

Viaje al Centro de la Tierra 

El domingo 24 de mayo de 1863, mi to, el profesor Lidenbrock, regres 
precipitadamente a su casa, situada en el nmero 19 de la Knig-strasse, una de las calles 
ms antiguas del barrio viejo de Hamburgo. 
Marta, su excelente criada, azarse de un modo extraordinario, creyendo que se haba 
retrasado, pues apenas si empezaba a cocer la comida en el hornillo. 
"Bueno" "pens para m" , si mi to viene con hambre, se va a armar la de San Quintn; 
porque difculto que haya un hombre de menos paciencia. 
-Tan temprano y ya est aqu el seor Lidenbrock! -exclam la pobre Marta, llena de 
estupefaccin, entreabriendo la puerta del comedor. 
-S, Maria; pero t no tienes la culpa de que la comida no est lista todava, porque an 
no son las dos. Acaba de dar la media en San Miguel. 
-Y por qu ha venido tan pronto el seor Lidenbrock? 
-El nos lo explicar, probablemente. 
-Ah viene! Yo me escapo. Seor Axel, hgale entrar en razn. 
Y la excelente Marta marchse presurosa a su laboratorio culinario, quedndome yo 
solo. 
Pero, como mi carcter tmido no es el ms a propsito para hacer entrar en razn al 
ms irascible de todos los catedrticos, disponame a retirarme prudentemente a la 
pequea habitacin del piso alto que me serva de dormitorio, cuando gir sobre sus 
goznes la puerta de la calle, cruji la escalera de madera bajo el peso de sus pies 
fenomenales, y el dueo de la casa atraves el comedor, entrando presuroso en su 
despacho, colocando, al pasar, el pesado bastn en un rincn, arrojando el mal cepillado 
sombrero encima de la mesa, y dicindome con tono imperioso: 
-Ven, Axel! 
No haba tenido an tiempo material de moverme, cuando me grit el profesor con 
acento descompuesto: 
-Pero, qu haces que no ests aqu ya? 
Y me precipit en el despacho de mi irascible maestro. Otto Lidenbrock no es mala 
persona, lo confieso ingenuamente; pero, como no cambie mucho, lo cual creo 
improbable, morir siendo el ms original a impaciente de los hombres. 
Era profesor del Johannaeum, donde explicaba la ctedra de mineraloga, 
enfurecindose, por regla general, una o dos veces en cada clase. Y no porque le 
preocupase el deseo de tener discpulos aplicados, ni el grado de atencin que stos 
prestasen a sus explicaciones, ni el xito que como consecuencia de ella, pudiesen 
obtener en sus estudios; semejantes detalles tenanle sin cuidado. Enseaba 
subjuntivamente, segn una expresin de la filosofa alemana; enseaba para l, y no para 
los otros. Era un sabio egosta; un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de l se 
quera sacar algo. Era, en una palabra, un avaro. 
En Alemania hay algunos profesores de este gnero. 

Mi to no gozaba, por desgracia, de una gran facilidad de palabra, por lo menos cuando 
se expresaba en pblico, lo cual, para un orador, constituye un defecto lamentable. En sus 
explicaciones en el Johannaeum, se detena a lo mejor luchando con un recalcitrance 
vocablo que no quera salir do sus labios; con una de esas palabras que se resisten, se 
hinchan y acaban por ser expelidas bajo la forma de un taco, siendo ste el origen de su 
clera. 
Hay en mineraloga muchas denominaciones, semigriegas, semilatinas, difciles de 
pronunciar; nombres rudos que desollaran los labios de un poeta. No quiero hablar oral 
de esta ciencia; lejos de m profanacin semejante. Pero cuando se trata de las 
cristalizaciones rombodricas, de las resinas retinasflticas, de las selenitas, de las 
tungstitas, de los molibdatos de plomo, de los tunsatatos de magnesio y de los titanatos de 
circonio, bien se puede perdonar a la lengua ms expedita que tropiece y se haga un lo. 
En la ciudad era conocido de todos este bien disculpahle defecto de mi to, que muchos 
desahogados aprovechaban para burlarse de l, cosa que le exasperaba en extremo; y su 
furor era causa de que arreciasen las risas, lo cual es de muy malgusto hasta en la misma 
Alemania. Y si bien es muy cierto que contaba siempre con gran nmero de oyentes en su 
aula, no lo es menos que la mayora de ellos iban slo a divertirse a costa del catedrtico. 
Como quiera que sea, no me cansar de repetir que mi to era un verdadero sabio. Aun 
cuando rompa muchas veces las muestras de minerales por tratarlos sin el debido 
cuidado, una al genio del gelogo la perspicacia del mineralogista. Con el martillo, el 
punzn, la brjula, el soplete y el frasco de cido ntrico en las manos, no tena rival. Por 
su modo de romperse, su aspecto y su dureza, por su fusibilidad y sonido, por su olor y su 
sabor, clasiticaba sin titubear un mineral cualquiera entre las seiscientas especies con que 
en la actualidad cuenta la ciencia. 
Por eso el nombre de Lidenbrock gozaba de gran predicamento en los gimnasios y 
asociaciones nacionales. Humphry Davy, de Humboldt y los capitanes Franklin y Sabine 
no dejaban de visitarle a su paso por Hamburgo. Becquerel, Ebejmen, Brewster, Dumas y 
Milne-Edwards solan consultarle las cuestiones ms palpitantes de la qumica. Esta 
ciencia le era deudora de magnficos decubrimientos, y, en 1853, haba aparecido en 
Leipzig un Tratado do Cristalogiafa trascendental, por el profesor Otto Lidenbrock, 
obra en folio, ilustrada con numerosos grabados, que no lleg, sin embargo, a cubrir los 
gascos de su impresin. 
Adems de lo dicho era mi to conservador del museo mineralgico del seor Struve, 
embajador de Rusia, preciosa coleccin que gozaba de merecida y justa fama en Europa. 
Tal era el personaje que con tanta impaciencia me llamaba. Imaginaos un hombre alto, 
delgado, con una salud de hierro y un aspecto juvenil que le haca aparentar diez aos 
menos de los cincuenta que contaba. Sus grandes ojos giraban sin cesar detrs de sus 
amplias gafas; su larga y afilada nariz pareca una lmina de acero; los que le perseguan 
con sus burlas decan que estaba imanada y que atraa las limaduras de hierro. Calumnia 
vil, sin embargo, pues slo atraa al tabaco, aunque en gran abundancia, dicho sea en 
honor de la verdad. 
Cuando haya dicho que mi to caminaba a pasos matemticamente iguales, que meda 
cada uno media toesa de longitud, y aadido que siempre lo haca con los puos 
slidamente apretados, seal de su impetuoso carcter, lo conocer lo bastante el lector 
para no desear su compaa. 

Viva en su modesta casita de Knig-strasse, en cuya construccin entraban por partes 
iguales la madera y el ladrillo, y que daba a uno de esos canales tortuosos que cruzan el 
barrio ms antiguo de Hamburgo, felizmente respetado por el incendio de 1842. 
Cierto que la tal casa estaba un poco inclinada y amenazaba con su vientre a los 
transentes; que tena el techo cado sobre la oreja, como las gorras de los estudiantes de 
Tugendbund; que la verticalidad de sus lneas no era lo ms perfecta; pero se mantena 
firme gracias a un olmo secular y vigoroso en que se apoyaba la fachada, y que al 
cubrirse de hojas, llegada la primavera, remozbala con un alegre verdor. 
Mi to, para profesor alemn, no dejaba de ser rico. La casa y cuanto encerraba, eran de 
su propiedad. En ella compartamos con l la vida su ahijada Graben, una joven 
curlandesa de diez y siete aos de edad, la criada Marta y yo, que, en mi doble calidad de 
hurfano y sobrino, le ayudaba a preparar sus experimentos. 
Confieso que me dediqu con gran entusiasmo a las ciencias mineralgicas; por mis 
venas circulaba sangre de mineralogista y no me aburra, jams en compaa de mis 
valiosos pedruscos. 
En resumen, que viva feliz en la casita de la Knig-strasse, a pesar del carcter 
impaciente de su propietario porque ste, independientemente de sus maneras brutales, 
profesbame gran afecto. Pero su gran impaciencia no le permita aguardar, y trataba de 
caminar ms aprisa que la misma naturaleza. 
En abril, cuando plantaba en los potes de loza de su saln pies de reseda o de 
convlvulos, iba todas las maanas a tirarles de las hjas para acelerar su crecimiento. 
Con tan original personaje, no tena ms remedio que obedecer ciegamente; y por eso 
acuda presuroso a su despacho. 
II 
Era ste un verdadero museo. Todos los ejemplares del reino mineral se hallaban 
rotulados en l y ordenados del modo ms perfecto, con arreglo a las tres grandes 
divisiones que los clasifican en inflamables, metlicos y litoideos. 
Cun familiares me eran aquellas chucheras de la ciencia mineralgica! Cuntas 
veces, en vez de irme a jugar con los muchachos de mi edad, me haba entretenido en 
quitar el polvo a aquellos graftos, y antracitas, y hullas, y lignitos y turbas! Y los 
betunes, y resinas, y sales orgnicas que era preciso preservar del menor tomo de polvo! 
Y aquellos metales, desde el hierro hasta el oro, cuyo valor relativo desapareca ante la 
igualdad absoluta de los ejemplares cientficos! Y todos aquellos pedruscos que 
hubiesen bastado para reconstruir la casa de la Knigstrasse, hasta con una buena 
habitacin suplementaria en la que me habra yo instalado con toda comodidad! 
Pero cuando entr en el despacho, estaba bien jeno de pensar en nada de esto; mi to 
solo absorba mi mente por completo. Hallbase arrellanado en su gran butacn, forrado 
de terciopelo de Utrecht, y tena entre sus manos un libro que contemplaba con profunda 
admiracion. 
-Qu libro! Qu libro! -repeta sin cesar. 
Estas exclamaciones recordronme que el profesor Lidenbrock era tambin biblimano 
en sus momentos de ocio; si bien no haba ningn libro que tuviese valor para l como no 
fuese inhallable o, al menos, ilegible. 
-No ves? -me dijo-, no ves? Es un inestimable tesoro que he hallado esta maana 
registrando la tienda del judo Hevelius. 

-Magnfico! -exclam yo, con entusiasmo fngido. 
En efecto, a qu tanto entusiasmo por un viejo libro en cuarto, cuyas tapas y lomo 
parecan forrados de grosero cordobn, y de cuyas amarillentas hojas penda un 
descolorido registro? 
Sin embargo, no cesaban las admirativas exclamaciones del enjuto profesor. 
-Vamos a ver -deca, preguntndose y respondindose a s mismo-, es un buen 
ejemplar? S, magnfico! Y qu encuadernacin! Se abre con facilidad? S; permanece 
abierto por cualquier pgina que se le deje! Pero, se cierra bien? S, porque las cubiertas 
y las hojas forman un todo bien unido, sin separarse ni abrirse por ninguna parte! Y este 
lomo que se mantiene ileso despus de setecientos aos de existencia! Ah! he aqu una 
encuadernacin capaz de envanecer a Bozerian, a Closs y aun hasta al mismo Purgold. 
Al expresarse de esta suerte, abra y cerraba mi to el feo y repugnante libraco; y yo, por 
pura frmula, pues no me interesaba lo ms mnimo: 
-.Cul es el ttulo de ese maravilloso volumen? -preguntle con un entusiasmo 
demasiado exagerado para que no fuese fingido. 
-Esta obra -respondi mi to animndose- es el Heimskringla, de Snorri Sturluson, el 
famoso autor islands del siglo XII! Es la crnica de los prncipes noruegos que reinaron 
en Islandia! 
-De veras! -exclam yo, afectando un gran asombro-; ser, sin duda, alguna 
traduccin alemana? 
-Una traduccin! -respondi el profesor indignado-. Y qu habra de hacer yo con una 
traduccin? Para traducciones estamos! Es la obra original, en islands, ese magnfco 
idioma, sencillo y rico a la vez, que autoriza las ms variadas combinaciones 
gramaticales y numerosas modificaciones de palabras. 
-Como el alemn -insinu yo con acierto. 
-S -respondi mi to, encogindose de hombros-; pero con la diferencia de que la 
lengua islandesa admite, como el griego, los tres gneros y declina los nombres propios 
como el latn. 
-Ah! -exclam yo con la curiosidad un tanto estimulada-, y es bella la impresin? 
-Impresin! Pero cmo se te ocurre hablar de impresin, desdichado Axel? Bueno 
fuera! Pero es que crees por ventura que se trata de un libro impreso? Se trata de un 
manuscrito, ignorante, y de un manuscrito rnico nada menos! 
-Rnico? 
-S! Vas a decirme ahora que te explique lo que es esto? 
-Me guardara bien de ello -repliqu, con el acento de un hombre ofendido en su amor 
propio. 
Pero, quieras que no, enseme mi to cosas que no me interesaban lo ms mnimo. 
-Las runas -prosiguieran unos caracteres de escritura usada en otro tiempo en Islandia, 
y, segn la tradicin, fueron inventados por el mismo Odn. Pero, qu haces, impo, que 
no admiras estos caracteres salidos de la mente excelsa de un dios? 
Sin saber qu responder, iba ya a prosternarme, gnero de respuesta que debe agradar a 
los dioses tanto como a los reyes, porque tiene la ventaja de no ponerles en el 
comproiniso de tener que replicar, cuando un incidente imprevisto vino a dar a la conversacin 
otro giro. 
Fue ste la aparicin de un pergamino grasiento que, deslizndose de entre las hojas del 
libro, cay al suelo. 

Mi to se apresur a 
recogerlo con indecible 
avidez. Un antiguo 
documento, encerrado tal vez 
desde tiempo inmemorial dentro 
de un libro viejo, no poda 
menos de tener para l un 
elevadsiino valor. 
-,Qu es esto? -exclam emocionado. 
Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamcnte sobre la mesa un trozo de pergamino de 
unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que haba trazados, en lneas 
transversales, unos caractcres mgicos. 
He aqu su facsmile exacto. Quiero dar a conocer al lector tan extravagantes signos, 
por haber sido ellos los que impulsaron al profesor Lidenbrock y a su sobrino a 
emprender la expedicin ms extraa del siglo XIX: 
El profesor examin atentamente, durante algunos instantes, esta serie de garabatos, y 
al fin dijo quitndose las gafas: 
-Estos caracteres son rnicos, no me cabe dud alguna; son exactamente iguales a los 
del manuscrito de Snorri Sturluson. Pero... qu significan? 
Como las runas me parecan una invencin de los sabios para embaucar a los 
ignorantes, no sent que no lo entendiese mi to. As, al menos, me lo hizo suponer el 
temblor de sus dedos que comenz a agitar de una manera convulsa. 
-Sin embargo, es islands antiguo -murmuraba entre dientes. 
El profesor Lidenbrock tena ms razn que nadie para saberlo; porque, si bien no 
posea correctamente las dos mil lenguas y los cuatro mil dialectos que se hablan en la 
superficie del globo. hablaba muchos de ellos y pasaba por ser un verdadero polglota. 
Al dar con esta dificultad, iba a dejarse llevar de su carcter violento, y ya vea yo venir 
una escena desagradable, cuando dieron las dos en el reloj de la chimenea. 
En aquel mismo rnomento, abri Marta la puerta del despacho, diciendo: 
-La sopa est servida. 
-El diablo cargue con la sopa -exclam furibundo mi to-, y con la que la ha hecho y 
con los que se la coman! 
Maria se march asustada; yo sal detrs de ella, y, sin explicarme cmo, me encontr 
sentado a la mesa, en mi sitio de costu mbre. 
Esper algunos instantes sin que el profesor viniera. Era la primera vez, que yo sepa, 
que faltaba a la solemnidad de la comida. Y qu comida, Dios mo! Sopas de perejil, 
tortilla de jamn con acederas y nuez moscada, solomillo de ternera con compota de 
ciruelas, y, de postre, langostinos en dulce, y todo abundantemente regado con exquisito 
vino del Mosa. 
He aqu la apetitosa comida que se perdi mi to por un viejo papelucho. Yo, a fuer de 
buen sobrino, me cre en el deber de comer por los dos, y atraqume de un modo 
asombroso. 
-No he visto en los das de mi vida una cosa semejante! -deca la buena Marta, 
rnientras me serva la comida. Es la prirnera vez que el seor Lidenbrock falta a la mesa! 

-No se concibe, en efecto. 
-Esto parece presagio de un grave acontecimiento -aadi la vieja criada, sacudiendo 
sentenciosamente la cabeza. 
Pero, a mi modo de ver, aquello lo que presagiaba era un escndalo horrible que iba a 
promover mi to tan pronto se percatase de que haba devorado su racin. 
Me estaba yo comiendo el ltimo langostino, cuando una voz estentrea me hizo volver 
a la realidad de la vida, y, de un salto, trasladme del comedor al despacho. 
III 
-Se trata sin duda alguna de un escrito numrico deca el profesor, frunciendo el 
entrecejo. Pero existe un secreto que tengo que descubrir, porque de lo contrario... 
Un gesto de iracundia termin su pensamiento. 
-Sintate ah, y escribe aadi indicndome la mesa con el puo. 
Obedec con presteza. 
-Ahora voy a dictarte las letras de nuestro alfabeto que corresponden a cada uno de 
estos caracteres islandeses. Veremos lo que nesulta. Pero, por los clavos de Cristo, cuida 
de no equivocarte! 
l empez a dictarme y yo a escribir las letras, unas a continuacin de las otras, 
formando todas juntas la incomprensible sucesin de palabras siguientes: 
mm.rnlls esreuel seecJde 
sgtssmf unteief niedrke 
kt,samn atrateS Saodrrn 
erntnael nuaect rrilSa 
Atvaar .nxcrc ieaabs 
Ccdrmi eeutul frantu 
dt,iac oseibo kediiY 
Una vez terminado este trabajo arrebatme vivamente mi to el papel que acababa de 
escribir, y lo examin atentamente durante bastante tiempo. 
-Qu quiere decir esto? -repeta maquinalmente. 
No era yo ciertamente quien hubiera podido explicrselo, pero esta pregunta no iba 
dirigida a m, y por eso prosigui sin detenerse: 
-Esto es lo que se llama un criptograma, en el cual el sentido se halla oculto bjo letras 
alteradas de intento, y que, combinadas de un modo conveniente, formaran una frase 
inteligible. Y pensar que estos caracteres ocultan tal vez la explicacin, o la indicacin, 
cuando menos, de un gran descubrimiento! 
En mi concepto, aquello nada ocultaba; pero me guard muy bien de exteriorizar mi 
opinin. 
El profesor tom entonces el libro y el pergamino, y lo compar uno con otro. 
-Estos dos manuscritos no estn hechos por la misma mano -dijo-; el criptograma es 
posterior al libro, tengo de ello la evidencia. En efecto, la primera letra es una doble M 
que en vano buscaramos en el libro de Sturluson, porque no fu incorporada al alfabeto 
islands hasta el siglo XIV. Por consiguiente, entre el documento y el libro median por la 
parte ms corta dos siglos. 

Esto parecime muy lgico; no tratar de ocultarlo. 
-Me inclino, pues, a pensar -prosigui mi to-, que alguno de los poseedores de este 
libro traz los misteriosos caracteres. Pero, quin demonios sera? No habra escrito su 
nombre en algn sitio? 
Mi to levantse las gafas, tom una poderosa lente y pas minuciosa revista a las 
primeras pginas del libro. Al dorso de la segunda, que haca de anteportada, descubri 
una especie de mancha, que pareca un borrn de tinta; pero, examinada de cerca. 
distinguanse en ella algunos caracteres borrosos. Mi to comprendi que all estaba la 
clave del secreto, y ayudado de su lente, trabaj con tesn hasta que logr distinguir los 
caracteres nicos que a continuacin transcribo, los cuales ley de corrido: 
-Ame Saknussemm! -grit en son de triunfo- es un nombre! Un nombre islands, por 
ms seas! El de un sabio del siglo XVI! El de un alquimista clebre! 
Mir a mi to con cierta admiracin. 
-Estos alquimistas -prosigui-, Avicena, Bacn, Lulio, Paracelso, eran los verdaderos, 
los nicos sabios de su poca. Hicieron descubrimientos realmente asombrosos. Quin 
nos dice que este Saknussemm no ha ocultado bajo este ininteligible criptograma alguna 
sorprendente invencin? Tengo la seguridad de que as es. 
Y la viva imaginacin del catedrtico exaltse ante esta idea. 
-Sin duda -me atrev a responder-; pero, qu inters poda tener este sabio en ocultar 
de ese modo su maravilloso descubrimiento? 
-Qu inters? Lo s yo acaso? No hizo Galileo otro tanto cuando descubri a 
Saturno? Pero no tardaremos en saberlo, pues no he de darme reposo, ni he de ingerir 
alimento, ni he de cerrar los prpados en tanto no arranque el secreto que encierra este 
documento. 
Dios nos asist -pens para mi capote. 
-Ni t tampoco, Axcel -aadi. 
-Menos mal -pens yo-, que he comido racin doble. 
-Y adems -prosigui mi to-, es preciso averiguar en qu lengua est escrito el 
jeroglfico. Esto no ser difcil. 
Al or estas palabras, levant vivamente la cabeza. Mi to prosigui su soliloquio. 
-No hay nada ms sencilio. Contiene este documento ciento treinta y dos letras, de las 
cuales, 53 son vocales, y 79, consonantes. Ahora bien, esta es la proporcin que, poco 
ms o menos, se observa en las palabras de las lenguas meridionales, en tanto que los 
idiomas del Norte son infnitamente ms ricos en consonantes. Se trata, pues, de una 
lengua meridional. 
La conclusin no poda ser ms justa y atinada. 
-Pero, cul es esta lengua? 
Aqu era donde yo esperaba ver vacilar a mi sabio. a pesar de reconocer que era un 
profundo analizador. 
-Saknussemm era un hombre instruido -prosigui-, y, al no escribir en su lengua nativa, 
es de suponer que eligiera preferentemente el idioma que estaba en boga entre los 
espritus cultos del siglo XVI, es decir, el latn. Si me engao, recurrir al espaol, al 

francs, al italiano, al griego o al hebreo. Pero los sabios del siglo mentado escriban. por 
lo general, en latn. Puedo, pues, con fundamento, asegurar a priori que esto est escrito 
en latn. 
Yo di un salto en la silla. Mis recuerdos de latinista se sublevaron contra la suposicin 
de que aquella serie de palabras estrambticas pudiesen pertenecer a la dulce lengua de 
Virgilio. 
-S. latn -prosigui mi to-; pero un latn confuso. 
En hora buena pens; si logras ponerlo en claro, te acreditars de listo. 
-Examinmoslo bien -aadi, cogiendo nuevamente la hoja que yo haba escrito-. He 
aqu una serie de ciento treinta y dos letras que ante nuestros ojos presntanse en un 
aparente desorden. Hay palabras. como la primera, mm.rnlls, en que slo entran 
consonantes; otras, por el contrario, en que abundan las vocales: la quinta. por ejemplo, 
unteief o la penltima, oseibo. Evidentemente, esta disposicin no ha sido combinada. 
sino que resulta matemticamente de la razn desconocida que ha presidido la sucesin 
de las letras. Me parece indudable que la frase primitiva fu escrita regularmente, y 
alterada despus con arreglo a una ley que es preciso descubrir. El que poseyera la clave 
de este enigma lo leera de corrido. Pero, cul es esta clave, Axel? La tienes por 
ventura? 
Nada contest a esta pregunta, por una sencilla razn: mis ojos se hallaban fjos en un 
adorable retrato colgado de la pared: el retrato de Graben. La pupila de mi to se 
encontraba a la sazn en Altona, en casa de un pariente suyo, y su ausencia me tena muy 
triste; porque, ahora ya puedo confesarlo, la bella curlandesa y el sobrino del catedrtico 
se amaban con toda la paciencia y toda la flema alemanas. Nos habamos dado palabra de 
casamiento sin que se enterase mi to, demasiado gelogo para comprender semejantes 
sentimientos. Era Graben una encantadora muchacha, rubia, de jos azules, de carcter 
algo grave y espritu algo serio; mas no por eso me amaba menos. Por lo que a m 
respecta, la adoraba, si es que este verbo existe en lengua tudesca. La imagen de mi linda 
curlandesa transportse en un momento del mundo de las realidades a la regin de los 
recuerdos y ensueos. 
Volva a ver a la fiel compaera de mis tareas y placeres; a la que todos los das me 
ayudaba a ordenar los pedruscos de mi to, y los rotulaba conmigo. Graben era muy 
entendida en materia de mineraloga, y le gustaba profundizar las ms arduas cuestiones 
de la ciencia. Cun dulces horas habamos pasado estudiando los dos juntos, y con 
cunta frecuencia haba envidiado la suerte de aquellos insensibles minerales que 
acariciaba ella con sus delicadas manos! 
En las horas de descanso, salamos los dos de paseo por las frondosas alamedas del 
Alster, y nos bamos al antiguo molino alquitranado que tan buen efecto produce en la 
extremidad del lago. Caminbamos cogidos de la mano, refrindole yo historietas que 
provocaban su risa, y llegbamos de este modo hasta las orillas del Elba; y, despus de 
despedirnos de los cisnes que nadaban entre los grandes nenfares blancos, volvamos en 
un vaporcito al desemharcadero. 
Aqu haba llegado en mis sueos, cuando mi to, descargando sobre la mesa un terrible 
puetazo, volvime a la realidad de una manera violenta. 
-Veamos -dijo-: la primera idea que a cualquiera se le debe ocurrir para descifrar las 
letras de una frase, se me antja que debe ser el escribir verticalmente las palabras. 
-No va descaminado -pens yo. 

-Es preciso ver el efecto que se obtiene de este procedimiento. Axel, escribe en ese 
papel una frase cualquiera; pero, en vez de disponer las letras unas a continuacin de 
otras, colcalas de arriba abjo, agrupadas de modo que formen cuatro o cinco columnas 
verticales. 
Comprend su intencin y escrib inmediatamente: 
T o b i a  
e r e s G b 
a o l i r e 
d , l m a n 
-Bien -dijo el profesor, sin leer lo que yo haba escrito-; dispn ahora esas palabras en 
una lnea horizontal. Obedec y obtuve la frase siguiente: 
Tobla eresGb aolire d,lnian 
-Perfectamente! -exclam mi to, arrebatndome el papel de las manos-; este escrito ya 
ha adquirido la fisonoma del viejo documento; las vocales se encuentran agrupadas, lo 
mismo que las consonantes, en el mayor desorden; hay hasta una mayscula y una coma 
en medio de las palabras, exactamente igual que en el pergamino de Saknussemm. 
Debo de confesar que estas observaciones parecironme en extremo ingeniosas. 
-Ahora bien -prosigui mi to, dirigindose a m directamente-, para leer la frase que 
acabas de escribir y que yo desconozco, me bastar tomar sucesivamente la primera letra 
de cada palabra, despus la segunda, en seguida la tercera, y as sucesivamente. 
Y mi to. con gran sorpresa suya, y sobre todo ma, ley: 
Te: adoro, bellsima Graiiben. 
-Qu significa esto?--exclam el profesor. 
Sin darme cuenta de ello, haba cometido la imperdonable torpeza de escribir una frase 
tan comprometedora. 
-Conque amas a Graben! eh? -prosigui mi to con acento de verdadero tutor. 
-S... No.. -balbuc desconcertado. 
-De manera que amas a Graiihen -prosigui maquinalmente-. Bueno, dejemos esto 
ahora y apliquemos mi procedimiento al documento en cuestin. 
-Abismado nuevamente mi to en su absorbente contemplacin, olvid de momento mis 
imprudentes palabras. Y digo imprudentes, porque la cabeza del sabio no poda 
comprender las cosas del corazn. Pero, afortunadamente, la cuestin del documento 
absorbi por completo su espritu. 
En el instante de realizar su experiments decisivo, los ojos del profesor Lidenbrock 
lanzaban chispas a travs de sus gafas; sus dedos temblaban al coger otra vez el viejo 
pergamino; estaba emocionado de veras. Por ltimo. tosi fuertemente, y con voz grave y 
solemne, nombrando una tras otra la primera letra de cada palabra, a continuacin la 
segunda, y as todas las dems. dictme la serie siguiente: 
mmessunkaSenrA.icefdoK.segnittamurtn 

ecertswrrette, rotaivxadua,ednecsedsadne 
IacartniiiluJsitatracSarbmutabiledmeili 
meretarcsilucoYsleffenSnl 
Confieso que, al terminar, hallbame emocionado. Aquellas letras, pronunciadas una a 
una, no tenan ningn sentido, y esper a que el profesor dejase escapar de sus labios 
alguna pomposa frase latina. 
Pero, quin lo hubiera dicho! Un violento puetazo hizo vacilar la mesa; salt la tinta y 
la pluma se me cay de las manos. 
-Esto no puede ser-exclam mi to, frentico-; esto no tiene sentido comn! 
Y, atravesando el despacho como un proyectil y bajando la escalera lo mismo que un 
alud, engolfse en la Knig-strasse, y huy a todo correr. 
IV 
-Se ha marchado? -pregunt Marta, acudiendo presurosa al or el ruido del portazo que 
hizo retemblar la casa. 
-S-respond-, se ha marchado. 
-Y su comida? 
-No comer hoy en casa. 
-Y su cena? 
-No cenar tampoco. 
-Qu me dice usted, seor Axel? 
-No, Mara: ni l ni nosotros volveremos a comer. M to Lidenbrock ha resuelto 
ponernos a dieta hasta que haya descifrado un antiguo pergamino, lleno de garrapatas, 
que, a mi modo de ver, es del todo indescifrable. 
-Pobres de nosotros, entonces! Vamos a perecer de inanicin! 
No me atrev a confesarle que, dada la testarudez de mi to, esa era, en efecto, la suerte 
que a todos nos esperaba. 
La crdula sirvienta, regres a su cocina sollozando. 
Cuando me qued solo, ocurriseme la idea de rselo a contar todo a Graben; mas, 
cmo salir de casa? Y si mi to volva y me llamaba, con objeto de reanudar aquel 
trabajo logogrfico capaz de volver loco al viejo Egipto? Qu sucedera si yo no le 
contestaba? 
Parecime lo ms prudente quedarme. Precisamente, daba la casualidad de que un 
mineralogista de Besanzn acababa de remitirnos una coleccin de geodas silceas que 
era preciso clasificar. Puse manos a la obra, y escog, rotul y coloqu en su vitrina todas 
aquellas piedras huecas en cuyo interior se agitaban pequeos cristales. 
Pero en lo que menos pensaba era en lo que estaba haciendo: el viejo documento no se 
apartaba de mi mente. La cabeza me daba vueltas y sentame sobrecogido por una vaga 
inquietud. Presenta una inminente catstrofe. 
Al cabo de una hora, las geodas estaban colocadas en su debido orden, y me dej caer 
sobre la butaca de terciopelo de Utrecht, con los brazos colgando y la cabeza apoyada en 
el respaldo. Encend mi larga pipa de espuma, que representaba una nyade 
voluptuosamente recostada, y me entretuve despus en observar cmo el humo iba 
ennegreciendo mi ninfa de un modo paulatino. De vez en cuando escuchaba para 
cerciorarme de si se oan pasos en la escalera, siempre con resultado negativo. Dnde 

estara mi to? Me lo imaginaba corriendo bjo los frondosos rboles de la calzada de 
Altona, gesticulando, golpeando las tapias con su pesado bastn, pisoteando las hierbas, 
decapitando los cardos a interrumpiendo el reposo de las solitarias cigueas. 
Volvera victorioso o derrotado? Triunfara del secreto o sera ste ms poderoso que 
l? 
Y mientras me diriga a m mismo estas preguntas, cog maquinalmente la hoja de papel 
en la cual se hallaba escrita la incomprensible serie de letras trazadas por mi mano, 
dicindome varias veces: 
-Qu signifca esto? 
Trat de agrupar las letras de manera que formasen palabras; pero en vano. Era intil 
reunirlas de dos, de tres, de cinco o de seis: de ninguna manera resultaban inteligibles. 
Sin embargo, not que las letras decimocuarta, decimoquinta y decimosexta formaban la 
palabra inglesa ice, y las vigesimocuarta, vigsimo quinta y vigesimosexta la voz sir 
perteneciente al mismo idioma. Por ltimo, en el cuerpo del documento y en las lneas 
segunda y tercera, le tambin las palabras latinas rota, rnutabile, ira. nec y atra. 
Demonio! -pens entonces-. estas ltimas palabras parecen dar la razn a mi to acerca 
de la lengua en que est redactado el documento. Adems, en la cuarta lnea veo tambin 
la voz luco que quiere decir bosque sagrado. Sin embargo, en la tercera se lee la palabra 
tabiled, de estructura perfectamente hebrea, y en la ltima mer, arc y mere que son 
netamente francesas. 
Aquello era para volverse loco! Cuatro idiomas diversos en una frase absurda! Qu 
relacin poda existir entre las palabras hielo. seor clera, cruel, bosque sagrado, 
mudable, madre, arco y mar? Slo la primera y la ltima podan coordinarse fcilmente, 
pues nada tena de extrao que en un documento redactado en Islandia se hablase de un 
rnar de hielo. Pero esto no bastaba, ni con mucho, para comprender el criptograma. 
Luchaba, pues, contra una dificultad insuperable; mi cerebro echaba fuego, mi vista se 
obscureca de tanto mirar el papel; las ciento treinta y dos letras parecan revolotear en 
torno mo como esas lgrimas de plata que vemos moverse en el aire alrededor de nuestra 
cabeza cuando se nos agolpa en ella la sangre. 
Era vctima de una especie de alucinacin; me asfixiaba; senta necesidad de aire puro. 
Instintivamente, abaniqume con la hoja de papel. cuyo anverso y reverso presentbanse 
de este modo alternativamente a mi vista. 
Jzguese mi sorpresa cuando, en una de estas rpidas vueltas, en el momento de quedar 
el reverso ante mis ojos, cre ver aparecer palabras perfectamente latinas, como craterem 
y terrestre entre otras. 
Sbitamente hzose la claridad en mi espritu: acababa de descubrir la clave del enigma. 
Para leer el documento no era ni siquiera preciso mirarlo al trasluz con hoja vuelta del 
revs. No. Poda leerse de corrido tal como me haba sido dictado. Todas las ingeniosas 
suposiciones del profesor se realizaban; haba acertado la disposicin de las letras y la 
lengua en que estaba redactado el documento. Haba faltado poco para que mi to pudiese 
leer de cabo a rabo aquella frase latina, y este poco rne lo acababa de revelar a m la 
casualidad. 
No es difcil imaginar mi emocin. Mis ojos se turbaron y no poda servirme de ellos. 
Extend la hoja de papel sobre la mesa y slo me faltaba fijar la mirada en ella para 
poseer el secreto. 

Por fin logr calmar mi agitacin. Resolv dar dos vueltas alrededor de la estancia para 
apaciguar mis nervios, y me arrellan despus en el amplio butacn. 
Leamos me dije en seguida, despus de haber hecho una buena provisin de aire en 
mis pulmones. 
Inclinme sobre la mesa, puse un dedo sucesivamente sobre cada letra, y, sin titubear, 
sin detenerme un momento, pronunci en alta voz la frase entera. Qu inmensa 
estupefaccin y terror se apoderaron de m! Qued al principio como herido por un rayo. 
Cmo! Lo que yo acababa de leer habase efectuado! Un hombre haba tenido la 
suficiente audacia para penetrar... 
-Ah! -exclam dando un brinco-; no, no; mi to jams lo sabr! No faltara ms sino 
que tuviese noticia de semejante viaje! En seguida querra repetirlo sin que nadie lograse 
detenerlo. Un gelogo tan exaltado, partira a pesar de todas las dificultades y obstculos, 
llevndome consigo, y no regresaramos jams; pero jams! 
Me encontraba en un estado de sobreexcitacin indescriptible. 
-No, no; eso no ser -dije con energa-; y, puesto que puedo impedir que semejante idea 
se le ocuira a mi tirano, lo evitar a todo trance. Dando vueltas a este documento, podra 
acontecer que descubriese la clave de una manera casual. Destruymoslo! 
Quedaban en la chimenea an rescoldos, y, apoderndome con mano febril no slo de 
la hoja de papel, sino tambin del pergamino de Saknussemm, iba ya a arrojarlo todo al 
fuego y a destruir de esta suerte tan peligroso secreto, cuando se abri la puerta del 
despacho y apareci mi to en el umbral. 
V 
Apenas me di tiempo de dejar otra vez sobre la mesa el malhallado documento. 
El profesor Lidenbrock pareca en extremo preocupado. Su pensamiento dominante no 
le abandonaba un momento. Haba evidentemente escudriado y analizado el asunto 
poniendo en juego, durante su paseo, todos los recursos de su imaginacin, y volva 
dispuesto a ensayar alguna combinacin nueva. 
En efecto, sentse en su butaca, y. con la pluma en la mano, empez a escribir ciertas 
frmulas que recordaban los clculos algebraicos. 
Yo segua con la mirada su mano temblorosa, sin perder ni uno solo de sus 
movimientos. Qu resultado imprevisto iba a producirse de pronto? Me estremeca sin 
razn, porque una vez encontrada la verdadera, la nica combinacin, todas las investigaciones 
deban forzosamente resultar infructuosas. 
Trabaj durante tres horas largas sin hablar, sin levantar la cabeza, borrando, volviendo 
a escribir, raspando, comenzando de nuevo mil veces. 
Bien saba yo que, si lograba coordinar estas letras de suerte que ocupasen todas las 
posiciones relativas posibles, acabara por encontrar la frase. Pero no ignoraba tampoco 
que con slo veinte letras se pueden formar dos quinquillones, cuatrocientos treinta y dos 
cuatrillones, novecientos dos trillones, ocho mil ciento setenta y seis millones, seiscientas 
cuarenta mil combinaciones. 
Ahora bien, como el documento constaba de ciento treinta y dos letras, y el nmero que 
expresa el de frases distintas compuesta de ciento treinta y tres letras, tiene, por la parte 
ms corta, ciento treinta y tres cifras, cantidad que no puede enunciarse ni aun concebirse 
siquiera, tena la seguridad de que, por este mtodo, no resolvera el problema. 

Entretanto, el tiempo pasaba, la noche se ech encima y cesaron los ruidos de la calle; 
mas mi to, abismado por completo en su tarea, no vea ni entenda absolutamente nada, 
ni aun siquiera a la buena Marta que entreabri la puerta y dijo: 
-Cenar esta noche el seor? 
Marta tuvo que marcharse sin obtener ninguna respuesta. Por lo que respecta a m, 
despus de resistir durante mucho tiempo, sentme acometido por un sueo invencible, y 
dormime en un extremo del sof, mientras mi to prosegua sus complicados clculos. 
Cuando me despert al da siguiente, el infatigable pen trabajaba todava. Sus ojos 
enrjecidos, su tez plida, sus cabellos desordenados por sus dedos febriles, sus pmulos 
amoratados delataban bien a las claras la lucha desesperada que contra lo imposible haba 
sostenido, y las fatigas de espritu y la contencin cerebral que, durante muchas horas, 
haba experimentado. 
Si he de decir la verdad, inspirme compasin. A pesar de los numerosos motivos de 
queja que crea tener contra l, sentme conmovido. Hallbase el infeliz tan absorbido por 
su idea, que ni de encolerizarse se acordaba. Todas sus fuerzas vivas hallbanse 
reconcentradas en un solo punto, y como no hallaban salida por su evacuatorio ordinario, 
era muy de temer que su extraordinaria tensin le hiciese estallar de un momento a otro. 
Yo poda con un solo gesto aflojar el frreo tornillo que le comprima el crneo. Una 
sola palabra habra bastado, y no quise pronunciarla! 
Hallndome dotado de un corazn bondadoso, por qu callaba en tales circunstancias? 
Callaba en su propio inters. 
No, no repeta en mi interior; no hablar. Le conozco muy bien: se empeara en 
repetir la excursin sin que nada ni nadie pudiese detenerle. Posee una imaginacin 
ardorosa, y, por hacer lo que otros gelogos no han hecho, sera capaz de arriesgar su 
propia vida. Callar, por consiguiente; guardar eternamente el secreto de que la 
casualidad me ha hecho dueo; revelrselo a l sera ocasionarle la muerte. Que lo 
adivine si puede; no quiero el da de maana tener que reprocharme el haber sido causa 
de su perdicin. 
Una vez adoptada esta resolucin, aguard cruzado de brazos. Pero no haba contado 
con un incidence que hubo de sobrevenir algunas horas despus. 
Cuando Marta trat de salir de casa para trasladarse al mercado, encontr la puerta 
cerrada y la llave no estaba en la cerradura. Quin la haba quitado?; evidentemente mi 
to al regresar de su precipitada excursin. 
Lo haba hecho por descuido o con deliberada intencin? Quera someternos a los 
rigores del hambre? Esto me pareca un poco fuerte. Por qu razn habamos de ser 
Marta y yo vctimas de una situacin que no habamos creado? Entonces me acord de un 
precedente que me llen de terror. Algunos aos atrs, en la poca en que trabajaba mi to 
en su gran clasificacin mineralgica, permaneci sin comer cuarenta y ocho horas y toda 
su familia tuvo que soportar esta dieta cientfica. Me acuerdo que en aquella ocasin sufr 
dolores de estmago que nada tenan de agradables para un joven dotado de un devorador 
apetito. 
Parecime que nos bamos a quedar sin almuerzo, como la noche anterior nos habamos 
quedado sin cena. Sin embargo, me arm de valor y resolv no ceder ante las exigencias 
del hambre. Marta, en cambio, se lo tom muy en serio y se desesperaba la pobre. Por lo 
que a m respecta, la imposibilidad de salir de casa preocupbame mucho ms que la falta 
de comida, por razones que el lector adivinar fcilmente. 

Mi to trabajaba sin cesar; su imaginacin se perda en un ddalo de combinaciones. 
Viva fuera del mundo y verdaderamente apartado de las necesidades terrenas. 
A eso del medioda, el hambre me aguijone seriamente. Marta, como quien no quiere 
la cosa, haba devorado la vspera las provisiones encerradas en la despensa; no quedaba, 
pues, nada en casa. Sin embargo, el pundonor me hizo aceptar la situacin sin protestas. 
Por fin sonaron las dos. Aquello se iba haciendo ridculamente intolerable, y empec a 
abrir los ojos a la realidad. Pens que yo exageraba la importancia del documento; que mi 
to no le dara crdito: que slo vera en l una farsa; que, en el caso ms desfavorable, 
lograramos detenerle a su pesar; y, en fin, que era posible diese l mismo con la clave 
del enigma, resultando en este caso infructuosos los sacrificios que supona mi 
abstinencia. 
Estas razones, que con indignacin hubiera rechazado la vspera, parecironme 
entonces excelentes; llegu hasta juzgar un absurdo el haber aguardado tanto tiempo, y 
resolv decir cuanto saba. 
Andaba, pues, buscando la manera de entablar conversacin, cuando se levant el 
catedrtico, calse su sombrero y se dispuso a salir. 
Horror! Marcharse de casa y dejarnos encerrados en ella...! Eso nunca! 
-To -le dije de pronto. 
Pero l pareci no haberme odo. 
-To Lidenbrock -repet, levantando la voz. 
-Eh? -respondi l como el que se despierta de sbito. 
-Qu tenemos de la llave? 
-Qu llave? La de la puerta? 
-No, no; la del documento. 
El profesor mirme por encima de las gafas y debi observar sin duda algo extrao en 
mi fisonoma, pues me asi enrgicamente del brazo, y, sin poder hablar, me interrog 
con la mirada. 
Sin embargo, jams pregunta alguna fue formulada en el mundo de un modo tan 
expresivo. 
Yo mova la cabeza de arriba abajo. 
l sacuda la suya con una especi de conmiseracin, cual si estuviese hablando con un 
desequilibrado. 
Yo entonces hice un gesto ms afirmativo an. 
Sus ojos brillaron con extraordinario fulgor y adopt una actitud agresiva. 
Este mudo dilogo, en aquellas circunstancias, hubiera interesado al ms indiferente 
espectador. 
Si he de ser franco, no me atreva a hablar, temeroso de que mi to me ahogase entre sus 
brazos en los primeros transportes de jbilo. Pero me apremi de tal modo, que tuve que 
responderle. 
-S -le dije-, esa clave... la casualidad ha querido... 
-Qu dices? -exclam con indescriptible emocin. 
-Tome -le dije, alargndole la hja de papel por m escrita-; lea usted. 
-Pero esto no quiere decir nada -respondi l. estrujando con rabia el papel entre sus 
dedos. 
-Nada, en efecto, si se empieza a leer por el principio; pero si se comienza por el fin... 

No haba terminado la frase. cuando el profesor lanz un grito... Qu digo un grito? 
Un rugido! Una revelacin acababa de hacerse en su cerebro. Estaba transfigurado. 
-Ah, ingenioso Saknussemm! -exclam-; con que habas escrito tu frase al revs? 
Y cogiendo la hoja de papel, ley todo el documento. con la vista turbada y la voz 
enronquecida de emocin, subiendo desde la ltima letra hasta la primera. 
Se hallaba concehido en estos trminos: 
In Sneffels Yoculis craterem kem delibat 
umbra Scartaris Julii intra calendas descende, 
audax viator, el terrestre centrum attinges. 
Kod feci. Ame Sahnussemm. 
Lo cual, se poda traducir as: 
Desciende al crter- del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes 
de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegars al centro de la tierra, como he llegado 
yo. 
Ame Saknussemm. 
Al leer esto, peg mi to un salto, cual si hubiese recibido de improviso la descarga de 
una botella de Leyden. La audacia, la alegra y la conviccin dbanle un aspccto 
magnfico. Iba y vena precipitadamente; oprimase la cabeza entre las manos; echaba a 
rodar las sillas; amontonaba los libros: tiraba por alto, aunque en l parezca increble, sus 
inestimables geodas: reparta a diestro y siniestro patadas y puetazos. Por fin, se 
calmaron sus nervios, y, agotadas sus energas, se desplom en la butaca. 
-Qu hora es? -preguntrne, despus de unos instantes de silencio. 
-Las tres -le respond. 
-Las tres! Qu atrocidad! Estoy defallecido de hambre. Varnos a comer ahora misrno. 
Despus... 
-Despus qu...? 
-Despus me preparars mi equipaje. 
-Su equipaje?-exclam. 
-S; y el tuyo tambin -respondi el despiadado catedrtico: entrando en el comedor. 
VI 
Al escuchar estas palabras, un terrible escalofro me recorri todo el cuerpo. 
Contveme, sin embargo. y resolv ponerle buena cara. Slo argurnentos cientficos 
podran detener al profesor Lidenhrock, y haba rnuchos y muy poderosos que oponer a 
semejante viaje. Ir al centro de la tierra! Qu locura! Pero rne reserv mi dialctica para 
el momento oportuno, y eso me ocup toda la cornida. 
No hay para qu decir las imprecaciones de mi to al encontrarse la mesa 
completamente vaca. Pero, una vcz explicada la causa, devolvi la libertad a Marta, la 
cual corri presurosa al mercado y despleg tal actividad y diligencia que. una hora ms 
tarde, mi apetito se hallaba satisfecho y me di exacta cuenta de la situacin. 

Durante la comida, di muestras el profesor de cierta jovialidad, permitindose esos 
chistes de sabio, que no encierran peligro jams; y, terminados los postres, me hizo seas 
para que le siguiese a su despacho. 
Yo obedec sin chistar. 
Sentse l a un extrerno de su mesa de escritorio y yo al otro. 
-Axel -me dijo, con una amabilidad muy poco frecuente en l-: eres un muchacho 
ingenioso: me has prestado un servicio excelente cuando, cansado ya de luchar contra lo 
imposible. iba a darme por vencido. No lo olvidar jams y participars de la gloria que 
vamos a conquistar. 
Bien pens; se halla de buen humor: ste es el mornento oportuno para discutir esta 
gloria. 
-Ante todo -prosigui mi to-. te recorniendo el ms absoluto secreto, me entiendes? 
No faltan envidiosos en el rnundo de los sabios, y hay machos que quisieran emprender 
este viaje. del cual, hasta nuestro regreso no tendrn noticia alguna. 
-Cree usted -le dije- que es tan grande el nmero de los audaces? 
-Ya lo creo! Quin vacilara en conquistar una fama semejante? Si este documento 
llegara a conocerse, un ejrcito entero de gelogos se precipitara en pos de las huellas de 
Arne Saknussemm. 
-No opino yo lo mismo. to, pues nada prueba la autenticidad de ese documento. 
-Qu dices! Pues, y el libro en que lo hemos encontrado? 
-Bien: no niego que el mismo Saknussernm pueda haber escrito esas lneas; pero. 
hemos de creer por eso que l en persona haya realizado el viaje'? No puede ser ese 
viejo pergarnino una superchera? 
Arrepentme, ya tarde, de haber aventurado esta ltima palabra; frunci el profesor su 
poblado entrecejo, y cre que haba malogrado el xito que esperaba obtener de aquella 
conversacin. No fu as, por fortuna. Esbozse una especie de sonrisa en sus delgados 
labios, y me respondi: 
-Eso ya lo verernos. 
-Bien -dije algo molesto-; pero permtame formular una serie de objeciones relativas a 
ese documento. 
-Habla, hijo mo. no me opongo. Te permito que expongas tu opinin con entera 
libertad. Ya no eres mi sobrino. Sino un colega. Habla, pues. 
-Ante todo, le agradecer que me diga qu quieren decir ese Yocul, ese Sneffels y ese 
Scartars, de los que nunca o hablar en los das de mi vida. 
-Pues, nada rns sencillo. Precisamente recib, no hace mucho, una carta de mi amigo 
Paterman, de Leipzig, que no ha podido llegar en fecha rns oportuna. Ve, y coge el 
tercer atlas del segundo estante de la librera grande, serie Z, tabla 4. 
Levantme, y, gracias a la gran precisin de sus indicaciones, di con el atlas en seguida. 
Abrilo mi to y dijo: 
-He aqu el mapa de Handerson, uno de los mejores de Islandia, el cual creo que nos va 
a resolver todas las dificultades. 
Yo me inclin sobre el mapa. 
-Fjate en esta isla llena toda de volcnes-me dijo el profesor-, y observa que todos 
llevan el nombre de Yocuj, palabra que significa en islands ventisquero. Debido a la 

elevada latitud que ocupa Islandia, la mayora de las erupciones verificanse a travs de 
las capas de hielo, siendo sta la causa de que se aplique el nombre de Yocul a todos los 
montes ignvomos de la isla. 
-Conformes -respond yo-, mas, qu significa Sneffels? 
Cre que a esta pregunta no sabra qu responderme mi to: pero me equivoqu de 
medio a medio, pues me dijo: 
-Sgueme por la costa occidental de la isla. Ves su capital, Reykiavik? Bien; pues 
remonta los innumerables fiordos de estas costas escarpadas por el mar, y detente un 
momento debajo del grado 75 de latitud. Qu ves? 
-Una especie de pennsula que semeja un hueso pelado y termina en una rtula enorrne. 
-La comparacin es exacta, hijo mo; y ahora. dime, no ves nada sobre era rtula? 
-Veo un monte que parece surgir del mar. 
-Pues ese es el Sneffels. 
-El Sneffels? 
-S, una montaa de 5.000 pies de elevacin. una de las ms notables de la isla, y, a 
buen seguro, la ms clebre del mundo entero, si su crter conduce al centro del globo. 
-Pero eso es imposible -exclam. encogindome de hombros y rebelndome contra 
semejante hiptesis. 
-Imposible! Y por qu? -replic con tono severo el profesor Lidenbrock. 
-Porque ere crter debe estar evidentemente obstruido por las lavas y las rocas 
candentes, y, por tanto... 
-,Y si se trata de un crter apagado? 
-Apagado? 
-S. El nmero de los volcanes en actividad que hay en la superficie del globo no pasa 
en la actualidad de trescientos: pero existe una cantidad mucho mayor de volcanes 
apagados. El Sneffels figura entre estos ltitnos, y no hay noticia en los fastos de la 
historia de que haya experimentado ms que una sola erupcin: la de 1219. A partir de 
esta fecha, sus rumores hanse ido extinguiendo gradualmente, y ha dejado de figurar 
entre los volcanes activos. 
Ante estas afirmaciones no supe qu objetar, y trat de basar mis argumentos en las 
otras obscuridades que contena el escrito. 
-Qu significa era palabra Seartaris -preguntle-, y, qu tiene que ver todo eso con las 
calendas de julio? 
Tras algunos momentos de reflexin, que fueron para m un rayo de esperanza, 
respondime en estos trminos: 
-Lo que t llamas obscuridad resulta para m luz, pues me demuestra el ingenio 
desplegado por Saknussemm para precisar su descubrimiento. El Sneffels est formado 
por varios crteres, y era preciso indicar cul de ellos era el que conduca al centro de la 
tierra. Y, qu hizo el sabio islands? Advirti que en las proximidades de las calendas de 
julio, es decir. en los ltimos das del mes de junio, uno de los picos de la montaa, el 
Scartaris, proyectaba su sombra hasta la abertura del crter en cuestin, y consign en el 
documento este hecho. Es posible imaginar una indicacin ms exacta? Una vez que 
lleguemos a la cumbre del Sneffels, podemos titubear acerca del camino a seguir 
teniendo esta advertencia presente? 
Decididamente. mi to haba respondido a todo. Convencme de que no haba 
posibilidad de atacarle en lo referente a las palabras del antiguo pergamino. Ces, pues. 

de seguirle por este lado: mas, como era preciso convencerle a toda costa. pas a hacerle 
otras objeciones de carcter cientfico, en mi concepto, ms graves. 
-Bien -dije-. tengo que convenir en que la frase de Saknussemm es perfectamente clara 
y no puede dejar duda alguna al espritu. Estoy conforme tambin en que el documento 
tiene todos los caracteres de una autenticidad perfecta. Ese sabio baj al fondo del 
Sneffels, vi la sombra del Scertaris acariciar los bordes del crter antes de las calendas 
de julio y enseronle las leyendas de su tiempo que aquel crter conduca al centro del 
globo: hasta aqu, estamos conformes; pero admitir que l en persona fue al centro de la 
tierra y que volvi de all sano y salvo, eso, no; mil veces no! 
-Y en qu fundas tu negativa?-dijo mi to. con un tono singularmente burln. 
-En que todas las teoras de la ciencia demuestran que la empresa es impracticable del 
todo. 
-Todas las teoras dicen eso? -replic el profesor, hacindose el inocente-. Ah, picaras 
teoras! Cunto van a darnos que hacer! 
Aun comprendiendo que se burlaba de m. prosegu: 
-Es un hecho por todos admitido que la temperatura aumenta un grado por cada setenta 
pies que se desciende en la corteza terrestre; y admitiendo quc este aumento sea 
constante, y siendo de 1.500 leguas la longitud del radio de la tierra, claro es que se 
disfruta en su centro de una temperatura de dos millones de grados. As, pues. las 
materias que existen en el interior de nuestro planeta se encuentran en estado gaseoso 
incandescente, porque los metales, el oro, el platino, las rocas ms duras. no resisten 
semejante calor. No tengo: pues, dcrecho a afirmar que es imposible penetrar en un 
medio semejante? 
-De modo, Axel, que es el calor lo que a ti te infunde respeto? 
-Sin ningn gnero de duda. Con slo descender a una profundidad de diez leguas, 
habramos llegado al lmite de la corteza terrestre, porque ya la temperatura sera all 
superior a 300. 
-Es que temes liquidarte? 
-Mi terror no es infundado-le contest algo mohno. 
-Te digo -replic el profesor, adoptando su aire magistral de costumbre-, que ni t ni 
nadie sabe de manera cierta lo que ocurre dentro de nuestro globo, ya que apenas se 
conoce la docemilsima parte de su radio. La ciencia es eminentemente susceptible de 
perfeccionamiento y cada teora es a cada momento obstruida por otra teora nueva. No 
se crey, hasta que demostr Fourier lo contrario, que la temperatura de los espacios 
interplanetarios decreca sin cesar, y no se sabe hoy que las temperaturas inferiores de las 
regiones etreas nunca descienden de cuarenta o cincucnta grados bajo cero? Y por qu 
no ha de suceder otro tanto con cl calor interior? Por qu, a partir de cierta profundidad. 
no ha de alcanzar un lmite insuperable. en lugar de elevarse hasta el grado de fusin de 
los ms refractarios minerales? 
Como mi to colocaba la cuestin en un terreno hipottico, nada poda responderle. 
-Pues bien -prosigui-, te dir que verdaderos sabios, entre los que se encuentra 
Poisson, han demostrado que si existiese en el interior de la tierra una temperatura de dos 
millones de grados. los gases de ignicin, procedentes do las substancias fundidas, 
adquiriran una tensin tal que la corteza terrestre no podra soportarla y estallara como 
una caldera bajo la presin del vapor. 
-Eso, to, no pasa de ser una opinin de Poisson. 

