
requieren sacrificio y abnegación,
cuando ven que han de alzar la cruz
se echan atrás. Así la convicción
del deber se esfuma, y la
transgresión de los mandamientos de
Dios llega a ser un hábito. El oído
puede oír la voz de Dios, pero las
facultades espirituales perceptivas
han desaparecido. El corazón está
endurecido, la conciencia
cauterizada.
No penséis que
porque no manifestéis una decidida
hostilidad hacia Cristo le estáis
sirviendo. De esa manera engañamos
nuestras almas. Al retener lo que
Dios nos ha dado para usarlo en su
servicio, ya sea tiempo o medios, o
cualquiera otro de los dones que nos
confirió, trabajamos contra él.
Satanás usa la
descuidada y soñolienta indiferencia
de los profesos cristianos para
robustecer sus fuerzas y ganar almas
para su bando. Muchos de los que
piensan estar del lado de Cristo
aunque no hacen una obra real por
él, están sin embargo, habilitando
al enemigo para ganar terreno y
obtener ventajas. Al dejar de ser
obreros diligentes para el Maestro,
al dejar de cumplir sus deberes y no
pronunciar las palabras que deben,
han permitido que Satanás domine las
almas que podrían haber sido ganadas
para Cristo.
Nunca podremos, ser
salvados en la indolencia y la
inactividad. Una persona
verdaderamente convertida no puede
vivir una vida inútil y estéril. No
es posible que vayamos al garete y
lleguemos al cielo. Ningún holgazán
puede entrar allí. Si no nos
esforzamos para obtener la entrada
en el reino, si procuramos
fervientemente aprender lo que
constituyen las leyes de ese reino,
no estamos preparados para tener una
parte en él. Los que rehúsan
cooperar con Dios en la tierra, no
cooperarían con él en el cielo. No
sería seguro llevarlos al cielo.
Hay más esperanza
para los publicanos y pecadores, que
para los que conocen la Palabra de
Dios pero rehúsan obedecerla. El que
se ve a sí mismo como pecador, sin
ningún manto que cubra su pecado,
que sabe que está corrompiendo su
alma, su cuerpo y su espíritu ante
Dios, se alarma para no quedar
eternamente separado del reino de
los cielos. Comprende su condición
enfermiza, y busca salud del gran
Médico que dijo: "Al que a mí viene,
no le echo fuera" ( S. Juan 6: 37 ).
A esas almas las puede usar el Señor
como obreros en su viña.
El hijo que durante
un tiempo rehusó obedecer la orden
de su padre no fue condenado por
Cristo, ni tampoco alabado. Las
personas representadas por el primer
hijo, que rehusó obedecer, no
merecen alabanza por tal actitud. Su
franqueza no debe ser considerada
como una virtud. Santificada por la
verdad y la santidad, ella los haría
intrépidos testigos de Cristo; pero
usada como lo es por el pecador, es
insultante y desafiante, y se
aproxima a la blasfemia. El hecho de
que un hombre no sea hipócrita, no
amengua en absoluto su condición de
pecador. Cuando las exhortaciones
del Espíritu Santo llegan al
corazón, nuestra única seguridad
reside en responder a ellas sin
demora. Cuando llega el llamamiento:
"Ve hoy a trabajar en mi viña", no
rechacéis la invitación. "Si oyerais
su voz hoy, no endurezcáis vuestros
corazones" ( Hebreos 4: 7 ) . Es
peligroso demorar la obediencia.
Quizá no oigamos otra vez la
invitación.
Y nadie se lisonjee
pensando que los pecados acariciados
por un tiempo pueden ser fácilmente
abandonados en alguna ocasión
futura. Esto no es así. Cada pecado
acariciado debilita el carácter y
fortalece el hábito; y el resultado
es una depravación física, mental y
moral. Podéis arrepentiros del mal
que habéis hecho, y encaminar
vuestros pies por senderos rectos;
pero el amoldamiento de vuestra
mente y vuestra familiaridad con el
mal, os harán difícil distinguir
entre lo correcto y lo erróneo.
Mediante los malos hábitos que
hayáis formado, Satanás os asaltará
repetidas veces.
En la orden: "Ve a
trabajar en mi viña", se presenta a
cada alma una prueba de sinceridad.
¿Habrá hechos tanto como palabras?
¿Usará el que es llamado todo el
conocimiento que tiene, trabajando
fiel y desinteresadamente para el
Dueño de la viña?
El apóstol Pedro nos
instruye sobre el plan según el cual
debemos trabajar. "Gracia y paz os
sea multiplicada -dice él-, en el
conocimiento de Dios y de nuestro
Señor Jesús. Como todas las cosas
que pertenecen a la vida y a la
piedad nos sean dadas de su divina
potencia, por el conocimiento de
Aquel que nos ha llamado por su
gloria y virtud: por las cuales nos
son dadas preciosas y grandísimas
promesas, para que por ellas fueseis
hechos participantes de la
naturaleza divina, habiendo huido de
la corrupción que está en el mundo
por concupiscencia. Vosotros
también, poniendo toda diligencia
por esto mismo, mostrad en vuestra
fe virtud, y en la virtud ciencia; y
en la ciencia templanza, y en la
templanza paciencia, y en la
paciencia temor de Dios; y en el
temor de Dios, amor fraternal, y en
el amor fraternal caridad" ( 2 S.
Pedro 1: 2-7 ).
Si cultivas
fielmente la varia de tu alma, Dios
te está haciendo obrero juntamente
con él. Y tendrás una obra que hacer
no sólo por ti mismo, sino por
otros. Al representar a la iglesia
por una viña, Cristo no enseña que
hemos de limitar nuestras simpatías
y trabajos a los nuestros. La viña
del Señor ha de ser agrandada. El
desea que sea extendida a todas
partes de la tierra. Cuando
recibirnos la instrucción y la
gracia de Dios, debemos impartir a
otros un conocimiento referente a la
forma de cuidar de. las preciosas
plantas. Así podemos extender la
viña del Señor. Dios está aguardando
evidencias de nuestra fe, amor y
paciencia. El mira para ver si
estamos usando cada ventaja
espiritual con el objeto de llegar a
ser obreros hábiles en su viña sobre
la tierra, para que podamos entrar
en el paraíso de Dios, aquel hogar
edénico del cual fueron excluidos
Adán y Eva por la transgresión.
Dios mantiene hacia
su pueblo la relación de un padre, y
nos pide, como Padre, nuestro
servicio fiel. Consideremos la vida
de Cristo. Como cabeza de la
humanidad, sirviendo a su Padre, es
un ejemplo de lo que cada hijo debe
y puede ser. La obediencia que
Cristo rindió es la que Dios
requiere de los seres humanos hoy
día. El sirvió a su Padre con amor,
con buena voluntad y libertad. "Me
complazco en hacer tu voluntad, oh
Dios mío -declara él-; y tu ley está
en medio de mi corazón" ( Salmo 40:
8 ). Cristo no consideró demasiado
grande ningún sacrificio ni
demasiado dura ninguna labor, a fin
de realizar la obra que él vino a
hacer. A la edad de doce años: "¿No
sabíais que en los negocios de mi
Padre me conviene estar?" ( S. Lucas
2: 49 ). Había oído el llamamiento y
había emprendido la obra. Dijo él:
"Mi comida es que haga la voluntad
del que me envió, y que acabe su
obra" ( S. Juan 4: 34 ).
Así hemos de servir
a Dios. Solamente le sirve el que
actúa de acuerdo con la más elevada
norma de obediencia. Todos los que
quieran ser hijos e hijas de Dios,
deben demostrar que son
colaboradores de Dios, de Cristo y
de los ángeles celestiales. Esta es
la prueba para cada alma. El Señor
dice de los que le sirven fielmente:
"Serán para mí especial tesoro...,
en el día que yo tengo de hacer: y
perdonarélos como el hombre que
perdona a su hijo que le sirve" (
Malaquias 3: 17 ).
El gran propósito de
Dios al llevar a cabo sus
providencias, es probar a los
hombres, darles la oportunidad de
desarrollar el carácter. Así él
prueba si son obedientes o
desobedientes a sus mandamientos.
Las buenas obras no compran el amor
de Dios, pero revelan que poseemos
ese amor. Si rendimos a Dios nuestra
voluntad, no trabajaremos a fin de
ganar el amor de Dios. Su amor, como
un don gratuito, será recibido en el
alma, y por amor a él nos
deleitaremos en obedecer sus
mandamientos.
Hay dos clases de
personas en el mundo hoy día, y tan
sólo dos clases serán reconocidas en
el juicio: la que viola la ley de
Dios y la que la obedece. Cristo da
la prueba mediante la cual se ha de
comprobar nuestra lealtad o
deslealtad. "Si me amáis -dice él-,
guardad mis mandamientos... El que
tiene mis mandamientos, y los
guarda, aquel es el que me ama; y el
que me ama, será amado de mi Padre,
y yo le amaré y me manifestaré a
él... El que no me ama, no guarda
mis palabras: y la palabra que
habéis oído, no es mía sino del
Padre que me envió". "Si guardareis
mis mandamientos, estaréis en mi
amor; como yo también he guardado
los mandamientos de mi Padre, y
estoy en su amor" ( S. Juan 14:
15-24; 15: 10 ).
Un
Mensaje a la Iglesia Moderna
Este Tema Está basado en S.
Mateo 21: 33-44
LA PARÁBOLA de los
dos hijos fue seguida por la
parábola de la viña. En la
primera, Cristo había presentado
delante de los maestros judíos la
importancia de la obediencia. En
la otra, señaló las ricas
bendiciones conferidas a Israel, y
por medio de éstas mostró el
derecho que Dios tenía a su
obediencia. Presentó delante de
ellos la gloria del propósito de
Dios, que podrían haber cumplido
mediante la obediencia. Apartando
el velo del futuro, mostró cómo,
al dejar de cumplir su propósito,
toda la nación estaba renunciando
a su bendición y trayendo sobre sí
la ruina.
"Fue un hombre,
padre de familia -dijo Cristo-, el
cual plantó una viña; y la cercó
de vallado, y cavó en ella un
lagar, y edificó una torre, y la
dio a renta a labradores, y se
partió lejos".
La nación judía
El profeta Isaías
describe esta viña: "Ahora cantare
por mi amado el cantar de mi amado
a su viña. Tenía mi amado una viña
en un recuesto, lugar fértil.
Habíala cercado, y despedregádola
y plantádola de vides escogidas:
había edificado en medio de ella
una torre, y también asentado un
lagar en ella; y esperaba que
llevase uvas" ( Isaías 5. 1, 2 ).
El labrador escoge
una parcela de terreno en el
desierto; la cerca, la limpia, la
trabaja, la planta con vides
escogidas, esperando una rica
cosecha. Espera que este terreno,
en su superioridad con respecto al
desierto inculto, le honre
mostrando los resultados de su
cuidado y los afanes con que lo
cultivó. Así Dios había escogido a
un pueblo de entre el mundo para
que fuera preparado y educado por
Cristo. El profeta dice: "La viña
de Jehová de los ejércitos es la
casa de Israel, y los hombres de
Judá planta suya deleitosa" (
Isaías 5: 7 ). Sobre ese pueblo
Dios había prodigado grandes
privilegios, bendiciéndolo
ricamente con su abundante bondad.
Esperaba que lo honraran llevando
fruto. Habían de revelar los
principios de su reino. En medio
de un mundo caído e impío habían
de representar el carácter de
Dios.
Al igual que la
viña del Señor, habían de producir
un fruto completamente diferente
del de las naciones paganas. Esos
pueblos idólatras se habían
entregado a la iniquidad. Sin
ninguna restricción se ejercían la
violencia, el crimen, la gula, la
opresión y las prácticas más
corruptas. La iniquidad, la
degradación y la miseria eran el
fruto del árbol corrupto. Muy
diferente había de ser el fruto
dado por la viña plantada por
Dios.
El privilegio de
la nación judía era el de
representar el carácter de Dios
tal como había sido revelado a
Moisés. En respuesta a la oración
de Moisés: "Ruégote que me
muestres tu gloria", el Señor le
prometió: "Yo haré pasar todo mi
bien delante de tu rostro". "Y
pasando Jehová por delante de él,
proclamó: Jehová, Jehová, fuerte,
misericordioso y piadoso; tardo
para la ira, y grande en
benignidad y verdad; que guarda la
misericordia en millares, que
perdona la iniquidad, la rebelión
y el pecado" ( Exodo 33: 18, 19;
34: 6, 7 ). Este era el fruto que
Dios deseaba de su pueblo. En la
pureza de sus caracteres, en la
santidad de sus vidas, en su
misericordia, en su amante bondad
y compasión, habían de mostrar que
"la ley de Jehová es perfecta, que
vuelve el alma" ( Salmo 19: 7 ).
El propósito de
Dios era impartir ricas
bendiciones a todo el mundo
mediante la nación judía. Por
medio de Israel había de
prepararse el camino para la
difusión de su luz a todo el
mundo. Las naciones de la tierra,
al seguir prácticas corruptas,
habían perdido el conocimiento de
Dios. Sin embargo, en su
misericordia, Dios no las rayó de
la existencia. Se propuso darles
la oportunidad de llegar a
conocerlo mediante su iglesia.
Quería que los principios
revelados por medio de su pueblo
fueran los medios de restaurar la
imagen moral de Dios en el hombre.
Para cumplir este
propósito, Dios llamó a Abrahán a
salir de su parentela idólatra, y
le indicó que morara en la tierra
de Canaán. "Haré de ti una nación
grande, y bendecirte he, y
engrandeceré tu nombre, y serás
bendición" ( Génesis 12: 2 ), le
dijo.
Los descendientes
de Abrahán, Jacob y su posteridad,
fueron llevados a Egipto, para que
en medio de aquella grande e impía
nación pudieran revelar los
principios del reino de Dios. La
integridad de José y su
maravillosa obra al preservar la
vida de toda la nación egipcia,
fue una representación de la vida
de Cristo. Moisés y muchos otros
fueron testigos de Dios.
Al sacar a Israel
de Egipto, Dios manifestó
nuevamente su poder y
misericordia. Las obras
maravillosas realizadas al
librarlos del cautiverio y la
forma en que los trató en su viaje
por el desierto, no fueron
únicamente para el beneficio de
Israel. Habían de ser una lección
objetiva para las naciones
circunvecinas. El Señor se reveló
a sí mismo como un Dios que estaba
por encima de toda autoridad y
grandeza humanas. Las señales y
maravillas que realizó en favor de
su pueblo mostraban su poder sobre
la naturaleza y sobre los más
encumbrados adoradores de ella.
Dios pasó por la orgullosa tierra
de Egipto así como pasará por la
tierra en los últimos días. Con
fuego y tempestad , terremoto y
muerte, el gran YO SOY redimió a
su pueblo. Lo sacó de la tierra de
esclavitud. Lo guió a través de
"un desierto grande y espantoso,
de serpientes ardientes, y de
escorpiones, y de sed". Les sacó
agua de " la roca del peñal" y los
alimento con "trigo de los cielos"
( Deuteronomio 8: 15; Salmo 78: 24
). "Porque -como le dijo a Moisés-
la parte de Jehová es su pueblo;
Jacob la cuerda de su heredad.
Hallólo en tierra de desierto, y
en desierto horrible y yermo;
trájolo alrededor, instruyólo,
guardólo como la niña de su ojo.
Como el águila despierta su
nidada, revolotea sobre sus
pollos, extiende sus alas, los
toma, los lleva sobre sus plumas:
Jehová solo le guió, que no hubo
con él dios ajeno" ( Deuteronomio
32: 9-12 ). Así los sacó para él,
para que pudieran morar bajo la
sombra del Altísimo.
Cristo era el
dirigente de los hijos de Israel
en sus peregrinaciones por el
desierto. El los dirigió y guió
rodeados por la columna de nubes
de día y la columna de fuego de
noche. Los preservó de los
peligros del desierto, los llevó a
la tierra prometida, y a la vista
de todas las naciones que no
reconocían a Dios, estableció a
Israel como su posesión escogida,
la viña del Señor.
A este pueblo le
fueron confiados los oráculos de
Dios. Se lo rodeó con el vallado
de los preceptos de su ley, los
principios eternos de verdad,
justicia y pureza. La obediencia a
esos principios había de ser su
protección, pues los salvaría de
la destrucción propia por las
prácticas pecaminosas. Y, como la
torre en la viña, Dios colocó en
medio de la tierra su santo
templo.
Cristo era su
instructor. Así como había estado
con ellos en el desierto, había de
continuar siendo su maestro y
guía. En el tabernáculo y en el
templo su gloria moraba en la
santa shekinah encima del
propiciatorio. En favor de ellos,
manifestó constantemente las
riquezas de su amor y paciencia.
Dios quería hacer
de su pueblo Israel una alabanza y
una gloria. Se dio a ellos toda
ventaja espiritual. Dios no les
negó nada favorable a la formación
del carácter que había de hacerlos
sus representantes.
Su obediencia a la
ley de Dios había de hacerlos
maravillas de prosperidad delante
de las naciones del mundo. El que
podía darles sabiduría y habilidad
en todo artificio, continuaría
siendo su maestro, y los
ennoblecería y elevaría mediante
la obediencia a sus leyes. Si eran
obedientes, habían de ser
preservados de las enfermedades
que afligían a otras naciones, y
habían de ser bendecidos con vigor
intelectual. La gloria de Dios, su
majestad y poder, habían de
revelarse en toda su prosperidad.
Habían de ser un reino de
sacerdotes y príncipes. Dios les
proveyó toda clase de facilidades
para que llegaran a ser la más
grande nación de la tierra.
En una forma muy
definida Cristo, mediante Moisés,
les había presentado el propósito
de Dios, y había aclarado las
condiciones de su prosperidad: "Tú
eres pueblo santo a Jehová tu Dios
-dijo él-: Jehová tu Dios te ha
escogido para serle un pueblo
especial, más que todos los
pueblos que están sobre la haz de
toda la tierra... Conoce, pues,
que Jehová tu Dios es Dios, Dios
fiel, que guarda el pacto y la
misericordia a los que le aman y
guardan sus mandatos, hasta las
mil generaciones... Guarda por
tanto los mandamientos, y
estatutos, y derechos que yo te
mando hoy que cumplas. Y será que,
por haber oído estos derechos, y
guardado y puéstolos por obra,
Jehová tu Dios guardará contigo el
pacto y la misericordia que juró a
tus padres; y te amará, y te
bendecirá, y te multiplicará, y
bendecirá el fruto de tu vientre,
y el fruto de tu tierra, y tu
grano, y tu mosto, y tu aceite, la
cría de tus vacas, y los rebaños
de tus ovejas, en la tierra que
juró a tus padres que te daría.
Bendito serás más que todos los
pueblos... Y quitará Jehová de ti
toda enfermedad; y todas las malas
plagas de Egipto, que tú sabes, no
las pondrá sobre ti" (
Deuteronomio 7: 6, 9, 11-15 ).
Si ellos guardaban
sus mandamientos, Dios prometía
darles el mejor trigo, y sacarles
miel de la roca. Habría de
satisfacerlos con una larga vida,
y mostrarles su salvación.
Por su
desobediencia a Dios, Adán y Eva
habían perdido el Edén, y debido a
su pecado toda la tierra quedó
maldita. Pero si el pueblo de Dios
seguía su instrucción, su tierra
había de ser restaurada a la
fertilidad y la belleza. Dios
mismo les dio instrucciones en
cuanto a la forma de cultivar el
suelo, y ellos habían de cooperar
con él en su restauración. De modo
que toda la tierra, bajo el
dominio de Dios, llegaría a ser
una lección objetiva de verdad
espiritual. Así como en obediencia
a las leyes naturales de Dios, la
tierra había de producir sus
tesoros, así en obediencia a sus
leyes morales el corazón de la
gente había de reflejar los
atributos del carácter de Dios.
Aun los paganos reconocerían la
superioridad de los que servían y
adoraban al Dios viviente.
"Mirad -dijo
Moisés-, yo os he enseñado
estatutos y derechos, como Jehová
mi Dios me mandó, para que hagáis
así en medio de la tierra en la
cual entráis para poseerla.
Guardadlos, pues, y ponedlos por
obra: porque ésta es vuestra
sabiduría y vuestra inteligencia
en ojos de los pueblos, los cuales
oirán todos estos estatutos, y
dirán: Ciertamente pueblo sabio y
entendido, gente grande es ésta.
Porque ¿qué gente grande hay que
tenga los dioses cercanos a sí,
como lo está Jehová nuestro Dios
en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué
gente grande hay que tenga
estatutos y derechos justos, como
es toda esta ley que yo pongo hoy
delante de vosotros?" (
Deuteronomio 4: 5-8 ).
Los hijos de
Israel habían de ocupar todo el
territorio que Dios les había
señalado. Habían de ser
desposeídas las naciones que
rechazaran el culto y el servicio
al verdadero Dios. Pero el
propósito de Dios era que por la
revelación de su carácter mediante
Israel, los hombres fueran
atraídos a él. A todo el mundo se
le dio la invitación del
Evangelio. Por medio de la
enseñanza del sistema de
sacrificios, Cristo había de ser
levantado delante de las naciones,
y habían de vivir todos los que lo
miraran. Todos los que, como Rahab
la cananea, y Rut la moabita, se
volvieran de la idolatría al culto
del verdadero Dios, habían de
unirse con el pueblo escogido. A
medida que aumentara el número de
los israelitas, éstos habían de
ensanchar sus fronteras, hasta que
su reino abarcara el mundo.
Dios deseaba
colocar todas las naciones bajo su
gobierno misericordioso. Deseaba
que la tierra se llenara de gozo y
paz. Creó al hombre para la
felicidad, y anhela llenar el
corazón humano con la paz del
cielo. Desea que las familias
terrenales sean un símbolo de la
gran familia celestial.
Pero Israel no
cumplió el propósito de Dios. El
Señor declaró: "Yo te planté de
buen vidueño, simiente verdadera
toda ella: ¿cómo pues te me has
tornado sarmiento de vid extraña?"
"Es Israel una frondosa viña,
haciendo frutos para sí" (
Jeremías 2: 21; Oseas 10: 1 ).
"Ahora pues, vecinos de Jerusalén
y varones de Judá, juzgad ahora
entre mí y mi viña. ¿Qué más se
había de hacer a mi viña, que yo
no haya hecho en ella? ¿Cómo,
esperando yo que llevase uvas ha
llevado uvas silvestres? Os
mostraré pues ahora lo que haré yo
a mi viña: Quitaréle su vallado, y
será para ser consumida;
aportillaré su cerca, y será para
ser hollada; haré que quede
desierta; no será podada ni
cavada, y crecerá el cardo y las
espinas: y aun a las nubes mandaré
que no derramen lluvia sobre ella.
Ciertamente... esperaba juicio, y
he aquí vileza; justicia, y he
aquí clamor" ( Isaías 5: 3-7 ).
Mediante Moisés,
el Señor había presentado delante
de su pueblo el resultado de la
infidelidad. Al rehusar guardar su
pacto, se habían de apartar de la
vida de Dios, y su bendición no
podía venir sobre ellos. "Guárdate
-dijo Moises-, que no te olvides
de Jehová tu Dios, para no
observar sus mandamientos, y sus
derechos, y sus estatutos, que yo
te ordeno hoy: que quizás no comas
y te hartes, y edifiques buenas
casas en que mores, y tus vacas y
tus ovejas se aumenten, y la plata
y el oro se te multipliquen, y
todo lo que tuvieres se te
aumente, y se eleve luego tu
corazón, y te olvides de Jehová tu
Dios... Y digas en tu corazón: Mi
poder y la fortaleza de mi mano me
han traído esta riqueza... Mas
será, si llegares a olvidarte de
Jehová tu Dios, 234 y anduvieras
en pos de dioses ajenos, y les
sirvieres, y a ellos te
encorvares, protéstolo hoy contra
vosotros, que de cierto
pereceréis. Como las gentes que
Jehová destruirá delante de
vosotros, así pereceréis; por
cuanto no habréis atendido a la
voz de Jehová vuestro Dios" (
Deuteronomio 8: 11-14, 17, 19, 20
).
La advertencia no
fue tenida en cuenta por el pueblo
judío. Se olvidaron de Dios, y
perdieron de vista su elevado
privilegio como representantes
suyos. Las bendiciones que habían
recibido no proporcionaron ninguna
bendición al mundo. Todas sus
ventajas fueron empleadas para su
propia glorificación. Privaron a
Dios del servicio que él requería
de ellos, y robaron a sus prójimos
la dirección religiosa y el
ejemplo santo. A semejanza de los
habitantes del mundo
antediluviano, siguieron todos los
pensamientos de su mal corazón.
Así ellos hicieron aparecer como
una farsa las cosas sagradas,
diciendo: "Templo de Jehová,
templo de Jehová es éste" (
Jeremías 7: 4 ), mientras que al
mismo tiempo representaban
indebidamente el carácter de Dios,
deshonrando su nombre y profanando
su santuario.
Los labradores que
habían sido encargados de la viña
del Señor, fueron infieles a la
confianza depositada en ellos. Los
sacerdotes y los maestros no
fueron fieles instructores del
pueblo. No mantuvieron delante de
él la bondad y la misericordia de
Dios y su derecho a su amor y
servicio. Estos labradores
buscaron su propia gloria.
Deseaban apropiarse de los frutos
de la viña. Tenían el propósito de
atraer la atención y el homenaje
hacia sí.
El pecado de estos
dirigentes de Israel, no era como
el pecado de un transgresor
vulgar. Ellos estaban colocados
bajo la más solemne obligación
hacia Dios. Se habían comprometido
a enseñar un "así dice Jehová", y
a manifestar estricta obediencia
en su vida práctica. En vez de
hacer esto, pervertían las
Escrituras. Colocaban pesadas
cargas sobre los hombres,
estableciendo ceremonias forzosas
en todos los asuntos de la vida.
El pueblo vivía en una inquietud
continua; pues no podía cumplir
con los requisitos impuestos por
los rabinos. Cuando vieron la
imposibilidad de guardar los
mandamientos hechos por los
hombres, se tornaron descuidados
respecto a los mandamientos de
Dios.
El Señor le había
enseñado a su pueblo que él era el
propietario de la viña, y que
todas sus posesiones les habían
sido confiadas a fin de que fuesen
usadas para él. Pero los
sacerdotes y los maestros no
realizaban su sagrado oficio como
si hubiesen estado manejando la
propiedad de Dios. Le robaban
sistemáticamente los medios y las
facilidades confiados a ellos para
el adelanto de su obra. Su
avaricia y ambición hacían que
fuesen despreciados aun por los
paganos. Así se le dio ocasión al
mundo gentil de interpretar mal el
carácter de Dios y las leyes de su
reino.
Dios soportó a su
pueblo con corazón paternal. Lo
constriñó con misericordias dadas
y misericordias retiradas.
Pacientemente le presentó sus
pecados, y con tolerancia esperó
su reconocimiento. Fueron enviados
profetas y mensajeros para que
insistiesen ante los labradores en
las demandas de Dios; pero en vez
de ser bienvenidos, fueron
tratados como enemigos. Los
labradores los persiguieron y los
mataron. Dios todavía envió otros
mensajeros, pero ellos recibieron
el mismo trato que los primeros,
sólo que los labradores mostraron
aún un odio más resuelto.
Como un último
recurso, Dios envió a su Hijo
diciendo: "Tendrán respeto a mi
hijo". Pero su resistencia los
había vuelto vengativos, y dijeron
entre sí: "Este es el heredero;
venid, matémosle, y tomemos su
heredad". Entonces se nos dejará
gozar de la viña y hacer lo que
nos plazca con el fruto.
Los gobernantes
judíos no amaban a Dios; por lo
que se apartaron de él, y
rechazaron todos sus ofrecimientos
de hacer un justo arreglo. Cristo,
el Amado de Dios, vino para
presentar las demandas del Dueño
de la viña, pero los labradores lo
trataron con marcado desprecio,
diciendo: Este: hombre no nos
gobernará. Tenían envidia de la
belleza de carácter de Cristo. La
forma de enseñar que Cristo tenia
era muy superior a la de ellos, y
temían su éxito. El los reconvino,
desenmascarando su hipocresía y
mostrándoles los resultados
seguros de su proceder. Esto los
irritó hasta la locura. Se sentían
requemados bajo los reproches que
no podían acallar. Aborrecían la
elevada norma de justicia que
Cristo presentaba continuamente.
Veían que sus enseñanzas los
estaban colocando en el lugar en
donde su egoísmo iba a quedar al
descubierto, y determinaron
matarlo. Aborrecían su ejemplo de
veracidad y piedad, y la elevada
espiritualidad revelada en todo lo
que hacía. Su vida entera era un
reproche para el egoísmo de ellos,
y cuando se presentó la prueba
final, la prueba que significaba
obediencia para vida eterna o
desobediencia para muerte eterna,
rechazaron al Santo de Israel.
Cuando se les pidió que escogieran
entre Cristo y Barrabás, clamaron:
"Suéltanos a Barrabás". Y cuando
Pilato preguntó: "¿Qué pues haré
de Jesús?" gritaron ferozmente:
"Crucifícale". "¿A vuestro rey he
de crucificar?" preguntó Pilato, y
de los sacerdotes y magistrados se
elevó la respuesta: "No tenemos
rey sino a César". Cuando Pilato
se lavó las manos diciendo:
"Inocente soy yo de la sangre de
este justo", los sacerdotes se
unieron con la turba ignorante en
su exclamación apasionada: "Su
sangre sea sobre nosotros, y sobre
nuestros hijos" ( S. Lucas 23: 18;
S. Mateo 27: 22; S. Juan 19: 15 ).
Así hicieron su
elección los dirigentes judíos. Su
decisión fue registrada en el
libro que Juan vio en la mano de
Aquel que se sienta en el trono,
el libro que ningún hombre podía
abrir. Con todo su carácter
vindicativo aparecerá esta
decisión delante de ellos el día
en que este libro sea abierto por
el León de la tribu de Judá.
Los judíos
abrigaban la idea de que eran los
favoritos del cielo, y que siempre
habían de ser exaltados como
iglesia de Dios. Eran los hijos de
Abrahán, declaraban, y tan firme
les parecía el fundamento de su
prosperidad, que desafiaban al
cielo y a la tierra a que los
desposeyeran de sus derechos. Sin
embargo, mediante sus vidas de
infidelidad, se estaban preparando
para la condenación del cielo y su
separación de Dios.
En la parábola de
la viña, después que Cristo hubo
descrito delante de los sacerdotes
su acto culminante de impiedad,
les hizo la pregunta: "Cuando
viniere el señor de la viña, ¿qué
hará a aquellos labradores?" Los
sacerdotes habían seguido la
narración con profundo interés, y
sin considerar la relación que el
tema tenía con ellos, se unieron
con el pueblo en la respuesta: "A
los malos destruirá
miserablemente, y su viña dará a
renta a otros labradores, que le
paguen el fruto a sus tiempos".
Sin advertirlo,
habían pronunciado su propia
sentencia. Jesús los contempló, y
bajo su escudriñadora mirada ellos
supieron que leía los secretos de
su corazón. Su divinidad irradió
delante de ellos con poder
inconfundible. Vieron en los
labradores el propio retrato de sí
mismos, e involuntariamente
exclamaron: "¡Dios nos libre!"
