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1.Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso

¿Quién es la persona que tú más admiras? ¿Por qué? ¿Por qué es importante enseñar a los niños a dar gracias? (La mamá le dice al niño que ha recibido algo, “¿Cómo se dice?” para enseñarle a dar las gracias). ¿A quién le muestras más respeto? ¿Por qué? ¿Quién es la persona en quien tú más confías? ¿Por qué?

Movido de un infinito amor, Dios ha hablado a la humanidad para invitarnos a vivir en comunión con El. La revelación de Dios nos llega a través de la Tradición de la Iglesia y de las Sagradas Escrituras. La fe es una adhesión personal, es decir una experiencia de encuentro personal con el Dios vivo de quien escuchamos su palabra y a quien damos una respuesta que compromete la vida entera. En esta sesión veremos la primera parte del primer artículo de nuestra fe: “Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso”

A) Dios es uno sólo
La confesión de que existe un solo y único Dios tiene su raíz en la Revelación Divina de la Antigua Alianza: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor…” (Deuteronomio 6, 4; Marcos 12, 29); “Volveos a mí y seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro… ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y fuerza!” (Isaías 45, 22-24; Filipenses 2, 10-11). Es absolutamente necesario que el Ser Supremo sea único, es decir, sin igual… Si Dios no es único, no es Dios. Jesús mismo confirma que Dios es “el único Señor” y que es preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas (ver Marcos 12, 29-30).

Consecuencias de la fe en el Dios único

 

Grandeza
Reconocer la grandeza y majestad de Dios

 

Acción de gracias
Vivir en acción de gracias

 

Unidad
Reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres

 

Usar bien cosas
Usar bien de las cosas creadas

 

Confianza en Dios
Confiar en Dios en todas las circunstancias.

Nada te turbe
Nada te espante
Todo se pasa 
Dios no se muda
La paciencia
todo lo alcanza 
quien a Dios tiene 
nada le falta 
Sólo Dios basta

(Santa Teresa de Jesús)

B) La revelación de Dios como Padre
Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su pueblo, pero la revelación divina del Nombre Divino, hecha a Moisés desde una zarza que arde sin consumirse, es la revelación fundamental para la Antigua y la Nueva Alianza (Ver Éxodo 3, 6; 3-13-15). Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (Ver también Is 6, 5; Lc 5, 8). YHWH = “Yo soy el que soy” (Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre de Dios, este es substituido por el título divino “Señor”).

En el hebreo primitivo, que carecía de vocales escritas, las consonantes del nombre de Dios son HWHY, en español YHWH. Por respeto, dejó de pronunciarse, y en lugar se leía YaNoDa, en español Adonai, que significa “el Señor”. Para recordar esto al lector, los rabinos le pusieron las vocales e, o y a, en español e, o y a, sólo como contraseña, cuando inventaron un sistema de vocales escritas para el hebreo. En los medios cristianos empezó a leerse desde fines de la Edad Media con esas vocales y así resultó la forma latinizada “Jehová”, de donde viene “Jehová”. Los estudiosos del hebreo han llegado al acuerdo general de que la pronunciación original debe de haber sido Yahvéh. Su significado se asocia con la idea de Ser o Existencia
Dios es la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras todas las criaturas han recibido de El todo su ser y su poseer. Gratuito (Dt 4,37), como el de un padre a su hijo (Os 11, 1), más fuerte que el amor de una madre (Is 49, 14-15), hasta el don precioso de su Hijo (Jn 3, 16), eterno e inconmovible (Is 54, 10; Jr 31, 3) Dios es amor (1 Jn 4, 8.16)

En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Dt 32, 6), pero Jesús ha revelado que Dios es “Padre” en un sentido nuevo: es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre (Ver Mateo 11, 27)
“Vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y Padre de ustedes” (Jn 20, 17). “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido… eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1, 3-5)

C) La revelación de Dios como Trinidad
El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre Eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios. (Ver. Jn 1,1ss). La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en el nombre del Hijo (Ver Jn 14, 26) y por el Hijo “de junto al Padre” (Jn 15, 26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. “Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”.

D) Todo lo que El quiere, lo hace
 ¿Tienes la experiencia de haber pedido algo imposible a Dios y que te lo haya concedido? ¿Por qué crees que a veces Dios no responde a tus peticiones?
La omnipotencia de Dios es universal: Todo lo que quiere lo hace (Salmo 135, 5-6). La omnipotencia de Dios es amorosa: Te compadeces de todos porque lo puedes todo (Sb 11, 21-23) –Ver Mateo 6, 32-32). La omnipotencia de Dios es misteriosa: Ver 1 Co 2, 17-18“Sé que eres Todopoderoso: lo que piensas, lo puedes realizar” (Job 42, 2). Fiel al testimonio de la Escritura, la Iglesia dirige con frecuencia su oración al “Dios todopoderoso y eterno”, creyendo firmemente que “nada es imposible para Dios” (Gn 18, 14; Lc 1, 37; Mt 19, 26).

El misterio de la aparente impotencia de Dios
La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. (Ver 1 Co 2, 24-25 y Ef 1, 19-22)

2. Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios

Hemos visto ya que Dios es uno sólo, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Vamos a detenernos ahora en el misterio del Verbo Encarnado, Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.