-Concedido; pero es que opinan tambin otros distinguidos gelogos que el interior de 
la tierra no se halla formado de gases, ni de agua, ni de las rocas ms pesadas que 
conocemos. porque, en este caso, el peso de nuestro planeta sera dos veces menor. 
-Oh! por medio de guarismos es bien fcil demostrar todo lo que se desea. 
-Y no ocurre lo mismo con los hechos, hijo mo? No es un hecho probado que el 
nmero de volcanes ha disminuido considerabiemente desde el principio del mundo? Y 
no es esto una prueba de que el calor central, si es que existe, tiende a debilitarse por 
das? 
-Si sigue usted engolfndose en el mar de las hiptesis, huelga toda discusin. 
-Y has de saber que de mi opinin participan los hombres ms competentes. Te 
acuerdas de una visita que me hizo el clebre qumico ingls Humpliry Davy, en 1825? 
-Cmo me he de acordar, si vine al mundo diez y nueve aos despus? 
-Pues bicn, Hunfredo Davy vino a vcrme a su paso por Hamburgo, y discutimos largo 
tiempo, entre otras muchas cuestiones, la hiptesis de que el interior de la tierra se hallase 
en estado lqudo, quedando los dos de acuerdo en que esto no era posible. por una razn 
que la ciencia no ha podido jams refutar. 
-Y qu razn es esa? 
-Que esa masa lquida hallarase expuesta, lo mismo que los ocanos, a la atraccin de 
la luna. producindose. por tanto. dos marcas interiores diarias que, levantando la corteza 
terrestre, originara terremotos peridicos. 
-Sin embargo, es evidente quc la superficie del globo ha sufrido una combustin, y 
cabe, por lo tanto. suponer que la corteza exterior sc ha ido entriando, refugindose el 
calor en el centro de la tierra. 
-Eso es un claro error -dijo mi to-; el calor de la tierra no reconoce otro origen que la 
combustin de su superficie. hallbase sta formada de una gran cantidad de metales, 
tales como el potasio y el sodio, quc ticnen la propiedad de inflamarse al solo contacto 
del aire y del agua; estos metales ardieron cuando los vapores atmosfricos precipitronse 
sobre ellos en forma de lluvia, y, poco a poco, a medida que penetraban las aguas por las 
hendeduras de la corteza terrestre, fueron determinando nuevos incendios, acompaados 
de explosiones y erupciones. He aqu la causa de que fuesen tan numerosos los volcanes 
en los primeros das del mundo. 
-Es ingeniosa la hiptesis! -hube de exclamar sin querer. 
-Hunfredo Davy me la demostr palpablemente aqu mismo mediante un experimento 
sencillo. Fabric una esfera metlica. en cuya composicin entraban principalmente los 
metales mencionados poco ha, y que tena exactamente la forma de nuestro globo. 
Cuando se haca caer sobre su superficie un finsimo roco, hinchbase aqulla, oxidbase 
y formaba una pequea montaa, en cuya cumbre se abra momentos despus mi crter. 
Sobrevena una erupcin y era tan grande el calor que sta comunicaba a la esfera, que se 
haca imposible el sostenerla en la mano. 
Si he de ser del todo franco, empezaban a convencerme los argumentos del profesor, 
cuya pasin y entusiasmo habituales comunicbales mayor fuerza y valor. 
-Ya ves. Axel -aadio-, que el estado del ncleo central ha suscitado muy diversas 
hiptesis entre los mismos gelogos: no hay nada que demuestre la existencia de ese 
calor interior; a mi entender, no existe ni puede existir; pero ya lo comprobaremos 
nosotros. y, a semejanza de Arne Saknussemm, sabremos a qu atenernos sobre tan 
discutida cuestin. 

-S. s: ya lo veremos -contestle, dejndome arrastrar por su entusiasmo-; lo veremos, 
dado caso que se vea en aquellos apartados lugares. 
-Y por qu no? No podremos contar para alumbrarnos con los fenmenos elctricos, 
y aun con la misma atmsfera, cuya propia presin puede hacerla luminosa en las 
proximidades del centro de la tierra? 
-En efecto-respond-, es muy posible. 
-No posible, sino cierto -replic triunfalmente mi to-; pero silencio, me entiendes? 
Guarda el ms impenetrable sigilo acerca de todo esto, para que a nadie se le ocurra la 
idea de descubrir. antes que nosotros, el centro de nuestro planeta. 
VII 
Tal fue el inesperado final de aquella memorable sesin que hasta fiebre me produjo. 
Sal como aturdido del despacho de mi to, y, parecindome que no haba aire bastante en 
las calles de Hamburgo para refrescarme, dirigme a las orillas del Elba, y me fui derecho 
al sitio donde atraca la barca de vapor que pone en comunicacin la ciudad con el 
ferrocarril de Hamburgo. 
Estaba convencido de lo que acababa de or? No me haba dejado fascinar por el 
profesor Lidenbrock? Deba tomar en serio su resolucin de bajar al centro del macizo 
terrestre? Acababa da escuchar las insensatas elucubraciones de un loco o las 
deducciones cientficas de un gran genio? En todo aquello, hasta dnde llegaba la 
verdad? ,Dnde comenzaba el error? 
Nadaba yo entre mil contradictorias hiptesis sin poder asirme a ninguna. 
Recordaba. sin embargo, que mi to me haba convencido, aun cuando ya comenzaba a 
decaer bastante mi entusiasmo. Hubiera preferido partir inmediatamente, sin tener tiempo 
para reflexionar. En aquellos momentos, no me hubiera faltado valor para preparar mi 
equipje. 
Es preciso, no obstante, confesar que una hora despus ces la sobreexcitacin por 
completo, aplacronse mis nervios, y desde los profundos abismos de la tierra sub a su 
superficie. 
-Es absurdo! -exclam-. No tiene sentido comn! No es una proposicin formal que 
pueda hacerse a un muchacho sensato. No existe nada de eso. Todo ha sido una mera 
pesadilla. 
Entretanto, haba caminado por las mrgenes del Elba, rodeando la ciudad; y, despus 
de rebasar el puerto, encontrme en el camino de Altona. Me guiaba un presentimiento, 
que bien pronto qued justificado, pues no tard en descubrir a mi querida Graben que, 
a pie, regresaba a Hamburgo. 
-Graben! -le grit desde lejos. 
La joven se detuvo turbada, sin duda por orse llamar de aquel modo en medio de una 
gran carretera. De un salto me puse a su lado. 
-Axel! -exclam sorprendida-. Conque has venido a buscarme! Est bien, caballerito! 
Pero, al fijarse en mi rostro, llamle la atencin en seguida mi aire inquieto y 
preocupado. 
-Qu tienes? -preguntme. tendindome la mano. 
En menos de dos segundos puse a mi novia al corriente de mi extraa situacin. Ella me 
mir en silencio durante algunos instantes. Lata su corazn al unsono del mo? Lo 
ignoro; pero su mano no temblaba cual la ma. 

Caminamos en silencio unos cien pasos. 
-Axel -me dijo al fin. 
-Qu, mi querida Graben? 
-Qu viaje tan hermoso es el que vas a emprender! 
Tan inesperadas palabras hicironme dar un salto. 
-S, Axel; y muy digno del sohrino de un sabio. Siempre es bueno para un hombre el 
haberse distinguido por alguna gran empresa! 
-Cmo, Graben! No tratas de disuadirme con objeto de que renuncie a semejante 
expedicin? 
-No, mi querido Axel; por el contrario, os acompaara de buena gana si una pobre 
muchacha no hubiese de constituir para vosotros un constante estorbo. 
-Pero,lo dices de veras? 
-Ya lo creo! 
Ah, mujeres! Corazones femeninos, incomprensibles siempre! Cuando no sois los 
seres ms tmidos de la tierra, sois los ms arrjados. La razn sobre vosotras no ejerce el 
menor podero. Era posible que Graben me animase a tomar parte en tan descabellada 
expedicin, que fuese ella misma capaz de acometer, sin miedo, la aventura, que me 
incitase a ella, a pesar del cario que deca profesarme? 
Me hallaba desconcertado y, hasta, por qu no decirlo? senta cierto rubor. 
-Veremos, Graben -le dije-, si piensas maana lo mismo. 
-Maana, querido Axel, pensar lo tnismo que hoy. 
Y cogidos de la mano, aunque sin despegar nuestros labios, reanudamos ambos la 
marcha. 
Yo me hallaba quebrantado por las emociones del da. 
Despus de todo pensaba, las calendas de julio estn an lejos, y, de aqu a entonces. 
pueden ocurrir muchas cosas que hagan desistir a mi to de la mana de vijar por debajo 
de la tierr. 
Era ya noche cerrada cuando llegamos a casa. 
Esperaba encontrarla tranquila. con mi to ya acostado, como era su costumbre, y con la 
buena Marta dndole al comedor el ltimo repaso antes de retirarse a la cama. 
Pero no haba contado con la impaciencia del profesor, a quien hall gritando y 
corriendo de un lado para otro, en medio de la porcin de mozos de cordel que 
descargaban en la calle una multitud de objetos. Marta estaba atolondrada, sin saber 
adnde atender. 
-Vamos, Axel: date prisa, por Dios! -grit mi to, en cuanto me vi venir a lo lejos-. Y 
tu equipaje sin hacer, y mis papeles sin ordenar, y la llave de mi maleta sin aparecer y mis 
polainas sin llegar! 
Quedme estupefacto, faltme la voz para hablar, y a duras penas pude articular estas 
palabras: 
-Pero es que nos marchamos? 
-S. criatura de Dios: y en lugar de estar aqu preparndolo todo, te vas de paseo. 
-Pero partiremos tan pronto? -repet con voz ahogada. 
-S, pasado maana al amanecer. 
Incapaz de escucharle por ms tiempo. refugime en mi habitacin. 
No era posible dudar: mi to haba empleado la tarde en adquirir una serie de objetos y 
utensilios necesarios para nuestro viaje: la calle estaba llena de escalas, de cuerdas con 

nudos, de antorchas, de calabazas para lquidos, de grapas de hierro, de picos, de 
bastones, de azadas y de otros objetos para cuyo transporte precisbanse por lo menos 
diez hombres. 
Pas una noche terrible. A la maana siguiente llamronme muy temprano. Estaba 
decidido a no abrirle a nadie la puerta: pero, quin es capaz de resistir a los encantos de 
una voz adorable que nos dice: 
-No me quieres abrir, querido Axel? 
Sal de mi habitacin. Cre que mi aire abatido, mi palidez, mis jos enrojecidos por el 
insomnio produciran sobre Graben un doloroso efecto y le hara cambiar de parecer: 
pero ella, por el contrario, me dijo: 
-Ah, mi querido Axel! Veo que ests mucho mejor -y que lo ha calmado la noche. 
-Calmado! -exclam yo. 
Y corr a mirarme al espejo. 
En efecto, no tena tan mala cara como me haba imaginado. Aquello no era creble. 
-Axel -me dijo Grabcn-, he estado mucho tiempo hablando con mi tutor. Es un sabio 
arrjado, un hombre de gran valor, y no debes echar en olvido que su sangre corre por tus 
venas. Me ha dado a conocer sus proyectos, sus esperanzas, y el cmo y el porqu espera 
alcanzar su objetivo. Y lo alcanzar, no hay duda. Ah, mi querido Axel! Qu hermoso 
es consagrarse de ese modo al estudio de las ciencias Qu gloria tan inmensa aguarda al 
seor Lidenbrock, que se reflejar sobre su compaero! Cuando regreses sers un 
hombre, Axel: sers igual a tu to, con libertad de hablar, con libertad de obrar, con 
libertad. en fin, de... 
La joven ruborizse y no termin la frase. Sus palabras me reanimaron. No quera, sin 
embargo, creer, que nuestra partida era cierta. Hice entrar conmigo a Grahen en el 
despacho del profesor Lidenhrock, y dije a ste: 
-To, est usted decidido, por fin, a que emprendamos la marcha? 
-Cmo! Lo dudas an? 
-No -le dije: con objeto de no contrariarle-: pero quisiera saber qu le induce a proceder 
con tal precipitacin. 
-Toma! Qu ha de ser? El tiempo! El tiempo, que trans curre con una rapidez 
desesperante! 
-Pero si estamos an a 26 de mayo, y hasta fines de junio... 
-Crees, ignorante que es tan fcil trasladarse a Islandia? Si no te hubieses marchado 
como un necio, hubieras venido conmigo a la oficina de los seores Liffender y 
Compaa, donde habras visto que de Copenhague a Reykiavik no hay ms que una 
expedicin mensual, el 22 de cada mes; y que, si espersemos a la del 22 de junio, 
llegaratnos demasiado tarde para ver la sombra del Scartaris acariciar el crter del 
Sneffels: es precise llegar a Copenhague lo antes posible para buscar all un medio de 
transporte. Anda a hacer to equipje en seguida 
No era posible objetar. Sub a rni habitacin, seguido de Graben, y ella fue la que se 
encarg de colocar en una maleta los objetos que precisaba para tan largo viaje, con la 
misma tranquilidad que si se tratase de hacer una excursin a Lubeck o a Heligoland. Sus 
manos ihan y venan sin precipitacin; conversaba con absoluta calma y me daba las ms 
discretas razones a favor de nuestra expedicin. Me embelesaba y enfureca a intervalos. 
A veces trataba de enfadarme, pero ella aparentaba no advertirlo y prosegua su tarea con 
toda tranquilidad. 

A las cinco y media, oyse fuera el rodar de un carruaje, detenindose en nuestra puerta 
un espacioso coche que haba de conducirnos a la estacin del ferrocarril de Altona. En 
un momento llense con los bultos de mi to. 
-Y tu maleta? -me dijo. 
-Est lista -respondle, con voz desfallecida. 
-Pues bjala en seguida! No ves que vamos a perder el tren? 
Parecinle que no haba manera de luchar contra mi destino. Sub, pues, a mi cuarto, y 
cogiendo la maleta, la dej que se deslizase por los peldaos de la escalera, y baj detrs 
de ella. 
En aquel preciso momento, pona mi to, con toda solemnidad, las riendas de su casa en 
manos de Grabcn, quien conservaha su calma habitual. Abraz a su tutor, pero no pudo 
contener una lgrima al rozar mi mejilla con sus dulcsimos labios. 
-Graben! -exclanl yo. 
-Vete tranquilo, Axel --dijo ella-. Ahora dejas a tu novia, pero, a la vuelta, hallars a tu 
mujer. 
Estrech entre mis brazos a Graben y fui a sentarme en el coche. -Marta y mi 
prometida, desde el umbral de la puerta, nos enviaron un postrimer adis. Despus, los 
dos caballos, excitados por los silbidos del cochero, lanzronse a galope por la carretera 
de Altona. 
VIII 
De Altona, verdadero arrabal de Hamhurgo, arranca el ferrocarril de Kiel que deba 
conducirnos a la costa de los Belt. En menos de veinte minutos penetramos en el 
territorio de Holstein. 
Una vez todo listo y cerrada la maleta, bajamos al piso interior. 
Durante todo el da no haban cesado de llegar los abastecedores de instrumentos de 
fsica y de aparatos elctricos, y de armas y municiones. Marta no saba qu pensar de 
todo aquello. 
-Es que se ha vuelto loco el seor? -preguntme, por fin. 
Yo le hice un ademn afirmativo. 
-Y le lleva a usted consigo? -Repetle el mismo signo. 
-Y adnde? 
Entonces le indiqu con el dedo el centro de la tierra. 
-Al stano? -exclam la antigua criada. 
-No -contestle yo-, ms abajo todava. 
Lleg la noche. Yo no tena ya conciencia del tiempo transcurrido. 
-Hasta maana temprano -me dijo mi to-; partiremos a las seis en punto. 
A las diez me dej caer en mi lecho como una masa inerte. 
Durante la noche, mis terrores asaltronme de nuevo. 
Pasla soando con precipicios enormes, presa de un espantoso delirio. Sentame 
vigorosamente asido por la mano del profesor, y precipitado y hundido en los abismos. 
Veame caer al fondo de insondables precipicios con esa velocidad creciente que van 
adquiriendo los cuerpos abandonados en el espacio. Mi vida no era otra cosa que una 
interminable cada. 
Despertme a las cinco rendido de emocin y de fatiga: levantme y baj al comedor. 
Mi to se hallaba ya sentado a la mesa y coma con devorador apetito. Contempllo con 

un sentinliento de horror. Graben estaba all. No despegu mis labios ni me fue posible 
comer. 
A las seis y media, detvose el carruaje delante de la estacin. Los numerosos bultos de 
mi to, as como sus voluminosos artculos de viaje, fueron descargados, pesados. 
rotulados y cargados nuevamente en el furgn de equipajes, y, a las siete, nos hallbamos 
sentados frente a frente en el mismo coche. Silb la loconlotora y el convoy se puso en 
movimiento. Ya estbamos en marcha. 
Iba resignado? An no. Sin embargo, el aire fresco de la maana. los detalles del 
camino, renovados rpidanlente por la velocidad del tren, distrajronme de mi gran 
preocupacin. 
La mente del profesor avanzaba ms aprisa que el convoy, cuya marcha se le antojaba 
lenta a su impaciencia. Ibamos en el coche los dos solos, pero sin dirigirnos la palabra. 
Mi to se registr los bolsillos y el saco de viaje con minuciosa atencin, y observ que 
no le faltaba ninguno de los mil requisitos que exiga la ejecucin de sus arriesgados 
proyectos. 
Pude ver, entre otras cosas, una hoja de papel, cuidadosamente doblada, que ostentaba 
el menlbrete de la cancillera danesa, con la firma del seor Cristiensen, cnsul de 
Dinamarca en Hamhurgo y amigo del profesor. Esta carta deba facilitarnos, en 
Copenhague, la tarea de obtener recomendaciones para el gobernador de Islandia. 
Vi asimismo el famoso documento, cuidadosamente guardado en la ms oculta divisin 
de su cartera. Maldjelo desde el fondo de mi corazn y me dediqu otra vez a contemplar 
el paisaje. Constituan ste una extensa serie de llanuras sin inters, montonas, 
cenagosas y bastante frtiles: una campia en extremo favorable al tendido de una lnea 
frrea y que se prestaba de un modo maravilloso a esas rectas que son las delicias de las 
empresas explotadoras de los caminos de hierro. 
Pero esa monotona no lleg a fatigarme, porque, tres horas despus de nuestra partida, 
el tren se detena en Kiel, a dos pasos del mar. 
Como nuestros equipajes haban sido facturados hasta Copenhague, no tuvimos que 
ocuparnos de ellos para nada. Esto no obstante, mi to no les quit la vista de encima 
mientras los trasbordaron al vapor, en cuyas bodegas desaparecieron. 
Mi to, en su precipitacin, haba calculado las horas de correspondencia del ferrocarril 
y del buque de un modo tan detestable, que tenamos que perder un da entero. El vapor 
Ellenora no sala hasta la noche. Esta no prevista espera hizo que se apoderase del 
irascible viajero una fiebre de nueve horas, durante las cuales envi a todos los diablos a 
las administraciones de vapores y ferrocarriles, y a los Gobiernos que toleraban abusos 
semejantes. Yo tuve que hacer coro cuando la emprendi con el capitn del Ellenora, a 
quien quiso obligar a levar anclas y zarpar inmediatamente. El capitn envilo a paseo. 
En Kiel. como en todas partes, es preciso buscar la manera de matar el tiempo. A fuerza 
de pasearnos por las verdes costas de la baha, en cuyo fondo se eleva la pequea ciudad; 
de recorrer los espesos bosques que le dan el aspecto de un nido colocado entre un grupo 
de ramas; de admirar las quintas, provistas todas ellas de su caseta de baos de mar, y de 
correr y aburrirnos, sonaron, por fin, las diez de la noche. 
Los penachos de humo del Ellenora elevbanse en la atmsfera ; su cubierta retemblaba 
bajo los estertores de la caldera; estbamos a bordo, instalados en dos literas colocadas en 
la nica cmara que posea el vapor. 

A las dos y cuarto, larg el buque sus amarras y avanz rpidamente sobre las sombras 
aguas del Gran Belt. 
La noche estaba obscura: la brisa soplaba fresca levantando imponente marejada; 
algunas luces de la costa distinguanse en medio de las tinieblas: ms tarde, no s qu 
faro envinos sus destellos por encima de las olas. He aqu cuanto recuerdo de aquel primer 
viaje. 
A las siete de la maana desembarcamos en Korsr, pequea ciudad situada en la costa 
occidental, donde trasbordamos a otro frrocarril que nos condujo a travs de un pas no 
menos llano que las campias de Holstein. 
An faltaban tres horas de viaje para llegar a la capital de Dinamarca. Mi to no haba 
pegado los ojos en toda la noche. Creo que, en su impaciencia, empujaba el vagn con los 
pies. 
Por fin, se descubri un brazo de mar. 
-El Sund! -exclam entusiasmado. 
Haba a nuestra izquierda un vasto edificio que pareca un hospital. 
-Es un manicomio -dijo uno de nuestros compaeros de viaje. 
"Muy bien!" pens. "He aqu un establecimiento donde habremos de concluir nuestros 
das. Por muy grandes que sean sus dimensiones. no ser nunca lo suficientemente 
amplio para contener toda la inmensidad de la locura del profesor Lidenbrock". 
Por fin. a las diez de la maana, descendimos en Copcnhague; los equipajes fueron 
cargados en un coche y conducidos con nosotros al hotel del Fnix, en Bred-Gade. En 
esto se invirti media hora, porque la estacin est situada fuera de la ciudad. 
Despus de asearse un poco y de cambiarse de trje, mi to me mand que le siguiese. 
El portero del hotel hablaha alemn e ingls; pero el profesor, en su calidad de polglota, 
interrogle en dinamarqus correcto, y en este mismo idioma indicle el otro la situacin 
del Museo de Antiguedades del Norte. 
El director de este curioso establecimiento, donde se hallan acumuladas tantas y tales 
maravillas que permitiran reconstruir la historia del pas con sus viejas armas de piedra, 
sus cuencos y sus joyas, era el profesor Thomson, un verdadero sabio, amigo del cnsul 
de Hamburgo. 
Mi to llevaba para l una carta muy efcaz de recomendacin. Por regla general, los 
sabios no se acogen muy bien unos a otros; pero. en el caso actual, ocurri todo lo 
contrario. El seor Thomson, a fuer de hombre servicial, dispens una favorable acogida 
al profesor Lidenbrock y hasta a su sobrino. No creo necesario decir que mi to tuvo buen 
cuidado de no revelar su secreto al director del museo: desebamos, scncillamente, visitar 
a Islandia en viaje de recreo, sin otro objeto que admirar las numerosas curiosidades que 
encierra. 
El seor Thomson se puso a nuestra disposicin por completo, y juntos recorrimos los 
muelles buscando un buque que fuese a partir en breve. 
An abrigaba yo la esperanza de que en absoluto no hallsemos medio alguno de 
transporte; pero no fu as, por desgracia. 
Una pequea goleta danesa, la Valkvria, deba hacerse a la vela el 2 de Julio con rumbo 
a Reykiavik. Su capitn, el seor Biarne, encontrbase a bordo. y su futuro pasajero 
estrechle la mano hasta casi estrujrsela en un transporte de jbilo. El viejo lobo de mar 
sorprendise ante tan extempornea alegra, parecindole la cosa ms natural del mundo 
el ir a Islandia, toda vez que aquel era su ofcio. Pero como a mi to parecale una cosa 

sublime, el taimado del capitn aprovech su entusiasmo para cobrarnos el doble de lo 
que el pasaje vala de ordinario. El profesor, sin embargo. pag sin regatear. 
-Estad a bordo el martes, a las siete de la maana-dijo el seor Biarne, despus de 
embolsarse una respetable suma. 
Dimos en seguida las gracias al seor Thomson por todas sus atenciones, y regresatnos 
al hotel del Fnix. 
-Hasta ahora, todo nos sale bien -deca el profesor-; todo marcha a pedir de boca! Qu 
feliz casualidad el haber encontrado este buque que se dispone a partir! Ahora almorcemos, 
y vamos a visitar la ciudad. 
Nos trasladamos a Tongens-Nye-Torw, plaza irregular donde existe un cuerpo de 
guardia con dos inofensivos caones fijos que no asustan a nadie. Muy cerca, en el 
nmero 5, haba una restauracin francesa, establecimiento dirigido por un cocinero 
llamado Vincent, en el cual almorzalnos por la rndica suma de cuatro marcos cada uno. 
Recorr despus la ciudad con el entusiasmo de un nio, seguido de mi to, que, aunque 
se dejaba arrastrar, no fij su atencin ni en el insignificante palacio real; ni en el 
hermoso puente del siglo XVII, tendido sobre el caudal, delante del Museo; ni en el 
inmenso cenotafio de Torwaldsen, donde se conservan las obras de este escultor, y cuyas 
pinturas murales son horribles: ni en el casi microscpico castillo de Rosenborg; ni en el 
admirable edificio de la Bolsa, estilo Renacimiento; ni en su campanario, formado por las 
colas entrelazados de cuatro dragones de bronca: ni en los grandes molinos instalados en 
las murallas, cuyas dilatadas alas se hinchan, cual las velas de un buque al soplo de la 
brisa del mar. 
Qu deliciosos paseos habra dado con mi bella curlandesa por los muelles de aquel 
puerto, donde dorman tranquilos navos y fragatas bjo sus rojas techumbres, junto a las 
verdes orillas del estrecho, en medio de las espesas sombras entre las cuales se oculta la 
ciudadela, cuyos caones asotnan sus negras bocas a travs de las ramas de los sacos y 
sauces! 
Pero. ay, qu lejos estaba mi Graben! Y ni aun esperanzas tena de volver a verla 
jams. 
Sin embargo, aunque ninguno de estos deliciosos parajes llamaron la atencin de mi to, 
causle viva impresin la vista de un campanario que se ergua en la isla de Amak, que 
forma parte del barrio SO. de Copenharue. 
Marchamos por orden suya en direccin hacia l, nos embarcamos en un vaporcito que 
transportaba pasjeros a travs de los canales, y, algunos momentos despus, atracarnos 
al muelle de Dock-Yard. 
Despus de atravesar algunas calles estrechas en donde los galeotes, con pantalones 
amarillos y grises por partes iguales, trabajaban bajo la amenaza de la vara de los 
sotacmitres. llegamos delante de Vor-Frelsers-Kirk. Esta iglesia no ofreca nada notable: 
pero su campanario haba llamado la atencin del profesor porque, a partir de su base, 
una escalera exterior suba dando vueltas alrededor de su cuerpo central, desarrollndose 
sus espirales al aire libre. 
-Subamos -dijo mi to. 
-No nos acometer el vrtigo? -repliqu. 
-Razn de ms; es preciso que nos habituemos a l. 
-Sin embargo... 
-Vamos, no perdarnos tiempo insisti el profesor con ademn imperioso. 

Tuve quc obedecer. Un guardia, que permaneca apostado en el otro lado de la calle, 
entregnos una llave y comenz la ascensin. 
Mi to me preceda con paso lento. Yo le segua no sin cierto terror, porque se me sola 
ir la cabeza con facilidad deplorable. No me hallaba dotado del aplorno de las guilas ni 
de la insensibilidad de sus nervios. 
Mientras marchamos por la hlice interior que formaba la escalera, todo fue bien; pero 
despus de haber subido ciento cincuenta peldaos, el aire azotme la cara: habamos 
llegado a la plataforma del campanario donde comenzaba la escalera area, que no tena 
ms resguardo que una frgil barandilla, y cuyos escalonas cada vez ms strechos, 
parecan subir hasta lo infinito, 
-Me es imposible subir! --exclam medio aterrado. 
-Pero, tan cobarde eres? Sube inmediatamente -respondime el cruel profesor. 
No tuve ms remedio que seguirle, agarrndome a la barandilla con ansia. El viento me 
atolondraba; senta el campanario oscilar bajo sus rfagas; las piernas me flaqueaban; no 
tard en subir de rodillas y acab por trepar arrastrndome y con los ojos cerrados; el 
vrtigo de las alturas se haba apoderado de m. 
Por fin, con la ayuda de mi to, que tiraba de m, asindome por el cuello de la 
chaqueta, llegu cerca de la cpula. 
-Mira -me dijo mi verdugo-, y fjate bien en todo; es preciso aprender a contemplar el 
abismo sin la menor emocin. 
Entonces abr los jos y vi las casas como aplastadas por efecto de una terrible cada. en 
medio de la niebla producida por los humos de las chimeneas. Por encima de mi cabeza 
pasaban desgarradas las nubes. y, por una ilusin ptica que inverta los movimientos. 
parecanme inmviles, en tanto que el campanario. la cpula y yo ramos arrastrados con 
una velocidad vertiginosa. A lo lejos, se extenda por un lado la campia, tapizada de verdura 
y brillaba, por el otro. el azulado mar bajo un haz de rayos luminosos. El Sund se 
descubra por la punta de Elsenor surcado por algunas velas blancas, que semejaban 
gaviotas, y entre las brumas del Este esbozbanse apenas las ondulantes costas de Suecia. 
Toda esta inmensidad arremolinbase confusamente ante mis ojos. 
Esto no obstante, tuve que ponerme de pie y pasear en derredor la mirada. Mi primera 
leccin de vrtigo dur una hora. Cuando, al fin, me permitieron bajar y sentar mis pies 
en el slido piso de las calles, estaba desfallecido. 
-Maana repetiremos la prueba-me dijo el profesor. 
Y en efecto, durante cinco das tuve que repetir tan vertiginoso ejercicio. y, de grado o 
por fuerza. hice sensibles progresos en el arte de las altas contemplaciones. 
IX 
Lleg el da de la marcha. La vspera, el secor Thomson, con su amabilidad 
acostumbrada, nos haba llevado cartas de recomendacin muy eficaces para el conde 
Trampe, gobernador de Islandia, el seor Pictursson. coadjutor del obispo, y el seor 
Finsen, alcalde de Reykiavik. En prueba de gratitud, mi to le prodig fuertes apretones 
de manos con el mayor entusiasmo. 
El da 2, a las seis de la maana, nuestros inestimables equipajes encontrbanse ya a 
bordo de la Valkyria. El capitn nos condujo a unos camarotes exageradamente pequeos, 
instalados bajo una especie de puente. 
-Tenemos buen viento? -pregunt mi to. 

-Inmejorable -respondi el capitn Biarna-. Brisa fresca del Sudeste. Vamos a salir del 
Sund con todo el aparejo largo y el viento entre el travs y la aleta. 
Algunos instantes despus, larg al velacho, el juanete, los foques y la cangreja, y, 
despus de largar las amarras, orient convenientemente el aparejo y penetr a toda vela 
en el estrecho. Una hora ms tarde, la capital de Dinamarca pareca sumergirse en las 
lejanas olas, y la Valkiria rozaba casi la costa de Elsenor. Efecto de la disposicin en que 
se encontraban mis nervios, crea ver la sombra de Hamlet errar sobre el legendario 
terrado. 
-Oh sublime insensato! -pensaba yo-; t aprobaras sin duda nuestra empresa! T nos 
seguiras tal vez ganoso de encontrar en el centro de la tierra una solucin a tu duda 
sempiterna! 
Mas nada descubr sobre las antiguas murallas; el castillo es, adems, mucho ms 
moderno que el heroico prncipe de Dinamarca. Sirve en la actualidad de suntuoso 
alojamiento al portero de este estrecho del Sund, por el que pasan cada ao quince mil 
buques de todas las naciones. 
El castillo de Krongborg no tard en desaparecer entre la bruma, as como la torre de 
Helsinborg, que se eleva en la costa sueca, y la goleta inclinse ligeramente, impedida 
por las brisas del Cattegat. 
La Valkvria era un buque muy velero, pero con esta clase de barcos nunca puede 
predecirse lo que va a durar el viaje. Conduca a Reykiavik carbn, utensilios de cocina, 
loza, vestidos da lana y un cargamento de trigo; e iba tripulada por cinco lobos de mar, 
todos llos daneses, que bastaban para maniobrar su aparejo. 
-Cunto durar la travesa?-pregunt mi to al capitn. 
-Diez das, poco ms o menos -respondi este lthno-, si a la altura de las Feroe no 
arrecia al Noroeste. 
-Pero, suele usted experimentar retrasos considerables? 
-No, seor Lidertbrock; no pase ningn cuidado, ya llegaremos. 
A eso del anochecer la goleta dobl el Cabo Skagen, que constituye el extremo 
septentrional de Dinamarca, cruz el Skager Rak, borde la costa meridional de Noruega, 
lamiendo al Cabo Lindness, y penetr en el mar del Norte. 
Dos das despus divisamos las costas de Escocia, reconocimos el promontorio de 
Peterhead, y arrumb la Valkiria a las Faroe, pasando entre las Orcadas y las Shetland. 
No tardaron las olas del Atlntico en azotar los costados de nuestra goleta ; y como, al 
mismo tiempo, tuvimos que navegar de vuelta y vuelta para avanzar hacia el Norte, 
venciendo la resistencia que el viento nos opona, costnos gran trabjo el llegar a las 
Feroe. 
El da 3 reconoci el capitn la isla Myganness, que es la ms oriental de este grupo, y, 
a partir de este momento, hizo rumbo al cabo Portland, situado en la costa meridional de 
Islandia. 
La travesa no ofreci ningn incidente notable. Soport bastante bien las inclemencias 
del mar; pero mi to se pas todo al viaje mareado, lo que, a ms de llenarle de 
vergenza, contribuy a agriar ms todava su carcter. 
Esto no le permiti interrogar al capitn Biarne acerca de la cuestin del Sneffels, los 
medios de comunicacin y la facilidad de los transportes, y tuvo que aplazar para ms 
adelante todas estas investigaciones; se pas todo el viaje tendido en su camarote, cuyos 

mamparos crujan a cada cabezada del buque. Preciso es confesar que se tena muy bien 
merecida su suerte. 
El da 11 montamos al cabo Portland, permitindonos la claridad del tiempo distinguir 
el Myrdals Yocul, que lo domina. Este cabo se halla formado por un enorme peasco, de 
escarpadas pendientes, que se alza aislado en la playa. 
La Valkvria, mantenindose a una distancia razonable de las costas, fuelas barajando 
hacia el Oeste, navegando entre numerosas manadas de ballenas y tiburones. No 
tardamos en descubrir un inmenso peasco, horadado de parte a parte, a travs del cual 
pasaba enfurecido el espumoso mar. Los islotes de Westman parecieron surgir del 
Ocano como rocas sembradas sobre la planicie lquido. A partir de este momento, la 
goleta tom el rumbo de fuera para dar un respetable rodeo al cabo de Reykjaness, que 
forma el ngulo occidental de Islandia. 
La fuerte marejada no permita a mi to subir sobre cubierta con objeto de admirar 
aquellas costas bravas, azotadas y hendidas por los vientos y mares del Sudoeste. 
Cuarenta y ocho horas despus, sorteada una tempestad que oblig a la goleta a correr a 
palo seco, descubrimos por el Este la baliza de la punta Skagen, cuyos peligrosos 
arrecifes se prolongan a gran distancia por debajo del mar. Subi a bordo un prctico 
islands, y, tres horas ms tarde, fondeaba la Valkyria delante de Reykiavik, en la baha 
de Faxa. 
Entonces sali por fin el profesor de su camarote, algo plido y quebrantado, pero con 
el mismo entusiasmo de siempre y con la satisfaccin retratada en su semblante. 
Los habitantes de la ciudad, a quienes interesaba en extremo la llegada del buque, del 
que todos tenan algo que recoger, agrupronse en el muelle. 
Mi to se apresur a abandonar su presidio flotante, por no decir su hospital; pero, antes 
de dejar la cubierta de la goleta, llevme hasta la proa, y desde all, mostrndome con el 
dedo en la parte septentrional de la baha una elevada montaa, que remataba en dos 
picos un doble cono cubierto da nieves eternos, me dijo entusiasmado: 
-El Sneffels! Ah tienes el Sneffels! 
Y despus de haberme recomendado con un gesto que guardase el ms impenetrable 
silencio, baj al bote que nos aguardaba. Yo le segu cabizbajo y nuestros pies no 
tardaron en hollar el suelo de Islandia. 
De improviso, apareci un hombre de buena presencia, vestido de general. Sin 
embargo, no era ms que un sencillo magistrado, el gobernador de la isla, el seor barn 
de Trampe en persona. El profesor reconociolo al instante. Entregle las cartas que traa 
de Copenhague, y entablse entre ellos una corta conversacin en dans, en la cual no 
tom parte, como era natural. Esta primera entrevista di por resultado que el barn de 
Trampe se pusiese por completo a las rdenes del profesor Lidenbrock. 
El alcalde seor Finsen, no menos militar por su indumentaria que el gobernador, pero 
tan pacfico como ste, hubo de dispensar a mi to la ms favorable acogida. 
En cuanto al coadjutor, seor Pictursson, giraba a la sazn una visita pastoral a la 
regin septentrional de su dicesis, y tuvimos que renunciar, por lo pronto, al gusto de 
serle presentados. Pero, en cambio, trabamos conocimiento con un bellsimo sujeto, el 
seor Fridriksson, catedrtico de ciencias naturales de la escuela de Reykiavik, cuyo 
concurso nos fue de inestimable valor. Este modesto sabio slo hablaba el islands y el 
latn. Ofrecime sus servicios en el idioma de Horacio. y comprend en seguida que 

estbamos creados para comprendemos mutuamente. Y, en efecto, sta fue la nica 
persona con quien pude converar durante mi estancia en Islandia. 
--Como ves. querido Axel -hubo de decirme mi to-, todo va como una seda: lo ms 
difcil ya lo tenemos hecho. 
-Cmo lo ms difcil?-exclam yo estupefacto. 
-Pues claro: slo nos resta bajar! 
-Mirado desde ese punto de vista, tiene usted mucha razn; mas supongo que, despus 
de bajar, tendremos que subir nuevamente. 
-Bah! bah! Lo que es eso no me inquieta! Con que, manos a la obra, que no hay 
tiempo que perder. Me voy a la biblioteca. Tal vez se conserve en ella algn manuscrito 
de Saknussemm que me gustara consultar. 
-Entretanto, yo recorrer la ciudad. No piensa ustad visiitarla? 
-Oh! eso me interesa muy poco. Los curiosidades de Islandia no se encuentran sobre su 
superficie, sino debajo de ella. 
Sal y ech a andar sin rumbo fijo. 
No habra sido fcil perderse en las dos calles de Reykiavik de suerte que no tuve 
necesidad de preguntar a nadie el camino lo cual, hecho por signos, expone las ms de las 
veces a muchas equivocaciones. 
Se extiende la ciudad, en medio de dos colinas, sobre un terreno muy bajo y pantanoso. 
Una inmensa ola de lava la cubre por un lado y desciende hasta el mar en declive suave. 
Por el otro, se extiende la amplia baha de Faxa limitada por el Norte por el enorme 
ventisquero del Sneffels, y en la que, a la sazn, no haba fondeado ms buque que la 
Valkyria. De ordinario se hallan resguardados en ella los guardapescas ingleses y franceses, 
pero entonces se hallaban prestando servicio en las costas orientales de la isla. 
La calle ms larga de Reykiavik es paralela a la playa, y en ella se hallan instalados los 
mercaderes y negociantes, en cabaas de madera, hechas de vigas rojas horizontalmcnte 
dispuestas; la otra calle, situada ms al Oeste corre hacia un pequeo lago, pasando entre 
la casa del obispo y las de otros personajes extraos al comercio. 
No tard en recorrer aquellas calles sombras y tristes. A veces entrevea una mancha de 
csped descolorido, que semejaha una vieja alfombra de lana, rada a consecuencia del 
uso, o algo que pareca un huerto cuyas raras legumbres, patatas. coles y lechugas, slo 
eran dignas de una mesa lililputiense. Algunos alheles enfermizos pugnaban tambin por 
recibir algn rayo de sol. 
Hacia la mitad de la calle no ocupada por el comercio, encontr el cementerio pblico, 
rodeado de una tapia de adobes, el cual es bastante espacioso. Pocos pasos despus, 
encontrme delante de la casa del gobernador, que es una mala choza si se la compara 
con la casa Ayuntamiento de Hamhurgo: pero que resulta un palacio al lado de las 
cabaas en las cuales se aloja la poblacin islandesa. 
Entre la ciudad y el lago, elevbase la iglesia, edificada con arreglo al gusto protestante 
y construida con cantos calcinados que los volcanos arrojan. Las tejas coloradas de su 
techo seguramente se dispersaran por los aires, con vivo sentimiento de los fieles, al 
arreciar los vientos del Oeste. 
Sobra una eminencia inmediata vi la Escuela Nacional, donde, segn supe despus por 
nuestro husped, se enseaba el hebreo, el ingls, el francs y el dans, cuatro lenguas de 
las cuales no conoca una palabra, cosa que me llenaba de bochorno, pues hubiera sido el 
ms atrasado de los cuarenta alumnos matricuiados en el pequeo colegio, e indigno de 

acostarme con ellos en aquellos armarios de dos compartimientos donde otros ms 
delicados se asfixaran la primera noche. 
En tres horas recorr no slo la ciudad. sino sus alrededores tambin. Su aspecto general 
era singularmente triste. No haba rboles ni nada que mereciese el nombre de 
vegetacin. Por todas partes veanse picos de rocas volcnicas. Las cabaas de los 
islandeses estn hechas de tierras y de turba, y tienen sus paredes inclinadas hacia dentro. 
de suerte que parecen tejados colocados sobre al suelo. Empero estos tejados son praderas 
relativamente frtiles, pues, gracias al calor de las habitaciones, brota en ellos la hierba 
con bastante facilidad, siendo preciso segarla en la poca de la recoleccin para que los 
animales domsticos no pretendan pacer sobre estas verdes mansiones. 
Durante mi excursin, encontr muy pocas personas; mas cuando volv a pasar por la 
calle del comercio, vi que la mayora de la poblacin se hallaba ocupada en secar, salar y 
cargar bacalaos, que constituyen all el principal artculo de exportacin. Los hombres 
parecan vigorosos, pero tardos; una especie de alemanes rubios, de mirada pensativa, 
que se creen separados de la humanidad, infelices desterrados en aquellas heladas 
regiones, a quienes la Naturaleza hubiera debido hacer esquimales, ya que los conden a 
vivir dentro de los lmites del Crculo Polar Artico. Trat en vano de sorprender una 
sonrisa en sus rostros; rean a veces mediante una contraccin involuntaria de sus 
msculos; pero no sonrean jams. 
Sus vestidos consistan en una basta chaqueta de lana negra, conocida en todos los 
pases escandinavos con el nombre de vadmel, sombrero de amplias alas, pantaln 
orillado de rojo y unos trozos de cuero arrollados en los pies a manera de calzado. 
Las mujercs, de rostro triste y resignado, y cuyo tipo es bastante agradable, aunque 
carecen de expresin, usan una chaqueta y una falda de vadmel de color obscuro. Las 
solteras llevan sobre el trenzado cabello un gorrito de punto de color pardo, y las casadas 
se cubren la cabeza con un pauelo de color sobre el cual se colocan una especie de cofia 
blanca. 
Cuando, tras un largo paseo, regres a la casa del seor Fridriksson, mi to se 
encontraba ya en compaa de este ltimo. 
X 
La mesa estaba servida, y el profesor Lidenbrook, cuyo estmago pareca un abismo sin 
fondo, efecto de la dieta que a bordo haba sufrido, devor con avidez. La comida, ms 
danesa que islandesa, nada tuvo de notable; pero nuestro anftrin, ms islands que 
dans, me hizo recordar a los hroes de la antigua hospitalidad. Sin gnero alguno de 
duda, nos encontrbamos en su casa con ms libertad y confianza que l mismo. 
Se convers en islands, intercalando mi to algunas palabras en alemn y el seor 
Fridriksson otras en latn, para evitar que yo me quedase por completo en ayunas de lo 
que decan. Hablaron de cuestiones cientficas, como era natural tratndose de dos sabios; 
pero el profesor Lidenbrock guard la ms escrupulosa reserva, y sus ojos a cada frase 
recomendbanme el ms absoluto silencio en todo lo relativo a nuestros futuros 
proyectos. 
De repente, interrog el seor Fridriksson a mi to acerca de los resultados de las 
investigaciones por l practicadas en la biblioteca. 
-Vuestra biblioteca -exclam el profesor-, slo contiene libros descabalados en estantes 
casi vacos. 

-Cmo! -respondi el seor Fridriksson-, poseemos ocho mil volmenes, muchos de 
los cuales son ejemplares tan preciosos como raros, obras escritas en escandinavo 
antiguo, y todas las publicaciones nuevas que Copenhague nos enva anualmente. 
-De dnde saca usted esos ocho mil volmenes? Por mi cuenta... 
-Oh! seor Lidenbrock, esos libros andan recorriendo constantemente el pas. En 
nuestra pobre isla de hielo existe una gran aficin al estudio! No hay pescador ni labriego 
que no sepa leer, y todos leen. Opinamos que los libros, en vez de apolillarse tras una 
verja de hierro, lejos de las miradas de los curiosos, han sido escritos a impresos para que 
los lea todo el mundo. Por eso los de nuestra biblioteca van corriendo de mano en mano, 
son ledos una y cien veces, y tardan con frecuencia uno o dos aos en regresar a sus 
respectivos estantes. 
-Entretanto -respondi mi to con mal reprimido enojo-, los extranjeros... 
-Y qu le hemos de hacer! Los extranjeros poseen sus bibliotecas en sus respectivos 
pases, y, sobre todo, es preciso en primer trmino que nuestros compatriotas se 
instruyan. Se lo repito a usted, los islandeses tienen el amor al estudio inoculado en la 
sangre. En 1816 fundamos una Sociedad Literaria que funciona admirablemente, siendo 
muchos los sabios extranjeros que se honran con pertenecer a ella, Esta sociedad publica 
obras destinadas a educar a nuestros compatriotas y presta verdaderos servicios al pas. Si 
quiere ser usted uno de nuestros miembros correspondientes, nos har un gran honor, 
seor Lidenbrock. 
Mi to, que perteneca ya a un centenar de corporaciones cientficas, acept el 
ofrecimiento con tales muestras de agrado, que el seor Fridriksson sintise conmovido. 
-Ahora -dijo este ltimo-, tenga usted la bondad de indicarme qu libros esperaba 
encontrar en nuestra biblioteca, y tal vez me sea posible darle acerca de ellos algunas 
referencias. 
Mir a mi to, y vi que vacilaba en responder. Esto ataa directamente a sus proyectos. 
Sin embargo, despus de reflexionar un instante, decidise a hablar por fin. 
-Seor Fridriksson, quisiera saber si, entre las obras antiguas, poseis las de Arne 
Saknussemm. 
-Ame Saknussemm! -respondi el profesor de Reykiavik-. Se refiere usted a aquel 
sabio del siglo XVI que fue un gran alquimista, un gran naturalista y un gran explorador a 
la vez? 
-Precisamente. 
-Una de los glorias de la literatura y de la ciencia islandesas? 
-Sin duda de ningn gnero. 
-El ms ilustre de los hombres? 
-No tratar de negarlo. 
-Y cuya audacia corra pareja con su genio? 
-Veo que le conoce bien a rondo. 
Mi to no caba en s de jbilo al or hablar de su hroe de un modo tan encomistico, y 
devoraba con los jos al seor Fridriksson. 
-Y qu ha sido de sus obras? -preguntle, por fin, impaciente. 
-Ah! Sus obras no las tenemos! 
-Cmo! No estn en Islandia? 
-Ni en Islandia ni en ningn otro sitio. 
-Por qu? 

-Porque Arna Saknussemm fue perseguido como hereje, y quemadas, en 1573, sus 
obras en Copenhague por la mano del verdugo. 
-Bravo! Magnfico! -exclam mi to, con gran escndalo del profesor de ciencias 
naturales. 
-Qu dice usted? -murmur este ltimo. 
-S! Todo se explica, todo se aclara, todo se concatena. Ahora me explico por qu 
Saknussemm, al verse inscrito en al ndice y obligado a ocultar los descubrimientos de su 
genio, decidi sepultar su secreto en un incomprensible criptograma... 
-Qu secreto? -pregunt vivamente el seor Fridriksson. 
-Un secreto que... cuyo.. -balbuce mi to. 
-Pero es que posee usted algn documento especial? -replic el profesor islands. 
-No... Era una mera suposicin. 
-Bien -dijo el seor Fridriksson, que tuvo la bondad de no insistir al ver la turbacin de 
su interlocutor-. Espero que no se ausentar usted de la isla sin haber estudiado sus 
riquezas mineralgicas. 
-Naturalmente -respondi mi to-; pero llego algo tarde: otros sabios han pasado por 
aqu antes que yo. 
-En efecto, seor Lidanbrock; los trabajos de los seores Olafsen y Povelsen, 
ejecutados por orden del rey; los estudios da Troil; la misin cientfica de los seores 
Gaimard y Robert, a bordo de la corbeta francesa Recherche; y, por ltimo, las 
observaciones de los sabios embarcados en la fragata Reine Hortense, han contribuido 
poderosamente al conocimiento de Islandia. Pero, crame, hay an mucho que hacer. 
-Cree usted? -pregunt mi to con afectado candor, procurando moderar el brillo de su 
mirada. 
--Sin duda alguna! Existen numerosas montaas, ventisqueros y volcanes rnuy poco 
conocidos se es necasano estudiar. Sin ir ms lejos, mire usted ese monte que en el 
horizonte se eleva: es el Sneffels! 
S. seor; uno de los volcanes ms curiosos y cuyo crter raramente se visita. 
-Apagado? 
-Apagado hace ya quinientos aos. 
-Pues bien -respondi mi to, cruzando las piernas con fuerza para no saltar en cl aire-, 
deseo empezar mis estudios geolgicos por ese Saffel... o Fessel... cmo le llama usted? 
-Sneffels -respondi el excelente seor Fridriksson. Esta parte de la conversacin 
habase desarrollado en latn, de manera que me enter de todo, y tuve que contenerme 
para no soltar el trapo a rer al ver cmo mi to contena su satisfaccin que pugnaba por 
escaprsele por todas partes adoptando un aire candoroso que pareca la mueca de un 
diablo. 
-S --dijo-, sus palabras de usted me deciden; procuraremos escalar ese Sneffels, y hasta 
estudiar su crter tal vez. 
-Siento en el alma -dijo el seor Fidriksson- que mis ocupaciones no me permitan 
ausentarme; porque, de lo contrario, les acompaara con gusto y con provecho. 
-Oh, no. no! -respondi vivamente mi to-; no queremos molestar a nadie, seor 
Fridrksson; se lo agradezco infinito. La presencia de un sabio como usted nos hubiera 
sido muy til; pero los deberes de su profesn... 
Inclnome a creer que nuestro husped, en la inocencia de su alma islandesa, no 
comprendi la grosera malicia de mi to. 

-Apruebo, seor Lidenbrok -respond-, que comience usted por ese volcn, donde 
cosechar gran nmero de observa ciones curiosas. Pero, dgame, cmo piensa usted 
llegar a la pennsula de Sneffels? 
-Atravesando por mar la baha. Es el camino ms rpido. -Sin duda, pero no es posible 
seguirlo. 
-Por qu? 
Porque en Reykiavik no existe un solo bote. 
-Demonio! 
-Tendr usted que ir por tierra, contorneando la costa, lo que ser ms largo, pero ms 
interesante. 
-Bueno. Ver de procurarme un gua. 
Precisamente puedo ofrecerle a usted uno. 
-Un hombre inteligente y fiado? 
-S, un habitante de la pennsula. Es un hbil cazador do gansos, del cual quedar usted 
satisfecho. Habla perfectamente el dans. 
-Y cundo podr verle? 
-Maana, si usted quiere. 
-Por qu no hoy mismo? 
-Porque hasta maana no llega. 
-Hasta maana! -exclam mi to, dando un profundo suspiro. 
Esta importante conversacin termin algunos instantes despus dando el profesor 
alemn las ms expresivas gracias al profesor islands. 
Durante la comida, mi to acababa de saber cosas en extremo importantes, entre otras la 
historia de Saknussemm, la razn de su misterioso documento, que el seor Fridriksson 
no le acompaara en su expedicin y que desde el da siguiente podra contar ya con un 
gua a sus rdenes. 
XI 
Al anochecer di un corto paseo por las playas de Reykiavik, y me recog temprano, 
acostndome en mi cama de gruesas tablas, en donde me dorm profundamente. 
Cuando rne despert, o que mi to charlaba por los codos en la habitacin inmediata. 
Vestme a toda prisa y fui a reunirme con l. 
Conversaba en dinamarqus con un hombre de elevada estatura y constitucin vigorosa; 
un mocetn que deba hallarse dotado de unas fuerzas hercleas. Sus ojos soadores y 
azules parecironme inteligentes y sencillos. Su voluminosa cabeza hallbase cubierta 
por una larga cabellera de un color que hubiera pasado por rojo hasta en la misma 
Inglaterra y que caa sobre sus espaldas atlticas. Aunque sus movimientos eran fciles, 
mova poco los brazos, cual hombre que ignora o desdea el lenguaje de los gestos. Todo 
en l revelaba temperamento perfectamente sosegado; tranquilo, aunque no indolente. Se 
vea claramente que no peda nada a nadie, que trabajaba cuando le convena, y que, dada 
la calma con que se tomaba las cosas, era fcil que nada le causase sorpresa ni sobresalto. 
Comprend su manera de ser por el modo como escuchaba el islands la apasionada 
facundia de su interlocutor. Permaneca inmvil y con los brazos cruzados ante los 
mltiples gestos de mi to; para negar, mova la cabeza de izquierda a derecha, y, para 
afirmar, la inclinaba; apenas se mova; era la economa del movimiento llevada hasta la 
avaricia. 

La verdad es que, al ver a aquel hombre, no hubiera adivinado jams su profesin de 
cazador; a buen seguro que no espantara la caza; mas, cmo la buscaba? 
Todo me lo expliqu, sin embargo, cuando supe por el seor Fridriksson que aquel 
tranquilo personaje slo se dedicaba a la caza del ganso llamado eidero, cuyo plumn 
constituye la principal riqueza de la isla. En efecto, para recoger esta pluma, que se llama 
edredn, no es preciso desplegar una activldad asombrosa. 
En los primeros das del verano, la hembra de este ganso. notable por su extraordinaria 
belleza, construye su nido entre las rocas de los fiordosque tanto abundan en las costas de 
la isla. Una vez construido su nido, lo forra con finsimas plumas que del vientre se 
arranca ella misma. En seguida llega el cazador, o, por mejor decir, el cosechero, se 
apodera del nido y se ve precisada el ave a comenzar de nuevo su trabajo, y la operacin 
se repite mientras aqulla conserva algn plumn. Cuando lo agota del todo, le llega la 
vez al macho de despjarse del suyo; slo que, como la pluma de ste es dura y grosera, y 
carece de valor comercial, no se toma el cazador la molestia de robarle el lecho de sus 
pequeuelos, y el nido se concluye por fin. Pone la hembra sus huevos, nacen los pollos 
despus, y reandase al ao siguiente la cosecha del edredn. 
Ahora bien, como estas aves no eligen para la construccin de sus nidos las rocas 
escarpadas, sino las de pendiente suave que van a perderse en el mar, el cazador islands 
poda ejercer su oficio sin darse mucho trabajo. Era un labrador que slo tena que 
recolectar la mies, sin necesidad de sembrarla ni cortarla. 
Este personje grave, silencioso y flemtico llambase Hans Bjelke, y vena 
recomendado por el seor Fridriksson. Era nuestro futuro gua. 
Sus maneras contrastaban singularmente con las de mi to. 
Esto no obstante, entendironse fcilmente. Ni uno ni otro repararon en el precio: el 
uno, dispuesto a aceptar lo que le ofreciesen, y el otro, decidido a dar lo que le pidieran. 
Jams se cerr trato alguno con tanta facilidad. 
En virtud de lo acordado, comprometise Hans a conducirnos a la aldea de Stapi, 
situada en la costa meridional de la pennsula de Sneffels, al pie del mismo volcn. Era 
preciso recorrer unas 22 millas por tierra, en lo cual emplearamos dos das, segn 
opinin de mi to. 
Pero, cuando se enter de que se trataba de millas dinamarquesas, de 24.000 pies, tuvo 
que rehacer sus clculos y contar con que emplearamos siete a ocho das en hacer aquel 
recorrido, dado el psimo estado de las vas de comunicacin. 
Hans, que, segn su costumbre, ira a pie, deba facilitar cuatro caballos: uno para mi 
to, otro para m y dos para el transporte de nuestra impedimenta. Perfecto conocedor de 
aquella parte de la costa, prometi conducirnos por el camino ms corto. 
Su compromiso con mi to no expiraba a nuestra llegada a Stapi; sino que permanecera 
a su servicio todo el tiempo que exigiesen nuestras excursiones cientficas, mediante una 
retribucin de tres rixdales semanales. Pero se estipul expresamente que esta suma sera 
abonada a Hans los sbados por la noche, condicin sine qua non de su compromiso. 
Fijse la partida para el da 16 de junio. Quiso mi to entregar al cazador las arras del 
contrato; pero ste las rechaz con una sola palabra. 
-Efter -dijo secamente. 
Despus la tradujo el profesor en voz alta, para que me enterase. 
Una vez cerrado el trato, retirse nuestro gua, sin mover ms que las piernas, cual si 
fuese de una sola pieza. 