Solemne y
sentidamente Cristo les preguntó:
"¿Nunca leísteis en las
Escrituras: la piedra que
desecharon los que edificaban,
ésta fue hecha por cabeza de
esquina; por el Señor es hecho
esto, y es cosa maravillosa en
nuestros ojos? Por tanto os digo,
que el reino de Dios será quitado
de vosotros, y será dado a gente
que haga los frutos de él. Y el
que cayere sobre esta piedra será
quebrantado; y sobre quien ella
cayere, le desmenuzará".
Cristo podría
haber impedido la condenación de
la nación judía si el pueblo lo
hubiera recibido. Pero la envidia
y los celos hicieron implacables a
los hijos de Israel. Determinaron
no recibir a Jesús de Nazaret como
el Mesías. Rechazaron la luz del
mundo, y de allí en adelante sus
vidas estuvieron rodeadas de
tinieblas, como las tinieblas de
media noche. La condena predicha
cayó sobre la nación judía. Sus
propias pasiones feroces e
indómitas produjeron su ruina. En
su ira ciega se destruyeron
mutuamente. Su terco orgullo
rebelde trajo sobre ellos la ira
de sus conquistadores romanos.
Jerusalén fue destruida, el templo
dejado en ruinas y el terreno
arado como un campo. Los hijos de
Judá perecieron en las más
horribles formas de muerte.
Millones fueron vendidos para
servir como esclavos en tierras
paganas.
Como pueblo, los
judíos habían dejado de cumplir el
propósito de Dios, y la viña les
fue quitada. Los privilegios de
que habían abusado, la obra que
habían menospreciado, fueron
confiados a otros.
La iglesia de hoy
día
La parábola de la
viña se aplica no sólo a la nación
judía. Tiene una lección para
nosotros. La iglesia en esta
generación ha sido dotada por Dios
de grandes privilegios y
bendiciones, y él espera los
resultados correspondientes.
Hemos sido
redimidos mediante un rescate
costoso. Sólo por la grandeza de
este rescate podemos concebir sus
resultados. En esta tierra, la
tierra cuyo suelo ha sido
humedecido por las lágrimas y la
sangre del Hijo de Dios, se han de
producir preciosos frutos del
paraíso. En la vida de los hijos
de Dios, las verdades de su
Palabra han de revelar su gloria y
excelencia. Mediante su pueblo,
Cristo ha de manifestar su
carácter y los principios de su
reino.
Satanás trata de
obstruir la obra de Dios, e insta
constantemente a los hombres a
aceptar sus principios. Presenta
al pueblo escogido de Dios como a
gente engañada. Es un acusador de
los hermanos, y su poder de acusar
lo emplea contra los que obran
justicia. El Señor desea, mediante
su pueblo, contestar las
acusaciones de Satanás mostrando
los resultados de la obediencia a
los principios rectos.
Esos principios se
han de manifestar en el cristiano
individualmente, en la familia, en
la iglesia, y en cada institución
establecida para el servicio de
Dios. Todos éstos han de ser
símbolos de lo que se puede hacer
para el mundo. Han de ser
representaciones del poder
salvador de las verdades del
Evangelio. Todos son agentes en el
cumplimiento del gran propósito de
Dios para la especie humana.
Los dirigentes
judíos consideraban con orgullo su
magnífico templo y los imponentes
ritos de sus servicios religiosos;
pero les faltaba la justicia, la
misericordia y el amor de Dios. La
gloria del templo, el esplendor de
sus servicios, no podían
recomendarlos a Dios; pues no le
ofrecían lo único que es de valor
a su vista. No le presentaban el
sacrificio de un espíritu humilde
y contrito. Cuando los principios
vitales del reino de Dios se
pierden, las ceremonias se
aumentan y se hacen extravagantes.
Cuando se descuida la edificación
del carácter, cuando faltan los
adornos del alma, cuando se pierde
de vista la sencillez de la
piedad, entonces el orgullo y el
amor a la ostentación demandan
magníficos templos, espléndidos
adornos, y ceremonias imponentes.
En todo esto no se honra a Dios.
Una religión a la moda que
consiste en ceremonias,
exterioridades y ostentación, no
es aceptable ante él. Los
servicios de tal religión, no
obtienen respuesta de los
mensajeros celestiales.
La iglesia es muy
preciosa a la vista de Dios. El la
aquilata, no por sus ventajas
externas, sino por la sincera
piedad que la distingue del mundo.
La estima de acuerdo con el
crecimiento de los miembros en el
conocimiento de Cristo, de acuerdo
con su progreso en la vida
espiritual.
Cristo anhela
recibir de su viña el fruto de
santidad y abnegación. Busca los
principios de amor y bondad. Toda
la belleza del arte no puede
compararse con la belleza del
temperamento y del carácter que se
han de revelar en los que son
representantes de Cristo. La
atmósfera de la gracia que rodea
el alma del creyente, el Espíritu
Santo que trabaja en la mente y el
corazón, son los que hacen de él
un sabor de vida para vida, y
permiten que Dios bendiga su obra.
Una congregación
puede ser la más pobre de la
tierra. Puede carecer del
atractivo de la apariencia
exterior; pero si los miembros
poseen los principios del carácter
de Cristo, tendrán el gozo de él
en sus almas. Los ángeles se
unirán con ellos en su culto. La
alabanza y acción de gracias de
los corazones agradecidos,
ascenderán al Salvador como una
dulce ofrenda.
El Señor desea que
mencionemos su bondad y hablemos
de su poder. Se le honra mediante
la expresión de alabanza y
agradecimiento. El dice: "El que
sacrifica alabanza me honrará" (
Salmo 50: 23 ). Cuando los hijos
de Israel viajaban por el
desierto, alababan a Dios con
himnos sagrados. Los mandamientos
y las promesas de Dios fueron
provistos de música y a lo largo
de todo el sendero fueron cantados
por los peregrinos. Y en Canaán,
al participar de las fiestas
sagradas, las maravillosas obras
de Dios habían de ser repasadas, y
se había de ofrecer el
agradecimiento debido a su nombre.
Dios deseaba que toda la vida de
su pueblo fuera una vida de
alabanza. En esa forma los caminos
de Dios habían de ser conocidos
"en la tierra", y su salud "en
todas las gentes" ( Salmo 67: 2).
Así debería ser
también hoy. Los habitantes del
mundo adoran dioses falsos. Han de
ser apartados de su falso culto,
no porque oigan acusaciones contra
sus ídolos, sino porque se les
presente algo mejor. Han de ser
pregonadas las bondades de Dios.
"Sois mis testigos, dice Jehová,
que yo soy Dios" ( Isaías 43: 12
).
El Señor desea que
apreciemos el gran plan de la
redención, que comprendamos
nuestro elevado privilegio como
hijos de Dios, y que caminemos
delante de él en obediencia y
agradecimiento. Desea que le
sirvamos en novedad de vida, con
alegría cada día. Anhela que la
gratitud brote de nuestro corazón
porque nuestro nombre está escrito
en el libro de la vida del
Cordero, porque podemos poner
todos nuestros cuidados sobre
Aquel que cuida de nosotros. El
nos ordena que nos regocijemos
porque somos la herencia del
Señor, porque la justicia de
Cristo es el manto blanco de sus
santos, porque tenemos la bendita
esperanza de la pronta venida de
nuestro Salvador.
El alabar a Dios
de todo corazón y con sinceridad,
es un deber igual al de la
oración. Hemos de mostrar al mundo
y a los seres celestiales que
apreciamos el maravilloso amor de
Dios hacia la humanidad caída, y
que esperamos bendiciones cada vez
mayores de su infinita plenitud.
Mucho más de lo que hacemos,
debemos hablar de los preciosos
capítulos de nuestra vida
cristiana. Después de un
derramamiento especial del
Espíritu Santo, aumentarían
grandemente nuestro gozo en el
Señor y nuestra eficiencia en su
servicio, al repasar sus bondades
y sus maravillosas obras en favor
de sus hijos.
Estas prácticas
rechazan el poder de Satanás.
Excluyen el espíritu de
murmuración y queja, y el tentador
pierde terreno. Fomentan aquellos
atributos del carácter que
habilitarán a los habitantes de la
tierra para las mansiones
celestiales.
Un testimonio tal
tendrá influencia sobre otros. No
se puede emplear un medio más
eficaz para ganar almas para
Cristo.
Hemos de alabar a
Dios mediante un servicio
tangible, haciendo todo lo que
podamos para aumentar la gloria de
su nombre. Dios nos imparte sus
dones para que podamos también
dar, y hacer así que el mundo
conozca su carácter. En el sistema
judío, las ofrendas formaban una
parte esencial del culto de Dios.
Se enseñaba a los israelitas a
destinar una décima parte de todas
sus entradas al servicio del
santuario. Además de esto habían
de traer ofrendas por el pecado,
ofrendas voluntarias, y ofrendas
de gratitud. Estos eran los medios
para sostener el ministerio del
Evangelio en aquel tiempo. Dios no
espera menos de nosotros de lo que
esperaba de su pueblo
antiguamente. Debe llevarse
adelante la gran obra de la
salvación de las almas. El ha
hecho provisión para esa obra por
medio del diezmo y las ofrendas.
El espera que así se sostenga el
ministerio del Evangelio. Reclama
el diezmo como suyo, y siempre
debería ser considerado como una
reserva sagrada, a fin de ser
colocado en su tesorería para
beneficio de la causa de Dios. El
nos pide también ofrendas
voluntarias y ofrendas de
gratitud. Todo esto ha de ser
dedicado para la propagación del
Evangelio hasta los confines de la
tierra.
El servicio que se
hace para Dios incluye el
ministerio personal. Mediante el
esfuerzo individual, hemos de
cooperar con él en la salvación
del mundo. La orden de Cristo: "Id
por todo el mundo; predicad el
Evangelio a toda criatura" ( S.
Marcos 16: 15 ), se dirige a cada
uno de sus seguidores. Todos los
que sean investidos para una vida
semejante a la de Cristo, han de
trabajar por la salvación de sus
prójimos. Su corazón latirá al
unísono con el corazón de Cristo.
Se manifestará en ellos el mismo
anhelo por las almas que él
sentía. No todos pueden ocupar el
mismo lugar en la obra, pero hay
un lugar y una obra para cada uno.
En la antigüedad,
Abrahán, Isaac, Jacob y Moisés,
con su humildad y sabiduría, y
Josué con sus diversos dones,
fueron todos empleados en el
servicio de Dios. La música de
María, el valor y la piedad de
Débora, el afecto filial de Rut,
la obediencia y fidelidad de
Samuel, la firme fidelidad de
Elias, la suavizadora y
subyugadora influencia de Eliseo,
todas estas cualidades se
necesitaron. Así también ahora,
todos aquellos a quienes Dios ha
prodigado sus bendiciones, han de
responder con un servicio
verdadero; ha de emplearse cada
don para el adelanto de su reino y
la gloria de su nombre.
Todos los que
reciben a Cristo como un Salvador
personal, han de manifestar la
verdad del Evangelio y su poder
salvador en la vida. Dios no pide
nada sin hacer provisión para su
cumplimiento. Por medio de la
gracia de Cristo podemos realizar
todo lo que Dios requiere. Todas
las riquezas del cielo, han de ser
reveladas mediante el pueblo de
Dios. Dijo Cristo: "En esto es
glorificado mi Padre, en que
llevéis mucho fruto, y seáis así
mis discípulos" ( S. Juan 15: 8 ).
Dios reclama toda
la tierra como su viña. Aunque
ahora esté en manos del usurpador,
pertenece a Dios. Es suya tanto
por la redención como por la
creación. Cristo hizo su
sacrificio por el mundo. "De tal
manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito" ( S.
Juan 3: 16 ). Mediante este don
único, todos los demás se imparten
a los hombres. Diariamente todo el
mundo recibe las bendiciones de
Dios. Cada gota de lluvia, cada
rayo de luz prodigados sobre la
humanidad ingrata, cada hoja, flor
y fruto, testifican de la
tolerancia de Dios y de su gran
amor.
¿Y qué se da en
cambio al gran Dador? ¿Cómo
consideran los hombres las
demandas de Dios? ¿A quién rinden
el servicio de su vida las
multitudes? Sirven a Mammón. La
riqueza, la posición, los placeres
del mundo son su blanco. La
riqueza se obtiene robando no sólo
a los hombres, sino a Dios. Los
hombres usan los dones divinos
para complacer su egoísmo. Todo lo
que pueden tomar lo usan para
satisfacer su amor egoísta de
placer.
El pecado del
mundo de hoy día es el mismo que
acarreó la destrucción de Israel.
La ingratitud a Dios, el descuido
de las oportunidades y
bendiciones, el aprovechamiento
egoísta de los dones de Dios: todo
esto estaba comprendido en el
pecado que hizo caer la ira sobre
Israel. Estos males están trayendo
la ruina al mundo actual.
Las lágrimas que
Cristo derramó sobre el Monte de
las Olivas al contemplar la ciudad
escogida, no lo derramó solamente
por Jerusalén. En la suerte de
esta ciudad, él contempló la
destrucción del mundo.
"¡Si también tú
conocieses, a lo menos en éste tu
día lo que toca a tu paz! mas
ahora está encubierto a tus ojos"
( S. Lucas 19: 42 ).
"En éste tu día".
El día está llegando a su fin.
Casi ha terminado el tiempo de
misericordia y privilegios. Se
están reuniendo las nubes de
venganza. Los que han rechazado la
gracia de Dios, están por ser
envueltos en una ruina súbita e
irreparable.
Sin embargo, el
mundo duerme. Sus habitantes no
conocen el tiempo de su
visitación.
¿Dónde se ha de
encontrar la iglesia en esta
crisis? ¿Están cumpliendo sus
miembros con las demandas de Dios?
¿Están cumpliendo la comisión
divina y presentando el carácter
de Dios al mundo? ¿Están llamando
con insistencia la atención de sus
prójimos al último misericordioso
mensaje de amonestación?
Los hombres están
en peligro. Las multitudes
perecen. ¡Pero cuán pocos de los
profesos seguidores de Cristo
sienten anhelo por esas almas! El
destino de un mundo se halla en
juego en la balanza; pero esto
apenas si conmueve a los que
pretenden creer las verdades más
abarcantes que jamás hayan sido
dadas a los mortales. Hay falta de
aquel amor que indujo a Cristo a
abandonar su hogar celestial y
tomar la naturaleza humana a fin
de que la humanidad pudiera tocar
a la humanidad, y llevarla a la
divinidad. Hay un estupor, una
parálisis sobre el pueblo de Dios,
que le impide entender el deber de
la hora.
Cuando los
israelitas entraron en Canaán, no
cumplieron el propósito de Dios de
poseer toda la tierra. Después de
hacer una conquista parcial, se
establecieron para disfrutar de
los resultados de sus victorias.
En su incredulidad y amor a la
comodidad, se congregaron en las
porciones ya conquistadas en vez
de proseguir y ocupar nuevos
territorios. Así comenzaron a
apartarse de Dios. Al no cumplir
el propósito divino, hicieron
imposible que Dios cumpliera su
promesa de bendecirlos. ¿No está
haciendo lo mismo la iglesia de
hoy? Teniendo ante ellos a todo el
mundo necesitado del Evangelio,
los profesos cristianos se
congregan donde puedan gozar de
los privilegios evangélicos. No
sienten la necesidad de ocupar
nuevos territorios, llevando el
mensaje de salvación a las
regiones remotas. Rehúsan cumplir
el mandato de Cristo: "Id por todo
el mundo; predicad el Evangelio a
toda criatura" ( S. Marcos 16: 15
). ¿Son menos culpables de lo que
fue la iglesia judía?
Los profesos
seguidores de Cristo están siendo
probados ante el universo
celestial; pero la frialdad de su
celo y la debilidad de sus
esfuerzos en el servicio de Dios
los señalaba como infieles. Si lo
que están haciendo fuera lo máximo
que pueden hacer, no caería la
condenación sobre ellos; pero si
su corazón estuviera ocupado en la
obra, podrían hacer mucho más.
Ellos saben, y el mundo también lo
sabe, que han perdido en gran
medida el espíritu de abnegación y
sacrificio. Hay muchos frente a
cuyos nombres se encontrará
escrito en los libros del cielo lo
siguiente: No son productores,
sino consumidores. Muchos de los
que llevan el nombre de Cristo,
oscurecen su gloria, velan su
belleza, lo privan de su honor.
Hay muchos cuyos
nombres están en los libros de la
iglesia, pero que no están bajo el
dominio de Cristo. No hacen caso
de sus instrucciones ni cumplen
con su obra. De aquí que están
bajo el dominio del enemigo. No
están haciendo un bien positivo;
por lo tanto, están realizando un
daño incalculable. Debido a que su
influencia no es un sabor de vida
para vida, es un sabor de muerte
para muerte.
El Señor dice:
"¿No había de hacer visitación
sobre esto?" ( Jeremías 5: 9 ).
Por cuanto los hijos de Israel no
cumplieron con el propósito de
Dios, fueron puestos a un lado, y
el Señor extiende su invitación a
otros. Si éstos también son
infieles, ¿no serán rechazados de
la misma forma?
En la parábola de
la viña, Cristo declaró culpables
a los labradores. Ellos fueron los
que habían rehusado dar a su señor
el fruto de su terreno. Los
sacerdotes y magistrados de la
nación judía fueron los que, al
descarriar al pueblo, le haían
robado a Dios el servicio que él
reclamaba. Fueron ellos los que
apartaron de Cristo a la nación.
La ley de Dios,
exenta de tradiciones humanas, fue
presentada por Cristo como la gran
norma de obediencia. Esto despertó
la enemistad de los rabinos. Ellos
habían puesto las enseñanzas
humanas por encima de la Palabra
de Dios, y habían apartado al
pueblo de sus preceptos. No
estaban dispuestos a renunciar a
sus mandamientos hechos por
hombres, a fin de obedecer los
requerimientos de la Palabra de
Dios. No querían sacrificar, por
causa de la verdad, el orgullo de
la razón y la alabanza de los
hombres. Cuando Cristo vino,
presentando a la nación las
demandas de Dios, los sacerdotes y
ancianos le negaron su derecho de
interponerse entre ellos y el
pueblo. No estaban dispuestos a
aceptar sus reproches y
amonestaciones, y se propusieron
malquistar a la gente con Jesús y
así destruirlo.
Ellos fueron
responsables del rechazamiento de
Cristo, con los resultados que le
siguieron. El pecado de una nación
y su ruina se debieron a los
dirigentes religiosos.
¿No obran acaso
las mismas influencias en nuestros
días? ¿No están muchos siguiendo
los pasos de los dirigentes judíos
a semejanza de los labradores de
la viña del señor? ¿Acaso los
dirigentes religiosos no están
apartando a los hombres de los
claros requisitos de la Palabra de
Dios? ¿No están educándolos en la
transgresión en vez de la
obediencia de la ley de Dios?
Desde muchos púlpitos de las
iglesias se enseña a la gente que
no es obligatoria la ley de Dios.
Se exaltan las tradiciones,
ordenanzas y costumbres humanas.
Los dones de Dios se emplean para
fomentar el orgullo y la
complacencia propia, al paso que
se olvidan las demandas de Dios.
Al poner a un lado
la ley de Dios, los hombres no
saben lo que están haciendo. La
ley de Dios es la transcripción de
su carácter. Abarca los principios
de su reino. El que rehúsa aceptar
esos principios, se está colocando
fuera del canal por donde fluyen
las bendiciones de Dios.
Las gloriosas
posibilidades presentadas ante
Israel se podían realizar
únicamente mediante la obediencia
a los mandamientos de Dios. La
misma elevación de carácter, la
misma plenitud de bendición
-bendición de la mente, el alma y
el cuerpo, bendición del hogar y
del campo, bendición para esta
vida y la venidera-, podemos
obtenerlas únicamente por medio de
la obediencia.
Tanto en el mundo
espiritual como en el natural, la
obediencia a las leyes de Dios es
la condición para llevar fruto. Y
cuando los hombres enseñan a la
gente a desobedecer los
mandamientos de Dios, están
impidiendo que den fruto para su
gloria. Son culpables de retener
del Señor los frutos de su viña.
Los mensajeros de
Dios mandados por el Maestro
vienen a nosotros. Vienen, como
Cristo, demandando obediencia a la
Palabra de Dios. Piden los frutos
de la viña, los frutos del amor,
la humildad y el servicio
abnegado. ¿Acaso no hay muchos
labradores que, a semejanza de los
dirigentes judíos, se mueven a
ira? Cuando se presentan delante
del pueblo las demandas de la ley
de Dios, ¿no usan su influencia
esos maestros para inducir a los
hombres a rechazarlas? A tales
maestros Dios llama siervos
infieles.
Las palabras que
Dios dirigió al antiguo Israel
encierran una solemne amonestación
para la iglesia actual y sus
dirigentes. De Israel dijo el
Señor: "Escribíle las grandezas de
mi ley, y fueron tenidas por cosas
ajenas" ( Oseas 8: 12 ). Y él
declaró de los sacerdotes y
maestros: "Mi pueblo fue talado
porque le faltó sabiduría. Porque
tú desechaste la sabiduría, yo te
echaré... pues que olvidaste la
ley de tu Dios, también yo me
olvidaré de tus hijos" ( Oseas 4:
6 ).
¿No se hará caso
de las reprensiones de Dios? ¿No
se aprovecharán las oportunidades
de servir? ¿Impedirán la mofa del
mundo, el orgullo de la razón, la
conformidad a las costumbres y
tradiciones humanas, que los
profesos seguidores de Cristo le
sirvan? ¿Rechazarán la Palabra de
Dios como los dirigentes judíos
rechazaron a Cristo? Delante de
nosotros está el resultado del
pecado de Israel. ¿Aceptará la
amonestación la iglesia de Dios
hoy día?
"Si algunas de las
ramas fueron quebradas, y tú
siendo acebuche, has sido ingerido
en lugar de ellas, y has sido
hecho partícipe de la raíz y de la
grosura de la oliva; no te
jactes... por su incredulidad
fueron quebradas, mas tú por la fe
estás en pie. No te ensoberbezcas,
antes teme, que sí Dios no perdonó
a las ramas naturales, a ti
tampoco no perdone" ( Romanos
17-21 ).
Ante el Tribunal
Supremo
Este tema está basado en S.
Mateo 22: 1-14
LA PARÁBOLA del
vestido de bodas representa una
lección del más alto
significado. El casamiento
representa la unión de la
humanidad con la divinidad; el
vestido de bodas representa el
carácter que todos deben poseer
para ser tenidos por dignos
convidados a las bodas.
En esta parábola
como en la de la gran cena, se
ilustran la invitación del
Evangelio, su rechazamiento por
el pueblo judío, y el
llamamiento de misericordia
dirigido a los gentiles. Pero de
parte de los que rechazan la
invitación, esta parábola
presenta un insulto mayor y un
castigo más terrible. El
llamamiento a la fiesta es una
invitación del rey. Procede de
aquel que está investido de
poder para ordenar. Confiere
gran honor. Sin embargo, el
honor no es apreciado. La
autoridad del rey es
menospreciada. Mientras la
invitación del padre de familia
fue recibida con indiferencia,
la del rey es recibida con
insultos y homicidio. Trataron a
sus siervos con desprecio,
afrontándolos y matándolos.
El padre de
familia, al ver despreciada su
invitación, declaró que ninguno
de los convidados probaría su
cena. Pero en cuanto a los que
habían despreciado al rey, se
decreta algo más que la
exclusión de su presencia y de
su mesa, pues "enviando sus
ejércitos, destruyó a aquellos
homicidas, y puso fuego a su
ciudad".
En ambas
parábolas, la fiesta queda
provista de convidados, pero la
segunda demuestra que todos los
que asisten a la fiesta han de
hacer cierta preparación. Los
que descuidan esta preparación
son echados fuera. "Y entró el
rey para ver a los convidados, y
vio allí un hombre no vestido de
boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo
entraste aquí no teniendo
vestido de boda? Mas él cerró la
boca. Entonces el rey dijo a los
que servían: Atado de pies y de
manos tomadle, y echadle en las
tinieblas de afuera: Allí será
el lloro y el crujir de
dientes".
La invitación a
la fiesta había sido dada por
los discípulos de Cristo.
Nuestro Señor había mandado a
los doce y después a los
setenta, para que proclamaran
que el reino de Dios estaba
cerca, e invitasen a los hombres
a arrepentirse y creer en el
Evangelio. Pero la invitación no
fue escuchada. Los que habían
sido invitados a la fiesta no
vinieron. Los siervos fueron
enviados más tarde para
decirles: "He aquí, mi comida he
aparejado; mis toros y animales
engordados son muertos, y todo
está prevenido: venid a las
bodas". Tal fue el mensaje dado
a la nación judía después de la
crucifixión de Cristo, pero la
nación que aseveraba ser el
pueblo peculiar de Dios rechazó
el Evangelio que se le traía con
el poder del Espíritu Santo.
Muchos hicieron esto de la
manera más despectiva. Otros se
exasperaron tanto por el
ofrecimiento de la salvación,
por la oferta de perdón, por
haber rechazado al Señor de
gloria, que se volvieron contra
los portadores del mensaje. Hubo
"una grande persecución" (
Hechos 8: 1 ). Muchos hombres y
mujeres fueron echados en la
cárcel, y fueron muertos algunos
de los mensajeros del Señor,
como Esteban y Santiago.
Así selló el
pueblo judío su rechazamiento de
la misericordia de Dios. El
resultado fue predicho por
Cristo en la parábola. El rey,
"enviando sus ejércitos,
destruyó a aquellos homicidas, y
puso fuego a su ciudad". El
juicio pronunciado vino sobre
los judíos en la destrucción de
Jerusalén y la dispersión de la
nación.
La tercera
invitación a la fiesta
representa la proclamación del
Evangelio a los gentiles. El rey
dijo: "Las bodas a la verdad
están aparejadas; mas los que
eran llamados no eran dignos. Id
pues a las salidas de los
caminos y llamad a las bodas a
cuantos hallareis".
Los siervos del
rey que salieron por los caminos
"juntaron a todos los que
hallaron; juntamente malos y
buenos". Era una compañía
heterogénea. Algunos no tenían
mayor respeto, por quien daba la
fiesta, que aquellos que habían
rechazado la invitación. Los que
fueron primeramente invitados no
podían consentir, pensaban
ellos, en sacrificar ninguna
ventaja mundanal para asistir al
banquete del rey. Y entre los
que aceptaron la invitación,
había algunos que sólo pensaban
en su propio beneficio. Vinieron
para disfrutar del banquete,
pero no por el deseo de honrar
al rey.
Cuando el rey
vino a ver a los convidados, se
reveló el verdadero carácter de
todos. Para cada uno de los
convidados a la fiesta se había
provisto un vestido de boda.
Este vestido era un regalo del
rey. Al usarlo, los convidados
mostraban su respeto por el
dador de la fiesta. Pero un
hombre estaba aún vestido con
sus ropas comunes. Había
rehusado hacer la preparación
requerida por el rey. Desdeñó
usar el manto provisto para él a
gran costo. De esta manera
insultó a su señor. A la
pregunta del rey: "¿Cómo
entraste aquí no teniendo
vestido de boda?" no pudo
contestar nada. Se condenó a sí
mismo. Entonces el rey dijo:
"Atado de pies y de manos
tomadle, y echadle en las
tinieblas de afuera".
El examen que de
los convidados a la fiesta hace
el rey, representa una obra de
juicio. Los convidados a la
fiesta del Evangelio son
aquellos que profesan servir a
Dios, aquellos cuyos nombres
están escritos en el libro de la
vida. Pero no todos los que
profesan ser cristianos son
verdaderos discípulos. Antes que
se dé la recompensa final, debe
decidirse quiénes son idóneos
para compartir la herencia de
los justos. Esta decisión debe
hacerse antes de la segunda
venida de Cristo en las nubes
del cielo; porque cuando él
venga, traerá su galardón
consigo, "para recompensar a
cada uno según fuere su obra" (
Apocalipsis 22: 12 ). Antes de
su venida, pues, habrá sido
determinado el carácter de la
obra de todo hombre, y a cada
uno de los seguidores de Cristo
le habrá sido fijada su
recompensa de acuerdo con sus
obras.
Mientras los
hombres moran todavía en la
tierra se verifica la obra del
juicio investigador en los
atrios del cielo. Delante de
Dios pasa el registro de la vida
de todos sus profesos
seguidores. Todos son examinados
según lo registrado en los
libros del cielo, y según sus
hechos queda para siempre fijado
el destino de cada uno.
El vestido de
boda de la parábola representa
el carácter puro y sin mancha
que poseerán los verdaderos
seguidores de Cristo. A la
iglesia "le fue dado que se
vista de lino fino, limpio y
brillante", "que no tuviese
mancha, ni arruga, ni cosa
semejante". El lino fino, dice
la Escritura, "son las
justificaciones de los santos" (
Apocalipsis 19: 8; Efesios 5: 27
). Es la justicia de Cristo, su
propio carácter sin mancha, que
por la fe se imparte a todos los
que lo reciben como Salvador
personal.
La ropa blanca
de la inocencia era llevada por
nuestros primeros padres cuando
fueron colocados por Dios en el
santo Edén. Ellos vivían en
perfecta conformidad con la
voluntad de Dios. Toda la fuerza
de sus afectos era dada a su
Padre celestial. Una hermosa y
suave luz, la luz de Dios,
envolvía a la santa pareja. Este
manto de luz era un símbolo de
sus vestiduras espirituales de
celestial inocencia. Si hubieran
permanecido fieles a Dios,
habría continuado
envolviéndolos. Pero cuando
entró el pecado, rompieron su
relación con Dios, y la luz que
los había circuido se apartó.
Desnudos y avergonzados,
procuraron suplir la falta de
los mantos celestiales cosiendo
hojas de higuera para cubrirse.
Esto es lo que
los transgresores de la ley de
Dios han hecho desde el día en
que Adán y Eva desobedecieron.
Han cosido hojas de higuera para
cubrir la desnudez causada por
la transgresión. Han usado los
mantos de su propia invención;
mediante sus propias obras han
tratado de cubrir sus pecados y
hacerse aceptables a Dios.
Pero esto no
pueden lograrlo jamás. El hombre
no puede idear nada que pueda
ocupar el lugar de su perdido
manto de inocencia. Ningún manto
hecho de hojas de higuera,
ningún vestido común a la usanza
mundana, podrán emplear aquellos
que se sienten con Cristo y los
ángeles en la cena de las bodas
del Cordero.
Unicamente el
manto que Cristo mismo ha
provisto puede hacernos dignos
de aparecer ante la presencia de
Dios. Cristo colocará este
manto, esta ropa de su propia
justicia sobre cada alma
arrepentida y creyente. "Yo te
amonesto -dice él- que de mí
compres... vestiduras blancas,
para que no se descubra la
vergüenza de tu desnudez" (
Apocalipsis 3: 18 ).
Este manto,
tejido en el telar del cielo, no
tiene un solo hilo de invención
humana. Cristo, en su humanidad,
desarrolló un carácter perfecto,
y ofrece impartirnos a nosotros
este carácter. "Como trapos
asquerosos son todas nuestras
justicias" ( Isaías 64: 6 ).
Todo cuanto podamos hacer por
nosotros mismos está manchado
por el pecado. Pero el Hijo de
Dios "apareció para quitar
nuestros pecados, y no hay
pecado en él". Se define el
pecado como "la transgresión de
la ley" ( 1 S. Juan 3: 5, 4 ).