A) La Buena Nueva: Dios ha enviado a su Hijo
He aquí la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios (Ver Ga 4, 4-5; Mc 1,1): Dios ha visitado a su pueblo (Lc 1, 68), ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia (Lc 1, 55); la ha hecho más allá de toda expectativa: El ha enviado a su “Hijo Amado” (Mc 1, 11).
Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha “salido de Dios” (Jn 13, 3) “bajó del cielo (Jn 3, 13; 6, 33), “ha venido en carne” (1 Jn 4, 2), porque “la Palabra se hizo carne, y puso  su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1, 14-16)
El nombre de Jesús significa “Dios salva”. El niño nacido de la Virgen María se llama “Jesús” “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21); “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). El nombre de Cristo significa “Ungido”, “Mesías”. Jesús es el Cristo porque “Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38). Era “El que ha de venir” (Lc 7, 19), el objeto de la esperanza de Israel” (Hch 28, 20). El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: El es el Hijo único del Padre (ver Jn 1, 14.18; 3, 16.18) y El mismo Dios (Jn 1,1). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (ver Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23). Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, la Iglesia afirma desde el principio (ver Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (Ver Rom 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque El es de “condición divina” (Flp 2,6) y el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (ver Rm 10, 9; 1 Co 12, 3; Flp 2, 11). La afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo (Mc 12, 17; Hch 5, 29) (Ver 1 Co 12, 3).

B) EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE
¿Por qué el Verbo se hizo carne? “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”. El Verbo se encarnó. Para salvarnos reconciliándonos con Dios: (Ver Jn 4, 10.14). “El se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 4, 14); para que nosotros conociésemos así el amor de Dios (Ver 1 Jn 4, 9); para ser nuestro modelo de santidad (Ver Mt 11, 29; Jn 14, 6; 15, 12); para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1, 4), El Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el hombre recibiera la filiación divina y se convirtiera en hijo de Dios.
La Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por San Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación. (Ver Flp 2, 5-8). La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana (Ver 1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia, “El ha sido manifestado en la carne” (1 Tm 3, 16).
El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de su Persona divina. Por esta razón El es el único Mediador entre Dios y los hombres. Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.
Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre tiene una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo. La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo.
Jesucristo es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, Por obra y gracia del Espíritu Santo. La anunciación a María, inaugura la plenitud de “los tiempos” (Ga 4,4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará “corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). La respuesta divina a su ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35). El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es “el Señor que da la vida”, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.
De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser Madre de su Hijo. Ella, “llena de gracia”, es el fruto excelente de la redención: desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de su vida. María es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo. María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre: ella, con todo su ser, es “la esclava del Señor” (Lc 1, 38). La Virgen María colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.

C) LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9), y el Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadle”. (Lc 9, 35). La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la “Primera Alianza” (Hb 9, 15), todo lo orienta hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se buceen e Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida. San Juan Bautista es el precursor (Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (Mt 3,3).  (Ver Lc 1, 41) y lo señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías (Ap 22, 17).
Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (Lc 2, 8-20).
El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros (Ga 4, 19). “El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad”
La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo, celebra la adoración de Jesús por unos “magos” venidos de Oriente (Mt 2, 1). En estos “magos”, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La presentación de Jesús en el Templo (Lc 2, 22-39) lo muestran como el Primogénito que pertenece al Señor (Ver Ex 13.2.12-13). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (Mt 2, 13-18) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: “Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).
Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (Ga 4,4), vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús está “sometido” a sus padres y que “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y os hombres” (Lc 2, 51-52). La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana. El hallazgo de Jesús en el Templo (Lc 2, 41-52) es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina.
Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el siervo enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el bautismo de su pasión. La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías que triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio de salvación querido por el Padre. El Reino de los Cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. “Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo”. La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro (Mt 16, 18). La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la pasión: la subida a un “monte alto” prepara la subida al calvario.
Cristo, cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: la esperanza de la Gloria. Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente que ahí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción de los pecadores.
La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón va a llevar a cabo por la pascua de su muerte y de su resurrección.

3. Creo en la Iglesia

A) “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo”

La palabra “Iglesia” significa “convocación”. Designa la asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos mismos en el Cuerpo de Cristo. Asamblea litúrgica (1 Co 11, 18; 14, 19.28.34.35), comunidad local (1 Co 1, 2; 16, 1), comunidad universal (1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6)
La Iglesia es a la vez camino y término del designio de Dios: prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza (ver Gn 12, 2; 15, 5-6; Ex 19, 5-6; Dt 7, 6; Is 2, 2-5; Jr 31, 31-34; Is 55, 3), fundada por las palabras y las obras de Jesucristo (Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21) , realizada por su Cruz redentora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo (Mt 28, 19-20). Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra (Ap 14, 4)
La palabra griega “mysterion” ha sido traducida en latín por dos términos: “mysterium” y “sacramentum”. En la interpretación posterior, el término “sacramentum” expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de la salvación, indicada por el término “mysterum”. En este sentido, Cristo es El mismo el Misterio de la salvación (ver Col 1, 15; Jn 14, 9). La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar (Ver Jn 20, 21). La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo  y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres (Ap 7, 9).

B) “Ustedes son linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido”. La Iglesia, pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo

“Cristo Jesús se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo” (Tt 2, 14). “Ustedes son linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 P 2, 9). Se entra en  el pueblo de Dios por la fe y el Bautismo. “Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios”, a fin de que, en Cristo, los hombres constituyan una sola familia y un único pueblo de Dios”. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Por el Espíritu Santo y su acción en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, Cristo muerto y resucitado constituye la comunidad de los creyentes como Cuerpo suyo (Ver 1 Co 12, 12ss; Rm  12, 5).
En la unidad de este cuerpo hay diversidad de miembros y de funciones. Todos los miembros están unidos unos a otros, particularmente a los que sufren, a los pobres y perseguidos. La Iglesia es este Cuerpo del que Cristo es la Cabeza: vive de El, en El y por El; El vive con ella y en ella (ver Col. 1, 18).
La Iglesia es la Esposa de Cristo: la ha amado y se ha entregado por ella. La ha purificado por medio de su sangre. Ha hecho de ella la Madre fecunda de todos los hijos de Dios (Ver Ap 22, 17; Ef 1, 4; 5, 27).
La Iglesia es el Templo del Espíritu. El Espíritu es como el alma del Cuerpo Místico, principio de su vida, de la unidad en la diversidad y de la riqueza de sus dones y carismas (ver 2 Co 6, 16; Ef 2, 21).