-He aqu un hombre famoso -exclam- mi to al verle ir-; pero lo que menos sospecha 
es el maravilloso papel que el porvenir le reserva. 
-Nos acompaar hasta...? 
-S, hasta el centro de la tierra. 
An tenan que transcurrir cuarenta y ocho horas, que, con harto sentimiento mo, me vi 
precisado a invertir en los preparativos de marcha. Pusimos nuestros cinco sentidos y 
potencias en disponer cada objeto del modo ms ventajoso: los instrumentos a un lado, 
las armas al otro, las herramientas en este paquete, los vveres en aquel otro, agrupndolo 
todo en cuatro divlsiones principales. 
Los instrumentos eran: 
l .. Un termmetro centgrado de Eigel, graduado hasta 150, lo cual me pareci 
demasiado e insuficiente. Demasiado, si el calor del ambiente haba de alcanzar esta 
temperatura, pues en semejante caso pereceramos asados. Insuficiente, si se trataba de 
medir la temperatura de los manantiales o de cualquier otra materia en fusin. 
2.. Un manmetro de aire comprimido, dispuesto de manera que marcase las presiones 
superiores a las de la atmsfera al nivel del mar, toda vez que, debiendo aumentar la 
presin atmosfrica a medida que descendisemos bjo la superficie de la tierra, el 
barmetro ordinario no sera suficiente. 
3.. Un cronmetro de Boissonnas el menor, de Ginebra, perfectamente arreglado al 
meridiana de Hamburgo. 
4.. Los brjulas de inclinacin y de declinacin. 
5.. Un antejo para observaciones nocturnas. 
6.. Los aparatos de Ruhmkorff, que, mediante una corriente elctrica, daban una luz 
porttil, muy segura y poco embarazosa. 
Las armas consistan en dos carabinas de Purdley More y Compaa, y dos revlveres 
Colt. Qu objeto tenan estas armas? Supongo que no tendramos que habrnoslas con 
salvajes ni animales feroces. Pero mi to pareca mirar con el mismo cario su arsenal que 
sus instrumentos, y especialmente una buena cantidad de algodn plvora inalterable a la 
humedad, cuya fuerza explosiva es notablemente superior a la de la plvora ordinaria. 
Como herramientas llevbamos dos picos, dos azadones, una escala de seda, tres 
bastones herrados, un hacha, un martillo, una docena de cuas y armellas de hierro, y 
largas cuerdas con nudos de trecho en trecho. Todo junto formaba un voluminoso fardo, 
pues la escala meda trescientos pies de longitud. 
El paquete que contena las provisiones no era demasiado grande; pero esto no me 
preocupaba, pues saba que encerraba una cantidad de carne concentrada y galleta 
suficiente para alimentarnos seis meses. El nico liquido que llevbamos era ginebra, con 
absoluta exclusin de toda agua: pero bamos provistos de calabazas, y mi to contaba 
con encontrar manantiales en donde llenarlas, siendo intiles cuantas observaciones le 
hice relativas a su calidad, a su temperatura y hasta sobre su ausencia absoluta. 
Para completar la nomenclatura exacta de nuestros artculos de viaje, har mencin de 
un botiqun porttil que contena unas tijeras de punta redonda, tablillas para fracturas, 
una pieza de cinta de hilo crudo, vendas y compresas, esparadrapo, y una lanceta para 
sangrar, cosas que ponan los pelos de punta. Llevbamos, adems, una serie de frascos 
que contenan dextrina, rnica, acetato de plomo lquido, ter, vinagre y amonaco, 

drogas todas cuyo empleo no era muy deseable por cierto. Por ltimo, no faltaban 
tampoco los ingredientes necesarios para los aparatos de Ruhmkorff. 
Tampoco olvid mi to el aprovisionarse de tabaco, de plvora de caza y de yesca, ni un 
cinturn de cuero, que llevaba ceido a los riones, y encerraba una buena cantidad de 
monedas de oro y plata, y de billetes de banco. En el grupo de las herramientas figuraban 
tambin seis pares de zapatos de excelente calidad, impermeabilizados merced a una capa 
de alquitrn y goma elstica. 
-Equipados, vestidos y calzados de esta suerte -me dijo, al fin, mi to-, no existe 
ninguna razn que nos prive de llegar a la meta. 
Todo el da 14 lo empleamos en arreglar estos diversos objetos. Por la tarde, comimos 
en casa del barn de Trampe, en compaa del alcalde de Reykiavik y del doctor 
Hyaltalin, el mdico ms clebre de la isla. El seor Fridriksson no se hallaba entre los 
invitados; pero supe ms tarde quc el gobernador y l hallbanse en desacuerdo acerca de 
una cuestin administrativa, por lo que no se trataban. No tuve, pues, ocasin de 
comprender ni una palabra de nada de lo que se dijo durante aquella comida semioficial; 
pero observ que mi to no ces de hablar un momento. 
Al da siguiente, 15, quedaron terminados todos los preparativos. El seor Fridriksson 
prest a mi to un gran servicio regalndole un mapa de Islandia incomparablemente ms 
perfecto que el de Henderson: el mapa de Olaf Nikols Olsen, hecho en escala de 
1/480.000, y editado por la Sociedad Literaria Islandesa, con sujecin a los trabajos 
geodsicos del seor Scheel Frisac y la nivelacin topogrfica del seor Bjorn 
Gumlaugsonn. Era un documento precioso para un mineralogista. 
Pasamos la ltima velada en ntima conversacin con el seor Fridriksson, que me 
inspiraba una ntima simpata. A la charla, despus, sigui un sueo bastante agitado, al 
menos por parte ma. 
A las cinco de la maana despertronme los relinchos de cuatro caballos que bajo mi 
ventana piafaban. 
-Vestme a toda prisa y baj en seguida a la calle, donde Hans estaba acabando de 
cargar nuestra impedimenta, movindose lo menos posible, aunque dando muestras de 
poseer una extraordinaria destreza. Haca mi to ms ruido del que era necesario; pero el 
gua prestaba, al parecer, poca o ninguna atencin a sus recomendaciones, 
A las seis, estaba todo listo. El seor Fridriksson nos estrech las manos. Mi to le dio, 
en islands, las gracias ms expresivas por su amable hospitalidad. Yo, por mi parte, le 
salud cordialmente en mi latn macarrnico. Montamos a caballo, y el seor Fridriksson 
espetme con su ltimo adis este verso de Virgilio, que pareca hecho expresamente 
para nosotros, pobres vijeros que mirbamos con incertidumbre el camino: 
El quacumque viam dederit fortuna sequamur. 
XII 
Habamos partido con el tiempo cubierto, pero fijo. No haba que temer calores 
enervantes ni lluvias desastrosas. Un tiempo a propsito para hacer excursiones de recreo. 
El placer de recorrer a caballo un pas desconocido me hizo sobrellevar fcilmente el 
principio de la empresa. Entregume por completo a las delicias que la Naturaleza nos 
ofrece, ya que no tena libertad para disponer de m mismo. Empec a tomar mi partido y 
a mirar las cosas con calma. 

Despus de todo preguntbame a m mismo, que es lo que arriesgo yo con vijar 
por el pas ms curioso del mundo, y escalar la montaa ms notable de la tierra? Lo peor 
es el tener que descender al fondo de un crter apagado. Sin embargo, no cabe duda 
alguna que Saknussemm hizo lo mismo. En cuanto a la existencia de un tnel que 
conduce al centro del globo... eso es pura fantasa! Por consiguiente, lo mejor ser 
aprovecharse de todo lo bueno que haya en la expedicin. y poner buena cara al mal 
tiempo. 
Apenas haba terminado de hacer estos raciocinios, cuando salimos de Reykiavik. 
Hans marchaba a la cabeza, con paso rpido, uniforme y continuo. Seguanle los dos 
caballos que llevaban nuestra impedimenta, sin que fuese necesario guiarlos. Por ltimo, 
marchbamos mi to y yo, y a la verdad que no hacamos muy mala figura montados en 
aquellos animalitos vigorosos, a pesar de su carta alzada. 
Es Islandia una de las grandes islas de Europa ; mide 1.400 millas de superficie y slo 
tiene 60.000 habitantes. Los gegrafos la han dividido en cuatro regiones, y tenamos que 
atravesar casi oblicuamente la llamada Pas del Sudoeste, Sudvestr Fjordngr. 
Al salir de Reykiavik, guinos Hans por la orilla del mar, marchando sobre pastos muy 
poco frondosos que pugnaban por parecer verdes sin poder pasar de amarillos. Las 
rugosas cumbres de las masas traquticas esbozbanse en el horizonte, entre las brumas 
del Este; a veces, algunas manchas de nieve, concentrando la luz difusa resplandecan en 
las vertientes de las cimas lejanas; ciertos picos ms osados que otros, atravesaban las 
nubes grises y reaparecan despus por encima de los movedizos vapores, cual escollos 
que emergiesen en las llanuras etreas. 
Con frecuencia, aquellas cadenas de ridas rocas avanzaban una punta hacia el mar, 
mordiendo la pradera sobre la cual caminbamos; pero siempre quedaba espacio 
suficiente para poder pasar. Nuestros caballos elegan instmtivamente los lugares ms 
propicios sin retardar su marcha jams. Mi to no tena ni el consuelo de excitar a su 
cabalgadura con el ltigo a la voz; estbale vedada la impaciencia. Yo no poda evitar el 
sonreirme al contemplarle tan largo montado en su jaquilla; y, como sus desmesuradas 
piernas rozaban casi el suelo, pareca un centauro de seis pies. 
-Magnfico animal! -me deca-. Ya vers, Axel, cmo no existe ningn bruto que 
aventaje en inteligencia al caballo islands; ni nieves, ni tempestades, ni rocas, ni 
ventisqueros.. no hay nada que le detenga. Es sobrio, valiente y seguro. Jams da un paso 
en falso ni recula. Cuando tengamos que atravesar algn fiordo o algn ro, ya le vers 
arrojarse al agua sin titubear, lo mismo que un anfibio, y llegar a la orilla opuesta. Mas no 
los hostiguemos; dejmosles camtnar a su albedro, y ya vers cmo hacemos nuestras 
diez leguas diarias. 
-Nosotros no cabe duda, pero el gua... 
-No te inquietes por el gua. Estas gentes caminan sin darse cuenta de ello. Este nuestro, 
se mueve tan poco, que no debe fatigarse. Adems, si es preciso, yo le ceder mi 
montura. As como as, si no me muevo un poco, pronto me acometern los calambres. 
Los brazos van muy bien, pero no hay que echar en olvido las piernas. 
Avanzbamos con paso rpido, y el pas iba estando ya casi desierto. De trecho en 
trecho apareca el margen de una hondonada, cual pobre mendigante, alguna granja 
aislada, algn ber solitario, hecho de madera, tierra y lava. Estas miserables chozas 
parecan implorar la caridad del transcnte y daban ganas de darles una limosna. En aquel 

pas no hay caminos, ni tan siquiera senderos, y la vegetacin, a pesar de ser tan lenta, no 
tarda en borrar las huellas de los escasos viajeros. 
Sin embargo. esta parte de la provincia, situada a dos pasos de la capital, es una de las 
porciones ms pobladas y cultivadas de Islandia. Jzguese lo que sern las regiones 
desbabitadas de aquel desierto! Hiabamos recorrido ya media milla sin haber encontrado 
ni un labriego sentado a la puerta de su cabaa. ni un pastor salvaje apacentando un 
rebao menos salvje que l: tan slo habamos visto algunas vacas y carneros 
completamente abandonados. Qu seran las regiones trastornadas, removidas por los 
fenmenos eruptivos. hijas de las explosiones volcnicas y de las conmociones 
subterrneas? 
Destinados nos hallbamos a conocerlas ms tarde: pero, al consultar el mapa do Olsen, 
vi que siguiendo los tortuosos contornos de la playa nos apartbamos de ellos, toda vez 
que el gran movimiento plutnico se ha concentrado espccialmente en el interior de la 
isla. donde las capas horizontales de rocas sobre puestas, llamadas en escandinava trapps, 
las fajas traquticas, las erupciones de basalto. de toba y de todos los conglomerados volcnicos, 
las corrientcs de lava y de prfido en fusin, han formado un pas que inspira un 
horror sobrenatural. Entonces no sospechaba el espectculo que nos esperaba en la 
pennsula del Sneffels, en donde estos residuos de naturalcza volcnica forman un caos 
espantoso. 
Dos horas despus de nuestra salida de Reykiavik, llegarnos a la villa de Gufunes. 
llamada aoalkirkja o iglesia principal. que no ofrece cosa alguna de notable. Slo tiene 
alegnas casas que no bastaran para formar un lugarejo alemn. 
Hans se detuvo all media hora, aproximadamente, comparti con nosotros nuestro 
frugal almuerzo. respondi con monoslabos a las preguntas de mi to relativas a la 
naturaleza del camino, y cuando le pregunt dnde tena pensada que passemos la 
noche, respondi secamente. 
-Gardr. 
Consult el mapa para ver lo que era Gardr, y viendo un casero de este nombre a 
orillas del Hvalfjrd, a cuatro millas de Reykiavik, mostrselo a mi to. 
-Cuatro millas nada m s! --exclam-. Tan slo cuatro millas de las veintids que 
tenemos que andar! Es un bonito paseo! 
Quiso hacer una observacin al gua; pero ste, sin escucharle, volvi a ponerse delante 
de los caballos y emprendi de nuevo la marcha. 
Tres horas ms tarde, sin dejar nunca de caminar sobre el descolorido csped, tuvimos 
que contornear el Kollafjrd. rodeo ms fcil y rpido que la travesa del golfo. No 
tardamos en entrar en un pingtaoer, lugar de jurisdiccin comunal, nombrado Ejulberg, y 
cuyo campanario habra dado las doce del da si las iglesias islandesas hubiesen sido lo 
suficientemente ricas para poseer relojes: pero, en esto, se asemejan a sus feligreses, que 
no tienen reloj y se pasan perfectamente sin l. 
All dimos descanso a los caballos, los cuales, tomando despus por un ribazo 
comprendido entre una cordillera y el mar, llevronnos de un tirn al aoalkirkja de 
Brantar y una mil ms adelante. a Saurber annexia, iglesia anexia, situada en la orilla 
Sur del Hvalfjrd. Eran a la sazn las cuatro de la tarde y habamos avanzado cuatro 
millas. 
El fiordo en aquel punto tena de longitud media milla por lo menos; las alas se 
estrellaban con estrpito sobre las agudas rocas. Este golfo se abra entre murallas de 

piedra cortadas a pico, de tres mil pies de elevacin. y notables por sus capas obscuras 
quc separaban los lechos de toba de un matiz rojizo. Por muy grande quc fuese la 
inteligencia de nuestros caballos, no me hacia mucha gracia el tener que atravesar un 
verdadero brazo de mar sobre el lomo de un cuadrpedo. 
-Si realmcnte son tan inteligentes, no tratarn de parar -dije yo-. En todio caso, yo me 
encargo de suplir su falta de inteligencia. 
Pero mi to no quera esperar y hostig su caballo hacia la orilla. El animal fue a 
husmear la ltima ondulacin de las olas y detvose. El profesor, que tambin tena su 
instinto, quiso obligarlo a pasar: pero el bruto negse a obedecerle, moviendo la cabeza. 
A los juramentos y latigazos de mi to contest encabritndose la bestia, faltando poc 
para que despidiese al jinete: y por fin el caballejo, doblando los corvejones, escurrise 
de entre las piernas del profesor, dejndole plantado sobre dos piedras de la orlla como el 
coloso do Rodas. 
-Ah! maldito animal! -exclam encolerizado el jinete transformado inopinadamente 
en peatn, y avergonzado como un oficial de caballera que se viese convertido en infante 
de improviso. 
-Farja --dijo nuestro gua, tocndole en el hombro. 
-Cmo! Una barca? 
-Der -respondi Hans mostrndole una embarcacin. 
-S -exclam yo-, hay una barca. 
-Pues, hombre, haberlo dicho! Est bien, prosigamos. 
-Tidvatten -replic el gua. 
-Qu dice? 
-Dice marea-respondi mi to, traducindome la palabra danesa. 
-Ser, sin duda, preciso esperar a que crezca la marea? 
-Frbida? -pregunt mi to. 
-Ja -respondi Hans. 
El profesor golpe el suelo con el pie, en tanto que los caballos diriganse hacia la 
barca. 
Comprend perfectamente la necesidad de esperar, para emprender la travesa del 
fiordo, ese instante en que la mrea se para, despus de haber alcanzado su mxima 
altura. Entonces el flujo y reflujo no ejercen accin alguna sensible, y no hay, por tanto, 
peligro de que la barca sea arrastrada por la corriente ni hacia el fondo del golfo, ni hacia 
el mar. 
Hasta las seis de la tarde no lleg el momento propicio; y, a esta hora, mi to, yo, el 
gua, dos pasajeros y los cuatro caballos nos instalamos en una especie de barca del fondo 
plano, bastante frgil. Como estaba acostumbrado a los barcos a vapor del Elba, 
parecironme los remos de los barqueros un procedimiento anticuado. Echamos ms de 
una hora en atravesar el fiordo; pero lo pasamos, al fin, sin accidente ninguno. 
Media hora despus llegbamos al aoalkirkja de Gard. 
XIII 
Ya era hora de que fuese de noche: pero en el paralelo 65, la claridad diurna de las 
regiones polares no deba causarme asombro: en Islandia no se pone el sol durante los 
meses de junio y julio. 

La temperatura, no obstante, haba descendido; senta fro, y, sobre todo, hambre. Bien 
haya el ber que abri para recibirnos sus hospitalarias puertas! 
Era la mansin de un labriego, pero, por lo que a la hospitalidad se refiere, no le iba en 
zaga a ningn palacio real. A nuestra llegada vino el dueo a tendernos la mano, y, sin 
ms ceremonias, nos hizo seas pare que le siguisemos. 
Y le seguimos, en efecto, cada vez que acompaarle hubiera sido imposible. Un 
corredor largo, estrecho y obscuro daba acceso a esta cabaa, construida con maderos 
apenas labrados, y permita llegar a todas sus habitaciones, que eran cuatro: la cocina, el 
taller de tejidos, la badstofa, alcoba de la familia, y la destinada a los huspedes, que era 
la mejor de todas. Mi to, con cuya talla no se haba contado al construir la cabaa, di en 
tres o cuatro ocasiones con la cabeza contra las vigas del techo. 
Introdujronnos en nuestra habitacin, que era una especie de saln espacioso, de suelo 
terrizo, y que reciba la luz a travs de una ventana cuyos vidrios estaban hechos de 
membranes de carnero bien poco transparentes. 
Consistan las camas en un poco de heno seco, amontonado sobre los bastidores de 
madera pintada de rojo y ornamentada con sentencias islandesas. No esperaba yo 
ciertamente tanta comodidad; pero, en cambio, reinaba en el interior de la casa un 
penetrante olor a pescado seco, a carne macerada y a leche agria que repugnaba de un 
modo extraordinario a mi olfato. 
Cuando nos hubimos desembarazado de nuestros arreos de viaje, omos la voz del 
dueo de la casa que nos invitaba a pasar a la coc:ina, nica pieza en que se encenda 
lumbre, hasta en los mayores fros. 
Mi to se apresur a obedecer la amistosa invitacin, y yo le segu al momento. 
La chimenea de la cocina era de antigun modelo: el hogar consista en una piedra en el 
centro de la habitacin, con un agujero en el techo por el cual se escapaba el humo. Esta 
cocina serva de comedor al mismo tiempo. 
Al entrar, nuestro husped, como si no nos hubiese visto hasta entonces, saludnos con 
le palabra soellvertu, que significa "sed felices'", y nos bes en las mejillas. 
A continuacin, su esposa pronunci las mismas palabras, acompaadas de igual 
ceremonial; y despus, los dos esposos. colocndose la mano derecha sobre el corazn, se 
inclinaron profundamente. 
Me apresuro a decir que la islandesa era madre de diez y nueve hijos, todos los cuales. 
as los grandes como los pequeos, corran y saltaban en medio de los torbellinos de 
humo que llenaban la estancia. A cada instante vea salir de entre aquella nie bla una 
cabecita rubia y un tanto melanclica. Habrase dicho que formaban un coro de ngeles 
insuficientemente aseados. 
Mi to y yo dispensamos una excelente acogida a aquella abundante parva, y al poco 
rato tenamos tres o cuatro de ellos sobre nuestras espaldas, otros tantos sobre nuestras 
rodillas y el resto entre nuestras piernas. Los que ya saban hablar, repetan soellvertu en 
todos los tonos imaginables, y los que an no haban aprendido, gritaban con todas sus 
fuerzas. 
El anuncio de la comida interrumpi este concierto. En este momento entr el cazador 
que vena de tomar sus medidas para que los caballos comiesen, es decir, que los haba 
econmicamente soltado en el campo, donde los infelices animales tendran que 
contentarse con pacer el escaso musgo de las rocas y algunas ovas bien poco nutritivas; lo 

cual no sera obstculo, para que, al da siguiente, viniesen voluntariamente a reanudar, 
sumisos, el trabajo de la vspera. 
- Soellvertu -dijo Hans al entrar. 
Despus, tranquilamente, automticamente, sin que ninguno de los sculos fuese ms 
acentuado que cualquiera de los dems, bes al dueo de la casa, a su esposa y a sus diez 
y nueve hijos. 
Terminada la ceremonia, nos sentamos a la mesa en nmero de veinticuatro, y por 
consiguiente, los unos sobre los otros en el verdadero sentido de la expresin. Los ms 
favorecidos slo tenan sobre sus rodills dos muchachos. 
La llegada de la sopa hizo reinar el silencio entre la gente menuda, y la taciturnidad 
caracterstica de los islandeses, incluso entre los muchachos, recobr de nuevo su 
imperio. Nuestro husped sirvinos una sopa de liquen que no era desagradable, y 
despus, una enorme porcin de pescado seco, nadando en mantequilla agria, que tena lo 
menos veinte aos. y muy preferible. por consiguiente, a la fresca, segn las ideas 
gastronmicas de Islandia. Haba adems skyr , especie de leche cuajada y sazonada con 
jugo de hayas de enebro. En fin, para beber, ofrecinos un brebje, compuesto de suero y 
agua, conocido en el pas con el nombre de blanda. No s si esta extraa comida era o no 
buena. Yo tena buen hambre y, a los postres, me di un soberbio atracn de una espesa 
papilla de alforfn. 
Terminada la comida, desaparecieron los nios, y las personas mayores rodearon el 
hogar donde ardan brezos, turba, estircol de vaca y huesos de pescado seco. Despus de 
calentarse de este modo, los diversos grupos volvieron a sus habitaciones respectivas. La 
duea de la casa ofrecise, segn era costumbre, a quitarnos los pantalones y medias; 
pero renunciamos a tan estimable honor, dndole, sin embargo, las gracias del modo ms 
expresivo; la mujer no insisti, y pude, al fin, arrojarme sobre mi cama de heno. 
Al da siguiente, a las cinco, nos despedimos del campesino islands, costndole gran 
trabjo a mi to el hacerle aceptar una remuneracin adecuada, y di Hans la seal de 
partida. 
A cien pasos de Gardr, el terreno empez a cambiar de aspecto, hacindose pantanoso 
y menos favorable a la marcha. Por la derecha, la serie de montaas prolongbase 
indefinidamente como un inmenso sistema de fortificaciones naturales cuya 
contraescarpa seguamos, presentndose a menudo arroyuelos que era preciso vadear sin 
mojar demasiado la impedimenta. 
El pas iba estando cada vez ms desierto; sin embargo, aun a veces alguna sombra 
humana pareca huir a lo lejos. Si las revueltas del camino nos acercaban inopinadamente 
a uno de estos espectros, senta yo una invencible repugnancia a la vista de una cabeza 
hinchada, una piel reluciente, desprovista de cabellos, y de asquerosas llagas que dejaban 
al descubierto los grandes desgarrones de sus miserables harapos. 
La desdichada criatura, lejos de tendernos su mano deformada, alejbase; pero no tan 
de prisa que Hans no tuviese tiempo de saludarla con su habitual sallvertu. 
-Spetelsk -deca despus. 
-Un leproso! -repeta mi to. 
Tan slo la palabra produce de por s un efecto repulsivo. Esta horrible afeccin de la 
lepra es bastante comn en Islandia. No es contagiosa, pero s hereditaria, y por eso a 
estos desgraciados les est prohibido el casarse. 

Estas apariciones no eran las ms a propsito para alegrar el paisaje cuya tristeza se 
haca ms profunda a cada instante. Los ltimos copetes de hierba acababan de morir 
debajo de nuestros pies. No se vea ni un rbol, pues ni merecan tal nombre algunos abedules 
enanos que ms parecan malezas. Aparte de algunos caballos que erraban por las 
tristes llanuras, abandonados por sus amos que no los podan mantener, tampoco se vean 
animales. De vez en cuando cernase un halcn entre las nubes grises, y hua rpidamente 
hacia las regiones del Sur. Yo me dej arrastrar por la melancola de quella naturaleza 
salvje y mis recuerdos condujromne a mi pas natal. 
Hubo despus que cruzar algunos pequeos fordos que carecan de importancia, y, por 
ltimo, un verdadero golfo; la marea, parada a la sazn, nos permiti pasarlo y llegar al 
casero de Alftanes, una milla ms all. 
Al anochecer, despus de haber vadeado dos ros donde abundaban las truchas y los 
sollos, el Alfa y el Heta, nos vimos precisados a hacer noche en una casucha ruinosa y 
abandonada, digna de estar habitada por todos los duendes y espritus de la mitologa 
escandinava. Sin duda alguna, el genio del fro haba fijado en l su residencia, pues hizo 
de las suyas toda la noche. 
Durante la jornada inmediata no ocurri ningn incidente especial. Siempre el mismo 
terreno pantanoso, la misma fisonoma triste, la misma uniformidad. Al llegar la noche 
habamos recorrido la mitad de la distancia total, y pernoctamos en el anejo de Krsolbt. 
El 10 de junio recorrimos una milla, sobre poco ms o menos, por un terreno de lava. 
Esta disposicin del suelo se llama en el pas hraun. La lava arrugada de la superficie 
afectaba la forma de calabrotes, unas veces prolongados, otras veces adujados. De las 
montaas vecinas descendan inmensas corrientes, ya solidificadas, de lava, procedentes 
de volcanes, actualmente apagados, pero cuya violencia pasada pregonaban estos 
vestigios. Esto no obstante, los humos de algunos manantiales calientes elevbanse de 
distancia en distancia. 
Faltbanos el tiempo para observar estos fenmenos; era necesario avanzar, y los 
cascos de nuestros caballos no tardaron en hundirse de nuevo en terrenos pantanosos, 
sembrados de pequeas lagunas. Marchbamos a la sazn hacia el Oeste, despus de 
haber rodeado la gran baha de Faxa, y la doble cima blanca del Sneffels erguase entre 
las nubes a menos de cinco millas. 
Los caballos marchaban bien, sin que les detuvieran las dificultades del suelo. Yo 
empezaba a sentirme fatigado, mas mi to permaneca firme y derecho como el primer 
da, inspirndome una sincera admiracin, lo mismo que el cazador, que consideraba 
aquella expedicin como un sencillo paseo. 
El sbado 20 de junio, a las seis de la tarde, llegamos a Bdir, aldea situada a la orilla 
del mar, y el gua reclam el salario convenido. Mi to pagle en el acto. 
Aqu fue la familia misma de Hans, es decir, sus tos y primos, quienes nos hospedaron 
en su casa. Fuimos muy bien recibidos, y, sin abusar de la amabilidad de aquellas buenas 
gentes, de buena gana hubiera permanecido en su compaa algn tiempo con objeto de 
reponerrne de las fatigas del viaje; pero mi to, que no experimentaba necesidad de 
descanso, no lo entendi de igual modo, y a la maana siguiente no hubo otra solucin 
que montar nuevamente nuestras pobres cabalgaduras. 
El suelo se encontraba afectado por la proximidad de la montaa, cuyas races de 
granito salan de la tierra cual las de una vieja encina. bamos contorneando la base del 
volcn. El profesor no le perda de vista; gesticulaba sin cesar y pareca desafiarle y 

decirle He aqu el gigante que voy a sojuzgar!. Por fin, despus de veinticuatro horas 
de marcha, detuvironse espontneamente los caballos a la puerta de la rectora de Stapi. 
XIV 
Es Stapi un lugarejo compuesto de unas treinta chozas, edificado sobre un mar de lava, 
bjo los rayos del sol reflejados por el volcn. Extindese en el fondo de un pequeo 
fiordo, encjado en una muralla que hace el ms extrao efecto. 
Sabido es que el basalto es una roca obscura de origen gneo, afectando formas muy 
regulares cuya disposicin causa extraeza. La Naturaleza procede al formar esta 
substancia de una manera geomtrica, y trabaja de un modo semejante a los hombres, 
como si manejase la escuadra, el cornps y la plomada. Si en todas sus otras 
manifestaciones desarrolla su arte formando moles inmensas y deformes, conos apenas 
esbozados, pirmides imperfectas cuyas lneas generales no obedecen a un plan 
deterrninado, por lo que respecta al basalto, queriendo dar, sin duda, un ejemplo de 
regularidad, y adelantndose a los arquitectos de las primeras edades, ha creado un orden 
severo que ni los esplendores de Babilonia ni las maravillas de Grecia han sobrepujado 
jams. 
Haba odo hablar de la Calzada de los Gigantes, de Irlanda, y de la Gruta de Fingal, en 
una de las islas dcl grupo de las Hbridas; pero el aspecto de una estructura basltica no 
se haba presentado nunca a mis jos. En Stapi este fenmeno motrseme en todo su 
hermoso esplendor. 
La muralla del fordo, como toda la costa de la pennsula, hallbase formada por una 
serie de columnas verticales de unos treinta pies de altura. 
Estos fustes, bien proporcionados y rectos, soportaban una arcada de columnas 
horizontales, cuya parte avanzada formaba una semibveda sobre el mar. A ciertos 
intervalos, y debajo de aquel cobertizo natural, sorprenda la mirada aberturas ojivales de 
un admirable dibujo, a travs de las cules venan a precipitarse, formando montaas de 
espuma, las olas irritadas del mar. Algunos trozos de basaltos arrancados por los furores 
del Ocano, yacan a lo largo del suelo cual ruinas de un templo antiguo; ruinas 
eternamente jvenes, sobre las cuales pasaban los siglos sin corroerlas. 
Tal era la ltima etapa de nuestro viaje terrestre. Hans nos haba conducido a ella con 
probada inteligencia, y tranquilizbame la idea de que nos seguira acompaando. 
Al llegar a la puerta de la casa del cura, cabaa sencilla y de un nico piso, ni ms bella 
ni ms cmoda que las otras, vi un hombre herrando un caballo, con el martillo en la 
mano y el mandil de cuero a la cintura. 
-Soellvertu -le dijo el cazador. 
-God dag -respondi el albitar en perfecto dans. 
-Kyrkoherde-dijo Hans, volvindose hacia mi to. 
-l rector! -repiti este ltimo-. Parceme, Axel, que este buen hombre es el cura. 
Entretanto, pona Hans al kyrkoherde al corriente de la situacin; suspendi entonces 
ste su trabajo, lanz una especie de grito en uso, sin duda alguna, entre caballos y 
chalanes, y sali de la cabaa en seguida una mujer que pareca una furia; no le faltara 
mucho para medir seis pies de estatura. 

Tem que viniese a ofrecer a los vijeros el sculo islands: pero no fue as, por fortuna; 
al contrario, nos puso muy mala cara al introducirnos en la casa. 
La habitacin destinada a los huspedes, infecta, sucia y estrecha, parecime que era la 
peor de la rectora; pero fue necesario contentarse con ella, pues el rector no pareca 
practicar la hospitalidad antigua. 
Antes de terminar el da vi que tenamos que habrnoslas con un pescador, un herrero, 
un cazador, un carpintero... todo menos un ministro del Seor. Verdad es que era da de 
trabajo; tal vez se desquitase los domingos. No quiero hablar mal de estos pobres 
sacerdotes que, al fin y al cabo, son unos infelices; reciben del Gobierno dans una 
asignacin ridcula y perciben la cuarta parte de los diezmos de sus parroquias, lo que en 
total ni llega a sumar sesenta rnarcos. Necesitan, por consiguiente, trabajar para vivir; 
pero pescando, cazando y herrando caballos, se acaba por adquirir las maneras, los 
hbitos y el tono de los pescadores, cazadores y otras gentes no menos rudas; y por eso 
aquella misma noche advert que entre las virtudes del prroco no se hallaba la de la 
templanza. 
Mi to no tard en darse cuenta de la clase de hombre con quien tena que habrselas; 
en vez de un digno y honrado sabio, hall un grosero y descorts campesino, y resolvi 
emprender lo ms pronto posible su gran expedicin, y abandonar cuanto antes a aquel 
cura tan poco hospitalario. Sin fijarse siquiera en su propio cansancio, decidi ir a pasar 
algunos das en la montaa. 
Desde el da siguiente al de nuestra llegada a Stapi, comenzaron los preparativos de 
marcha. Contrat Hans tres islandeses que deban reemplazar a los caballos en el 
transporte de nuestra impedimenta: pero, una vez llegados al fondo del crter, estos 
indgenas deban desandar el camino y dejarnos a los tres solos. Este punto qued 
perfectamente aclarado. 
Entonces tuvo mi to que decir al cazador que tena la intencin de reconocer el crter 
del volcn hasta sus ltimos lmites. 
Hans contentse con inclinar la cabeza en seal de asentimiento. El ir a un sitio o a 
otro, el recorrer la superficie de su isla o descender a sus entraas, rale indiferente del 
todo. En cuanto a m, distrado hasta entonces por los incidentes del vije, habame 
olvidado algo del porvenir; pero ahora sent que la zozobra se apoderaba de m 
nuevamente. Qu hacer? En Hamburgo hubiera sido ocasin de oponerme a los 
designios del profesor Lidenbrock; pero al pie del Sneffels, no haba posibilidad. 
Una idea, sobre todo, preocupbame ms que todas las otras; una idea espantosa, capaz 
de crispar otros nervios mucho menos sensibles que los mos. 
"Veamos" me deca a m mismo: "nos vamos a encaramar en la cumbre del Sneffels. 
Est bien. Vamos a visitar su crter. Soberbio: otros lo han hecho y an viven. Mas no 
para aqu la cosa: si se presenta un camino para descender a las entraas de la tierra, si 
ese malhadado Saknussemm ha dicho la verdad, nos vamos a perder en medio de las 
galeras subterrneas del volcan, Ahora bien. quin es capaz de afirmar que el Sneffels 
est apagado del todo? Hay algo que demuestre que no se est preparando otra 
erupcin? Del hecho de que duerma el monstruo desde 1229, hernos de deducir que no 
pueda despertarse? Y si se depertase, qu sera de nosotros?" 
Vala la pena de pensar en todo esto, y mi imaginacin no cesaba de dar vueltas a estas 
ideas. No poda dormir sin soar con erupciones, y me pareca tan brutal como triste el 
tener que representar el papel insignificante de cacera. 

Incapaz de callar por ms tiempo, decid fnalmente someter el caso a mi to con la 
mayor prudencia posible, y en forma de hiptesis perfectamente irrealizable. 
Aproximme a l, le manifest mis temores y retroced varios pasos para evitar los 
efectos de la primera explosin de su clera. 
-En esto estaba pensando -me respondi simplemente. 
Qu interpretacin deba dar a estas inesperadas palabras? Iba, al fin, a escuchar la 
voz de la razn? Pensara suspender sus proyectos? No sera verdad tanta belleza! 
Tras algunos instantes de silencio. que no me atrev a interrumpir, aadi: 
-S; en eso estaba pensando. Desde nuestra llegada a Stapi, me he preocupado de la 
grave cuestin que acabas de someter a mi juicio, porque no conviene cometer 
imprudencias. 
-No -respond con vehemencia. 
-Hace seiscientos aos que el Sneffels est mudo; pero puede hablar otra vez. Ahora 
bien, las erupciones volcnicas van siempre precedidas de fenmenos perfectamente 
conocidos; por eso, despus de interrogar a los habitantes del pas y de estudiar el terreno, 
puedo asegurarte, Axel, que no habr por ahora erupcin. 
Al or estas palabras, quedme estupefacto y no pude replicar. 
-Dudas de mis palabras? -dijo mi to-; pues sgueme. 
Obedec maquinalmente. Al salir de la rectora, tom el profesor un camino directo que, 
por una abertura de la muralla basltica, se alejaba del mar. No tardamos en hallarnos en 
campo raso, si se puede dar este nombre a un inmenso montn de deyecciones 
volcnicas. Los accidentes del suelo parecan como borrados bajo una lluvia de piedras, 
de lava, de basalto, de granito y de toda clase de rocas piroxnicas. 
Veanse de trecho en trecho ciertas columnas de humo elevarse en el seno de la 
atmsfera. Estos vapores blancos, llamados reykir en islands, procedan de manantiales 
termales, y su violencia indicaba la actividad volcnica del suelo, lo cual me pareca 
confirmar mis temores; jzguese, pues, cul no sera mi sorpresa cuando mi to me dijo: 
-Ves esos humos, Axel? Pues bien, ellos nos demuestran que no debemos temer los 
furores del volcn. 
-Cmo puede ser eso! -exclam. 
-No olvides lo que voy a decirte -prosigui el profesor-: cuando una erupcin se 
aproxima, todas estas humaredas redoblan su actividad para desaparecer por completo 
mientras subsiste el fenmeno; porque los fludos elsticos, careciendo de la necesaria 
tensin, toman el camino de los crteres en lugar de escaparse a travs de las fisuras del 
globo. Si, pues, estos vapores mantinense en su estado habitual, si no aumenta su 
energa, y si aades a esta observacin que la lluvia y el viento no son reemplazados por 
un aire pesado y en calma, puedes desde luego afirmar que no habr erupcin prxima. 
--Pero... 
-Basta. Cuando la ciencia ha hablado, no se puede replicar. 
Volv a la rectora con las orejas gachas; mi to me haba anonadado con argumentos 
cientficos. Sin embargo, todava conservaba la esperanza de que, al bjar al fondo del 
crter, nos fuese materialmente imposible el proseguir la endiablada excursin por no 
existir ninguna galera, a pesar de las afirmaciones de todos los Saknussemm del mundo. 
Pas la noche inmediata sumido en una horrible pesadilla, en medio de un volcn; y 
desde las profundidades de la tierra, sentme lanzado a los espacios interplanetarios en 
forma de roca eruptiva. 

Al da siguiente, esperbanos Hans con sus compaeros cargados con nuestros vveres, 
utensilios a instrumentos. Dos bastones herrados, dos fusiles y dos cartucheras nos 
estaban reservados a mi to y a m. Nuestro gu a, que era hombre precavido, haba 
aadido a nuestra impedimenta un odre lleno que, unido a nuestras calabazas, nos 
aseguraba agua para ocho das. 
Eran las nueve de la maana. El rector y su gigantesca furia, esperaban delante de la 
puerta, deseosos, sin duda, de darnos su ltimo adis: pero este adis tom la inesperada 
forma de una cuenta formidable, en la que se nos cobraba hasta el aire, bien infecto por 
cierto, que habamos respirado en la casa rectoral. La dignsima pareja nos desoll como 
un hostelero suizo, cobrndonos a precio fabuloso su ingrata hospitalidad. 
Mi to pag sin regatear. Un hombre que parta para el centro de la tierra no haba de 
parar la atencin en unos miserables rixdales. Arreglado este punto, di Hans la seal de 
partida, y algunos instantes despus habamos salido de Stapi. 
XV 
Tiene el Sneffels 5,000 pies de elevacin, siendo, con su doble cono, como la 
terminacin de una faja traqutica que se destaca del sistema oreogrfico de la isla. Desde 
nuestro punto de partida no se podan ver sus dos picos proyectndose sobre el fondo 
grisceo del cielo. Slo distinguan mis ojos un enorme casquete de nieve que cubra la 
frente del gigante. 
Marchbamos en fila, precedidos del cazador, quien nos guiaba por estrechos senderos, 
por los que no podan caminar dos personas de frente. La conversacin se haca, pues, 
poco menos que imposible. 
Ms all de la muralla basltica del fordo de Stapi, encontramos un terreno de turba 
herbcea y fibrosa, restos de la antigua vegetacin de los pantanos de la pennsula. La 
masa de este combustible, todava inexplotado, bastara para calentar durante un siglo a 
toda la poblacin de Islandia. Aquel vasto hornaguero, medido desde el fondo de ciertos 
barrancos, tena con frecuencia setenta pies de altura, y presentaba capas sucesivas de 
detritus carbonizados, separados por vetas de piedra pmez y toba. 
Como digno sobrino del profesor Lidenbrock, y a pesar de mis preocupaciones, 
observaba con verdadero inters las curiosidades mineralgicas expuestas en aquel vasto 
gabinete de historia natural, al par que rehaca en mi mente toda la historia geolgica de 
Islandia. 
Esta isla tan curiosa, ha surgido realmente del fondo de los mares en una poca 
relativamente moderna, y hasta es posible que an contine elevndose por un 
movimiento insensible. Si es as, slo puede atribuirse su origen a la accin de los fuegos 
subterrneos, y en este caso, la teora de Hunfredo Davy, el documento de Saknussemm y 
las pretensiones de mi to iban a convertirse en humo. Esta hiptesis indjome a examinar 
atentamente la naturaleza del suelo, y pronto me di cuenta de la sucesin de fenmenos 
que precedieron a la formacin de la isla. 
Islandia, absolutamente privada de terreno sedimentario, se compone nicamente de 
tobas volcnicas, es decir, de un aglomerado de piedras y rocas de contextura porosa. 
Antes de la existencia de los volcanes, hallbase formada por una masa slida, 
lentamente levantada, a modo de escotilln, por encima de las olas por el empuje de las 
fuerzas centrales. Los fuegos interiores no haban hecho an su irrupcin a travs de la 
corteza terrestre. 

Pero ms adelante, abrise diagonalmente una gran fenda, del sudoeste al noroeste de la 
isla, por la cual se escap lentamente toda la pasta traqutica. El fenmeno se verifc 
entonces sin violencia; la salida fue enorme, y las materias fundidas, arrojadas de las 
entraas del globo, se extendieron tranquilamente, formando vastas sabanas o masas 
apezonadas. En esta poca aparecieron los feldespatos, los sienitos y los prfidos. 
Pero, gracias a este derramamiento, el espesor de la isla aument considerablemente y, 
con l, su fuerza de resistencia. Se concibe la gran cantidad de fluidos elsticos que se 
almacen en su seno, al ver que todas las salidas se obstruyeron despus del enfriamiento 
de la costra traqutica. Lleg, pues, un momento en que la potencia mecnica de estos 
gases fue tal, que levantaron la pesada corteza y se abrieron elevadas chimeneas. De este 
modo qued el volcn formado gracias al levantamiento de la corteza, y despus abrise 
el crter en la cima de aqul de un modo repentino. 
Entonces sucedieron los fenmenos volcnicos a los eruptivos; por las recin formadas 
aberturas escapronse, ante todo, las deyecciones baslticas, de las cules ofreca a 
nuestras miradas los ms maravillosos ejemplares la planicie que a la sazn cruzbamos. 
Caminbamos sobre aquellas rocas pesadas, de color gris obscuro, que al enfriarse haban 
adoptado la forma de prismas de bases exagonales. A lo lejos se vea un gran nmero de 
conos aplastados que fueron en otro tiempo otras tantas bocas ignvomas. 
Una vez agotada la erupcin basltica, el volcn, cuya fuerza acrecentse con la de los 
crteres apagados, dio paso a las lavas y a aquellas tobas de cenizas y de escorias cuyos 
amplios derrames contemplaban mis jos esparcidos, por sus flancos cual cabellera opulenta. 
Tal fue la serie de fenmenos que formaron a Islandia. Todos ellos reconocan por 
origen los fuegos interiores, y suponer que la masa interna no permaneciese an en un 
estado perenne de incandescencia lquida, era una verdadera locura. Por lo tanto, el 
pretender llegar al centro mismo del globo sera una insensatez sin ejemplo. 
As, pues, rnientras marchbamos al asalto del Sneffels, me fui tranquilizando respecto 
del resultado de nuestra empresa. 
El camino se haca cada vez ms difcil; el terreno suba, las rocas oscilaban y era 
preciso caminar con mucho tiento para evitar cadas peligrosas. 
Hans avanzaba tranquilamente como si fuese por un terreno llano; a veces desapareca 
detrs de los grandes peascos, y le perdamos de vista un instante; pero entonces oamos 
un agudo silbido salido de sus labios, que nos indicaba el camino que debamos seguir. 
Con frecuencia tambin recoga algunas piedras, colocbalas de modo que fuese fcil 
reconocerlas despus, y fijaba de esta suerte jalones destinados a indicarnos el camino de 
regreso. Esta precaucin era de por s excelente; pero los acontecimientos futuros 
probaron su inutilidad. 
Tres fatigosas horas de marcha invirtironse tan slo en llegar a la falda de la montaa. 
All di Hans la seal de detenerse, y almorzamos frugalmente. Mi to se llenaba la boca 
para concluir ms pronto; pero como aquel alto tena tambin por objeto el reparar 
nuestras fuerzas, tuvo que someterse a la voluntad del gua que no dio la seal de partida 
hasta despus de una hora. 
Los tres islandeses, tan taciturnos como su camarada el cazador, no desplegaron sus 
labios y comieron sobriamente. 
Entonces comenzamos a subir las vertientes del Sneffels; su nevada cumbre, por una 
ilusin de ptica frecuente en las montaas, parecame muy prxima, a pesar de lo cual 

nos restaban an muchas horas de camino y muchsimas fatigas, sobre todo, para llegar 
hasta ella. Las piedras que no se hallaban ligadas por hierbas ni por ningn cimiento de 
tierra, resbalaban bajo nuestro pies y rodaban hasta la llanura con la velocidad de un alud. 
En algunos parajes, las vertientes del monte formaban con el horizonte un ngulo de 
36 lo menos. Era materialmente imposible trepar por ellos, siendo preciso rodear estos 
pedregosos obstculos, para lo cual encontrbamos no pocas dificultades. En estas 
ocasiones nos prestbamos mutuo auxilio con nuestros herrados bastones. 
Debo advertir que mi to permaneca siempre lo ms cerca posible de m; no me perda 
de vista, y, en ms de una ocasin, encontr un slido apoyo en su brazo. Por lo que 
respecta a l, tena sin duda alguna el sentimiento innato del equilibrio, pues no tropezaba 
jams. Los islandeses, a pesar de ir cargados, trepaban con agilidad asombrosa. 
Al contemplar la altura de la cumbre del Sneffels, parecame imposible poder llegar por 
aquel lado hasta ella, si el ngulo de inclinacin de las pendientes no se cerraba algo. 
Afortunadamente, tras una hora de trabajos y de inauditos esfuerzos, en medio de la vasta 
alfombra de nieve que se extenda sobre la cumbre del volcn, descubrieron nuestros jos 
de improviso una especie do escalera que simplifc nuestra ascensin. Estaba formada 
por uno de esos torrentes de piedras arrjadas por las erupciones, cuyo nombre islands 
es stin. Si este torrente no hubiese sido detenido en su cada por la disposicin especial 
de los flancos de la montaa, habra ido a precipitarse en el mar, formando nuevas islas. 
Tal como era, fuimos en extremo til. La rapidez de las pendientes iba cada vez en 
aumento, pero aquellos escalones de piedra permitan remontarlos fcilmente y hasta con 
rapidez tal que, como me retrasase un momento mientras que mis compaeros proseguan 
la ascensin, llegu a verlos reducidos a una pequeez microscpica por efecto de la 
distancia. 
A las siete de la tarde habamos ya subido los dos mil peldaos que tiene esta escalera, 
y dominbamos un saliente de la montaa, especie de base sobre la cual se apoyaba el 
cono del crter. 
El mar se extenda a una profundidad de 3.200 pies. Habamos traspasado el lmite de 
las nieves perpetuas, bien poco elevado en Islandia a consecuencia de la humedad 
constante del clima. Haca un fro espantoso y el viento soplaba con fuerza. Hallbame 
agotado. El profesor comprendi que mis piernas se negaban a seguir prestndome 
servicio, y, a pesar de su impaciencia. decidi hacer alto all. Hizo seas a Hans en tal 
sentido; pero ste sacudi la cabeza, diciendo: 
-Ofvanfr. 
-Parece que es preciso subir ms -dijo mi to. 
Despus pregunt a Hans el motivo de su respuesta. 
-Mistour-repuso el gua. 
-La, mstour-repiti uno de los islandeses, con acento de terror. 
-Qu significa esa palabra? -pregunt, inquieto. 
Mira-dijo mi to. 
Dirig hacia la llanura la vista y vi una inmensa columna de piedra pmez pulverizada, 
de arena y de polvo que se elevaba girando como una tromba; el viento la empujaba hacia 
el flanco del Sneffels sobre el cual nos encontrbamos; aquella cortina opaca, tendida 
delante del sol, produca una gran sombra que se proyectaba sobre la montaa. Si la 
tromba se inclinaba, nos envolvera sin remedio entre sus torbellinos. Este fenmeno, 

bastante frecuente cuando el viento sopla de los ventisqueros, se conozca con el nombre 
de mistour en islands. 
-Hostigt, has tg/ -grt nuestro gua. 
A pesar de no poseer el dans, comprend que era preciso seguir a Hans sin demora. El 
gua comenz a circundar el cono del crter, pero descendiendo con objeto de facilitarnos 
la marcha. 
No tard mucho la tromba en chocar contra la montaa, que se estremeci a su 
contacto; las piedras, suspendidas por los remolinos del viento, volaron en forma de 
lluvia, como en las erupciones. Nos hallbamos, por fortuna, en la vertiente opuesta y al 
abrigo de todo peligro; pero, a no ser por la precaucin del gua, nuestros cuerpos, 
desmenuzados, convertidos en polvo impalpable, hubieran ido a caer lejos como el 
producto de algn desconocido meteoro. 
Esto no obstante, no consider Hans prudente que passemos la noche en la vertiente 
del cono. Proseguimos nuestra ascensin en zigzag; empleamos an cerca de cinco horas 
en recorrer los 1.500 pies que nos quedaban que subir todava; en revueltas, 
contramarchas y sesgos perdimos lo menos tres leguas. 
Yo no poda ms; me mora de fro y de hambre. El aire un tanto rarificado de tan 
elevadas regiones no bastaba a mis pulmones. 
Por fin, a las once de la noche, en plena obscuridad, llegamos a la cumbre del Sneftels; 
y, antes de buscar abrigo en el interior del crter, tuve tiempo de ver el sol de la media 
noche en la parte inferior de su carrera, provectando sus plidos rayos sobre la isla 
dormida a mis pies. 
XVI 
Cenamos rpidamente y se acomod cada cual todo lo mejor que pudo. La cama era 
bien dura, el abrigo poco slido y la situacin muy penosa a 5.000 pies sobre el nivel del 
mar. Sin embargo, mi sueo fue tan tranquilo aquella noche, una de las mejores que haba 
pasado desde haca mucho tiempo, que ni siquiera so. 
A la maana siguiente nos despert, medio helados, un are bastante vivo; el sol 
brillaba esplendente. Abandon mi lecho de granito y fuime a disfrutar del magnfico 
espectculo que se desarrollaba ante mi vista. 
Situme en la cima del pico sur del Sneffels, desde el cual se descubra la mayor parte 
de la isla. La ptica, comn a todas las grandes alturas, haca resaltar sus contornos, en 
tanto que las partes centrales parecan obscurecerse. Hubirase dicho que tena bjo mis 
pies uno de esos mapas en relieve de Helbesmer. Vea los valles profundos cruzarse en 
todos sentidos, ahondarse los precipicios a manera de pozos, convertirse los lagos en 
estanques y en arroyuelos los ros. 
A mi derecha sucedanse innumerables ventisqueros y multiplicados picos, algunos de 
los cuales aparecan coronados por un penacho de humo. Las ondulaciones de estas 
infinitas montaas, cuyas capas de nieve dbanles un aspecto espumoso, recordbamne la 
superficie del mar cuando las tempestades la agitan. Si me volva hacia el Oeste, 
contemplaba las aguas del Ocano, en toda su majestuosa extensin, cual si fuese 
continuacin de aquellas aborregadas cimas. Apenas distinguan mis ojos dnde 
terminaba la tierra y daban comienzo las olas. 
Me abism, de esta suerte, en el xtasis alucinador que producen las altas cimas, y esta 
vez sin vrtigo alguno, pues, al fin, me iba acostumbrando a estas contemplaciones 

sublimes. Mis deslumbradas miradas babanse en la transparente irradiacin de los 
rayos solares; olvidme de mi propia persona y del lugar en que me encontraba para vivir 
la vida de los trasgos o de los silfos, imaginarios habitantes de la mitologa escandinava; 
embriagume con las voluptuosidades de las alturas, sin acordarme de los abismos en que 
dentro de poco me sumergira mi destino. Pero la llegada del profesor y de Hans, que 
vinieron a reunirse conmigo en la extremidad del pico, volvime a la realidad de la vida. 
Mi to se volvi hacia el Oeste y me seal con la mano un ligero vapor, una bruma, 
una apariencia de tierra que dominaba la lnaa de las olas. 
--Groenlandia -me dijo. 
-Groenlandia? -exclam yo. 
-S; slo dista de nosotros 35 leguas, y, durante los deshielos, llegan los osos blancos 
hasta Islandia sobre los tmpanos que arrastran las corrientes hacia el Sur. Pero esto 
importa poco. Nos hallamos en la cumbre del Sneffels; aqu tienes sus dos picos, el del 
Norte y el del Sur. Hans va a decirnos ahora qu nombre dan los islandeses a ste en que 
nos encontramos. 
Formulada la pregunta, el cazador respondi. 
-Scartaris. 
Mi to me dirigi una mirada de triunfo. 
-Al crater! -exclam entusiasmado. 
El crater del Sneffels tena forma de cono invertido, cuyo orifcio tendra 
aproximadamente media legua de dimetro. Calcul su profundidad en 2.000 pies, sobre 
poco ms o menos. Jzguese lo que sera semejante recipiente cuando se llenase de 
truenos y llamas! 
El fondo de este embudo no deba medir arriba de 500 pies de circunferencia, de suerte 
que sus pendientes eran bastante suaves y permitan llegar fcilmente a su parte inferior. 
Involuntariamente comparaba yo este crter con un enorme trabuco ensanchado, y la 
comparacin llenbame de espanto. 
" Introducirse en el interior de un trabuco" pensaba en mi fuero interno, "que puede 
estar cargado y dispararse al menor choque, slo puede ocurrrsele a unos locos". 
Pero para retroceder era tarde. Hans, con aire indiferente, colocse de nuevo al frente 
de la caravana; yo seguale sin despegar los labios. 
A fin de facilitar el descenso, describa el cazador, dentro del cono, elipses muy 
prolongadas. Era preciso marchar por entre rocas eruptivas, algunas de las cuales, 
desprendidas de sus alvolos, precipitbanse a saltos hasta el fondo del abismo. Su cada 
determinaba repercusiones de extraa sonoridad. 
Algunas partes del cono formaban ventisqueros interiores. Hans avanzaba entonces con 
la mayor precaucin, sondando el suelo con su bastn herrado para descubrir las grietas. 
En ciertos pasos dudosos hzose necesario atarnos unos a otros por medio de una larga 
cuerda a fin de que si alguno resbalaba de improviso, quedase sostenido por los otros. 
Esta solidaridad era una medida prudente; mas no exclua todo peligro. 
Sin embargo, y a pesar de las dificultades del descenso por pendientes que Hans 
desconoca, efectuse aqul sin el menor incidente, si se excepta la cada de un lo de 
cuerdas que se le escap al islands de las manos y rod sin detenerse hasta el fondo del 
abismo. 
A medioda ya habamos llegado. Levant la cabeza y vi el orificio superior del cono a 
travs del cual se descubra un pedazo de cielo de una circunferencia en extremo reducida 

pero casi perfecta. Solamente en un punto destacbase el pico del Scartans, que se hunda 
en la inmensidad. 
En el fondo del crater se abran tres chimeneas a travs de las cules arrojaba el foco 
central sus lavas y vapores en las pocas de las erupciones del Sneffels. Cada una de estas 
chimeneas tena aproximadamente unos cien pies de dimetro y abran ante nosotras sus 
tenebrosas fauces. Ya no tuve valor para hundir mis miradas en ellas; pero el profesor 
Lidenbrock haba hecho un rpido examen de su disposicin, y corra jadeante de una a 
otra, gesticulando y profiriendo palabras ininteligibles. Hans y sus compaeros, sentados 
sobre trozos de lava, contemplbanle en silencio, tomndole sin duda, por un loco. 
De repente, lanz un grito mi to; yo me estremec, temiendo que se hubiera resbalado y 
hubiese desaparecido en alguna de las simas. Pero no; lo vi en seguida con los brazos 
extendidos y las piernas abiertas, de pie ante una roca de granito que se ergua en el 
centro del crter como un pedestal enorme hecho para sustentar la estatua de Plutn. 
Hallbase en la actitud de un hombre estupefacto su estupefaccin trocse 
inmediatamente en una alegra insensata. 
-Axel! Axel! -exclam-. Ven! Ven! 
Acud inmediatamente. Ni Hans ni los islandeses se movieron de sus puestos. 
-Mira! -me dijo el profesor. 
Y, participando de su asombro, aunque no de su alegra, le sobre la superficie de la 
roca que miraba hacia el Oeste, grabado en caracteres rnicos, medio gastados por la 
accin destructora del tiempo, este nombre mil veces maldito: 
-Ame Saknusemm! -exclam mi to-; dudars todava? Sin responderle, volvme a mi 
banco de lava, consternado. La evidencia me anonadaba. 
Ignoro cunto tiempo permanec sumido en mis reflexiones; lo que s nicamente es 
que, al levantar la cabeza, slo vi a mi to y a Hans en el fondo del crter. Los islandeses 
haban sido despedidos, y bajaban a la sazn las pendientes exteriores del Sneffls, para 
volver a Stapi. Hans dorma tranquilamente al pie de una roca, sobre un lecho de lava; mi 
to daba vueltas por el fondo del crter como la fiera que cae en la trampa de un cazador. 
Yo no tena ni ganas de levantarme ni fuerzas para hacerlo, y, siguiendo el ejemplo del 
gua, me entregu a un doloroso sopor, creyendo or ruidos o sentir sacudidas en los 
flancos de la montaa. 
De este modo transcurri aquella primera noche en el fondo del crter. 
A la maana siguiente, un cielo gris, nebuloso y pesado se extenda sobre el vrtice del 
cono. Aunque no lo hubiera notado por la obscuridad del abismo, la clera de mi to 
habramelo hecho ver. 
Pronto comprend el motivo, y un rayo de esperanza brill en mi corazn. Ved por qu. 
De las tres rutas que ante nosotras se abran, slo una haba sido explorada por 
Saknussemm. Segn el sabio islands, deba reconocrsela por la particularidad, sealada 
en el criptograma, de que la sombra del Seartaris acariciaba sus bordes durantes los 
ltimos das del mes de junio. 
Se poda considerar, pues, aquel agudo pico como el gnomon de un inmenso cuadrante 
salar, cuya sombra de un da determinado sealaba el camino del centro de la tierra. 