Pero Cristo fue obediente a todo
requerimiento de la ley. El dijo
de sí mismo: "Me complazco en
hacer tu voluntad, oh Dios mío,
y tu ley está en medio de mi
corazón" ( Salmo 40: 8 ). Cuando
estaba en la tierra dijo a sus
discípulos: "He guardado los
mandamientos de mi Padre" ( S.
Juan 15: 10 ). Por su perfecta
obediencia ha hecho posible que
cada ser humano obedezca los
mandamientos de Dios. Cuando nos
sometemos a Cristo, el corazón
se une con su corazón, la
voluntad se fusiona con su
voluntad, la mente llega a ser
una con su mente, los
pensamientos se sujetan a él;
vivimos su vida. Esto es lo que
significa estar vestidos con el
manto de su justicia. Entonces,
cuando el Señor nos contempla,
él ve no el vestido de hojas de
higuera, no la desnudez y
deformidad del pecado, sino su
propia ropa de justicia, que es
la perfecta obediencia a la ley
de Jehová.
Los convidados a
la fiesta de bodas fueron
inspeccionados por el rey, y se
aceptó solamente a aquellos que
habían obedecido sus
requerimientos y se habían
puesto el vestido de bodas. Así
ocurre con los convidados a la
fiesta del Evangelio. Todos
deben ser sometidos al
escrutinio del gran Rey, y son
recibidos solamente aquellos que
se han puesto el manto de la
justicia de Cristo.
La justicia es
la práctica del bien, y es por
sus hechos por lo que todos han
de ser juzgados. Nuestros
caracteres se revelan por lo que
hacemos. Las obras muestran si
la fe es genuina o no.
No es suficiente
que creamos que Jesús no es un
impostor, y que la religión de
la Biblia no consiste en fábulas
arteramente compuestas. Podemos
creer que el nombre de Jesús es
el único nombre debajo del cielo
por el cual el hombre puede ser
salvo, y sin embargo, no hacer
de él, por la fe, nuestro
Salvador personal. No es
suficiente creer la teoría de la
verdad. No es suficiente
profesar fe en Cristo y tener
nuestros nombres registrados en
el libro de la iglesia. "El que
guarda sus mandamientos, está en
él, y él en él. Y en esto
sabemos que él permanece en
nosotros, por el Espíritu que
nos ha dado". "Y en esto sabemos
que nosotros le hemos conocido,
si guardamos sus mandamientos" (
1 S. Juan 3: 24; 2: 3 ). Esta es
la verdadera evidencia de la
conversión. No importa cuál sea
nuestra profesión de fe, no nos
vale de nada a menos que Cristo
se revele en obras de justicia.
La verdad ha de
implantarse en el corazón. Ha de
dominar la mente y los afectos.
Todo el carácter debe ser
amoldado por las declaraciones
divinas. Cada jota y tilde de la
Palabra de Dios ha de ser puesto
en práctica en la vida diaria.
El que llegue a
ser participante de la
naturaleza divina estará en
armonía con la gran norma de
justicia de Dios, su santa ley.
Está es la regla por la cual
Dios mide las acciones de los
hombres. Esta será la prueba del
carácter en el juicio.
Hay muchos que
aseveran que por la muerte de
Cristo fue abrogada la ley; pero
en esto contradicen las propias
palabras de Cristo: "No penséis
que he venido para abrogar la
ley o los profetas... Hasta que
perezca el cielo y la tierra, ni
una jota ni un tilde perecerá de
la ley" ( S. Mateo 5: 17, 18 ).
Cristo depuso su vida para
expiar la transgresión que el
hombre hiciera de la ley. Si la
ley pudiera haber sido cambiada
a puesta a un lado, entonces
Cristo no habría necesitado ser
muerto. Por su vida sobre la
tierra, él honró la ley de Dios.
Por su muerte, la estableció. El
dio su vida como sacrificio, no
para destruir la ley de Dios, no
para crear una norma inferior,
sino para que la justicia
pudiera ser mantenida, para
demostrar la inmutabilidad de la
ley, para que permaneciera para
siempre.
Satanás había
aseverado que era imposible para
el hombre obedecer los
mandamientos de Dios; y es
cierto que con nuestra propia
fuerza no podemos obedecerlos.
Pero Cristo vino en forma
humana, y por su perfecta
obediencia probó que la
humanidad y la divinidad
combinadas pueden obedecer cada
uno de los preceptos de Dios.
"A todos los que
le recibieron, dióles potestad
de ser hechos hijos de Dios, a
los que creen en su nombre" ( S.
Juan 1: 12 ). Este poder no se
halla en el agente humano. Es el
poder de Dios. Cuando un alma
recibe a Cristo, recibe poder
para vivir la vida de Cristo.
Dios exige que
sus hijos sean perfectos. Su ley
es una copia de su propio
carácter, y es la norma de todo
carácter. Esta norma infinita es
presentada a todos a fin de que
no haya equivocación respecto a
la clase de personas con las
cuales Dios ha de formar su
reino. La vida de Cristo sobre
la tierra fue una perfecta
expresión de la ley de Dios, y
cuando los que pretenden ser
hijos de Dios llegan a ser
semejantes a Cristo en carácter,
serán obedientes a los
mandamientos de Dios. Entonces
el Señor puede con confianza
contarlos entre el número que
compondrá la familia del cielo.
Vestidos con el glorioso manto
de la justicia de Cristo, poseen
un lugar en le banquete del Rey.
Tienen derecho a unirse a la
multitud que ha sido lavada con
sangre.
El hombre que
vino a la fiesta sin vestido de
bodas representa la condición de
muchos de los habitantes de
nuestro mundo actual. Profesan
ser cristianos, y reclaman las
bendiciones y privilegios del
Evangelio; no obstante no
sienten la necesidad de una
transformación del carácter.
Jamás han sentido verdadero
arrepentimiento por el pecado.
No se dan cuenta de su necesidad
de Cristo y de ejercer fe en él.
No han vencido sus tendencias
heredadas o sus malos hábitos
cultivados. Piensan, sin
embargo, que son bastante buenos
por sí mismos, y confían en sus
propios méritos en lugar de
esperar en Cristo. Habiendo oído
la palabra, vinieron al
banquete, pero sin haberse
puesto el manto de la justicia
de Cristo.
Muchos de los
que se llaman cristianos, son
meros moralistas humanos. Han
rechazado el don que podía
haberlos capacitado para honrar
a Cristo representándolo ante el
mundo. La obra del Espíritu
Santo es para ellos una obra
extraña. No son hacedores de la
Palabra. Los principios
celestiales que distinguen a los
que son uno con el mundo, ya
casi no se pueden distinguir.
Los profesos seguidores de
Cristo no son más un pueblo
separado y peculiar. La línea de
demarcación es borrosa. El
pueblo se está subordinando al
mundo, a su prácticas, a sus
costumbres, a su egoísmo. La
iglesia ha vuelto al mundo en la
transgresión de la ley, cuando
el mundo debiera haber vuelto a
la iglesia por la obediencia al
Decálogo. Diariamente, la
iglesia se está convirtiendo al
mundo.
Todos éstos
esperan ser salvos por la muerte
de Cristo, mientras rehúsan
vivir una vida de sacrificio
propio. Ensalzan las riquezas de
la abundante gracia, y pretenden
cubrirse con una apariencia de
justicia, esperando ocultar sus
defectos de carácter; pero sus
esfuerzos serán vanos en el gran
día de Dios.
La justicia de
Cristo no cubrirá ningún pecado
acariciado. Puede ser que un
hombre sea transgresor de la ley
en su corazón; no obstante, si
no comete un acto exterior de
transgresión, puede ser
considerado por el mundo como un
hombre de gran integridad. Pero
la ley de Dios mira los secretos
del corazón. Cada acción es
juzgada por los motivos que lo
impulsaron. Únicamente lo que
está de acuerdo con los
principios de la ley de Dios
soportará la prueba del juicio.
Dios es amor. El
mostró ese amor en el don de
Cristo. Cuando él dio "a su Hijo
unigénito, para que todo aquel
que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna" ( S. Juan
3: 16 ), no le negó nada a su
posesión adquirida. Dio todo el
cielo, del cual podemos obtener
fuerza y eficiencia, para que no
seamos rechazados o vencidos por
nuestro gran adversario. Pero el
amor de Dios no lo induce a
disculpar el pecado. No lo
disculpó en Satanás; no lo
disculpó en Adán o en Caín; ni
lo disculpará en ningún otro de
los hijos de los hombres. El no
tolerará nuestros pecados ni
pasará por alto nuestros
defectos de carácter. Espera que
los venzamos en su nombre.
Los que rechazan
el don de la justicia de Cristo
están rechazando los atributos
del carácter que harían de ellos
hijos e hijas de Dios. Están
rechazando lo único que podría
capacitarlos para ocupar un
lugar en la fiesta de bodas.
En la parábola,
cuando el rey preguntó: "¿Cómo
entraste aquí no teniendo
vestido de boda?" el hombre
quedó mudo. Así ocurrirá en el
gran día del juicio. Los hombres
pueden disculpar ahora sus
defectos de carácter, pero en
aquel día no tendrán excusas que
presentar.
Las iglesias
profesas de Cristo de esta
generación disfrutan de los más
altos privilegios. El Señor nos
ha sido revelado con una luz
cada vez mayor. Nuestros
Privilegios son mucho más
grandes que los del antiguo
pueblo de Dios. No sólo poseemos
la gran luz confiada a Israel,
sino que tenemos la creciente
evidencia de la gran salvación
que nos ha sido traída por
Jesucristo. Aquello que era tipo
y símbolo para los judíos es una
realidad para nosotros. Ellos
tenían la historia del Antiguo
Testamento; nosotros tenemos eso
y también el Nuevo Testamento.
Tenemos la seguridad de un
Salvador que ha venido, que ha
sido crucificado, que ha
resucitado y que junto al
sepulcro de José proclamó: "Yo
soy la resurrección y la vida".
En virtud del conocimiento que
poseemos de Cristo y su amor, el
reino de Dios es puesto en medio
de nosotros. Cristo nos es
revelado en sermones y nos es
cantado en himnos. El banquete
espiritual nos es presentado con
rica abundancia. El vestido de
bodas, provisto a un precio
infinito, es ofrecido
gratuitamente a cada alma.
Mediante los mensajeros de Dios
nos son presentadas la justicia
de Cristo, la justificación por
la fe, y las preciosas y
grandísimas promesas de la
Palabra de Dios, el libre acceso
al padre por medio de Cristo, la
consolación del Espíritu y la
bien fundada seguridad de la
vida eterna en el reino de Dios.
¿Qué otra cosa podía hacer Dios
que no haya hecho al proveer la
gran cena, el banquete
celestial?
Los ángeles
ministradores del cielo dicen:
La obra que se nos comisionó
realizar ya ha sido cumplida.
Hemos hecho retroceder el
ejército de los ángeles malos.
Hemos enviado claridad y luz a
las almas de los hombres,
despertando el recuerdo del amor
de Dios expresado en Jesús.
Hemos atraído sus miradas a la
cruz de Cristo. Sus corazones
fueron profundamente conmovidos
por una conciencia del pecado
que crucificó al Hijo de Dios.
Fueron convencidos de pecado.
Comprendieron los pasos que han
de de tomarse en la conversión;
sintieron el poder del
Evangelio; sus corazones fueron
enternecidos al considerar la
dulzura del amor de Dios.
Contemplaron la hermosura del
carácter de Cristo. Pero para la
mayoría todo esto fue en vano.
No quisieron abandonar sus
propios hábitos y su carácter.
No se quitaron los vestidos
terrenales a fin de ser
cubiertos con el manto
celestial. Sus corazones fueron
dados a la codicia. Amaron la
asociación del mundo más que a
su Dios.
Solemne será el
día de la decisión final. En
visión profética, el apóstol
Juan lo describe así: "Vi un
gran trono blanco y al que
estaba sentado sobre él, de
delante del cual huyó la tierra
y el cielo; y no fue hallado el
lugar de ellos. Y vi los
muertos, grandes y pequeños, que
estaban delante de Dios; y los
libros fueron abiertos: y otro
libro fue abierto, el cual es de
la vida: y fueron juzgados los
muertos por las cosas que
estaban escritas en los libros
según sus obras" ( Apocalipsis
20: 11, 12 ).
Triste será la
visión retrospectiva en aquel
día cuando los hombres se hallen
cara a cara con la eternidad. La
vida entera se presentará tal
cual ha sido. Los placeres
mundanos, las riquezas y los
honores no parecerán entonces
tan importantes. Los hombres
verán que únicamente la justicia
que despreciaron es de valor.
Verán que han modelado su
carácter bajo las seducciones
engañosas de Satanás. Las ropas
que han escogido son la insignia
de su alianza con el primer gran
apóstata. Entonces verán los
resultados de su elección.
Conocerán lo que significa
violar los mandamientos de Dios.
No habrá un
tiempo de gracia futuro en el
cual prepararse para la
eternidad. En esta vida hemos de
vestirnos con el manto de la
justicia de Cristo. Esta es
nuestra única oportunidad de
formar caracteres para el hogar
que Cristo ha preparado para los
que obedecen sus mandamientos.
Los días de
gracia que tenemos están
terminando rápidamente. El fin
está cerca. A nosotros se nos
hace la advertencia: "Mirad por
vosotros, que vuestros corazones
no sean cargados de glotonería y
embriaguez, y de los cuidados de
esta vida, y venga de repente
sobre vosotros aquel día" ( S.
Lucas 21: 34 ). Estad
apercibidos, no sea que el
banquete del Rey os sorprenda
sin vestido de bodas.
"Porque el Hijo
del hombre ha de venir a la hora
que no pensáis". "Bienaventurado
el que vela, y guarda sus
vestiduras, para que no ande
desnudo, y vean su vergüenza" (
S. Mateo 24: 44; Apocalipsis 16:
15 ).
Cómo Enriquecer la
Personalidad
Este Tema está basado en S.
Mateo 25: 13-30
EN EL Monte de
las Olivas, Cristo había
hablado a sus discípulos de su
segunda venida al mundo. Había
especificado ciertas señales
de la proximidad de su
advenimiento y les había dicho
a sus discípulos que velasen y
se preparasen. Otra vez les
repitió la advertencia:
"Velad, pues, porque no sabéis
el día ni la hora en que el
hijo del hombre ha de venir".
Entonces les hizo ver en qué
consistía velar por su venida.
No se debe pasar el tiempo en
ociosa espera, sino en
diligente actividad. Tal es la
lección que él enseñó en la
parábola de los talentos.
"El reino de
los cielos -dijo él- es como
un hombre que partiéndose
lejos llamó a sus siervos, y
les entregó sus bienes. Y a
éste dio cinco talentos, y al
otro dos, y al otro uno: a
cada uno conforme a su
facultad; y luego se partió
lejos". El hombre que va a un
país lejano representa a
El hombre que
va a un país lejano representa
a Cristo, quien, cuando dijo
esta parábola estaba por
partir de esta tierra para ir
al cielo. Los "siervos" o
esclavos de la parábola
representan a los seguidores
de Cristo. No somos nuestros.
Hemos sido "comprados... por
precio", "no con cosas
corruptibles, como oro o
plata; sino con la sangre
preciosa de Cristo"; "para que
los que viven, ya no vivan
para sí, mas para aquel que
murió y resucitó por ellos" (
1 Corintios 6: 20; 1 S. Pedro
1: 18, 19; 2 Corintios 5: 15
).
Todos los
hombres han sido comprados por
este precio infinito. Al
derramar todos los tesoros del
cielo en este mundo, al darnos
en Cristo todo el cielo, Dios
ha comprado la voluntad, los
afectos, la mente, el alma de
cada ser humano. Todos los
hombres pertenecen a Dios, ya
sean creyentes o incrédulos.
Todos son llamados a servirle,
y en el día del juicio se
requerirá de todos que rindan
cuenta de la forma en que
hayan respondido a esa
demanda.
Sin embargo,
no todos reconocen los
derechos de Dios. En la
parábola se presenta como sus
siervos a los que profesan
haber aceptado el servicio de
Cristo.
Los seguidores
de Cristo han sido redimidos
para servir. Nuestro Señor
enseña que el verdadero objeto
de la vida es el ministerio.
Cristo mismo fue obrero, y a
todos sus seguidores les
presenta la ley del servicio,
el servicio a Dios y a sus
semejantes. Aquí Cristo
presenta al mundo un concepto
más elevado acerca de la vida
de lo que jamás ellos habían
conocido. Mediante una vida de
servicio en favor de otros, el
hombre se pone en íntima
relación con Cristo. La ley
del servicio viene a ser el
eslabón que nos une a Dios y a
nuestros semejantes.
Cristo confía
"sus bienes" a sus siervos:
algo que puedan usar para él.
Da "a cada uno su obra". Cada
uno tiene su lugar en el plan
eterno del cielo. Cada uno ha
de trabajar en cooperación con
Cristo para la salvación de
las almas. Tan ciertamente
como hay un lugar preparado
para nosotros en las mansiones
celestiales, hay un lugar
designado en la tierra donde
hemos de trabajar para Dios.
Los dones del
Espíritu Santo
Los talentos
que Cristo confía a su iglesia
representan especialmente las
bendiciones y los dones
impartidos por el Espíritu
Santo. "A éste es dada por el
Espíritu palabra de sabiduría;
a otro palabra de ciencia
según el mismo Espíritu, a
otro, fe por el mismo
Espíritu, y a otro, dones de
sanidades por el mismo
Espíritu; a otro, operaciones
de milagros, y a otro,
profecía, y a otro, discreción
de espíritus; y a otro, género
de lenguas; y a otro,
interpretación de lenguas. Mas
todas estas cosas obra uno y
el mismo Espíritu, repartiendo
particularmente a cada uno
como quiere" ( 1 Corintios 12:
8-11 ). Todos los hombres no
reciben los mismos dones, pero
se promete algún don del
Espíritu a cada siervo del
Maestro.
Antes de dejar
a sus discípulos, Cristo
"sopló, y díjoles: Tomad el
Espíritu Santo". Otra vez
dijo: "He aquí, yo enviaré la
promesa de mi Padre sobre
vosotros" ( S. Juan 20: 22; S.
Lucas 24: 49 ). Sin embargo,
este don no fue recibido en su
plenitud hasta después de la
ascensión. No fue recibido el
derramamiento del Espíritu
hasta que, mediante la fe y la
oración, los discípulos se
consagraron plenamente para
efectuar la obra de Cristo.
Entonces, en un sentido
especial, los bienes del cielo
fueron entregados a los
seguidores de Cristo.
"Subiendo a lo alto, llevó
cautiva la cautividad, y dio
dones a los hombres". "A cada
uno de nosotros es dada la
gracia conforme a la medida
del don de Cristo", y el
Espíritu reparte
"particularmente a cada uno
como quiere" ( Efesios 4: 8,
7; 1 Corintios 12: 11 ). Los
dones ya son nuestros en
Cristo, pero su posesión
verdadera depende de nuestra
recepción del Espíritu de
Dios.
La promesa del
Espíritu no se aprecia como se
debiera. Su cumplimiento no se
comprende como se podría. La
ausencia del Espíritu es lo
que hace tan impotente el
ministerio evangélico. Se
puede poseer sabiduría,
talentos, elocuencia, todo don
natural o adquirido; pero sin
la presencia del Espíritu de
Dios no se conmoverá a ningún
corazón ni ningún pecador será
ganado para Cristo. Por el
otro lado, si están
relacionados con Cristo, si
los dones del Espíritu son
suyos, los más pobres y los
más ignorantes de sus
discípulos tendrán un poder
que hablará a los corazones.
Dios los convierte en los
instrumentos que ejercen la
más elevada influencia en el
universo.
Otros talentos
Los dones
especiales del Espíritu no son
los únicos talentos
representados en la parábola.
Ella incluye todos los dones y
talentos, ya sean originales o
adquiridos, naturales o
espirituales. Todos han de ser
empleados en el servicio de
Cristo. Al convertirnos en sus
discípulos, nos entregamos a
él con todo lo que somos y
tenemos. El nos devuelve esos
dones purificados y
ennoblecidos, a fin de que los
empleemos para su gloria
bendiciendo a nuestros
prójimos.
A cada hombre
Dios lo ha dotado "conforme a
su facultad". Los talentos no
se distribuyen
caprichosamente; el que tiene
capacidad para usar cinco
talentos, recibe cinco; el que
no puede aprovechar sino dos,
recibe dos; el que puede
sabiamente usar sólo uno,
recibe uno. Nadie necesita
lamentarse por no haber
recibido dones mayores; pues
Aquel que los a distribuido a
todo hombre es honrado
igualmente por el
aprovechamiento de cada
depósito, ora sea grande o
pequeño. Aquel a quien se le
han entregado cinco talentos,
ha de rendir cuenta por el
aprovechamiento de cinco; el
que no tiene sino uno, por el
de uno. Dios espera resultados
por lo que el hombre "tiene,
no por lo que no tiene" ( 2
Corintios 8: 12 ).
El uso de los
talentos
En la
parábola, el que había
"recibido cinco talentos, se
fue, y granjeó con ellos, e
hizo otros cinco talentos.
Asimismo el que había recibido
dos, ganó también él otros
dos".
Los talentos,
aunque sean pocos, han de ser
usados. La pregunta que más
nos interesa no es: ¿cuánto he
recibido? sino, ¿qué estoy
haciendo con lo que tengo? El
desarrollo de todas nuestras
facultades es el primer deber
que tenemos para con Dios y
nuestros prójimos. Nadie que
no crezca diariamente en
capacidad y utilidad, está
cumpliendo el propósito de la
vida. Al hacer una profesión
de fe en Cristo, nos
comprometemos a
desarrollarnos, en la medida
plena de nuestra capacidad,
como obreros para el maestro,
y debiéramos cultivar toda
facultad hasta el más elevado
grado de perfección, a fin de
que podamos realizar el mayor
bien de que seamos capaces.
El Señor tiene
una gran obra que ha de ser
hecha, y él recompensará en
mayor escala, en la vida
futura, a los que presten un
servicio más fiel y voluntario
en la vida presente. El Señor
escoge sus propios agentes, y
cada día, bajo diferentes
circunstancias, los prueba en
su plan de acción. En cada
esfuerzo hecho de todo corazón
para realizar su plan, él
escoge a sus agentes, no
porque sean perfectos, sino
porque, mediante la relación
con él, pueden alcanzar la
perfección.
Dios aceptará
únicamente a los que están
determinados a ponerse un
blanco elevado. Coloca a cada
agente humano bajo la
obligación de hacer lo mejor
que puede. De todos exige
perfección moral. Nunca
debiéramos rebajar la norma de
justicia a fin de
contemporizar con malas
tendencias heredadas o
cultivadas. Necesitamos
comprender que es pecado la
imperfección de carácter. En
Dios se hallan todos los
atributos justos de carácter
como todo perfecto y
armonioso, y cada uno de los
que reciben a Cristo como su
Salvador personal, tiene el
privilegio de poseer esos
atributos.
Y todos los
que quieran ser obreros
juntamente con Dios, deben
esforzarse por alcanzar la
perfección de cada órgano del
cuerpo y cada cualidad de la
mente. La verdadera educación
es la preparación de las
facultades físicas, mentales y
morales para la ejecución de
todo deber; es el
adiestramiento del cuerpo, la
mente y el alma para el
servicio divino. Esta es la
educación que perdurará en la
vida eterna.
El Señor
requiere que cada cristiano
crezca en eficiencia y
capacidad en todo sentido.
Cristo nos ha pagado nuestro
salario, sus propia sangre y
sufrimiento, para obtener
nuestro servicio voluntario.
Vino a nuestro mundo para
darnos un 266 ejemplo de cómo
debemos trabajar, y qué
espíritu debiéramos manifestar
en nuestra labor. Desea que
estudiemos la mejor forma de
hacer adelantar su obra y
glorificar su nombre en el
mundo, coronando de honor y
del más grande amor y devoción
al Padre, que "de tal manera
amó... al mundo, que ha dado a
su Hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree, no
se pierda, mas tenga vida
eterna" ( S. Juan 3: 16 ).
Sin embargo,
Cristo no nos ha dado la
seguridad de que sea asunto
fácil lograr la perfección del
carácter. Un carácter noble,
cabal, no se hereda. No lo
recibimos accidentalmente. Un
carácter noble se obtiene
mediante esfuerzos
individuales, realizados por
los méritos y la gracia de
Cristo. Dios da los talentos,
las facultades mentales;
nosotros formamos el carácter.
Lo desarrollamos sosteniendo
rudas y severas batallas
contra el yo. Hay que sostener
conflicto tras conflicto
contra las tendencias
hereditarias. Tendremos que
criticarnos a nosotros mismos
severamente, y no permitir que
quede sin corregir un solo
rasgo desfavorable.
Nadie diga: No
puedo remediar mis defectos de
carácter. Si llegáis a esta
conclusión, dejaréis
ciertamente de obtener la vida
eterna. La imposibilidad
reside en vuestra propia
voluntad. Si no queréis, no
podéis vencer. La verdadera
dificultad proviene de la
corrupción de un corazón no
santificado y de la falta de
voluntad para someterse al
gobierno de Dios.
Muchos a
quienes Dios ha calificado
para hacer un excelente
trabajo, realizan muy poco,
porque intentan poco. Miles
pasan por la vida como si no
tuvieran objeto definido por
el cual vivir, ni norma que
alcanzar. Los tales recibirán
una recompensa proporcionada a
sus obras.
Recordad que
nunca alcanzaréis una norma
más elevada que la que
vosotros mismos os fijéis.
Proponeos, pues, un blanco
alto, y ascended todo el largo
de la escalera del progreso
paso a paso, aunque represente
penoso esfuerzo, abnegación y
sacrificio. Que nada os
estorbe. El destino no ha
tejido sus redes alrededor de
ningún ser humano tan
firmemente que éste tenga que
permanecer impotente y en la
incertidumbre. Las
circunstancias adversas
deberían crear una firme
determinación de vencerlas. El
quebrantar una barrera dará
mayor habilidad y valor para
seguir adelante. Avanzad con
determinación en la debida
dirección, y las
circunstancias serán vuestros
ayudadores, no vuestros
obstáculos.
Para gloria
del Maestro, ambicionad
cultivar todas gracias del
carácter. Debéis agradar a
Dios en todos los aspectos de
la formación de vuestro
carácter. Podéis hacerlo, pues
Enoc agradó al Señor aunque
vivía en una época degenerada.
Y en nuestros días también hay
Enocs.
Permaneced
firmes como Daniel, el fiel
hombre de estado a quien
ninguna tentación pudo
corromper. No chasqueéis a
Aquel que os amó de tal manera
que dio su propia vida para
expiar vuestros pecados. "Sin
mí nada podéis hacer" ( S.Juan
15: 5 ), dice. Recordad esto.
Si habéis cometido errores,
ganáis ciertamente una
victoria si los veis y los
consideráis señales de
advertencia. De ese modo
transformáis la derrota en
victoria, chasqueando al
enemigo y honrando a vuestro
Redentor.
Un carácter
formado a la semejanza divina
es el único tesoro que podemos
llevar de este mundo al
venidero. Los que en este
mundo andan de acuerdo con las
instrucciones de Cristo,
llevarán consigo a las
mansiones celestiales toda
adquisición divina. Y en el
cielo mejoraremos
continuamente. Cuán importante
es, pues, el desarrollo del
carácter en esta vida.
Los seres
celestiales obrarán con el
agente humano que con
determinada fe busque esa
perfección de carácter que
alcanzará la perfección en la
acción. Cristo dice a cada uno
de los que se ocupan en su
obra: Estoy a tu mano derecha
para ayudarte.
Cuando la
voluntad del hombre coopera
con la voluntad de Dios, llega
a ser omnipotente. Cualquier
cosa que debe hacerse por
orden suya, puede llevarse a
cabo con su fuerza. Todos sus
mandatos son habilitaciones.
Las facultades
mentales
Dios requiere
el adiestramiento de las
facultades mentales. El se
propone que sus siervos posean
más inteligencia y más claro
discernimiento que los
mundanos, y le desagradan
aquellos que son demasiado
descuidados o insolentes para
llegar a ser obreros
eficientes, bien informados.
El Señor nos manda que lo
amemos con todo el corazón, y
con toda el alma, y con toda
la fuerza, y con toda la
mente. Esto nos impone la
obligación de desarrollar el
intelecto hasta su máxima
capacidad, para que podamos
conocer y amar a nuestro
Creador con todo el
entendimiento.
Si el
intelecto es colocado bajo el
dominio del Espíritu de Dios,
cuanto más se lo cultiva, más
eficazmente puede ser usado en
el servicio de Dios. El hombre
sin instrucción, que es
consagrado a Dios y anhela
beneficiar a otros, puede ser
usado por el Señor en su
servicio, y lo es. Pero los
que, con el mismo espíritu de
consagración, han tenido el
beneficio de una educación
cabal, pueden realizar una
obra mucho más extensa para
Cristo. Se hallan colocados en
posición ventajosa.
El Señor desea
que obtengamos toda la
educación posible, con el
objeto de impartir nuestro
conocimiento a otros. Nadie
puede saber dónde o cómo ha de
ser llamado a trabajar o
hablar en favor de Dios. Sólo
nuestro Padre celestial ve lo
que puede hacer de los
hombres. Hay ante nosotros
posibilidades que nuestra
débil fe no discierne. Nuestra
mente debiera ser enseñada en
forma tal que, si fuere
necesario, podamos presentar
las verdades de la Palabra de
Dios ante las más altas
autoridades terrenales y de un
modo que glorifique su nombre.
No deberíamos descuidar ni una
sola oportunidad de
prepararnos intelectualmente
para trabajar por Dios.
Pónganse a
trabajar los jóvenes que
necesitan una educación, con
la determinación de lograrla.
No esperéis una oportunidad;
hacedla. Aprovechad cualquier
pequeña ocasión que se os
presente. Practicad la
economía. No gastéis vuestros
medios en la satisfacción de
vuestro apetito o en la
búsqueda de los placeres.
Decidíos a ser tan útiles y
eficientes como Dios os pide
que seáis. Sed cabales y
fieles en todo lo que
emprendáis. Aprovechad todas
las ventajas que haya a
vuestro alcance para
fortalecer el intelecto.
Combinad el estudio de los
libros con el trabajo manual
útil, y mediante el esfuerzo
fiel, la vigilancia y la
oración, obtened la sabiduría
de origen celestial. Esto os
dará una educación
equilibrada. Así podréis
elevaros en carácter, y
adquirir una influencia sobre
otras mentes, que os
capacitará para dirigirlas por
el sendero de la justicia y la
santidad.
Si
comprendiéramos plenamente
nuestras oportunidades y
privilegios, se podría llevar
a cabo mucho más en la obra de
la autoeducación. La verdadera
educación significa más que lo
que los colegios pueden dar.
Aunque no se debe descuidar el
estudio de las ciencias,
existe una preparación más
elevada que ha de obtenerse
mediante una relación vital
con Dios. Tome cada estudiante
su Biblia y póngase en
comunión con el gran Maestro.
Edúquese y disciplínese la
mente para luchar con
problemas arduos en la
búsqueda de la verdad divina.
Los que desean
ardientemente obtener
conocimiento, para ser una
bendición a sus semejantes,
recibirán ellos mismos la
bendición de Dios. Mediante el
estudio de su Palabra sus
facultades mentales serán
despertadas a una actividad
fervorosa. Se producirá una
expansión y un desarrollo de
las facultades, y la mente
adquirirá poder y eficiencia.
Todo el que
quiere ser un obrero para Dios
tiene que practicar la
disciplina propia. Esto
logrará más que la elocuencia
o los talentos más destacados.