C) “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16, 18). La Iglesia es una, santa, católica y apostólica

La Iglesia es una: Tiene un solo Señor, confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (ver Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.
La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es “inmaculada”. En los santos brilla su santidad; en María es ya la enteramente santa. (Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).
La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; “es, por su propia naturaleza, misionera” (Ver Mt 28, 19)
La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: “los doce apóstoles del Cordero” (Ap 21, 14); es indestructible (ver Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad; Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.
“La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica… subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sin duda, fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad.

D) “Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido ‘por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’ (San Cipriano)”. Los fieles de Cristo: Jerarquía, Laicos, Vida Consagrada

Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denominan clérigos; los demás se llaman laicos. Hay, por otra parte, fieles que perteneciendo a uno de ambos grupos, por la profesión de los consejos evangélicos, se consagran a Dios y sirven a sí a la misión de la Iglesia. (Código de Derecho Canónico, canon 207, 1, 2) (Ver Mc 3, 13-19).
Para anunciar su fe y para implantar su Reino, Cristo envía a sus apóstoles y a sus sucesores. El les da parte de su misión. De El reciben el poder de obrar en su nombre (Ver Mt 10, 40; Lc 10, 16).
El Señor hizo de San Pedro el fundamento visible de su Iglesia. Le dio las llaves de ella. El obispo de la Iglesia de Roma, sucesor de San Pedro, es la “Cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra”. (Código de Derecho Canónico, canon 331).
El Papa goza, por institución divina, de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para cuidar las almas.
Los obispos, instituidos por el Espíritu Santo, suceden a los apóstoles. “Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares”.
Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y por los diáconos, tienen la misión de enseñar auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores. A su misión pertenece también el cuidado de todas las Iglesias, con y bajo el Papa.
Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a que movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.
Los laicos participan en el sacerdocio de Cristo: cada vez más unidos a El, despliegan la gracia del Bautismo y de la Confirmación a través de todas las dimensiones de la vida personal, familiar, social y eclesial y realizan así el llamamiento a la santidad dirigido a todos los bautizados.
Gracias a su misión profética, los laicos están llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas, también en el interior de la sociedad humana.
Debido a su misión regia, los laicos tienen  el poder de arrancar al pecado su dominio sobre sí mismos y sobre el mundo por medio de su abnegación y la santidad de vida.
La vida consagrada a Dios se caracteriza por la profesión pública de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia.
Entregado a Dios supremamente amado, aquel a quien el bautismo ya había destinado a El, se encuentra en el estado de vida consagrada, más íntimamente comprometido en el servicio divino y dedicado al bien de toda la Iglesia.
La Iglesia es “comunión de los santos”: esta expresión designa primeramente las “cosas sagradas” y ante todo la Eucaristía, que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo.
Este término designa también la comunión entre las personas santas en Cristo que ha muerto por todos, de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.
Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones.

4. Creo en la Vida Eterna

¿Cuál sería el motivo más perfecto de arrepentimiento: la pena o sanción que tengo que pagar o el dolor por el daño causado? ¿Es posible una Iglesia de sólo “los buenos”? ¿Qué pecados son hoy los más frecuentes? ¿Qué pecados son hoy los más graves? ¿En qué consiste el pecado de omisión?

A. Creo en el perdón de los pecado

El Credo relaciona “el perdón de los pecados” con la profesión de fe en el Espíritu Santo. En efecto, Cristo resucitado confió a los apóstoles el poder de perdonar los pecados cuando les dio el Espíritu Santo (ver Jn 20, 22-23).
El Bautismo es el primero y principal sacramento para el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da el Espíritu Santo (ver Hch 2, 38). Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados de los bautizados y ella lo ejerce de forma habitual en el sacramento de la Penitencia por medio de los obispos y de los presbíteros (Ver Lc 24, 47; 2 Co 5, 18; Mt 18, 21-22)
En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los sacramentos son meros instrumentos de los que quiere servirse nuestro Señor, único autor y dispensador de nuestra salvación, para borrar nuestras iniquidades y darnos la gracia de la justificación.

B. “Al toque de la trompeta final… los muertos resucitarán incorruptibles” (1 Co 15, 52)

Creemos en Dios que es el creador de la carne (ver Gn 2, 17); creemos en el Verbo hecho carne para rescatar la carne (ver Rm 6, 23; Flp 3, 10-11); creemos en la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la redención de la carne (ver 2 Tm 2, 11). Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día. Creemos en la verdadera resurrección de esta carne que poseemos ahora. No obstante se siembra en el sepulcro un cuerpo corruptible, resucita un cuerpo incorruptible (Ver 1 Co 15, 42), un cuerpo espiritual (1 Co 15, 44).
Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir la muerte corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no hubiera pecado (ver Hb 9, 27). Jesús, el Hijo de Dios, sufrido libremente la muerte por nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios su Padre. Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la posibilidad de la salvación.