Ahora bien, oculto el sol, toda sombra era imposible, faltando, por consiguiente, la 
anhelada indicacin. Estbamos a 25 de junio. Si el cielo permaneca cubierto por espacio 
de seis das, sera necesario aplazar la observacin para otro ao. 
Renuncio a descubrir la clera impotente del profesor Lidenbrock. Transcurri el da 
sin que ninguna sombra viniese a proyectarse sobre el fondo del crter. Hans no se movi 
de su puesto; sin embargo, deba llamarle la atencin nuestra inactividad. Mi to no me 
dirigi ni una sola vez la palabra. Sus miradas, dirigidas invariablemente hacia el cielo, 
perdanse en su matiz gris y brumoso. 
El 26 transcurri del misma modo. Una lluvia mezclada de nieve cay durante el da 
entero. Hans construy con trozos de lava una especie de gruta. Yo me entretuve en 
seguir con la vista los millares de cascadas naturales que descendan por las costados del 
cono, cada piedra del cual acrecentaba sus ensordecedores murmullos. 
Mi to ya no poda contenerse. Haba en realidad motivo para hacer perder la paciencia 
al hombre ms cachazudo; porque aquello era naufragar dentro del puerto. 
Pero con los grandes dolores el cielo mezcla siempre las grandes alegras y reservaba al 
profesor Lidenbrock una satisfaccin tan intensa como sus desesperantes congojos. 
Al da siguiente, el cielo permaneci tambin cubierto; pero el domingo 28 de junio, el 
antepenltimo del mes, con el cambio de luna vari el tiempo. El sol derram a manos 
llenas sus rayos en el interior del crter. Cada montculo, cada roca, cada piedra, cada 
aspereza recibi sus bienhechores efluvios y proyect instantneamente su sombra sobre 
el suelo. Entre todas estas sombras, la del Scartaris dibujse como una arista viva y 
comenz a girar de una manera insensible, siguiendo el movimiento del astro 
esplendoroso. 
Mi to giraba con ella. 
A medioda, en su perodo ms corto, vino a lamer dulcemente el borde de la chimenea 
central. 
-Esta es! esta es! --exclam el profesor entusiasmado-. Al centro de la tierra -aadi 
en seguida en dans. 
Yo mir a Hans. 
-Fort -dijo ste con su calma acostumbrada. 
-Adelante -respondi mi to. 
Era la una y trece minutos de la tarde. 
XVII 
Comenzaba el verdadero viaje. Hasta entonces, las fatigas haban sido mayores que las 
dificultades; ahora stas iban verdaderamente a nacer a cada paso. 
An no haba osado hundir mi investigadora mirada en aquel pozo insondable en que 
me iba a sepultar. Haba llegado el momento. Todava estaba a tiempo de decidirme a 
tomar parte en la empresa o renunciar a intentarla. Pero sent verguenza de retroceder 
delante del cazador. Hans aceptaba con tal tranquilidad la aventura, con tal indiferencia, 
con tan perfecto desprecio de todo lo que significase un peligro, que me abochornaba la 
idea de ser menos arrojado que l. Si me hubiese hallado solo, habra recurrido a la serie 
de los grandes argumentos; pero, en presencia del gua, no desplegu mis labios. Envi 
un carioso recuerdo a mi bella curlandesa, y aproximme a la chimenea central. 
Ya he dicho que meda cien pies de dimetro, o trescientos pies de circunferencia. 
Inclinme sobre una roca avanzada hacia su interior y dirig hacia abajo mi mirada. Mis 

cabellos se erizaron instantneamente. El sentimiento del vacio se apoder de mi ser. 
Sent desplazarse en m el centro de gravedad y subrseme el vrtigo a la cabeza como 
una borrachera. No hay nada que embriague tanto como la atraccin del abismo. Ya iba a 
caer, cuando me retuvo una mano: la de Hans. Decididamente las prcticas que yo haba 
efectuado en la Frelsers-Kirk de Copenhague, no haban sido suficientes. 
Aunque mis ojos permanecieron tan poco tiempo fijos en el interior del pozo, dime 
cuenta de su conformacin. Sus paredes, cortadas casi a pico, presentaban, no obstante. 
numerosos salientes que deban facilitar el descenso; pero si no faltaban escaleras, las 
rampas no existan en absoluto. Una cuerda amarrada al orificio hubiera bastado para 
sostenernos; pero cmo desatarla al llegar a su extremidad inferior? 
-Mi to puso en prctica un medio muy sencillo para obviar esta dificultad. Desenroll 
una cuerda del grueso del pulgar y de cuatrocientos pies de longitud; dej caer primero la 
mitad, arrollla despus alrededor de un salience que la lava formaba, y ech al pozo la 
otra mitad. De este modo podamos bajar todos conservando en la mano las dos mitades 
de la cuerda, que no poda desligarse; y despus que hubisemos descendido doscientos 
pies, nada nos sera tan fcil como recuperarla, soltando una extremidad y halando de la 
otra. Despus se reanudara este ejercicio usque ad infinitum. 
Ahora -dijo mi to despus de haber terminado sus preparativos-, ocupmonos en la 
impedimenta. Vamos a dividirla en tres fardos, y cada uno de nosotros nos amarraremos 
uno a la espalda. Me refero solamente a los objetos frgiles. 
Evidentemente, el audaz profesor no nos consideraba comprendidos en esta ultima 
categora. 
-Hans -prosigui-, va a encargarse de las herramientas y de la tercera parte de las 
provisiones; Axel, de otro tercio de stas y de las arenas ; y yo, del resto de los vveres y 
de los instrumentos delicados. 
-Pero, y la ropa? Y este montn de cuerdas?-dije yo-. Quin se encargar de 
bajarlas? 
-Todo eso bajar solo. 
-De qu modo? -pregunt todo asombrado. 
-Vas a verlo ahora mismo. 
Mi to no vacilaba en recurrir a los medios ms radicales. A una orden suya, hizo Hans 
un solo lo con los objetos no frgiles, y despus de bien amarrado el paquete, se le dej 
caer en el abismo. 
O el sonoro zumbido que produce el desplazamiento de las capas de aire. Mi to, 
inclinado sobre el abismo, sigui con satisfecha mirada el descenso de su impedimento, y 
no se retir hasta haberla perdido de vista. 
-Bueno-dijo por fin-, ahora nos toca a nosotros. 
Ruego a los hombres de buena fe que me digan si era posible escuchar sin 
estremecerse palabras semejantes! 
El profesor se at a las espaldas el paquete de los instrumentos; Hans tom el de las 
herramientas y yo el de las arenas, y, en medio de un profundo silencio turbado slo por 
la cada de los trozos de roca que se precipitaban en el abismo. dio principio el descenso 
en el siguiente orden: Hans, mi to y yo. 
-Me dej, por decirlo as, resbalar. oprimiendo frenticamente la doble cuerda con una 
mano, y asindome con la otra a la pared por medio de mi bastn herrado. La idea de que 
me faltase el punto de apoyo era la nica que me dominaba. Aquella cuerda perecame 

demasiado frgil para soportar el peso de tres personas; por eso la utilizaba lo menos 
posible, realizando milagros de equilibro sobre los salientes de lava, a los cuales trataba 
de agarrarme con los pies cual si stos fuesen manos. 
Cuando alguno de estos resbaladizos peldaos oscilaba bajo los pies de Hans, deca ste 
con voz tranquila. 
-Gf akt! 
-Cuidado! -repeta mi to. 
Al cabo de media hora sentamos nuestros pies sobre la superficie de una roca 
fuertemente adherida a la pared de la chimenea. 
Hans tir de la cuerda por uno de sus extremos; elevse el otro en el aire, y, despus de 
haber rebasado la roca superior, volvi a caer, arrastrando consigo numerosos pedazos de 
piedras y de lavas, que cayeron a manera de lluvia, o mejor, de granizada, con grave 
peligro nuestro. 
Al asomar la cabeza fuera de le estrecha plataforma donde nos encontrbamos, observ 
que no se vea an el fondo del precipicio. 
Volvi a comenzar otra vez la maniobra de la cuerda, y, al cabo de media hora, 
habamos descendido otros doscientos pies. 
No s si el ms entusiasta gelogo hubiera sido capaz de estudiar, durante este 
descenso, la naturaleza de los terrenos que nos rodeaban. Por lo que respecta a m, no me 
preocup de ello: me importaba muy poco que fuesen pliocenos, miocenos, eocenos, 
cretceos, jursicos, trisicos, prmicos, carbonferos, devonianos, silricos o primitivos. 
Pero el profesor hizo algunas observaciones o tom ciertas notas, sin duda, porque, en 
uno de los altos, me dijo: 
-Cuanto ms veo, mayor es mi confianza; la disposicin de estos terrenos volcnicos 
confirma en absoluto la teora de Devy. Nos hallamos en pleno suelo primordial, suelo en 
el cual se ha producido el fenmeno qumico de la inflamacin de los metales al contacto 
del aire y del agua. Rechazo en absoluto la teora de un calor central; por otra parte, 
pronto vamos a verlo. 
Siempre la misma conclusin! Como es de suponer, no quise entretenerme en discutir. 
Mi to interpret mi silencio como muestra de asentimiento, y se reanud el descenso. 
Al cabo de tres horas no se entrevea an el fondo de la chintenea. Cuando levant la 
cabeza observ que su abertura decreca sensiblemente; sus paredes; a consecuencia de su 
ligera inclinacin, tendan a aproximarse. La obscuridad creca por momentos. 
Nuestro descenso no se interrumpa un solo instante. Parecame que las piedras 
desprendidas de las paredes se hundan produciendo un sonido ms apagado, y que 
llegaban ms pronto al fondo del abismo. 
Como haba tenido cuidado de anotar escrupulosamente las veces que cambibamos la 
cuerda, pude calcular con toda exactitud la profundidad a que nos encontrbamos y el 
tiempo transcurrido. 
Habamos repetido catorce veces esta maniobra, que duraba media hora 
aproximadamente. Eran, pues, siete horas, ms catorce cuartos de hora de descanso, o tres 
horas y media. En total, diez horas y media; y como habamos emprendido el descenso a 
la una deban ser en aquel momento las once. 
En cuanto a la profundidad a que nos encontrbamos, los catorce cambios de una 
cuerda de 200 pies representaban un descenso de 2.800. 
En este momento oyse la voz de Hans, que deca: 

Detveme en el instante en que iba a golpear con mis pies la cabeza de mi to. 
-Hemos llegado ya -dijo ste. 
-Adnde? -pregunt yo, dejndome resbalar el lado suyo. 
-Al fondo de la chimenea perpendicular. 
-No hay, pues, otra salida? 
-S, una especie de corredor que entreveo, y que se dirige oblicuamente hacia la 
derecha. Maana veremos esto. Cenemos ante todo y dormiremos despus. 
La obscuridad no era completa todava. Abrimos el saco de las provisiones, cenamos, y 
nos tendimos despus a dormir sobre un lecho de piedras y de trozos de lava. 
Cuando, tumbado boca arriba, abr los ojos, vi un punto brillante en le extremidad de 
aquel tubo de 3,000 pies de longitud, que se transforntaba en un gigantesco anteojo. 
Era una estrella despojada de todo centelleo, y que, segn mis clculos, deba ser la 
beta de la Osa Menor. 
Despus me dorm profundamente. 
XVIII 
A las ocho de la maana despertnos un rayo de luz. Las mil facetas de lava de las 
paredes la recogan a su paso y la esparcan como una lluvia de chispas. 
Esta luz era lo suficientemente intensa para permitirnos ver los objetos que nos 
rodeaban. 
-Y bien, Axel -me dijo mi to, frotndose las manos-, qu dices a todo esto? Has 
pasado jams una noche ms apacible en nuestra casa de la Knig-strasse? Ni ruido de 
carruajes, ni gritos de los vendedores ni vociferaciones de los barqueros! 
-Sin duda; en el fondo de estos pozos estamos muy tranquilos; pero esta misma calma 
tiene algo de espantoso. 
-Vamos! -exclam mi to-, si te asustas tan pronto, qu dejas para ms tarde? An no 
hemos penetrado ni una pulgada siquiera en las entraas de la tierra. 
-Qu quiere usted decir? 
-Quiero decir que slo hemos llegado al suelo de la isla. Este largo tubo vertical, que 
finaliza en el crter del Snefllels. detinese aproximadamente al nivel del Ocano. 
-Est usted cierto? 
-Certsimo. Examina el barmetro, y vers. 
En efecto, el mercurio, despus de haber subido poco a poco en su tubo a medida que se 
efectuaba nuestro descenso, habase detenido en la divisin correspondiente a 29 
pulgadas. 
-Ya lo ves -prosigui el profesor-, slo soportamos la presin de una atmsfera, y no 
veo el momento en que tengamos que reemplazar las indicaciones de este instrumento 
por las del manmetro. 
El barmctro, en efecto, iba a sernos intil en el momento en que el peso del aire se 
hiciese superior a su presin calculada al nivel del mar. 
-Pero, no es de temer -insinu yo---, que esta presin siempre creciente llegue a sernos 
insoportable? 
-No. Descenderemos lentamente, y nuestros pulmones se habituarn a respirar una 
atmsfera ms comprimida. A los aeronautas, acaba por faltarles el aire cuando se elevan 
a las capas superiores de la atmsfera: a nosotros, es posible que nos sobre. Pero esto es 

preferible. No perdamos un instante. Dnde est el fardo que baj por delante de 
nosotros? 
Entonces record que la vspera lo habamos buscado intilmente. Mi to interrog a 
Hans, quien. dcspus de escudriarlo todo con sus ojos de cazador, contest: 
-Der huppe! 
-All arriba. 
En efecto, el mencionado bulto hallbase detenido sobre un saliente de las rocas, a un 
centenar de pies encima de nuestras cabezas. Entonces el islands, con la agilidad de un 
gato, trep por la pared, y al cabo de algunos minutos caa entre nosotros el fardo. 
-Ahora -dijo mi to- Almorcemos: pero almorcemos como personas que tal vez tengan 
que hacer una larga jornada. 
La galleta y la carne seca fueron regadas con algunos tragos de agua mezclada con 
ginebra. 
Terminado el almuerzo, sac mi to del bolsillo un pequeo cuaderno destinado a las 
observaciones: examin, sucesivamente los diversos instrumentos y anot los datos 
siguientes 
LUNES 1. DE JULIO. 
Cronmetro: 8 h. 17 m. de la maana. 
13armetro: 29 p. 71. 
Termmetro: 6. 
Direccin: ESE. 
Este ltimo dato referase a la direccin de la galera obscura y fue suministrado por la 
brjula. 
-Ahora, Axel --exclam el profesor entusiasmado-, es cuando vamos a sepultarnos 
realmente en las entraas del globo. Este es, pues, el momento preciso en que empieza 
nuestro viaje. 
Dicho esto, tom con una mano el aparato de Ruhmkorff, que llevaba suspendido del 
cuello: puso en comunicacin, con la otra, la corriente elctrica del serpentn de la 
linterna, y una luz bastante viva disip las tinieblas de la galeria. 
Hans llevaba el segundo aparato, que fue puesto tambin en actividad. Esta ingeniosa 
aplicacin de la electricidad nos permitira ir creando, por espacio de mucho tiempo, un 
da artificial, aun en medio de los gases ms inflamables. 
-En marcha! -dijo mi to. 
Cada cual cogi su fardo. Hans se encarg de empujar por delante de s el paquete de 
las ropas y las cuerdas, y, uno detrs de otro, yo en ltimo lugar, entramos en la galera. 
En el momento de abismarme en aquel tenebroso corredor, levant la cabeza y vi por 
ltima vez, en el campo del inmenso tubo, aquel cielo de Islandia "que no deba volver a 
ver jams". 
La lava de la ltima erupcin de 1229 habase abierto paso a lo largo de aquel tnel, 
tapizando su interior con una capa espesa y brillante, en la que se reflejaba la luz elctrica 
centuplicndose su intensidad natural. 
Toda la dificultad del camino consista en no deslizarse con demasiada rapidez por 
aquella pendiente de 45 de inclinacin sobre poco ms o menos. Por fortuna, ciertas 
abolladuras y erosiones servan de peldaos, y no tenamos que hacer ms que bjar 
dejando que descendiesen por su propio peso nuestros fardos y cuidando de retenerlos 
con una larga cuerda. 

Pero los que bajo nuestros pies servan de peldaos, en las otras paredes convertanse 
en estalactitas: la lava, porosa en algunos lugares, presentaba en otros pequeas ampollas 
redondas: cristales de cuarzo opaco, ornados de lmpidas gotas de vidrio y suspendidos de 
la bveda a manera de araas, parecan encenderse a nuestro paso. Habrase dicho que los 
genios del abismo iluminaban su palacio para recibir dignamente a sus huspedes de la 
tierra. 
-Esto es magnfco! -exclam involuntariamente-. Qu espectculo, to! No le causan 
a usted admiracin esos ricos matices de la lave que varan del rojo obscuro al ms deslumbrante 
amarillo, por degradaciones insensibles?Y estos cristales que vemos como 
globos luminosos? 
-Ah, hijo mo! Por fin te vas convenciendo! Conque te perece esto esplndido! Ya 
vers otras cosas mejores! Vamos! Vamos! Prosigamos sin vacilar nuestra marcha! 
Mejor debiera haber dicho nuestro resbalamiento, pues nos dejbamos ir sin fatiga por 
pendientes inclinadas. Aquello era el facilis descensus Averni, de Virgilio. La brjula, 
que consultaba yo con frecuencia, marcaba invariablemente la direccin SE. Aquella 
senda de lava no se desviaba hacia un lado ni otro; posea la infexibilidad de la lnea 
recta. 
Sin embargo, el calor no aumentaba de una manera sensible, lo quc vena a confirmar 
las teoras de Devy, y, en ms de una ocasin, consult con asombro el termmetro. A las 
dos horas de marcha, slo marcaba 10, es decir, que haba experimentado una subida de 
4, lo cual me induca a pensar que nuestra marcha era ms horizontal que vertical. Nada 
ms fcil que conocer con toda exactitud la profundidad alcanzada; el profesor meda con 
la mayor escrupulosidad los ngulos de desviacin a inclinacin del camino; pero se 
reservaba el resultado de sus observaciones. 
Por la noche, a eso de las ocho, dio la seal de alto. Colgronse las lmparas en las 
puntas salientes de la lava, y Hans se sent en seguida. Nos hallbamos en una especie de 
caverna donde no faltaba el aire. Por el contrario, llegaba hasta nosotros una intensa 
corriente. Qu causas la producan? A qu agitacin atmosfrica debamos atribuir su 
origen? He aqu una cuestin que no trat siquiera de resolver en aquellos momentos; el 
cansancio y el hambre me incapacitaban para todo raciocinio. Un descenso de siete horas 
consecutivas no se efecta sin un gran derroche de fuerzas, y me encontraba agotado: as 
que la palabra alto son en mi odo como una meloda. 
Esparci Hans algunas provisiones sobre un bloque de lava, y todos devoramos con 
excelente apetito. Sin embargo, una idea me inquietaba: habamos ya consumido la mitad 
de nuestras previsiones de agua. Mi to contaba con rellenar nuestras vasijas en los 
manantiales subterrneos; pero, hasta aquel instante, no habamos tropezado con ninguno, 
y el fin me decid a llamarle la atencin sobre el particular. 
-Te sorprende esta ausencia de manantiales? -me dijo. 
-Sin duda, y hasta me inquieta; no tenemos agua ms que para cinco das. 
-Tranquilzate, Axel; te respondo de que encontraremos agua, y ms de la que 
quisiramos. 
-Cundo? 
-Cuando hayamos salido de esta envoltura de lava. Cmo quieres que surjan 
manantiales a travs de estas paredes? 
-Pero, no podra ocurrir que esta envoltura se prolongue a grandes profundidades? Me 
parece que no hemos avanzado mucho todava en sentido vertical. 

-Por qu supones eso? 
-Porque, si hubiramos penetrado mucho en el interior de la corteza terrestre, el calor 
sera ms intenso. 
-Eso segn tu teora ; y qu seala el termmetro? 
-Apenas 15, lo que supone un aumento de 9 solamente desde nuestra partida. 
-Y qu deduces de ah? 
-He aqu mi deduccin: segn las observaciones ms exactas, el aumento que 
experimente la temperatura en el interior del globo es de 1  por cada cien pies de 
profundidad. Ciertas condiciones locales pueden, no obstante. modificar esta cifra ; as, 
en Yakoust, en Siberia, se ha observado que el aumento de 1  se verifica cada 36 pies, lo 
cual depende evidentemente de la conductibilidad de las rocas. Aadir, adems, que en 
las proximidades de un volcn apagado, y a travs del gneis, se ha observado que la 
elevacin de la temperatura era slo de 1 por cada 125 pies. Aceptemos, pues, esta 
ltima hiptesis, que es la ms favorable, y calculemos. 
-Calcula cuanto quieras, hijo mo. 
-Nada ms fcil -dije, trazando en mi libreta algunas cifras-. Nueve veces 125 pies dan 
1.125 pies de profundidad. 
-Indudable. 
-Pues bien... 
-Pues bien, segn mis observaciones, nos hallamos e 10.000 pies bajo el nivel del mar. 
-Es posible? 
-S; los guarismos no mienten. 
Los clculos del profesor eran exactos; habamos ya rebasado en 6.000 pies las mayores 
profundidades alcanzadas por el hombre, tales como las minas de Kitz-Babl, en el Tirol, 
y las de Wuttemherg. en Bohemia. 
La temperatura, que hubiera debido ser de 81 en aquel lugar, era apenas de 15, lo cual 
suministraba motivo para muchas reflexiones. 
XIX 
Al da siguiente, martes 30 de junio, a las seis de la maana, reanudanlos nuestro 
descenso. 
Continuamos por la galera de lava. verdadera rampa natural, suave como esos planos 
inclinados que reemplazan an a las escaleras en las casas antiguas. As prosigui la 
marcha hasta las doce y diez minutos de la noche, instante preciso en que nos reunimos 
con Hans, que acababa de detenerse. 
-Ah! -exclam mi tio-, hemos llegado al extremo de la chimenea. 
Mir alrededor mo; nos hallbamos en el centro de una encrucijada, en la que 
desembocaban dos caminos, ambos sombros y estrechos. Cul deberamos seguir? 
Difcil era saberlo. 
-Mi to, sin embargo, no quera, al parecer, que ni el gua ni yo le visemos vacilar, y 
design con la mano el tnel del Este, en el que penetremos los tres en seguida. 
La verdad es que toda vacilacin ante aquellos dos caminos se habra prolongado 
indefnidamente, porque no exista indicio alguno que aconsejase el dar la preferencia a 
uno a otro. Era preciso confiarse por completo a la suerte. 
La pendiente de esta nueva galera era poco sensible, y su seccin bastante desigual. A 
veces desarrollbase delante de nuestros pasos una sucesin de arcadas que recordaban 

las naves laterales de una catedral gtica; los artistas de la Edad Media hubieran podido 
estudiar all todas las formas de esa arquitectura religiosa que tiene por generatriz a la 
ojiva. 
Una milla ms lejos, nuestra cabeza inclinbase bjo los arcos rebajados del estilo 
romano, y gruesos pilares, embutidos en la pared, sostenan las cadas de las bvedas. 
En ciertos lugares, esta disposicin ceda el puesto a subestructuras bajas que 
recordaban las obras de los castores, y tenamos, para avanzar, que arrastrarnos a lo largo 
de estrechos pasadizos. 
El grado de calor se mantena soportable. Involuntariamente pensaba en cun grande 
deba ser su intensidad cuando las lavas vomitadas por el Sneffels se precipitaban por 
aquella va tan tranquila en la actualidad. Imaginbame los torrentes de fuego que se 
estrellaran contra los ngulos de la galera, y la acumulacin de los vapores recalentados 
en aquel estrecho lugar. 
"Con tal" pense "que el viejo volcn no se vea asaltado por algn capricho senil!" 
Me guardaba muy bien de comunicar a mi to semejantes reflexiones, porque no las 
hubiera comprendido. Su nico pensamiento era avanzar. Caminaba, se deslizaba y hasta 
rodaba a veces con una conviccin admirable. 
A las seis de le tarde, tras un paseo poco fatigoso, habamos avanzado dos leguas hacia 
el Sur, pero apenas un cuarto de milla en profundidad. 
Mi to dio la seal de descanso. Comimos sin abusar de la charla y nos dormimos sin 
entregarnos a grandes reflexiones. 
Nuestros preparativos para pasar la noche no podan ser ms sencillos: una manta de 
viaje, en la que nos envolvamos, era todo nuestro lecho. No haba que temer ni fro ni 
visitas importunas. Los viajeros que se ven precisados a engolfarse en los desiertos del 
Africa, o en las selvas del Nuevo Mundo, tienen que velar los unos el sueo de los otros; 
pero all, la soledad era absoluta y la seguridad completa. No haba necesidad de 
precaverse contra salvajes ni fieras, que son las razas ms dainas de la tierra. 
A la maana siguiente, nos despertamos descansados y giles, y reanudamos en seguida 
la marcha, a lo largo de una galera cubierta de lava, lo mismo que la vspera. 
Imposible se haca reconocer los terrenos que atravesbamos. El tnel, en vez de 
hundirse en las entraas del globo, tenda a hacerse horizontal por completo. Hasta 
parecime observar que suba hacia la superficie de la tierra. Esta disposicin hzose tan 
patente a eso de las diez de la maana, y tan fatigosa por tanto, que me vi precisado a 
moderar la marcha. 
-Qu es eso, Axel? -dijo, impaciente, mi to. 
-Que no puedo ms -respondle. 
-Cmo es eso! Al cabo de slo tres horas de paseo por un camino tan liso! 
-Liso, s; pero fatigoso en extremo. 
-Cmo fatigoso, cuando siempre caminamos cuesta abajo! 
-Cuesta arriba, si no lo toma usted a mal! 
-Cuesta arriba -dijo mi to, encogindose de hombros. 
-Sin duda. Hace media hora que se han modificado las pendientes. Y, de seguir as, no 
tardaremos en salir nuevamente a la superficie de Islandia. 
El profesor sacudi la cabeza como hombre que no quiere dejarse convencer. Trat de 
reanudar la conversacin, pero no me contest y dio la seal de marcha. Comprend que 
su silencio era slo la manifestacin exterior de su mal humor concentrado. 

Tom otra vez mi fardo con denuedo y segu con paso rpido a Hans, que preceda a mi 
to, procurando no distanciarme, pues mi principal cuidado era no perder jams de vista a 
mis compaeros. Estremecame ante la idea de extraviarme en las profundidades de aquel 
laberinto. 
Por otra parte, si bien el camino ascendente era ms fatigoso, consolbame el pensar 
que, en cambio, nos acercaba a la superfcie de la tierra. Era sta una esperanza que vea 
confirmada a cada paso. 
A medioda cambiaron de aspecto las paredes de la galera. Dime cuenta de ello al 
observar la debilitacin que sufri la luz elctrica reflejada por ellas. Al revestimiento de 
lava sucedi la roca viva. El macizo se compona de capas inclinadas y a menudo 
verticalmente dispuestas. Nos hallbamos en pleno perodo de transicin, en pleno 
perodo silrico. 
-Es evidente -exclamo- que los sedimentos de las aguas han formado, en la segunda 
poca de la tierra, estos esquistos, estas calizas, y estos asperones! Volvemos la espalda 
al macizo de granito! Hacemos como los vecinos de Hamburgo que, para trasladarse a 
Lubeck, tomasen el camino de Hannover. 
Preferible habra sido que me hubiese reservado mis observaciones: pero mi 
temperamento de gelogo pudo ms que la prudencia, y el profesor Lidenbrock oy mis 
exclamaciones. 
-Qu tienes? -me pregunt. 
-Mire usted -le contest, mostrndole la variada sucesin de los asperones, las calizas y 
los primeros indicios de terrenos pizarrosos. 
-Y qu tenemos con eso? 
-Que hemos llegado al perodo en que aparecieron las primeras plantas y los primeros 
animales. 
-Lo crees as? 
-Valo usted mismo; examnelo obsrvelo! 
Obligu al profesor a pasear su lmpara por delante de las paredes de la galera. 
Esperaba que se escapase de sus labios alguna exclamacin; pero. lejos de esto, no dijo 
una palabra y prosigui su camino. 
Me haba comprendido o no? Era que, por vanidad de sabio y de to, no quera 
convenir conmigo en que se haba equivocado al elegir el tnel del Este, o que deseaba 
reconocer hasta el fin la galera aquella? Era evidente que habamos abandonado el 
camino de las lavas, y que el que seguamos no poda conducir al foco del Sneffels. 
Pcro, dara yo acaso demasiada importancia a esta modificacin de terreno? No 
estara equivocado? Atravesbamos realmente aquellas capas de roca superpuestas al 
macizo de granito? 
-Si tengo razn -pensaba-, fuerza ser que halle restos de plantas primitivas, y entonces 
no habr ms remedio que rendirse a la evidencia. Busquemos. 
No habra dado an cien pasos, cuando descubrieron mis ojos pruebas irrefutables. Era 
lgico que as sucediese, porque, en el perodo silrico encerraban los mares ms de mil 
quinientas especies vegetales o animales. Mis pies habituados al duro suelo de la lava, 
pisaron de repente un polvo formado de desjes de plantas y de conchas. En las paredes 
veanse distintamente huellas de ovas y licopodios; el profesor Lidenbrock no poda 
engaarse; pero me parece que cerraba los jos y prosegua su camino con paso 
invariable. 

Era la terquedad llevada hasta el ltimo lmite. No pude reprimirme por ms tiempo; 
tom una concha perfectamente conservada, que haba pertenecido a un animal semejante 
a la cucaracha actual, me aproxim a mi to, y, mostrndosela, le dije: 
-Mire usted. 
-Qu me muestras ah? -respondi tranquilamente-; eso es la concha de un crustceo 
perteneciente al orden ya extinguido de los trilobites, ni ms ni menos. 
-Pero no deduce usted de su presencia aqu...? 
-Eso mismo que deduces t? Convenido. Hemos abandonado la capa de granito y el 
camino de las lavas. Es posible que me haya equivocado: pero no me cenvencer de mi 
error hasta que no haya llegado al extremo de esta galera. 
-Hara usted perfectamente en proceder de ese modo, y yo aprobara en un todo su 
conducta, si no fuese de temer un peligro cada vez ms inminente. 
-Cul? 
-La falta de agua. 
-Pues bien, quiere decir que nos pondremos a media racin, Axel. 
XX 
En efecto, era preciso economizar este lquido, pues nuestra previsin no poda durar 
ms de tres das, como pude comprobar por la noche, a la hora de cenar. Y lo peor del 
caso era que haba pocas esperanzas de encontrar ningn manantial en aquellos terrenos 
del perodo de transicin. 
Durante todo el da siguiente, mostrnos la galera sus interminables arcadas. 
Caminbamos casi sin despegar nuestros labios. Hans habanos contagiado su mutismo. 
El camino no ascenda, por lo menos de una manera sensible, y hasta, a veces, pareca 
que bajbamos. Pero esta tendencia, no muy marcada por cierto, no deba tranquilizar al 
profesor porque la naturaleza de las capas no se modificaba, y el perodo de transicin 
afirmbase cada vez ms. 
La luz elctrica arrancaba vivos destellos a los esquistos, las calizas y los viejos 
asperones rojos de las paredes; pareca que nos hallbamos dentro de una zanja profunda, 
abierta en el condado de Devon, que da su nombre a esta clase de terrenos. Magnficos 
ejemplares de mrmoles recubran las paredes: unos de color gris gata, surcados de 
venas blancas caprichosamente dispuestas; otros de color encarnado o amarillo con 
manchas rojizas; mas lejos, ejemplares de esos jaspes de matices sombros, en los que se 
revela la existencia de la caliza con ms vivo color. 
En la mayora de estos mrmoles observbanse huellas de animales primitivos; pero, 
desde la vspera, la creacin haba progresado de una manera evidente. En lugar de los 
trilobites rudimentarios, vi restos de un orden ms perfecto, entre otros, de peces 
ganoideos y de esos sauropterigios en los que la perspicacia de los paleontlogos ha 
sabido descubrir las primeras manifestaciones de los reptiles. Los mares devonianos 
estaban habitados por gran nmero de animales de esta especie, que depositaron a miles 
en las rocas de nueva formacin. 
Era evidente que remontbamos la escala de la vida animal, cuyo ltimo y ms elevado 
peldao ocupan las criaturas humanas: pero el profesor Lidenbrock no pareca fijar 
mientes en ella. 
Esperaba que ocurriese alguna de estas dos cosas: o que se abriera de repente ante sus 
pies un pozo vertical que le permitiese reanudar su descenso, o que un inesperado 

obstculo le impidiese continuar por el camino emprendido. Pero lleg la noche sin que 
se realizara esta esperanza. 
El viernes, despus de una noche durante la cual empec a experimentar los tormentos 
de la sed, reanudamos nuestro vije a lo largo de la misma galera. 
Despus de diez horas de marcha, observ que la reverberacin de nuestras lmparas 
sobre las paredes decreca de una manera notable. El mrmol, el esquisto. la caliza y el 
aspern de las murallas cedan el puesto a un revestimiento mate y sombro. En un pasje 
en que el tnel se estrech demasiado, apoyme en la pared. 
Cuando retir la mano, vi que la tena toda negra. Mir desde ms cerca. y adquir el 
convencimiento de que nos encontrbamos en un yacimiento de hulla. 
-Una mina de carbn! -exclam. 
-Una mina sin mineros -respondi mi to. 
-Quin sabe -observ yo. 
-Yo lo s -replic el profesor con aire convencido-; tengo la seguridad de que esta 
galera, perforada a travs de estos yacimientos de hulla, no ha sido construida por los 
hombres. Pero poco nos importa que sea o no obra de la Naturaleza. He llegado la hora 
de cenar. Cenemos. 
Hans prepar algunos alimentos. Yo apenas prob bocado y beb las escasas gotas de 
agua que constituan mi racin. El odre del gua, lleno solamente a medias, era lo nico 
que quedaba para apagar la sed de tres hombres. 
Despus de la cena, envolvironse mis dos compaeros en sus mantas y hallaron en el 
sueo un remedio a sus fatigas. Por lo que a m respecto, no pude pegar los prpados, y 
cont todas las horas hasta la siguiente maana. 
El sbado a las seis emprendimos nuevamente la marcha. Veinte minutos ms tarde, 
llegamos a una vasta excavacin, y me convenc entonces de que la mano del hombre no 
poda haber abierto aquella mina, supuesto que sus bvedas no estaban apuntaladas y no 
se derrumbaban por un verdadero milagro de equilibrio. 
Esta especie de caverna media cien pies de longitud por ciento cincuenta de altura. El 
terreno haba sido violentamente removido por una comnocin subterrnea. El macizo 
terrestre habase dislocado cediendo a alguna violenta impulsin y dejando este amplio 
vaco en el que penetraban por primera vez los habitantes de la tierra. 
Toda la historia del perodo de la hulla estaba escrita sobre aquellas paredes sombras, 
cuyas diversas fases poda seguir fcilmente un gelogo. Los lechos de carbn hallbanse 
separados por capas muy compactas de arcilla o de aspern, y como aplastados por las 
capas superiores. 
En aquella edad del mundo que precedi al perodo secundario, la tierra se cubri de 
inmensas vegetaciones, debidas a la accin combinada del calor tropical y de una 
humedad persistente. Una atmsfera de vapores rodeaba por todas partes al globo, 
privndole de los rayos del sol. 
Este es el fundamento de la teora de que las temperaturas elevadas no provenan de 
dicho astro, el cual es muy posible que an no se hallase en estado de desempear su 
esplendoroso papel. Los climas no existan todava, y en toda la superficie del globo 
reinaba un calor trrido, que media la misma intensidad en l Ecuador que en los polos. 
De dnde proceda? Del interior de la tierra. 
A pesar de las teoras del profsor Lidenbrock. exista un fuego violento en las entraas 
de nuestro esferoide, cuya accin se haca sentir hasta en las ltimas capas de la corteza 

terrestre. Privadas las plantas del benfico influjo de los rayos del sol, no daban flores ni 
exhalaban perfumes ; pero absorban sus races una vida muy enrgica de los terrenos 
ardientes de los primeros das. 
Haba pocos rboles, pero abundaban las plantas herbceas, como cspedes inmensos, 
helechos, licopodios, siguarias y asterofilitas, familias raras cuyas especies se contaban 
entonces por millares. 
A esta exuberante vegetacin debe su origen le hulla. La corteza an elstica del globo 
obedeca a los movimientos de la masa lquida que le cubra, producindose numerosas 
hendeduras y grietas; y las plantar, arrastradas debajo de las aguas, formaron poco a poco 
masas considerables. 
Entonces intervino la accin de la qumica natural en el fondo de los mares, las 
acumulaciones vegetales convirtironse primero en turba: despus, gracias a la influencia 
de los gases y el calor de la fermentacin, se mineralizaron por completo. 
De este modo se formaron esas inmensas capas de carbn que el consumo de todos los 
pueblos de la tierra no lograr agotar en muchos siglos. 
Estas reflexiones asaltaban mi mente mientras consideraba las riquezas hulleras 
acumuladas en esta porcin del macizo terrestre, las cuales, probablemente. no seran 
jams descubiertas. La explotacin de estas minas tan distantes exigira sacrificios 
demasiado considerables. 
Por otra parte, qu necesidad haba de ello, toda vez que la hulla se halla repartida, por 
decirlo as, por toda la superficic de la tierra, en un gran nmero de regiones? Era, pues, 
de suponer que al sonar la ltima hora del mundo se hallasen aquellos yacimientos 
carbonferos intactos y tal cual los contemplaba yo entonccs. 
Entretanto, seguamos caminando, y era yo, a buen seguro, el nico de los tres que 
olvidaba la largura del camino para abismarme en consideraciones geolgicas. La 
temperatura segua siendo aproximadamente la misma que cuando caminbamos entre 
lavas y esquistos. En cambio, se notaba un olor muy pronunciado a protocarburo de 
hidrgeno. lo que me hizo advertir en seguida la presencia en aquella galera de una gran 
cantidad de ese peligroso fluido que los mineros designan con el nombre de gris, cuya 
explosin ha causado con frecuencia tan espantosas catstrofes. 
Afortunadamente, nos bamos alumbrando con los ingeniosos aparatos de Ruhmkorff. 
Si, por desgracia, hubisemos imprudentemente explorado aquella galera con antorchas 
en las manos, una explosin terrible hubiera puesto fin al viaje, suprimiendo radicalmente 
a los viajeros. 
La excursin a travs de la mina dur hasta la noche. Mi to se esforzaba en refrenar la 
impaciencia que le produca la horizontalidad del camino. Las profundas tinieblas que a 
veinte pasos reinaban no permitan apreciar la longitud de la galera, y ya empezaba yo a 
creer que era interminable, cuando, de repente, a las seis, tropezamos con un muro que 
nos cerraba el camino. Ni a derecha, ni a izquierda, ni arriba, ni abajo vease paso alguno. 
Habamos llegado al fondo de un callejn sin salida. 
-Bueno! tanto mejor-exclam mi to-; al menos, ya s a qu atenerme. No es ste el 
camino seguido por Saknussemm, y no queda otro nemedio que desandar lo andado. Descansemos 
esta noche, y, antes que transcurran tres das, habremos vuelto al punto donde 
la galera se bifurca. 
-Si -dije yo-, si nos alcanzan las fuerzas! 
-Y por qu no nos han de alcanzar? 

-Porque maana no tendremos ni una gota de agua. 
-Y valor, no tendremos tampoco? exclam el profesor, dirigindome una mirada 
severa. 
No me atrev a contestarle. 
XX 
Al da siguiente, partimos de madrugada. Tenamos que darnos prisa, porque nos 
hallbamos a cinco jornadas del punto de bifurcacin de la galera subterrnea. 
No me detendr a detallar los sufrimicntos de nuestro viaje de vuelta. Mi to los soport 
con la clera de un hombre que no se siente ya ms fuerte que ellos mismos; Hans, con la 
resignacin de su naturaleza pacfica; yo, fuerza es que lo confiese, quejndome y 
desesperndome, sin valor para luchar contra mi mala estrella. 
Como lo haba previsto, falt el agua por completo al finalizar la primera jornada; 
nuestra provisin de lquido qued entonces reducida a ginebra; pero este licor infernal 
nos abrasaba el gaznate, y ni siquiera su vista poda soportar. La temperatura ambiente 
parecame sofocante. El cansancio paralizaba mis miembros. Ms de una vez estuve a 
punto de caer sin movimiento. Entonces hacamos alto, y mi to y el islands me animaban 
todo lo mejor que podan. Pero yo bien vea que el primero apenas poda 
defenderse contra el extremado cansancio y las torturas nacidas de la privacin de agua. 
Por fin, el 8 de julio, arrastrndonos sobre las rodillas y las manos, llegamos, medio 
muertos, al punto de interseccin de las dos galeras. All permanec como una masa 
inerte, tendido sobre la lava. Eran las diez de la maana. 
Hans y mi to, recostados contra la pared, trataron de masticar algunos trozos de galleta. 
Prolongados gemidos escapbanse de mis labios tumefactos, y acab por caer en un 
profundo sopor. 
Al cabo de algn tiempo, mi to se aproxim a m y me levant en sus brazos. 
-Pobre criatura! -murmur con acento de no fingida piedad. 
Estas palabras conmovironme, pues no estaba acostumbrado a or ternezas al terrible 
profesor. Estrech entre las mas sus temblorosas manos, y l me mir con cario. Sus 
ojos se humedecieron. 
Vile entonces coger la calabaza que llevaba colgada de la cintura, y con gran asombro 
mo, me la aproxim a los labios, dicindome: 
-Bebe. 
Haba entendido mal? Se haba vuelto loco mi to? Lo contemplaba con una mirada 
estpida sin querer comprenderle. 
-Bebe -repiti l. 
Y, alzando la calabaza, verti su contenido entre mis labios. 
Oh gozo incomparable! Un sorbo de agua exquisita humedeci mis ardorosas fauces; 
uno solo, es verdad, pero bast para devolverme la vida que ya se me escapaba. 
Di gracias a mi to con las manos cruzadas. 
-S .-dijo l-. un sorbo de agua, el ltimo! Te enteras? El ltimo! Lo guardaba como 
un tesoro precioso en el fondo de mi calabaza. Cien veces he tenido que refrenar los 
irresistibles deseos que me acometan de bebrmela; pero, al fin. Axel, pudo mas el 
cario que el deseo, y la reserv para ti. 
-To! -murmur enternecido, llenndoseme los ojos de lgrimas. 

-S, hijo mo: bien saba que al llegar a esta encrucijada te desplomaras medio muerto, 
y reserv mis ltimas gotas de agua para reanimarte. 
-Gracias! Gracias! -exclam. 
Aquel sorbo de agua, aunque no aplacase mi sed, me hizo recuperar algunas fuerzas. 
Distendironse los msculos de mi garganta, contrados hasta entonces, y cedi un poco 
la irritacin de mis labios, permitindome hablar. 
-Veamos -dije-; no podernos tomar ms que un partido ; faltndonos el agua, tendremos 
que retroceder. 
Mientras yo me expresaba de esta suerte, evitaba mi to mis miradas; bajaba la cabeza y 
sus ojos huan de los mos. 
-Es preciso retroceder -exclam-, y tomar nuevamente el camino del Sneffels. Dios 
quiera darnos fuerzas para subir hasta la cima del crter! 
-Retroceder! -exclam mi to, como si, ms bien que a m, se respondiese a s mismo. 
-S, s; retroceder, y sin perder un instante. 
Hubo una pausa bastante prolongada. 
-De modo, Axel -repuso el profesor con tono extrao-, que esas gotas de agua no te 
han devuelto el valor y la energa? 
-El valor! 
-Te veo abatido lo mismo que antes, y pronunciando an palabras de desesperacin. 
Con qu clase de hombre tena que entendrmelas y qu proyectos acariciaba an 
aquel espritu audaz? 
-Cmo! No quiere usted...? 
-Renunciar a esta expedicin en el momento en que todo parece anunciarme que 
puedo llevarla a cabo felizmente? Jams! 
-De suerte que es preciso resignarse a perecer? 
-No, Axel, no! Parte t. No deseo tu muerte. Que te acompae Hans. Djame solo! 
-Abandonarle a usted! 
-Djame repito! Iniciado este viaje, estoy dispuesto a perecer en l o darle cima. Vete, 
Axel. vete! 
Mi to se expresaba con extraordinario calor. Su voz, enternecida un instante, adquiri 
nuevamente su dureza habitual. Luchaba contra lo imposible con incontrastable energa! 
No quera abandonarle en el fondo de aquel abismo; pero, por otra parte, el instinto de 
conservacin impulsbame a huir. 
El gua presenciaba esta escena con su habitual indiferencia; pero dndose cuenta de lo 
que entre sus compaeros pasaba. Nuestros gestos indicaban claramente las diferentes 
caminos que cada cual propona: pero a Hans pareca interesarle muy poco una cuestin 
de la cual dependa tal vez su existencia, y se hallaba dispuesto a partir, si as se le 
ordenaba, o a quedarse, si sta era la voluntad de quien le tena a su servicio. 
Lstima grande que no pudiera entenderme en aquellos decisivos instantes! Mis 
palabras, mis gemidos, mi acento, habran triunfado de su naturaleza indiferente. Habrale 
hecho comprender y tocar con el dedo los peligros que no pareca sospechar. Entre 
ambos, es posible que hubiramos logrado convencer al obstinado profesor. En caso 
necesario, le hubiramos obligado a volver a la cima del Sneffels. 
Aproximme a Hans, y coloqu sobre su mano la ma; pero no se movi. Mostrle el 
camino del crter, y permaneci impasible. Mi anhelante rostro expresaba todos mis 

sufrimientos. El islands sacudi lentamente la cabeza, y, sealando, con flema, a mi to, 
exclam: 
-Master. 
-El amo! -exclam yo-. Insensato! No, no es dueo de tu vida! Es necesario huir! Es 
preciso llevarle con nosotros! Me entiendes? 
Haba asido a Hans por el brazo y trataba de obligarle a que se pusiera de pie, 
sosteniendo con l un pugilato. Entonces intervino mi to. 
-Calma, Axel -me dijo-. Nada conseguiras de este servidor impasible. As, escucha lo 
que voy a proponerte. 
Yo me cruc de brazos, contemplando a mi to cara a cara. . 
-La falta de agua -dijo- es el nico obstculo que se opone a la realizacin de mis 
proyectos. En la galera del Este, formada de lavas, esquistos y hullas, no hemos hallado 
ni una sola molcula de lquido. Es posible que tengamos ms suerte siguiendo el tnel 
del Oeste. 
Yo sacud la cabeza con un aire de perfecta incredulidad. 
-Escchame hasta el fin -aadi el profesor esforzando la voz-. Mientras yacas ah, 
privado de movimiento, he ido a reconocer la conformacin de esa otra galera. Se hunde 
directamente en las entraas del -lobo, y, en pocas horas, nos conducir al macizo 
grantico, donde hemos de encontrar abundantes manantiales. As lo exige la naturaleza 
de la roca, y el instinto se ala con la lgica para apoyar mi conviccin. He aqu, pues, lo 
que quiero proponerte: cuando Coln pidi a sus tripulaciones un plazo de tres das para 
hallar las nuevas tierras, aquellos esforzados marinos, a pesar de hallarse enfermos y 
consternados, accedieron a su demanda, y el insigne genovs descubri el Nuevo Mundo. 
Yo, Coln de estas regiones subterrneas, slo te pido un da. Si, transcurrido este plazo, 
no he logrado encontrar el agua que nos falta, te juro que volveremos a la superficie de la 
tierra. 
A pesar de mi irritacin, conmovironme estas palabras de mi to y la violencia que 
tena que hacerse a s mismo para emplear semejante lenguje. 
-Est bien -exclam-, hgase en todo la voluntad de usted, y que Dios recompense su 
energa sobrehumana. Slo dispone usted de algunas horas para probar su suerte. En 
marcha! 
XXII 
Emprendimos en seguida el descenso por la nueva galera. Hans marchaba delante, 
como era su costumbre. No habamos avanzado an cien pasos, cuando exclam el 
profesor, paseando su lmpara a lo largo de las paredes: 
-Aqu tenemos los terrenos primitivos! Vamos por buen camino! Adelante! 
Adelante! 
Cuando la tierra se fue enfriando poco a poco, de los primeros das del mundo, la 
disminucin de su volumen produjo en su corteza dislocaciones, rupturas, depresiones y 
fendas. La galera que recorrimos entonces era una de esas grietas por la cual se 
derramaba en otro tiempo el granito eruptivo; sus mil recodos formaban un inextricable 
laberinto a travs del terreno primordial. 
A medida que descendamos, la sucesin de las capas que formaban el terreno primitivo 
mostrbanse con mayor claridad. La ciencia geolgica considera este terreno primitivo 
como la base de la corteza mineral, y ha descubierto que se compone de tres capas 

diferentes: los esquistos, los gneis y los micaesquistos, que reposan sobre esa 
inquebrantable roca que llamamos granito. 
Jams se haban encontrado los mineralogistas en tan maravillosas circunstancias para 
poder estudiar la Naturaleza en su propio seno. La parte de la contextura del globo que la 
sonda, instrumento ininteligente y brutal, no poda trasladar a su superficie, bamos a 
estudiarlo con nuestros propios ojos, a palparlo con nuestras propias manos. 
A travs de la capa de los esquistos, coloreados de bellos matices verdes, serpenteaban 
filones metlicos de cobre y de manganeso con algunos vestigios de oro y de platino. 
Esto me haca pensar en las inmensas riquezas sepultadas en las entraas del globo, que 
la codicia humana no disfrutar jams. Los cataclismos de los primeros das hubieron de 
enterrarlas en tales profundidades, que ni el azadn ni el pico lograrn arrancarlas de sus 
tumbas. 
A los esquistos sucedieron los gneis, de estructura estratiforme, notables por la 
regularidad y paralelismo de sus hojas; y despus los micaesquistos, dispuestos en 
grandes lminas, cuya visibilidad realzaban los centelleos de la mica blanca. 
La luz de los aparatos, reflejada por las pequeas facetas de la masa rocosa, cruzaba 
bjo todos los ngulos sus efluvios de fuego, y me pareca que vijbamos a travs de un 
diamante hueco, en cuyo interior se quebraban los rayos luminosos en mil caprichosos 
destellos. 
Hacia las seis de la tarde, este derroche de luz disminuy sensiblemente y casi ces 
despus. Las paredes adquirieron un aspecto cristalino, pero sombro; la mica se mezcl 
ms ntimamente con el feldespato y el cuarzo para formar la roca por excelencia, le 
piedra ms dura de todas, la que soporta sin quebrarse el peso enorme de los cuatro 
rdenes del globo. Nos hallbamos encerrados en una inmensa prisin de granito. 
Eran las ocho de la noche y el agua no haba parecido. Yo padeca horriblemente; mi to 
segua marchando sin quererse detener. Aguzaba el odo tratando de sorprender el 
murmullo de algn manantial; mas en vano. 
Mis piernas se negaban ya a sostenerme, a pesar de lo cual me sobrepona a mis torturas 
para no obligar a mi to a hacer alto. Esto hubiera sido para l el golpe de gracia, porque 
tocaba a su fin la jornada que l mismo sealara como plazo. 
Por fin me abandonaron las fuerzas; lanc un grito, y ca. 
-Socorro, que me muero! -exclam. 
Mi to volvi sobre sus pasos. Contemplme con los brazos cruzados, y salieron 
despus de sus labios estas palabras fatdicas. 
-Todo se ha acabado! 
Un gesto espantoso de clera hiri por postrera vez mis miradas, y cerr resignado los 
ojos. 
Cuando los volv a abrir, vi a mis dos compaeros inmviles y envueltos en sus mantas. 
Dorman? Por lo que a mi respecta, no pude conciliar el sueo un momento. Padeca 
demasiado, y me atormentaba, sobre todo, la idea de que mi mal no deba tener remedio. 
Las ltimas palabras de mi to resonaban an en mis odos. Todo se haba acabado, en 
efecto; porque, en semejante estado de debilidad, no haba que pensar siquiera en volver a 
la superficie de la tierra. 
Haba que atravesar legua y media nada menos de corteza terrestre! Parecame que esta 
enorme masa gravitaba con todo su peso sobre mis espaldas y me aplastaba, agotando las 

escasas energas que me quedaban los violentos esfuerzos que haca para librarme de 
aquella inmensa mole de granito. 
Transcurrieron varias horas. Un silencio profundo reinaba en torno nuestro: el silencio 
de las tumbas! Ningn rumor poda llegar a travs de aquellas paredes, la ms delgada de 
las cuales me dira, por lo menos, cinco millas de espesor. 
Sin embargo, en medio de mi sopor, cre percibir un ruido el tnel se quedaba a 
obscuras. Mir con mayor atencin y parecime ver que desapareca el islands con su 
lmpara en la mano. 
A dnde encaminaba sus pasos'? Tratara de abandonarnos? Mi to dorma a pierna 
suelta. Quise gritar, pero mi voz ahogse entre mis secos labios. La obscuridad habase 
hecho profunda, y extinguironse los ltimos ruidos. 
-Hans nos abandona! -exclam-. Hans! Hans! 
Estas palabras slo pude gritarlas con la mente, as que no pudieron salir de mi pecho. 
Sin embargo, despus del primer instance de terror, avergoncme de mis sospechas 
contra un hombre cuya conducta hasta entonces no se haba hecho sospechosa. Su partida 
no poda ser una fuga. En lugar de dirigirse hacia la boca de la galera, internbase ms 
en ella. De abrigar criminales designios, habra marchado en opuesta direccin. Este 
razonamiento tranquilizme un poco y entr en otro orden de ideas. 
Slo un grave motivo hubiera podido arrancar de su reposo al pacifico Hans. Iba a 
hacer una descubierta? Habra odo en el silencio de la noche algn murmullo que no 
haha llegado hasta m? 
XXIII 
Durante una hora entera cruzaron por mi delirante cerebro todas las razones que habran 
podido impulsar el flemtico cazador. Bullan en mi mente las ideas ms absurdas. Cre 
volverme loco. 
Por fin, escuch ruido de pasos en las profundidades del abismo. Hans regresaba sin 
duda. Su luz incierta comenz a reflejarse sobre las paredes, y brill luego en la abertura 
del corredor, tras ella, apareci el gua. 
Aproximse a mi to, psole la mano en el hombro y le despert con cuidado. Mi to se 
levant, preguntando: 
-Qu ocurre? Qu sucede? 
-Watten -respondi el cazador. 
Sin duda, bajo la impresin de los violentos dolores todos nos hacemos polglotas. Yo 
ignoraba en absoluto el dans, y, sin embargo, entend instintivamente la palabra 
pronunciada por nuestro gua. 
-Agua! Agua! --exclam palmoteando, gesticulando como un insensato. 
-Agua! -repiti mi to-. Hvar?-pregunt al islands. 
-Neat! -respondi ste. 
Dnde? All abajo! Todo lo comprend. Habame apoderado de las manos del 
cazador y se las oprima con cario, mientras l me miraba con calma. 
Breves fueron los preparativos de marcha, internndonos en seguida por un corredor 
que tena una pendiente de dos pies por toesa. 
Una hora ms tarde, habamos avanzado unas mil toesas, aproximadamente, y 
descendido dos mil pies. 