Una mente común, bien
disciplinada, efectuará una
obra mayor y más elevada que
la mente mejor educada y los
mayores talentos sin el
dominio propio.
El habla
La facultad
del habla es un talento que
debiera ser diligentemente
cultivado. De todos los dones
que hemos recibido de Dios,
ninguno puede ser una
bendición mayor que éste. Con
la voz convencemos y
persuadimos; con ella oramos y
alabamos a Dios, y con ella
hablamos a otros del amor del
Redentor. Cuán importante es,
entonces, que se eduque de tal
manera que sea lo más eficaz
posible para bien.
La cultura y
el uso debido de la voz son
grandemente descuidados, aun
por personas de inteligencia y
actividad cristiana. Hay
muchos que leen o hablan en
voz tan baja o de un modo tan
rápido que no puede
entendérseles fácilmente.
Algunos tienen una
pronunciación apagada e
indistinta, otros hablan en
tonos agudos y penetrantes,
que resultan penosos para los
que oyen. Los textos, los
himnos, los informes y otras
cosas presentadas ante
asambleas públicas, son a
veces leídos de tal manera que
no se entienden, y a menudo su
fuerza y poder impresionante
quedan destruidos.
Este es un mal
que puede y debe corregirse.
Sobre este punto nos instruye
la Biblia. Se nos dice de los
levitas, que leían las
Escrituras al pueblo en los
días de Esdras: "Y leían en el
libro de la ley de Dios
claramente, y ponían el
sentido, de modo que
entendiesen la lectura" (
Nehemias 8: 8 ).
Mediante un
esfuerzo diligente todos
pueden adquirir la habilidad
de leer inteligiblemente y
hablar en un tono de voz
fuerte, claro, sonoro, de un
modo distinto e impresionante.
Haciendo esto podemos aumentar
grandemente nuestra eficiencia
como obreros de Cristo.
Todo cristiano
está llamado a dar a conocer a
otros las inescrutables
riquezas de Cristo; por lo
tanto debiera procurar la
perfección en el habla.
Debiera presentar la Palabra
de Dios de un modo que la
recomendara a sus oyentes.
Dios no desea que sus
intermediarios sean incultos.
No es su voluntad que el
hombre rebaje o degrade la
corriente celestial qué fluye
por medio de él al mundo.
Debiéramos
mirar a Jesús, el modelo
perfecto; debiéramos orar por
la ayuda del Espíritu Santo, y
con su fuerza tratar de educar
todo órgano para hacer una
obra perfecta.
Esto es
especialmente cierto con
respecto a aquellos que son
llamados al ministerio
público. Todo ministro y todo
maestro debe recordar que está
dando a la gente un mensaje
que encierra intereses
eternos. La verdad que
prediquen los juzgará en el
gran día del ajuste final de
cuentas. Y en el caso de
algunas almas, el modo en que
se presente el mensaje,
determinará su recepción o
rechazamiento. Entonces,
háblese la palabra de tal
manera que despierte el
entendimiento e impresione el
corazón. Lenta, distinta y
solemnemente debiera hablarse
la palabra, y con todo el
fervor que su importancia
requiere.
La debida
cultura y el uso de la
facultad del habla es parte de
todo ramo de servicio
cristiano; entra en la vida
familiar y en toda nuestra
relación mutua. Hemos de
acostumbrarnos a hablar en
tonos agradables, a usar un
lenguaje puro y correcto, y
palabras bondadosas y
corteses. Las palabras dulces,
amables, son como el rocío y
la suave lluvia para el alma.
La Escritura dice de Cristo
que la gracia fue derramada en
sus labios, para que pudiera
"hablar en sazón palabra al
cansado" ( Salmo 45: 2; Isaías
50: 4 ). Y el Señor nos insta:
"Sea vuestra palabra siempre
con gracia", "para que dé
gracia a los oyentes" (
Colosenses 4: 6; Efesios 4: 29
).
Al tratar de
corregir o reformar a otros,
debiéramos cuidar nuestras
palabras. Ellas serán un sabor
de vida para vida o de muerte
para muerte. Al dar
reprensiones o consejos,
muchos se permiten un lenguaje
mordaz y severo, palabras no
apropiadas para sanar el alma
herida. Por estas expresiones
imprudentes se crea un
espíritu receloso, y a menudo
los que yerran son incitados a
la rebelión. Todos los que
defienden los principios de
verdad necesitan recibir el
celestial aceite del amor. En
toda circunstancia la
reprensión debe ser hecha con
amor. Entonces nuestras
palabras reformarán, sin
exasperar. Cristo
proporcionará por medio de su
Espíritu Santo la fuerza y el
poder. Esta es su obra.
No debiera
pronunciarse imprudentemente
ninguna palabra. Ninguna
conversación maliciosa,
ninguna charla frívola,
ninguna expresión de
descontento o insinuación
impura escapará de los labios
del que sigue a Cristo. El
apóstol Pablo, al escribir
inspirado por el Espíritu
Santo, dice: "Ninguna palabra
torpe salga de vuestra boca" (
Efesios 4: 29 ). Esto quiere
significar no sólo palabras
viles, sino cualquier
expresión contraria a los
santos principios y a la pura
e inmaculada religión. Incluye
las sugestiones impuras y las
ocultas insinuaciones al mal.
A menos que éstas sean
resistidas inmediatamente,
conducirán a pecados mayores.
Sobre cada
familia, sobre cada cristiano
individual, descansa el deber
de cerrar el camino a las
conversaciones impuras. Cuando
estamos en compañía de
aquellos que se permiten una
conversación frívola, es
nuestro deber cambiar, si es
posible, el tema. Con la ayuda
de la gracia de Dios
debiéramos tranquilamente
dejar caer una palabra o
introducir un tema que cambie
el giro de la conversación
hacia un cauce provechoso.
Es obra de los
padres inculcar en sus hijos
la costumbre de hablar
correctamente. La mejor
escuela para obtener esta
cultura es el hogar. Desde sus
tempranos años se debiera
enseñar a los niños a hablar
respetuosa y amablemente con
sus padres y unos con otros.
Debe enseñárseles que
solamente palabras amables,
veraces y puras debieran
traspasar sus labios. Sean los
padres mismos alumnos diarios
en la escuela de Cristo.
Entonces, por precepto y
ejemplo, pueden enseñar a sus
hijos el uso de toda "palabra
sana e irreprensible" ( Tito
2: 8 ). Este es uno de sus
deberes mayores y que implica
más responsabilidad.
Como
seguidores, de Cristo hemos de
hacer que nuestras palabras
sean motivo de ayuda y ánimo
mutuos en la vida cristiana.
Necesitamos hablar mucho más
de lo que solemos de los
capítulos preciosos de nuestra
experiencia. Debiéramos hablar
de la misericordia y la amante
bondad de Dios, de la
incomparable profundidad del
amor del Salvador. Nuestras
palabras debieran ser palabras
de alabanza y agradecimiento.
Si la mente y el corazón están
llenos del amor de Dios, éste
se revelará en la
conversación. No será un
asunto difícil impartir
aquello que forma parte de
nuestra vida espiritual. Los
grandes pensamientos, las
nobles aspiraciones, las
claras percepciones de la
verdad, los propósitos
altruistas, los anhelos de
piedad y santidad, llevarán
fruto en palabras que
revelarán el carácter del
tesoro del corazón. Cuando
Cristo sea así revelado por
nuestras palabras, éstas
poseerán poder para ganar
almas para él.
Hemos de
hablar de Cristo a aquellos
que no lo conocen. Hemos de
obrar como lo hizo Cristo.
Doquiera él estuviera: en la
sinagoga, junto al camino, en,
un bote algo alejado de
tierra, en el banquete del
fariseo o en la mesa del
publicano, hablaba a las
gentes de las cosas
concernientes a la vida
superior. Relacionaba la
naturaleza y los
acontecimientos de la vida
diaria con las palabras de
verdad. Los corazones de sus
oyentes eran atraídos hacia
él; porque él había sanado a
sus enfermos, había consolado
a los afligidos, y tomando a
sus niños en sus brazos, los
había bendecido. Cuando él
abría los labios para hablar,
la atención se concentraba en
él, y cada palabra era para
algún alma sabor de vida para
vida.
Así debe ser
con nosotros. Doquiera
estemos, hemos de procurar
aprovechar las oportunidades
que se nos presenten para
hablar a otros del Salvador.
Si seguimos el ejemplo de
Cristo en hacer bien, los
corazones se nos abrirán como
se le abrían a él. No
bruscamente, sino con tacto
impulsado por el amor divino,
podremos hablarles de Aquel
que es "señalado entre diez
mil", y "todo él codiciable" (
Cantares 5: 10, 16 ). Esta es
la obra suprema en la cual
podemos emplear el talento del
habla. Dicho talento nos ha
sido dado para que podamos
presentar a Cristo como el
Salvador que perdona el
pecado.
La influencia
La vida de
Cristo era de una influencia
siempre creciente, sin
límites; una influencia que lo
ligaba a Dios y a toda la
familia humana. Por medio de
Cristo, Dios ha investido al
hombre de una influencia que
le hace imposible vivir para
sí. Estamos individualmente
vinculados con nuestros
semejantes, somos una parte
del gran todo de Dios y nos
hallamos bajo obligaciones
mutuas. Ningún hombre puede
ser independiente de sus
prójimos, pues el bienestar de
cada uno afecta a los demás.
Es el propósito de Dios que
cada uno se sienta necesario
para el bienestar de los otros
y trate de promover su
felicidad.
Cada alma está
rodeada de una atmósfera
propia, de una atmósfera que
puede estar cargada del poder
vivificante de la fe, el valor
y la esperanza, y endulzada
por la fragancia del amor. O
puede ser pesada y fría por la
bruma del descontento y el
egoísmo, o estar envenenada
por la contaminación fatal de
un pecado acariciado. Toda
persona con la cual nos
relacionarnos queda,
consciente o
inconscientemente, afectada
por la atmósfera que nos
rodea.
Es ésta una
responsabilidad de la que no
nos podemos librar. Nuestras
palabras, nuestros actos,
nuestro vestido, nuestra
conducta, hasta la expresión
de nuestro rostro, tienen
influencias. De la impresión
así hecha dependen resultados
para bien o para mal, que
ningún hombre puede medir.
Cada impulso impartido de ese
modo es una semilla sembrada
que producirá su cosecha. Es
un eslabón de la larga cadena
de los acontecimientos
humanos, que se extiende hasta
no sabemos dónde. Si por
nuestro ejemplo ayudamos a
otros a desarrollar buenos
principios, les damos poder
para hacer el bien. Ellos a su
vez ejercen la misma
influencia sobre otros, y
éstos sobre otros más. De este
modo, miles pueden ser
bendecidos por nuestra
influencia inconsciente.
Arrojad una
piedrecita al lago, y se
formará una onda y otra y
otra, y a medida que crecen
éstas, el círculo se agranda
hasta que llega a la costa
misma. Lo mismo ocurre con
nuestra influencia. Más allá
del alcance de nuestro
conocimiento o dominio, obra
en otros como una bendición o
una maldición.
El carácter es
poder. El testimonio
silencioso de una vida
sincera, abnegada y piadosa,
tiene una influencia casi
irresistible. Al revelar en
nuestra propia vida el
carácter de Cristo, cooperamos
con él en la obra de salvar
almas. Solamente revelando en
nuestra vida su carácter,
podemos cooperar con él.
Y cuanto mas
amplia es la esfera de nuestra
influencia, mayor bien podemos
hacer. Cuando los que profesan
servir a Dios sigan el ejemplo
de Cristo practicando los
principios de la ley en su
vida diaria; cuando cada acto
dé testimonio de que aman a
Dios más que todas las cosas y
a su prójimo como a sí mismos,
entonces la iglesia tendrá
poder para conmover al mundo.
Pero nunca ha
de olvidarse que la influencia
no ejerce menos poder para el
mal. Perder la propia alma es
algo terrible, pero ser la
causa de la pérdida de otras
almas es más terrible aún.
Resulta terrible pensar que
nuestra influencia pueda ser
un sabor de muerte para
muerte; no obstante es
posible. Muchos de los que
profesan recoger con Cristo
están alejando a otros de él.
Por esto la iglesia es tan
débil. Muchos se permiten
criticar y acusar a otros
libremente. Al dar expresión a
las suspicacias, los celos y
el descontento, se convierten
en instrumentos de Satanás.
Antes de que se den cuenta de
lo que están haciendo, el
adversario ha logrado por
medio de ellos su propósito.
La impresión del mal ha sido
hecha, la sombra ha sido
arrojada, las flechas de
Satanás han dado en el blanco.
La desconfianza, la
incredulidad y un escepticismo
absoluto han hecho presa de
aquellos que de otra manera
hubieran aceptado a Cristo.
Entre tanto, los siervos de
Satanás miran complacidos a
aquellos a quienes han
conducido al escepticismo, y
que están hoy endurecidos
contra la reprensión y la
súplica. Se jactan de que en
comparación con esas almas
ellos son virtuosos y justos.
No se dan cuenta de que estos
pobres náufragos del carácter
son la obra de sus propias
lenguas irrefrenadas y de sus
rebeldes corazones. Mediante
su propia influencia esas
almas tentadas han caído.
Así la
frivolidad, la complacencia
propia y la descuidada
indiferencia de los profesos
cristianos están apartando a
muchas almas del camino de la
vida. Son muchos los que
temerán encontrarse ante el
tribunal de Dios con los
resultados de su influencia.
Solamente por
la gracia de Dios podemos
emplear debidamente este don.
No hay nada en nosotros mismos
por lo cual podamos ejercer
sobre otros influencia para
bien. Al comprender nuestra
impotencia y nuestra necesidad
del poder divino, no
confiaremos en nosotros
mismos. No sabemos qué
resultados traerá un día, una
hora o un momento, y nunca
debiéramos comenzar el día sin
encomendar nuestros caminos a
nuestro Padre celestial. Sus
ángeles están comisionados
para velar por nosotros, y si
nos sometemos a su custodia,
entonces en cada ocasión de
peligro estarán a nuestra
diestra. Cuando
inconscientemente estamos en
peligro de ejercer una mala
influencia, los ángeles
estarán a nuestro lado,
induciéndonos a un mejor
proceder, escogiendo 277 las
palabras por nosotros, e
influyendo en nuestras
acciones. En esta forma,
nuestra influencia pueden
llegar, a ser un gran poder,
aunque silencioso e
inconsciente, para llevar a
otros a Cristo y al mundo
celestial.
El tiempo
Nuestro tiempo
pertenece a Dios. Cada momento
es suyo, y nos hallamos bajo
la más solemne obligación de
aprovecharlo para su gloria.
De ningún otro talento que él
nos haya dado requerirá más
estricta cuenta que de nuestro
tiempo.
El valor del
tiempo sobrepuja todo cómputo.
Cristo consideraba precioso
todo momento, así es como
hemos de considerarlo
nosotros. La vida es demasiado
corta para que se la disipe.
No tenemos sino unos pocos
días de gracia en, los cuales
prepararnos para la eternidad.
No tenemos tiempo para perder,
ni tiempo para dedicar a los
placeres egoístas, ni tiempo
para entregarnos al pecado. Es
ahora cuando hemos de formar
caracteres para la vida futura
e inmortal. Es ahora cuando
hemos de prepararnos para el
juicio investigador.
Apenas los
miembros de la familia humana
han empezado a vivir, cuando
comienzan a morir, y la labor
incesante del mundo termina en
la nada a menos que se obtenga
un verdadero conocimiento
respecto a la vida eterna. El
hombre que aprecia el tiempo
como su día de trabajo, se
preparará para una mansión y
una vida inmortales. Vale la
pena que él haya nacido.
Se nos
amonesta a redimir el tiempo.
Pero el tiempo desperdiciado
no puede recuperarse jamás. No
podemos hacer retroceder ni un
solo momento. La única manera
en la cual podemos redimir
nuestro tiempo es aprovechando
lo más posible el que nos
queda, colaborando con Dios en
su gran plan de redención.
En aquel que
hace esto se efectúa una
transformación del carácter.
Llega a ser hijo de Dios,
miembro de la familia real,
hijo del Rey celestial. Está
capacitado para ser compañero
de los ángeles.
Ahora es
nuestro tiempo de trabajar por
la salvación de nuestros
semejantes. Hay algunos que
piensan que si dan dinero a la
causa de Cristo, eso es todo
lo que se requiere de ellos;
el tiempo precioso en el cual
pudieran hacer obra personal
para Cristo, pasa sin ser
aprovechado. Pero es
privilegio y deber de todos
los que tienen salud y fuerza
prestar a Dios un servicio
activo. Todos han de trabajar
en ganar almas para Cristo.
Los donativos de dinero no
pueden ocupar el lugar de
esto.
Cada, momento
está cargado de consecuencias
eternas. Hemos de ser soldados
de emergencia, listos para
entrar en acción al instante
de recibir el aviso. La
oportunidad que se nos ofrece
hoy de hablar a algún alma
necesitada de la Palabra de
vida, puede no volver jamás.
Puede ser que Dios diga a esa
persona: "Esta noche vuelven a
pedir tu alma" ( S. Lucas 12:
20 ), y a causa de nuestra
negligencia no se halle lista.
En el gran día del juicio,
¿cómo rendiremos cuenta de
ello a Dios?
La vida es
demasiado solemne para que sea
absorbida en asuntos
temporales o terrenos, en un
tráfago de cuidados y
ansiedades por las cosas que
no son sino un átomo en
comparación con las de interés
eterno. Sin embargo, Dios nos
ha llamado a servirle en los
asuntos temporales de la vida.
La diligencia en esta obra es
una parte de la verdadera
religión tanto como lo es la
devoción. La Biblia no
sanciona la ociosidad. Esta es
la mayor maldición que aflige
a nuestro mundo. Cada hombre y
mujer verdaderamente
convertido será un obrero
diligente.
Del debido
aprovechamiento de nuestro
tiempo depende nuestro éxito
en la adquisición de
conocimiento y cultura mental.
El cultivo del intelecto no ha
de ser impedido por la
pobreza, el origen humilde o
las condiciones desfavorables.
Pero atesórense los momentos.
Unos pocos momentos aquí y
unos pocos allí, que podrían
desperdiciarse en charlas sin
objeto; las horas de la mañana
tan a menudo desperdiciadas en
la cama; el tiempo que pasamos
viajando en los tranvías o el
tren, o esperando en la
estación; los momentos que
pasamos en espera de la
comida, o de aquéllos que
llegan tarde a una cita; si se
tuviera un libro en la mano y
se aprovecharan estos
fragmentos de tiempo en
estudiar, leer o en pensar
cuidadosamente, ¡cuánto podría
realizarse! Un propósito
resuelto, un trabajo
persistente y la cuidadosa
economía del tiempo
capacitarán a los hombres para
adquirir los conocimientos y
la disciplina mental que los
calificarán para casi
cualquier posición de
influencia y utilidad.
Es deber de
todo cristiano adquirir
hábitos de orden, minuciosidad
y prontitud. No hay excusa
para hacer lenta y
chapuceramente el trabajo,
cualquiera sea su clase.
Cuando uno está siempre en el
trabajo, y el trabajo nunca
está hecho, es porque no se
ponen en él la mente y el
corazón. La persona lenta y
que trabaja con desventajas,
debiera darse cuenta de que
ésas son faltas que deben
corregirse. Necesita ejercitar
su mente haciendo planes
referentes a cómo usar el
tiempo para alcanzar los
mejores resultados. Con tacto
y método, algunos realizarán
tanto trabajó en cinco horas
como otros en diez. Algunos
que se ocupan en las tareas
domésticas están siempre
trabajando, no porque tengan
tanto que hacer, sino porque
no hacen planes para ahorrar
tiempo. Por su manera de
trabajar lenta y llena de
dilaciones, se dan mucho
trabajo por cosas muy
pequeñas. Pero todos los que
deseen pueden vencer esos
hábitos de morosidad y
excesiva meticulosidad. Tengan
los tales un propósito
definido en su obra. Decidan
cuánto tiempo se requiere para
hacer una tarea determinada, y
entonces dedíquese todo
esfuerzo a terminar el trabajo
en ese tiempo. El ejercicio de
la voluntad hará más diestras
las manos.
Por falta de
una determinación de echar
mano de sí mismos y
reformarse, las personas
pueden volverse estereotipadas
en cierto curso equivocado de
acción; o mediante el cultivo
de sus facultades pueden
adquirir capacidad para
realizar el mejor servicio.
Entonces sus servicios serán
solicitados en todas partes.
Serán apreciados en todo lo
que valen.
Muchos niños y
jóvenes desperdician el tiempo
que podrían haber empleado en
ayudar a llevar las cargas del
hogar, mostrando así un
interés amante en su padre y
su madre. La juventud podría
llevar sobre sus jóvenes y
fuertes hombros muchas
responsabilidades que alguien
tiene que llevar.
La vida de
Cristo, desde sus más
tempranos años, fue una vida
de fervorosa actividad. El no
vivió para agradarse a sí
mismo. Era el Hijo del Dios
infinito; no obstante, trabajó
en el oficio de carpintero con
su padre José. Su oficio fue
significativo. Había venido al
mundo como edificador del
carácter, y como tal toda su
obra fue perfecta. Toda su
labor material se distinguió
por la misma perfección que
transmitía a los caracteres
que estaba transformando por
su poder divino. El es nuestro
modelo.
Los padres
debieran enseñar a sus hijos
el valor y el debido uso del
tiempo. Enséñeseles que vale
la pena luchar para hacer algo
que honre a Dios y beneficie a
la humanidad. Aun en sus
tempranos años pueden ser
misioneros para Dios.
Los padres no
pueden cometer un pecado mayor
que el de permitir que sus
hijos no tengan nada que
hacer. Los niños pronto
aprenden a amar la ociosidad,
y llegan a ser hombres y
mujeres negligentes e
inútiles. Cuando tienen la
edad suficiente para ganarse
la vida y hallar empleo,
trabajan de una manera
perezosa, esperando sin
embargo que se les pague tanto
como si hubieran sido fieles.
Existe una diferencia enorme
entre esta clase de obreros y
aquellos que se dan cuenta de
que deben ser fieles
mayordomos.
Los hábitos de
indolencia y descuidar
consentidos el trabajo común,
serán llevados a la vida
religiosas, e incapacitarán a
uno para prestar cualquier
servicio eficiente a Dios.
Muchos que, mediante una labor
diligente podrían haber sido
una bendición para el mundo,
se han visto arruinados por
causa de la ociosidad. La
falta de empleo y de un
propósito determinado abren la
puerta a un millar de
tentaciones. Las malas
compañías y los hábitos
viciosos depravan la mente y
el alma, y el resultado es la
ruina para esta vida y la
venidera.
Cualquiera que
sea el ramo de trabajo en el
cual nos ocupemos, la Palabra
de Dios nos enseña a ser "en
el cuidado no perezosos;
ardientes en espíritu,
sirviendo al Señor". "Todo lo
que te viniere a la mano para
hacer, hazlo según tus
fuerzas", "sabiendo que del
Señor recibiréis la
compensación de la herencia:
porque al Señor Cristo servís"
( Romanos 12: 11; Eclesiastés
9: 10; Colosenses 3: 24 ).
La salud
La salud es
una bendición cuyo valor pocos
aprecian; no obstante, de ella
depende mayormente la
eficiencia de nuestras
facultades mentales y físicas.
Nuestros impulsos y pasiones
tienen su asiento en el
cuerpo, y éste debe
conservarse en la mejor
condición física, y bajo las
influencias más espirituales,
a fin de que pueda darse el
mejor uso a nuestros talentos.
Cualquier cosa
que disminuya la fuerza
física, debilita la mente y la
vuelve menos capaz de
discernir entre lo bueno y lo
malo. Nos volvemos menos
capaces de escoger lo bueno, y
tenemos menos fuerza de
voluntad para hacer lo que
sabemos que es recto.
El uso
indebido de nuestras
facultades físicas acorta el
período de tiempo en el cual
nuestras vidas pueden ser
usadas para la gloria de Dios.
Y ello nos incapacita para
realizar la obra que Dios nos
ha dado para hacer. Al
permitirnos formar malos
hábitos, acostándonos a horas
avanzadas, complaciendo el
apetito a expensas de la
salud, colocamos los cimientos
de nuestra debilidad.
Descuidando el ejercicio
físico, cansando demasiado la
mente o el cuerpo,
desequilibramos el sistema
nervioso. Los que así acortan
su vida y se incapacitan para
el servicio al no tener en
cuenta las leyes naturales,
son culpables de estar robando
a Dios. Y están robando
también a sus semejantes. La
oportunidad de bendecir a
otros, la misma obra para la
cual Dios los envió al mundo,
ha sido acortada por su propia
conducta. Y se han
incapacitado para hacer aun
aquello que podían haber
efectuado en un tiempo mucho
más breve. El Señor nos
considera culpables cuando por
nuestros hábitos perjudiciales
privamos así al mundo del
bien.
La violación
de la ley física es
transgresión de la ley moral;
porque Dios es tan ciertamente
el autor de las leyes físicas
como lo es de la ley moral. Su
ley está escrita con su propio
dedo sobre cada nervio, cada
músculo y cada facultad que ha
sido confiada al hombre. Y
todo abuso que cometamos de
cualquier parte de nuestro
organismo es una violación de
dicha ley.
Todos debieran
poseer un conocimiento
inteligente del organismo
humano, para poder conservar
sus cuerpos en la condición
necesaria para hacer la obra
del Señor. La vida física ha
de ser cuidadosamente
preservada y desarrollada, a
fin de que a través de la
humanidad pueda ser revelada
la naturaleza divina en toda
su plenitud. La relación del
organismo físico con la vida
espiritual es uno de los ramos
más importantes de la
educación. Debiera recibir una
atención cuidadosa en el hogar
y en la escuela. Todos
necesitan llegar a
familiarizarse con su
estructura física y las leyes
que gobiernan la vida natural.
El que permanece en la
ignorancia voluntaria respecto
de las leyes de su ser físico,
y viola dichas leyes por
desconocerlas, está pecando
contra Dios. Todos deben
mantener la mejor relación
posible con la vida y la
salud. Nuestros hábitos deben
colocarse bajo el control de
una mente gobernada por Dios.
"¿Ignoráis
-dice el apóstol Pablo- que
vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo, el cual está
en vosotros, el cual tenéis de
Dios, y que no sois vuestros?
Porque comprados sois por
precio; glorificad pues a Dios
en vuestro cuerpo y en vuestro
espíritu, los cuales son de
Dios" ( 1 Corintios 6: 19, 20
).
La fuerza
Debemos amar a
Dios, no sólo con todo el
corazón, el entendimiento y el
alma, sino con toda la fuerza.
Esto implica el uso pleno e
inteligente de las facultades
físicas. Cristo fue un obrero
fiel tanto en las cosas
temporales como en las
espirituales, y en toda su
obra tenía la determinación de
hacer la voluntad de su Padre.
Los asuntos del cielo y de la
tierra están más íntimamente
relacionados y se hallan más
directamente sometidos a la
intervención de Cristo de lo
que muchos se dan cuenta. Fue
Cristo quien hizo el proyecto
y el plano del primer
tabernáculo terrenal. El dio
todas las indicaciones con
respecto a la edificación del
templo de Salomón. Aquel que
en su vida terrenal trabajara
como carpintero en la aldea de
Nazaret, fue el Arquitecto
celestial que trazó el plan
del sagrado edificio en el
cual había de honrarse su
nombre.
Fue Cristo
quien dio a los edificadores
del tabernáculo sabiduría para
ejecutar la mano de obra más
hábil y hermosa. El dijo:
"Mira, yo he llamado por su
nombre a Bezaleel, hijo de Uri,
hijo de Hur, de la tribu de
Judá; y lo he henchido de
espíritu de Dios, en
sabiduría, y en inteligencia,
y en ciencia, y en todo
artificio... Y he aquí que yo
he puesto con él a Aholiab,
hijo de Ahisamac, de la tribu
de Dan: y he puesto sabiduría
en el ánimo de todo sabio de
corazón, para que hagan todo
lo que te he mandado" ( Exodo
31: 2-6 ).
Dios desea que
sus obreros en todo ramo lo
miren a él 284 como el Dador
de cuanto poseen. Todas las
buenas invenciones y progresos
tienen su fuente en el que es
maravilloso en consejo y
grande en sabiduría. El toque
hábil de la mano del médico,
su poder sobre los nervios y
los músculos, su conocimiento
del delicado organismo humano,
no es otra cosa que la
sabiduría del poder divino que
ha de ser empleada en favor de
los que sufren. La destreza
con la cual el carpintero usa
el martillo, la fuerza con que
el herrero hace sonar el
yunque, provienen de Dios. El
ha dotado a los hombres de
talentos, y espera que acudan
a él en procura de consejo. En
todo cuanto hagamos, en
cualquier departamento de la
obra en que nos hallemos, él
desea gobernar nuestras mentes
a fin de que hagamos una obra
perfecta.
La religión y
los negocios no van separados;
son una sola cosa. La religión
de la Biblia ha de
entretejerse con todo lo que
hacemos o decimos. Los agentes
divinos y humanos han de
combinarse tanto en las
realizaciones temporales como
en las espirituales. Han de
estar unidos en todas las
actividades humanas, en las
labores mecánicas y agrícolas,
en las empresas comerciales y
científicas. En toda actividad
cristiana debe existir
cooperación.
Dios ha
proclamado principios que son
los únicos que hacen posible
esta cooperación. Su gloria
debe ser el motivo de todos
los que colaboren con él. Todo
nuestro trabajo debe hacerse
por amor a Dios y de acuerdo
con su voluntad.
Es tan
esencial hacer la voluntad de
Dios cuando se construye un
edificio como cuando se toma
parte en un servicio
religioso. Y si los obreros
han empleado los principios
correctos en la edificación de
su propio carácter, entonces
en la erección de cualquier
edificio crecerán en gracia y
conocimiento.
Pero Dios no
aceptará los mayores talentos
o el servicio más espléndido a
menos que el yo sea puesto
sobre el altar, como
sacrificio vivo, que se
consume. La raíz debe ser
santa; de otra manera no puede
haber fruto aceptable a Dios.
El Señor hizo
de Daniel y de José mayordomos
perspicaces. Pudo obrar
mediante ellos porque no
vivieron para satisfacer sus
propias inclinaciones, sino
para agradar a Dios.
El caso de
Daniel encierra una lección
para nosotros. Revela el hecho
de que un hombre de negocios
no es necesariamente un hombre
astuto y político. Puede ser
instruido por Dios a cada
paso. Daniel, mientras era
primer ministro del reino de
Babilonia, era profeta de
Dios, y recibía la luz de la
inspiración celestial. Los
hombres de estado ambiciosos y
mundanos son representados en
la Palabra de Dios como la
hierba que crece, y como la
flor de la hierba que se
marchita. Empero el Señor
desea tener en su servicio
hombres inteligentes,
calificados para diversos
ramos de trabajo. Se necesitan
hombres de negocio que
entretejan los grandes
principios de la verdad en
todas sus transacciones. Y sus
talentos deben perfeccionarse
mediante el estudio y la
preparación más cabales. Si
hay en cualquier ramo de
trabajo hombres que necesiten
aprovechar sus oportunidades
para llegar a ser sabios y
eficientes, son aquellos que
están usando sus aptitudes
para edificar el reino de Dios
en nuestro mundo. De Daniel
sabemos que aun cuando todas
sus transacciones comerciales
eran sometidas al más
minucioso examen, no se podía
hallar una sola falta o error.