C. “El que cree tiene vida eterna” (Jn 6, 47)

Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y muertos. (ver 1 Co 5, 8-10). Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo constituyen  el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos (ver 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).
Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forman  la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como El es (ver 1 Co 2, 9), y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza (Ap 22, 5).
Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios (1 Co 3, 15; 1 P 1, 7).
En virtud de la “comunión de los santos”, la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico (ver 2M 12, 46).
Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno” (Mt 13, 41-42).
La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el hombre vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.
La Iglesia ruega para que nadie se pierda: “Jamás permitas, Señor, que me separe de ti”. Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2, 4) y que para Él “todo es posible” (Mt 19, 26).
“La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias acciones.
Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 28), en la vida eterna (ver 2 P 3, 13; Ap 21, 1).


5. El Creador del cielo y de la tierra

Hemos comenzado a ver el símbolo de nuestra fe, el Credo. En la sesión anterior hemos hablado de nuestra fe en un solo Dios, Padre, todopoderoso. Hoy vamos a completar el primer artículo de nuestra profesión de fe: creemos que Dios es el Creador de todo, en el cielo y en la tierra; de lo visible y de lo invisible. Nos detendremos a ver la cumbre de la Creación: el ser humano, el “misterio de iniquidad” que surge desde el pecado original y la infinita bondad del Creador que ya desde el principio anuncia la salvación que ha de llegar.


A) Dios crea por sabiduría y amor
¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestro origen? ¿Cuál es nuestro fin? ¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe? Son preguntas básicas que el hombre de todos los tiempos se ha formulado y que son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y de nuestro obrar.
“En el principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1, 1): tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: El Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de El; Sólo El es creador; La totalidad de lo que existe depende de Aquel que le da el ser. “En el principio existía el Verbo… y el Verbo era Dios… Todo fue hecho por él y sin él  nada ha sido hecho” (Jn 1, 1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado. (Ver Col. 1, 16-17). La fe de la Iglesia afirma también la acción creadora del Espíritu Santo, “dador de vida”.
Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (Sb 9, 9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad (Ver Ap 4, ,11 y Sal 104, 24).

Dios crea “de la nada”, un mundo ordenado y bueno, al cual trasciende pero en el que está presente
Creemos que Dios no necesita nada preexistente ni ninguna ayuda para crear. Dios crea libremente “de la nada” (Ver 2 Macabeos 7, 22-23.28). Creemos que, porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada (Sb 11, 20), Gn 1, 31). Dios es infinitamente más grande que todas sus criaturas (Si 43, 28; Sal 8, 2; 145, 3). Pero porque es el Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en lo más íntimo de sus criaturas (Ver Hch 17, 28). Decía San Agustín, “Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad (Confesiones 3, 6, 11) Ver Sb 11, 24-26
La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último (Ver Mt t, 26-34; 1 P 5, 7; Sal 55, 23).

Lo visible y lo invisible
La expresión “cielo y tierra” significa: todo lo que existe, la creación entera. “La tierra” es el mundo de los hombres (Salmo 115, 16). El cielo” o “Los cielos” puede designar el firmamento (Sal 26), pero también el “lugar” propio de Dios (Sal 115, 16) o el  “lugar” de las criaturas espirituales (os ángeles) que rodean a Dios. El testimonio de la existencia de seres espirituales, no corporales, llamados habitualmente ángeles, lo encontramos en la Sagrada Escritura. (Sal 103, 20, Mt 18, 10; 25, 31; Lc 1, 11.26)

B) El hombre está hecho a imagen de Dios
De todas las criaturas visibles sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma. Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.
La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la “forma” del cuerpo; es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza. La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios.
El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. “Ser hombre”, “ser mujer” es una realidad buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde.
Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para el otro. (Gn 2, 18 Ver Gn 2, 19-20 y 2, 23). En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Gn 2, 24), puedan transmitir la vida humana (Ver Gn 1, 28). El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él. (Gn 2, 17; 3, 16.19)

C) La caída del hombre
Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal? El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. Toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres.
Constituido por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin al margen de Dios (Gn 13, 1)
Por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los humanos. Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Esta privación es llamada “pecado original” que se transmite junto con la naturaleza humana. Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (concupiscencia).

D) El primer anuncio de salvación
“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama (Gn 3, 9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (Gn 3, 15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado “Protoevangelio”, por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y la victoria final de un descendiente de ésta. La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del “nuevo Adán” (1 Co 15, 21-11.45) que, por su obediencia hasta la muerte en la Cruz (Flp 2,8), repara con sobreabundancia la descendencia de Adán (Rm 5, 19-20).

 

6. La Redención

A. "Eran nuestras dolencias las que El llevaba y nuestros dolores los que El soportaba" (Is 53, 4). Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado

El Misterio Pascual de la Cruz y de la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de “una vez por todas (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.
La Iglesia permanece fiel a la “interpretación de todas las Escrituras” dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su Pascua (Ver Lc 24, 26-27. 44-45) “¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”.
Los padecimientos de Cristo han tomado una forma histórica concreta por le hecho de haber sido reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas (Mc 8, 31), que lo “entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle” (Mt 20, 19).
La fe puede escrutar las circunstancias de la muerte de Jesús, que han sido transmitidas fielmente por los evangelios e iluminadas por otras fuentes históricas, a fin de comprender mejor el sentido de la Redención.