En aquel preciso momento, omos distintamente un inslito ruido que se transmita a lo 
largo de las paredes de granito de la galera, una especie de mugido sordo, como un 
trueno lejano. 
Durance esta primera media hora de marcha. al ver que no tropezbamos con el 
manantial anunciado, reprodujronse mis angustias; pero entonces explicme mi to el 
origen de los ruidos que escuchhamos. 
-Hans no se ha engaado -me dijo-; ese rumor que oyes es el mugido de un torrente. 
-Un torrente?-exclam. 
-Sin duda de ningn gnero. Un ro subterrneo circula en torno nuestro. 
Apresuramos el paso, hostigados por la esperanza. El solo ruido del agua ejerci sobre 
mi organismo un efecto temperante, y dej de sentir toda fatiga. El torrente, despus de 
haber corrido mucho tiempo por encima de nuestras cabezas, cambise a la pared de la 
derecha, mugiendo y dando saltos. Yo pasaba a cada instante la mano por la roca, 
esperando hallar en ella seales de filtracin o humedad; pero en vano. 
Transcurri todava media hora, durante la cual avanzamos otra media legua. 
Entonces qued evidenciado que el cazador, durante su ausencia, no haba tenido 
tiempo de llevar ms adelante sus investigaciones. Guiado por un instinto peculiar a los 
rnontaeses y a los hidroscopios, sinti, por decirlo as, este torrente a travs de las rocas, 
pero no vi, en realidad, el lquido precioso; as que no haba bebido. 
Pronto se ech de ver que, si proseguamos la marcha, nos alejaramos del torrente toda 
vez que su murmullo tenda a disminuir. 
Retrocedimos un poco y Hans detvose en el preciso lugar donde el torrente pareca 
estar ms prximo. 
Tom asiento al lado de la pared, en tanto que las aguas corran a dos pies de distancia 
de m con una violencia extrema. Pero un muro de granito nos separaba an de ellas. 
Sin rellexionar, sin preguntarme siquiera si no habra algn medio de procurarse aquel 
agua me abandon otra vez, momentneamente, a la desesperacin. 
Mirme Hans, y cre descubrir en sus labios una ligera sonrisa. 
Levantse, tom la lmpara y se dirigi a la pared. Yo le segu sin quitarle la vista de 
encima. Aplic el odo a la piedra seca y lo pase por ella lentamente, escuchando con 
suma atencin. Comprend que buscaba el punto preciso en que se oyera con ms 
claridad el ruido del torrente. 
Por fin, encontr este punto en la pared lateral de le izquierda, a tres pies de elevacin. 
Que emocin tan grande la ma! No osaba adivinar lo que quera hacer el cazador! 
Pero no tuve ms remedio que comprenderlo y aplaudirle, y hasta animarle con mis 
caricias, cuando le vi coger en sus manos el pico para horadar la roca. 
-Salvados! -grit-, salvados! 
-S -repiti mi to con jbilo frentico! Hans tiene mucha razn! Bien por el cazador! 
A nosotros no se nos hubiese ocurrido! 
-Ya lo creo que no! Por sencillo que fuese el expediente, no habramos cado en ello. 
Nada ms peligroso que atacar con el pico el armazn del globo. Y si sobrevena un 
hundimiento que nos aplastase! Y si el torrente, al encontrar salida a travs de la roca, 
nos ahogaba! Estos peligros nada tenan de quimricos; pero, en aquellas circunstancias, 
los temores de provocar una inundacin o un hundimiento no podan detenernos, y era 
nuestra sed tan intensa que, con tal de aplacarla, hubiramos sido capaces de abrir un 
orificio en el fondo del mismo Ocano. 

Hans acometi esta empresa, a la que ni mi to ni yo hubisemos sido capaces de dar 
cima. Nuestras manos, impulsadas por la impaciencia, hubieran imprudentemente 
acelerado nuestros golpes y hecho volar la roca en mil pedazos. El gua, por el contrario, 
tranquilo y moderado, desgast poco a poco la roca mediante una serie de pequeos 
golpes repetidos, hasta abrir un orificio de medio pie de dimetro. 
El ruido del torrente aumentaba por momentos, y ya crea sentir que el agua 
bienhechora humedeca mis ardorosos labios. 
No tard la piqueta en penetrar dos pies en la pared de granito. Una hora duraba ya la 
difcil operacin y yo me retorca de impaciencia. Mi to quera recurrir a las medidas 
extremas, costndome no poco el detenerle; pero al ir a empuar su piqueta, oyse de 
repente un silbido, y surgi del orificio, con violencia, un gran chorro de agua que fue a 
estrellarse contra la pared opuesta. 
Hans, medio derribado por el choque, no pudo reprimir un grito de dolor. Cuando 
sumerg mis manos en el lquido, lanc a mi vez una exclamacin violenta y me expliqu 
el lamento del gua: el agua estaba hirviendo. 
-Agua a 100 de temperatura! -exclam. 
-Ya se enfriar! -me respondi mi to. 
La galera se llenaba de vapores, en tanto que se formaba un arroyo que iba a perderse 
en las sinuosidades subterrneas. No tardamos en gustar nuestros primeros sorbos. 
-Oh, qu placer tan grande! Qu incomparable voluptuosidad! Qu agua era aqulla? 
De dnde vena? Poco nos importaba. Era agua, y, aunque caliente an, devolva al 
corazn la vida que casi se le escapaba. Yo beba sin descanso y sin saborearla siquiera. 
Hasta despus de un minuto de goce, no exclam: 
-Es agua ferruginosa 
-Excelente para el estmago -replic mi to-, y de una mineralizacin muy intensa. He 
aqu un viaje que nos reportar los mismos frutos que si hubisemos ido a Spa o a 
Toeplitz. 
-Oh, qu buena es! 
-Ya lo creo! como extrada a dos leguas debajo de tierra; tiene un sabor a tinta que no 
es desagradable, por cierto. Qu problema nos ha resuelto este Hans! Propongo que le 
demos su nombre a este saludable arroyuelo. 
-Me perece muy bien -exclam yo. 
Y qued bautizado el arroyo con el nombre de Hans-Bach. 
Hans no se envaneci demasiado. Despus de apagar su sed, se recost en un rincn 
con su calma acostumbrada. 
-Ahora -dije yo-, convendra no dejar perder esta agua. 
-Para qu la queremos? -respondi el profesor-, Creo que este manantial debe ser 
inagotable. 
-No importa. Llenemos las calabazas y el odre, y tratemos en seguida de taponar la 
abertura. 
Siguise mi consejo. Hans, con trozos de granito y estopa, trat de obstruir el orificio 
abierto en la pared. Mas no era cosa fcil: el agua abrasaha las manos, la presin era 
extraordinaria y nuestros reiterados esfuerzos resultaron infructuosos. 
-Es evidente -observ-que las capas superiores de este caudal de agua se hallan a gran 
altura, a juzgar por la fuerza con que sale. 

-La cosa no es dudosa -replic mi to-; si esta columna de agua tiene 32.000 pies de 
altura, su precin en este orificio es de 1.000 atmsferis. Pero tengo una idea. 
-Cul? 
-Por qu obstinamos en taponar esta apertura? 
-Pues, porque... 
La verdad es que no pude encontrar ninguna razn convincente. 
-Cuando hayamos llenado nuestras vasijas. estamos seguros de volver a encontrar 
donde llenarlas de nuevo? 
-Evidentemente, no. 
-Pues entonces, dejemos correr esta agua, que, al descender siguiendo su curso natural, 
nos servir de gua, al par que atemperar nuestra sed. 
-Muy bien pensado! -exclam-: y teniendo por compaero a este arroyo, no hay 
ninguna razn para que nuestros proyectos no obtengan un xito lisonjero. 
-Ah, hijo mo! Veo que te vas convenciendo -dijo el profesor, sonriente. 
-No me ves convenciendo; estoy convencido ya, to. 
-Un instante! Empecemos por tomarnos algunas horas de reposo. 
Habame olvidado por completo de que era de noche. El cronmetro encargse de 
advertrmelo. Satisfecha la sed y el apetito, no tardamos en sumirnos los tres en un 
profundo sueo. 
XXIV 
Al da siguientc no nos acordbamos ya de nuestros dolores pasados. Maravillbame el 
hecho de no sentir sed, y no se me alcanzaba la causa de este fenmeno. El arroyo que 
corra a mis pies murmurando, encargse de explicrmelo. 
Almorzamos. y bebimos de aquella excelente agua ferrugnosa. Sentme regocijado y 
decidido a ir muy lejos. Por qu un hombre convencido como mi to no haba de salir 
airoso de su empresa, con un gua ingenioso, como Hans, y un sobrino decidido, como 
yo? Ved que bellas ideas brotaren de mi cerebro! Si me hubiesen propuesto regresar a la 
cima del Sneffels, habra renunciado con indignacin. 
Pero por fortuna nadie pensaba ms que en bajar. 
-Partamos! -grit despertando con mis entusiastas acentos a los viejos ecos del globo. 
Se reanud la marcha el jueves. a las ocho de la maana. La galera de granito, 
formando caprichosas sinuosidades. presentaha inesperados recodos simulando la 
confusin de un laberinto: pero en definitiva. segua siempre la direccin Sudeste. Mi to 
no dejaba de consultar con el mayor cuidado su brjula para poderse dar cuenta del 
camino recorrido. 
La galera deslizbase casi horizontalmente con un declive de dos pulgadas por toesa. a 
lo sumo. El arroyo corra murmurando a nuestros pies sin gran celeridad. Comparbalo 
yo a algn genio familiar que nos guiase a travs de la tierra y acariciaba con mi mano la 
tibia nyade cuyos cantos acompaaban nuestros pasos. Mi buen humor tomaba 
espontneamente un giro mitolgico. 
Por lo que respecta a mi to, renegaba de la horizontalidad del camino, cosa que en l, 
no poda llamar la atencin. conociendo que era el hombre de los verticales. Su ruta se 
alejaba indefinidamente y, en vez de deslizarse a lo largo de un radio terrestre, segn su 
propia expresin, se marchaba por la hipotenusa. Pero no ramos dueos de elegir, y en 

tanto que nos aproximsemos al centro, por muy poco que fuese, no haba derecho a 
quejarse. 
Adems. las pendientes se hacan de vez en cuando ms rpidas: y entonces, nuestra 
nyade aceleraba su peso, mugiendo al saltar de roca en roca, y descendamos con ella a 
profundidades mayores. 
En suma, aquel da y el siguiente avanzamos bastante en el sentido horizontal y 
relativamente poco en el vertical. 
El viernes 10 de julio, por la tarde, debamos, segn nuestros clculos, encontramos a 
treinta leguas de Reykiavik, y a una profundidad de diez leguas y media. 
Entonces se abri entre nosotros un pozo bastante imponente. Mi to no pudo 
abstenerse de palmotear como un nio, calculando la rapidez de sus pendientes. 
-He aqu un pozo-exclam-, que nos llevar muy lejos, y con facilidad, porque los 
salientes de las rocas forman una verdadera escalera. 
Hans prepar las cuerdas a fin de prevenir todo accidente, y dio principio el descenso, 
que no me atrevo a califcar de peligroso, porque me encontraba ya familiarizado con este 
gnero de ejercicio. 
Era este pozo una angosta fenda practicada en el macizo, una de esas grietas conocidas 
en mineraloga con el nombre de padrastros, producida evidentemcnte por la contraccin 
de la armadura terrestre; en la poca de su enfriamiento. Si en otro tiempo dio pase a las 
materias eruptivas vomitadas por el Sneffels, no me explico cmo stas no dejaron en l 
rastro alguno. Bajbamos por una especie de escalera de caracol que pereca obra de la 
mano del hombre. 
De cuarto en cuarto de hora era preciso detenerse para descansar y devolver la 
elasticidad a nuestras corvas. Entonces nos sentbamos sobre algn saliente rocoso, con 
las piernas colgando, conversbamos, mientras hacamos alguna frugal comida, y 
apagbamos despus nuestra sed en el arroyo. 
No es preciso decir que dentro de aquella grieta el Hans-Bach se haba convertido en 
cascada, con detrimento de su volumen; pero an bastaba con creces a satisfacer nuestra 
sed. Adems, era seguro que cuando se presentasen declives menos pronunciados, 
recobrara nuevamente su pacfico curso. En aquel momento, recordbame a mi 
dignsimo to, con sus impetuosidades y cleras: mientras que, en las pendientes suaves, 
su calma me haca pensar en la del cazador islands. 
Los das 6 y 7 de julio seguimos descendiendo por las espirales de la grieta, penetrando 
dos leguas ms en la corteza terrestre, lo que nos colocaba a cinco leguas bajo el nivel del 
mar. Pero el 5, a eso del medioda, tom el pozo una inclinacin mucho menos 
acentuada, de unos 40 aproximadamente, en direccin Sudeste. 
El camino se hizo entonces tan fcil como montono. Era lo natural. Nuestro viaje no 
poda distinguirse por la variedad del paisaje. 
Por fin, el mircoles 15 nos hallbamos a siete leguas bajo tierra y a cincuenta del 
Sneffels, sobre poco ms o menos. Aunque algo fatigados, nuestra salud conservbase en 
estado satisfactorio, y an no haba sido preciso estrenar el botiqun de viaje. 
Mi to anotaba cada hora las indicaciones de la brjula, del cronmetro del manmetro 
y del termmetro, las mismas que ha publicado en la narracin cientfica de su viaje: de 
suerte que poda fcilmente darse cuenta de su situacin. Cuando me dijo que nos 
hallbamos a una distancia horizontal de cincuenta leguas, no pude reprimir una 
exclamacin. 

-Qu tienes? -me pregunt. 
-Nada; pero me asalta una idea. 
-Qu idea es esa, hijo mo? 
-Que si sus clculos de usted son exactos, no nos hayamos ya bjo el suelo de Islandia. 
-Lo crees as? 
-Bien fcil es comprobarlo. 
Tom con el comps mis medidas sobre el mapa, y dije en seguida a mi to: 
-No me engaaba, no; hemos rebasado el Cabo Portland, y estas cincuenta leguas 
caminadas hacia el Sudeste nos sitan en pleno Ocano. 
-Debajo del Ocano! -replic mi to-, frotndose las manos. 
-De suerte -aad yo-, que el Ocano se extiende sobre nuestras cabezas. 
-Y qu tiene de extrao? No es ninguna cosa nueva. No hay en Newcastle minas de 
carbn que avanzan por debajo del agua'? 
Muy dueo era el profesor de encontrar nuestra situacin muy sencilla; pero la idea de 
pasearme por debjo de la enorme masa lquida tename preocupado. Sin embargo, lo 
mismo era que gravitasen sobre nuestras cabezas las llanuras y montaas de Islandia o las 
olas del Atlntico, si el armazn grantico que nos cobijaba era lo bastante slido. Por lo 
dems, no tard en habituarme a esta idea, porque el corredor, unas veces sinuoso, otras 
recto, tan caprichoso en sus pendientes como en sus revueltas, pero marchando siempre 
en direccin Sudeste y hundindose ms cada vez, condjonos rpidamente a grandes 
profundidades. 
Cuatro das despus, el sbado 15 de julio, llegamos por la tarde, a una especie de gruta 
bastante espaciosa. Mi to entreg a Hans sus tres rixdales de la semana, y decidise que 
el siguiente da fuese de reposo absoluto. 
XXV 
Despertme, pues, el domingo por la maana sin la preocupacin habitual de tener que 
emprender inmediatamente la marcha; y por ms que esto ocurriese en el ms profundo 
abismo, no dejaha de ser agradable. Por otra parte, ya estbamos habituados a esta 
existencia de trogloditas. Para nada me acordaba del sol, de la luna, de las estrellas, de los 
rboles, de las casas, de las ciudades, ni de ninguna de esas superfluidades terrestres que 
los seres que viven debajo del astro de la noche consideran de imprescindible necesidad. 
En nuestra calidad de fsiles, nos burlhamos de estas maravillas intiles. 
Formaba la gruta un espacioso saln sobre cuyo pavimento grantico deslizbase 
dulcemente el arroyuelo fiel. A aquella distancia, se hallaba el agua a la temperatura 
ambiente y no haba dificultad en beberla. 
Despus de almorzar, quiso el profesor consagrar algunas horas a ordenar sus 
anotaciones diarias. 
-Ante todo -me dijo-, voy a hacer algunos clculos, a fin de determinar con toda 
exactitud nuestra situacin; quiero, a nuestro regreso, poder trazar un plano de nuestro 
viaje, una especie de seccin vertical del globo, que sealar el perfl de nuestra expedicin. 
-Ser curiossimo, to; pero. tendrn sus observaciones de usted un grado de precisin 
suf ciente? 
-S. He anotado cuidadosamente los ngulos y las pendientes; estoy seguro de no 
cometer un error. Vamos a ver, ante todo, dnde estamos. Toma la hrjula. y observa la 

direccin que indica, cog el indicado instrumento, y despus de un examen atento, 
respond: 
-Este cuarta al Sudeste. 
-Bien -dijo el profesor anotando la observacin y haciendo algunos clculos rpidos-. 
No hay duda: hemos recorrido ochenta y cinco leguas, 
-Segn eso, caminamos por debajo dcl Atlntico. 
-Exacto. 
-Y es muy posible que en los actuales momentos se est desarrollando sobre nuestras 
cabezas una tempestad horrible, y que muchos navos sean juguete de las olas y del 
viento. 
-Perfectamente posible. 
-Y que vengan las ballenas a azotar con sus colas formidables las paredes de nuestra 
prisin. 
-Tranquilzate, Axel, que no lograrn quebrantarnos. Empero, prosigamos nuestros 
clculos. Nos hallamos al sudeste del Sneffels y a ochenta y cinco leguas de distancia de 
su base; y, a juzgar por mis notas precedentes, estimo en diez y seis leguas la profundidad 
alcanzada. 
-Diez y seis leguas! -exclam. 
-Sin duda de ningn gnero. 
-Pero se es el mximo limite asignado por la ciencia a la corteza terrestre. 
-No trato de negarlo. 
-Y aqu, segn la ley que rige al aume nto del calor, deberamos tener una temperatura 
de 1.500. 
-Deberamos, hijo mo; t lo has dicho. 
-Y todo este granito no podra conservar su estado slido y estara en plena fusin. 
-Ya ves que no es as y que los hechos, como acontece siempre, vienen a desmentir las 
teoras. 
-No tengo ms remedio que convenir en ello; mas no deja de llamarme la atencin. 
-Qu marca el termmetro? 
-Veintisiete grados y seis dcimas. 
-Slo faltan 1.474 grados y cuatro dcimas para que los sabios tengan razn. Queda, 
pues, establecido que el aumento de la temperatura proporcionalmente a la profundidad 
es un error. Por consiguiente. Hunfredo Davy no se equivocaba, y yo, por tanto, no hice 
mal en darle crdito. Qu tienes que responder? 
-Nada. 
En realidad habra tenido que decir muchas cosas. Era opuesto a la teora do Davy, y 
defensor de la del calor central, aun cuando no sintiese sus efectos. Me inclinaba a creer 
que aquella chimenea de volcn apagado se hallaba recubierta por las lavas de un forro 
refractario que impeda que el calor se propagase a travs de sus paredes. 
Pero sin detenerme a buscar nuevos argumentos, limitme a tomar la situacin tal cual 
era. 
-To -dije tras una pausa-, no dudo ni un momento de la exactitud de sus clculos, pero 
permtame usted que deduzca de ellos una consecuencia rigurosamente exacta. 
-Saca todas las consecuencias que quieras. 
-En el lugar en que nos encontramos, en la latitud de Islandia, el radio terrestre mide 
1.583 leguas aproximadamente, no es cierto? 

-Mil quinientas ochenta y tres leguas y un tercio. 
-Pongamos en cifras redondas 1.600, de las cules hemos andado doce, no es as? 
-As es, en efecto. 
Y para esto hemos tenido que recorrer ochenta y cinco en sentido diagonal, no es 
verdad? 
-Exactamente. 
-En veinte das, ms o menos? 
-En veinte das. 
-Y como quiera que diez y seis leguas son la centsima parte del radio de la tierra. de 
continuar as, emplearemos dos mil das, que son cerca de cinco aos y medio, en llegar 
al centro del globo. 
El profesor no respondi una palabra. 
-Y esto sin contar -prosegu- con que, si para obtener una vertical de diez y seis leguas 
es preciso recorrer horizontalmente ochenta, tendramos que caminar nada menos que 
ocho mil en direccin Sudeste, para alcanzar nuestra meta y, mucho antes de lograrlo, 
habramos salido por algn punto a la superficie. 
-Vete al diablo con tus clculos! -replic mi to con un movimiento de clera-. Al 
infierno tus teoras! Sobre qu base descansan? Quin te dice que esta galera no va 
directamente a nuestra meta? Yo tengo a mi favor un precedente, y es que, lo que quiero 
hacer, otro lo ha hecho primero: y si el xito coron sus esfuerzos, de esperar es que 
premie tambin los mos. 
-As lo espero y deseo; pero, en fin, me estar permitido...? 
-Te est permitido callarte, y no desbarrar de esa suerte. 
Comprend que el terrible profesor amenazaba mostrarse bajo la piel del pariente, y 
hube de ponerme en guardia. 
-Ahora, consulta el manmetro -aadi mi to- Qu marca? 
-Una presin considerable. 
-Bien. Ya ves cmo, bjando lentamente, nos vamos acostumbrando poco a poco a la 
densidad de esta atmsfera, y no experimentamos molestias. 
-Excepcin hecha de algunos dolores de odos. 
-Eso no es nada, y fcilmente hars desaparecer ese malestar poniendo en 
comunicacin rpida el aire exterior con el contenido en tus pulmones. 
-Perfectamente -respond, decidido a no contrariar a mi to. Hasta se experimenta un 
verdadero placer en sentirse sumergido en esta atmsfera ms densa. Ha observado 
usted con qu intensidad se propagan en ella los sonidos? 
-Un sordo acabara aqu por or perfectamente. 
-Pero esta densidad seguir aumentando? 
-S, siguiendo una ley no muy bien determinada; es verdad que la intensidad de la 
gravedad perecer a medida que bajemos. Ya sabes que en la misma superficie de la 
tierra es en donde su accin se deja sentir con ms fuerza, y que en el centro del globo los 
objetos carecen de peso. 
-Lo s; pero, dgame usted, este aire, no acabar por adquirir la densidad del agua? 
-Sin duda, bajo una presin de setecientas diez atmsferas. 
-Y ms abjo? 
-Ms abajo, esta densidad ser mayor todava. 
-Y cmo bajaremos entonces? 

-Llenndonos de piedras los bolsillos. 
-A fe, to, que tiene usted respuesta para todo. 
No me atrev a avanzar ms en el campo de las hiptesis, porque hubiera tropezado con 
alguna otra imposibilidad que habra hecho dar un salto al profesor, 
Era, sin embargo, evidente que el aire, bajo una presin que poda llegar a ser de 
millares de atmsferas, acabara por solidificarse, y entonces, aun dando de barato que 
hubiesen resistido nuestros cuerpos, sera necesario detenerse a pesar de todos los 
razonamientos del mundo. 
Pero no hice valer este argumento, pues mi to me hubiera en seguida sacado a colacin 
a su eterno Saknussemm, precedente sin valor, porque, aun suponiendo que fuese cierto 
su viaje, siempre podra responderse que, no habindose inventado el barmetro ni el 
manmetro en el siglo XVI, cmo pudo determinar este sabio islands su llegada al 
centro del globo? 
Mas guard para m esta objecin, y resolv esperar los acontecimientos. 
El resto de la jornada transcurri en conversaciones y clculos, mostrndome siempre 
conforme con el parecer del profesor, y envidiando la perfecta indiferencia de Hans, que, 
sin meterse a buscar las causas de los efectos, marchaba ciegamente por donde le llevaba 
el destino. 
XXVI 
Preciso es confesar que hasta entonces todo haba marchado bien, no existiendo el 
menor motivo de queja. Si las dificultades no aumentaban, era seguro que alcanzaramos 
nuestro objeto. Qu gloria para todos en el caso afortunado! Ya me iba habituando a 
raciocinar por el sistema Lidenbrock! Sera debido al extrao medio en que viva? 
Quin sabe! 
Durante algunos das, pendientes mucho ms rpidas. algunas de ellas de aterrador 
declive, nos internaron profundamente en el macizo de granito llegando algunas jornadas 
a avanzar legua y media o dos leguas hacia el centro. En algunas bajadas peligrosas, la 
destreza de Hans y su maravillosa sangre fra nos fueron de utilidad suma. El flemtico 
islandes sacrificbase con una indiferencia incomprensible, y, gracias a l, franqueamos 
ms de un paso difcil del cual no habramos salido nosotros solos. 
Su mutismo aumentaba de un da en otro, y hasta creo que nos contagiaba a nosotros. 
Los objetos exteriores ejercen una accin real sobre el cerebro. El que se encierra entre 
cuatro paredes acaba por perder la facultad de asociar las ideas y las palabras. Cuntos 
presos encerrados en estrechos calabozos se han vuelto imbciles o locos por la 
imposibilidad de ejercitar las facultades mentales! 
Durante las dos semanas que siguieron a nuestra ltima conversacin no ocurri ningn 
incidente digno de ser mencionado. No encuentro en ninguna mernoria ms que un solo 
acontecimiento de suma gravedad, cuyos ms insignifcantes detalles me sera irnposible 
olvidar. 
El 7 de agosto, nuestros sucesivos descensos nos haban conducido a una profundidad 
de treinta leguas; es decir, que tenamos sobre nuestras cabezas treinta leguas de rocas, de 
mares, de continentes y de ciudades. Debamos, a la sazn. encontrarnos a doscientas 
leguas de Islandia. 
Aquel da segua el tnel un plano poco inclinado. 

Yo marchaba delante; mi to llevaha uno de los aparatos Ruhmhorff, y yo el otro, y con 
l me entretena en examinar las capas de granito. 
De repente, al volverme, vi que me encontraba solo. 
-Bueno -dije para m-, he caminado demasiado de prisa, o tal vez sea que el profesor y 
Hans se han detenido en algn sitio. Voy a reunirme con ellos. Afortunadamente, el 
camino no tiene aqu mucho declive. 
Volv a desandar lo andado. Camin durante un cuarto de hora sin encontrar a nadie. 
Llam, y no me respondieron, perdindose mi voz en medio de los cavernosos ecos que 
ella misma despertaba. 
Empec a sentir inquietud. Un fuerte escalofro me recorri todo el cuerpo. 
-Calma! -me dije en voz alta-. Tengo la seguridad de encontrar a mis compaeros. No 
hay ms que un solo camino.Y puesto que me haba adelantado, procede retroceder. 
Sub por espacio de media hora, escuchando atentamente si me llamaban, que de bien 
lejos se oa en aquella atmsfera tan densa. Un silencio extraordinario reinaba en la 
inmensa galera. 
Me detuve sin atreverme a creer en mi aislamiento. Deseaba estar extraviado, no 
perdido. Extraviado, an pueden encontrarle a uno. 
-Veamos -repeta-; puesto que no existe ms que un camino, que es el rnismo que 
siguen ellos, por fuerza he de encontrarlos. Bastar con seguir retrocediendo. Al menos 
que, no viendome. y olvidando que yo les preceda, se les haya ocurrido la idea de 
retroceder... Pero aun en este caso, apresurando el paso, me reunir con ellos. Es 
evidente! 
Y repeta las ltimas palabras como si no estuviera realmente convencido. Por otra 
parte, para asociar estas ideas tan sencillas y darles la forma de un raciocinio, tuve que 
emplear mucho tiempo. 
Entonces asaltme una duda. Iba yo por delante de ellos? Ciertamente. Seguame 
Hans, precediendo a mi to. Hasta recordaba que se haba detenido unos instantes, para 
asegurarse sobre las espaldas el fardo. Entonces deb proseguir solo el camino, 
separndome de ellos. 
-Adems -pensaba yo-, tengo un medio seguro de no extraviarme, un hilo que me gue 
en este laberinto, y que no puede romperse: este hilo es mi fiel arroyo. Bastar que 
remonte su curso para dar con las huellas de mis compaeros. 
Este razonatniento infundime nuevos bros, y resolv reanudar mi marcha ascendente 
sin prdida de momcnto. 
Cmo bendije entonces la previsin de mi to, impidiendo que el cazador taponase el 
orificio practicado en la pared de granito! De esta suerte, aquel bienhechor manantial, 
despus de satisfacer nuestra sed durante todo el camino, iba a guiarme ahora a travs de 
las sinuosidades de la corteza terrestre. 
Antes de ponerme en marcha, pens que una ablucin me hara provecho. 
Agachme para sumergir mi frente en el agua del HansBach. y, jzguese de mi 
estupor! En vez del agua tibia y cristalino, encontraron mis dedos un suelo seco y spero. 
El arroyo no corra ya a mis pies. 

XXVII 
Imposible pintar mi desesperacin. No hay palabras en ningn idioma del mundo para 
expresar mis sentimientos. Me hallaha enterrado vivo, con la perspectiva de rnorir de 
hambre y de sed. 
Maquinalmente, pase por el suelo mis manos calenturientas. Qu seca parecime 
aquella roca! 
Pero, cmo haba abandonado el curso del riachuelo? Porque la verdad era que el 
arroyo no estaba a11. Entonces comprend la razn de aquel silencio extrao, cuando 
escuch la vez ltima con la esperanza de que a mis odos llegase la voz de alguno de 
ellos. Al internarme por aquel falso camino, no haba notado la ausencia del arroyuelo. 
Resultaba evidente que, en un cierto momento, el tnel se haba bifurcado, y, mientras el 
Hans-Bach, obedeciendo los caprichosos mandatos de otra pendiente, haba proseguido 
su ruta hacia profundidades desconocidas, en unin de mis compaeros, yo me haba 
internado solo en la galera en que me hallaba. 
Cmo regresar nuevamente al punto de partida? No haba huellas, ni mis pies las 
dejaban grabadas en aquel suelo de granito. Devanbame los sesos buscando una 
solucin a tan irresoluble problema. Mi situacin resumase en una sola palabra: 
Perdido! 
S! Perdido a una profundidad que me pareca inmensurable! Aquellas treinta leguas 
de corteza terrestre gravitaban sobre mis espaldas con un peso terrible! Sentame 
aplastado. 
Trat de guiar mis ideas hacia las cosas de la tierra pero apenas si pude conseguirlo. 
Hamburgo, la casa de la Knig-strasse, mi pobre Graben, todo aquel mundo bajo el cual 
me encontraba perdido desfil rpidamente por delante de mi imaginacin enloquecida. 
En mi alucinacin, volv a ver los incidentes del viaje, la travesa del Atlntico, Islandia, 
el seor Fridriksson, el Sneffels. Pens que si, en mi situacin, an conservaba una sombra 
de esperanza, sera signo evidente de locura, y que era preferible, por tanto, 
desesperar del todo. 
En efecto, qu poder humano podra conducirme de nuevo a la superficie de la tierra, y 
abrir las enormes bvedas que sobre mi cabeza se cerraban? Quin podra sealarme el 
buen camino y reunirme a mis compaeros? 
-Oh to! --exclam con desesperado acento. 
Esta fue la nica palabra de reproche que se escap de mis labios; porque comprend 
que el pobre hombre deba padecer tambin buscndome sin descanso. 
Cuando me vi, de esta suerte, lejos de todo socorro humano, incapaz de intentar nada 
para lograr mi salvacin, pens en la ayuda del Cielo. Los recuerdos de la infancia, los de 
mi madre, a quien slo conoc en la poca de las caricias, acudieron a mi memoria. 
Recurr a la oracin, por derechos que tuviese a ser escuchado por Dios, de quien me 
acordaba tan tarde, y le implor con fervor. 
Aquella invocacin a la Providencia me devolvi algo la calma y pude llamar en mi 
auxilio a todas las energas de mi inteligencia. 
Tena vveres para tres das y mi calabaza estaba llena de agua. Sin embargo, no poda 
permanecer ms de este tiempo solo. Ahora se presentaba otro problema: debera 
descender o subir? 
Subir sin duda alguna! Subir sin descansar! 

De este modo, deba necesariamente llegar al punto donde me haba separado del 
arroyo; a la funesta bifurcacin. Una vez en aquel sitio, una vez que tropezase con las 
aguas del Hans-Bach. bien poda regresar a la cumbre del Sneffels. 
Cmo no se me haba ocurrido esto antes! Haba evidentemente una probabilidad de 
salvacin. Lo ms apremiante era, pues, volver a encontrar el cauce de las aguas. 
Me levant decidido, y. apoyndome en mi bastn herrado, empec a subir la pendiente 
de la galera. que era bastante rpida. Caminaba lleno de esperanza y sin titubear, toda 
vez que no haba otro camino que elegir. 
Por espacio de media hora no me detuvo obstculo alguno. Trataba de reconocer el 
camino por la forma del tnel, por los picos salientes de las rocas, por la disposicin de 
las fragosidades: pero ninguna seal especial llamme la atencin, y pronto me convenc 
de que aquella galera no poda conducirme a la bifurcacin. Era un callejn sin salida, y, 
al llegar a su extremidad, tropec contra un muro impenetrable y ca sobre la roca. 
Imposible expresar el espanto, la desesperacin que se apoder de m entonces. Mi 
postrer esperanza acababa de estrellarse contra aquella muralla de granito, dejndome 
anonadado. 
Perdido en aquel laberinto cuyas sinuosidades se cruzaban en todos sentidos, era intil 
volver a intentar una evasin imposihle. Era preciso morir de la ms espantosa de las 
muertes! Y, cosa extraa, pens que si se encontraha algn da mi cuerpo en estado fsil, 
su aparicin en las entraas de la tierra, a treinta leguas de su superfcie, suscitara graves 
cuestiones cientficas. 
Quise hablar en alta voz, pero slo enronquecidos acentos salieron de mis labios 
ardorosos. Jadeaba. 
En medio de mis angustias, vino un nuevo terror a apoderarse de mi espritu. Mi 
lmpara, en mi cada. habase estropeado, y no tena manera de repararla. Su luz palideca 
por momentos a iba a faltarme del todo. 
Vea debilitarse la corriente luminosa dentro del serpentn del aparato. Una procesin 
fatdica de somhras movedizas desfilse a lo largo de las obscuras paredes, y no me atrev 
ni a pestaear, temiendo perder el menor tomo de la fugitiva claridad. Por instances 
crea se iba a extinguir y que la obscuridad me circundaba. 
Por fin luci en la lmpara un ltimo resplandor. Lo segu, lo aspir con la mirada, 
reconcentr sobre l todo el poder de mis ojos, cual si fuese la ltima sensacin de luz 
que les fuera dado gozar, y qued sumergido en las ms espantosas tinieblas. 
Qu grito tan terrible escapse de mi pecho! Sobre la superficie de la tierra, en las 
noches ms tenebrosas, la luz no abandona jams sus derechos por completo; se difunde, 
se sutiliza, pero, por poca que quede, acaba por percibirla la retina. All, nada. La 
obscuridad absoluta haca de m un ciego en toda la acepcin de la palabra. 
Entonces perd la cabeza. Levantme con los brazos extendidos hacia delante, buscando 
a tientas y dando traspis dolorosos; ech a huir precipitadamente, caminando al azar por 
aquel intrincado laberinto, descendiendo siempre, corriendo a travs de la corteza 
terrestre como un habitante de las grietas subterrneas, llamando, gritando, aullando, 
magullado bien pronto por los salientes de las rocas, cayendo y levantndome 
ensangrentado, procurando beber la sangre que me inundaba el rostro, y esperando 
siempre que mi cabeza estallase al chocar con cualquier obstculo imprevisto. 

Adnde me condujo aquella carrera insensata? No lo he sabido jams. Al cabo de 
varias horas, agotado sin duda por completo, me desplom como uno masa inerte a lo 
largo de la pared, y perd toda nocin de la existencia. 
XXVIII 
Cuando volv a la vida, mi rostro estaba mojado, pero mojado de lgrimas. No sabra 
decir cunto dur este estado de insensibilidad, puesto que ya no tena medio de darme 
cuenta del tiempo. Jams soledad alguna fue semejante a la ma: nunca hubo abandono 
tan completo. 
Desde el rnomento de mi cada haba perdido gran cantidad de sangre. Sentame 
inundado. Ah! Cunto lament no estar ya muerto y tener an que pasar por este 
amargo trance! Sin nimos para reflexionar, rechac todas las ideas que acudan a mi 
cerebro. y, vencido por el dolor, rod hasta la pared opuesta. 
Senta ya que me iba a desvancccr nuevamente, y que el aniquilamiento supremo se me 
apoderaba, cuando lleg hasta m un violento ruido semejante al retumbar prolongado del 
trueno: y o las ondas sonoras perderse poco a poco en las lejanas profundidades del 
abismo. 
,De dnde proceda aquel ruido? Sin duda de algn fenmeno que estaba verificndose 
en el seno del gran macizo terrestre. Tal vez la explosin de un gas o la cada de algn 
poderoso sustentculo del globo. 
Volv a escuchar, deseoso de cerciorarme de si se repeta aquel ruido Pas un cuarto de 
hora. Era tan profundo el silencio que reinaba en el subterrneo, que hasta los latidos de 
mi corazn oa. 
De repente, mi odo, que por casualidad apliqu a pared, crey sorprender palabras 
vagas, ininteligibles, remotas, que me hicieron estremecer. 
"Es una alucinacin" pens yo. 
Pero, no. Escuchando con mayor atencin, o realmente un murmullo de voces, aunque 
mi debilidad no me permitiese entender lo que me deca.. Hablaban, sin embargo no me 
caba duda. 
Tem por un instante que las palabras de aquellos no fuesen las mismas mas, devueltas 
por el eco. Habra yo gritado sin saberlo? Cerr con fuerza los labios y apliqu 
nuevamente a la pared el odo. 
-S, no cabe duda; hablan! hablan! -murrrur. 
Avanc algunos pies ms a lo largo de la pared y o ms distintamente. Llegu a or 
palabras inciertas, incomprensibles, extraas. que llegaban a m como pronunciadas en 
voz baja, como cuchicheadas, por decirlo as. O repetir varias veces la voz, frlorad con 
acento de dolor. 
Cul era su signifcado? Quin la pronunciaba? Mi to o Hans, sin duda alguna. Pero, 
evidentemente, si yo los oa, ellos tambin podran orme a m. 
-Socorro! -grit, con todas mis energias-. Socorro! 
Escuch, esper en la sombra una respuesta, un grito, un suspiro: mas nada logr or. 
Transcurrieron algunos minutos. Todo un mundo de ideas haba germinado en mi mente. 
Pens que mi voz debilitada no podra llegar hasta mis compaeros. 
-Porque son ellos, no hoy duda -me deca-. Qu otros hombres habran descendido a 
treinta leguas debajo de la superficie del globo? 

Me puse otra vez a escuchar. Al pasear el odo a lo largo de la pared, hall un punto 
matemtico donde las voces parecan adquirir su mximo intensidad. La palabra frlorad 
volvi a sonar en mi odo, y o despus aquel fragor de trueno que me haba sacado de mi 
aletargamiento. 
-No -me dije-; estas voces no se oyen a travs de la pared. Su estructura grantica no se 
dcjara atravesar por la ms fuerte detonacin. Este ruido llega a lo largo de la misma 
galera. Preciso es que exista en ella un efecto de acstica especial. 
Escuch nuevamente, y lo que es esta vez oh, s! esta vez o mi nombre claramente 
pronunciado! 
Era mi to quien lo pronunciaba? Hablaba con el gua y la palabra frlorad era una voz 
danesa. 
Entonces me lo expliqu todo. Para hacerme or era preciso que hablase a lo largo de 
aquella pared que transmitira mi voz como un hilo conduce la electricidad. 
No haba tiempo que perder. Si mis compaeros se alejaban algunos pasos, el fenmeno 
acstico quedara destruido. Aproximme, pues, a la pared y pronunci estas palabras con 
la mayor claridad posible: 
-To Lidenbrock! 
Y esper presa de la mayor ansiedad. 
El sonido no se propaga con una rapidez excesiva. La densidad de las capas de aire 
aumenta su intensidad, pero no su velocidad de propagacin. 
Transcurrieron algunos segundos, que me parecieron siglos. y, al fin, llegaron a mi odo 
estas palabras: 
-Axel! Axel! Eres t? 
-Si! S -le respond. 
-Pobre hijo mo! Dnde ests? 
-Perdido en la obscuridad ms profunda! 
-Pues, y la lmpara? 
-Apagada. 
-Y el arroyo? 
-Ha desaparecido. 
-Pobre Axel! Arma te de valor! 
-Esprese usted un poco: estoy completamente agotado y no me quedan fuerzas para 
articular las palabras: mas no deje usted de hablarme. 
-Valor -prosigui mi to-: no hables, escchame. Te hemos buscado subiendo y bajando 
la galera, sin que hayamos podido dar contigo. Ah, cunto he llorado, hijo mo! Por fin, 
suponiendo que te encontraras al lado del Hans-Bach, hemos remontado su curso 
disparando nuestros fusiles. En el momento actual, si, por un efecto de acstica, nuestras 
voces pueden orse, nuestras manos no pueden estrecharse. Pero no te desesperes, Axel. 
que ya tenemos mucho adelantado con habernos puesto al habla. 
Durante este tiempo, yo haba reflexionado, y una cierta esperanza, vaga an, renaca 
en mi corazn. Ante todo, me importaba conocer una cosa; aproxim mis labios a la 
pared y dije: - 
-To! 
-Qu quieres, hijo mo?-contestme al cabo de algunos instantes. 
-Es preciso saber, ante todo, qu distancia nos separa. 
-Eso es bastante fcil. 

-Tiene usted su cronmetro? 
-S. 
-Pues bien, tmelo en la mano, y pronuncie usted mi nombre. anotando con toda 
exactitud el momento en que lo pronuncie. Yo lo repetir, y usted anota asimismo el 
instante preciso en que oiga mi respuesta. 
-Me parece muy bien. De este modo, la mitad del tiempo que transcurra entre mi 
pregunta y tu respuesta ser el que mi voz emplea para llegar hasta ti. 
-Eso es, to. 
-Ests listo? 
-S. 
-Pues bien, mucho cuidado, que voy a pronunciar tu nombre. 
Apliqu el odo a la pared, y tan pronto como oi la palabra Axel repet a mi vez, 
Axel, y esper. 
-Cuarenta segundos -dijo entonces mi to-; han transcurrido cuarenta segundos entre las 
dos palabras, de suerte que el sonido emplea veinte segundos para recorrer la distancia 
que nos separa. Calculando ahora a razn de 1.020 pies por segundo, resultan 20.400 
pies, o sea, legua y media y un octavo. 
-Legua y media! -murmur. 
-No es difcil salvar esa distancia, Axel. 
-Pero, debo marchar hacia arriba o hacia abajo? 
-Hacia abajo: voy a explicarte por qu. Hemos llegado a una espaciosa gruta a la cual 
van a dar gran nmero de galeras. La que has seguido t no tiene ms remedio que 
conducirte a ella, porque parece que todas estas fendas, todas estas fracturas del globo 
convergen hacia la inmensa caverna donde estamos. Levntate, pues, y emprende de 
nuevo el camino; marcha, arrstrate, si es preciso, deslzate por las pendientes rpidas, 
que nuestros brazos te esperan para recibirte al final de tu viaje. En marcha, pues, hijo 
mo! ten nimo y confianza! 
Estas palabras me reanimaron. 
-Adis, to -exclam-: parto inmediatamente. En el momento en que abandone este 
sitio, nuestras voces dejarn de orse. Adis, pues! 
-Hasta la vista, Axel! Hasta la vista 
Tales fueron las ltimas palabras que o. 
Esta sorprendente conversacin, sostenida a travs de la masa terrestre, a ms de una 
legua de distancia, termin con estas palabras de esperanza, y di gracias a Dios por 
haberme conducido, por entre aquellas inmensidades tenebrosas, al nico punto tal vez en 
que poda llegar hasta mi la voz de mis compaeros. 
Este sorprendente efecto de acstica se explicaba fcilmente por las solas leyes fsicas; 
provena de la forma del corredor y de la conductibilidad de la roca; existen muchos 
ejemplos de la propagacin de sonidos que no se perciben en los espacios intermedios. 
Recuerdo varios lugares donde ha sido observado este fenmeno, pudiendo citar, entre 
otros, la galera interior de la cpula de la catedral de San Pablo, de Londres, y, sobre 
todo, en medio de esas maravillosas cavernas de Sicilia, de esas latomas situadas cerca 
de Siracusa, la ms notable de las cuales es la denominada la Oreja de Dionisio 
Todos estos recuerdos acudieron entonces a mi mente, y vi con claridad que, supuesto 
que la voz de mi to llegaba hasta mi, no exista ningn obstculo entre ambos. Siguiendo 

idntico camino que el sonido, deba lgicamente llegar lo mismo que l, si antes no me 
faltaban las fuerzas. 
Levantme, pues, y comenc ms bien a arrastrarme que a andar. La pendiente era 
bastante rpida y me dej resbalar por ella. 
Pero pronto la velocidad de mi descenso creci en proporcin espantosa. Aquello 
simulaba ms bien una cada, y yo careca de fuerzas para detenerme. 
De repente, el terreno falt bjo mis pies, y me sent caer, rebotando sobre las asperezas 
de una galera vertical, de un verdadero pozo: mi cabeza choc contra una roca aguda, y 
perd el conocimiento. 
XXIX 
Cuando volv en m, me encontr en una semiobscuridad, tendido sobre unas mantas. 
Mi to velaba, espiando sobre mi rostro un resto de existencia. A mi primer suspiro, 
estrechme la mano: a mi primera mirada, lanz un grito de jbilo. 
-Vive! Vive! -exclam. 
-S -respond con voz dbil. 
-Hijo mo! -dijo abrazndome-, te has salvado! 
Conmovime vivamente el acento con que pronunci estas palabras, y aun me 
impresionaron ms los asiduos cuidados que hubo de prodigarme. Era preciso llegar a 
tales trances para provocar en el profesor semejantes expansiones de afecto. 
En aquel momento lleg Hans: y, al ver mi mano entre las de mi to, me atrever a 
afirmar que sus ojos delataron una viva satisfaccin interior. 
-God dag -dijo. 
-Buenos das, Haus, buenos das -murmur-. Y ahora, to, dgame usted dnde nos 
encontramos en este momento. 
-Maana, Axel, maana. Hoy ests demasiado dbil an; te he llenado la cabeza de 
compresas y no conviene que se corran: duerme, pues, hijo mo; maana lo sabrs todo. 
-Pero dgame usted, por lo menos, qu da y qu hora tenemos. 
-Son las once de la noche del domingo 9 de agosto, y no to permite que me interrogues 
de nuevo antes del da 10 de este mes. 
La verdad es que estaba muy dbil, y mis ojos se cerraban involuntariamente. 
Necesitaba una noche de reposo, y, convencido de ello, me adormec pensando en que mi 
aislamiento haba durado nada menos que cuatro das. 
-A la maana siguiente, cuando me despert, pase a mi alrededor la mirada. Mi lecho, 
formado con todas las mantas de que se dispona, hallbase instalado en una gruta 
preciosa, ornamentada de magnficas estalagmitas, y cuyo suelo se hallaba recubierto de 
finsima arena. Reinaba en ella una semiobscuridad. A pesar de no haber ninguna 
lmpara ni antorcha encendida, penetraban, sin embargo, en la gruta, por una estrecha 
abertura, ciertos inexpicables fulgores procedentes del exterior. Oa, adems, un 
murmullo indefinido y vago, semejante al que producen las olas al reventar en la playa, y 
a veces perciba tambin algo as como el silbido del viento. 
Preguntbame a m mismo si estara bien despierto, si no soara an, si mi cerebro 
percibira sonidos puramente imaginarios, efecto de los golpes recibidos en la cada. Sin 
embargo, ni mis ojos ni mis odos podan engaarse hasta tal extremo. 
"Es un rayo de luz" pens, "que penetra por esa fenda de la roca. Tampoco cabe duda 
de que esos ruidos que escucho son efectivamente mugidos de las olas y silbidos de los 

vientos. Se engaan mis sentidos, o es que hemos regresado a la superficie de la tierra? 
Ha renunciado mi to a su expedicin o la ha terminado felizmente?" 
Me devanaba los sesos pensando en todo esto, cuando penetr mi to. 
-Muy buenas dios, Axel -me dijo alegremente-. Apostara cualquier cosa a que lo 
sientes bien. 
-Perfectamente-contest, incorporndome sobre mi duro lecho. 
-As tena que ocurrir, porque has dormido mucho, un sueo muy tranquilo. Hans y yo 
hemos velado alternativamente, y hemos visto progresar tu curacin de un modo bien 
sensible. 
-As es, efectivamente; me siento ya repuesto del todo, y la prueba de ello es que sabr 
hacer los honores al almuerzo que tenga usted a bien servirme. 
-Almorzars, hijo mo, puesto que no tienes fiebre. Hans ha frotado tus heridas con no 
s qu maravilloso ungento cuyo secreto poseen los islandeses, y se han cicatrizado con 
una rapidez prodigiosa. Nuestro gua no tiene precio! 
Mientras hablaba, me iba presentando alimentos que yo devoraba, y, entretanto, no 
cesaba de hacerle preguntas, a las que responda con suma amabilidad. 
Supe entonces que mi providencial cada me haba conducido a la extremidad de una 
galera casi perpendicular, y, como haba llegado en medio de un torrente de piedras, la 
menor de las cules hubiera bastado para aplastarme, haba que deducir que una parte del 
macizo se haba deslizado conmigo. Este espantoso vehculo transportme de esta suerte 
hasta los mismos brazos de mi to, en los cuales ca ensangrentado y exnime. 
-En verdad que es asombroso que no te hayas matado mil veces -me dijo el profesor-. 
Pero, por amor de Dios, no nos separemos ms, pues nos expondriamos a no vernos a ver 
nunca. 
Qu no nos separsemos ms! Pero, no haba terminado el viaje? Y al hacerme esta 
pregunta, abr desmesuradamente los ojos, en los cules retratse el espanto; y, observado 
por mi to, preguntme: 
-Qu tienes Axel? 
-Tengo que hacerle a usted una pregunta. Dice usted que estoy sano y salvo? 
-Sin duda de ningn gnero. 
-Tengo todos mis miembros intactos? 
-Ciertamente. 
-Y la cabeza? 
-La cabeza, aunque con algunas contusiones, la tienes sobre los hombros en el ms 
perfecto estado. 
-Pues bien, tengo miedo de que mi cerebro no funcione como es debido. 
-Por qu? 
-No hemos vuelto a la superficie del globo? 
-No, ciertamente. 
Entonces, necesariamente estoy loco, porque veo la luz del da y oigo el ruido del 
viento que sopla y del mar que revienta en la playa. 
-Si slo se trata de eso... 
-Me lo explicar usted? 
-Cmo he de explicarte yo lo que es inexplicable? Pero ya lo vers con tus ojos y 
comprenders entonces que la ciencia geolgica no ha pronunciado an su ltima 
palabra. 