El fue un ejemplo de lo que
puede ser todo hombre de
negocios. Su historia muestra
lo que puede realizar una
persona que consagra la fuerza
del cerebro, los huesos y los
músculos, del corazón y la
vida, al servicio de Dios.
El dinero
Dios también
confía recursos a los hombres.
El les da el poder de obtener
riquezas. El riega la tierra
con el rocío del cielo y con
aguaceros de refrescante
lluvia. El da el sol que
calienta la tierra,
despertando a la vida las
cosas de la naturaleza y
haciéndolas florecer y
producir fruto. Y él pide una
retribución de lo que es suyo.
No nos ha sido
dado nuestro dinero para que
pudiéramos honrarnos y
glorificamos a nosotros
mismos. Como fieles
mayordomos, hemos de usarlo
para honra y gloria de Dios.
Algunos piensan que sólo
pertenece al Señor una porción
de sus medios. Cuando han
puesto aparte una porción con
fines religiosos y
caritativos, consideran que el
resto les pertenece para
usarlo como crean conveniente.
Pero en esto se equivocan.
Todo lo que poseemos es del
Señor y somos responsables
ante él del uso que le demos.
En el empleo de cada centavo
se verá si amamos a Dios por
encima de todas las cosas y a
nuestro prójimo como a
nosotros mismos.
El dinero
tiene gran valor porque puede
hacer mucho bien. En manos de
los hijos de Dios es alimento
para el hambriento, bebida
para el sediento, y vestido
para el desnudo. Es una
defensa para el oprimido y un
medio de ayudar al enfermo.
Pero el dinero no es de más
valor que la arena, a menos
que sea usado para satisfacer
las necesidades de la vida,
beneficiar a otros, y hacer
progresar la causa de Cristo.
La riqueza atesorada no es
meramente inútil: es una
maldición. En esta vida es una
trampa para el alma, pues
aparta los afectos del tesoro
celestial. En el gran día de
Dios su testimonio con
respecto a los talentos no
usados y a las oportunidades
descuidadas condenará a su
poseedor. La Escritura dice: "Ea
ya ahora, oh ricos, llorad
aullando por vuestras miserias
que os vendrán. Vuestras
riquezas están podridas:
vuestras ropas están comidas
de polilla. Vuestro oro y
plata están corrompidos de
orín; y su orín os será en
testimonio, y comerá del todo
vuestras carnes como fuego. Os
habéis allegado tesoro para en
los postreros días. He aquí,
el jornal de los obreros que
han segado vuestras tierras,
el cual por engaño no les ha
sido pagado de vosotros,
clama; y los clamores de los
que habían segado, han entrado
en los oídos del Señor de los
ejércitos" ( Santiago 5: 1-4
).
Pero Cristo no
sanciona el uso pródigo o
descuidado de los recursos. Su
lección de economía: "Recoged
los pedazos que han quedado,
porque no se pierda nada" ( S.
Juan 6: 12 ), es para todos
sus seguidores. El que se da
cuenta de que su dinero es un
talento que proviene de Dios,
lo usará económicamente, y
sentirá que es su deber
ahorrar, para poder dar.
Cuanto más
dinero empleemos en la
ostentación y la complacencia
propia, menos tendremos para
alimentar al hambriento y
vestir al desnudo. Todo
centavo usado
innecesariamente, priva al que
lo gasta de una preciosa
oportunidad de hacer bien.
Este proceder roba a Dios la
honra y la gloria que debe
tributársele mediante el
aprovechamiento de los
talentos que él ha confiado.
Los impulsos y
sentimientos bondadosos
Los
sentimientos bondadosos, los
impulsos generosos y la rápida
comprensión de las cosas
espirituales son talentos
preciosos, y colocan a su
poseedor bajo una pesada
responsabilidad. Todos han de
ser usados en el servicio de
Dios. Pero aquí es donde
muchos yerran. Satisfechos con
la posesión de esas
cualidades, dejan de usarlas
en un servicio activo por
otros. Se lisonjean de que si
tuvieran la oportunidad, si
las circunstancias fueran
favorables, harían una buena y
grandiosa obra. Pero están
esperando la oportunidad.
Desprecian la mezquindad del
pobre tacaño que da de mala
gana una pitanza al
necesitado. Ven que está
viviendo para sí, y que es
responsable del mal uso de sus
talentos. Con gran
complacencia trazan el
contraste entre sí mismos y
tales personas, tan estrechas
de miras, sintiendo que su
propia condición es mucho más
favorable que la de sus
vecinos de alma mezquina. Pero
se engañan a sí mismos. La
mera posesión de cualidades
que no se utilizan, tan sólo
aumenta su responsabilidad.
Aquellos que poseen grandes
cualidades afectivas tienen
ante Dios la obligación de
prodigarlas no solamente a sus
amigos, sino a todos los que
necesitan ayuda. Las ventajas
sociales son talentos, y hay
que usarlas para beneficio de
todos los que están al alcance
de nuestra influencia. El amor
que prodiga sus bondades sólo
a unos pocos, no es amor, es
egoísmo. De ninguna manera
obrará para el bien de las
almas o la gloria de Dios. Los
que así dejan de aprovechar
los talentos de su Señor, son
aún más culpables que aquellos
por quienes ellos sienten tal
menosprecio. A los tales les
dirá: Sabíais la voluntad de
vuestro Señor, pero no la
hicisteis.
Los talentos
son multiplicados por el uso
Los talentos
que se usan son talentos que
se multiplican. El éxito no es
el resultado de la casualidad
o del destino; es la operación
de la providencia de Dios, la
recompensa de la fe y la
discreción, de la virtud y el
esfuerzo perseverante. El
Señor desea que usemos cada
don que poseemos; y si lo
hacemos, tendremos mayores
dones para usar. El no nos
capacita de una manera
sobrenatural con las
cualidades de que carecemos;
pero mientras usamos lo que
tenemos, él obrará con
nosotros para aumentar y
fortalecer toda facultad. En
todo sacrificio ferviente y
sincero que hagamos en el
servicio del Maestro, nuestras
facultades se acrecentarán.
Mientras nos entregamos como
instrumentos para la operación
del Espíritu Santo, la gracia
de Dios trabajará en nosotros
sojuzgando las viejas
inclinaciones, venciendo las
propensiones poderosas y
formando nuevos hábitos.
Cuando apreciamos y obedecemos
las indicaciones del Espíritu,
nuestros corazones son
ampliados para recibir más y
más de su poder, y para hacer
una obra mayor y mejor. Las
energías dormidas son
despertadas, y las facultades
paralizadas reciben nueva
vida.
El humilde
obrero que responde
obedientemente al llamado de
Dios puede estar seguro de que
recibirá ayuda divina. El
aceptar una responsabilidad
tan grande y santa resulta
elevador para el carácter.
Pone en acción las facultades
mentales y espirituales más
elevadas y fortalece y
purifica la mente y el
corazón. Mediante la fe en el
poder de Dios, es admirable
cuán fuerte puede llegar a ser
un hombre débil, cuán
decididos sus esfuerzos, cuán
prolífico en grandes
resultados. El que empieza con
poco conocimiento, de una
manera humilde, y dice lo que
sabe, mientras busca
diligentemente un conocimiento
mayor, hallará todo el tesoro
celestial que espera su
demanda. Cuanto más trate de
impartir luz, más luz
recibirá. Cuanto más procure
uno explicar la Palabra de
Dios a otros, con amor por las
almas, más clara se le
presentará ésta. Cuanto más
usemos nuestro conocimiento y
ejercitemos nuestras
facultades, más conocimiento y
poder tendremos.
Todo esfuerzo
hecho por Cristo repercutirá
en bendición sobre nosotros
mismos. Si empleamos nuestros
recursos para su gloria, él
nos dará más. Al procurar
ganar a otros para Cristo,
llevando la preocupación por
las almas en nuestras
oraciones, nuestros propios
corazones palpitarán bajo la
vivificante influencia de la
gracia de Dios; nuestros
propios afectos resplandecerán
con más divino fervor; nuestra
vida cristiana toda será más
real, más ferviente, más llena
de oración.
El valor del
hombre se estima en el cielo
de acuerdo con la capacidad
que el corazón tiene de
conocer a Dios. Este
conocimiento es la fuente de
la cual fluye todo poder. Dios
creó al hombre de manera que
toda facultad pudiera ser la
facultad de la mente divina; y
está siempre tratando de
asociar la mente humana con la
divina. El nos ofrece el
privilegio de cooperar con
Cristo en la obra de revelar
su gracia al mundo, a fin de
que podamos recibir un
conocimiento mayor de las
cosas celestiales. Mirando a
Jesús obtenemos vislumbres más
claras y distintas de Dios, y
Por la contemplación somos
transformados. La bondad, el
amor por nuestros semejantes,
llega a ser nuestro instinto
natural. Desarrollamos un
carácter que será la copia del
carácter divino. Creciendo a
su semejanza, ampliamos
nuestra capacidad de conocer a
Dios. Entramos cada vez en
mayor relación con el mundo
celestial, y llegamos a poseer
un poder creciente para
recibir las riquezas del
conocimiento y la sabiduría de
la eternidad.
Un solo
talento
El hombre que
recibió un solo talento, "fue
y cavó en la tierra, y
escondió el dinero de su
Señor".
El que había
recibido el menor don fue el
que dejó su talento sin
aprovechar. Aquí se da una
amonestación a todos los que
sienten que la pequeñez de sus
dones los excusa de presentar
servicio a Cristo. Si pudieran
hacer algo grande, cuán
gozosamente lo emprenderían;
pero debido a que sólo pueden
servir en cosas pequeñas,
creen que están justificados
por no hacer nada. En esto se
equivocan. El Señor está
probando el carácter en la
manera en que distribuye los
talentos. El hombre que deja
de aprovechar su talento
demuestra que es un siervo
infiel. Si hubiera recibido
cinco talentos, los habría
enterrado lo mismo como
enterró el único que recibió.
El descuido de un solo talento
mostró que despreciaba los
dones del cielo.
"El que es
fiel en lo muy poco, también
en lo más es fiel" ( S. Lucas
16: 10 ). La importancia de
las cosas pequeñas es a
mentido menospreciada a causa
de su pequeñez; pero ellas
proveen una gran parte de la
actual disciplina de la vida.
En realidad no hay nada que no
sea esencial en la vida
cristiana. El edificio de
nuestro carácter se verá lleno
de riesgos si menospreciamos
la importancia de las cosas
pequeñas."El que en lo muy
poco es injusto, también en lo
más es injusto" ( S. Lucas 16:
10 ). Por la infidelidad en
los deberes más pequeños, el
hombre roba a su Hacedor el
servicio que le debe. Esta
infidelidad tiene su reacción
sobre él mismo. No obtiene la
gracia, el poder y la
fortaleza de carácter que
pueden alcanzarse mediante una
entrega sin reservas a Dios.
Al vivir apartado de Cristo
está sujeto a las tentaciones
de Satanás, y comete
equivocaciones en su obra por
el Maestro. Por causa de que
no es guiado por los debidos
principios en las cosas
pequeñas, deja de obedecer a
Dios en los asuntos de mayor
importancia que él considera
como su obra especial. Los
defectos acariciados al tratar
con los detalles menores de la
vida, pasan a los asuntos más
importantes. Actúa según los
principios a los cuales se ha
acostumbrado. Así las acciones
repetidas forman los hábitos,
los hábitos forman el
carácter, y por el carácter se
decide nuestro destino para el
tiempo y la eternidad.
Únicamente
merced a la fidelidad en las
cosas pequeñas puede el alma
prepararse para actuar con
fidelidad en las
responsabilidades mayores.
Dios puso a Daniel y a sus
compañeros en relación con los
grandes hombres de Babilonia,
a fin de que estos paganos
pudieran llegar a
familiarizarse con los
principios de la verdadera
religión. En medio de una
nación de idólatras, Daniel
había de representar el
carácter de Dios. ¿Cómo llegó
él a estar preparado para un
puesto de tanta confianza y
honor? Fue su fidelidad en las
cosas pequeñas lo que le dio
carácter a su vida entera. El
honraba a Dios en los deberes
más pequeños, y el Señor
cooperaba con él. Dios dio a
Daniel y a sus compañeros
"conocimiento e inteligencia
en todas letras y ciencia: mas
Daniel tuvo entendimiento en
toda visión y sueños" ( Daniel
1: 17 ).
Así como Dios
llamó a Daniel para que le
fuera testigo en Babilonia, él
nos llama a nosotros para que
le seamos testigos en el mundo
hoy día. Tanto en los pequeños
como en los más grandes
asuntos de la vida él desea
revelar a los hombres los
principios de su reino.
Durante su
vida en la tierra, Cristo
enseñó la lección de la
atención cuidadosa que debe
dispensarse a las cosas
pequeñas. La gran obra de la
redención pesaba continuamente
sobre su alma. Mientras
enseñaba y sanaba, todas las
energías de su mente y su
cuerpo eran esforzadas hasta
el límite; no obstante notaba
las cosas más sencillas de la
vida y la naturaleza. Sus
lecciones más instructivas
fueron aquellas en las cuales,
mediante las cosas sencillas
de la naturaleza, ilustró las
grandes verdades del reino de
Dios. No pasó por alto las
necesidades del más humilde de
sus siervos. Su oído oía cada
clamor de necesidad. Estaba
atento al toque de la mujer
enferma aun en medio de la
multitud; el más leve toque de
fe obtuvo respuesta. Cuando
resucitó de la muerte a la
hija de Jairo, recordó a los
padres que debían darle algo
de comer. Cuando por su propio
gran poder resucito de la
tumba, no desdeñó doblar y
colocar cuidadosamente en su
debido lugar los lienzos en
los cuales se lo había
envuelto.
La obra a la
cual somos llamados como
cristianos, es la de cooperar
con Cristo en la salvación de
las almas. Para hacer esta
obra hemos hecho pacto con él.
Descuidar la obra es ser
desleales a Cristo. Pero a fin
de realizar esta obra, debemos
seguir su ejemplo de fiel y
concienzuda atención a las
cosas pequeñas. Este es el
secreto del éxito en todo ramo
de esfuerzo e influencia
cristianos.
El Señor desea
que su pueblo alcance el
peldaño más alto de la
escalera, a fin de que sus
hijos puedan glorificarlo
poseyendo la capacidad que él
desea conferirles. Por la
gracia de Dios se ha hecho
toda provisión necesaria para
que revelemos que actuamos
según planes mejores que
aquellos que emplea el mundo.
Hemos de revelar una
superioridad de intelecto, de
entendimiento, de habilidad y
conocimiento, porque creemos
en Dios y en su poder de obrar
en los corazones humanos.
Pero los que
no poseen grandes dones no
necesitan desanimarse. Usen
los tales lo que tienen,
vigilando fielmente todo punto
débil en sus caracteres, y
procurando fortalecerle por la
gracia divina. En toda acción
de la vida hemos de entretejer
la fidelidad y la lealtad,
cultivando los atributos que
nos capacitarán para llevar a
cabo la obra.
Los hábitos de
negligencia deben ser
resueltamente vencidos. Muchos
piensan que es suficiente
excusa para sus mayores
errores el invocar su mente
olvidadiza. ¿Pero no poseen
ellos, lo mismo que otros,
facultades intelectuales?
Entonces debieran disciplinar
su mente para que sea
retentiva. Es un pecado
olvidar, es un pecado ser
negligente. Si adquirís el
hábito de la negligencia,
puede ser que descuidéis la
salvación de vuestra propia
alma y al fin halléis que no
estáis preparados para el
reino de Dios.
Las grandes
verdades deben ser llevadas al
terreno de las cosas pequeñas.
La religión práctica ha de ser
llevada al campo de los
deberes humildes de la vida
cotidiana. La mayor cualidad
que pueda tener un hombre es
obedecer implícitamente la
Palabra del Señor.
A causa de que
no se hallan relacionados con
alguna obra directamente
religiosa, muchos sienten que
su vida es inútil; que no
están haciendo nada para el
avance del reino de Dios. Pero
esto es una equivocación. Si
su obra es la que alguien debe
hacer, no deben acusarse a sí
mismos de inútiles en la gran
familia de Dios. No han de
descuidarse los más humildes
deberes. Cualquier trabajo
honesto es una bendición, y la
fidelidad en él puede resultar
una preparación para más
elevados cometidos.
No importa
cuán humilde sea, cualquier
trabajo hecho para Dios con
una completa entrega del yo,
es aceptado por él como el más
elevado servicio. Ninguna
ofrenda es pequeña cuando se
da con corazón sincero y alma
gozosa.
Doquiera
estemos, Cristo nos ordena que
asumamos los deberes que se
nos presenten. Si éstos están
en el hogar, afrontémoslos
voluntariamente y con fervor,
para hacer del hogar un sitio
agradable. Si sois madres,
educad a vuestros hijos para
Cristo. Esta es una obra tan
ciertamente hecha para Dios
como la que el ministro
efectúa en el púlpito. Si
vuestro deber está en la
cocina, tratad de ser
cocineras perfectas. Preparad
alimentos que sean sanos,
nutritivos y apetitosos. Y al
emplear los mejores
ingredientes en la preparación
de los alimentos, recordad que
habéis de alimentar vuestra
mente con los mejores
pensamientos. Si vuestra labor
consiste en trabajar la
tierra, u os ocupáis en otra
cosa, haced de vuestros
deberes un éxito. Aplicaos a
lo que estáis haciendo. En
todo vuestro trabajo,
representad a Cristo. Hacedlo
todo como lo haría él si
estuviera en vuestro lugar.
Por pequeño
que sea vuestro talento, Dios
tiene un lugar para él. Ese
solo talento, sabiamente
usado, realizará la obra que
le fue asignada. Mediante la
fidelidad en los pequeños
deberes, hemos de trabajar
según el plan de adición, y
Dios obrará en nuestro favor
según el plan de
multiplicación. Estas cosas
pequeñas llegarán a ser las
más preciosas influencias en
su obra.
Corra una fe
viva cual hilo de oro, en toda
la ejecución de los deberes
aun más humildes. Entonces
toda la tarea diaria promoverá
el crecimiento cristiano.
Habrá una continua
contemplación de Jesús. El
amor por él dará fuerza vital
a cuanto se emprenda. Y así,
mediante el uso debido de
nuestros talentos, podemos
unirnos por medio de una
cadena de oro al mundo más
elevado. Esta es la verdadera
santificación; porque la
santificación consiste en la
alegre ejecución de los
deberes diarios en perfecta
obediencia a la voluntad de
Dios.
Pero muchos
cristianos están esperando que
se les presente alguna gran
obra que hacer. A causa de que
no pueden hallar un lugar
suficientemente grande para
satisfacer su ambición, dejan
de realizar con fidelidad los
deberes comunes de la vida.
Estos parecen carecer de
interés para ellos. Día tras
día dejan escurrir las
oportunidades que se les
presentan de demostrar su
fidelidad a Dios. Mientras
están esperando una obra
grande, la vida se pasa, sus
propósitos quedan sin
cumplirse, y su obra sin
realizarse.
La devolución
de los talentos
"Y después de
mucho tiempo, vino el Señor de
aquellos siervos, e hizo
cuentas con ellos". Cuando el
Señor arregle cuentas con sus
siervos, será examinado
cuidadosamente él producto de
cada talento. La obra hecha
revela el carácter del obrero.
Los que han
recibido cinco talentos y los
que han recibido dos,
devuelven al Señor los dones
que les han sido confiados con
la ganancia correspondiente.
Al hacerlo no se atribuyen
mérito alguno. Sus talentos
son aquellos que les han sido
entregados; han ganado otros
talentos, pero no podía haber
habido ganancia sin el
depósito. Ven que no han hecho
sino su deber. El capital
pertenecía al Señor; la
ganancia también le pertenece.
Si el Salvador no les hubiera
conferido su amor y su gracia,
hubieran fracasado para la
eternidad.
Pero cuando el
Maestro recibe los talentos,
él aprueba y recompensa a los
obreros como si todo el mérito
les perteneciera a ellos. Su
rostro esa lleno de gozo y
satisfacción. Se deleita al
considerar que puede
conferirles bendiciones. Los
recompensa por cada servicio y
cada sacrificio, no porque les
deba nada, sino porque su
corazón rebosa de amor y
ternura.
"Bien, buen
siervo y fiel; sobre poco has
sido fiel -dice-: sobre mucho
te pondré; entra en el gozo de
tu Señor".
Es la
fidelidad, la lealtad a Dios,
el servicio amante, lo que
gana la aprobación divina.
Cada impulso del Espíritu
Santo que conduce a los
hombres a la bondad y a Dios,
es registrado en los libros
del cielo, y en el día de
Dios, los obreros por medio de
los cuales él ha obrado, serán
ensalzados.
Entrarán en el
gozo del Señor mientras ven en
su reino a aquellos que han
sido redimidos por su medio. Y
se les da el privilegio de
participar en su obra allí,
porque han sido preparados
para ella gracias a la
participación en su obra aquí.
Lo que seremos en el cielo
será el reflejo de lo que
seamos ahora en carácter y
servicio santo. Cristo dijo de
sí mismo: "El Hijo del hombre
no vino para ser servido, sino
para servir" ( S. Mateo 20: 28
). Esta, su obra en la tierra,
es también su obra en el
cielo. Y nuestra recompensa
por trabajar con Cristo en
este mundo es el mayor poder y
el más amplio privilegio de
trabajar con él en el mundo
venidero.
"Y llegando
también el que había recibido
un talento, dijo: Señor, te
conocía que eres hombre duro,
que siegas donde no sembraste,
y recoges donde no esparciste.
Y tuve miedo, y fui, y escondí
tu talento en la tierra: he
aquí tienes lo que es tuyo".
Así los
hombres disculpan la forma en
que descuidan los dones de
Dios. Consideran a Dios severo
y tiránico, como si acechara
para espiar sus errores y
visitarlos con sus juicios.
Ellos lo acusan de exigir lo
que nunca dio, y de segar
donde nunca sembró.
Hay muchos que
en su corazón acusan a Dios de
ser un amo duro porque reclama
sus posesiones y su servicio.
Pero no podemos traer a Dios
nada que no sea ya suyo. "Todo
es tuyo -decía el rey David- y
lo recibido de tu mano te
damos" ( 1 Crónicas 29: 14 ).
Todas las cosas son de Dios,
no sólo por la creación, sino
por la redención. Todas las
bendiciones de esta vida y de
la vida venidera nos son
entregadas con el sello de la
cruz del Calvario. Por lo
tanto, la acusación de que
Dios es un amo duro, que siega
donde no ha sembrado, es
falsa.
El Señor no
niega la acusación del mal
siervo, por injusta que sea;
pero encarándolo en su propio
terreno le muestra que su
conducta es inexcusable. Se le
habían provisto formas y
medios por los cuales el
talento podría haber sido
aprovechado para beneficio del
poseedor. "Te convenía -dijo-
dar mi dinero a los banqueros,
y viniendo yo hubiera recibido
lo que es mío con usura".
Nuestro Padre
celestial no exige ni más ni
menos que aquello que él nos
ha dado la capacidad de
efectuar. No coloca sobre sus
siervos ninguna carga que no
puedan llevar. "El conoce
nuestra condición; acuérdese
que somos polvo" ( Salmo 103:
14 ). Todo lo que él exige de
nosotros podemos cumplirlo
mediante la gracia divina.
"A cualquiera
que fue dado mucho, mucho será
vuelto a demandar de él" ( S.
Lucas 12: 48 ). Se nos hará
individualmente responsables
si hacemos una jota menos de
lo que podríamos efectuar con
nuestra capacidad. El Señor
mide con exactitud toda
posibilidad de servicio. Hemos
de dar cuenta tanto de las
facultades no empleadas como
de las que se aprovechan. Dios
nos tiene por responsables de
todo lo que llegaríamos a ser
por medio del uso debido de
nuestros talentos. Seremos
juzgados de acuerdo con lo que
debiéramos haber hecho, pero
no efectuamos por no haber
usado nuestras facultades para
glorificar a Dios. Aun cuando
no perdamos nuestra alma, en
la eternidad nos daremos
cuenta del resultado de no
haber usado los talentos.
Habrá una pérdida eterna por
todo el conocimiento y la
habilidad que podríamos haber
obtenido y no obtuvimos.
Pero cuando
nos entregamos completamente a
Dios y en nuestra obra
seguimos sus instrucciones, él
mismo se hace responsable de
su realización. El no quiere
que conjeturemos en cuanto al
éxito de nuestros sinceros
esfuerzos. Nunca debemos
pensar en el fracaso. Hemos de
cooperar con Uno que no conoce
el fracaso.
No debemos
hablar de nuestra propia
debilidad o incapacidad. Esto
es una manifiesta desconfianza
en Dios, una negación de su
Palabra. Cuando murmuramos a
causa de nuestras cargas, o
rechazamos las
responsabilidades que él nos
llama a llevar, estamos
prácticamente diciendo que él
es un amo duro, que exige lo
que no nos ha dado poder para
hacer.
Estamos a
menudo propensos a llamar
humildad al espíritu del
siervo holgazán. Pero la
verdadera humildad es
completamente distinta. El
estar vestidos de humildad no
significa que hemos de ser
enanos intelectualmente,
deficientes en la aspiración y
cobardes en la vida, rehuyendo
las cargas por temor de no
poderlas llevar con éxito. La
verdadera humildad cumple el
propósito de Dios dependiendo
de su fuerza.
Dios obra por
medio de los que él elige. A
veces elige al más humilde
instrumento para que efectúe
la mayor obra; porque su poder
se revela en la debilidad del
hombre. Los humanos tenemos
nuestra norma, y en virtud de
ella clasificamos una cosa
como grande y otra como
pequeña; pero Dios no valora
las cosas de acuerdo con
nuestra regla. No hemos de
suponer que lo que es grande
para nosotros tiene que ser
grande para Dios, o lo que es
pequeño para nosotros tiene
que ser pequeño para Dios. No
nos toca a nosotros juzgar
nuestros propios talentos o
elegir nuestra obra. Hemos de
llevar las cargas que Dios nos
señala, llevándolas por su
causa, y siempre recurriendo a
él en busca de descanso.
Cualquiera sea nuestra obra,
Dios es honrado por un
servicio alegre y de todo
corazón. El se agrada cuando
afrontamos nuestros deberes
con gratitud, regocijándonos
de que se nos considere dignos
de ser sus colaboradores.
El talento
quitado
Sobre el
siervo negligente se pronunció
esta sentencia: "Quitadle pues
el talento, y dadlo al que
tiene diez talentos". Aquí así
como en la recompensa del
siervo fiel, se indica no sólo
el galardón que se recibirá en
el día del juicio final, sino
el proceso gradual de
retribución en esta vida. Como
en el mundo natural, así en el
espiritual, toda facultad que
no se usa, se debilita y
decae. La actividad es la ley
de la vida: el ocio es muerte.
"A cada uno le es dada
manifestación del Espíritu
para provecho" ( 1 Crónicas
12: 7 ). Empleados para
bendecir a otros, sus dones
aumentan. Encerrados para el
servicio del yo, disminuyen y
son finalmente quitados. Aquel
que rehúsa impartir aquello
que ha recibido, hallará al
final que no tiene nada que
dar. Está consintiendo en la
realización de un proceso que
con toda seguridad empequeñece
y finalmente destruye las
facultades del alma.
Nadie piense
que podría vivir una vida de
egoísmo, y entonces, habiendo
servido a su propio interés,
entrar en el gozo de su Señor.
No podría participar en el
gozo del amor desinteresado.
No estaría preparado para los
atrios celestiales. No podría
apreciar la atmósfera pura del
amor que compenetra el cielo.
Las voces de los ángeles y la
música de sus arpas no lo
satisfarían. Para su mente la
ciencia del cielo sería un
enigma.
En el gran día
del juicio, aquellos que no
han trabajado por Cristo, los
que se han dejado llevar al
garete sin cargar
responsabilidades, pensando en
sí mismos y agradándose a sí
mismos, serán colocados por el
juez de toda la tierra con
aquellos que obraron el mal.
Reciben la misma condenación.
Muchos que
profesan ser cristianos
desatienden las exigencias de
Dios y no creen que en esto
haya algo malo. Ellos saben
que el blasfemo, el asesino,
el adúltero merecen castigo;
pero por su parte, gozan de
los servicios religiosos. Les
gusta oír la predicación del
Evangelio, y por lo tanto se
creen cristianos. Aunque han
gastado su vida en el cuidado
de sí mismos, serán tan
sorprendidos como fue el
siervo infiel de la parábola
al oír la sentencia: "Quitadle
pues el talento". Como los
judíos, confunden el gozo de
las bendiciones con el uso que
deben hacer de ellas.
Muchos de los
que se excusan de hacer
esfuerzo cristiano presentan
como causa su incapacidad para
la obra. ¿Pero los hizo Dios
tan incapaces? No, nunca. La
incapacidad fue producida por
su propia inactividad y
perpetuada por su elección
deliberada. Ya, en su propio
carácter, están percibiendo el
resultado de la sentencia:
"Quitadle 300 el talento". El
continuo mal uso de sus
talentos, apagará del todo
para ellos el Espíritu Santo,
que es la única luz. La
sentencia: "Echadle en las
tinieblas de afuera", coloca
el sello divino sobre la
elección que ellos mismos han
echo para la eternidad.
Talentos que Dan Éxito
Este Tema está basado en
S. Lucas 16: 1-9
LA VENIDA de
Cristo se produjo en un
tiempo de intensa
mundanalidad. Los hombres
estaban subordinando lo
eterno a lo temporal, los
requerimientos de lo futuro
a los asuntos presentes.
Tomaban los fantasmas por
realidades, y las realidades
por fantasmas. No
contemplaban por la fe el
mundo invisible. Satanás les
presentaba las cosas de esta
vida como sumamente
atractivas y absorbentes, y
prestaban atención a sus
tentaciones.
Cristo vino
para cambiar este orden de
cosas. Procuró romper el
ensalmo que infatuaba y
entrampaba a los hombres. En
sus enseñanzas, trató de
ajustar los requerimientos
del cielo y de la tierra, y
de desviar los pensamientos
de los hombres de lo
presente a lo futuro. En vez
de perseguir las cosas
temporales, los invitó a
hacer provisión para la
eternidad.
"Había un
hombre rico -dijo él-, el
cual tenía un mayordomo, y
éste fue acusado delante de
él como disipador de sus
bienes". El rico había
dejado todas sus posesiones
en las manos de este siervo;
Pero el siervo era infiel y
el amo estaba convencido de
que se le estaba robando
sistemáticamente. Resolvió
no retenerlo en su servicio,
y pidió que fuesen
investigadas sus cuentas.
"¿Qué es esto -dijo- que
oigo de ti? Da cuenta de tu
mayordomía, porque ya no
podrás más ser mayordomo".
Al verse
condenado a ser despedido,
el mayordomo vio tres
caminos abiertos a su
elección. Tendría que
trabajar, mendigar, o
morirse de hambre. Y dijo
para si: "¿Qué haré? que mi
señor me quita la
mayordomía. Cavar, no puedo,
mendigar, tengo vergüenza.
Yo sé lo que haré para que
cuando fuere quitado de la
mayordomía, me reciban en
sus casas. Y llamando a cada
uno de los deudores de su
señor, dijo al primero:
¿Cuánto debes a mi señor? Y
él dijo: Cien barriles de
aceite. Y le dijo: Toma tu
obligación, y siéntate
presto, y escribe cincuenta.