B. "Habéis sido rescatados… no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa" (1 P 1, 18-19). Jesús murió crucificado. Jesucristo fue sepultado. Cristo descendió a los infiernos

Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras (1 Co 15, 3). Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios hacia nosotros porque “El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). “En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19).
Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este don lo significa y lo realiza por anticipado durante la última cena “Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19).
La redención de Cristo consiste en que El “ha venido a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28), es decir, “a amar a los suyos hasta el extremo” (Jn 13, 1) para que ellos fuesen “rescatados de la conducta necia heredada de sus padres” (1 P 1, 18). Por su obediencia amorosa a su Padre, “hasta la muerte de cruz” (Flp 2, 8), Jesús cumplió la misión expiatoria (ver Is 53, 10) Del Siervo doliente que “justifica a muchos cargando con las culpas de ellos” (Is 53, 11; ver Rm 5, 19).
 “Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos” (Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15, 3), sino también que “gustase la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre alma y cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que El expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (ver Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (ver Hb 4, 4-9).
Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo “no conoció la corrupción” (Hch 13, 37).
El Bautismo significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado para una nueva vida: “Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 4; Col 2, 12; Ef 5, 26).
En la expresión “Jesús descendió a los infiernos”, el credo, o símbolo de nuestra fe, confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte a favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo “Señor de la muerte” (Hb 2, 14). Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido (Ver Mt 27, 52-53).

C. "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado…!"(Lc 24,34). Al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y esta sentado de la derecha de Dios, Padre todopoderoso.

“Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz: Cristo resucitó de entre los muertos. Con su muerte venció a la muerte. A los muertos ha dado la vida.
La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la Gloria de Dios. (Ver 1 Co 15, 3-4; Mt 28, 9-10; Jn  20, 11-18; Lc 24, 34). “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado (Lc 24, 5-6). El sepulcro vacío ha constituido un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. (ver Jn  20, 2-8).
La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que El había realizado antes de Pascua: la hija d Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (Ver 1 Co 15, 35-50).
“Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también nuestra fe” (1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.
La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (ver Lc 24, 26-27.44-48) y del mismo Jesús  durante su vida terrenal (ver Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7).
Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida (ver Rm 4, 25; 6, 4).
Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (ver Rm 6, 4, y más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (ver Rm 8, 11).
La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celestial de Dios de donde ha de volver (ver Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (ver Col 3, 3). Jesucristo cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con El eternamente.
Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

D. "Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt 25, 40). Desde ahí ha de venir a juzgar a vivos y muertos

Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal (ver Lc 18, 8; Mt 24, 12). El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia (ver Ap 20,  7-12). Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia  (ver Mt 25, 31ss).

 

7. María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia

Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48)

Al pronunciar el “hágase” (Lc 1, 38) de la Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión. Ella mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo. (Ver Jn 19, 26-27).

La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo.

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen María es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo.

El Santo Rosario es “síntesis de todo el Evangelio. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno respecto a los miembros de Cristo.


8.Los Sacramentos

Si buscamos en la Biblia la palabra “Sacramento” no la encontraremos, pero esto no quiere decir que los sacramentos que recibimos no tengan fundamento bíblico. Como tantas otras palabras reciben en los idiomas un proceso de asentamiento en el significado que tiene, así sucedió con la palabra “sacramento”.
Su origen es latino: los romanos la aplicaban al conjunto de ceremonias consagratorias que acompañaban al juramento prestado por los soldados en su incorporación al ejército. En un primer tiempo, los cristianos usaron esta palabra para significar lo que se refiere a los signos litúrgicos, celebraciones eclesiales y a los hechos sacros. Pero con el correr de los tiempos, esta palabra se fue usando siempre más exclusivamente a los signos sagrados instituidos por Jesucristo. Por esto, en los primeros tiempos no se tenía claro el número de ellos. El número septenario de los sacramentos, se llegó a imponer en el siglo XII.
Los sacramentos, como hoy nos lo presenta la Iglesia podemos definirlos como: «Actos salvadores de Cristo, que la Iglesia comunica al hombre, mediante signos sensibles». He aquí lo que esto significa:

A) Actos Salvadores

Son acciones que salvan al hombre en situaciones concretas, abarcan toda su vida, por ejemplo, podemos decir que:

  • En el Nacimiento: el Bautismo
  • En el Crecimiento en la fe: la Confirmación
  • En la formación de un hogar: el Matrimonio
  • En la búsqueda por sanar las Heridas del pecado: la Reconciliación
  • En el Alimento diario: la Eucaristía
  • En la Consagración al Servicio de la comunidad: el sacramento del Orden Sacerdotal
  • En el padecimiento por la Enfermedad: la Unción de los Enfermos

B) De Cristo

Él es el verdadero autor y no otro. Aunque en la Palabra de Dios no se mencione expresamente algún ritual o alguna orden de Jesús para la institución de SIETE sacramentos que serían a la postre un medio para comunicarnos con Él; la dignidad del ministro (mayor o menor) no tiene en sí mismo importancia.

C) Que la Iglesia comunica al hombre

Los sacramentos fueron entregados por Cristo a la Iglesia para que los administrara al hombre. La Iglesia como cuerpo, teniendo a Jesucristo como cabeza, toma los sacramentos como savia que alimenta a todos los miembros de la misma. La Iglesia como institución tiene la obligación de proporcionar los sacramentos a todos aquellos que lo soliciten, y los administrará de acuerdo al Derecho Canónico de la misma.

D) Mediante signos sensibles

El hombre necesita algo material para convencerse, darse cuenta, sentir la presencia de Dios, por tanto la Iglesia, para administrar los sacramentos, utiliza signos para que el hombre pueda darse cuenta de que está recibiendo el sacramento. Así cada uno de los sacramentos utiliza medios visibles o sensibles para que el católico sienta el Amor de Dios en su propia vida.
Recibir un sacramento no es igual que aceptar una medalla como ‘algo bueno que se acostumbra’, sino que es un encuentro libre y personal con Cristo resucitado. Siendo un encuentro personal con Cristo, para recibir el sacramento es necesario tener fe, conocer lo que se comunica y quererlo recibir.
Algunos sacramentos se reciben una sola vez en la vida, tal es el caso del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, que “confieren un carácter sacramental o sello, por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos”.
Cuando la Iglesia celebra un sacramento, es el mismo Cristo quien actúa por medio del Espíritu Santo. Es por eso que los sacramentos tienen una eficacia absoluta. No dependen de la justicia del ministro y de quien lo recibe, sino del poder de Dios.