-Salgamos, pues - exclam, levantndome bruscamente. 
-No, Axel, no! El aire libre podra perjudicarte. 
-El aire libre? 
-S. Hace demasiado viento, y no quiero que te exponegas de este modo. 
-Pero si le aseguro a usted que me encuentro perfectamente! 
-Un poco de paciencia, hijo mo. Una recada podra retrasarnos mucho, y no es cosa de 
perder tiempo, porque la travesa puede ser larga. 
-La travesa? 
-S, s: descansa an todo el da de hoy, y nos embarcaremos maana. 
-Embarcarnos! 
Esta ltima palabra me hizo dar un gran salto. 
Cmo! Embarcamos! Tenamos por ventura algn ro, algn lago o algn mar a 
nuestra disposicin? Haba fondeado un buque en algn puerto interior? 
Mi curiosidad excitse de una manera asombrosa. En vano trat mi to de retenerme en 
el lecho: cuando se convenci de que mi impaciencia me sera ms perjudicial que la 
satisfaccin de mis deseos, se decidi a ceder. 
Me vest rpidamente, y, para mayor precaucin, envolvme en una manta y sal de la 
gruta en seguida. 
XXX 
Al principio no vi nada. Acostumbrados mis ojos a la obscuridad, cerrronse 
bruscamente al recibir la luz. Cuando pude abrirlos de nuevo, quedme ms estupefacto 
que maravillado. 
-El mar! -exclam. 
-S -respondi mi to-, el mar de Lidenbroch. Y me vanaglorio al pensar que ningn 
navegante me disputar el honor de haberlo descubierto ni el derecho de darle mi 
nombre. 
Una vasta extensin de agua, el principio de un lago o de un ocano, prolongbase ms 
all del horizonte visible. La orilla, sumamente escabrosa, ofreca a las ltimas 
ondulaciones de las olas que reventaban en ella, una arena fina, dorada, sembrada de esos 
pequeos caparazones donde vivieron los primeros seres de la creacin. Las olas se 
rompan contra ella con ese murmullo sonoro peculiar de los grandes espacios cerrados, 
produciendo una espuma liviana que, arrastrada por un viento moderado, me salpicaba la 
cara. Sobre aquella playa ligeramente inclinada, a cien toesas, aproximadamente de la 
orilla del agua, venan a morir los contrafuertes de enormes rocas que, ensanchndose, se 
elevaban a una altura tremenda. Algunos de estos peascos, cortando la playa con sus 
agudas aristas, formando cabos y promontorios que las olas carcoman. Ms lejos. 
perfilbase con gran claridad su enorme mole sobre el fondo brumoso del horizonte. 
Era un verdadero ocano, con el caprichoso contorno de sus playas terrestres: pero 
desierto y de un aspecto espantosamente salvaje. 
Mis miradas podan pasearse a lo lejos sobre aquel mar gracias a una claridad especial 
que iluminaba los menoros detalles. 
No era la luz del sol con sus haces brillantes y la esplndida irradiacin de sus rayos ni 
la claridad vaga y plida del astro de la noche, que es slo una reflexin sin calor. No. El 
poder iluminador de aquella luz, su difusin temblorosa, su blancura clara y seca, la 
escasa elevacin de su temperatura, su brillo superior en realidad al de la luna, acusaban 

evidentemente un origen puramente elctrico. Era una especie de aurora boreal, un 
fenmeno csmico continuo que alumbraba aquella caverna capaz de albergar en su 
interior un ocano. 
La bveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, pareca formado por 
grandes nubes. vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por 
efecto de las condensaciones, deberan convertirse en determinados das, en lluvias 
torrenciales. Crea yo que, bajo una presin atmosfrica tan grande, era imposible la 
evaporacin del agua; pero, en virtud de alguna ley fsica que ignoraba, gruesas nubes 
cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes elctricas 
producan sorprendentes juegos de luz sobre las nubes ms elevadas: dibujbanse vivas 
sombras en sus bvedas inferiores, y, a menudo, entre dos masas separadas, deslizbase 
hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aquello provena del 
sol, puesto que su luz era fra. El efecto era triste y soberanamente melanclico. En vez 
de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encirna de aquellos nubarrones una 
bveda de granito que me oprima con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que 
fuese, no hubiera bastado para una evolucin del menos ambicioso de todos los satlites. 
Entonces record aquella teora de un capitn ingls que comparaba a la tierra con una 
vasta esfera hueca, en el interior de la cual el aire se mantena luminoso por efecto de su 
presin, mientras dos astros, Plutn y Proserpina, describan en ella sus misteriosas 
rbitas. Habra dicho la verdad? 
Estbamos realmente aprisionados en una enorme excavacin, cuya anchura no poda 
saberse exactamente, toda vez que la playa dilatbase hasta perderse de vista, ni su 
longitud tampoco, pues la vista no tardaba en quedar detenida por la lnea algo indecisa 
del horizonte. Por lo que respecta a su altura, deba ser de varias leguas. 
Dnde se apoyaba esta bveda sobre sus contrafuertes de granito? La vista no 
alcanzaba a verlo; pero haba algunas nubes suspendidas en la atmsfera cuya elevacin 
poda ser estimada en dos mil toesas, altitud superior a la de los vapores terrestres y 
debida, sin duda, a la considerable densidad del aire. 
La palabra caverna evidentemente no expresa bien mi pensamiento para describir este 
inmenso espacio; pero los vocablos del lenguaje humano no son suficientes para los que 
se aventuran en los abismos del globo. 
No tena, por otra parte, noticia de ningn hecho geolgico que pudiera explicar la 
existencia de semejante excavacin. Habra podido producirla el enfriamiento de la 
masa terrestre? Conoca perfectamente, por los relatos de los viajeros, ciertas cavernas 
clebres: pero ninguna de ellas tena semejantes dimensiones. 
Si bien es cierto que la gruta de Guachara, en Colombia, visitada por el seor de 
Humboldt, no haba revelado el secreto de su profundidad al sabio que la reconoci en 
una longitud de 2.500 pies, no es verosrnil que se extendiese mucho ms all. La 
inmensa caverna del Mammouth, en Kentucky, ofreca proporciones gigantescas. toda 
vez que su bveda se elevaba 500 pies sobre un lago insondable. y que algunos viajeros 
la recorrieron en una extensin de ms de diez leguas sin encontrarle el fin. Pero, qu 
eran estas cavidades comparadas con la que entonces admiraban mis ojos, con su cielo de 
vapores, sus irradiaciones elctricas y un vasto mar encerrado entre sus flancos? Mi 
imaginacin sentase anonadada ante aquella inmensidad. 
Yo contemplaba en silencio todas estas maravillas. Faltbanme las palabras para 
manifestar mis sensaciones. Crea hallarme transportado a algn planeta remoto, a 

Neptuno o Urano, por ejemplo, y que en l presenciaba fenmenos de los que mi 
naturaleza terrenal no tena nocin alguna. 
Mis nuevas sensaciones requeran palabras nuevas, y mi imaginacin no me las 
suministraba. Contemplbalo todo con muda admiracin no exenta de cierto terror. 
Lo imprevisto de aquel espectculo haba devuelto a mi rostro su color saludable: 
encontrbame en vas de combatir mi enfermedad por medio del terror y de lograr mi 
curacin por medio de esta nueva teraputica. Por otra parte, la viveza de aquel aire tan 
denso reanimbame, suministrando ms oxgeno a mis pulmones. 
Se comprender fcilmente que, despus de un encarcelamiento de cuarenta y siete das 
en una estrecha galera, era un goce infinito el aspirar aquella brisa cargada de hmedas 
entanaciones salinas. 
No tuve, pues, motivo para arrepetttirme de haber abandonado la obscuridad de mi 
gruta. Mi to, acostumbrado ya a aquellas maravillas, no daba muestras de asombro. 
-Sientes fuerzas para pasear un poco? -preguntme. 
-S. Por cierto-respondle-, y nada the ser tan agradable. 
-Pues bien, cgete a mi brazo, y sigamos las sinuosidades de la orilla. 
Acept inmediatamente, y empezamos a costear aquel nuevo ocano. 
A la izquierda, los peascos abruptos, hacinados unos sobre otros, formaban una 
aglomeracin titnica de prodigioso efecto. Por sus flancos deslizbanse innumerables 
cascadas; algunos ligeros vapores que saltaban de unas rocas en otras marcaban el lugar 
de los manantiales calientes, y los arroyos corran silenciosos hacia el depsito comn 
buscando en los declives la ocasin de murmurar ms agradablemente. 
Entre estos arroyos reconoca nuestro fel compaero de viaje, el Hans-Bach, que iba a 
perderse tranquilamente en el mar, como si desde el principio del mundo no hubiese 
hecho otra cosa. 
-En adelante, nos veremos privados de su amable compaia -dije lanzando un suspiro. 
-Bah! - respondi el profesor-. Qu ms da un arroyo que otro! 
La respuesta parecime un poco ingrata. 
Pero en aquel momento, solicit mi atencin un inesperado espectculo. 
A unos quinientos pasos, a la vuelta de un alto promontorio, presentse ante nuestros 
ojos una selva elevada, frondosa y espesa, formada de rboles de medianas dimensiones, 
que afectaban la forma de perfectos quitasoles, de bordes limpios y geomtricos. Las 
corrientes atmosfricas no parecan ejercer efecto alguno sobre su follje, y, en medio de 
las rfagas de aire, permanecan inmviles, como un bosque de cedros petrificados. 
Aceleramos el paso. 
No acertaba a dar nomhre a aquellas singulares especies. Por ventura no formaban 
parte de las 200.000 especies vegetales conocidas hasta entonces, y sera preciso 
asignarles un lugar especial entre la flora de las vegetaciones lacustres? No. Cuando nos 
cobijamos debajo de su sombra, mi sorpresa se troc en admiracin. 
En efecto, me hallaba en presencia de especies conocidas en la superficie de la tierra, 
pero vaciadas en un molde de dimensiones enormes. Mi to les aplic en seguida su 
verdadero nombre. 
-Esto no es otra cosa -me dijo- que un bosque notabilsimo de hongos. 
Y no se engaaba, en efecto. Imagnese cul sera el monstruoso desarrollo adquirido 
por aquellas plantas tan vidas de calor y de humedad. Yo saba que el Lyco perdon 
giganteum alcanzaba, segn Bulliard, ocho o nueve pies de circunferencia: pero aqullos 

eran hongos blancos, de treinta a cuarenta pies de altura, con una copa de este mismo 
dimetro. Haba millares de ellos, y, no pudiendo la luz atravesar su espesa contextura, 
reinaba debjo de sus cpulas, yuxtapuestas cual los redondos techos de una ciudad 
africana, la obscuridad ms completa. 
Quise, no obstante, penetrar ms hacia dentro. Un fro mortal descenda de aquellas 
cavernosas bvedas. Erramos por espacio de media hora entre aquellas hmedas 
tinieblas, y experiment una sensacin de verdadero placer cuando regres de nuevo a las 
orillas del mar. 
Pero la vegetacin de aquella comarca subterrnea no era slo de hongos. Ms lejos 
elevbanse grupos de un gran nmero de otros rboles de descolorido follje. Fcil era 
reconocerles, pues tratbase de los humildes arbustos de la tierra dotados de fenomenales 
dimensiones licopodios de cien pies de elevacin, sigilarias gigantescas, helechos 
arborescentes, del tamao de los abetos de las altas latitudes, lepidodendrones de tallo 
cilndrico bifurcado, que terminaban en largas hojas y erizados de pelos rudos como las 
monstruosas plantas grasientas. 
-Maravilloso. magnfico, esplndido! -exclam mi to--He aqu toda la flora de la 
segunda poca del mundo, del perodo de transicin. He aqu estas humildes plantas que 
adornan nuestros jardines convertidas en rboles como en los primeros siglos del mundo. 
Mira, Axel, y asmbrate! Jams botnico alguno ha asistido a una fiesta semejante 
-Tiene usted razn, to; la Providencia parece haber querido conservar en este 
invernculo inmnenso estas plantas antediluvianas que la sagacidad de los sabios ha 
reconstruido con tan notable acierto. 
-Dices bien, hijo mo, esto es un invernculo; pero es posible tambin que sea, al 
mismo tiempo, un parque zoolgico. 
-Un parque zoolgico! 
-Sin duda de ningn gnero. Mira ese polvo que pisan nuestros pies, esas osamentas 
esparcidas por el suelo. 
-Osamentas! -exclam-. S, en efecto, osamentas de animales antediluvianos! 
Me apresur a recoger aquellos despojos seculares, hechos de una substancia mineral 
indestructible (fosfato de cal), y apliqu sin vacilar sus nombres cientfcos a aquellos 
huesos gigantescos que parecan troncos de rboles secos. 
-He aqu -dije- la mandbula inferior de un mastodonte; he aqu los molares de un 
dineterio; he aqu un fmur que no puede haber pertenecido sino al mayor de estos 
animales: al megaterio. S, nos hallamos en un parque zoolgico, porque estas osamentas 
no pueden haber sido transportadas hasta aqu por un cataclismo: los animales a los 
cuales pertenecen han vivido en las orillas de este mar subterrneo a la sombra de estas 
plantas arborescentes. Pero espere usted: all veo esqueletos enteros. Y sin embargo... 
-Sin embargo? -dijo mi to. 
-No me explico la presencia de semejantes cuadrpedos en esta caverna de granito. 
-Por qu? 
-Porque la vida animal no existi sobre la tierra sino en los perodos secundarios, 
cuando los aluviones formaron los terrenos sedimentaros, siendo reemplazadas por ellas 
las rocas incandescentes de la poca primitiva. 
-Pues bien, Axel, la respuesta a tu objecin no puede ser ms sencilla: este terreno es un 
terreno sedimentario. 
-Cmo! A semejante profundidad bajo la superticie de la tierra? 

-Sin duda de ningn gnero, y este hecho se explica geolgicantentc. En determinada 
poca, la tierra slo estaba formada por una corteza elstica, sometida a movimientos 
alternativos hacia arriba y hacia abajo, en virtud de las leyes de la atraccin. Es probable 
que se produjesen ciertos hundimientos del suelo, y que una parte de los terrenos 
sedimentarios fuese arrastrada hasta el fondo de los abismos sbitamente abiertos. 
-As debe ser. Pero s en estas regiones subterrncas han vivido animales 
antediluvianos, quin nos dice que algunos de estos monstruos no anden todava errantes 
por estas selvas umbrosas o detrs de esas rocas escarpadas? 
Al concebir esta idea, escudri, no sin cierto pavor, los diversos puntos del horizonte: 
pero ningn ser viviente descubr en aquellas playas desiertas. 
Encontrbame un poco fatigado, y fui a sentarme entonces en la extremidad de un 
promontorio a cuyo pie las olas venan a estrellarse con estrpito. Desde all mi mirada 
abarcaba toda aquella baha formada por una escotadura de la costa. En su fondo exista 
un pequeo puerto natural, formado por rocas piramidales, cuyas tranquilas aguas 
dorman al abrigo del viento, y en el cual hubieran podido hallar seguro asilo un 
bergantn y dos o tres goletas. Hasta me pareca que iba a presenciar la salida de l de 
algn buque con todo el aparejo desplegado y que lo iba a ver navegar a un largo, 
empujado por la brisa del Sur. 
Empero esta ilusin disipse rpidamente. Nosotros ramos los nicos seres vivientes 
de aquel mundo subterrneo. En ciertos recalmones del viento, un silencio ms profundo 
que el que reina en los desiertos descenda sobre las ridas rocas y pasaba sobre el 
ocano. Entonces procuraba penetrar con mi mirada las apartadas brumas, desgarrar 
aquel teln corrido sobre el fondo del misterioso horizonte. Cuntas preguntas acudan 
en tropel a mis labios! Dnde terminaba aquel mar? Dnde conduca? Podramos 
alguna vez reconocer las orillas opuestas? 
Mi to, por su cuenta, no dudaba de ello. En cuanto a m, lo tema y lo deseaba a la vez. 
Despus de contemplar por espacio de una hora aquel maravilloso espectculo, 
emprendimos otra vez el camino de la playa para regresar a la gruta: y bajo la impresin 
de las ms extraas ideas, me dorm profundamente. 
XXXI 
Al da siguicnte, despertme completamente curado. Pens que un bao serame 
altamente beneficioso, y me fui a sumergir, durante algunos minutos, en las aguas de 
aquel mar que es, sin gnero de duda, el que tiene ms derecho que todos al nombre de 
Mediterrneo. 
Volv a la gruta con un excelente apetito. Hans estaba cocinando nuestro frugal 
almuerzo. Como dispona de agua y fuego, pudo dar alguna variacin a nuestras 
ordinarias comidas. A la hora de los postres, nos sirvi algunas tazas de caf, y jams este 
delicioso brebaje parecime tan exquisito al paladar. 
-Ahora -dijo mi to-, ha llegado la hora de la marea, y no debernos desperdiciar la 
ocasin de estudiar este fenmeno. 
-Cmo la marea! -exclam. 
-Sin duda. 
-Hasta aqu llega la influencia del sol y de la luna? 
-Por qu no? Acaso no se hallan los cuerpos sometidos en conjunto a los efectos de la 
gravitacin universal? Pues, siendo as, no puede substraerse esta masa de agua a la ley 

general. Por consiguieme, a pesar de la presin atmosferica que se ejerce en su superficie 
vas a verla subir como el Atlntico mismo. 
En aquel momento pisbamos la arena de la playa, y las olas avanzaban cada vez ms 
sobre ella. 
-Ya comienza a subir la marea -exclam. 
-S Axel, y a juzgar por estas marcas de espuma, puedes ver que han de elevarse las 
aguas aproximadamente diez pies. 
-Es maravilloso! 
-No: es lo ms natural. 
-Usted dir lo que quiera, pero a mi todo esto me parece extraordinario, y apenas si me 
atrevo a dar crdito a mis ojos. Quin hubiera imaginado jams que dentro de la certeza 
terrestre existiera un verdadero ocano, con sus flujos y reflujos, sus brisas y sus 
tempestades? 
-Por qu no? Existe por ventura alguna razn fsica que se oponga a ella? 
-Ninguna, desde el momento que es preciso abandonar la teora del calor central. 
-De suerte que, hasta aqu, la teora de Davy se encuentra justitcada? 
-Evidentemente, y siendo as, no hay nada que se oponga a la existencia de mares o de 
campias en el interior del globo. 
-Sin duda, pero inhabitados. 
-Pero, por qu estas aguas no han de poder albergar algunos peces de especies 
desconocidas? 
-Sea de ello lo que quiera, hasta el momento actual no hemos visto ni uno solo. 
-Podemos improvisar algunos aparejos, y ver si los anzue los obtienen aqu abajo tan 
buen xito como en les ocanos sublunares. 
. -Lo ensayaremos, Axel porque es preciso penetrar todos los secretos de estas regiones 
nuevas. 
-Pero, dnde estamos to? Porque no le he dirigido hasta ahora esta pregunta que sus 
instrumentos de usted han debido contestar. 
-Horizontalmente, a trescientas cincuenta leguas de Islandia. 
-Tan lejos? 
-Tengo la seguridad de no haberme equivo cado en quinientas toesas. 
-Y la brjula sigue indicando el Sudeste? 
-S, con una inclinacin occidental de diez y nueve grados y cuarenta y dos minutos, 
exactamente igual que en la superficie de la tierra. Respecto a su inclinacin ocurre un 
hecho curioso que he observado con la mayor escrupulosidad. 
-Qu hecho? 
-Que la aguja, en vez de inclinarse hacia el polo, como ocurre en el hemisferio boreal, 
se levanta, por el contrario. 
-Eso parece indicar que el centro de atraccin magntica se encuentra comprendido 
entra la superficie del globo y el lugar donde nos hallamos. 
-Exacto; y, probablemente, si llegsemos bajo las regiones polares, hacia el grado 70 en 
que Jacobo Ross descubri el polo magntico, veramos la aguja en posicin vertical. As, 
pues, este misterioso centro de atraccin no se halla situado a una gran profundidad. 
--Cierto, y ste es un hecho que la ciencia no ha sospechado siquiera. 
-La ciencia, hijo mo, est llena de errores; pero de errores que conviene conocer, 
porque conducen poco a poco a la verdad. 

-Y, a qu profundidad nos hallamos? 
-A una profundidad de treinta y cinco leguas. 
-De esta suerte -observ-, estudiando atentamente el mapa, tenemos sobre nuestras 
cabezas la parte montaosa de Escocia, donde estn los montes Grampianos, cuyas cimas 
cubiertas de nieve se elevan a una altura prodigiosa. 
-S -respondi el profesor sonriendo-, la carga es algo pesada; pero la bveda es slida. 
El sabio arquitecto, autor del universo, construyla con buenos materiales, y jams 
hubieran podido los hombres darle dimensiones tan grandes. Qu son los arcos de los 
puentes y las bvedas de las catedrales al lado de esta nave de tres leguas de radio, bajo la 
cual puede desarrollarse libremente un ocano con todas sus tempestades? 
-Oh! No temo por cierto, que el cielo pueda carseme encima de la cabeza. Y, ahora, 
dgame, to, cules son sus proyectos de usted? No piensa usted regresar a la superficie 
del globo? 
-Regresar? Qu disparate! Por el contrario, proseguir nuestro viaje, ya que todo, ha sta 
ahora, nos ha salido tan bien. 
-Sin embargo, no veo el medio de penetrar por debajo de esta llanura lquida. 
-No te imagines que pienso arrojarme a ella de cabeza. Pero si los ocanos no son, 
propiamente hablando, ms que lagos, puesto que se hallan rodeados de tierra, con mayor 
razn lo es este mar interior que se halla circunscrito por el macizo de granito. 
-Eso no cabe duda. 
-Pues bien, en la orilla opuesta tengo la seguridad de encontrar nuevas salidas. 
-Qu longitud le calcula usted a este ocano? 
-Treinta o cuarenta leguas. 
-Ah! -exclam yo, sospechando que este clculo bien poda ser inexacto. 
-De manera que no tenemos tiempo que perder, y maana nos haremos a la mar. 
Involuntariamente, busqu con los ojos el barco que habra de transportarnos. 
-Ah -dije-. Nos vamos a embarcar? Me parece muy bien. Y, en qu buque 
tomaremos pasaje? 
-No ser en ningn buque, hijo mo, sino en una slida balsa. 
-Una balsa -exclam-; una balsa es casi tan difcil de construir como un buque: y, por 
ms que miro, no veo... 
--Cierto que no ves, Axel; pero si escuchases, oiras 
-Or? 
-S, ciertos martillazos que te demostraran que Hans no est con los brazos cruzados. 
-Est construyendo una balsa? 
-S. 
--Cmo Ha derribado ya argunos rboles con el hacha? 
-Oh! los rboles estaban ya derribados. Ven y vers su obra. 
Despus de un cuarto de hora de marcha, descubr a Hans trabajando, al otro lado del 
promontorio que formaba el puerto natural; y unos momentos despus, hallbame a su 
lado. Con gran sorpresa ma, contempl sobre la arena una balsa, ya medio terminada, 
construida con vigas de una madera especial: y un gran nmero de maderos de curvas y 
de ligaduras de toda especie cubran materialmente el suelo. Haba all para construir una 
flota entera. 
-To -dije-, qu madera es esta? 

-Son pinos, abetos, abedules y todas las especies de conferas de los pases 
septentrionales, mineralizadas por la accin dcl agua del mar. 
-Es posible? 
-Esto es lo que se llama surtarbrandr, o madera fsil. 
-Pero entonces debern tener, como lignitos, la dureza de la piedra, y no podrn flotar. 
-A veces ocurre eso. Hay maderas de stas que se convierten en verdaderas antracitas; 
pero otras, como las que ves, no han experimentado an ms que un principio de 
fosilizacin. Ya vers. 
Y acompaando la accin a la palabra, anej al mar uno de aquellos trozos de madera, 
el cual, despus de sumergirse, volvi a subir a la superficie del agua, donde flot mecido 
por las olas. 
-Te has convencido? -me pregunt mi to. 
-Convencido principalmente de que todo lo que veo es increble. 
Al anochecer del siguiente da, gracias a la habilidad de Hans, estaba terminada la 
balsa, que meda diez pies de longitud por cinco de ancho. Las vigas de surtarbrandr, 
amarradas unas a otras con resistentes cuerdas, ofrecan una superficie bien slida, y una 
vez lanzada al agua, la improvisada embarcacin flot tranquilamente sobre las olas del 
mar de Lidenbrock. 
XXXII 
El 13 de agosto nos levantamos muy de maana. Tratbase de inaugurar un nuevo 
gnero de locomocin rpida y poco fatigosa. 
Un mstil hech con dos palos jimelgados, una verga formada por una tercera percha y 
una vela improvisada con nuestras mantas, componan el aparejo de nuestra balsa. Las 
cuerdas no escaseaban, y el conjunto ofreca bastante solidez. 
A las seis, dio el profesor la seal de embarcar. Los vveres, los equipajes, los 
instrumentos, las arenas y una gran cantidad de agua dulce haban sido de antemano 
acomodados encima de la balsa. Largu la amarra que nos sujetaba a la orilla, orientamos 
la vela y nos alejamos con rapidez. 
En el momento de salir del pequeo puerto, mi to, que asignaba una gran importancia a 
la nomenclatura geogrfica, quiso darle mi nombre. 
-A fe ma -dije yo-, que tengo otro mejor que proponer a usted. 
-Cul? 
-El nombre de Graben: Puerto-Graben; creo que es bastante sonoro. 
-Pues vaya por Puerto-Graben. 
Y he aqu de qu manera hubo de vincularse a nuestra feliz expedicin el nombre de mi 
amada curlandesa. 
La brisa soplaba del Nordeste, lo cual nos permiti navegar viento en popa a una gran 
velocidad. Aquellas capas tan densas de la atmsfera posean una considerable fuerza 
impulsiva, y obraban sobre la vela como un potente ventilador. 
Al cabo de una hora, pudo mi to darse cuenta de la velocidad que llevbamos. 
-Si seguimos caminando de este modo -dijo-, avanzaremos lo menos treinta leguas cada 
veinticuatro horas, y no tardaremos en ver la orilla opuesta. 
Sin responder, fui a sentarme en la parte delantera de la balsa. Ya la costa septentrional 
se esfumaba en el horizonte; los dos brazos del golfo se abran ampliamente como para 
facilitar nuestra salida. Delante de mis ojos se extenda un mar inmenso; grandes nubes 

paseaban rpidamente sus sombras gigantescas sobre la superficie del agua. Los rayos 
argentados de la luz elctrica, reflejados ac y all por algunas grietas, hacan brotar puntos 
luminsos sobre los costados de la embarcacin. 
No tardamos en perder de vista la tierra, desapareciendo as todo punto de referencia; y, 
a no ser por la estela espumosa que tras s dejaba la balsa, hubiera podido creer que 
permaneca en una inmvilidad perfecta. 
A eso del medioda, vimos flotar sobre la superficie del agua algas inmensas. rame 
conocido el poder vegetativo de estas plantas, que se arrastran, a una profundidad de mas 
de 12.000 pies, sobre en fondo de los mares, se reproducen bja una presin de cerca de 
400 atmsferas y forman a menudo bancos bastante considerables para detener la marcha 
de los buques; pero creo que jams hubo algas tan gigantescas como las del mar de 
Lidenbrock. 
Nuestra balsa pas al lado de ovas de 3.000 y 4.000 pies de longitud, inmensas 
serpientes que se prolongaban hasta perderse de vista. Entretename en seguir con la 
mirada sus cintas infinitas, con la esperanza de descubrir su extremidad; mas, despus de 
algunas horas, se cansaba mi impaciencia, aunque no mi admiracin. 
Qu fuerza natural poda producir tales plantas? Qu fantstico aspecto debi 
presentar la tierra en los primeros siglos de su formacin, cuando, bjo la accin del calor 
y la humedad. el reino vegetal slo se desarrollaba en su superficie! 
Lleg la noche, y, como haba observado la vspera la luz no disminuy. Era un 
fenmeno constante con cuya duracin indefinida se poda contar. 
Despus de la cena, tendme al pie del mstil, y no tard en dormirme, arrullado por 
mgicos sueos. 
Hans, inmvil, con la caa del timn en la mano, dejaba deslizarse la balsa, que, 
impelida por el viento en popa cerrada, no necesitaba siquiera ser dirigida. 
Desde nuestra sida de Puerto-Graben, habame confiado el profesor Lidenbrock la 
tarea de llevar el Diario de Navegacin, anotando en l las menores observaciones, y 
consignando los fenmenos ms interesantes, como la direccin del viento, la velocidad 
de la mrcha, el camino recorrido, en una palabra, todos los incidences de aquella extraa 
navegacin. 
Me limitar, pues, a reproducir aqu estas notas cotidianas, dictadas, por decirlo as, por 
los mismos acontecimientos, a fin de que resulte ms exacta la narracin de nuestra 
travesa. 
Viernes 14 de agosto. Brisa igual de NO. La balsa se desliza en lnea recta y a gran 
velocidad. Queda la costa a 30 leguas a sotavento. Sin novedad en la descubierta de 
horizontes. La intensidad de la luz no vara. Buen tiempo, es decir, que las nubes son 
altas, poco espesas y baadas en una atmsfera blanca que parece de plata fundida. 
Termmetro: + 32 centgrados. 
A medioda, prepara Hans un anzuelo en la extremidad de una cuerda, le ceba con un 
poco de carne y lo echa al mar. Pasan dos horas sin que pique ningn pez. Estarn 
deshabitadas estas aguas? No. Se siente una sacudida, Hans cobra el aparejo y saca del 
agua un pez que pugna con vigor por escapar. 
-Un pez! -exclama mi to. 
-Es un sello! -exclamo a mi vez-, un sollo pequeito! 
El profesor examina atentamente al animal y no es de mi misma opinin. Este pez tiene 
la cabeza chata y redondeada, y la parte anterior del cuerpo cubierto de placas seas; 

carece de dientes en la boca, y sus aletas pectorales, bastante desarrolladas, ajstanse a su 
cuerpo desprovisto de cola. Pertenece indudablemente al orden en que los naturalistas 
han clasifcado al sollo, pero se diferencia de l en detalles bastantes esenciales. 
Mi to no se equivoca, porque, despus de un corto examen, dice: 
-Este pez pertenece a una familia extinguida hace ya siglos, de la cual se encuentran 
restos fsiles de los terrenos devonianos. 
-Cmo! -digo yo-. Habremos cogido vivo uno de esos habitantes de las mares 
pnmitivos? 
-S -responde el profesor, reanudando sus observaciones-, y ya ves que estos peces 
fsiles no tienen ningn parecido con las especies actuales; de suerte que, el poseer uno 
de estos seres vivos, es una verdadera dicha para un naturalista. 
-Pero, a qu familia pertenece? 
-Al rden de los ganoideos, familia de los cefalospidos, gnero... 
-Lo dir usted? 
-Gnero de los pterichthys; sera capaz de jurarlo. Pero stos ofrecen una particularidad 
que dicen que es privativa de los peces de las aguas subterrneas. 
-Cul? 
-Que son ciegos. 
-Ciegos! 
-No solamente ciegos, sino que carecen en absoluto de rgano de la visin. 
Miro y veo que es verdad; pero esto puede ser un caso aislado. 
Ceba el gua nuevamente el anzuelo y lo echa al agua. En este ocano debe abundarla 
pesca de un modo extraordinario, porque, en dos horas, cogemos una gran cantidad de 
pterichthys, y de otros peces pertenecientes a otra familia extinguida tambin, los 
diptridos, mas cuyo gnero no puede determinar mi to. Todos ellos carecen de rgano 
de la visin. Esta inesperada pesca renov ventajosamente nuestras provisiones. 
Parece, pues, demostrado que este mar solamente contiene especies fsiles, en las 
cuales los peces, lo mismo que los reptiles, son tanto ms perfectos cuanto ms antigua es 
su creacin. 
Tal vez encontremos algunos de esos saurios que la ciencia ha sabido rehacer con un 
fragmento de hueso o de cartlago. 
Tomo el anteojo y examino el mar. Est desierto. Sin duda nos encontramos an 
demasiado prximas a las costas. 
Entonces miro hacia el aire. Por qu no batiran con sus alas estas pesadas capas 
atmosfricas esas aves reconstruidas por Cuvier? Los peces les proporcionaran un 
excelente alimento. Examino el espacio, pero los aires estn tan desbabitados como las 
playas. 
Mi imaginacin, sin embargo, me arrastra a las maravillosas hiptesis de la 
paleontologa. Sueo despierto. Creo ver en la superficie de las aguas esos enorines 
quersitos, esas tortugas antediluvianas que semejan islotes flotantes. Me parece ver transitar 
por las sombras playas a los grandes mamferos de los primeros das de la creacin: 
el leptoterio, encontrado en las cavernas del Brasil; el mericoterio, venido de las regiones 
heladas de Siberia. Ms all el paquidermo lofiodn, ese gigantesco tapir que se oculta 
detrs de las rocas para disputar su presa al anoploterio, animal extrao que participa del 
rinoceronte, del caballo, del hipoptamo y del camello, como si el Creador, queriendo 
acabar pronto en los primeros das del mundo, hubiese reunido varios animales en uno 

solo. El gigantesco mastodonte hace girar su trompa y tritura con sus colmillos las 
piedras de la orilla, en tanto que el megaterio, sostenido sobre sus enormes patas, escarba 
la tierra despertando con sus rugidos el eco de los sonoros granitos. Ms arriba, el 
protopiteco, primer simio que hizo su aparicin sobre la superficie del globo, se encarama 
a las ms empinadas cumbres. Ms alto todava, el pterodctilo, de manos aladas, se 
desliza como un enorme murcilago sobre el aire comprimido. Por ltimo, en las ltimas 
capas, inmensas aves, ms potentes que el casoar, ms voluminosos que el avestruz, 
despliegan sus amplias alas y van a dar con la cabeza contra la pared de la bveda de 
granito. 
Toda este muedo fsil renace en mi imaginacin. Me remonto a las pocas bblicas de 
la creacin, mucho antes del nacimiento del hombre, cuando la tierra incompleta no era 
an suficiente para ste. Mi sueo se remonta despus an ms all de la aparicin de los 
seres animados. Desaparecen las mamferos, despus los pjaros, ms tarde los reptiles de 
la poca secundaria, y, por fin, los peces, los crustceos, los moluscos y los articulados. 
Los zofitos del perodo de transicin se aniquilan a su vez. Toda la vida de la tierra 
queda resumida en m, y mi corazn es el nico que late en este mundo despoblado. Deja 
de haber estaciones, desaparecen los climas; el calor propio del globo aumenta sin cesar y 
neutraliza el del sol. La vegetacin se exagera; paso como una sombra en medio de los 
helechos arborescentes, hollando con mis pasos inciertos las irisadas arcillas y los 
abigarrados asperones del suelo; apyome en los troncos de las inmensas conferas; 
acustome a la sombra de las esfenofilos, de los asterofilos y de los licopodios que miden 
cien pies de altura. 
Los siglos transcurren como das; me remonto a la serie de las transformaciones 
terrestres; las plantas desaparecen; las rocas granticas pierden su dureza: el estado 
lquido va a reemplazar al slido bajo la accin de un calor ms intenso; las aguas corren 
por la superficie del globo; hierven y se volatilizan; los vapores envuelven la tierra, que 
lentamente se reduce a una masa gaseosa, a la temperatura del rojo blanco, de un 
volumen igual al del sol y con brillo igual al suyo. 
En el centro de esta nebulosa, un milln cuatrocientas mil veces ms voluminosa que el 
globo que ha de formar un da soy arrastrado por los espacios interplanetarios; el cuerpo 
se sutiliza, se sublima a su vez, y se mezcla como un tomo imponderable a estos 
inmensos vapores que trazan en el infinito su rbita intlada. 
-Qu sueo! Adnde me lleva? Mi mano febril vierte sobre el papel sus extraos 
pormenores. Lo he olvidado todo: el profesor, el gua, la balsa...! Una alucinacin base 
apoderada de mi espritu... 
-Qu tienes?-me pregunta mi to. 
Mis ojos desencjados se fijan sobre l, sin verlo. 
-Ten cuidado, Axel, que te vas a caer al mar! 
Al mismo tiempo, me siento vigorosamente cogido por la mano de Hans. A no ser por 
este auxilio, me habra precipitado en el mar bajo el imperio de mi sueo. 
-Pero, es que se ha vuelto loco? -pregunta el profesor. 
-Qu ocurre? -exclam volviendo a m. 
-Ests enfermo? 
-No: he tenido un momento de alucinacin, pero ya se me ha pasado. No hay novedad 
ninguna? 

-No. La brisa es favorable y el mar est como un plato. Marchamos a una velocidad 
considerable, y, si mis clculos no me engaan, no tardaremos mucho en llegar a la orilla 
opuesta.. 
Al or estas palabras, me levanto y examino el horizonte; pero la lnea del agua se sigue 
confundiendo con la que forman las nubes. 
XXXIII 
Sbado 15 de agosto. El mar conserva su montona uniformidad. No se ve tierra 
alguna. El horizonte parece extraordinariamente apartado. 
Tengo todava la cabeza aturdida por la violencia de mi sueo. 
Mi to no ha soado, pero est de mat humor; escudria todos los puntos del espacio 
con su anteojo, y se cruza luego de brazos con aire despechado. 
Observo que el profesor Lidenbrock tiende a ser otra vez el hombre impaciente de 
antes, y consigno el hecho en mi diario. Slo mis sufrimientos y peligros despertaron en 
l un rasgo de humanidad; pero, desde que me puse bien del todo, ha vuelto a ser el 
mismo. Sin embargo, no me explico por qu se impacienta. No estamos realizando el 
vije en las ms favorables circunstancias? No camina la balsa con una velocidad asombrosa? 
-Est usted inquieto, to? -pregntole al ver la frecuencia con que se echa el anteojo o 
la cara. 
-Inquieto, dices? No. 
-Impaciente, tal vez? 
-Para ello no faltan motivos. 
-Sin embargo, marchamos con una velocidad... 
-Qu me importa? Lo que me preocupa a m no es que la velocidad sea pequea, sino 
que el mar es muy grande. 
Me acuerdo entonces que el profesor, antes de nuestra partida, calculaba en treinta 
leguas la longitud de aquel mar subterrneo, y habamos recorrido ya un espacio tres 
veces mayor sin que las costas del Sur se divisasen an. 
-Es que no descendemos -prosigui el profesor-. Todo esto es tiempo perdido, y, como 
comprenders, no he venido tan lejos para hacer una excursin en bote por un estanque. 
Llama a esta travesa una excursin en bote, y a este mar un estanque! 
-Pero-le contesto yo -, desde el momento en que hemos seguido el camino indicado por 
Saknussemm 
-Esa es precisamente la cuestin. Hemos realmente seguido este camino? Hubo de 
encontrar Saknussemm esta extensin de agua? La atraves? No nos habr engaado 
ese arroyuelo que tomamos por gua? 
-En todo caso, no nos debe pesar el haber llegado hasta aqu. Este espectculo es 
magnfico, y... 
-Quin piensa en espectculos? Me he propuesto un objetivo y mi deseo es alcanzarlo. 
No me hables, pues, de espectculos! 
Tomo de la advertencia buena nota, y dejo al profesor que se muerda los labios de 
impaciencia. A las cinco, reclama Hans su paga, y se le entregan tres rixdales. 
Domingo 16 de agosto. No ocurre novedad. El mismo tiempo. El viento tiene una ligera 
tendencia a refrescar. Mi primer cuidado, al despertarme, es observar la intensidad de la 

luz, pues siempre temo que el fenmeno elctrico se debilite y extinga. Pero no ocurre 
as; la sombra de la balsa se dibuja distintamente sobre la supertcie de las aguas. 
Verdaderamente este mar es infinito! Debe tener la longitud del Mediterrneo, y quin 
sabe si del Atlntico. Por qu no? 
Mi to sonda con frecuencia; ata un pico al extremo de una cuerda, y deja salir 
doscientas brozas sin encontrar fondo, costndonos gran trabjo izar nuestra sonda. 
Cuando tenemos a bordo el pico, hceme notar Hans unas seales claramente mareadas 
que se observan en l dirase que este trozo de hierro ha sido vigorosamente oprimido 
entre dos cuerpos duros. 
Yo miro al cazador. 
-Tnder! -me dice. 
Como no lo comprendo, me vuelvo hacia mi to, que se halla completamente absorbido 
en sus reflexiones, y no me atrevo a sacarle de ellas. Interrogo de nuevo con la vista al 
islands, y ste, abriendo y cerrando varios veces la boca me hace comprender su 
pensamiento. 
-Dientes! -exclamo asombrado, examinando con ms atencin la barra de hierro. 
S! Son dientes cuyas puntas han quedado impresas en el duro metal Las mandbulas 
que guarnezcan deben poseer una fuerza prodigiosa! Ser un monstruo perteneciente a 
alguna especie extinguida que se agita en las profundidades del mar, ms voraz que el 
tiburn y mas terrible que la ballena? No puedo apartar mi mirada de esta barra medio 
roda. Se va a convertir en realidad mi sueo de la noche ltima? 
Durance todo el da, me agitan estos pensamientos, y apenas logra calmar mi 
imaginacin un sueo de algunas horas. 
Lunes 17 de agosto. - Procuro recordar los instintos particulares de estos animales 
antediluvianos de la poca secundaria, que sucedieron a los moluscos, crustceos y peces, 
y precedieron a la aparicin de los mamferos sobre la superficie del globo. El mundo 
perteneca entonces a los reptiles monstruos que reinaron como seores en los mares 
jursicos. Habales dotado la Naturaleza de la ms completa organizacin. Qu 
gigantesca estructura. Qu fuerzas prodigiosas! Los saurios actuales, caimanes o 
cocodrilos, mayores y ms temibles, no son sino reducciones debilitadas de sus 
progenitores de las primeras edades. 
Me estremezco nada ms que al recordar estos monstruos. Nadie los ha visto vivos. 
Hicieron su aparicin sobre la tierra mil siglos antes que el hombre; pero sus osamentas 
fsiles, encontradas en esas calizas arcillosas que los ingleses llaman lias, han permitido 
reconstruirlos anatmicamente y conocer su conformacin colosal. 
He visto en el museo de Hamburgo el esqueleto de uno de estos saurios que meda 
treinta pies de longitud. Estar por ventura destinado yo, habitante de la superficie 
terrestre, a encontrarme cara a cara con algn representante de una familia antediluviana? 
No! Eso es un imposible! Y, sin embargo, la seal de unos dientes poderosos est bien 
marcada en la barra de hierro, y bien se echa de ver, por sus huellas, que son cnicos 
como los del cocodrilo. 
Mis ojos se fijan con espanto en el mar; temo ver lanzarse sobre nosotros uno de estos 
habitantes de las cavernas submarinas. 
Supongo que el profesor Lidenbrock participa de mis ideas, si no de mis temores; 
porque, despus de habe:r examinado el pico, recorre con la mirada el Ocano. 

"Mal haya" pienso yo "la idea que ha tenido de sondar"'. Ha turbado en su retiro a 
algn animal marino, y si durante el viaje no somos atacados...! 
Echo una mirada a las armas, y me aseguro de que estn en buen estado. Mi to observa 
mi maniobra y la aprueba con un gesto. 
Ya ciertos remolinos que se advierten en la superficie del agua denuncian la agitacin 
de sus capas interiores. El peligro se aproximo. Es preciso vigilar. 
Martes 18 de agosto. Llega la noche, o, por mejor decir, el momento en que el sueo 
quiere cerrar nuestros prpados; porque en este mar no hay noche, y la implacable luz 
fatiga nuestros ojos de una manera obstinada, como si navegsemos bajo el sol de los 
ocanos rticos. Hans gobierna el timn, y, mientras l hace su guardia, yo duermo. 
Dos horas despus, me despierta una sacudida espantosa. La balsa ha sido empujada 
fuera del agua con indescriptible violencia y arrojada a veinte toesas de distancia. 
-Qu ocurre? -exclama mi to--- Hemos tocado en un bajo? 
Hans seala con el dedo, a una distancia de doscientas toesas, una masa negruzca que 
se eleva y deprime alternativamente. 
Yo miro en la direccin indicada, y exclamo 
-Es una marsopa colosal! 
-S -replica mi to-, y he aqu ahora un lagarto marino de tamao extraordinario. 
-Y ms lejos un monstruoso cocodrilo. Mire usted qu terribles mandbulas, 
guarnecidas de dientes espantosos! Pero, ah!desaparece! 
-Una ballena! Una ballena! -exclama entonces el profesor-. Distingo unas enormes 
aletas. Mira el aire y el agua que arrja por las narices! 
En efecto, dos lquidas columnas se elevan a considerable altura sobre el nivel del mar. 
Permanecemos atnitos, sobrecogidos, estupefactos ante aquella coleccin de monstruos 
marinos. Poseen dimensiones sobrenaturales, y el menos voluminoso de ellos destrozara 
la balsa de una sola dentellada. Hans quiere virar en redondo con objeto de esquivar su 
vecindad peligrosa; pero descubre por la banda opuesta otros enemigos no menos 
formidables: una tortuga de cuarenta pies de ancho, y una serpiente que mide treinta de 
longitud, y alarga su enorme cabeza por encima de las olas. 
Es imposible huir. Estos reptiles se aproximan; dan vueltas alrededor de la balsa con 
una velocidad menor que la de un tren expreso, y trazan en torno de ella crculos 
concntricos. Yo he cogido mi carabina ; pero, qu efecto puede producir una bala sobre 
las escamas que cubren los cuerpos de estos animales? 
Permanecemos mudos de espanto. Ya vienen hacia nosotros! Por un lado, el cocodrilo; 
por el otro, la serpiente. El resto del rebao marino ha desaparecido. Me dispongo a hacer 
fuego, pero Hans me detiene con mi signo. Las dos bestias pasan a cincuenta toesas de la 
balsa, se precipitan el uno sobre el otro y su furor no la permite vernos. 
El combate se empea a cien toesas de la balsa, y vemos claramente cmo los dos 
monstruos se atacan. 
Pero me parece que ahora los otros animales acuden a tomar parte en la lucha la 
marsopa, la ballena, el lagarto, la tortuga; los entreveo a cada instante. Se los muestro al 
islands, y ste mueve la cabeza en sentido negativa. 
-Tra -dice con calma. 
-Cmo! Dos! Pretende que slo los animales... 
-Y tiene mucha razn -exclama mi to, que no aparta el anteojo del grupo. 
-Es posible? 

-Ya lo creo! El primero de estos monstruos tiene hocico de marsopa, cabeza de lagarto, 
dientes de cocodrilo, y por esto nos ha engaado. Es el ictiosauro, el ms temible de los 
animales antediluvianos. 
-Y el otro? 
-El otro es una serpiente escondida bajo el caparazn de una tortuga; el plesiosauro, 
implacable enemigo del primero. 
Hans tiene mucha razn. Slo dos monstruos turban de esta manera la superfcie del 
mar, y tengo ante mis ojos dos reptiles de los primitivos ocanos. Veo el ojo 
ensangrentado del ictiosauro, que tiene el tamao de la cabeza de un hombre. La 
Naturaleza le ha dotado de un aparato ptico de extraordinario poder, capaz de resistir la 
presin de las capas de agua en que habita. Se le ha llamado la ballena de los saurios, 
porque posee su misma velocidad y tamao. Su longitud no es inferior a cien pies, y, 
cuando saca del agua las aletas verticales de su cola, me hago cargo mejor de su enorme 
magnitud. Sus mandbulas son enormes, y, segn los naturalistas, no posee menos de 182 
dientes. 
El plesiosauro, serpiente de tronco cilndrico, tiene la cola corta y las patas dispuestas 
en forma de remos. Su cuerpo se halla todo l revestido de un enorme carapacho, y su 
cuello, flexible como el del cisne, yrguese treinta pies sobre las olas. 
Los dos animales se atacan con indescriptible furia. Levantan montaas de agua que 
llegan hasta la bolsa, y nos ponen veinte veces a punto de zozobrar. Se oyen silbidos de 
una intensidad prodigiosa. Las dos bestias se encuentran enlazadas, no sindome posible 
distinguir la una de la otra. Hay que temerlo todo de la furia del vencedor! 
Transcurre una hora, dos, y contina la lucha con el mismo encarnizamiento. Los 
combatientes se aproximan a la balsa unos veces y otras se alejan de ella. Permanecemos 
inmviles, dispuestos a hacer fuego. 
De repente, el ictiosauro y el plesiosauro desaparecen produciendo un enorme 
remolino. Va a terminar el combate en las profundidades del mar? 
Pero, de improviso, una enorme cabeza lnzase fuera del agua: la cabeza del 
plesiosauro. El monstruo est herido de muerte. No descubro su inmenso carapacho. Slo 
su largo cuello se yergue, se abate, se vuelve a levantar, se encorva, azota la superficie 
del mar como un ltigo gigantesco y se retuerce como una lombriz dividido en dos 
pedazos. Salta el agua a considerable distancia y nos ciega materialmente; pero pronto 
toca a su fin la agona del reptil; disminuyen sus movimientos, decrecen sus contorsiones, 
y su largo tronco de serpiente se extiende como una masa inerte sobre la serena superficie 
del mar. 
En cuanto al ictiosauro, ha regresado de nuevo a su caverna submarina o va a 
reaparecer otro vez? 
XXXIV 
Mircoles 19 de Agosto. El viento, por fortuna, que sopla con bastante fuerza, nos ha 
permitido huir rpidamente del teatro del combate. Hans sigue siempre empuando la 
caa del timn. Mi to, a quien los incidentes del combate han hecho olvidar de momento 
sus absorbentes ideas, vuelve a examinar el mar con la misma impaciencia que antes. 
El vije recobra de nuevo su uniformidad montona que no deseo ver interrumpido por 
peligros tan inminentes como el que corrimos aver. 

Jueves 20 de agosto. Brisa NNE. bastante desigual. Temperatura elevada. Marchamos a 
razn de tres leguas y media por hora. 
A eso de medioda, yese un ruido lejano. 
Consigno el hecho sin saber cul pueda ser su explicacion. Es un mugido continuo. 
-Hay -dice el profesor-, a alguna distancia de aqu, alguna roca o islote contra el cual se 
estrellan las olas. 
Hans sube al extremo del palo, pero no descubre ningn escollo. La superficie del mar 
aparece toda lisa hasta el mismo horizonte. 
As transcurren tres horas. Los mugidos parecen provenir de una catarata lejana. 
Manifiesto mi opinin a mi to, que sacude la cabeza. Esto no obstante tengo la 
conviccin de que no me equivoco. Correremos tal vez hacia una catarata que nos 
precipitar en el abismo? Es posible que este gnero de descenso sea del agrado del 
profesor, porque se acerca a la vertical; pero lo que es a m... 
En todo caso, se produce no lejos de aqu un fenmeno ruidoso, porque ahora los 
rugidos se oyen con gran violencia. Proceden del Ocano o del cielo? 
Dirijo mis miradas hacia los vapores suspendidos en la atmsfera, y trato de sondar su 
profundidad. El cielo est tranquilo; la nubes, transportadas a la parte superior de la 
bveda, parecen inmviles y se pierden en la intensa irradiacin de la luz. Es preciso, por 
tanto, buscar por otro lado la explicacin de este extrao fenmeno. 
Examino entonces el horizonte que est limpio y sin brumas. Su aspecto no ha 
cambiado. Pero si este ruido proviene de una catarata o de un salto de agua; si todo este 
Ocano se precipita en un estuario inferior; si estos mugidos son producidos por la cada 
de una gran masa de agua, debe la corriente activarse, y su creciente velocidad puede 
darme la medida del peligro que nos amenaza. Observo la corriente, y veo que es nula. 
Una botella vaca que arrojo al mar, se queda a sotavento. 
A eso de los cuatro, levntase Hans, aproximase al palo y trepa por l hasta el tope. 
Recorre desde all con la mirada el arco de crculo que el Ocano describe delante de la 
balsa y se detiene en un punto. Su semblante no expresa la ms leve sorpresa ; pero sus 
ojos permanecen fijos. 
-Algo ha visto-exclama mi to. 
-As lo creo tambin. 
Hans desciende, y seala hacia el Sur con la mano, diciendo: 
-Der nere! 
-All abjo?-responde mi to. 
Y cogiendo el anteojo, mira con la mayor atencin durante un minuto, que a m me 
parece un siglo. 
-S, s! -exclama despus. 
-Qu ve usted? 
-Una inmensa columna de agua que se eleva por encima del Ocano. 
-Otro animal marino? 
-Puede ser. 
-Entonces, arrumbemos ms hacia el Oeste, porque ya sabemos a qu atenernos por lo 
que respecta al peligro de tropezar con estos monstruos antediluvianos. 
-No enmendemos el rumbo -responde mi to. 

Vuelvo la vista hacia Hans, y veo que sigue impertrrito con la caa del timn en la 
mano. 
Sin embargo, si a la distancia que nos separa de este animal, que puede calcularse en 
doce leguas lo menos, puede verse la columna de agua que arroja por las narices, debe 
tener un tamao sobrenatural. La ms elemental prudencia aconsejara alejarse; pero no 
hemos venido hasta aqu para ser prudentes. 
Seguimos, pues, el mismo rumbo. Cuanto ms nos aproximamos, ms crece el surtidor. 
Qu monstruo puede tragar tan gran cantidad de agua y arrjarla de este modo sin 
interrupcin alguna? 
A los ocho de la noche nos hallamos a menos de dos leguas de l. Su cuerpo enorme, 
negruzco, monstruoso, se extiende sobre el mar como un islote. Es ilusin? Es miedo? 
Su longitud me parece que pasa de mil toesas. Qu cetceo es, pues, ste que ni los 
Cuvier ni los Blumenbach han descrito? Se halla inmvil y como dormido. El mar parece 
que no puede levantarlo, romplendo contra sus costados las olas. La columna de agua, 
proyectada a quinientos pies de altura, desciende con ensordecedor estrpito. Corremos 
como insensatos hacia esta imponente mole que necesitara diariamente para su 
alimentacin cien ballenas. 
El terror se apodera de m. No quiero avanzar ms. Cortar, si es preciso, la driza de la 
vela. Me rebelo contra el profesor, que no me responde. 
De repente, levntase Hans, y, sealando con el dedo el punto amenazador, dice: 
-Holme! 
-Una isla -exclama mi to. 
-Una isla -repito a mi vez, encogindome de hombros. 
-Evidentemente -responde el profesor, lanzando una sonora carcajada. 
-Pero, y esta columna de agua? 
-Giser -exclama Hans. 
-Un giser, sin duda alguna -responde mi to-; un giser semejante a los de Islandia. 
Al principio, no quiero confesar que me he engaado una manera tan burda. Haber 
tomado un islote por un monstruo marino. Pero la cosa est clara y tengo que concluir por 
dar mi brazo a torcer. Se trata de un fenmeno natural, simplemente. 
A medida que nos aproximamos, aquella columna lquida adquiere dimensiones 
grandiosas. El islote presenta, en efecto, un exacto parecido con un inmenso cetceo cuya 
cabeza domina los olas elevndose sobre ellas a una altura de diez toesas. El giser, 
palabra que los islandeses pronuncian cheisir y que significa furor, se eleva 
majestuosamente en su extremo. Resuenan a cada instante sordas detonaciones, y el 
enorme chorro, acometido de ms violentos furores, sacude su penacho de vapor saltando 
hasta las primeros capas de nubes. Se halla solo, sin que le rodeen humaredas ni 
manantiales calientes, y toda la potencia volcnica est resumido en l. Los rayos de la 
luz elctrica vienen a mezclarse con esta deslumbrante columna de agua, cuyas gotas 
adquieren, al recibir su caricia, todos los matices del iris. 
-Atraquemos -dice el profesor. 
Pero es preciso evitar con cuidado esta tromba de agua que, en un instante, hara 
zozobrar balsa. Hans, maniobrando con pericia, nos lleva a la extremidad del islote. 
Salto sobre las bocas; mi to me sigue en seguida, en tanto que el cazador permanece en 
su puesto, a fuer de hombre curado ya de espanto. 