Después dijo a otro: ¿Y tú,
cuánto debes? Y él dijo:
Cien coros de trigo. Y él le
dijo: Toma tu obligación, y
escribe ochenta".
Este siervo
infiel hizo participar a
otros de su falta de
honradez. Defraudó a su amo
para beneficiarlos, y ellos
aceptando este beneficio, se
colocaban bajo la obligación
de recibirlo como amigo en
sus casas.
"Y alabó el
señor al mayordomo malo por
haber hecho discretamente".
El hombre del mundo alabó el
ingenio del que lo había
defraudado. Pero el elogio
del rico no es el elogio de
Dios.
Cristo no
elogió al mayordomo injusto,
pero empleó este caso bien
conocido para ilustrar la
lección que deseaba enseñar.
"Haceos de amigos por medio
del lucro de injusticia
-dijo- para que, cuando éste
os falte, os reciban en las
moradas eternas".
El Salvador
había sido censurado por los
fariseos por tratar con
publicanos y pecadores; pero
su interés en ellos no
disminuyó, ni cesaron sus
esfuerzos por ellos. El vio
que su empleo los inducía a
la tentación. Estaban
rodeados por incitaciones a
hacer lo malo. Era fácil dar
el primer paso malo, y el
descenso era rápido para
llegar a mayor falta de
honradez y a mayores
delitos. Cristo estaba
tratando por todos los
medios de ganarlos a
principios más nobles y
fines más elevados. Este era
el propósito que tenía
presente al relatar la
historia del mayordomo
infiel. Había habido entre
los publicanos un caso como
el presentado en la
parábola, y en la
descripción hecha por Cristo
reconocieron ellos sus
propias prácticas. Esto
llamó su atención, y por el
cuadro de sus prácticas
faltas de honradez, muchos
aprendieron una lección de
verdad espiritual.
Sin embargo,
la parábola se dirigía
directamente a los
discípulos. A ellos primero
fue impartida la levadura de
la verdad, y por su medio
había de alcanzar a otros.
Gran parte de la enseñanza
de Cristo no era comprendida
por los discípulos al
principio, y en consecuencia
sus lecciones parecían casi
olvidadas. Pero bajo la
influencia del Espíritu
Santo esas verdades
revivieron más tarde con
claridad y por medio de los
discípulos fueron
presentadas vívidamente a
los nuevos conversos que se
añadían a la iglesia.
Y el
Salvador hablaba también a
los fariseos. El no perdía
la esperanza de que
percibieran la fuerza de sus
palabras. Muchos habían sido
convencidos profundamente, y
al oír la verdad bajo el
dictado del Espíritu Santo,
no pocos llegarían a creer
en Cristo.
Los fariseos
habían tratado de
desacreditar a Cristo
acusándolo de tratarse con
publicanos y pecadores.
Ahora él vuelve el reproche
contra sus acusadores. La
escena que se sabía había
ocurrido entre los
publicanos, la presenta ante
los fariseos, tanto para
representar su conducta como
para demostrar la única
manera por la cual podían
redimir sus errores.
Los fariseos
habían tratado de
desacreditar a Cristo
acusándolo de tratarse con
publicanos y pecadores.
Ahora él vuelve el reproche
contra sus acusadores. La
escena que se sabía había
ocurrido entre los
publicanos, la presenta ante
los fariseos, tanto para
representar su conducta como
para demostrar la única
manera por la cual podían
redimir sus errores.
Los bienes
de su Señor habían sido
confiados al mayordomo
infiel con propósitos de
benevolencia; pero éste los
había usado para sí. Así
también había hecho Israel.
Dios había elegido la
simiente de Abrahán. Con
brazo poderoso la había
librado de la servidumbre de
Egipto. La había hecho
depositaria de la verdad
sagrada para bendición del
mundo. Le había confiado los
oráculos vivos para que
comunicase la luz a otros.
Pero sus mayordomos habían
empleado estos dones para
enriquecerse y exaltarse a
sí mismos.
Los
fariseos, llenos de un
sentimiento de su propia
importancia y justicia
propia, estaban aplicando
mal los bienes que Dios les
había prestado para que los
empleasen en glorificarlo.
En la
parábola, el siervo no había
hecho provisión para lo
futuro. Los bienes a él
confiados para beneficio de
otros, los había empleado
para sí mismo. Pero había
pensado solamente en lo
presente. Cuando se le
quitase la mayordomía, no
tendría nada que pudiese
llamar suyo. Pero todavía
estaban en sus manos los
bienes de su señor, y
resolvió emplearlos para
asegurarse contra
necesidades futuras. A fin
de lograr esto debía
trabajar según un nuevo
plan. En vez de juntar para
sí, debía impartir a otros.
Así podría conseguir amigos
que lo recibieran, cuando se
lo hubiese desechado. Así
también ocurría con los
fariseos. Pronto se les iba
a quitar la mayordomía, y
estaban llamados a proveer
para lo futuro. Únicamente
buscando el bien de otros,
podían beneficiarse a sí
mismos. Únicamente
impartiendo los dones de
Dios en la vida presente,
podían proveer para la
eternidad.
Después de
relatar la parábola, Cristo
dijo: "Los hijos de este
siglo son en su generación
más sagaces que los hijos de
la luz". Es decir, que los
hombres sabios de este mundo
manifiestan más sabiduría y
fervor en servirse a sí
mismos que los que profesan
servir a Dios en el servicio
que le prestan. Así sucedía
en los días de Cristo, y así
sucede hoy. Miremos la vida
de muchos de los que
aseveran ser cristianos. El
Señor los ha dotado de
capacidad, poder e
influencia; les ha confiado
dinero, a fin de que sean
colaboradores con él en la
gran redención. Todos estos
dones han de ser empleados
en beneficiar a la
humanidad, en aliviar a los
dolientes y menesterosos.
Debemos alimentar a los
hambrientos, vestir a los
desnudos, cuidar de la viuda
y los huérfanos, servir a
los angustiados y oprimidos.
Dios no quiso nunca que
existiese la extensa miseria
que hay en el mundo. Nunca
quiso que un hombre tuviese
abundancia de los lujos de
la vida mientras que los
hijos de otros llorasen por
pan. Los recursos que
superan las necesidades
reales de la vida, son
confiados al hombre para
hacer bien, para beneficiar
a la humanidad. El Señor
dice: "Vended lo que
poseéis, y dad limosna". Sed
"dadivosos", comunicad "con
facilidad". "Cuando haces
banquete, llama a los
pobres, los mancos, los
cojos, los ciegos" ( Isaías
58: 6, 7,10; S. Marcos 16:
15 ). "Desatar las ligaduras
de impiedad", "deshacer los
haces de opresión", "dejar
ir libres a los
quebrantados", "que rompáis
todo yugo". "Que partas tu
pan con el hambriento", que
"a los pobres errantes metas
en casa". "Cuando vieres al
desnudo, lo cubras". Que
"saciares el alma afligida".
"Id por todo el mundo;
predicad el Evangelio a toda
criatura".* Estas son las
órdenes del Señor. ¿Está
haciendo esta obra el
conjunto de los que profesan
ser cristianos?
¡Cuántos hay
que se están apropiando para
sí los dones de Dios!
¡Cuántos están añadiendo una
casa a otra y un terreno a
otro! ¡Cuántos están
gastando su dinero en
placeres para satisfacer el
apetito, conseguir casas,
muebles y vestiduras
extravagantes! Dejan a sus
semejantes en la miseria y
el crimen, la enfermedad y
la muerte. Multitudes están
pereciendo sin una mirada de
compasión, ni una palabra,
ni una acción de simpatía.
Los hombres
se hacen culpables de robar
a Dios. Su empleo egoísta de
los recursos que tienen
priva al Señor de la gloria
que debiera tributársele
mediante el alivio de la
humanidad doliente y la
salvación de las almas.
Están cometiendo desfalcos
con los bienes que él les ha
confiado. El Señor declara:
"Llegarme he a vosotros a
juicio y seré pronto testigo
contra los que detienen el
salario del jornalero, de la
viuda, y del huérfano, y los
que hacen agravio al
extranjero". "¿Robará el
hombre a Dios? Pues vosotros
me habéis robado. Y
dijisteis: ¿En qué te hemos
robado? En los diezmos y las
primicias. Malditos sois con
maldición, porque vosotros,
la nación toda, me habéis
robado". "Ea ya ahora, oh
ricos... vuestras riquezas
están podridas: vuestras
ropas están comidas de
polilla. Vuestro oro y plata
están corrompidos de orín, y
su orín os será en
testimonio... Os habéis
allegado tesoro para en los
postreros días". "Habéis
vivido en deleites sobre la
tierra y sido disolutos".
"He aquí, el jornal de los
obreros que han segado
vuestras tierras, el cual
por engaño no les ha sido
pagado de vosotros, clama; y
los clamores de los que
habían segado han entrado en
los oídos del Señor de los
ejércitos" ( Malaquias 3: 5,
8, 9; Santiago 5: 1-3, 5,
4).
A cada uno
se le pedirá que entregue
los dones que le fueron
confiados. En el día del
juicio final, las riquezas
que los hombres hayan
acumulado no les valdrán de
nada. No tienen nada que
pueden llamar suyo.
Los que
pasan la vida acumulando
tesoro mundanal, manifiestan
menos sabiduría, menos
reflexión y cuidado por su
bienestar eterno de lo que
manifestaba el mayordomo
infiel por su sostén
terrenal. Menos sabios que
los hijos de este mundo en
su generación son los que
profesan ser hijos de la
luz. Son aquellos de quienes
el profeta declaró en su
visión del gran juicio
final: "Aquel día arrojará
el hombre, a los topos y
murciélagos, sus ídolos de
plata y sus ídolos de oro,
que le hicieron para que
adorase; y se entrarán en
las hendiduras de las rocas
y en las cavernas de las
peñas, por la presencia
formidable de Jehová, y por
el resplandor de su
majestad, cuando se
levantare para herir la
tierra" ( Isaías 2: 20, 21
).
"Haceos de
amigos por medio del lucro
de injusticia -dice Cristo-,
para que, cuando éste os
falte, os reciban en las
moradas eternas" . Dios,
Cristo y sus ángeles
ministran todos a los
afligidos, los dolientes y
los pecadores. Entregaos a
Dios para esta obra, emplead
sus dones con este
propósito, y os asociaréis
con los ángeles celestiales.
Vuestro corazón latirá al
unísono con el de ellos. Os
asimilaréis a ellos en
carácter. Estos habitantes
de las moradas eternas no
serán extraños para
vosotros. Cuando hayan
pasado las cosas terrenales,
los centinelas de las
puertas del cielo os darán
la bienvenida.
Los medios
usados para beneficiar a
otros producirán
recompensas. Las riquezas
debidamente empleadas
realizarán mucho bien. Se
ganarán almas para Cristo.
El que sigue el plan de vida
de Cristo verá en las cortes
celestiales a aquellos por
quienes ha trabajado y se ha
sacrificado en la tierra.
Los redimidos recordarán
agradecidos a los que han
sido instrumentos de su
salvación. El cielo será
algo precioso para los que
hayan sido fieles en la obra
de ganar almas.
La lección
de esta parábola es para
todos. Cada uno será tenido
por responsable de la gracia
a él dada por medio de
Cristo. La vida es demasiado
solemne para ser absorbida
en asuntos temporales o
terrenales. El Señor desea
que comuniquemos a otros
aquello que el Eterno e
Invisible nos comunica.
Cada año,
millones y millones de almas
humanas pasan a la eternidad
sin haber sido amonestadas
ni salvadas. De hora en
hora, en nuestra vida
variada, se nos presentan
oportunidades de alcanzar y
salvar almas. Las
oportunidades llegan y se
van continuamente. Dios
desea que las aprovechemos
hasta lo sumo. Pasan los
días, las semanas y los
meses y tenemos un día, una
semana, un mes menos en que
hacer nuestra obra. Algunos
años más, cuando mucho, y la
voz a la cual no podemos
negarnos a contestar, será
oída diciendo: "Da cuenta de
tu mayordomía".
Cristo
invita a todos a
reflexionar. Haced cálculos
honrados. Poned en un
platillo de la balanza a
Jesús, que significa tesoro
eterno, vida, verdad, cielo,
y el gozo de Cristo en las
almas redimidas; poned en el
otro todas las atracciones
que el mundo pueda ofrecer.
En un platillo de la balanza
poned la pérdida de vuestra
propia alma y de las almas
de aquellos para cuya
salvación podríais haber
sido un instrumento; en el
otro, para vosotros y para
ellos, una vida que se mide
con la vida de Dios. Pesad
para el tiempo y la
eternidad. Mientras estáis
así ocupados, Cristo habla:
"¿Qué aprovechará al hombre,
si granjeara todo el mundo y
perdiere su alma?" ( S.
Marcos 8: 36 )
Dios desea
que escojamos lo celestial
en vez de lo terrenal. Nos
presenta las posibilidades
de una inversión celestial.
Quisiera estimular nuestros
más elevados blancos,
asegurar nuestro más selecto
tesoro. Declara: "Haré más
precioso que el oro fino al
varón, y más que oro de Ofir
al hombre" ( Isaías 13: 12
). Cuando hayan sido
arrasadas las riquezas que
la polilla devora y el orín
corrompe, los seguidores de
Cristo podrán regocijarse en
su tesoro celestial, las
riquezas imperecederas.
Mejor que
toda la amistad del mundo es
la amistad de los redimidos
de Cristo. Mejor que un
título de propiedad para el
palacio más noble de la
tierra es un título a las
mansiones que nuestro Señor
ha ido a preparar. Y mejores
que todas las palabras de
alabanza terrenal, serán las
palabras del Salvador a sus
siervos fieles: "Venid,
benditos de mi Padre,
heredad el reino preparado
para vosotros desde la
fundación del mundo" ( S.
Mateo 25: 34 ).
A aquellos
que hayan despilfarrado sus
bienes, Cristo da todavía
oportunidad de obtener
riquezas duraderas. El dice:
"Dad, y se os dará". "Haceos
bolsas que no se envejecen,
tesoro en los cielos que
nunca falta; donde ladrón no
llega, ni polilla corrompe".
"A los ricos de este siglo
manda... que hagan bien, que
sean ricos en buenas obras,
dadivosos, que con facilidad
comuniquen atesorando para
sí buen fundamento para lo
por venir, que echen mano a
la vida eterna" ( S. Lucas
6: 38; 12: 33; 1 Timoteo 6:
!7-19 ).
Permitid,
pues, que vuestra propiedad
vaya antes que vosotros al
cielo. Haceos tesoros junto
al trono de Dios. Aseguraos
vuestro título a las
riquezas insondables de
Cristo. "Haceos de amigos
por medio del lucro de
injusticia, para que cuando
éste os falte os reciban en
las moradas eternas".
La Verdadera Riqueza
Este Tema está basado
en S. Lucas 10: 25-37
ENTRE los
judíos la pregunta "¿Quién
es mi prójimo?" causaba
interminables disputas. No
tenían dudas con respecto
a los paganos y los
samaritanos. Estos eran
extranjeros y enemigos.
¿Pero dónde debía hacerse
la distinción entre el
pueblo de su propia nación
y entre las diferentes
clases de la sociedad? ¿A
quién debía, el sacerdote,
el rabino, el anciano
considerar como su
prójimo? Ellos gastaban su
vida en una serie de
ceremonias para hacerse
puros. Enseñaban que el
contacto con la multitud
ignorante y descuidada
causaría impureza, que
exigiría un arduo trabajo
quitar. ¿Debían considerar
a los "impuros" como sus
prójimos?
Cristo
contestó esta pregunta en
la parábola del buen
samaritano. Mostró que
nuestro prójimo no
significa una persona de
la misma iglesia o la
misma fe a la cual
pertenecemos. No tiene que
ver con la raza, el color
o la distinción de clase.
Nuestro prójimo es toda
persona que necesita
nuestra ayuda. Nuestro
prójimo es toda alma que
está herida y magullada
por el adversario. Nuestro
prójimo es todo el que
pertenece a Dios.
La
parábola del buen
samaritano fue suscitada
por una pregunta que le
hizo a Cristo un doctor de
la ley. Mientras el
Salvador estaba enseñando,
"un doctor de la ley se
levantó, tentándole y
diciendo: Maestro,
¿haciendo qué cosa poseeré
la vida eterna?" Los
fariseos habían sugerido
esta pregunta al doctor de
la ley, con la esperanza
de que pudieran entrampar
a Cristo en sus palabras,
y escucharon ávidamente
para ver qué respondería.
Pero el Salvador no entro
en controversias. Le
exigió la contestación al
mismo que había
preguntado. "¿Qué está
escrito en la ley? -le
interrogó-. ¿Cómo lees?"
Los judíos todavía
acusaban a Cristo de
considerar livianamente la
ley dada desde el Sinaí,
pero él volvió la pregunta
referente a la salvación
hacia la observancia de
los mandamientos de Dios.
La
parábola del buen
samaritano fue suscitada
por una pregunta que le
hizo a Cristo un doctor de
la ley. Mientras el
Salvador estaba enseñando,
"un doctor de la ley se
levantó, tentándole y
diciendo: Maestro,
¿haciendo qué cosa poseeré
la vida eterna?" Los
fariseos habían sugerido
esta pregunta al doctor de
la ley, con la esperanza
de que pudieran entrampar
a Cristo en sus palabras,
y escucharon ávidamente
para ver qué respondería.
Pero el Salvador no entro
en controversias. Le
exigió la contestación al
mismo que había
preguntado. "¿Qué está
escrito en la ley? -le
interrogó-. ¿Cómo lees?"
Los judíos todavía
acusaban a Cristo de
considerar livianamente la
ley dada desde el Sinaí,
pero él volvió la pregunta
referente a la salvación
hacia la observancia de
los mandamientos de Dios.
El doctor
dijo: "Amarás al Señor tu
Dios de todo tu corazón, y
de toda tu alma, y de
todas tus fuerzas, y de
todo tu entendimiento; y a
tu prójimo como a ti
mismo". "Bien has
respondido -contestó
Cristo-: haz esto y
vivirás".
El doctor
de la ley no estaba
satisfecho con la posición
y las obras de los
fariseos. Había estado
estudiando las Escrituras
con el deseo de conocer su
verdadero significados.
Tenía interés vital en el
asunto, y preguntó
sinceramente: "¿Haciendo
qué cosa?" En su
contestación referente a
los requisitos de la ley,
él pasó por alto todo el
cúmulo de preceptos
ceremoniales y rituales. A
éstos no les atribuyó
ningún valor, pero
presentó los dos grandes
principios de los cuales
depende toda la ley y los
profetas. La alabanza que
hizo el Salvador de esta
respuesta colocó a Cristo
en una situación ventajosa
con respecto a los
rabinos. No podían
condenarlo por sancionar
lo que había sido
presentado por un
expositor de la ley.
"Haz esto
y vivirás", dijo Cristo.
En su enseñanza, siempre
presentaba la ley como una
unidad divina, mostrando
que es imposible guardar
un precepto y violar otro;
porque el mismo principio
los enlaza a todos. El
destino del hombre quedará
determinado por su
obediencia a toda la ley.
Cristo
sabía que nadie podía
obedecer la ley por su
propia fuerza. El quería
inducir al doctor a una
investigación más clara y
más crítica, de manera que
pudiera hallar la verdad.
Únicamente aceptando la
virtud y la gracia de
Cristo podemos guardar la
ley. La creencia en la
propiciación por el pecado
habilita al hombre caído a
amar a Dios con todo el
corazón, y a su prójimo
como a sí mismo.
El doctor
sabia que no había
guardado ni los primeros
cuatro ni los últimos seis
mandamientos. Fue
convencido por las
escrutadoras palabras de
Cristo, pero en vez de
confesar su pecado, trató
de excusarlo. En vez de
reconocer la verdad, trató
de mostrar cuán difícil
era cumplir los
mandamientos. Así esperaba
rechazar la convicción y
defenderse ante los ojos
del pueblo. Las palabras
del Salvador habían
demostrado que esa
pregunta era innecesaria,
puesto que él pudo
contestarse a sí mismo.
Sin embargo, hizo otra
pregunta diciendo: "¿Quién
es mi prójimo?"
Nuevamente
Cristo rehusó entrar en
controversia. Contestó la
pregunta relatando un caso
cuyo recuerdo estaba
fresco en la memoria de
sus oyentes. "Un hombre
descendía de Jerusalén a
Jericó, y cayó en manos de
ladrones, los cuales le
despojaron e hiriéndole,
se fueron, dejándole medio
muerto".
Viajando
de Jerusalén a Jericó, el
viajero tenía que pasar
por una sección del
desierto de Judea. El
camino conducía a una
hondonada desierta y
rocosa que estaba
infestada de bandidos, y
que a menudo era escenario
de actos de violencia. Fue
allí donde el viajero
resultó atacado, despojado
de cuanto de valor llevaba
y dejado medio muerto a la
vera del camino. Mientras
yacía en esa condición,
pasó por el sendero un
sacerdote; vio al hombre
tirado, herido y
magullado, revolcándose en
su propia sangre, pero lo
dejó sin prestarle ninguna
ayuda. "Se pasó de lado".
Entonces apareció un
levita. Curioso de saber
lo que había ocurrido, se
detuvo y observó al hombre
que sufría. Estaba
convencido de lo que debía
hacer, pero no era un
deber agradable. Deseó no
haber venido por ese
camino, de manera que no
hubiese visto al hombre
herido. Se persuadió a sí
mismo de que el caso no le
concernía, y él también
"se pasó de lado".
Pero un
samaritano, viajando por
el mismo camino, vio al
que sufría, e hizo la obra
que los otros habían
rehusado. Con amabilidad y
bondad ministró al hombre
herido. "Viéndole, fue
movido a misericordia; y
llegándose, vendó sus
heridas, echándoles aceite
y vino; y poniendo le
sobre su cabalgadura,
llevóle al mesón, y cuidó
de él. Y otro día al
partir, sacó dos denarios,
y diólos al huésped, y le
dijo: Cuídamelo, y todo lo
que demás gastares, yo
cuando vuelva te lo
pagaré". Tanto el
sacerdote como el levita
profesaban piedad, pero el
samaritano mostró que él
estaba verdaderamente
convertido. No era más
agradable para él hacer la
obra que para el sacerdote
y el levita, pero por el
espíritu y por las obras
demostró que estaba en
armonía con Dios.
Al dar
esta lección, Cristo
presentó los principios de
la ley de una manera
directa y enérgica,
mostrando a sus oyentes
que habían descuidado el
cumplir esos principios.
Sus palabras eran tan
definidas y al punto, que
los que escuchaban no
pudieron encontrar ocasión
para cavilar. El doctor de
la ley no encontró en la
lección nada que pudiera
criticar. Desapareció su
prejuicio con respecto a
Cristo. Pero no pudo
vencer su antipatía
nacional lo suficiente
como para mencionar por
nombre al samaritano.
Cuando Cristo le preguntó:
"¿Quién, pues, de estos
tres, te parece que fue el
prójimo de aquel que cayó
en manos de ladrones?"
contestó: "El que usó con
él de misericordia".
"Entonces
Jesús le dijo: Ve, y haz
tú lo mismo". Muestra la
misma tierna bondad hacia
aquellos que se hallan en
necesidad. Así darás
evidencia de que guardas
toda la ley.
La gran
diferencia que había entre
los judíos y los
samaritanos se relacionaba
con ciertas creencias
religiosas, respecto a qué
constituye el verdadero
culto. Los fariseos no
acostumbraban decir nada
bueno de los samaritanos ,
sino que echaban sobre
ellos sus más amargas
maldiciones. Tan fuerte
era la antipatía entre los
judíos y, los samaritanos,
que a la mujer samaritana
le pareció una cosa
extraña que Cristo le
pidiera de beber. "¿Cómo
tú -le dijo-, siendo
judío, me pides a mí de
beber, que soy mujer
samaritana?" "Porque
-añade el evangelista- los
judíos no se tratan con
los samaritanos" ( S. Juan
4: 9 ). Y cuando los
judíos estaban tan llenos
de odio asesino contra
Cristo que se levantaron
en el templo para
apedrearle, no pudieron
encontrar mejores palabras
para expresar su odio que:
"¿No decimos bien
nosotros, que tú eres
samaritano, y tienes
demonio?" ( S. Juan 8: 48
). Sin embargo el
sacerdote y el levita
descuidaron la misma obra
que el Señor les había
ordenado, dejando que el
odiado y despreciado
samaritano ministrara a
uno de los compatriotas de
ellos.
El
samaritano había cumplido
el mandamiento: "Amarás a
tu prójimo como a ti
mismo", mostrando así que
era más justo que aquellos
por los cuales era
denunciado. A riesgo de su
propia vida, había tratado
al herido como hermano
suyo. El samaritano
representa a Cristo.
Nuestro Salvador manifestó
por nosotros un amor que
el amor del hombre nunca
puede igualar. Cuando
estábamos heridos y
desfallecientes, tuvo
piedad de nosotros. No se
apartó de nosotros por
otro camino, y nos
abandonó impotentes y sin
esperanza, a la muerte. No
permaneció en su santo y
feliz hogar, donde era
amado por todas las
huestes celestiales.
Contempló nuestra dolorosa
necesidad, se hizo cargo
de nuestro caso,
identificó sus intereses
con los de la humanidad.
Murió para salvar a sus
enemigos. Oró por sus
asesinos. Señalando su
propio ejemplo, dice a sus
seguidores: "Esto os
mando: que os améis los
unos a los otros", "como
os he amado, que también
os améis los unos a los
otros" ( S. Juan 15: 17;
13: 34 ).
El
sacerdote y el levita
habían ido a adorar al
templo cuyo servicio fue
indicado por Dios mismo.
El participar en ese
servicio era un noble y
exaltado privilegio, y el
sacerdote y el levita
creyeron que, habiendo
sido así honrados, no les
correspondía ministrar a
un hombre anónimo que
sufría a la orilla del
camino. Así descuidaron la
especial oportunidad que
Dios les había ofrecido
como agentes suyos, de
bendecir a sus semejantes.
Muchos
están hoy cometiendo un
error similar. Dividen sus
deberes en dos clases
distintas. La primera
clase abarca las grandes
cosas, que han de ser
reguladas por la ley de
Dios; la otra clase se
compone de las cosas
llamadas pequeñas, en las
cuales se ignora el
mandamiento: "Amarás a tu
prójimo como a ti mismo".
Esta esfera de actividad
se deja librada al
capricho, y se sujeta a la
inclinación o al impulso.
Así el carácter se malogra
y la religión de Cristo es
mal interpretada.
Existen
personas que piensan que
es degradante para su
dignidad ministrar a la
humanidad que sufre.
Muchos miran con
indiferencia y desprecio a
aquellos que han permitido
que el templo del alma
yaciera en ruinas. Otros
descuidan a los pobres por
diversos motivos. Están
trabajando, como creen, en
la causa de Cristo,
tratando de llevar a cabo
alguna empresa digna.
Creen que están haciendo
una gran obra, y no pueden
detenerse a mirar los
menesteres del necesitado
y afligido. Al promover el
avance de su supuesta gran
obra, pueden hasta oprimir
a los pobres. Pueden
colocarlos en duras y
difíciles circunstancias,
privarlos de sus derechos
o descuidar sus
necesidades. Sin embargo
creen que todo eso es
justificable porque están,
según piensan, promoviendo
la causa de Cristo.
Muchos
permitirán que un hermano
o un vecino luche sin
ayuda bajo adversas
circunstancias. Por cuanto
profesan ser cristianos,
puede éste ser inducido a
pensar que ellos, en su
frío egoísmo, están
representando a Cristo.
Debido a que los profesos
siervos de Dios no
cooperan con él, el amor
de Dios, que debería fluir
de ellos, es en gran
medida negado a sus
semejantes. Y se impide
que una gran corriente de
alabanza y acción de
gracias ascienda a Dios de
los labios y de los
corazones humanos. Se lo
despoja de la gloria
debida a su santo nombre.
Se lo priva de las almas
por las cuales Cristo
murió, almas a quienes
anhela llevar a su reino,
para vivir en su presencia
a través de las edades
infinitas.
La verdad
divina ejerce poca
influencia sobre el mundo,
cuando debiera ejercer
mucha influencia por
nuestra práctica. Abunda
la mera profesión de
religión, pero tiene poco
peso. Podemos aseverar ser
seguidores de Cristo,
podemos afirmar que
creemos toda la verdad de
la Palabra de Dios; pero
esto no beneficiará a
nuestro prójimo a menos
que nuestra creencia
penetre en nuestra vida
diaria. Lo que profesamos
puede ser tan sublime como
el cielo, pero no nos
salvará a nosotros ni a
nuestros semejantes a
menos que seamos
cristianos. Un ejemplo
correcto hará más para
beneficiar al mundo que
todo lo que profesemos.
Ninguna
práctica egoísta puede
servir a la causa de
Cristo. Su causa es la
causa de los oprimidos y
de los pobres. En el
corazón de los que
profesan seguirle, se
necesita la tierna
simpatía de Cristo, un
amor más profundo por
aquellos a quienes estimó
tanto que dio su propia
vida para salvarlos. Estas
almas son preciosas,
infinitamente más
preciosas que cualquier
otra ofrenda que podamos
llevar a Dios. El dedicar
toda energía a alguna obra
aparentemente grande,
mientras descuidamos a los
menesterosos y apartamos
al extranjero de su
derecho, no es un servido
que reciba su aprobación.
La
santificación del alma por
la obra del Espíritu Santo
es la implantación de la
naturaleza de Cristo en la
humanidad. La religión del
Evangelio es Cristo en la
vida -un principio vivo y
activo. Es la gracia de
Cristo revelada en el
carácter y desarrollada en
las buenas obras. Los
principios del Evangelio
no pueden separarse de
ninguna fase de la vida
práctica. Todo aspecto de
la vida y de la labor
cristianas debe ser una
representación de la vida
de Cristo.
El amor es
la base de la piedad.
Cualquiera que sea la
profesión que se haga,
nadie tiene amor puro para
con Dios a menos que tenga
amor abnegado para con su
hermano. Pero nunca
podemos entrar en posesión
de este espíritu tratando
de amar a otros. Lo que se
necesita es que esté el
amor de Cristo en el
corazón. Cuando el yo está
sumergido en Cristo, el
amor brota
espontáneamente. La
plenitud del carácter
cristiano se alcanza
cuando el impulso a ayudar
y beneficiar a otros brota
constantemente de adentro,
cuando la luz del cielo
llena el corazón y se
revela en el semblante.
Es
imposible que el corazón
en el cual Cristo mora
esté desprovisto de amor.
Si amamos a Dios porque él
nos amó primero, amaremos
a todos aquellos por
quienes Cristo murió. No
podemos llegar a estar en
contacto con la Divinidad
sin estar en contacto con
la humanidad; porque en
Aquel que está sentado
sobre el trono del
universo, se combinan la
divinidad y la humanidad.
Relacionados con Cristo,
estamos relacionados con
nuestros semejantes por
los áureos eslabones de la
cadena del amor. Entonces
la piedad y la compasión
de Cristo se manifestarán
en nuestra vida. No
esperaremos que se nos
traigan los menesterosos e
infortunados. No
necesitaremos que se nos
suplique para sentir las
desgracias ajenas. Será
para nosotros, tan natural
ministrar a los
menesterosos y dolientes
como lo fue para Cristo
andar haciendo bienes.