El ministro o sacerdote pudiera ser indigno, pero la acción sagrada es obra del Espíritu Santo. O bien el sujeto puede ignorar lo que está sucediendo (por ejemplo en el Bautismo de un bebé) o estar inconsciente (por ejemplo la Unción de los Enfermos). Esto debe hacernos reflexionar en lo equivocada que está la actitud de aquellos que se alejan de los sacramentos o de la Iglesia por algún mal testimonio de un sacerdote o un simple mal trato. Si el sacerdote es un santo, qué mejor, pero en último caso, lo que es importante es la gracia que el sacramento nos confiere.


Sacramentales
Son signos sagrados creados según el modelo de los Sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Se aplican a necesidades y a situaciones menos importantes que los sacramentos; no tiene  de por sí la gracia santificante, se apoyan directamente en la eficacia de la Oración de la Iglesia. Se abusa de ellos cuando se toman como cosas mágicas y no se usan con fe. También es abuso si en la práctica se les da más importancia que a los mismos sacramentos. Podemos mencionar varios sacramentales, tales como los Exorcismos en el Bautismo; las Bendiciones o consagraciones de objetos religiosos; el Uso indiscriminado de agua, velas o imágenes benditas y la Ceniza del primer miércoles de Cuaresma.

9. Los Ornamentos Litúrgicos


Los vestidos, además de su función protectora y estética, pueden tener una intención simbólica: no es indiferente el vestido de una novia, o el de las autoridades, o el de uno que está en una fiesta o de luto, o el hábito de una u otra familia religiosa. En la Biblia, el vestido blanco es, por ejemplo, el vestido del anciano que ve Daniel, el de los ángeles en las apariciones pascuales o el de los vencedores del Apocalipsis.

También en la celebración litúrgica juega la vestidura un papel no indiferente. A veces son los fieles los que se revisten de un modo especial: es claro el simbolismo del vestido blanco que se impone al recién bautizado, y que es los primeros siglos conservaban desde la Vigilia Pascual hasta el domingo siguiente. La “toma de hábito” de los religiosos (o por el contrario “colgar los hábitos”), expresa con el cambio de vestidos la nueva situación de la persona, como se hace en la vida social con la “investidura” en un cargo determinado, por ejemplo, de juez o de catedrático. Sigue siendo verdad que “el hábito no hace al monje”, pero tampoco es indiferente cómo va vestida una persona. Basta ver la viva discusión sobre el vestido en las primeras comuniones. Pero sobre todo son el presidente y los otros ministros de la celebración los que se revisten de modo simbólico para su ministerio.  Ya en la liturgia de los judíos se concedía importancia –a veces excesiva– a estos vestidos, como signo de carácter sagrado de la acción, de la gloria de Dios y de la dignidad de los ministros.

En los primeros siglos no parece que los ministros cristianos significaran tal condición con vestidos diferentes, ni dentro ni fuera del culto. En todo caso, lo hacían con vestidos normales de fiesta, con las túnicas romanas largas. Cuando éstas dejaron de utilizarse en el uso civil, fue general la costumbre de conservarlas en el culto, y de ahí se originó la diferenciación, que por otra parte parecía lógica y resultó bastante espontánea para subrayar la pedagogía de la acción sagrada. Eso sí, se llegó a una exagerada “sacralización”, y también al uso que hasta nosotros ha permanecido de llamarles “ornamentos” sagrados.

Ahora la vestidura litúrgica básica para los ministros es el alba, la túnica blanca, con forma lo más estética posible y a medida de la persona. Sobre ella los ministros ordenados se ponen la estola, y el que preside la Eucaristía, además la casulla. Otros vestidos son la dalmática, que caracteriza al diácono, y la tunicela, que utilizaban los subdiáconos. El roquete se usa sobre la sotana en algunas celebraciones. El velo humeral, la capa pluvial y algunos distintivos pontificales como el palio, son otros de los vestidos que se usan en la liturgia. El que los ministros se revistan de un modo diferenciado en la celebración no tiene una finalidad en si misma, como si estos vestidos fueran algo sagrado. Tienen una función pedagógica:

  • Distinguen las diversas categorías de ministros, identificándolos según el ministerio que realizan para con la comunidad.

  • Contribuyen al decoro y a la estética festiva de la celebración, según la gradualidad de las solemnidades y el color de los tiempos litúrgicos.

  • Y ayudan a entender el misterio que celebramos: no se trata de una acción profana, sino sagrada, y los ministros no son sólo amigos o líderes, sino ministros de la Iglesia y representantes de Cristo. A los primeros a los que hace bien ir revestidos litúrgicamente es a los mismos ministros, porque les recuerda su condición de ministros y servidores, en nombre de la Iglesia y de Cristo.

Alba
Del latín “alba”, “blanca”. Es el vestido que se considera básico para todos los ministros en la celebración litúrgica, desde los acólitos hasta el presidente. Deriva de las túnicas antiguas, blancas, hasta los pies, que se perdieron en el uso civil, pero que se consideró que podían utilizarse simbólicamente en el culto, expresando con el vestido diferente de los ministros la diferencia entre la vida la vida profana y la celebración. En todas las culturas religiosas, para el ejercicio del culto se quiere simbolizar la pureza de los ministros, y en muchas de ellas precisamente con el color blanco. El blanco es signo también de victoria y de resurrección.