Caminamos sobre un granito mezclado con toba silcea; el suelo quema y trepida bjo 
nuestros pies, como los costados de una caldera en cuyo interior trabaja el vapor recalentado. 
Llegamos ante un pequeo estanque central de donde se eleva el giser. Sumerjo un 
termmetro en el agua que corre borbotando, y marca una temperatura de 163. 
Este agua sale, pues, de un foco ardiente, lo que est en contradiccin con los teoras 
del profesor Lidenbrock, no puedo resistir la tentacin de hacrselo notar. 
-Est bien -me replica-, y qu prueba eso contra las doctrinas? 
-Nada, nada-contesto con tono seco, viendo que me estrellaba contra una obstinacin 
sin ejemplo. 
Debo confesar, sin embargo, que hasta ahora hemos tenido mucha suerte y que, por 
razones que no se me alcanzan, se efecta este viaje en condiciones especiales de 
temperatura ; pero para m es evidente que algn da habremos de llegar a esas regiones 
en que el calor central alcanza sus ms altos lmites y supera todas las graduaciones de 
los termmetros. 
All veremos, que es la frase sacramental del profesor; quien, despus de haber 
bautizado este islote volcnico con el nombre de su sobrino, da la seal de embarcar. 
Permanezco algunos minutos todava contempleando el giser. Observo que su chorro 
es irregular, disminuyendo a veces de intensidad, para recobrar despus mucho vigor; lo 
que atribuyo a las variaciones de presin de los vapores acumulados en su interior. 
Al fin, partimos bordeando las rocas escarpadas del Sur. Hans ha aprovechado esta 
detencin para reparar algunas averas de la balsa. 
Pero antes de pasar adelante, hago algunas observaciones para calcular la distancia 
recorrida y las anoto en mi diario. Hemos recorrido 270 leguas sobre la superficie del 
mar, a partir de Puerto-Graben, y nos hallamos debajo de Inglaterra, a 620 leguas de 
Islandia. 
XXXV 
Viernes 21 de agosto. Al da siguiente, perdimos de vista el magnifico giser. El viento 
ha refrescado, alejndonos rpidamente del Islote de Axel, cuyos mugidos se han ido 
extinguiendo poco a poco. 
El tiempo amenaza cambiar. La atmsfera se carga de vapores. que arrastran consigo la 
electricidad engendrada por la evaporacin de las aguas salinas; descienden 
sensiblemente las nubes y tornan un marcado color de aceituna; los rayos de luz elctrica 
apenas pueden atravesar este opaco teln corrido sobre la escena donde va a representarse 
ei drama de las tempestades. 
Me siento impresionado, como ocurre sobre la superficie de la tierra cada vez que se 
aproxima un cataclismo. 
Los cmulus amontonados hacia el Sur presentan un aspecto siniestro; esa horripilante 
apariencia que he observado a menudo al principio de las tempestades. El aire est 
pesado y el mar se encuentra tranquilo. 
A lo lejos, se ven nubes que parecen enormes balas de algodn, amontonadas en un 
pintoresco desorden, las cuales se van hinchando lentamente y ganan en volumen lo que 
pierden en nmero. Son tan pesadas, que no pueden desprenderse del horizonte; pero, al 
impulso de las corrientes superiores, fndense poco a poco, se ensombrecen y no tardan 
en formar una sola capa de aspecto en extremo imponente. De vez en cuando, un globo 

de vapores, bastante claro an, rebota sobre esta alfombra parda, y no tarda en perderse 
en la masa opaca. 
Evidentemente la atmsfera se halla saturada de fluido, del cual tambin yo me 
encuentro impregnado, pues se me eriza el cabello como si me hallase en contacto con 
una mquina elctrica. Me parece que si, en este momento, me tocasen mis compaeros, 
recibiran una violenta conmocin. 
A las diez de la maana se acentan los signos precursores de la tempestad; dirase que 
el viento descansa para tomar nuevo aliento; la nube parece un odre inmenso en el cual se 
acumulasen los huracanes. 
No quiero creer en las amenazas del cielo; mas no puedo contenerme y exclamo: 
-Mal tiempo se prepara. 
El profesor no responde. Tiene un humor endiablado al ver que aquel ocano se 
prolonga de un modo indefinido delante de sus ojos. Contesta a mis palabras 
encogindose de hombros. 
-Tendremos tempestad --digo yo, sealando con la mano el horizonte-. Esas nubes 
descienden sobre el mar como para aplastarlo. 
Silencio general. El viento calla. La Naturaleza parece un cadver que ha dejado de 
respirar. La vela cae pesadamente o lo largo del mstil, en cuyo tope empiezo a ver brillar 
un ligero fuego de San Telmo. La balsa permanece inmvil en medio de un mar espeso y 
sin ondulaciones. Pero, si no caminamos, a qu conservar izada esta vela que puede 
hacernos zozobrar al primer choque de la tempestad? 
-Arriemos la vela -digo-, y abatamos el palo; la prudencia ms elemental lo aconseja. 
-No, por vida del diablo! -ruge iracundo mi to--- No, y mil veces no! Que nos 
sacuda el viento! que la tempestad nos arrebate! Pero que vea yo, por fin, las rocas de 
una costa, aunque deba nuestra balsa estrellarse contra ellas! 
No ha acabado an mi to de pronunciar estas palabras, cuando cambia de improviso el 
aspecto del horizonte del Sur; los vapores acumulados se resuelven en lluvia, y el aire, 
violentamente solicitado para llenar los vacos producidos por la condensacin 
convirtese en huracan. Procede de los ms remotos confines de la caverna. La 
obscuridad hcese tan intensa, que apenas si puedo tomar algunas notas incompletas. 
La balsa se levanta dando saltos, que hacen caer a mi to. Yo me arrastro hasta l. Le 
hallo asido fuertemente a la extremidad de un cabo y parece contemplar con placer el 
espectculo de las desencadenados elementos. 
Hans no se mueve siquiera. Sus largos cabellos, desordenados por el huracn y 
acumulados sobre su inmvil semblante, le dan un extrao aspecto, porque en cada una 
de sus puntas brillo un penachilla luminoso. Su espantosa fisonoma recuerda la de los 
hombres antediluvianos, contemporneos de los ictiosaurios, de los megiterois. 
El palo, sin embargo, resiste. La vela se distiende, como una burbuja prxima a 
reventar. La balsa camina con una velocidad que no puedo calcular, aunque no tan grande 
como la de las gotas de agua que despide en sus movimientos, las cules describen lneas 
perfectamente rectas. 
-La vela! La vela! -grito, indicando por seas que la 
arren 
-No! -responde mi to. 
-Nej -dice Hans, moviendo lentamente la cabeza. 

La lluvia forma, entretanto, una mugidora catarata delante del horizonte hacia el cual 
como insensatos corremos; pero antes de que llegue hasta nosotros, desgrrose el velo 
formado por las nubes, entra el mar en ebullicin, y entra en juego la electricidad 
producida por una vasta accin qumica que se opera en las capas superiores de la 
atmsfera. A las centelleantes vibraciones del rayo, se mezclan los mugidos espantosos 
del trueno: un sinnmero de relmpagos se entrecruzan en medio de las detonaciones; la 
masa de vapores se pone incandescente; el pedrisco que choca contra el metal de nuestras 
armas y herramientas, adquiere luminosidad; y las hinchadas olas parecen cerros 
ignvomos en cuyas entraas se incuba un fuego en extremo violento y cuyas crestas 
ostentan un vivo penacho de llamas. 
La intensidad de la luz me deslumbra los jos, y el estrpito del trueno me destroza los 
odos; no tengo ms remedio que asirme fuertemente al mstol de la balsa, que se dobla 
como una dbil caa bjo la violencia del huracn. 
(Aqu se hacen en extremo incompletas las notas de mi vije. No he encontrado ya ms 
que algunas observaciones fugaces y tomadas, por decirlo as, maquinalmente. Pero por 
su brevedad, y hasta por su falta de claridad, constituyen una prueba de le emocin que 
me dominaba y me dan una idea ms cabal que la memoria, de la situacin en que nos 
encontrbamos.) 
Domingo 23 de agosto. Dnde estamos? Somos arrastrados con una velocidad 
prodigiosa. 
La noche ha sido terrible. La tempestad no amaina. Vivimos en medio de una 
detonacin incesante. Nuestros odos sangran y no podemos entendernos. 
Las relmpagos no cesan. Veo deslumbrantes zig zags que, tras una fulminacin 
instantnea, van a herir la bveda de granito. Oh si se desplomase! Otros relmpagos se 
bifurcan, o toman la forma de globos de fuego, que estallan como bombas. No por eso 
aumenta el ruido, porque ha rebasado ya el lmite de intensidad que puede percibir el odo 
humano, y aunque todos los polvorines del mundo hiciesen explosin a la vez, no lo 
oiramos. 
Existe una emisin constante de luz en la superficie de las nubes, la materia elctrica se 
desprende, incesante, de sus molculas: hanse alterado los principios gaseosas del aire ; 
innumerables columnas de agua se lanzan a la atmsfera y caen luego cubiertas de 
espuma. 
A dnde vamos...? Mi to se halla tendido, largo es, en la extremidad de la balsa. 
El calor aumenta. Miro el termmetro y veo que seala... (La cifra est borrada.) 
Lunes 24 de agosto. Por lo visto, esto no acabar nunca. Por qu el estado de esta 
atmsfera tan densa, una vez modificada, no ser definitivo? 
Estamos rendidos de fatiga. Hans sigue imperturbable. La balsa corre 
imperturbablemente hacia el Sudeste. Hemos recorrido ms de doscientas leguas desde 
que abandonamos el islote de Axel. 
El huracn arreci o medioda, y es preciso trincar salidamente todos las objetos que 
componen el cargomento. Nosotros nos amarramos tambin. Los olas pasan par encima 
de nuestra cabezas. 
Hace tres das que no podemos cambiar ni siquiera una sola palabra .Abrimos la boca, 
movemos los labios pero no producimos ningn sonido apreciable. Ni aun hablando al 
odo es posible entendernos. 

Mi to se ha aproximado a m, y ha articulado algunos palabras. Creo que me ha dicho: 
Estamas perdidos pero no estoy seguro. 
Tomo el partido de escribirle estos palabras : Arriemos la vela. Me dice por seas 
que bueno. 
Pero, apenas he tenido tiempo de inclinar la cabeza para decirme que s, cuando a bordo 
de la balsa aparece un disco de fuego. La vela es arrancada, juntamente con el palo, y 
parten ambas cosas, formando un solo cuerpo, elevndose a una altura prodigiosa cual 
nuevo pterodctilo, ese ave fantstica de los primeros siglos. 
Nos quedamos helados de espanto. La esfera, mitad blanca y mitad azulada, del tamao 
de una bomba de diez pulgadas, se pasea lentamente, girando con velocidad sorprendente 
bjo el impulso del huracn. Va de un lado para otro, sube una de los bordas de la balsa, 
salta sobre el saco de las provisiones, desciende ligeramente, bota, roza la cja de 
plvora. Horror! Vamos a volar! Pero no: el disco deslumbrador se separa; se aproximo 
o Hans, que la mira fijamente; a mi to, que se pone de rodillas para evitar su choque; a 
m, que palidezco y tiemblo bajo la impresin de su luz y su color; d vueltas alrededor de 
mi pie, que trato de retirar sin poderlo conseguir. 
La atmsfera est llena de un olor de gas nitroso que penetra en la garganta y los 
pulmones. Nos asfixiamos. Por qu no puedo retirar el pie? Estar por ventura clavado 
a la balsa? Ah! La cada del globo elctrico ha imanado todo el hierro de a bordo; los 
instrumentos, los herramientas, las armas se gitan, entrechocndose con un tintineo 
agudo: los clavos de mis zapatos se hallan fuertemente adheridos a una placa de hierra 
incrustada en la madera. No puedo retirar el pie! Haciendo un violento esfuerzo, 
consigo, por fin, arrancarla en el momento mismo en que el globo iba a cogerlo en su 
movimiento giratorio y arrastrarme, si... 
Ah! Qu luz tan intensa! El globo estalla! Nos cubre un mar de llamas 
Despus se apaga todo. He tenido tiempo de ver a mi to tendido sobre la balsa, y a 
Hans con la caa del timn en la mano, escupiendo fuego bajo la influencia de la 
electricidad que le invade! 
A dnde vamos? A dnde vamos? 
Martes 25 de agosto. Salgo de un desvanecimiento prolongado. La tempestad contina; 
los relmpagos se desencadenan como una nidada de serpientes que alguien hubiera 
soltado en la atmsfera. 
Estamos an en el mar? S, y arrastrados con una velocidad incalculable. Hemos 
pasado por debajo de Inglaterra, del canal de la Mancha, de Francia, de Europa entera, tal 
vez! Escchase un nuevo ruido! Evidentemente, el mar se estrella contra las rocas... 
Pero entonces... 
XXXVI 
Aqu termina lo que le he llamado mi Diario de Navegacin, tan felizmente salvado del 
naufragio, y vuelvo o recordar mi relato como antes. 
Lo que ocurri al chocar la balsa contra los escollos la costa, no sera capaz de 
explicarlo. Me sent precipitado en el agua, y, si me libr de la muerte, si mi cuerpo no se 
destroz contra los agudos peascos, fue porque el brazo vigoroso de Hans sacme del 
abismo. 
El valeroso islands transportme fuera del alcance de las olas sobre una arena ardorosa 
donde me encontr, al lado de mi to. 

Despus sali a las rocas, sobre las cules se estrellaba el oleaje furioso, con objeto de 
salvar algunos restos del naufragio. Yo no poda hablar: hallbame rendido de emocin y 
de fatiga, y tard ms de una hora en reponer. 
Segua cayendo un verdadero diluvio, con esa redoblada violencia que anuncia el fin de 
las tempestades. Algunas rocas superpuestas nos brindaron un abrigo contra las cataratas 
del cielo. 
Hans prepar alimentos, que yo no pude tocar, y todos, extenuados por tres noches de 
insomnio, nos entregamos a un dudoso sueo. Al da siguiente, el tiempo era magnfico. 
El cielo y el mar habanse tranquilizado de comn acuerdo. Toda huella de tempestad 
haba desaparecido. Al despertar, mi to, que estaba radiante de jbilo, me salud 
satisfecho. 
-Qu tal -me dijo-, hijo mo? Has dencansado bien? 
No hubiera dicho cualquiera que nos hallbamos en nuestra casita de la Knig-strasse, 
que bajaba a almorzar tranquilamente y que mi matrimonio con la pobre Graben se iba a 
verificar aquel da mismo? 
Ay ! Por poco que la tempestad hubiese desviado la balsa hacia el Este, habramos 
pasado por debajo de Alemania, por debjo de mi querida ciudad de Hamburgo, por 
debjo de aquella calle donde habitaba la elegida de mi corazn! En este caso, 
habranme separado de ella cuarenta leguas apenas! Pero cuarenta leguas verticalmente 
contadas a travs de una mole de granito, que para franquearlas tendra que recorrer ms 
de mil! 
Todas estas dolorosas reflexiones atravesaron rpidamente mi espritu, antes que 
respondiese a la pregunta de mi to. 
-Cmo es eso! -repiti-. No me quieres decir cmo has pasado la noche? 
-Muy bien -le respond-; todava me encuentro molido, pero eso no ser nada. 
-Absolutamente nada; un poco de cansancio, y nada ms. 
-Pero le encuentro a usted muy alegre esta maana, to. 
-Encantado, hijo mo, encantado de la vida! Por fin hemos llegado! 
-Al trmino de nuestra expedicin? 
-No tan lejos, pero s al trmino de este mar que nunca se acababa. Ahora vamos a 
viajar de nuevo por tierra y a hundirnos verdaderamente en los entraas del globo. 
-Permtame usted una pregunta, to. 
-Pregunta cuento quieras, Axel. 
-Y el regreso? 
-El regreso! Pero, piensas en volver cuando an no hemos llegado? 
-No; mi idea no es otra que preguntarle a usted cmo se efectuar. 
-Del modo ms sencillo del mundo. Una vez llegados al centro del esferoide o 
hallaremos otra nueva va para volver a la superficie de la tierra, o efectuaremos el vije 
de regreso por el mismo camino que ahora vamos recorriendo. Supongo que no se cerrar 
detrs de nosotros. 
-Entonces ser preciso poner en buen estado la balsa. 
-Por supuesto!. 
-Pero, nos alcanzarn los vveres para ver esos grandes proyectos realizados? 
-Ciertamente. Hans es un muchacho muy hbil, y tengo la seguridad de que ha salvado 
la mayor parte de la carga. Vamos a cerciorarnos de ello. 

Salimos de aquella gruta abierta a todos los vientos. Abrigaba yo una esperanza, que 
era al mismo tiempo un temor: pareceme imposible que en el terrible choque de la balsa 
no se hubiese destrozado todo lo que conduca. No le engaaba, en efecto. Al llegar a la 
playa, vi a Hans en medio de una multitud de objetos perfectamente ordenados. Mi to 
estrechle la mano impulsado por un vivo sentimiento de gratitud. Aquel hombre, cuya 
abnegacin era en realidad sobrehumana, haba estado trabajando mientras 
descansbamos nosotros, y haba logrado salvar los objetos ms preciosos con grave 
riesgo de su vida. 
No quiere decir esto que no hubisemos sufrido prdidas bastante sensibles: nuestras 
armas, por ejemplo; pero, en resumidas cuentas, bien podramos pasarnos sin ellas. En 
cambio, la provisin de plvora encontrbase intacta, despus de haber estado a punto de 
explotar durante la tempestad. 
-Bueno! -exclam el profesor-; como nos hemos quedado sin fusiles, tendremos que 
abstenernos de cazar. 
-S; pero, y los instrumentos? 
-He aqu el manmetro, el ms til de todos, a cambio del cual habra dado los otros. 
Con l puedo calcular la profundidad a que nos encontramos y conocer el instante en que 
lleguemos al centro. Sin l, nos expondramos a rebasarlo, y a salir por los antpodas. 
La jovialidad de mi to me resultaba feroz. 
-Pero, y la brjula?-pregunt. 
-Hela aqu, sobre esta roca, en estado perfecto, lo mismo que los termmetros y el 
cronmetro. Ah! Nuestro gua no tiene precio! 
Fuerza era reconocerlo, porque, gracias a l, no faltaba ningn instrumento. En cuanto a 
las herramientas y utensilios, vi, esparcidos por la playa, picos, azadones, escalas, 
cuerdas, etc. 
Quedaba por dilucidar, sin embargo, la cuestin relativa a los vveres. 
-Y las provisiones? -dije. 
-Veamos las provisiones -respondi mi to. 
Las cajas que las contenan hallbanse alineadas sobre la arena, en perfecto estado de 
conservacin; el mar las haba respetado casi en su totalidad; y, entre galleta, carne 
salada, ginebra y pescado seco, se poda calcular que tenamos an vveres para unos 
cuatro meses. 
-Cuatro meses! -exclam el profesor-. Tenemos tiempo para ir y volver, y con lo que 
nos sobre pienso dar un esplndido banquete a todos mis colegas de Johannaeum. 
Desde mucho tiempo atrs deba estar acostumbrado al carcter de mi to, y, sin 
embargo, aquel hombre siempre me causaba asombro. 
-Ahora -dijo-, vamos a reponer nuestras provisiones de agua con la lluvia que la 
tempestad ha vertido en todos estos recipientes de granito; por consiguiente, tampoco 
tenemos que temer que la sed nos atormente. Por lo que respecta a la balsa, voy a 
recomendar a Hans que la repare lo mejor que le sea posible, aunque tengo pera m que 
no ha de servimos ms. 
-Cmo es eso? exclam. 
-Es una idea que tengo, hijo mo! Se me antoja que no hemos de salir por donde 
entramos. 
Mir con cierto recelo a mi to, pensando si se habra vuelto loco; aun cuando, bien 
pensado, quin sabe si deca una gran verdad sin saberlo! 

-Vamos a almorzar -aadi. 
-Segu hasta mi pequeo promontorio, despus que comunic sus instrucciones al gua, 
y all, con carne seca, galleta y t, confeccionamos un almuerzo excelente, uno de los 
mejores, he de decir la verdad, que he hecho en toda mi vida. La necesidad, el aire libre y 
la tranquilidad, despus de las agitaciones pasadas, despertaron en m un devorador 
apetito. 
Durante el almuerzo, propuso mi to que calculasemos el lugar en donde a la sazn nos 
hallbamos. 
-Creo que nos ser fcil calcularlo -le dije. 
-Con toda exactitud, no, no es fcil -respondi-; resulta hasta materialmente imposible, 
porque durante los tres das que haba durado la tempestad, no he podido tomar nota de la 
velocidad ni del rumbo de la balsa; pero, no obstante, podemos calcular nuestra situacin 
de un modo aproximado. 
-En efecto, la ltima observacin la hicimos en el islote del giser.. 
-En el islote de Axel, hijo mo; no renuncies al honor de haber dado tu nombre a la 
primera isla descubierta dentro del macizo terrestre. 
-Bien! Pues, en el islote de Axel, habamos recorrido 270 leguas sobre la superficie del 
mar, y nos encontrbamos a ms de seiscientas leguas de Islandia. 
-Partamos, pues, de este punto y contemos cuatro das de borrasca durante los cules 
nuestra velocidad no ha debido ser menor de ochenta leguas cada veinticuatro horas. 
-As lo creo. Tendramos, pues, que aadir 300 leguas. 
-De donde deducimos en seguida que el mar de Lidenbrock mide aproximadamente 
seiscientas leguas de una orilla a otra. Ya ves, Axel, que puede competir en extensin con 
el Mediterrneo. 
-Ya lo creo! Sobre todo si lo hemos atravesado mi sentido transversal. 
-Lo cual es muy posible. 
-Y lo ms curioso es -aad-, que si nuestros clculos son exactos, estamos en este 
momento debajo del Mediterrneo. 
-De veras? 
-Sin duda alguna; porque nos encontramos a 900 leguas de Reykiavik. 
-He aqu un bonito vije, hijo mo; pero no podemos afirmar que nos hallemos debajo 
del Mediterrneo, y no de Turqua o del Atlntico, ms que en cl caso de que nuestro 
rumbo no haya sufrido alteracin. 
-No lo creo; el viento pareca constante, y opino, por lo tanto, que esta costa debe 
hallarse situada al Sudeste de Puerto Graben. 
-De eso es fcil cerciorarse consultando la brjula. Vamos a verla en seguida. 
El profesor dirigise hacia la roca sobre la cual haba Hans depositado todos los 
instrumentos. Estaba alegre y contento, frotbase las manos y adoptaba posturas 
estudtadas. Pareca un mozalbete! Segule con gran curiosidad de saber si me haba 
equivocado en mis clculos. 
Cuando lleg a la roca, mi to tom el comps, coloclo horizontalmente y observ la 
aguja, que, despus de haber oscilado, detvose en una posicin fija bjo la influencia del 
magnetismo. 
Mi to mir atentamente, despus se frot los ojos, volvi a mirar de nuevo, y acab por 
volverse hacia m, estupefacto. 
-Qu ocurre? -le pregunt. 

Entonces me dijo por seas que examinase yo el instrumento. Una exclamacin de 
sorpresa escapse de mis labios. La aguja marcaba el Norte donde nosotros suponamos 
que se encontraba el Sur! La flor de lis miraba hacia la playa en lugar de dirigirse hacia 
el mar 
Mov la brjula y la examin con todo detenimiento, cerciorndome de que no haba 
sufrido el menor desperfecto. En cualquier posicin que se colocase, la aguja volva a 
tomar en seguida la inesperada direccin. 
As, pues, no haba duda posible. Durante le tempestad se haba rolado el viento sin que 
nos disemos cuente de ello, y haba empujado la balsa hacia las playas que mi to crea 
haber dejado a su espalda. 
XXXVII 
Imposible me sera describir la serie de sentimientos que agitaron al profesor 
Lidenbrock: la estupefaccin, primero, la incredulidad, despus, y, por ltimo, la clera. 
Jams haba visto un hombre tan chasqueado al principio, tan irritado despus. Las 
fatigas de la travesa, los peligros corridos en ella, todo resultaba intil; era preciso 
empezar de nuevo. Habamos retrocedido un punto de partida! 
Pero mi to se sobrepuso en seguida. 
-Ah! -exclam-; Conque la fatalidad me juega tales trastadas! Conque los elementos 
conspiran contra m! Conque el aire, el fuego y el agua combinan sus esfuerzos para 
oponerse a mi paso! Pues bien, ya se ver de lo que mi voluntad es capaz. No ceder, no 
retroceder una lnea, y veremos quin puede ms, si la Naturaleza o el hombre! 
De pie sobre la roca, amenazador, colrico, Otto Lidendoek, a semejanza del indomable 
Ajax, pareca desafiar a los dioses. Mas yo cre oportuno intervenir y refrenar aquel ardor 
insensato. 
-Esccheme usted, to -le dije con voz enrgica-; existe en la tierra un lmite para todas 
las ambiciones, y no se debe luchar en contra de lo imposible. No estamos bien 
preparados para un viaje por mar: quinientas leguas no se recorren fcilmente sobre una 
mala balsa, con una manta por vela y mi dbil bastn por mstil y teniendo que luchar 
contra los vientos desencadenados. No podemos gobernar nuestra balsa, somos juguete 
de las tempestades. y slo se le puede ocurrir a unos locos el intentar por segunda vez 
esta travesa imposible. 
Por espacio de diez minutos pude desarrollar este serie de razonamientos todos ellos 
refutables, sin ser interrumpido: pero esto se debi a que, absorbido por otras ideas, no 
oy mi to ni una palabra de mi argumentacin. 
-A la balsa! -exclam de improviso. 
Y sta fu la nica respuesta que obtuve. Por ms que supliqu y me exasper, 
estrellme contra su voluntad, ms firme que el granito. 
Hans acababa entonces de reparar la balsa. Pereca enteramente que este extrao 
individuo adivinaba los pensamientos de mi to. Con algunos trazos surtarbrandr haba 
consolidado el artefacto, el cual ostentaba ya una vela con cuyos fotantes pliegues 
jugueteaba la brisa. 
Dijo el profesor algunas palabras al gua, y ste comenz en seguida a embarcar la 
impedimenta y a disponerlo todo para la partida. La atmsfera se hallaba despejada y el 
viento se sostena del Nordeste. 

Qu podra yo hacer? Luchar solo contra dos? Si al menos Hans se hubiera puesto de 
mi parte! Pero no; pareca como si el islands se hubiese despjado de todo rasgo de 
voluntad personal y hecho voto de consagracin a mi to. Nada poda obtener de un 
servidor tan adicto a su amo. Era preciso seguirles. Disponame ya a ocupar en la balsa 
mi sitio acostumbrado, cuando me detuvo el profesor con la mano. 
-No partiremos hasta maana -me dijo. 
Yo adopt la actitud de indiferencia del hombre que se resign a todo. 
-No debo olvidar nada -aadi-, y puesto que la fatalidad me ha empujado a esta parte 
de la costa, no la abandonar sin haberla reconocido. 
Para que se comprenda esta observacin ser bueno advertir que habamos vuelto a las 
costas septentrionales; pero no al mismo lugar de nuestra primera partida. 
Puerto-Graben deba estar situado ms al Oeste. Nada ms razonable, por tanto, que 
examinar con cuidado los alrededores de aquel nuevo punto de recalada. 
-Vamos a practicar la descubierta! -exclam. 
Y partimos los dos, dejando a Hans entregado a sus quehaceres. 
El espacio comprendido ante la lnea donde expiraban las olas y las estribaciones del 
acantilado era bastante ancho, pudindose calcular en una media hora el tiempo necesario 
para recorrerla. Nuestros pies trituraban innumerables conchillas de todas formas y 
tamaos, pertenecientes a los animales de las pocas primitivas. Encontrbamos tambin 
enormes carapachos, cuyo dimetro era superior, can frecuencia, a quince pies, que 
haban pertenecido a los gigantescas gliptodonios del perodo pliocnico, de los que la 
moderna tortuga es slo una pequea reduccin. El suelo se hallaba sembrado, adems de 
una gran cantidad de despojos ptreos. especies de guijarros redondeados por el trabajo 
de las olas y dispuestos en lneas sucesivas, lo que me hizo deducir que el mar debi, en 
otro tiempo ocupar aquel espacio. Sobre las rocas esparcidas y actualmente situadas fuera 
de su alcance, haban dejado las olas seales evidentes de su paso. 
Esto poda explicar, hasta cierto punto. la existencia de aquel ocano a cuarenta leguas 
debajo de la superficie del globo. Pero, en mi opinin, aquella masa de agua deba 
perderse poco a poco en las entraas de la tierra, y provena, evidentemente, de las aguas 
del Ocano que se abrieron paso hasta all a travs de alguna fenda. Sin embargo, era 
preciso admitir que esta fenda estaba en la actualidd taponada, porque, de lo contrario, 
toda aquella inmensa caverna se habra llenado en un plazo muy corto. Tal vez esta 
misma agua, habiendo tenido que luchar contra los fuegos subterrneos, se haba 
evaporado en parte. Y sta era la explicacin de aquellas nubes suspendidas sobre 
nuestras cabezas y de la produccin de la electricidad que creaba tan violentas 
tempestades en el interior del macizo terrestre. 
Esta explicacin de los fenmenos que habamos presenciado pareciame satisfacitoria: 
porque, por grandes que sean las maravillas de la Naturaleza, hay siempre razones fsicas 
que puedan explicarlas. 
Caminbamos, pues, sobre una especie de terreno sedimentario, formado por las aguas, 
como todos los terrenos de este perodo, tan ampliamente distribuidas por toda la 
superficie del globo. El profesor examinaba atentamente todos los intersticios de las 
rocas, sondeando con marcado inters la profundidad de cuantas aberturas encontraba. 
Habamos costeado por espacio de una milla las playas del mar de Lidenbraek, cuando 
el suelo cambi subitamente de aspecto. Pareca removido, trastornado por una sacudida 

violenta de las capas inferiores. En muchos puntos, los hundimientos y protuberancias 
delataban una dislocacin poderosa del macizo terrestre. 
Avanzbamos con dificultad sobre aquellas fragosidades de granito, mezclado con 
slice, cuarzo y depsitos aluvionarios, cuando descubri nuestra vista una vasta llanura 
cubierta de osamentas. Pareca un inmenso cementerio donde se confundan los eternos 
despojos de las generaciones de veinte siglos. Elevados montones de restos se extendan, 
cual mar ondulado, hasta los ltimos lmites del horizonte, perdindose entre las brumas. 
Acumulbase all, en un espacio de unas tres millas cuadradas, toda la vida de la historia 
animal, que apenas si ha empezado a escribirse en los demasiado recientes terrenos del 
mundo habitado. 
Una curiosidad impaciente nos atraa sin embargo. Nuestros pies trituraban con un 
ruido seco los restos de aquellos animales prehistricos; aquellos fsiles cuyos raros a 
interesantes despojos disputaranse los museos de las grandes ciudades. Las vidas de un 
millar de Cuvieres no hubieran bastada para reconstruir los esqueletos de los seres 
orgnicos hacinados en aquel magnfico osario. 
Yo estaba estupefacto. Mi to haba elevado sus descomunales brazos hacia la espesa 
bveda que nos serva de cielo. Su boca desmesuradamente abierta, sus ojos que 
fulguraban bajo los cristales de sus gafas, su cabeza que se mova en todas direcciones, 
toda su actitud, en fin, demostraba un asombro sin lmites. Vease ante una inapreciable 
coleccin de lepoterios, mericoterios, mastodontes, protopitecos, pterodctilos y de todos 
los monstruos antediluvianos acumulados all para su satisfaccin personal. Imaginaos a 
un apasionado biblimano transportado de repente a la famosa biblioteca de Alejandra, 
incendiada por Omar, y que un portentoso milagro hubiera hecho renacer de sus cenizas, 
y tendris una idea del estado de nimo del profesor Lidenbrock. 
Pero mayor fue su asombro cuando, corriendo a treves de aquel polvo volcnico, 
levant un crneo del suelo, y exclam con voz temblorosa 
-Axel! Axel! Una cabeza humana! 
-Una cabeza humana, to! -respond, no menos sorprendido. 
-S, sobrino! Ah, seor Milne-Edwards! Ah, seor de Quatrefages! Qu lstima que 
no os encontris aqu donde me encuentro yo, el humilde Otto Lidenbrock! 
XXXVIII 
Para comprender esta evocacin dirigida por mi to a los ilustres sabios franceses, es 
preciso saber que, poco antes de nuestra partida, haba tenido lugar un hecho de 
trascendental importancia para la paleontologa. 
El 28 de marzo de 1863, unos trabajadores, haciendo excavaciones en las canteras de 
Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Soma de Francia, bjo la 
direccin del seor Boucher de Perthes, encontraron una mandbula humana a catorce 
pies de profundidad. Era el primer fsil de esta clase sacado a la luz del da. Junto a l, 
fueron halladas hachas de piedra y slices tallados, coloreados y revestidos por el tiempo 
de una especie de barniz uniforme. 
Este descubrimiento produjo gran ruido, no solamente en Francia, sino en Alemania e 
Inglaterra tambin. Varios sabios de Instituto francs, las seores de Quatrefages y 
Milne-Edwards entre otros, tomaron el asunto muy a pecho, demostraron la incontestable 
autenticidad de la osamenta en cuestin, y fueran los ms ardientes defensores del 
proceso de la quijada, segn la expresin inglesa. 

A los gelogos del Reino Unido seores Falconer, Busk, Carpenter, etc., que 
admitieron el hecho como cierto, sumronse los sabios alemanes, destacndose entre 
ellos por su calor y entusiasmo mi to Lidenbrock. 
La autenticidad de un fsil humano de la poca cuaternaria pareca, por consiguiente, 
incontestablemente demostrada y admitida. 
Cierto es que este sistema haba tenido un adversario encarnizado en el seor Elas de 
Beaumant, sabio de autoridad bien sentada, quien sostena que el terreno de Moulin- 
Quignon no perteneca al diluvium, sino a una capa menos antigua, y, de acuerdo en este 
particular con Cuvier, no admita que la especie humana hubiese sido contempornea de 
los animales de la poca cuaternaria. Mi to Lidenbroek, de acuerdo con la gran mayora 
de los gelogos, se haba mantenido en sus trece, sosteniendo numerosas controversias y 
disputas, en tanto que el seor Elas de Beaumont se qued casi solo en el bando opuesto. 
Conocamos todos los detalles del asunto, pero ignorbamos que, desde nuestra partida, 
haba hecho la cuestin nuevos progresos. Otras mandbulas idnticas, aunque 
pertenecientes a individuos de tipos diversos y de naciones diferentes, fueron halladas, en 
las tierras livianas y grises de ciertas grutas, en Francia, Suiza y Blgica, como asimismo 
armas, herramientas, utensilios y osamentas de nios, adolescentes, adultos y ancianos. 
La existencia del hombre cuaternario afirmbase, pues, ms cada da. 
Pero no era esto slo. Nuevos despjos exhumados del terreno terciario plioceno haban 
permitido a otros sabios ms audaces an asignar a la raza humana una antigedad muy 
remota. Cierto que estos despjos no eran osamentas del hombre, sino productos de su 
industria, como tibias y fmures de animales lsiles, estriados de un modo regular, 
esculpidos, por decirlo as, y que ostentaban seales evidentes del trabajo humano. 
El hombre, pues, subi de un solo salto en la escala de los tiempos un gran nmero de 
siglos; era anterior al mastodonte y contemporneo del elephas meridionalis; tena, en 
una palabra, cien mil aos de existencia, toda vez que sta es la antiguedad asignada por 
los ms afamados gelogos a la formacin de los terrenos pliocnicos. 
Tal era a la sazn el estado de la ciencia paleontolgica, y lo que conocamos de ella 
bastaba para explicar nuestra actitud en presencia de aquel osario del mar de Lidenbrock. 
Se comprendern, pues, fcilmente el jbilo y la estupefaccin de mi to, sobre todo 
cuando, veinte pasos ms adelante, encontr frente a s un ejemplar del hombre 
cuaternario. 
Era un cuerpo humano perfectamente reconocible. Haba sido conservado durante 
tantos siglos por un suelo de naturaleza especial, como el del cementerio de San Miguel, 
de Burdeos? No sabra decirlo. Pero aquel cadver de piel tersa y apergaminada, con los 
miembros an jugosos -por lo menos a la vista-, con los dientes intactos, la cabellera 
abundante y las uas de los pies y de las manos prodigiosamente largas, se presentaba 
ante nuestros ojos tal como haba vivido. 
Qued sin hablar ante aquella aparicin de un ser de otra edad tan remota. Mi to, tan 
locuaz y discutidor de costumbre, enmudeci tambin. Levantamos aquel cadver, lo 
enderezamos despus; palpbamos su torso sonoro, y l pareca mirarnos con sus rbitas 
vacas. 
Tras algunos instantes de silencio, el catedrtico se sobrepuso al to. Otto Lidenbrock, 
dejndose llevar de su temperamento, olvid las circunstancias de nuestro vije, el medio 
en que nos hallbamos, la inmensa caverna que nos cobijaba; y, creyndose sin duda en 

el Johannaeum, dando una conferencia a sus discpulos, dijo en tono doctoral, 
dirigindose a un auditorio imaginario: 
-Seores: tengo el honor de presentaros un hombre de la poca cuaternaria. Grandes 
sabios han negado su existencia, y otros, no menos ilustres, la han afirmado y defendido. 
Si se hallasen aqu los Santo Toms de la paleontologa lo tocaran con el dedo y se 
veran obligados a reconocer su error. S muy bien que la ciencia debe ponerse en 
guardia contra estos descubrimientos. No ignoro la inicua explotacin que han hecho de 
los hombres fsiles los Barnum y otros charlatanes de su misma ralea. Conozco 
perfectamente la historia de la rtula de Ajax, del supuesto cadver de Orestes, hallado 
por los esparteros, y del cadver de Asterio, de diez codos de largo de que nos habla Pausanias. 
He ledo las memorias relativas al esqueleto de Trapani, descubierto en el siglo 
XIV, en el cual se crey reconocer a Polifemo, y la historia del gigante desterrado 
durante el siglo XVI en los alrededores de Palermo. Conocis, lo mismo que yo, el anlisis 
practicado cerca de Lucerna, en 1577, de las grandes osamentas que el clebre 
mdico Flix Plater dijo pertenecan a un gigante de diez y nueve pies. He devorado los 
tratados de Cassanion, y todas las memorias; folletos, discursos y contradiscursos 
publicados a propsito del esqueleto del rey de los cimbrios, Teutoboco, el invasor de la 
Galia, exhumado en 1613 de un arenal del Delfinado. En el siglo XV hubiera combatido 
con Pedro Campet la existencia de 105 preadamitas de Scheuchzer. He tenido entre mis 
manos el escrito titulado Gigans... 
Aqu reapareci el defecto peculiar de mi to, quien, cuando hblaba en pblico, no 
poda pronunciar los nombres difciles. 
-El escrito -prosigui titulado- Gigan?... 
Pero se atasc de nuevo. 
-Giganteo... 
Imposible! El enrevesado vocablo no quera salir cunto se hubieran redo del pobre 
profesor en el Johanaeum! 
-Gigantosteologa -concluy por fin el profesor Lidenbrock, entre dos juramentos 
terribles. 
Y animndose despus, prosigui: 
-S seores, no ignoro nada de eso! S tambin que Cuvier y Blumenbach han 
reconocido en estas osamentas simples huesos de mamut y de otros animales de la poca 
cuaternaria. Pero, en el caso actual, la duda solo sera uno injuria a la ciencia. Ah tenis 
el cadver! Podis verlo, tocarlo! No se trata de un esqueleto, sino de un cadver intacto, 
conservado nicamente con un fin antropolgco. 
No quise contradecir esta asercin. 
-Si pudiese lavarlo en una solucin de cido sulfrico aadi el profesor-, hara 
desaparecer todas las partes terrosas y esas conchillas resplandecientes incrustadas en l. 
Pero no poseo de momento el precioso disolvente. Sin embargo, este cadver, tal como le 
veis ahora, nos referir su historia. 
El profesor entonces cogi el cadver fsil, manejndolo con la destreza de los que se 
dedican a mostrar curiosidades. 
-Ya lo veis -prosigui-, no tiene seis pies de altura, y nos encontramos, por canto, a 
gran distancia de los pretendidos gigantes. Por lo que respecta o la raza a la cual 
pertenece, es incontestablemente caucsica: la raza blanca, la nuestra! El crneo de este 
fsil es regularmente ovoideo, sin un desarrollo excesivo de los pmulos, ni un avance 

exagerada de la mandbula. No presenta ninguna seal de prognatismo que modifica el 
ngulo facial. Medid este ngulo, y hallaris que tiene cerca de 90. Pero de ir todava 
ms lejos en el camino de las deducciones, y me atrevera a afirmar que este ejemplar 
humano pertenece a la familia que se extiende desde la India hasta los lmites de la 
Europa Occidental. No os sonriis, seores! 
No se sonrea nadie; pero, era tal la costumbre que el profesor tena de ver sonrer a 
todo el mundo durante sus sabias disertaciones! 
-Si -prosigui, animndose de nuevo-; se trata de un hombre fsil y contemporneo de 
los mastodontes cuyas osamentas llenan este anfiteatro. Pero no osar deciros por qu va 
han llegado aqu; de qu modo esas capas donde yacan se han deslizado hasta esta 
enorme caverna del globo. Sin duda, en la poca cuaternaria, se verificaban an 
trastornos considerables en la corteza terrestre: el enfriamiento continuo del globo 
produca grietas, fendas, hendeduras por las cuales se escurra probablemente una parte 
del terreno superior. No quiere esto decir que sustente yo esta teora, pero el hecho es que 
aqu tenemos al hombre, rodeado de las obras de su propia mano, de esas hachas, de esos 
slices tallados, que han constituido la edad de piedra, y, a menos que no haya venido 
como yo, como un excursionista, como un cultivador de la ciencia, no puedo poner en 
duda la autenticidad de su remoto origen. 
Enmudeci el profesor y prorrumpieron mis manos en unnimes aplausos. Por otra 
parte, mi to tena razn, y otros bastante ms sabios que su sobrino habran tenido que 
tentarse la ropa antes de tratar de combatirle. 
Otro indicio. Aquel cadver fosilizado no era el nico que haba en aquel inmenso 
osario. A cada paso que dbamos, encontrbamos otros nuevos, de suerte que mi to tena 
donde elegir el ms maravilloso ejemplar para convencer a los incrdulos. 
A decir verdad, era un asombroso espectculo el que ofrecan aquellas generaciones de 
hombres y de animales confundidos en aquel cementerio. Pero se nos presentaba una 
grave cuestin que no osbamos resolver. Aquellos seres animados, se haban deslizado, 
mediante una conmocin del suelo, hasta las playas del mar de Lidenbrock cuando ya 
estaban convertidos en polvo, o vivieron all, en aquel mundo subterrneo, bajo aquel 
cielo fantstico, naciendo y muriendo como los habitantes de la superficie de la tierra? 
Hasta entonces, slo se nos haban presentado vivos los peces y los monstruos marinos; 
errara an por aquellas playas desiertas algn hombre del abismo? 
XXXIX 
Nuestros pies siguieron hollando durante media hora an aquellas capas de osamentas. 
Avanzbamos impulsados por una ardiente curiosidad. Qu otras maravillas y tesoros 
para la ciencia encerraba aquella caverna? Mi mirada se hallaba preparada para todas los 
sorpresas, y mi imaginacin para todos los asombros. 
Las orillas del mar haban desaparecido, haca ya mucho tiempo, detrs de las colinas 
del osario. El imprudente profesor alejbase demasiado conmigo sin miedo de 
extraviarse. Avanzbarnos en silencio baados por las ondas elctricas. Por un fenmeno 
que no puedo explicar, y gracias a su difusin, que entonces era completo, alumbraba la 
luz de una manera uniforme las diversas superficies de los objetos. Como no dimanaba de 
ningn foco situado en un punta determinada del espacio, no produca efecto alguno de 
sombra. Todo ocurra como si nos encontrsemos en pleno medioda y en pleno esto, en 
medio de las regiones ecuatoriales, bajo los rayos verticales del sol. Todos los vapores 

haban desaparecido. Las rocas, las montaas lejanas, algunas masas confusas de selvas 
alejadas adquiran un extrao aspecto bajo la equitativa distribucin del fluido luminoso. 
Nos parecamos al fantstico personaje de Hoffmann que perdi su sombra. 
Despus de una marcha de una milla, llegamos al lindero de una selva inmensa, que en 
nada se pareca al bosque de hongos prximo a Puerto-Graben. 
Contemplbamos la vegetacin de la poca terciaria en toda su magnificencia. Grandes 
palmeras, de especies actualmente extinguidas, soberbios guanos, pinos, tejos, cipreses y 
tuyas representaban la familia de las conferas, y se enlazaban entre s por medio de una 
inextricable red de bejucos. Una alfombra de musgos y de hepticas cubra muellemente 
la tierra. Algunos arroyos murmuraban debajo de aquellas sombras, si es que puede 
aplicrseles tal nombre, toda vez que, en realidad, no haba sombra alguna. En sus 
mrgenes crecan helechos arborescentes parecidos a los que se cran en los invernculos 
del mundo habitado. Slo faltaba el color a aquellos rboles, arbustos y plantas, privados 
del calor vivificante del sol. Todo se confunda en un tinte uniforme, pardusco y como 
marchito. Las hojas no posean su natural verdor, y las flores, tan abundantes en aquella 
poca terciaria que las vio nacer, sin color ni perfume a la sazn, parecan hechos de 
papel descolorido bajo la accin de la luz. 
Mi to Lidenbrock aventurse bajo aquellas gigantescas selvas. Yo le segu no sin cierta 
aprensin. Puesto que la Naturaleza haba acumulado all una abundante alimentacin 
vegetal, quin nos aseguraba que no haba en su interior formidables mamferos? Vea 
en los amplios claros que dejaban los rboles derribados y carcomidos por la accin del 
tiempo, plantas leguminosas acerinas, rubrceas y mil otras especies comestibles, 
codiciadas por los rumiantes de todas las perodos. Despus aparecan confundidos y 
entremezclados los rboles de las regiones ms diversas de la superficie del globo creca 
la encina al lado de la palmera, el eucalipto australiano se apoyaba en el abeto de 
Noruega, el abedul del Norte entrelazaba sus ramas con las del kauris zelands. Haba 
suficiente motivo para confundir la razn de los ms ingeniosos clasificadores de la 
botnica terrestre. 
De repente, detveme y detuve con la mirada a mi to. 
La luz difusa permita distinguir los menores objetos en la profundidad de la selva. 
Haba credo ver... no! vea en realidad con mis ojos unas sombras inmensas agitarse 
debajo de los rboles! Eran. efectivamente, animales gigantescos; todo un rebao de 
mastodontes, no ya fsiles, sino vivos, parecidos a aquellas cuyos restos fueron 
descubiertos en 1801 en las pantanos del Ohio. Contemplaba aquellos elefantes 
monstruosos, cuyas trompas se movan entre los rboles como una legin de serpientes. 
Escuchaba el ruido de sus largos colmillos cuyo marfil taladraba los viejos troncos. 
Crujan las ramas, y las hayas, arrancadas en cantidades enormes, desaparecan por las 
inmensas fauces de aquellos enormes monstruos. 
El sueo en que haba visto renacer todo el mundo de los tiempos prehistricos, de las 
pocas ternaria y cuaternaria tomaba forma real! Y estbamos all, solos, en las entraas 
del globo, a merced de sus feroces habitantes 
Mi to miraba atnito. 
-Vamos -dijo de repente, asindome por el brazo-. Adelante! Adelante! 
-No -exclam-; carecemos de armas. Qu haramos en medio de ese rebao de 
gigantescos cuadrpedos? Venga, to, venga! Ninguna criatura humana podra desafiar 
impunemente la clera de esos monstruos! 

-Ninguna criatura humana! -respondi mi to bajando la voz-. Te engaas, Axel! 
Mira! Mira hacia all! Me parece que veo un ser viviente Un ser semejante a nosotros. 
Un hombre! 
Mir, encogindome de hombros, resuelto a llevar mi incredulidad hasta los ltimos 
limites: pero no tuve mas remedio que rendirme a la evidencia. 
En efecto, a menos de un cuarto de hora, apoyado sobre el tronco de un enorme kauris, 
un ser humano, un Proteo de aquellas subterrneas regiones, un nuevo hijo de Neptuno, 
apacentaba aquel innumerahie rebao de mastodontes! 
Inmanis pecoris custos inmanior ipse! 
Si! inmanior ipse! No se trataba ya del ser fsil cuyo cadver habamos levantado en 
el osario, sino de un gigante capaz de imponer su voluntad a aquellos monstruos. Su talla 
era mayor de doce pies. Su cabeza, del tamao de la de un bfalo, desapareca entre las 
espesuras de una cabellera inculta, de una melena de crines parecida a la de los elefantes 
de las primitivas dades. 
Blanda en su mano un enorme tronco, digno de aquel pastor antediluviano. 
Habamos quedado inmviles, estupefactos; podamos ser de un momento a otro 
descubiertos; haba que huir. 
-Venga usted! Venga usted! -exclam. tirando de mi to, quien, por primera vez, hubo 
de dejarse arrastrar. 
Un cuarto de hora ms tarde, nos hallbamos fuera de la vista de aquel formidable 
enemigo. 
Y ahora que pienso en ello con tranquilidad, ahora que ha renacido la calma en mi 
espritu, y han transcurrido meses desde este extrao y sobrenatural encuentro, qu debo 
pensar, qu creer? No! Es imposible! Hemos sido juguete de una alucinacin de los 
sentidos! Nuestros ojos no vieron lo que creyeron ver! No existe en aquel mundo 
subterrneo ningn hombre! No habita aquellas cavernas inferiores del globo una 
generacin humana, que no sospecha la existencia de los pobladores de la superfcie ni se 
encuentra con ellos en comunicacin! Es una insensatez! Una locura! 
Prefiero admitir la existencia de algn animal cuya estructura se aproxime a la humana, 
de algn enorme simio de las primeras pocas geolgicas, de algn protopiteco, de algn 
mesopiteco parecido al que descubri el seor Lartet en el lecho osifero de Sansan. Sin 
embargo, la talla del que vimos nosotros exceda a todas las medidas dadas por la 
paleontologa modema. Mas, no importa, era un simio; s, un simio, por inverosmil que 
sea. Pero un hombre, un hombre vivo, y con l toda una generacin sepultada en las 
entraas de la tierra, es completamente imposible! Eso, jams! 
Entretanto, habamos abandonado la selva clara y luminosa, mudos de asombro, 
anonadados bajo el peso de una estupefaccin rayana en el embrutecimiento. Corramos a 
pesar nuestro. Era aquello una verdadera huida, semejante a esos arrastres espantosos que 
creemos sufrir en ciertas pesadillas. Instintivamente, nos dirigamos hacia el mar de 
Lidenbrock, y no s en qu divagaciones se hubiera extraviado mi espritu, a no ser por 
una preocupacin que me condujo a observaciones ms prcticas. 
Aunque estaba seguro de pisar un suelo que jams hollaron mis pasos, adverta con 
frecuencia ciertos grupos de rocas cuya forma me recordaba los de Puerto-Graben. A 
veces, haba motivo sobrado para equivocarse. Centenares de arroyos y cascadas 
precipitbanse saltando entre las rocas. Parecame ver la capa de surtarbrandr, nuestro fiel 
Hans-Bach y la gruta en que haba yo recobrado la vida. Algunos pasos ms lejos, la 

disposicin de las estribaciones del monte, la aparicin de un mochuelo, el perfil 
sorprendente de una roca vena a sumergirme de nuevo en un pilago de dudas. 
El profesor participaba de mi indecisin: no poda orientarse en medio de aquel 
uniforme panorama. Lo comprend por algunas palabras que hubieron de escaprsele. 
-Evidentemente -le dije-, no hemos vuelto a nuestro punto de partida; pero no cabe 
duda de que, contorneando la playa, nos aproximaremos a Puerto-Graben. 
-En ese caso -respondi mi to-, es intil continuar esta exploracin, y me parece lo 
mejor que regresemos a la balsa. Pero, no te engaas, Axel? 
-Difcil resulta el dar una contestacin categrica, porque todas stas rocas se parecen 
unas a otras. Creo reconocer, sin embargo, el promontorio a cuyo pie construy Hans el 
artefacto en que hemos cruzado el Ocano. Debemos encontrarnos cerca del pequeo 
puerto, si es que no es este mismo -aad examinando un surgidero que cre reconocer. 
-No, Axel --dijo mi ta : encontraramos nuestras propias huellas, al menos, y yo no vea 
nada... 
-Pues yo s veo! -exclam arrjndome sobre un objeto que brillaba sobre la arena. 
-Qu es eso? 
-Mire usted! -exclam, mostrando a mi to un pual que acababa de recoger. 
-Calma! -dijo este ltimo-. Habas t trado ese arma contigo? 
No ciertamente; supongo que la habr trado usted. 
-No, que yo sepa; es la primera vez que veo semejante objeto. 
-Lo mismo me ocurre a m, to. 
-Es extrao! 
-No, por cierto: es sumamente sencillo; los islandeses sue len llevar consigo esta clase 
de armas, y sta pertenece sin duda a nuestro gua, que la ha perdido en esta playa... 
-A Hans! -dijo m to con acento de duda, sacudiendo la cabeza. 
Despus examin el arma atentamente. 
-Axel -me dijo, al fin, con grave acento-, este pual es un arma del siglo XVI; una 
verdadera daga de las que los caballeros llevaban a la cintura para asestar el golpe de 
gracia al adversario: es de origen espaol, y no ha pertenecido ni a Hans, ni a ti, ni a m. 
-Como! Quiere usted decir...? 
-Mira si hubiera sido hundida.en la garganta de un ser humano no se habra mellado de 
esta suerte; la hoja est cubierta de una capa de herrumbre que no data de un da ni de un 
ao, ni de un siglo. 
El profesor se animaba, segn su costumbre, dejndose arrastrar por su imaginacin. 
-Axel-prosigui en seguida-, nos encontramos en el verdadero camino del gran 
descubrimiento! Este pual ha permanecido abandonado sobre la arena por espacio de 
cien, doscientos, trescientos aos, y se ha mellado contra las rocas de este mar 
subterrneo. 
-Mas no habr venido solo ni se habr mellado por s mismo -exclam-; alguien nos 
habr precedido...! 
-S un hombre. 
-Y ese hombre, quin ha sido? 
-Ese hombre ha grabado su nombre con este pual! Ese hombre ha querido sealarnos 
otra vez, con su propia mano, el camino del centro de la tierra! Busqumosle! 
Busqumosle! 

E impulsados por un vivo inters, empezamos a recorrer la elevada muralla, 
examinando atentamente las ms insignificantes grietas que podan ser principio de 
alguna galera. 
De esta suerte llegamos a un lugar en que se angostaba la playa, Ilegando el mar casi a 
baar las estribaciones del acantilado, y no dejando ms que un paso de una toesa a lo 
sumo de anchura. 
Entre dos protuberancias avanzadas de la roca, encontramos entonces la entrada de un 
tnel obscuro; y en una de estas peas de granito descubrieron nuestras jos, atnitos, dos 
letras misteriosas, medio borradas ya: las dos iniciales del intrpido y fantstico 
explorador: 
-A. S.! - exclam mi to- Arne Saknussemm! Siempre Arne Saknussemm! 
XL 
Desde el principio de aquel accidentado viaje haba experimentado tantas sorpresas, 
que cre que ya nada en el mundo podra maravillarme. Y, sin embargo, ante aquellas dos 
letras, grabadas tres siglos atrs, ca en un aturdimento cercano a la estupidez. No slo 
lea en la roca la frma del sabio alquimista, sino que tena entre mis manos el estilete con 
que haba sido grabada. A menos de proceder de mala fe, no poda poner en duda la 
existencia del viajero y la realidad de su viaje. 
Mientras estas reflexiones bullan en mi mente, el profesor Lidenbrock se dejaba 
arrastrar por un acceso algo ditirmbico en loor de Arne Saknussemm. 
-Oh maravilloso genio! -exclam-, no has olvidado ninguna de los detalles que podan 
abrir a otros mortales las vas de la corteza terrestre, y as, tus semejantes pueden hallar, 
al cabo de tres siglos, las huellas que tus plantas dejaron en el seno de estos subterrneos 
obscuros Has reservado a otras miradas distintas de las tuyas la contemplacin de tan 
extraas maravillas! Tu nombre, grabado de etapa en etapa, conduce derecho a su meta al 
viajero dotado de audacia sufciente para seguirte, y, en el centro mismo de nuestro 
planeta, estar tambin to nombre, escrito por tu propia mano. Pues bien, tambin yo ir a 
firmar con mi mano esta ltima pgina de granito! Pero que, desde ahora mismo, este 
cabo, visto por ti, junto a este mar por ti tambin descubierto, sea para siempre llamado el 
Cabo Saknussemm. . 
Estas fueron, sobre poco ms a menos, las palabras que sus labios pronunciaron, y, al 
orlas, sentme invadido por el entusiasmo que respiraba en ellas. 
Sent que renaca un nueva fuerza en el interior de mi pecho; olvid los padecimientos 
del vije y los peligros del regreso. Lo que otro hombre haba hecho tambin quera 
hacerlo yo, y nada que fuese humano me pareca imposible. 
-Adelante! Adelante! -exclam lleno de entusiasmo. 
E iba a internarme ya en la obscura galera, cuando el profesor me detuvo, y l, el 
hombre de los entusiasmos, me aconsej paciencia y sangre fra. 
-Volvamos, ante todo -me dije-, a buscar a nuestro fiel Hans, y traigamos la balsa a este 
sitio. 