Siempre
que haya un impulso de
amor y simpatía, siempre
que el corazón anhele
beneficiar y elevar a
otros, se revela la obra
del Espíritu Santo de
Dios. En las profundidades
del paganismo, hombres que
no tenían conocimiento de
la ley escrita de Dios,
que nunca oyeron el nombre
de Cristo, han sido
bondadosos para con sus
siervos protegiéndolos con
peligro de sus propias
vidas. Sus actos
demuestran la obra de un
poder divino. El Espíritu
Santo ha implantado la
gracia de Cristo en el
corazón del salvaje,
despertando sus simpatías
que son contrarias a su
naturaleza y a su
educación. La luz "que
alumbra a todo hombre que
viene a este mundo" ( S.
Juan 1: 9 ), está
resplandeciendo en su
alma; si presta atención a
esta luz, ella guiará sus
pies al reino de Dios.
La gloria
del cielo consiste en
elevar a los caídos,
consolar a los
angustiados. Siempre que
Cristo more en el corazón
humano, se revelará de la
misma manera. Siempre que
actúe, la religión de
Cristo beneficiará. Donde
quiera que obre, habrá
alegría.
Dios no
reconoce ninguna
distinción por causa de la
nacionalidad, la raza o la
casta. Es el Hacedor de
toda la humanidad. Todos
los hombres son una
familia por la creación, y
todos son uno por la
redención. Cristo vino
para demoler todo muro de
separación, para abrir
todo departamento del
templo, para que cada alma
pudiese tener libre acceso
a Dios. Su amor es tan
amplio, tan profundo, tan
completo, que penetra por
doquiera. Libra de la
influencia de Satanás a
las pobres almas que han
sido seducidas por sus
engaños. Las coloca al
alcance del trono de Dios,
el trono circuido por el
arco de la promesa.
En Cristo
no hay ni judío ni griego,
ni esclavo ni libre. Todos
son atraídos por su
preciosa sangre ( Galatas
3: 28; Efesios 2: 13 ).
Cualquiera
que sea la diferencia de
creencia religiosa, el
llamamiento de la
humanidad doliente debe
ser oído y contestado.
Donde existe amargura de
sentimiento por causa de
la diferencia de la
religión, puede hacerse
mucho bien mediante el
servicio personal. El
ministerio amante
quebrantará el prejuicio,
y ganará las almas para
Dios.
Debemos
anticiparnos a las
tristezas, las
dificultades y angustias
de los demás. Debemos
participar de los goces y
cuidados tanto de los
encumbrados como de los
humildes, de los ricos
como de los pobres. "De
gracia recibisteis -dice
Cristo-, dad de gracia" (
S. Mateo 10: 8 ). En
nuestro derredor hay
pobres almas probadas que
necesitan palabras de
simpatía y acciones
serviciales. Hay viudas
que necesitan simpatía y
ayuda. Hay huérfanos a
quienes Cristo ha
encargado a sus servidores
que los reciban como una
custodia de Dios.
Demasiado a menudo se los
pasa por alto con
negligencia. Pueden ser
andrajosos, toscos, y
aparentemente sin
atractivo alguno; pero son
propiedad de Dios. Han
sido comprados con precio,
y a su vista son tan
preciosos como nosotros.
Son miembros de la gran
familia de Dios, y los
cristianos como mayordomos
suyos, son responsables
por ellos. "Sus almas
-dice-, demandaré de tu
mano".
El pecado
es el mayor de todos los
males, y nos incumbe
compadecernos del pecador
y ayudarlo. Pero no todos
pueden ser alcanzados de
la misma manera. Hay
muchos que ocultan el
hambre de su alma. Les
ayudaría grandemente una
palabra tierna o un
recuerdo bondadosos. Hay
otros que están en la
mayor necesidad, y, sin
embargo, no lo saben. No
se percatan de su terrible
indigencia de alma. Hay
multitudes tan hundidas en
el pecado que han perdido
el sentido de las
realidades eternas, han
perdido la semejanza con
Dios, y apenas saben si
tienen almas que salvar o
no. No tienen fe en Dios
ni confianza en el hombre.
Muchas de estas personas
pueden ser alcanzadas
únicamente por actos de
bondad desinteresada. Hay
que atender primero sus
necesidades físicas:
alimentarlas, limpiarlas y
vestirlas decentemente. Al
ver la evidencia de
vuestro amor abnegado, les
será más fácil creer en el
amor de Cristo.
Hay muchos
que yerran, y que sienten
su vergüenza e insensatez.
Miran sus faltas y errores
hasta ser arrastrados casi
a la desesperación. No
debemos descuidar a estas
almas. Cuando uno tiene
que nadar contra la
corriente, toda la fuerza
de ésta lo rechaza.
Extiéndasele una mano
auxiliadora como se
extendió la mano del
Hermano Mayor hacia Pedro
cuando se hundía.
Diríjansele palabras
llenas de esperanza,
palabras que establezcan
la confianza y despierten
en ellos el amor.
Tu
hermano, enfermo de
espíritu, te necesita,
como tú mismo necesitaste
el amor de un hermano.
Necesita la experiencia de
uno que ha sido tan débil
como él, de uno que pueda
simpatizar con él y
ayudarle. El conocimiento
de nuestra propia
debilidad debe ayudarnos a
auxiliar a otros en su
amarga necesidad. Nunca
debemos pasar por alto un
alma que sufre sin tratar
de impartirle el consuelo
con que somos nosotros
consolados de Dios.
Es la
comunión con Cristo, el
contacto personal con un
Salvador vivo, lo que
habilita la mente, el
corazón y el alma para
triunfar sobre la
naturaleza inferior.
Háblese al errante de una
mano todopoderosa que lo
sostendrá, de una
humanidad infinita en
Cristo que lo compadece.
No le basta a él creer en
la ley y la fuerza, cosas
que no tienen compasión,
ni oyen el pedido de
ayuda. Necesita asir una
mano cálida, confiar en un
corazón lleno de ternura.
Mantened su mente fija en
el pensamiento de una
presencia divina que está
siempre a su lado, que
siempre lo mira con amor
compasivo. Invitadlo a
pensar en el corazón de un
Padre que siempre se
entristece por el pecado,
en la mano de un Padre que
está todavía extendida, en
la voz de un Padre que
dice: "¿O forzará alguien
mi fortaleza? Haga conmigo
paz, sí, haga paz conmigo"
( Isaías 27: 5 ).
Cuando os
dedicáis a esta obra,
tenéis compañeros
invisibles para los ojos
humanos. Los ángeles del
cielo estaban al lado del
samaritano que atendió al
extranjero herido. Y están
al lado de todos aquellos
que prestan servicio a
Dios ministrando a sus
semejantes. Y tenéis la
cooperación de Cristo
mismo. El es el
restaurador, y mientras
trabajéis bajo su
dirección, veréis grandes
resultados.
De nuestra
fidelidad en esta obra, no
sólo depende el bienestar
de otros, sino nuestro
propio destino eterno.
Cristo está tratando de
elevar a todos aquellos
que quieran ser elevados a
un compañerismo consigo,
para que podamos ser uno
con él, como él es uno con
el Padre. Nos permite
llegar a relacionarnos con
el sufrimiento y la
calamidad a fin de
sacarnos de nuestro
egoísmo; trata de
desarrollar en nosotros
los atributos de su
carácter: la compasión, la
ternura y el amor.
Aceptando esta obra de
ministración, nos
colocamos en su escuela, a
fin de ser hechos idóneos
para las cortes de Dios.
Rechazándola, rechazamos
su instrucción y elegimos
la eterna separación de su
presencia.
"Si
guardares mi ordenanza
-declara el Señor-, entre
éstos que aquí están te
daré plaza" ( Zacarías 3:
7 ), aun entre los ángeles
que rodean su trono.
Cooperando con los seres
celestiales en su obra en
la tierra, nos estamos
preparando para su
compañía en el cielo. Los
"espíritus
administradores, enviados
para servicio a favor de
los que serán herederos de
salud" ( Hebreos 1: 14 ),
los ángeles del cielo,
darán la bienvenida a
aquel que en la tierra
vivió no "para ser
servido, sino para servir"
( S. Mateo 20: 28 ). En
esta compañía
bienaventurada
aprenderemos, para nuestro
gozo eterno, todo lo que
encierra la pregunta:
"¿Quién es mi prójimo?"
Bases para la Recompensa
Final
Este Tema está basado
en S. Mateo 19: 16-30;
20: 1-16; S. Marcos 10:
17-31; S. Lucas 18:
18-30
Los
judíos casi habían
perdido de vista la
verdad de la abundante
gracia de Dios. Los
rabinos enseñaban que el
favor divino había que
ganarlo. Esperaban ganar
la recompensa de los
justos por sus propias
obras. Así su culto era
impulsado por un
espíritu codicioso y
mercenario. Aun los
mismos discípulos de
Cristo no estaban del
todo libres de este
espíritu, y el Salvador
buscaba toda oportunidad
para mostrarles su
error. Precisamente
antes que él diera la
parábola de los obreros,
ocurrió un suceso que le
brindó la oportunidad de
presentar los buenos
principios.
Mientras
iba por el camino, un
joven príncipe vino
corriendo hacia él, y
arrodillándose, lo
saludó con reverencia.
"Maestro bueno, ¿qué
bien haré para tener la
vida eterna?" preguntó.
El
príncipe se había
dirigido a Cristo
meramente como a un
honrado rabí, no
discerniendo en él al
Hijo de Dios. El
Salvador dijo: "¿Por qué
me llamas bueno? Ninguno
es bueno sino uno, es a
saber, Dios". ¿En qué te
basas para llamarme
bueno? Dios es el único
bueno. Si me reconoces a
mí como tal, me debes
recibir como su Hijo y
Representante.
"Si
quieres entrar en la
vida -añadió-, guarda
los mandamientos". El
carácter de Dios está
expresado en su ley; y
para que estés en
armonía con Dios, los
principios de su ley
deben ser la misma
fuente de cada acción
tuya.
Cristo
no disminuye las
exigencias de la ley. En
un lenguaje
inconfundible, presenta
la obediencia a ella
como la condición de la
vida eterna: la misma
condición que se
requería de Adán antes
de su caída. El Señor no
espera menos del alma
ahora que lo que esperó
del hombre en el
paraíso: perfecta
obediencia, justicia
inmaculada. El requisito
que se ha de llenar bajo
el pacto de la gracia es
tan amplio como el que
se exigía en el Edén: la
armonía con la ley de
Dios, que es santa,
justa y buena.
A las
palabras: "Guarda los
mandamientos", el joven
respondió: "¿Cuáles?" El
pensaba que se refería a
algunos preceptos
ceremoniales; pero
Cristo estaba hablando
de la ley dada desde el
Sinaí. Mencionó varios
mandamientos de la
segunda tabla del
Decálogo, y entonces los
resumió todos en el
precepto: "Amarás a tu
prójimo como a ti
mismo".
El joven
respondió sin
vacilación: "Todo esto
guardé desde mi
juventud: ¿qué más me
falta?" Su concepción de
la ley era externa y
superficial. Juzgado por
una norma humana, él
había conservado un
carácter intachable. En
alto grado, su vida
externa había estado
libre de culpa;
ciertamente pensaba que
su obediencia había sido
sin defecto. Sin
embargo, tenía un
secreto temor de que no
estuviera todo bien
entre su alma y Dios.
Esto fue lo que lo
indujo a preguntar:
"¿Qué más me falta?"
"Si
quieres ser perfecto -dicele
Jesús-, anda, vende lo
que tienes, y dalo a los
pobres, y tendrás tesoro
en el cielo; y ven,
sígueme. Y oyendo el
mancebo esta palabra, se
fue triste, porque tenía
muchas posesiones".
El que
se ama a sí mismo es un
transgresor de la ley.
Jesús deseaba revelarle
esto al joven, y le dio
una prueba que pondría
de manifiesto el egoísmo
de su corazón. Le mostró
la mancha de su
carácter. El joven no
deseaba mayor
iluminación. Había
acariciado un ídolo en
el alma; el mundo era su
dios. Profesaba haber
guardado los
mandamientos, pero
carecía del principio
que es el mismo espíritu
y la vida de todos
ellos. No tenía un
verdadero amor a Dios o
al hombre. Esto
significaba la carencia
de algo que lo
calificaría para entrar
en el reino de los
cielos. En su amor a sí
mismo y a las ganancias
mundanales estaba en
desacuerdo con los
principios del cielo.
Cuando este joven
príncipe vino a Jesús,
su sinceridad y fervor
ganaron el corazón del
Salvador. "Mirándole,
améle". En este joven
vio él a uno que podría
ser útil como predicador
de justicia. El quería
recibir a este noble y
talentoso joven tan
prestamente como recibió
a los pobres pescadores
que lo siguieron. Si el
joven hubiera consagrado
su habilidad a la obra
de salvar almas, habría
llegado a ser un
diligente obrero de
éxito para Cristo.
Pero
primeramente debía
aceptar las condiciones
del discipulado. Debía
consagrarse a sí mismo
sin reservas a Dios. Al
llamado del Salvador,
Juan, Pedro, Mateo, y
sus compañeros, "dejadas
todas las cosas,
levantándose, le
siguieron" ( S. Lucas 5:
28 ). La misma
consagración se exigió
del joven príncipe. Y en
esto Cristo no pidió un
sacrificio mayor del que
él mismo había hecho.
"Por amor de vosotros se
hizo pobre, siendo rico;
para que vosotros por su
pobreza fueseis
enriquecidos" ( 2
Corintios 8: 9 ). El
joven rico sólo tenía
que seguir el camino
recorrido por Cristo.
Cristo miró al joven, y
anheló que le entregara
su alma. Anheló enviarlo
como un mensajero de
bendición a los hombres.
En lugar de aquello que
lo invitó a entregarle,
Cristo le ofreció el
privilegio de su
compañía. "Sígueme",
dijo. Este privilegio
había sido considerado
como un gozo por Pedro,
Santiago y Juan. El
joven mismo miraba a
Cristo con admiración.
Su corazón era atraído
hacia el Salvador. Pero
no estaba listo a
aceptar el principio del
sacrificio propio
expresado por el
Salvador. Elegía sus
riquezas antes que a
Jesús. Anhelaba la vida
eterna, pero no quería
recibir en el alma ese
amor abnegado, el único
que es vida, y con un
corazón pesaroso se
apartó de Cristo.
Al
alejarse el joven, Jesús
dijo a sus discípulos:
"¡Cuán dificultosamente
entrarán en el reino de
Dios los que tienen
riquezas!" Estas
palabras asombraron a
los discípulos Se les
había enseñado a
considerar a los ricos
como los favoritos del
cielo; ellos mismos
esperaban recibir
riquezas y poder
mundanos en el reino del
Mesías; y si el rico no
entraba en el reino de
los cielos, ¿qué
esperanza podría haber
para el resto de los
hombres?
"Mas
Jesús respondiendo, les
volvió a decir: ¡Hijos,
cuán difícil es entrar
en el reino de Dios, los
que confían en las
riquezas! Más fácil es
pasar un camello por el
ojo de una aguja, que el
rico entrar en el reino
de Dios. Y ellos se
espantaban más". Ahora
se daban cuenta de que
ellos mismos estaban
incluidos en la solemne
amonestación. A la luz
de las palabras del
Salvador, fue revelado
su propio anhelo secreto
de poder y riquezas. Con
dudas respecto a ellos
mismos, exclamaron: " ¿Y
quién podrá salvarse?"
"Entonces Jesús
mirándolos, dice: Para
los hombres es
imposible; mas para
Dios, no; porque todas
las cosas son posibles
para Dios".
Un
hombre rico, como tal,
no puede entrar en el
reino de los cielos. Su
riqueza no le da ningún
título a la herencia de
los santos en luz. Es
sólo por la gracia
inmerecida de Cristo
como un hombre puede
hallar entrada en la
ciudad de Dios.
No menos
para el rico que para el
pobre son las palabras
que habló el Espíritu
Santo: "No sois
vuestros. Porque
comprados sois por
precio" ( 1 Corintios 6:
19, 20 ). Cuando los
hombres crean esto,
considerarán sus
posesiones como un
préstamo, que ha de ser
usado como Dios dirija,
para la salvación de los
perdidos y el consuelo
de los que sufren y los
pobres. Para el hombre
esto es imposible,
porque el corazón se
adhiere a su tesoro
terrenal. El alma que
está unida en servicio a
Mammón es sorda al
clamor de la necesidad
humana. Pero para Dios
todas las cosas son
posibles. Al contemplar
el incomparable amor de
Cristo, el corazón
egoísta será ablandado y
subyugado. El hombre
rico será inducido, como
lo fue Saulo el fariseo,
a decir: "Las cosas que
para mí eran ganancia,
helas reputado pérdidas
por amor de Cristo: Y
ciertamente, aun reputo
todas las cosas pérdida
por el eminente
conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor" (
Filipenses 3:7, 8 ).
Entonces no considerarán
nada como suyo propio.
Se regocijarán de
considerarse a sí mismos
como mayordomos de la
multiforme gracia de
Dios, y por su causa
siervos de todos los
hombres.
Pedro
fue el primero en
reponerse de la secreta
convicción obrada por
las palabras del
Salvador. Pensó con
satisfacción en lo que
él y sus hermanos habían
abandonado por Cristo.
"He aquí -dijo-,
nosotros hemos dejado
todo, y te hemos
seguido". Recordando la
promesa condicional
hecha al joven príncipe,
"tendrás tesoro en el
cielo", ahora preguntó
qué habían de recibir él
y sus compañeros como
recompensa por sus
sacrificios.
La
respuesta del Salvador
emocionó los corazones
de aquellos pescadores
galileos. Pintó honores
que sobrepujaban sus más
altos sueños: "De cierto
os digo, que vosotros
que me habéis seguido,
en la regeneración,
cuando se sentará el
Hijo del hombre en el
trono de su gloria,
vosotros también os
sentaréis sobre doce
tronos, para juzgar a
las doce tribus de
Israel". Y añadió: "No
hay ninguno que haya
dejado casa, o hermanos,
o hermanas, o padre, o
madre, o mujer, o hijos,
o heredades, por causa
de mi y del Evangelio,
que no reciba cien
tantos ahora en este
tiempo, casas, y
hermanos y hermanas, y
madres, e hijos, y
heredades, con
persecuciones; y en el
siglo venidero la vida
eterna".
Mas la
pregunta de Pedro: "¿Qué
pues tendremos?" había
revelado un espíritu
que, de no ser
corregido, haría ineptos
a los discípulos para
ser mensajeros de
Cristo: era el espíritu
del asalariado. Aunque
habían sido atraídos por
el amor de Cristo, los
discípulos no estaban
completamente libres de
fariseísmo. Todavía
trabajaban con el
pensamiento de merecer
una recompensa en
proporción a su labor.
Acariciaban un espíritu
de exaltación y
complacencias propias, y
hacían comparaciones
entre ellos. Cuando
alguno de ellos
fracasaba en algún
respecto, los otros se
sentían superiores.
Para que
los discípulos no
perdieran de vista los
principios del
Evangelio, Cristo les
relató una parábola que
ilustraba la manera en
la cual Dios trata con
sus siervos, y el
espíritu con el cual él
quiere que trabajen para
él.
"El
reino de los cielos
-dijo él-, es semejante
a un hombre, padre de
familia, que salió por
la mañana a juntar
obreros para su viña".
Era costumbre que los
hombres que buscaban
empleo esperaran en el
mercado, y allá iban los
contratistas a buscar
siervos. Se representa
al hombre de la parábola
saliendo a diferentes
horas para emplear
obreros. Aquellos que
son empleados en las
primeras horas convienen
en trabajar por una suma
determinada; los que son
ajustados más tarde
dejan su sueldo al
juicio del dueño de
casa.
"Y
cuando fue la tarde del
día, el Señor de la viña
dijo a su mayordomo:
Llama a los obreros y
págales el jornal,
comenzando desde los
postreros hasta los
primeros. Y viniendo los
que habían ido cerca de
la hora undécima,
recibieron cada uno un
denario. Y viniendo
también los primeros,
pensaban que habían de
recibir más; pero
también ellos recibieron
cada uno un denario".
El trato
del jefe de la casa con
los obreros de su viña
representa la forma en
que Dios se relaciona
con la familia humana.
Dicho trato es contrario
a las costumbres que
prevalecen entre los
hombres. En los negocios
mundanales, se otorga la
compensación de acuerdo
con la obra realizada.
El obrero espera que se
le pague únicamente lo
que gana. Pero en la
parábola, Cristo estaba
ilustrando los
principios de su reino,
un reino que no es de
este mundo. El no se
rige por una norma
humana. El Señor dice:
"Mis pensamientos no son
vuestros pensamientos,
ni vuestros caminos mis
caminos... Como son más
altos los cielos que la
tierra, así son mis
caminos más altos que
vuestros caminos, y mis
pensamientos más que
vuestros pensamientos" (
Isaías 55: 8, 9 ).
En la
parábola, los primeros
obreros convinieron en
trabajar por una suma
estipulada, y recibieron
la cantidad que se había
especificado, nada más.
Los que fueron ajustados
más tarde creyeron en la
promesa del patrón: "Os
daré lo que fuere
justo". Mostraron su
confianza en él no
haciendo ninguna
pregunta con respecto a
su salario. Confiaron en
su justicia y equidad. Y
fueron recompensados, no
de acuerdo con la
cantidad de su trabajo,
sino según la
generosidad de su
propósito.
Así Dios
quiere que confiemos en
Aquel que justifica al
impío. Concede su
recompensa no de acuerdo
con nuestro mérito, sino
según su propio
propósito, "que hizo en
Cristo Jesús nuestro
Señor". "No por obras de
justicia que nosotros
habíamos hecho, mas por
su misericordia nos
salvó" ( Efesios 3: 11;
Tito 3: 5 ). Y en favor
de aquellos que confían
en él obrará "mucho más
abundantemente de lo que
pedimos o entendemos" (
Efesios 3: 20 ).
No es la
cantidad de trabajo que
se realiza o los
resultados visibles,
sino el espíritu con el
cual la obra se efectúa
lo que le da valor ante
Dios. Los que vinieron a
la viña a la hora
undécima estaban
agradecidos por la
oportunidad de trabajar.
Sus corazones estaban
llenos de gratitud hacia
la persona que los
aceptó; y cuando al
final de la jornada el
jefe de la casa les pagó
por el día entero,
estaban grandemente
sorprendidos. Sabían que
no habían ganado ese
salario. Y la bondad
revelada en el semblante
de su empleador los
llenó de gozo. Nunca
olvidaron la bondad del
dueño de la casa, ni la
generosa recompensa que
habían recibido. Esto es
lo que ocurre con el
pecador que, conociendo
su falta de méritos, ha
entrado en la viña del
Señor a la hora
undécima. Su tiempo de
servicio parece muy
corto, no se siente
digno de recompensa
alguna, pero está lleno
de gozo porque por lo
menos Dios lo ha
aceptado. Trabaja con un
espíritu humilde y
confiado, agradecido por
el privilegio de ser un
colaborador de Cristo.
Dios se deleita en
honrar este espíritu.
El Señor
desea que confiemos en
él sin hacer preguntas
con respecto a nuestra
recompensa. Cuando
Cristo mora en el alma,
el pensamiento de
recompensa no primará.
Este no es el motivo que
impulsa nuestro
servicio. Es cierto que,
en un sentido
secundario, debemos
tener en cuenta la
recompensa. Dios desea
que apreciemos las
bendiciones que nos ha
prometido. Pero no
quiere que estemos muy
ansiosos por la
remuneración, ni que
pensemos que por cada
deber hemos de recibir
un galardón. No debemos
estar tan ansiosos de
obtener el premio, como
de hacer lo que es
recto,
independientemente de
toda ganancia. El amor a
Dios y a nuestros
semejantes debe ser
nuestro motivo.
Esta
parábola no excusa a los
que oyen el primer
llamamiento a trabajar,
pero no entran en la
viña del Señor. Cuando
el dueño de la casa fue
al mercado a la hora
undécima, y encontró
algunos hombres sin
ocupación, dijo: "¿Por
qué estáis aquí todo el
día ociosos?" La
respuesta fue: "Porque
nadie nos ha ajustado".
Ninguno de los que
fueron llamados hacia la
tarde del día estaba
allí por la mañana. No
habían rechazado el
llamamiento. Aquellos
que rechazan y luego se
arrepienten, hacen bien
en arrepentirse; pero no
es seguro jugar con el
primer llamamiento de la
misericordia.
Cuando
los trabajadores de la
viña recibieron "cada
uno un denario", los que
habían comenzado a
trabajar temprano en el
día se ofendieron. ¿No
habían trabajado ellos
durante doce horas?
razonaron, y ¿no era
justo que recibieran más
que aquellos que habían
trabajado solamente una
hora de la parte más
fresca del día? "Estos
postreros sólo trabajado
una hora -dijeron-, y
los has hecho iguales a
nosotros, que hemos
llevado la carga y el
calor del día".
"Amigo
-respondió el patrón a
uno de ellos-, no te
hago agravio; ¿no te
concertaste conmigo por
un denario? Toma lo que
es tuyo, y vete; mas
quiero dar a este
postrero, como a ti. ¿No
me es lícito a mí hacer
lo que quiero con lo
mío? o ¿es malo tu ojo,
porque yo soy bueno?"
"Así los
primeros serán
postreros, y los
postreros primeros:
porque muchos son
llamados, mas pocos
escogidos".
Los
primeros trabajadores de
la parábola representan
a aquellos que, a causa
de sus servicios, exigen
que se los prefiera
sobre los demás.
Realizan su obra con
espíritu de
congratulación propia, y
no ponen en ella
abnegación y sacrificio.
Pueden haber profesado
servir a Dios durante
toda su vida; pueden
haber sido delanteros en
soportar duros trabajos,
privaciones y pruebas, y
por lo tanto se creen
merecedores de una gran
recompensa. Piensan más
en el pago que en el
privilegio de ser
siervos de Cristo. Según
ellos, sus labores y
sacrificios los hacen
acreedores a un honor
mayor que los demás, y
debido a que esta
pretensión no es
reconocida, se ofenden.
Si pusieran en su
trabajo un espíritu
amante y confiado,
continuarían siendo los
primeros, pero su
disposición a quejarse y
protestar es contraria
al espíritu de Cristo, y
demuestra que ellos son
indignos de confianza.
Revelan su deseo de
engrandecimiento
personal, su
desconfianza en Dios,
sus celos y mala
voluntad hacia sus
hermanos. La bondad y la
liberalidad del Señor es
para ellos sólo motivo
de murmuración. Así
muestran que no hay
relación entre sus almas
y Dios. No conocen el
gozo de cooperar con el
Artífice Maestro.
No hay
nada más ofensivo para
Dios que este espíritu
estrecho y egoísta. El
no puede trabajar con
nadie que manifieste
estos atributos. Los que
los albergan son
insensibles a la
influencia de su
Espíritu.
Los
judíos habían sido
llamados primero a la
viña del Señor; y por
causa de eso eran
orgullosos y justos en
su propia opinión.
Consideraban que sus
largos años de servicio
los hacía merecedores de
una recompensa mayor que
los demás. No los
exasperaba más que una
insinuación de que los
gentiles habían de ser
admitidos con iguales
privilegios que ellos en
las cosas de Dios.
Cristo
amonestó a los
discípulos que fueron
llamados en primer
término a seguirle, a
que no se acariciase
entre ellos el mismo
mal. El vio que un
espíritu de justicia
propia seria la
debilidad y la maldición
de la iglesia. Los
hombres pensarían que
podrían hacer algo para
ganar un lugar en el
reino de los cielos. Se
imaginarían que cuando
hubieran hecho cierto
progreso, el Señor les
ayudaría. Así habría
abundancia del yo y poco
de Jesús. Muchas
personas que hubieran
hecho un poco de
progreso se
envanecerían, y se
pensarían superiores a
los demás. Estarían
ansiosas de ser
aduladas, y
manifestarían celo si no
se las considerase más
importantes que a otros.
Cristo trata de guardar
a sus discípulos de este
peligro.
El
jactarnos de nuestros
méritos está fuera de
lugar. "No se alabe el
sabio en su sabiduría,
ni en su valentía se
alabe el valiente, ni el
rico se alabe en sus
riquezas. Mas alábese en
esto el que se hubiere
de alabar: en entenderme
y conocerme, que yo soy
Jehová, que hago
misericordia, juicio y
justicia en la tierra:
porque estas cosas
quiero, dice Jehová" (
Jeremías 9: 23, 24 ).
El
premio no se otorga por
las obras, a fin de que
nadie se alabe; mas es
todo por gracia. "¿Qué,
pues, diremos que halló
Abrahán nuestro padre
según la carne? Que si
Abrahán fue justificado
por las obras, tiene de
qué gloriarse; mas no
para con Dios. Porque
¿qué dice la Escritura?
Y creyó Abrahán a Dios,
y le fue atribuido a
justicia. Empero al que
obra, no se le cuenta el
salario por merced, sino
por deuda. Más al que no
obra, pero cree en aquel
que justifica al impío,
la fe le es contada por
justicia" ( Romanos 4:
1-5 ). Por lo tanto, no
hay motivo para que uno
se gloríe sobre otro o
manifieste envidia hacia
otro. Nadie obtiene un
privilegio superior a
otro, ni puede alguien
reclamar la recompensa
como un derecho.
El
primero y el último han
de ser participantes en
la gran recompensa
eterna, y el primero
debe dar alegremente la
bienvenida al último.
Aquel que envidia la
recompensa de otro
olvida que él mismo es
salvado sólo por gracia.
La parábola de los
trabajadores condena
todos los celos y las
sospechas. El amor se
regocija en la verdad, y
no hace comparaciones
envidiosas. El que posee
amor compara únicamente
la belleza de Cristo con
su propio carácter
imperfecto.
Esta
parábola es una
amonestación a todos los
obreros, por largo que
sea su servicio, por
abundantes que sean sus
labores, acerca de que
sin el amor hacia los
hermanos, sin humildad
ante Dios, ellos no son
nada. No hay religión en
la entronización del yo.
Aquel que hace de la
glorificación propia su
blanco, se hallará
destituido de aquella
gracia que es lo único
que puede hacerlo
eficiente en el servicio
de Cristo. Toda vez que
se condesciende con el
orgullo y la
complacencia propia, la
obra se echa a perder.
No es la
cantidad de tiempo que
trabajamos, sino nuestra
pronta disposición y
nuestra fidelidad en el
trabajo, lo que lo hace
aceptable a Dios. En
todo nuestro servicio se
requiere una entrega
completa del yo. El
deber más humilde, hecho
con sinceridad y olvido
de sí mismo, es más
agradable a Dios que el
mayor trabajo cuando
está echado a perder por
el engrandecimiento
propio. El mira para ver
cuánto del Espíritu de
Cristo abrigamos y
cuánta de la semejanza
de Cristo revela nuestra
obra. El considera
mayores el amor y la
fidelidad con que
trabajamos que la
cantidad que efectuamos.
Tan sólo
cuando el egoísmo está
muerto, cuando la lucha
por la supremacía está
desterrada, cuando la
gratitud llena el
corazón, y el amor hace
fragante la vida, tan
sólo entonces Cristo
mora en el alma, y
nosotros somos
reconocidos como obreros
juntamente con Dios.
Por
cansador que sea su
trabajo, los verdaderos
obreros no lo
considerarán como un
tráfago penoso. Están
dispuestos a gastarse y
ser gastados; pero es un
trabajo gozoso, hecho
con un corazón alegre.