Alba

El alba se utiliza con cíngulo a la cintura, a no ser que ya quede por sí bien adherido al cuerpo, y con el amito que cubre el cuello, a no ser que ya tenga el alba por su forma. Esta vestidura blanca también tiene un sentido bautismal. El domingo de Pascua, o sea, en la octava de la Resurrección, se solía deponer el “alba”, el vestido blanco que habían recibido los neófitos en su bautismo en la Vigilia Pascual, como símbolo de su resurrección en Cristo. Por eso este domingo se llamó “dominica post albas”, y más tarde “dominica in albis”, se entiende “in albis depositis”, depuestos ya los vestidos blancos, mientras que el sábado anterior era sábado “in albis deponendis”, los vestidos “por deponer”.

Amito
Del latín “amictus”, de “amicio, amicire”, rodear, envolver. Se llama así a la pieza de lienzo blanco, rectangular, a modo de pañuelo de hombros, que visten los ministros de la liturgia debajo del alba. Se ata a la cintura con unas tiras o cintas cruzadas. A veces tiene forma de capucha, adornada o no con  cruces u otros diseños, que luego sobresale por encima de los otros vestidos (alba y casulla). Puede tener la finalidad práctica de preservar del sudor al alba. Pero sobretodo se le aprecia el valor estético: cubrir más elegantemente el cuello. Sin embargo, se puede prescindir del amito si ya el alba cuida de esta estética por forma.

Báculo
“Báculo” viene del latín “baculum, baculus”, en diminutivo “bacilus”, que significa bastón, cayado. En sentido figurado y simbólico pasó a indicar “apoyo”, por su función de ayuda para camina, y sobretodo “autoridad”, por el paralelo con la vara o bastón con que el pastor guía y gobierna a su rebaño. En el Salmo 22, 4 se alude a esta ayuda de Dios: “tu vara y tu cayado me sostengan”. En Gn. 49, 10 se anuncia que “no se irá de Judá el báculo, el bastón de mando” (también Jr. 48, 17). En muchas culturas el báculo significa desde antiguo la autoridad del gobernante en sus diversas modalidades: desde el cetro del rey hasta la vara de mariscal o el bastón del alcalde. En el ámbito eclesiástico el báculo pasó a ser la insignia simbólica del obispo como pastor de la comunidad cristiana. En la liturgia hispánica, ya en el siglo VII. En Roma, más tarde, tal vez en el IX.

BáculoEl obispo recibe el báculo el día de su ordenación, como uno de los signos explicativos de su ministerio: “por la entrega del báculo pastoral, se pone de manifiesto su función de regir la iglesia que le ha sido encomendada” (Ritual 26). Cuando lo recibe escucha estas palabras: “recibe el báculo, signo de pastor, y cuida de toda tu grey, porque el Espíritu Santo te ha constituido obispo para que apacientes la Iglesia de Dios”. El obispo porta el báculo en la mano, cuando preside una celebración solemne de su comunidad, en la procesión de entrada, durante la proclamación del evangelio y para la bendición final. También el abad recibe y utiliza este mismo signo como símbolo de su función pastoral.

Capa Pluvial
Capa PluvialLa capa (del latín tardío “cappa”, de “capere”, coger, contener) es una ropa larga sin mangas, a modo de manteo o manto, circular, abierto, que se emplea sobre todo fuera de casa.

Los obispos pueden vestir la “capa magna” en las solemnidades en su diócesis. Pero la capa más empleada en liturgia es la capa pluvial (de lluvia), que diversos ministros (presbíteros, clérigos, monjes) visten, con capucha o sin ella, con un broche en la parte delantera. Lo hacen sobre todo en las procesiones, dentro o fuera de la iglesia, y en otras celebraciones como el Oficio Divino, la bendición con el Santísimo o la bendición de las campanas. 

Casulla
En latín casulla significa casa pequeña o tienda. Se dice de la vestidura que el sacerdote se reviste por encima del alba y la estola, a modo de capa o manto amplio, abierta por ambos lados y con un hueco para la cabeza. En la historia ha tenido formas nobles y amplias, derivadas del manto romano llamado pénula. La casulla es la vestidura que caracteriza al que preside la Eucaristía. Uno de los gestos complementarios de la ordenación del presbítero, es la investidura de la casulla.

Cíngulo
CínguloLa palabra latina “cingulum” viene de “cingere”, ceñir. El cíngulo o ceñidor es un complemento necesario para ciertos vestidos amplios como la túnica o el alba, para ceñirlos mejor a la cintura y facilitar el movimiento.

A veces tiene forma de cordón y otras de cinta más o menos anchas. Los orientales usan la “zona”, más adornada y colorista. Actualmente los ministros que usan alba se ponen el cíngulo, a no ser que ya de otro modo, por la forma misma del alba, se provea a su estética y funcionalidad.

Conopeo
Del griego “konopeion”, que viene a ser como un velo o mosquitera. Es el velo que a modo de tienda cubría el sagrario donde se reserva la Eucaristía. Se solía utilizar una tela de los colores litúrgicos propios del tiempo o la fiesta. También, en menor tamaño, se utilizaba para el copón o píxide, igualmente a modo de manto o tienda. Ahora el conopeo es facultativo.

Corporales
El corporal es un lienzo cuadrado que se sitúa a partir del ofertorio en el altar, para depositar el pan y el vino de la Eucaristía.