Obedec esta orden, no sin contrariedad, y me deslic rpidamente por entre las rocas 
de la playa. 
-Verdaderamente, to -dije mientras caminbamos-, que hasta ahora las circunstancias 
todas nos han favorecido. 
-Ah! Lo crees as, Axel? 
-Sin duda de ningn gnero; hasta la tempestad nos ha trado al verdadero camino. 
Bendita la tempestad que nos ha vuelto a esta costa de donde la bonanza nos habra 
alejado! Supongamos por un momento que nuestra proa -la proa de la balsa- hubiera 
llegado a encallar en las playas meridionales del mar de Lidenbraek qu habra sido de. 
nosotros? Nuestras ojos no hubieran trapezado con el nombre de Salkussemm y 
actualmente nos veramos abandonados en una playa sin salida. 
-S, Axel; es providencial que, navegando hacia el Sur, hayamos llegado al Norte, y 
precisamente al Cabo Sakussemm. Debo confesar que es sorprendente, y que hay aqu un 
hecho cuya explicacin desconozco en absoluto. 
-Bah! Qu importa! Lo que debemos procurar es aprovecharnos de las hechos, no 
explicarnoslos. 
-Sin duda, hijo mo, pero.. 
-Pero vamos a emprender otra vez el camino que conduce hacia el Norte; a pasar 
nuevamente por debajo de las pases septentrionales de Europa: Suecia. Rusia, Siberia... 
qu s yo! en vez de engolfarnos bajo los desiertos de frica o las alas del Ocano, de 
las cuales no quiero or hablar ms. 
-S, Axel, tienes razn, y todo ha venido a redundar en provecho nuestro, toda vez que 
vamos a abandonar este mar que, por su horizontalidad, no poda conducirnos al lugar 
apetecido. Vamos a bajar otra vez, a bajar sin descanso, a bjar siempre! Bien sabes que, 
para llegar al centro del globo, slo nos quedan que atravesar 1.500 leguas. 
-Bah! -exclam yo- no vale verdaderamente la pena hablar de esa pequeez! En 
marcha! En marcha! 
Este insensato dilogo duraba todava cuando nos reunimos con el cazador. Todo estaba 
preparado para la marcha inmediata; todos los bultos haban sido embarcados. Tomamos 
asiento en la balsa, y, una vez izada la vela, navegamos, barajando la costa, en demanda 
del Cabo Salmussemm, Ilevando Ucus el timn. 
El viento no era favorable para aquel artefacto que no lo poda ceir, as que en muchos 
lugares tuvimos que avanzar con la ayuda de los bastones herrados. A menudo, las 
piedras situadas al filo del agua nos obligaban a dar rodeos importantes. Por fin, despus 
de tres horas de navegacin, es decir, las seis de la tarde, llegamos a un lugar propicio 
para el desembarco. 
Salt a tierra, seguido de mi to y del islands. Esta travesa no disminuy mi 
entusiasmo; al contrario, hasta propuse quemar nuestras naves a fin de cortarnos la 
retirada; pero mi to se opuso a ello. Encontrle muy fro. 
-Al menos --dije-, partamos sin perder un momento. 
-S, hijo mo; pero antes, examinemos esta nueva galera, con objeto de saber si es 
preciso preparar las escalas. 
Mi to puso en actividad su aparato de Ruhmkorlf; dejamos la balsa bien amarrada a la 
orilla, y nos dirigimos, marchando yo a la cabeza, a la boca de la galera que slo distaba 
de all veinte pasos. 

La abertura, que era casi circular, tena un dimetro de cinco pies aproximadamente; el 
obscuro tnel estaba abierto en la roca viva y cuidadosamente barnizado por las materias 
eruptivas a las cuales dio paso en otra poca su parte inferior encontrbase al nivel del 
suelo, de tal suerte que poda penetrarse en l sin dificultad alguna. 
Caminbamos por un plano casi horizontal, cuando, al cabo de seis pasos, nuestra 
marcha se vio interrumpida por la interposicin de una enorme roca. 
-Maldita roca! -exclam con furor, al verme detenido de repente par un obstculo 
infranqueable. 
Por ms que buscamos a derecha a izquierda, por arriba y por abjo, no dimos con 
ningn paso, con ninguna bifurcacin. Experiment una viva contrariedad, y no me 
resignaba a admitir la realidad del obstculo. Me agach, y mir por debjo de la roca sin 
hallar ningn intersticio. Examin despus la parte superior, y tropec con la misma 
barrera de granito. Hans pase la luz de la lmpara a lo largo de la pared, pero sta no 
presentaba la menor solucin de continuidad. 
Era preciso renunciar a toda esperanza de descubrir un paso. 
Yo me sent en el suelo, en tanto que mi to recorra a grandes pasos aquel corredor de 
granito. 
-Pero, Saknussemm? -exclam yo. 
-Eso estoy pensando yo -dijo mi to- .Se vera detenido quiz por esta puerta de 
piedra? 
-No, no! -repliqu vivamente-. Esta roca debe haber obstruido la entrada de una 
manera brusca a consecuencia de alguna sacudida ssmica o de uno de esos fenmenos 
magnticos que agitan todava la superficie terrestre. Han mediado largos aos entre el 
regreso de Saknussemm y la cada de esta piedra. Es evidente que esta galera ha sido en 
otro tiempo el camino seguido por las lavas, y que, entonces, las materias eruptivas circulaban 
por ella libremente. Mire usted, hay grietas recientes que surcan este techo de 
granito, construido con trazos de piedras enormes, como si la mano de algn gigante 
hubiera trabajado en esta obstruccin; pero un da, el empuja fue ms fuerte, y este 
bloque, cual clave de una bveda que falla, deslizse hasta el suelo, dejando obstruido el 
paso. Henos, pues, ante un obstculo accidental que no encontr Saknussemm, y, si no la 
removemos, somos indignos de llegar al centro del mundo. 
Este era mi lenguaje, cual si el alma del profesor se hubiese albergado en m toda 
entera. Inspirbame el genio de los descubrimientos. Olvidaba lo pasado y desdeaba lo 
porvenir. Ya nada exista para m en la superficie del esferoide en cuyo seno habame 
engolfado: ni ciudades, ni campos, ni Hamburgo, ni la Knig-strasse, ni mi pobre 
Graben, que, a la sazn, deba creerme para siempre perdido en las entraas de la tierra. 
-Abrmonos camino a viva fuerza -dijo mi to-; derribemos esta muralla a golpes de 
azadn y de piqueta. 
-Es demasiado dura para eso -exclam yo. 
-Entonces... 
Recurramos a la plvora. Practiquemos una mina y volemos el obstaculo. 
-La plvora! 
-S, s! Slo se trata de volar un trozo de roca! 
-Manos a la obra, Hans! -exclam entonces mi to. 
Volvi el islands a la bolsa y pronto regres con un pico, del cual hubo de servirse 
para abrir un pequeo barreno. No era trabjo sencillo. Tratbase de abrir un orificio lo 

bastante considerable para contener cincuenta libras de algodn plvora cuya fuerza 
expansiva es cuatro veces mayor que la de la plvora ordinaria. 
Me hallaba en un estado de sobreexcitacin espantoso. Mientras Hans trabajaba ayud 
activamente a mi to a preparar una larga mecha hecha de plvora mojada y encerrada en 
una especie de tripa de tela. 
-Pasaremos! -deca yo. 
-Pasaremos! -repeta mi to. 
A media noche, nuestro trabajo de zapa estaba terminado por completo; la carga de 
algodn plvora haba sido depositada en el barreno, y la mecha se prolongaba a lo largo 
de la galera hasta salir al exterior. 
Slo faltaba una chispa para provocar la explosin. 
-Hasta maana! -dijo el profesor entonces. 
Fue preciso resignarse, y esperar todava durante seis largas horas. 
XLI 
El siguiente, jueves 27 de agosto, fue una fecha clebre de aquel viaje subterrneo. No 
puedo acordarme de ello sin que el espanto haga an palpitar mi corazn. 
A partir de aquel momento, nuestra razn, nuestro juicio y nuestro ingenio dejaron de 
tener participacin alguna en los acontecimientos, convirtindonos en meros juguetes de 
los fenmenos de la tierra. 
A las seis, ya estbamos de pie. Se aproximaba el momento de abrirnos paso a travs de 
la corteza terrestre, por medio de una explosin. 
Solicit para m el honor de dar fuego a la mina. Una vez hecho esto, debera reunirme 
a mis compaeros sobre la balsa que no haba sido descargada, y en seguida nos 
alejaramos, con el fin de substraemos a ls peligros de la explosin, cuyos efectos 
podrn no limitarse al interior del macizo. 
La mecha, segn nuestros clculos, deba tardar diez minutos en comunicar el fuego a 
la mina. Tena, pues, tiempo bastante para refugiarme en la balsa. 
Preparme, no sin cierta emocin, a desempear mi papel. 
Despus de almorzar muy de prisa, se embarcaron mi to y el cazador, quedndome ya 
en la orilla, provisto de una linterna encendida que deba servirme para dar fuego a la 
mecha. 
-Anda, hijo mo --djome el profesor-. Prende fuego al artificio y regresa 
inmediatamente. 
-Est usted tranquilo, to, que no me entretendr en el camino. 
Dirigme en seguida hacia la abertura de la galera, abr la linterna y cog la extremidad 
de la mecha. 
El profesor tena el cronmetro en la mano. 
-Ests listo? -gritme. 
-Listo! -le respond. 
-Bien, pues, fue go!, hijo mo. 
Acerqu rpidamete a la llama mi punta de la mecha que empez a chisporrotear en 
seguida, y corriendo como una exalacin, volv a la orilla. 
-Embarca -me dijo mi to-, que vamos a desatracar. 
Salt a bordo, y Hans, de un violento empujn, impulsnos hacia el mar, alejndose la 
balsa unas veinte toesas. 

Fue un momento de viva ansiedad; el profesor no apartaba la vista de las manecillas del 
cronmetro. 
Faltan cinco minutos -deca-. Faltan cuatro. Faltan tres. 
Mi pulso lata con violencia. 
-Faltan dos! Falto uno...! Desplomos, montaas de granito! 
Qu sucedi entonces? Me parece que no o el ruido de la detonacin; pero la forma 
de las rocas modificse de pronto. Pareci como si se hubiese descorrido un teln. 
Vi abrirse en la misma playa un insondable abismo. El mar, como presa de un vrtigo 
horrible. convirtise en una ola enorme, sobre lo cual levantse la bolsa casi 
perpendicularmente. 
Las tres nos desplomamos. En menos de un segundo, extinguise la luz y quedamos 
sumidos en las ms espantosas tinieblas. Sent despus que faltaba el punto de apoyo, no 
a mis pies, sino a la balsa. Cre que se nos iba a pique; pero no fue as, por fortuna. 
Hubiera deseado dirigir la palabra a mi to; pero el rugir de las olas le habra impedido el 
orme. 
A pesar de las tinieblas, del ruido, de la sorpresa y de la emocin, comprend la que 
acababa de ocurrir. 
Al otro lado de la roca que habamos volado exista un abismo. La explosin haba 
provocado una especie de terremoto en aquel terreno agrietado; el abismo se haba 
abierto, y convertido en torrente, nos arrastraba hacia l. 
Me consider perdido. 
Una hora, dos horas... qu se yo! transcunrieron as. Nos entrelazamos los brazos, nos 
asamos fuertemente con las manos a fin de no ser despedidos de la balsa. Producanse 
conmociones de extremada violencia cada vez que esta ltima chocaba contra las 
paredes. Estos choques, sin embargo. eran raros, de donde deduje que la galera se 
ensanchaba considerablemente. Aqul era, a no dudarlo, el camino de Saknussemm; pero 
en vez de descender nosotros solos, habamos arrastrado todo un mar con nosotros, 
gracias a nuestra imprudencia. 
Bien se comprender que estas ideas asaltaron mi mente de un moda vago y obscuro, 
costndome mucho trabajo asociarlas durante aquella vertiginosa carrera que pareca una 
cada. A juzgar por el aire que me azotaba la cara, nuestra velocidad deba ser superior a 
la de los trenes ms rpidos. Era, pues, imposible encender una antorcha en tales 
condiciones, y nuestro ltimo aparato elctrico habase destrozado en el momento de la 
explosin. 
Grande fue, pues, mi sorpresa al ver repentinamente brillar una luz a mi lado, que 
ilumin el semblante de Hans. El hbil cazador haba lograda encender la linterna, y, 
aunque su llama vacilaba, amenazando apagarse, lanz algunas resplandores en aquella 
espantosa obscuridad. 
La galera era ancha, cual ya me haba figurado. Nuestra insuficiente luz no nos 
permita ver sus dos paredes a un tiempo. La pendiente de las aguas que nos arrastraban 
exceda a la de las rpidos ms insuperables de Amrica; su superficie pareca formada 
por un haz de flechas lquidas, lanzadas con extremada violencia. No encuentro otra 
comparacin que exprese mejor mi idea. La balsa corra a veces dando vueltas, al 
impulso de ciertos remolinos. Cuando se aproximaba a las paredes de la galera, acercaba 
a ellas la linterna, y su luz me permita apreciar la velocidad que llevbamos al ver que 
los salientes de las rocas trazaban lneas continuas, de suerte que nos hallbamos, al 

parecer, encerrados en una red de lneas movedizas. Calcul que nuestra velocidad deba 
ser do treinta leguas por hora. 
Mi to y yo nos mirbamos con inquietud, agarrados al trozo de mstil que quedaba. 
pues, en el momento de la explosin, este ltimo se haba roto en dos pedazos. 
Marchbamos con la espalda vuelta al aire, para que no nos asfixiase la rapidez de un 
movimiento que ningn poder humano poda contrarrestar. 
Las horas, entretanto, transcurran, y la situacin no cambiaba, hasta que un nuevo 
incidente vino a complicarla. 
Como tratase de arreglar un poco la carga, vi que la mayor parte de los objetos que 
componan nuestro impedimento haban desaparecido en el momento de la explosin, 
cuando fuimos envueltos por el mar. Quise saber exactamente a qu atenerme respecto a 
los recursos con que contbamos, y, con la linterna en la mano, empec a hacer un 
recuento. De nuestros instrumentos, solamente quedaban la brjula y el cronmetro. Las 
escalas y las cuerdas reducanse a un pedazo de cable enrrollado alrededor del trozo de 
mstil. No quedaba un azadn. ni un pieo ni un martillo, y oh desgracia irreparable!, no 
tenamos vveres ms que para un solo da. 
Me puse a registrar los intersticios de la balsa, los ms insignificantes rincones 
formados por las vigas y las juntas de las tablas. Pero, nada! Nuestras provisiones 
consistan nicamente en un trozo de carne seca y algunas galletas. 
Quedme como alelado, sin querer comprender. Y, bien mirado, porqu preocuparme 
de aquel peligro? Aun cuando hubisemos tenido vveres suficientes para meses y aun 
para aos, cmo salir de los abismos a que nos arrastraba aquel irresistible torrente? A 
que temer las torturas del hambre cuando ya me amenazaba la muerte bajo tantas otras 
formas? Acaso tenamos tiempo de morir de inanicin? 
Sin embargo, por una inexplicable rareza de la imaginacion, olvid los peligros 
inmediatos ante las amenazas de lo porvenir que hubieran de mostrrseme con todo su 
espantoso horror. Adems, No podramos escapar a los furores del torrente y volver a la 
superficie del globo? De qu manera? Lo ignora. Dnde? El lugar no haca al caso! 
Una probabilidad contra mil no deja de ser siempre una probabilidad; en tanto que la 
muerte por hambre no nos dejaba siquiera ni un tomo de esperanza. 
Ocurriseme la idea de decrselo todo a mi to, de manifestarle el desamparo en que nos 
encontrbamos, y de hacer el clculo exacto del tiempo que nos quedaba de vida; pero 
tuve el valor de callarme. Quise que conservase toda su serenidad. 
En aquel momento, debilitse poco a poco la luz de la linterna, hasta que se extingui 
por completo. La mecha se haba consumido hasta el fin. La obscuridad hzose de nuevo 
absoluta. No haba que soar ya con poder desvanecer sus impenetrables tinieblas. Nos 
quedaba una antorcha todava; pero habra sido imposible el mantenerla encendida. 
Entonces cerr los ojos, como un nio pequeo, para no ver las tinieblas. 
Despus de un perodo de tiempo bastante considerable, redoblse la velocidad de 
nuestra vertiginosa carrera. La mayor fuerza con que el aire me azotaba la cara me lo 
hubo de hacer notar. La pendiente de las aguas se haca cada vez mayor. Creo 
verdaderamente que caamos en vez de resbalar. La impresin que senta era la de una 
cada casi vertical. Las manos de mi to y las de Hans, fuertemente aferradas a mis 
brazos, retenanme con vigor. 
De repente, despus de un espacio de tiempo que no puedo precisar, sentimos como un 
choque; la balsa no haba tropezado con ningn cuerpo duro, pero se haba detenido de 

repente en su cada. Una tromba de agua, una inmensa columna lquida cay entonces 
sobre ella. Sentme sofocado; me ahogaba. 
Esta inundacin momentnea no dur, sin embargo, mucho tiempo. Al cabo de algunos 
segundos encontrme de nuevo al aire libre, que respiraron con avidez mis pulmones. Mi 
to y Hans me apretaban los brazos hasta casi romprmelos, y los tres nos hallbamos an 
encima de la balsa. 
XLII 
Calculo que seran entonces las diez de la noche. El primero de mis sentidos que volvi 
a funcionar despus de la zambullida fue el odo. O casi en seguida -porque fue un 
verdadero acto de audicin-, o, repito, restablecerse el silencio dentro de la galera, 
reemplazando a los rugidos que durante muchas horas aturdieron mis odos. Por fin lleg 
hasta mi como un murmullo la voz de mi to, que deca: 
-Subimos! 
-Qu quiere usted decir? -exclam. 
-Que subimos, s, que subimos! 
Extend entonces el brazo, toqu la pared con la mano y la retir ensangrentada. 
Subimos, en efecto, con una velocidad espantosa. 
-La antorcha la antorcha! -exclam el profesor. 
Hans no sin dificultades, logr, al fin, encenderla, y, aunque la llama de la luz dirigise 
de arriba abajo, a consecuencia del movimiento ascensional, produjo claridad suficiente 
para alumbrar toda la escena. 
-Todo sucede como me lo haba imaginado -dijo mi to- nos hallamos en un estrecho 
pozo que slo mide cuatro toesas de dimetro. Despus de llegar el agua al fondo del 
abismo, recobra su nivel natural y nos eleva consigo. 
-A dnde? 
-Lo ignoro en absoluto; pero conviene estar preparados para todos los acontecimientos. 
Subimos con una velocidad que calculo en dos toesas por segundo, o sea ciento venite 
toesas por minuto, a ms de tres leguas y media por hora. A este paso, se adelanta 
bastante camino. 
-S, si nada nos detiene; si tiene salida este pozo. Pero si est taponado, si el aire se 
comprime poco a poc bjo la presin enorme de la columna de agua, vamos a ser 
aplastados. 
-Axel -respondi el profesor, con mucha serenidad-, la situacin es casi desesperada; 
pero hay an algunas esperanzas de salvacin, que son las que examino. Si es muy cierto 
que a cada instante podemos perecer, no lo es menos que a cada momento podremos 
tambin ser salvados. Pongmonos, pues, en situacin de aprovechar las menores 
circunstancias. 
-Pero, qu podemos hacer? 
-Preparar nuestras fuerzas, comiendo. 
Al or estas palabras, mir a mi to con ojos espantados. Haba sonado la hora de decir 
lo que haba querido ocultar. 
-Comer? -repet. 
-S, ahora mismo. 
El profesor aadi algunos palabras en dans. 
-Cmo! -exclam mi to-. Se haban perdido las provisiones? 

-S, he aqu todo lo que nos resta un trozo de cecina para los tres! 
Mi to me mir sin querer comprender mis palabras. 
-Qu tal? -le pregunt- Cree usted todava que podremos salvarnos? 
Mi pregunta no obtuvo respuesta. 
Transcurri uno hora ms y empec a experimentar un hambre violenta. Mis 
compaeros padecan tambin, a pesar de lo cual ninguno de las tres nos atrevamos a 
tocar aquel miserable resto de alimentos. 
Entretanto, subamos sin cesar con terrible rapidez. Faltndonos a veces la respiracin, 
como a los aeronautas cuando ascienden con velocidad excesiva. Pero si stos sienten un 
fro tanto ms intenso cuanto mayor es la altura a que se elevan en las regiones areas, 
nosotros experimentbamos un efecto absolutamente contrario. Creca la temperatura de 
una manera inquietante, y en aquellos momentos no deba bajar de 40. 
-,Qu significaba aquel cambio? Hasta entonces, los hechos haban dado la razn a las 
teoras de Davy y de Lidenbrock; hasta entonces lass condiciones particulares de las 
rocas refractarias, de la electricidad, del magnetismo, haban modificado las leyes generales 
de la Naturaleza, proporcionndonos una temperatura moderada; porque la teora del 
fuego central siendo; en mi opinin, la nica verdadera, la nica explicable. Ibmos a 
penetrar entonces en un medio en que estos fenmenos se cumplan en todo sin rigor, y 
en el cual el calor reduca las rocas a un estado completo de fusin? As me lo tema, y 
por eso dije al profesor: 
-Si nos ahogamos o nos estrellamos, y si no nos morimos de hambre, nos queda 
siempre la probabilidad de ser quemados vi vos. 
Pero l se content con encogerse de hombros, y abismse de nuevo en sus refexiones. 
Transcurri una hora ms, y, salvo un ligero aumento de la temperatura no vino ningn 
nuevo incidente a modificar la situation. Al fin, rompi el silencio mi to. 
-Veamos -dijo- preciso tomar un partido. 
-Tomar un partido? -repliqu. 
-S ; es preciso reparar nuestras fuerzas. Si tratamos de prolongar nuestra existencia 
algunas horas, economizando ese resto de alimentos, permaneceremos dbiles hasta el 
fin. 
-S, hasta el fin, que no se har esperar. 
-Pues bien, si se presenta una ocasin de salvarnos, dnde hallaremos la fuerza 
necesaria para obrar, si permitimos que nos debilite el ayuno? 
-Y una vez que devoremos este pedazo de carne, qu nos que dar ya, t? 
-Nada, Axel, nada; pero, te alimentar ms comindolo con la vista? Tus 
razonamientos son propios de un hombre sin voluntad, de un ser sin energa! 
-Pero, an conserva usted esperanzas? -le pregunt, irritado. 
-S -replic el profesor, con firmeza. 
-Cmo! Cree usted que existe algn medio de salvacin. 
-S, por cierto. Mientras el corazn lata, mientras la carne palpite, no me explico que un 
ser dotado de voluntad se deje dominar por la desesperacin. 
Qu admirables palabras El hombre que las pronunciaba en circunstancias tan crticas, 
posea indudablemente un temple poco comn. 
-Pero, en fin -dije yo-, qu pretende usted hacer? 

--Comer lo que queda de alimentos hasta la ltima migja para reparar nuestras 
perdidas fuerzas. Si est escrito que esta comida nuestra sea la ltima, tengamos 
resignacin; pero, al menos, en vez de estar extenuados, volveremos o ser hombres. 
-Comamos, pues! --exclam. 
Tom mi to el trozo de carne y las pocas galletas salvados del naufragio, hizo tres 
partes iguales y las distribuy. Cponos, prximamente una libra de alimentos a cada 
uno. El profesor comi con avidez, con una especie de entusiasmo febril; yo, sin gusto, a 
pesar de mi hambre, y casi con repugnancia ; Hans, tranquilamente, con moderacin, a 
bocados menudos que masticaba sin ruido y saboreaba con la calma de un hombre a 
quien lo porvenir no le inquieta. Huroneando bien, haba encontrado una calabaza 
mediada de ginebra que nos ofreci, y aquel licor benfico logr reanimarme un poco. 
-Fttraflig! -dijo Hans, bebiendo a su turno. 
-Excelente! -respondi mi to. 
Haba recobrado algo la esperanza; pero nuestra ltima comida acababa de terminarse. 
Eran entonces las cinco de la maana. 
La constitucin del hombre es tal, que su salud es un efecto puramente negativo; una 
vez satisfecha la necesidad de comer, es dilcil imaginarse los horrores del hambre; es 
preciso experimentarlos para comprenderlos. Al salir de prolongada abstinencia, algunos 
bocados de galleta y de carne triunfaron de nuestros pasados dolores. 
Sin embargo, despus de este banquete, cada cual se entreg a sus reflexiones. En qu 
soaba Hans, el hombre del extremo Occidente, quen posea la resignacin fatalista de 
los orientales? Por lo que a m respecta, mis pensamientos encontrbanse llenos de 
recuerdos y stos me conducan a la superficie del globo, que nunca hubiera debido 
abandonar. La casa de la Knig-strasse, mi pobre Graben, la excelente Marta pasaron, 
cual visiones, por delante de mis ojos, y, en los lgubres ruidos que se transmitan a 
travs del macizo de granito, crea sorprender el ruido de las ciudades de la tierra. 
Por lo que respecta a mi to, aferrado siempre a su idea, examinaba con escrupulosa 
atencin la naturaleza de las terrenos; trataba de darse cuenta de su situacin, observando 
las capas superpuestas. Este clculo, o por mejor decir esta apreciacin, tan slo poda ser 
aproximada para un sabio que es siempre un sabio, cuando logra conservar su sangre fra, 
y hay que reconocer que el profesor Lidenbrock posea esta cualidad en un grado poco 
comn. 
Oale murmurar palabras de la ciencia geolgica, que me eran bien conocidas; y esto 
era causa de que, aun a mi pesar, me interesase en aquel supremo estudio. 
-Granito eruptivo-deca-; nos hallamos an en la poca primitiva; pero, como 
ascendemos sin cesar, quin sabe, todava? 
Quin sabe! An no haba perdido la esperanza. Palpaba con la mano la pared vertical, 
y algunos instantes despus, prosegua: 
-He aqu los gneis. He aqu los micaesquistos. Bueno! Pronto llegarn los terrenos de 
la poca de transicin, y entonces... 
Qu quera decir el profesor? Poda medir el espesor de la corteza terrestre 
suspendida sobre nuestras cabezas? Posea algn medio de hacer semejante clculo? No. 
Faltbale el manmetro, y la mera apreciacin no poda suplir sus preciosas indicaciones. 
Sin embargo, la temperatura aumentaba en progresin importante, y me senta baado 
de sudor en medio de una atmsfera abrasadora. Slo poda compararla al calor que 
despiden los hornos de una fundicin cuando se efectan las coladas. Poco a poco, Hans, 

mi to y yo nos habamos ido despojando de nuestros chaquetas y chalecos; la prenda ms 
ligera causaba un gran malestar, por no decir sufrimiento. 
-Ser acaso que subimos hacia un foco incandescente? exclam, en un momento en 
que el calor aumentaba. 
-No -respondi mi to-; es imposible, imposible! 
-Sin embargo-insist yo, palpando la pared-, esta muralla quema. 
Al decir esto, roz mi mano la superficie del agua y tuve que retirarlo a todo prisa. 
-El agua abrasa! -exclame. 
El profesor esta vez respondi solamente con un gesto de clera. 
Un terror invisible apoderse entonces de mi mente y ya no me fue posible verme libre 
de l. Presenta una catstrofe prxima, tan espantosa como la irnaginacin ms audaz no 
hubiera podido concebir. Una idea, incierta y vaga primero, trocse en certidumbre en mi 
espritu. Rechacla, mas torn con obstinacin nuevamente. No me atreva a formularla 
sin embargo, algunas observaciones involuntarias me hicieron adquirir la convic cin. A 
la dudosa luz de la antorcha, advert en las capas granticas movimientos desordenados; 
iba evidentemente a producirse un fenmeno en el que la electricidad desempeaba un 
papel; adems, aquel calor excesivo, aquel agua en ebullicin... Decid observar la 
brjula, pero estaba como loca. 
XLIII 
Si, s! Estaba como loca! La aguja saltaba de un polo al otro con bruscas sacudidas; 
recorra todos los puntos del cuadrante, y giraba como si se hallase poseda de un vrtigo. 
Saba que, segn las teoras ms aceptadas, la corteza mineral del -lobo no se encuentra 
jams en estado de reposo absoluto. Las modifcaciones originadas por la 
descomposicin de las materias internas, la agitacin producida por las grandes corrientes 
lquidas, la accin del magnetismo, tienden incesantemente a conmoverla, aunque los 
seres diseminados en su superficie no sospechen siquiera la existencia de estas 
agitaciones. As, pues, por s solo, este fenmeno no me habra causado susto, o, por lo 
menos no me habra hecho concebir una idea tan terrible. 
Mas otros hechos, ciertos detalles sui generis, no pudieron engaarme por ms tiempo; 
las detonaciones se multiplicaban con una espantosa intensidad; slo poda compararlas 
con el ruido que produciran un gran nmero de carros arrastrados rpidamente sobre un 
brusco empedrado. Era un trueno continuo. 
Despus, la brjula, enloquecida, sacudida por los fenmenos elctricos, confirmbame 
en mi opinin; la corteza mineral amenazaba romperse ; los macizos granticos, juntarse; 
el vaco, llenarse; el pozo, rebosar, y nosotros, pobres tomos, bamos a ser triturados en 
aquella formidable compresin. 
-To, to! --exclam-; ahora s que estamos perdidos! 
-Que motiva tu nuevo terror? -respondime con calma sorprendente-. Que tienes? 
qu te pasa? 
-Que qu tengo! Observe usted esas paredes que se agitan, ese macizo que se disloca, 
esa agua en ebullicin, los vapores que se espesan, esta aguja que oscila, este calor 
insufrible, indicios todos de tan enorme terremoto. 
Mi to sacudi la cabeza con calma. 
-Un terremoto has dicho? -preguntme. 
-S, ciertamente. 

-No, hijo mo; me parece que te engaas. 
-Cmo! No son stos los signos precursores...? 
-De un terremoto? No! Espero algo ms grande 
-Qu quiere usted decir? 
-Una erupcin, Axel! 
-Una erupcin! -exclam-. Nos hallamos en la chimenea de un volcn en actividad? 
-As lo creo -dijo el profesor sonriendo-: y a fe que es lo mejor que pudiera ocurrirnos. 
Lo mejor que pudiera ocurrirnos! Pero entonces mi to se haba vuelto loco! Qu 
significado tenan sus palabras? Cmo explicarse su sonrisa? 
-Cmo! -exclam-, nos hallamos envueltos en una erupcin volcnica, la fatalidad nos 
ha arrjado en el camino de las lavas incandescentes, de las rocas encendidas, de las 
aguas hirvientes, de todas las materias eruptivas; vamos a ser repelidos, expulsados, 
arrojados, vomitados, lanzados al espacio entre rocas enormes, en medio de una lluvia de 
cenizas y de escorias, envueltos en un torbellino de llamas, y an se atreve usted a decir 
que es lo mejor que pudiera sucedernos! 
-S -dijo el profesor, mirndome por encima de las gafas-, porque es la nica 
probabilidad que tenemos de volver a la superficie de la tierra! 
Renunci a enumerar las mil ideas que cruzaron entonces por mi mente. Mi to tena 
razn en todo absolutamente, y jams parecime ni ms audaz ni ms convencido que en 
aquellos instantes en que esperaba y vea venir con calma las temibles contingencias de 
una erupcin. 
Entretanto, seguamos subiendo, no cesando en toda la noche nuestro movimiento 
ascensional; el estrpito que nos rodeaba creca constantemente; me senta casi asfixiado, 
y estaba convencido de que mi ltima hora se acercaba; sin embargo, la imaginacin es 
tan rara, que me entregu a una serie de reflexiones verdaderamente pueriles. Pero lejos 
de dominar mis pensamientos, me encentraba subordinado a ellos. 
Era evidente que subamos, empujados por un aluvin eruptivo; debajo de la balsa 
haba aguas hirvientes, y debjo de stas, una pasta de lavas, un conglomerado de rocas 
que, al llegar a la boca del crter, se dispersaran en todos direcciones. Nos encontrbamos, 
pues, en la chimenea de un volcn. Sobre esto, no haba duda. 
Pero en esta ocasin, no se trataba del Sneffels, volcn apagado ya, sino de otro volcn 
en plena actividad. Por eso me devanaba los sesos pensando en cul poda ser aquella 
montaa y en qu parte del mundo bamos a ser vomitados. 
En las regiones del Norte, sin duda de ningn gnero. Antes de volverse loca la brjula, 
nos haba indicado siempre que marchbamos hacia el Norte; y, a partir del Cabo 
Saknussemm, habamos sido arrastrados centenares de leguas en esta direccin. Ahora 
bien, nos hallbamos otra vez debajo de Islandia? Ibamos a ser arrjados por el crter 
del Hecla, o por alguno de los siete montes ignvomos de la isla? 
En un radio de 500 leguas, al Oeste, no vea, bjo aquel paralelo, ms que los volcanes 
mal conocidos de la costa noroeste de Amrica. Al Este, slo exista uno en el 80 de 
latitud el Esk, en la isla de Juan Mayen, no lejos de Spitzberg. Crteres no faltaban, 
ciertamente, y bastante espaciosos para vomitar un ejrcito entero; pero yo pretenda 
adivinar por cul de ellos bamos a ser arrojados. 
Al amanecer, acelerse el movimiento ascensional. El hecho de que aumentara el calor, 
en vez de disminuir, al aproximarnos a la superficie del globo, se explica por ser local y 
debido a la influencia volcnica. Nuestro gnero de locomocin no poda dejar en mi 

nimo la ms ligera duda sobre este particular; una fuerza enorme, una fuerza de varios 
centenares de atmsferas, engendrada por los vapores acumulados en el seno de la tierra, 
nos impulsaba con energa irresistible. Pero, a qu innumerables peligros nos 
exponamos! 
No tardaron en penetrar en la galera vertical, que iba aumentando en anchura, reflejos 
amarillentos, a cuya luz distingua a derecha a izquierda, profundos corredores que 
semejaban tneles imnensos de los que se escapaban espesos vapores, y largas lenguas de 
fuego laman chisporroteando sus paredes. 
Mire usted! Mire usted, to! -exclam. 
No te importe. Son llamas sulfurosas que no faltan en ninguna erupcin. 
-Pero, y si nos envuelven? 
-No nos envolvern. 
-Pero, y si nos asfxian? 
-No nos asfixiarn; la galera se ensancha, y, si fuere necesario, abandonaramos la 
balsa para guarecernos en alguna grieta. 
-Y el agua? Y el agua que sube? 
-Ya no hay agua ninguna, Axel, sino uno especie de pasta de lava que nos eleva 
consigo hasta la boca del crter. 
En efecto, la columna lquida haba desaparecido, siendo reemplazado por materias 
eruptivas bastante densas, aunque hirvientes. La temperatura se haca insoportable, y un 
termmetro expuesto en aquella atmsfera habra marcado ms de 70. El sudor me 
inundaba, y si la ascensin no hubiera sido tan rpida, nos habramos asfixiado sin duda. 
No insisti el profesor en su propsito de abandonar la balsa, a hizo bien. Aquel puado 
de tablas mal unidas ofrecan una superficie slida, un punto de apoyo que, de otro modo, 
no hubiramos hallado. 
A eso de las ocho de la maana, sobrevino un nuevo incidente. Ces el movimiento 
ascensional de improviso y la balsa qued completamente inmvil. 
-Qu es esto? -pregunt yo, sacudido por aquella parada repentina que me hizo el 
efecto de un choque. 
-Un alto -respondi mi to. 
-Es que la erupcin se calma? 
-Me parece que no. 
Levantme y trat de averiguar lo que ocurra en torno nuestro. Tal vez la balsa, 
detenida por alguna roca saliente, opona una resistencia momentnea a la masa eruptiva. 
En este caso, era preciso apresurarse a librarla cuanto antes del tropiezo. 
Mas no haba obstculo alguno. La columna de cenizas, escorias y piedras, haba 
dejado de subir de una manera espontnea. 
-Se habr detenido la erupcin por ventura?-dije yo. 
-Ah! -exclam mi to, apretando los dientes- si tal temes, tranquilzate, hijo mo! ; esta 
calma no puede prolongarse; hace cinco minutos que dura, y no tardaremos en reanudar 
nuestra ascensin hacia la boca del crter. 
Al hablar as, el profesor no cesaba de consultar su cronmetro, y tampoco esta vez se 
equivoc en sus pronsticos. Pronto volvi a adquirir la balsa un movimiento rpido y 
desordenado que dur dos minutos aproximadamente y se detuvo de nuevo. 
Bueno -dijo mi to, mirando la hora-, dentro de diez minutos nos pondremos en marcha 
nuevamente. 

-Diez minutos? 
-S. Nos hallamos en un volcn de erupcin intermitente, que nos deja respirar al 
mismo tiempo que l. 
As sucedi en efecto. A los diez minutos justos, fuimos empujados de nuevo con una 
velocidad asombrosa. 
Era preciso agarrarse fuertemente a las tablas para no ser despedidos de la balsa. 
Despus, ces otra vez la impulsin. 
Ms tarde he reflexionado acerca de este extrao fenmeno, sin podrmelo explicar de 
un modo satisfactorio. Sin embargo, me parece evidente que no nos encontrbamos en la 
chimenea principal del volcn, sino en algn conducto accesible donde repercutan los 
fenmenos que en aqulla tenan efecto. 
No puedo precisar cuntas veces repitise esta maniobra; lo que s puedo decir es que, 
cada vez que se reproduca el movimiento, ramos despedidos con una violencia mayor 
recibiendo la impresin de ser lanzados dentro de un proyectil. 
-Mientras permanecamos parados, me asfixiaba; y, durante las ascensiones, el aire 
abrasador me cortaba la respiracin. Pens un instante en el placer inmenso de volverme 
a encontrar sbitamente en las regiones hiperboreales a una temperatura de 30 bajo cero. 
Mi imaginacin exaltada pasebase por las llanuras de nieve de las regiones rticas, y 
anhelaba el momento de poderme revolcar sobre la helada alfombra del polo. 
Poco a poco, mi cabeza, trastornada por tan reiteradas sacudidas, extravise, y a no ser 
por los brazos vigorosos de Hans, en ms de una ocasin me habra destrozado el crneo 
contra la pared de granito. 
No he conservado ningn recuerdo preciso de lo que ocurri durante las horas 
siguientes. Tengo una idea confusa de detonaciones continuas, de la agitacin del macizo 
de granito, del movimiento giratorio que se apoder de la balsa, la cual se balanceaba 
sobre las olas de lava, en medio de una lluvia de cenizas. Envolvironla llamas 
crepitantes. Un viento huracanado, como despedido por un ventilador colosal activaba los 
fuegos subterrneos. 
Por vez postrera vi el semblance de Hans alumbrado por los resplandores de un 
incendio, y no experiment ms sensacin que el espanto siniestro del hombre condenado 
a morir atado a la boca de un can, en el momento en que sale el tiro y disperso sus 
miembros por el aire. 
XLIV 
Cuando volv a abrir los ojos, me sent asido por la cintura por la mano vigorosa de 
Hans, quien, con la otra, sostena tambin a mi to. No me encontraba herido gravemente, 
pero si magullado por completo cual si hubiera recibido una terrible paliza. 
Encontrme tendido sobre la vertiente de una montaa, a dos pasos de un abismo en el 
cual me habra precipitado al menor movimiento. Hans me haba salvado de la muerte 
mientras rodaba por las flancos del crter. 
-Dnde estamos? -pregunt mi to, dando muestras de gran irritacin por haber salido 
a la superficie de la tierra. 
El cazador se encogi de hombros para manifestar su ignorancia 
-En Islandia? -dije yo. 
-Nej -respondi Hans. 
-Cmo que no! -exclam el profesor. 

-Hans se engaa -dije yo levantndome. 
Despus de las innumerables sorpresas de aquel viaje, todava nos estaba reservada otra 
nueva estupefaccin. Esperbame ver en un cono cubierto de nieves eternas, en medio de 
los ridos desiertos de las regiones septentrionales, bajo los plidos rayos de un cielo 
polar, ms all de las ms elevadas latitudes: mas, en contra de todas mis suposiciones mi 
to, el islands y yo nos hallbamos tendidos hacia la mitad de la escarpada vertiente de 
una montaa calcinada por las ardores de un sol que nos abrasaba. 
No quera dar crdito a mis ojos, pero la tostadura real que sufra mi organismo no 
dejaba duda alguna. Habamos salido medio desnudos del crter, y el astro esplendoroso, 
cuyos favores no habamos solicitado durante los dos ltimas meses, se nos mostraba 
prdigo de luz y de calor y nos envolva en oleadas de sus esplndidos rayos. 
Cuando se acostumbraron mis ojos a aquellos resplandores, a los cuales se haban 
desbabituado, valme de ellos para rectificar los errores de mi imaginacin. Por lo menos 
quera hallarme en Spitzberg, y no haba manera de convencerme de lo contrario. 
El profesor fue el primero que tom la palabra, diciendo: 
-En efecto, este paisaje no se parece en nada a los de Islandia. 
-Y a la isla de Juan Mayen? -respond yo. 
-Tampoco, hijo mo. No es ste un volcn del Norte, con sus colinas de granito y su 
casquete de nieve. 
-Sin embargo... 
-Mira, Axel, mira! 
Encima de nuestras cabezas, a quinientos pies a lo sumo, se abra el crter de un volcn, 
por el cual se escapaba, de cuarto en cuarto de hora, con fuerte detonacin, una alta 
columna de llamas, mezcladas con piedra pmez, cenizas y lavas. Senta las convulsiones 
de la montaa, que respiraba como las ballenas, arrojando de tiempo en tiempo fuego y 
aire por sus enormes respiraderos. Debajo, y por una pendiente muy rpida, las capas de 
materias eruptivas precipitbanse a una profundidad de 700 u 800 pies, lo que daba para 
el volcn una altura inferior a 100 toesas. Su base desapareca en un verdadera bosque de 
rboles verdes, entre los que distingu olivos, higueras y vides cargadas de uvas rojas. 
Preciso era confesar que aqul no era el aspecto de las regiones rticas. 
Cuando rebasaba la vista aquel cinturn de verdura, iba rpidamente a perderse en las 
aguas de un mar admirable o de un lago, que hacan de aquella tierra encantada una isla 
que apenas meda de extensin unas leguas. Por la parte de Levante, vease un pequeo 
puerto, precedido de algunas casas, en el que a impulso de las alas azules; mecanse 
varios buques de una forma especial. Ms lejos, emergan de la lquida llanura tan gran 
nmero de islotes, que semejaban un inmenso hormiguero. 
Hacia poniente, lejanas costas divisbanse en el horizonte, perfilndose sobre algunas 
de aquellas montaas azules de armoniosa conformacin, y sobre otras, ms remotas an, 
elevbase un cono de prodigiosa altura, en cuya cima agitbase un penacho de humo. 
Por el Norte, divisbase una inmensa extensin de mar, que relumbraba al influjo de los 
rayos solares, sobre la cual sc vea de trecho en trecho la extremidad de un mstil o la 
convexidad de una vela hinchada por el viento. 
Lo imprevisto de semejante espectculo centuplicaba an sus maravillosas bellezas. 
-Dnde estamos?Dnde estamos?-repeta yo. 
Hans cerraba, con indiferencia, los ojos, y mi to lo escudriaba todo, sin darse apenas 
cuenta de nada. 

-Sea cual fuere esta montaa -dijo al fin- hace bastante calor; las explosiones no cesan, 
y no valdra la pena de haber escapado de las peligros de una erupcin para recibir la 
caricia de un pedazo de roca en la cabeza. Descendamos, y sabremos a qu nos atenernos. 
Por otra parte, me muero de hambre y de sed. 
Decididamente, el profesor no era un espritu contemplativo. Por lo que a m respecta, 
olvidando las fatigas y las necesidades, habra permanecido en aquel sitio durante muchas 
horas an; pero fueme preciso seguir a mis compaeros. 
El talud del volcn presentaba muy rpidas pendientes; nos deslizbamos a lo largo de 
verdaderos barrancos de ceniza, evitando las corrientes de lava que descendan como 
serpientes de fuego; y yo, mientras, conversaba con volubilidad, porque mi imaginacin 
se hallaba demasiado repleta de ideas, y era preciso darle algn desahogo. 
-Nos encontramos en Asia -exclam-, en las costas de la India, en las islas de la 
Malasia, en plena Oceana? Hemos atravesado la mitad del globo terrqueo para salir de 
l por las antpodas de Europa? 
-Pero, y la brjula? -respondi mi to. 
-S, s! Fimonos de la brjula! A dar crdito a sus indicaciones, habramos marchado 
siempre hacia el Norte. 
-Segn eso, ha mentido! 
-Oh Mentido! mentido! 
-A menos que este sea el Polo Norte. 
-El Polo! No; pero... 
Era un hecho inexplicable; yo no saba qu pensar. 
Entretanto, nos aproximbamos a aquella verdura que tanto recreaba la vista. 
Atormentbame el hambre, como asimismo la sed. Por fortuna, despus de dos horas de 
marcha, presentse ante nuestras ojos una hermosa campia, enteramente cubierta de 
olivos, de granados y de vides que parecan pertenecer a todo el mundo. Por otra parte, en 
el estado de desnudez y abandono en que nos encontrbamos, no era ocasin de andarse 
con muchos escrpulos. Con qu placer oprimimos entre nuestros labios aquellas 
sabrosas frutas, aquellas dulces y jugossimas uvas! No lejos, entre la hierba, a la sombra 
deliciosa de los rboles, descubr un manantial de agua fresca, en la que sumergimos 
nuestras caras y manos con indecible placer. 
Mientras nos entregbamos a todas las delicias del reposo, apareci un chiquillo entre 
dos grupos de olivos. 
-Ah! -exclam-, un habitante de este bienaventurado pas. 
Era una especie de pordioserillo miserablemente vestido, de aspecto bastante 
enfermizo, a quien nuestra presencia pareci intimidar extraordinariamente; cosa que a la 
verdad, no tena nada de extraa, pues medio desnudos y con nuestras barbas incultas, 
tenamos muy mal cariz; y al menos que no nos hallsemos en un pas de ladrones, 
nuestras extraas figuras tenan necesariamente que amedrentar a sus habitantes. 
En el momento en que el rapazuelo emprendi, asustado, la huida, corri Hans detrs 
de l y lo trajo nuevamente, a pesar de sus puntapis y sus gritos. 
Mi to comenz por tranquilizarlo como Dios le dio a entender, y, en correcto alemn, 
preguntle: 
-Cmo se llama esta montaa, amiguito? 
El nio no respondi. 
-Bueno -dijo mi tio-; no estamos en Alemania. 

Formul la misma pregunta en ingls, y tampoco contest el chiquillo. A mi me 
devoraba, la impaciencta. 
-Ser mudo? -exclam el profesor, quien, orgulloso de su poliglotismo, repiti en 
francs la pregunta. 
El mismo silencio del nio. 
-Ensayemos el italiano -dijo entonces mi to. Y le pregunto en esta lengua: 
-Dove siamo? 
-S, dnde estamos? -repet con impaciencia. Pero el nio no respondi tampoco. 
-Demontre! -exclam mi to, que empezaba a encolerizarse, dndole un tirn de 
orejas-, acabars de reventar de una vez? Come si noma qaesta isola? 
-Strombol -repiti el pastorcillo, escapndose de las manos de Hans y emprendiendo 
veloz carrera a travs de los olivos hasta llegar a la llanura, sin que nos volviramos a 
ocupar ms de l. 
El Estrmboli! Oh. qu efecto produjo en mi imaginacin aquel nombre inesperado! 
Nos hallbamos en pleno Mediterrneo, en medio del archipilago eolio, de mitolgica 
memoria, en la antigua Strongyle, donde Eolo tena encadenados los vientos y 
tempestades. Y aquellas montaas azules que se vean por el Este eran las montaas de 
Calabria. Y aquel volcn que se ergua en el horizonte del Sur era nada menos que el 
implacable Etna. 
-El Estrmboli! -repeta yo-, el Estrmboli! 
Mi to me acompaaba con sus gestos y palabras. Pareca que estbamos cantando un 
do. 
-Oh, qu viaje! qu maravilloso viaje! Entrar por un volcn y salir por otro, situado a 
ms de 1.200 leguas del Sneffels, de aquel rido pas de Islandia. enclavado en los 
confines del mundo! Los azares de la expedicin nos haban transportado al seno de las 
ms armoniosas comarcas de la tierra. Habamos trocado la regin de las nieves eternas 
por la de la verdura infnita, y abandonado las nieblas cenicientas de las zonas heladas 
para venir a cobijarnos bajo el cielo azul de Sicilia. 
Despus de una deliciosa comida compuesta de frutas y agua fresca, volvimos a 
ponernos en marcha con direccin al puerto de Estrmboli. 
No nos pareci prudente divulgar la manera cmo habamos llegado a la isla: el espritu 
supersticioso de los italianos no hubiera visto en nosotros otra cosa que demonios 
vomitados por las entraas del infierno: as que nos resignamos a posar por pobres 
naufragos. Era menos gloriosa, pero mucho ms seguro. 
Por el camino, o murmurar a mi to: 
-Pero esa brjula! Esa brjula que sealaba el Norte! Cmo explicarse este hecho? 
-A fe ma -dije yo con el mayor desdn-, que no vale la pena que nos devanemos los 
sesos tratando de buscarle una explicacin. 
-Qu dices, insensato! Un catedrtico del Johannaeum que no supiera dar una 
explicacin de un fenmeno csmico sera un bochorno inaudito! 
Y al expresarse de este modo; mi to, medio desnudo, con la bolsa de cuero alrededor 
de la cintura, y afanzndose las gafas sobre la nariz, volvi o ser otra vez el terrible 
profesor de mineraloga. 
Una hora despus de haber abandonado el bosque de los olivos, llegamos al puerto de 
San Vicenzo, donde Hans reclam el importe de su dcimotercia semana de servicio, que 

le fu religiosamente pagado, cruzndose entre todos los ms calurosos apretones de 
manos. 
En el momento aquel, si no particip de nuestra natural y legtima emocin, se dej 
arrastrar por lo menos por un impulso de extraordinaria expansion. 
Estrech ligeramente nuestras manos con las puntas de sus dedos y dibujse en sus 
labios una ligera sonrisa. 
XLV 
He aqu la conclusin de un relato que no querrn creer ni aun las personas ms 
acostumbradas a no asustarse de nada. Pero me he puesto en guardia de antemano contra 
la credulidad de los hombres. 
Fuimos recibidos por las pescadores de Estrmboli con los consideraciones debidas a 
unas nufragos. Nos proporcionarn vestidos y vveres: y, despus de cuarenta y ocho 
horas de espera, el 31 de agosto, una embarcacin pequea condjonos a Mesina, donde 
algunos das do reposo bastarn para reponer nuestras fuerzas. 
El viernes, 4 de septiembre, nos embarcamos a bordo del Volturne, uno de las vapores 
de las mensajeras imperiales de Francia, y, tres das ms tarde tomamos tierra en 
Marsella, sin ms preocupacin en nuestro espritu que nuestra maldita brjula. Aquel 
hecho inexplicable no cesaba de inquietarnos seriamente. El 9 de septiembre, por la 
noche, llegamos, por fin, a Hamburgo. 
Imposible describir la estupefaccin de Marta y la alegra de Graben al vernos entrar 
por las puertas. 
-Ahora que eres un hroe -me dijo mi adorada prometida-, no tendrs necesidad de 
separarte ms de m, Axel! 
La mir, y ella me sonri entre sus lgrimas. 
Puede calcular el lector la sensacin que producira en Hamburgo la vuelta del profesor 
Lidenbrock. Gracias a las indiscreciones de Marta, la noticia de su partida para el centro 
de la tierra se haba esparcido por el mundo entero. Pero nadie la crey, y, al verle de 
regreso, tampoco se le di crdito. 
Sin embargo, la presencia de Hans y las informaciones de Islandia modificaron la 
pblica opinin. 
Entonces mi to lleg a ser un personje importante, y yo, el sobrino de un ilustre sabio, 
lo que ya es alguna cosa. La ciudad de Hamburgo dio una fiesta en nuestro honor. 
Celebrse una sesin pblica en el Jahannaeum, en la que el profesor hizo un detallado 
relato de su expedicin, omitiendo, naturalmente, los hechos extraordinarios relativos a la 
brjula. Aquel mismo da deposit en los archivos de la ciudad el documento de Saknussemm, 
expresando el vivo sentimiento que le causaba el hecho de que las circunstancias, 
ms poderosas que su voluntad, no le hubiesen permitido seguir hasta el centro de la 
tierra las huellas del explorador islands. Fue modesto en su gloria, la cual hizo aumentar 
su reputacin. 
Tantos honores tenan necesariamente que suscitarle envidiosos. As sucedi, en efecto, 
y, como sus teoras, basadas en hechos ciertos, contradecan los sistemas establecidos por 
la ciencia sobre la cuestin del fuego central, sostuvo verbalmente y por escrito muy 
notables polmicas con los sabios de todos los pases. 
Por lo que a m respecta, no puedo aceptar su teora relativa al enfriamiento; a pesar de 
cuanto he visto, creo y seguir creyendo siempre en el calor central; pero confieso que 

ciertas circunstancias, an no muy bien definidas, pueden modificar esta ley bajo la 
accin de ciertos fenmenos naturales. 
En el momento en que ms enconadas eran las discusiones, experiment mi to un 
verdadero disgusto. Hans, a pesar de sus ruegos, marchse de improviso de Hamburgo. 
El hombre a quien todo se lo debamos no quiso permitir que le pagsemos nuestra 
deuda, minado par la nostalgia que le produca el recuerdo de su querida Islandia. 
-Frval! -nos dijo un da; y, sin ms despedida, parti para Reykiavik adonde lleg 
felizmente. 
Profesbamos un verdadero afecto a aquel hombre singular que nos haba salvado la 
vida en varias ocasiones; su ausencia no nos har olvidar la deuda de gratitud que 
tenemos con l contrada, y abrigo la esperanza de no abandonar este mundo sin volver a 
verle otra vez. 
Para concluir, aadir que este Vije al centro de la Tierra produjo una unnime 
sensacin en el mundo. Fue traducido e impreso en todas las lenguas; los ms 
importantes peridicos publicarn sus principales episodios, que fueron comentados, 
discutidos, atacados y defendidos con igual entusiasmo por los creyentes a incrdulos. Y, 
cosa rara, mi to disfrut todo el resto de su vida de la gloria que haba conquistado, y no 
falt un seor Barnuim que le propusiese exhibirle, a muy elevado precio, en los Estados 
Unidos. 
Pero un profundo disgusto, un verdadero tormento amargaba esta gloria. El hecho de la 
brjula segua sin explicacin, y el que semejante fenmeno no hubiese sido explicado 
constitua verdaderamente un suplicio para la inteligencia de un sabio. El Cielo, sin 
embargo, reservaba a mi to una felicidad completa. 
Un da, arreglando en su despacho una coleccin de minerales, descubr la famosa 
brjula y me puse a examinarla. 
Haca seis meses que estaba all, en un rincn, sin poder sospechar los quebraderos de 
cabeza que estaba proporcionando. 
Qu estupefaccin la ma! Lanc un grito que hizo acudir al profesor. 
-Qu ocurre? -pregunt. 
-Esta brjula! 
-Qu? Acaba! 
-Que su aguja seala hacia el Sur, en vez de sealar hacia el Norte! 
-Qu dices? 
-Mire usted! Sus polos estn invertidos! 
-Invertidos! 
Mi to mir, compar y peg un salto que hizo retemblar la osa 
Qu luz tan viva ilumin de repente su inteligencia y la ma! 
-De suerte -exclam cuando pudo recuperar el use de la palabra, que desde nuestra 
llegada al cabo Saknussemm, la aguja de esta condenada brjula sealaba hacia el Sur, en 
vez de sealar hacia el Norte? 
-No cabe duda alguna. 
-Nuestro error se explica entonces de un modo satisfactorio. Pero, qu fenmeno ha 
podido producir esta inversin de sus polos? 
-La cosa no puede ser ms sencilla. 
-Explcate, hijo mo. 

-Durante la tempestad que hubo de desarrollarse en el mar de Lidenbrock, aquel globo 
de fuego que iman el hierro de la balsa, desorient nuestra brjula, invirtiendo sus polos. 
-Ah! --exclam el profesor, soltando la carcjada-, buena nos lo ha jugado la 
electricidad! 
A partir de aquel da, fue mi to el ms feliz de los sabios, y yo el ms dichoso de los 
hombres; porque mi bella curlandesa, renunciando a su calidad de pupila, ocup en la 
modesta casa de to Knig-strasse el doble puesto de sobrina y de esposa. No creo 
necesario aadir que su to fue el ilustre profesor Otto Lidenbrock, miembro 
correspondiente de todas las sociedades cientficas, geogrtcas y mineralgicas de las 
cinco partes del mundo. 
FIN 