El gozo en Dios sea
expresa por medio de
Cristo Jesús. Su gozo es
el que le fue propuesto
a Cristo, "que haga la
voluntad del que me
envió, y que acabe su
obra" ( S. Juan 4: 34 ).
Están cooperando con el
Señor de la gloria. Este
pensamiento dulcifica
toda faena, fortalece la
voluntad, vigoriza el
espíritu para todo lo
que pueda ocurrir.
Trabajando con un
corazón abnegado,
ennoblecido por ser
participante de los
sufrimientos de Cristo,
compartiendo sus
simpatías, y cooperando
con él en su labor,
ellos ayudan a
acrecentar su gozo, y
producen honor y
alabanza a su exaltado
nombre.
Este es
el espíritu de todo
verdadero servicio para
Dios. Debido a una falta
de ese espíritu, muchos
de los que parecen ser
primeros llegarán a ser
últimos, mientras que
aquellos que lo poseen,
aunque se los considere
como últimos, llegarán a
ser primeros.
Hay
muchos que se han
entregado a Cristo, y
sin embargo no ven la
oportunidad de hacer una
gran obra o grandes
sacrificios en su
servicio. Estos pueden
encontrar consuelo en el
pensamiento de que no es
necesariamente la
entrega que se hace en
el martirio la que es
más agradable a Dios;
puede ser que no sea el
misionero que
diariamente ha soportado
el peligro y encarado la
muerte, el que se
destaque en primer plano
en los registros
celestiales. El
cristiano que lo es en
su vida privada, en la
entrega diaria del yo,
en la sinceridad de
propósito y la pureza de
pensamiento, en la
mansedumbre que
manifiesta bajo la
provocación, en la fe y
en la piedad, en la
fidelidad en las cosas
menores, aquel que en la
vida del hogar
representa el carácter
de Cristo: tal persona,
a la vista de Dios,
puede ser más preciosa
que el misionero o el
mártir mundialmente
conocido.
¡Oh,
cuán diferentes son las
normas según las cuales
Dios y los hombres miden
el carácter! Dios ve
muchas tentaciones
resistidas de las cuales
el mundo y aun los
amigos más cercanos
nunca saben nada:
tentaciones en el hogar,
en el corazón. El nota
la humildad que siente
el alma al ver su propia
debilidad, el sincero
arrepentimiento hasta de
un pensamiento que es
malo. El ve la devoción
ferviente a su servicio,
El ha notado las horas
de dura batalla con el
yo, una batalla que gana
la victoria. Todo esto
lo saben Dios y los
ángeles. Un libro de
memoria es escrito ante
él para aquellos que
temen a Dios y piensan
en su nombre.
El
secreto del éxito no ha
de ser hallado en
nuestro conocimiento, en
nuestra posición, en el
número que constituimos
o en los talentos que se
nos han confiado, ni en
la voluntad del hombre.
Sintiendo nuestra
deficiencia, hemos de
contemplar a Cristo, y
por medio de Aquel que
es la fuerza de toda
fuerza, el pensamiento
de todo pensamiento, la
persona voluntaria y
obediente obtendrá una
victoria tras otra.
Y por
corto que sea nuestro
servicio o humilde
nuestro trabajo, si con
una fe sencilla seguimos
a Cristo, no seremos
chasqueados en cuanto a
la recompensa. Aquello
que aun los mayores o
los más sabios hombres
no pueden ganar, el más
débil y el más humilde
pueden recibir. Los
áureos portales del
cielo no se abrirán ante
el que se exalta a sí
mismo. No darán paso a
los de espíritu
soberbio. Pero los
eternos portales se
abrirán de par en par
ante el toque tembloroso
de un niñito. Bendita
será la recompensa de
gracia concedida a los
que trabajaron por Dios
con simplicidad de fe y
amor.
El
Premio Inmerecido
Este Tema está
basado en S. Mateo 25:
1-13
CRISTO
está sentado con sus
discípulos sobre el
Monte de las Olivas.
El sol se ha puesto
detrás de las
montañas, y las
sombras de la noche, a
guisa de cortina,
cubren los cielos. A
plena vista se halla
una casa profusamente
iluminada, cual si lo
fuera para alguna
fiesta. La luz irradia
en raudales de sus
aberturas, y un grupo
expectante aguarda en
torno de ella,
indicando que está a
punto de aparecer una
procesión nupcial. En
muchos lugares del
Oriente, las fiestas
de bodas se realizan
por la noche. El novio
va al encuentro de su
prometida y la trae a
su casa. A la luz de
las antorchas la
procesión nupcial va
de la casa del padre
de la esposa a la del
esposo, donde se
ofrece una fiesta a
los huéspedes
invitados. En la
escena que Cristo
contempla, un grupo de
personas está
esperando la aparición
de los novios y su
séquito con la
intención de unirse a
la procesión.
Cerca
de la casa de la novia
se hallan diez
doncellas vestidas de
blanco. Cada una lleva
una lámpara encendida
y una pequeña vasija
para aceite. Todas
están espera con
ansiedad la aparición
del esposo. Pero se
produce una demora.
Transcurre una hora
tras otra, y las que
están esperando se
cansan y se duermen. A
la media noche se oye
un clamor: "He aquí,
el esposo viene; salid
a recibirle". De
repente se despiertan
las que dormían y
saltan sobre sus pies.
Ven la procesión que
avanza, alumbrada por
las antorchas y
alegrada por la
música. Oyen la voz
del esposo y de la
esposa. Las diez
vírgenes toman sus
lámparas y comienzan a
acondicionarlas,
apresurándose a
marchar. Pero cinco de
ellas no habían
llenado sus vasijas de
aceite. No presumieron
que habría una demora
tan larga, y no se
habían preparado para
la emergencia.
Afligidas, se
dirigieron a sus
compañeras más
prudentes, diciendo:
"Dadnos de vuestro
aceite; porque
nuestras lámparas se
apagan". Pero las
otras cinco, con sus
lámparas recién
aderezadas, habían
vaciado sus vasijas.
No tenían aceite de
sobra, y respondieron:
"Porque no nos falte a
nosotras y a vosotras,
id antes a los que
venden, y comprad para
vosotras".
Mientras iban a
comprar, la procesión
avanzó y las dejó
atrás. Las cinco que
tenían sus lámparas
encendidas se unieron
a la muchedumbre,
entraron en la casa
con el séquito
nupcial, y la puerta
se cerró. Cuando las
vírgenes fatuas
llegaron al salón del
banquete, recibieron
un rechazamiento
inesperado. El jefe de
la fiesta declaró: "No
os conozco". Fueron
dejadas afuera, en la
calle desierta, en las
tinieblas de la noche.
Mientras Cristo estaba
sentado mirando el
grupo que esperaba al
esposo, contó a sus
discípulos la historia
de las diez vírgenes,
para ilustrar con ese
suceso la experiencia
de la iglesia que
viviría precisamente
antes de su segunda
venida.
Las
dos clases de personas
que esperaban
representan dos clases
que profesan estar
esperando a su Señor.
Se las llama vírgenes
porque profesan una fe
pura. Las lámparas
representan la Palabra
de Dios. El salmista
dice: "Lámpara es a
mis pies tu palabra, y
lumbrera a mi camino"
( Salmo 119: 105 ). El
aceite es un símbolo
del Espíritu Santo.
Así se representa el
Espíritu en la
profecía de Zacarías.
"Volvió el ángel que
hablaba conmigo
-dijo-, y despertóme
como un hombre que es
despertado de su
sueño. Y díjome: ¿Qué
ves? Y respondí: He
mirado, y he aquí un
candelero todo de oro,
con su vaso sobre su
cabeza, y sus siete
lámparas encima del
candelero; y siete
canales para las
lámparas que 337 están
encima de él; y sobre
él dos olivas, la una
a la derecha del vaso,
y la otra a su
izquierda. Proseguí, y
hablé a aquel ángel
que hablaba conmigo,
diciendo: ¿Qué es
esto, Señor mío?...
Entonces respondió y
hablóme, diciendo:
Esta es palabra de
Jehová a Zorobabel, en
que se dice: No con
ejército, ni con
fuerza, sino con mi
espíritu, ha dicho
Jehová de los
ejércitos... Hablé de
nuevo, y díjele: ¿Qué
significan las dos
ramas de olivas, que
por medio de dos tubos
de oro vierten de sí
aceite como oro?... Y
él dijo: Estos dos
hijos de aceite son
los que están delante
del Señor de toda la
tierra" ( Zacarías 4:
1-14 ).
Procedente de las dos
olivas, corría el
áureo aceite por los
tubos hacia el
recipiente del
candelero, y luego
hacia las lámparas de
oro que iluminaban el
santuario. Así también
de los seres santos
que están en la
presencia de Dios, su
Espíritu es impartido
a los instrumentos
humanos que están
consagrados a su
servicio. La misión de
los dos ungidos es
comunicar al pueblo de
Dios que sólo la
gracia celestial puede
hacer de su Palabra
una lámpara para los
pies y una luz para el
sendero. "No con
ejército, ni con
fuerza, sino con mi
espíritu, ha dicho
Jehová de los
ejércitos" ( Zacarías
4: 6 ).
En la
parábola todas las
vírgenes salieron a
recibir al esposo.
Todas tenían lámparas
y vasijas para aceite.
Por un tiempo parecía
no haber diferencia
entre ellas. Tal
ocurre con la iglesia
que vive precisamente
antes de la segunda
venida de Cristo.
Todos tienen el
conocimiento de las
Escrituras. Todos han
oído el mensaje de la
pronta venida de
Cristo, y esperan
confiadamente su
aparición. Pero así
como ocurrió en la
parábola, ocurre hoy
en día. Interviene un
tiempo de espera, la
fe es probada; y
cuando se oye el
clamor: "He aquí, el
esposo viene; salid a
recibirle", muchos no
están listos. No
tienen aceite en sus
vasijas para las
lámparas. Están
destituidos del
Espíritu Santo.
Sin el
Espíritu de Dios, un
conocimiento de su
Palabra no tiene
valor. La teoría de la
verdad, cuando no va
acompañada del
Espíritu Santo, no
puede avivar el alma o
santificar el corazón.
Uno puede estar
familiarizado con los
mandamientos y las
promesas de la Biblia,
pero a menos que el
Espíritu de Dios grabe
la verdad, el carácter
no será transformado.
Sin la iluminación del
Espíritu, los hombres
no podrán distinguir
la verdad del error, y
caerán bajo las
tentaciones maestras
de Satanás.
La
clase representada por
las vírgenes fatuas no
está formada de
hipócritas. Sus
componentes
manifiestan respeto
por la verdad, la han
defendido, y son
atraídos hacia
aquellos que la creen;
pero no se han rendido
a si mismos a la obra
del Espíritu Santo. No
han caído sobre la
Roca, Cristo Jesús, y
permitido que su vieja
naturaleza fuera
quebrantada. Esta
clase se halla
simbolizada también
por los oyentes
representados por el
terreno rocoso.
Reciben la palabra con
prontitud, pero no
asimilan sus
principios. La
influencia de la
palabra no es
permanente. El
Espíritu obra en el
corazón del hombre de
acuerdo con su deseo y
consentimiento,
implantando en él una
nueva naturaleza. Pero
las personas
representadas por las
vírgenes fatuas se han
contentado con una
obra superficial. No
conocen a Dios. No han
estudiado su carácter;
no han mantenido
comunión con él; por
lo tanto no saben cómo
confiar en él, cómo
mirarlo y cómo vivir.
Su servicio a Dios
degenera en
formulismo. "Vendrán a
ti como viene el
pueblo, y se estarán
delante de ti como mi
pueblo, y oirán tus
palabras, y no las
pondrán por obra;
antes hacen halagos
con sus bocas, y el
corazón de ellos anda
en pos de su avaricia"
( Ezequiel 33: 31 ).
El apóstol Pablo
señala que ésta será
la característica
especial de aquellos
que vivan precisamente
antes de la segunda
venida de Cristo.
Dice: "En los
postreros días vendrán
tiempos peligrosos:
que habrá hombres
amadores de si
mismos... amadores de
los deleites más que
de Dios; teniendo
apariencia de piedad,
mas habiendo negado la
eficacia de ella" ( 2
Timoteo 3: 1-5 ).
Esta
es la clase de
personas que en tiempo
de peligro clama: Paz
y seguridad. Arrullan
sus corazones en la
seguridad, y no sueñan
con peligros. Cuando
se despiertan
alarmados de su
letargo, disciernen su
destitución, y tratan
de que otros suplan su
necesidad; pero en las
cosas espirituales
ningún hombre puede
suplir la deficiencia
del otro. La gracia de
Dios ha sido
libremente ofrecida a
toda alma. Se ha
proclamado el mensaje
evangélico: "El que
tiene sed, venga: y el
que quiere, tome del
agua de la vida de
balde" ( Apocalipsis
22: 17 ). Pero el
carácter es
intransferible. Ningún
hombre puede creer por
otro. Ningún hombre
puede recibir el
Espíritu por otro.
Nadie puede impartir a
otro el carácter que
es el fruto de la obra
del Espíritu. Si
"estuvieren en medio
de ella [la tierra]
Noé, Daniel, y Job,
vivo yo, dice el Señor
Jehová, no librarán
hijo ni hija; ellos
por su justicia
librarán su vida" (
Ezequiel 14: 20 ).
Es en
la crisis cuando se
revela el carácter.
Cuando la voz
fervorosa proclamó a
media noche: "He aquí,
el esposo viene; salid
a recibirle", y las
vírgenes que dormían
fueron despertadas de
su sueño, se vio quién
había hecho la
preparación para el
acontecimiento. Ambas
clases fueron tomadas
desprevenidas; pero
una estaba preparada
para la emergencia, y
la otra fue hallada
sin preparación. Así
también hoy en día,
una calamidad
repentina e
inesperada, algo que
pone al alma cara a
cara con la muerte,
demostrará si uno
tiene verdadera fe en
las promesas de Dios.
Mostrará si el alma es
sostenida por la
gracia. La gran prueba
final viene a la
terminación del tiempo
de gracia, cuando será
demasiado tarde para
que la necesidad del
alma sea suplida.
Las
diez vírgenes están
esperando en el
atardecer de la
historia de esta
tierra. Todas aseveran
ser cristianas. Todas
han recibido un
llamamiento, tienen un
nombre y una lámpara:
todas profesan estar
realizando el servicio
de Dios. Aparentemente
todas esperan la
aparición de Cristo.
Pero cinco no están
listas. Cinco quedarán
sorprendidas y
espantadas fuera de la
sala del banquete.
En el
día final, muchos
pretenderán ser
admitidos en el reino
de Cristo, diciendo:
"Delante de ti hemos
comido y bebido, y en
nuestras plazas
enseñaste". Señor,
Señor, ¿no
profetizamos en tu
nombre, y en tu nombre
lanzamos demonios, y
en tu nombre hicimos
muchos milagros?" Pero
la respuesta es: "Dígoos
que no os conozco;
apartaos de mí" ( S.
Lucas 13: 26, 27; S:
Mateo 7: 22 ). En esta
vida no han practicado
el compañerismo con
Cristo; por lo tanto
no conocen el lenguaje
del cielo, son
extraños a sus gozos.
"¿Quién de los hombres
sabe las cosas del
hombre, sino el
espíritu del hombre
que está en él? Así
tampoco nadie conoció
las cosas de Dios,
sino el Espíritu de
Dios" ( 1 Corintios 2:
11 ).
Las
más tristes de todas
las palabras jamás
escuchadas por oídos
mortales son las que
constituyen la
sentencia: "No os
conozco". El
compañerismo del
Espíritu, que vosotros
habéis despreciado, es
lo único que podría
identificaros con la
gozosa multitud en la
fiesta nupcial. No
podéis participar en
esa escena. Su luz
caería sobre ojos
cegados, su melodía en
oídos sordos. Su amor
y su gozo no haría
vibrar ninguna cuerda
de alegría en el
corazón entumecido por
el mundo. Sois
excluidos del cielo
por vuestra propia
falta de idoneidad
para habitar en él.
No
podemos estar listos
para encontrar al
Señor despertándonos
cuando se oye el
clamor: "He aquí el
esposo", y entonces
recoger nuestras
lámparas vacías para
llenarlas. No podemos
mantener a Cristo
lejos de nuestra vida
aquí, y sin embargo
ser hechos idóneos
para su compañerismo
en el cielo.
En la
parábola, las vírgenes
prudentes tenían
aceite en las vasijas
de sus lámparas. Su
luz ardió con llama
viva a través de la
noche de vela.
Cooperaron en la
iluminación efectuada
en honor del esposo.
Brillando en las
tinieblas,
contribuyeron a
iluminar el camino que
debía recorrer el
esposo hasta el hogar
de la esposa, para
celebrar la fiesta de
bodas.
Así
los seguidores de
Cristo han de verter
luz sobre las
tinieblas del mundo.
Por medio del Espíritu
Santo, la Palabra de
Dios es una luz cuando
llega a ser un poder
transformador en la
vida del que la
recibe. Implantando el
corazón los principios
de su Palabra, el
Espíritu Santo
desarrolla en los
hombres los atributos
de Dios. La luz de su
gloria -su carácter-
ha de brillar en sus
seguidores. Así ellos
han de glorificar a
Dios, han de iluminar
el camino a la casa
del Esposo, a la
ciudad de Dios, a la
cena de bodas del
Cordero.
La
venida del esposo
ocurrió a medianoche,
es decir en la hora
más oscura. De la
misma manera la venida
de Cristo ha de
acontecer en el
período más oscura de
la historia de esta
tierra. Los días de
Noé y Lot pintan la
condición del mundo
precisamente antes de
la venida del Hijo del
hombre. Las
Escrituras, al señalar
este tiempo, declaran
que Satanás obrará con
todo poder y "con todo
engaño de iniquidad" (
2 Tesalonisense 2: 9,
10 ). Su forma de
obrar es revelada
claramente por las
tinieblas que van
rápidamente en
aumento, por la
multitud de errores,
herejías y engaños de
estos últimos días. No
solamente está Satanás
cautivando al mundo,
sino que sus mentiras
están leudando las
profesas iglesias de
nuestro Señor
Jesucristo. La gran
apostasía se
desarrollará hasta
llegar a las tinieblas
de la medianoche,
impenetrables como
negro saco de cilicio.
Para el pueblo de Dios
será una noche de
prueba, una noche de
lloro, una noche de
persecución por causa
de la verdad. Pero en
medio de esa noche de
tinieblas, brillará la
luz de Dios.
El
hizo que "de las
tinieblas
resplandeciese la luz"
( 2 Corintios 4: 6 ).
Cuando "la tierra
estaba desordenada y
vacía, las tinieblas
estaban sobre la haz
del abismo", "el
Espíritu de Dios se
movía sobre la haz de
las aguas. Y dijo
Dios: Sea la luz: y
fue la luz" ( Genesis
1: 2, 3 ). De la misma
manera, en la noche de
las tinieblas
espirituales, es
emitida la orden
divina: "Sea la luz".
El dice a su pueblo:
"Levántate,
resplandece, que ha
venido tu lumbre, y la
gloria de Jehová ha
nacido sobre ti" (
Isaías 60: 1 ) .
"He
aquí -dicen las
Escrituras- que
tinieblas cubrirán la
tierra y oscuridad los
pueblos: mas sobre ti
nacerá Jehová, y sobre
ti será vista su
gloria" ( Isaías 60: 2
).
El
mundo está envuelto
por las tinieblas de
la falsa concepción de
Dios. Los hombres
están perdiendo el
conocimiento de su
carácter, el cual ha
sido mal entendido y
mal interpretado. En
este tiempo, ha de
proclamarse un mensaje
de Dios, un mensaje
que ilumine con su
influencia y salve con
su poder. Su carácter
ha de ser dado a
conocer. Sobre las
tinieblas del mundo ha
de resplandecer la luz
de su gloria, de su
bondad, su
misericordia y su
verdad.
Esta
es la obra bosquejada
por el profeta Isaías
en las palabras:
"Levanta fuertemente
tu voz, anunciadora de
Jerusalén; levántala,
no temas; di a las
ciudades de Judá:
¡Veis aquí el Dios
vuestro! He aquí que
el Señor Jehová vendrá
con fortaleza, y su
brazo se enseñoreará:
he aquí que su salario
viene con él, y su
obra delante de su
rostro" Isaías 40: 9,
10 ).
Aquellos que esperan
la venida del Esposo
han de decir al
pueblo: " ¡Veis aquí
el Dios vuestro!" Los
últimos rayos de luz
misericordioso, el
último mensaje de
clemencia que ha de
darse al mundo, es una
revelación de su
carácter de amor. Los
hijos de Dios han de
manifestar su gloria.
En su vida y carácter
han de revelar lo que
la gracia de Dios ha
hecho por ellos.
La luz
del Sol de Justicia ha
de brillar en buenas
obras, en palabras de
verdad y hechos de
santidad.
Cristo, el resplandor
de la gloria del
Padre, vino al mundo
como su luz. Vino a
representar a Dios
ante los hombres, y de
él está escrito que
fue ungido "de
Espíritu Santo y de
potencia" y "anduvo
haciendo bienes" (
Hechos 10: 38 ). En la
sinagoga de Nazaret
dijo: "El Espíritu del
Señor es sobre mí, por
cuanto me ha ungido
para dar buenas nuevas
a los pobres: me ha
para enviado para
sanar a los
quebrantados de
corazón; para pregonar
a los cautivos
libertad, y a los
ciegos vista; para
poner en libertad a
los quebrantados: para
predicar el año
agradable del Señor" (
S. Lucas 4: 18, 19 ).
Esta era la obra que
él recomendó a sus
discípulos que
hicieran. "Vosotros
sois la luz del
mundo", dijo él: "Así
alumbre vuestra luz
delante de los
hombres, para que vean
vuestras obras buenas,
y glorifiquen a
vuestro Padre que está
en los cielos" ( S.
Mateo 5: 14, 16 ).
Esta es la obra que el
profeta Isaías
describe cuando dice:
"¿No es que partas tu
pan con el hambriento,
y a los pobres
errantes metas en
casa; que cuando
vieres al desnudo, lo
cubras, y no te
escondas de tu carne?
Entonces nacerá tu luz
como el alba, y tu
salud se dejará ver
presto; e irá tu
justicia delante de
ti, y la gloria de
Jehová será tu
retaguardia" ( Isaías
58: 7, 8 ).
De
esta manera, en las
noches de tinieblas
espirituales, la
gloria de Dios ha de
brillar por medio de
su iglesias, al
levantar ésta a los
quebrantados y
consolar a los
dolientes.
En
torno de nosotros, por
todas partes se oyen
los lamentos de
tristeza del mundo.
Por doquiera están los
necesitados y
afligidos. A nosotros
nos toca ayudarlos a
aligerar y suavizar
las durezas y la
miseria de la vida.
La
obra práctica tendrá
mucho más efecto que
el mero sermonear.
Hemos de dar alimento
al hambriento, vestir
al desnudo y proteger
al que no tiene hogar.
Y se nos llama a hacer
más que esto.
Únicamente el amor de
Cristo puede
satisfacer las
necesidades del alma.
Si Cristo habita
permanentemente en
nosotros, nuestros
corazones estarán
llenos de divina
simpatía. Las fuentes
selladas del amor
fervoroso, semejante
al de Cristo, serán
abiertas.
Dios
nos pide para los
necesitados no sólo
nuestros dones, sino
un semblante alegre,
palabras llenas de
esperanza un bondadoso
apretón de manos.
Cuando Cristo sanaba a
los enfermos, colocaba
sus manos sobre ellos.
De la misma manera
debemos nosotros
colocarnos en intimo
contacto con aquellos
a quienes tratamos de
beneficiar.
Hay
muchas personas que
han perdido la
esperanza. Devolvedles
la luz del sol. Muchos
han perdido su valor.
Habladles alegres
palabras de aliento.
Orad por ellos. Hay
personas que necesitan
el pan de vida.
Leedles de la Palabra
de Dios. Muchos están
afectados de una
enfermedad del alma
que ningún bálsamo
humano puede alcanzar
y que ningún médico
puede curar. Orad por
esas almas. Llevadlas
a Jesús. Decidles que
hay bálsamo en Galaad
y que también hay allí
Médico.
La luz
es una bendición, una
bendición universal
que derrama sus
tesoros sobre un mundo
ingrato, impío,
corrompido. Tal ocurre
con la luz del Sol de
Justicia. Toda la
tierra, envuelta como
está en las tinieblas
del pecado, del dolor
y el sufrimiento, ha
de ser iluminada con
el conocimiento del
amor de Dios. Ninguna
secta, categoría o
clase de gente ha de
ser privada de la luz
que irradia del trono
celestial.
El
mensaje de esperanza y
misericordia ha de ser
llevado a los confines
de la tierra. El que
quiere, puede extender
la mano y asirse del
poder de Dios, y hacer
paz con él, y hallará
paz. Ya no deben los
paganos seguir
envueltos en las
tinieblas de
medianoche. La
lobreguez ha de
desaparecer ante los
brillantes rayos del
Sol de Justicia. El
poder del infierno ha
sido vencido.
Pero
ningún hombre puede
impartir lo que él
mismo no ha recibido.
En la obra de Dios, la
humanidad no puede
generar nada. Ningún
hombre puede por su
propio esfuerzo
convertirse en un
portaluz de Dios. Era
el áureo aceite
vertido por los
mensajeros celestiales
en los tubos de oro,
para ser conducido del
recipiente de oro a
las lámparas del
santuario, lo que
producía una luz
continua, brillante y
resplandeciente. Es el
amor de Dios
continuamente
transferido al hombre
lo que lo capacita
para impartir luz. En
el corazón de todos
los que están unidos a
Dios por la fe, el
áureo aceite del amor
fluye libremente, para
brillar en buenas
obras, en un servicio
real y sincero por
Dios.
En la
inconmensurable dádiva
del Espíritu Santo se
hallan contenidos
todos los recursos del
cielo. No es por causa
de restricción alguna
por parte de Dios por
lo que las riquezas de
su gracia no fluyen
hacia la tierra, a los
hombres. Si todos
tuvieran la voluntad
de recibir, todos
serían llenados de su
Espíritu.
Es el
privilegio de toda
alma ser un canal vivo
por medio del cual
Dios pueda comunicar
al mundo los tesoros
de su gracia, las
inescrutables riquezas
de Cristo. No hay nada
que Cristo desee tanto
como agentes que
representen al mundo
su Espíritu y
carácter. No hay nada
que el mundo necesite
tanto como la
manifestación del amor
del Salvador mediante
la humanidad. Todo el
cielo está esperando
que haya canales por
medio de los cuales
pueda derramarse el
aceite santo para que
sea un gozo y una
bendición para los
corazones humanos.
Cristo
ha hecho toda
provisión para que su
iglesia sea un cuerpo
transformado,
iluminado con la Luz
del mundo, que posea
la gloria de Emmanuel.
Es su propósito que
todo cristiano esté
rodeado de una
atmósfera espiritual
de luz y paz. Desea
que nosotros revelemos
su propio gozo en
nuestra vida.
La
morada del Espíritu en
nuestro corazón se
revelará por la
manifestación del amor
celestial. La plenitud
divina fluirá a través
del agente humano
consagrado, para ser
luego transmitida a
los demás.
El Sol
de Justicia "en sus
alas traerá salud" (
Malaquías 4: 2). Así
también de todo
verdadero discípulo ha
de emanar una
influencia productora
de vida, valor,
utilidad y verdadera
sanidad.
La
religión de Cristo
significa más que el
perdón del pecado;
significa la
extirpación de
nuestros pecados y el
henchimiento del vacío
con las gracias del
Espíritu Santo.
Significa iluminación
divina, regocijo en
Dios, Significa un
corazón despojado del
yo y bendecido con la
presencia permanente
de Cristo. Cuando
Cristo reina en el
alma, hay pureza,
libertad del pecado.
Se cumple en la vida
la gloria, la
plenitud, la totalidad
del plan evangélico.
La aceptación del
Salvador produce un
resplandor de perfecta
paz, y amor perfecto,
de perfecta seguridad.
La belleza y fragancia
del carácter de
Cristo, reveladas en
la vida, testifican de
que Dios ha enviado
ciertamente a su Hijo
al mundo, para ser su
Salvador.
Cristo
no pide que sus
seguidores luchen por
brillar. El dice:
Dejad que brille
vuestra luz. Si habéis
recibido la gracia de
Dios, la luz está en
vosotros. Quitad los
impedimentos, y la
gloria del Señor se
revelará. La luz
brillará, para
penetrar y disipar las
tinieblas. No podéis
dejar de brillar en
vuestra esfera de
influencia.
La
revelación de su
propia gloria en la
forma humana, acercará
tanto el cielo a los
hombres que la belleza
que adorne el templo
interior se verá en
toda alma en quien
more el Salvador. Los
hombres serán
cautivados por la
gloria de un Cristo
que mora en el
corazón. Y en
corrientes de alabanza
y acción de gracias
procedentes de muchas
almas así ganadas para
Dios, la gloria
refluirá al gran
Dador.
"Levántate,
resplandece; que ha
venido tu lumbre, y la
gloria de Jehová ha
nacido sobre ti" (
Isaías 60: 1 ). Este
mensaje se da a
aquellos que salen al
encuentro del Esposo.
Cristo viene con poder
y grande gloria. Viene
con su propia gloria y
con la gloria del
Padre. Viene con todos
los santos ángeles.
Mientras todo el mundo
esté sumido en
tinieblas, habrá luz
en toda morada de los
santos. Ellos
percibirán la primera
luz de su segunda
venida. La luz no
empañada brillará del
esplendor de Cristo el
Redentor, y él será
admirado por todos los
que le han servido.
Mientras los impíos
huyan de su presencia,
los seguidores de
Cristo se regocijarán.
El patriarca Job,
mirando hacia
adelante, al tiempo
del segundo
advenimiento de
Cristo, dijo: "Al cual
yo tengo de ver por mí
mismo, y mis ojos le
mirarán; y ya no como
a un extraño" ( Job 9:
27 ). Cristo ha sido
un compañero diario y
un amigo familiar para
sus fieles seguidores.
Estos han vivido en
contacto íntimo, en
constante comunión con
Dios. Sobre ellos ha
nacido la gloria del
Señor. En ellos se ha
reflejado la luz del
conocimiento de la
gloria de Dios . en la
faz de Jesucristo.
Ahora se regocijan en
los rayos no empañados
de la refulgencia y
gloria del Rey en su
majestad. Están
preparados para la
comunión del cielo;
pues tienen el cielo
en sus corazones.
Con
cabezas levantadas,
con los alegres rayos
del Sol de Justicia
brillando sobre ellos,
regocijándose porque
su redención se
acerca, salen al
encuentro del Esposo,
diciendo: "He aquí
éste es nuestro Dios,
le hemos esperado, y
nos salvará"( Isaías
25: 9 ).
"Y oí
como la voz de una
grande compañía, y
como el ruido de
muchas aguas, y como
la voz de grandes
truenos, que decía:
Aleluya: porque reinó
el Señor nuestro
Todopoderoso.
Gocémonos y
alegrémonos y démosle
gloria; porque son
venidas las bodas del
Cordero, y su esposa
se ha aparejado... Y
él me dice: Escribe:
Bienaventurados los
que son llamados a la
cena del Cordero". El
"es el Señor de los
señores, y el Rey de
los reyes: y los que
están con él son
llamados, y elegidos,
y fieles" (
Apocalipsis 19: 6-9;
17: 14 ).
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