El nombre viene del Cuerpo del Señor, que va a reposar sobre este lienzo en la Eucaristía; así como en la adoración al Santísimo, si se hace sobre el altar. También se puede colocar sobre una mesita cuando se lleva la Comunión a los enfermos.

Dalmática
En Roma, ya en los siglos II – III, se llamó dalmática a una túnica blanca exterior, con mangas anchas y adornadas de varias maneras, por ejemplo con dos franjas verticales púrpuras. Provenía de Dalmática y se convirtió en un vestido propio de senadores y otras personas distinguidas. Muy pronto pasó al uso cristiano: en las catacumbas se ven figuras de “orates” con dalmática. A partir del siglo IV se hizo característica de los obispos y más tarde también de los diáconos, y así aparecen representados en algunos mosaicos. En la ordenación de diáconos un gesto complementario del sacramento es la imposición de la dalmática. Los diáconos la visten sobre el alba y la estola cuando ejercen su ministerio, sobre todo en las celebraciones más festivas. También los obispos pueden seguir con la costumbre de vestir la dalmática debajo de la casulla.

EstolaEstola
La estola es una tira de tela, más o menos entre quince y veinticinco centímetros de anchura, blanca o de colores, que pende del cuello. En el uso latino antiguo se empleaba a veces para designar vestidos significativos o simbólicos: así se habla de que los bautizados van vestidos de estolas blancas (“stolis albis candidi”), o que los mártires van vestidos de la estola de la gloria inmortal. La estola es común en todos los ministros ordenados. Con la diferencia de que los sacerdotes se la cuelgan en torno a los dos hombros, sobre el alba y bajo la casulla, cayendo sus extremos en paralelo, y los diáconos se la visten cruzada, “a la bandolera”, desde el hombro izquierdo hacia la derecha.

Es, por tanto, un distintivo de los ministros y a la vez un adorno que resalta la función sagrada que realizan. Se ponen la estola también para distribuir la comunión o para sentarse en la sede penitencial. En la ordenación del diácono uno de los gestos complementarios es la imposición de la estola.

Manutergio
Es un lienzo blanco de forma rectangular con el que el sacerdote se limpia los dedos en señal de purificación después de haber presentado el pan y el vino en el ofertorio.

Mantel
MantelSe llama mantel en la liturgia, como en el uso de la mesa familiar, al lienzo que cubre el altar, en señal de respeto a la mesa en la que Cristo nos invita a comulgar: “por reverencia a la celebración del memorial del Señor y al banquete en que se distribuye el Cuerpo y Sangre del Señor, póngase sobre el altar por lo menos un mantel, que, en forma, medida y ornamentación, cuadre bien con la estructura del mismo altar”, lo cual vale también cuando se celebra en otro lugar en que no haya exactamente un altar, sino una mesa. Suele ser blanco, pero admite adornos o franjas de otro color. Antes se utilizaban tres, pero ahora basta con uno. El ambón, al igual que el altar, usa un mantel.

Mitra
En griego, “mitra” puede significar una toca o gorro  para la cabeza, a modo de tiara, cinturón o diadema. En el Antiguo Testamento aparece varias veces hablando de los sacerdotes (Ex 29, 9; 39, 28-31): algunas biblias lo traducen como “turbante” o bien por “birreta”. Parece que era de origen persa, y luego de uso romano, el que algunas personas distinguidas, como signo de honor y nobleza, se pusieran este gorro. Pasó con naturalidad al uso eclesiástico, primero reservado al papa y luego (a partir del siglo X-XI) concedido a los obispos y abades. Al principio parece que fue en forma de copa,  de poca altura (unos 20 centímetros) y luego puntiagudo, con las puntas hacia arriba, de mayor altura (hasta 50 centímetros) y dos cintas o tiras de tela que cuelgan por detrás, que reciben el nombre de Ínfulas.

MitraActualmente la mitra es característica de los obispos y de los abades mitrados. El ritual de la ordenación episcopal no acompaña la imposición de la mitra con ninguna fórmula, pero en la introducción (n. 26) interpreta su simbolismo como el “esfuerzo por alcanzar la santidad”. Los obispos suelen tener una mitra más sencilla, y otra más adornada llamada “preciosa”, según la gradación de la fiesta. El obispo o el abad se ponen la mitra en los momentos más significativos de las celebraciones que presiden, como la entrada y la salida, la homilía y la bendición final, mientras que no lo hacen, por ejemplo, delante del Santísimo expuesto.

Palia
Cubierta del cáliz de forma cuadrangular, que, según las rúbricas, debe ser de tela y bendecidse. Consta de una sola pieza en forma planchada, o bien de dos piezas de telas en forma de carpeta, cocidas una con otra y en medio de un cartón, o bien una pieza sencilla de tela con un cartón fijo en sus cuatro esquinas, con hilo de seda blanca o de color, pero nunca negro. En un principio el cáliz se cubría con uno de los lados del corporal; pero, por razones de comodidad, se sustituyó en muchos lugares, hacia la mitad del siglo XII, por un corporal plegado; pero todavía en el siglo XV se practicaba la costumbre antigua, sobre todo en Francia, de cubrir el cáliz con el corporal. La palia tomó su forma de corporal doblado que cubría el cáliz desde la edad media, especialmente en el siglo XVI. La palia según su origen no es otra cosa que el corporal; por eso se debe bendecir y debe ser de la misma tela que el corporal.

Palio

  1. El palio es una insignia que actualmente llevan en torno a su cuello sobre todo los arzobispos en las celebraciones más solemnes. Es una tira de tela blanca, con seis cruces, que cuelga del cuello sobre los hombros, a modo de collar o bufanda, con dos puntas que caen una por delante y otra por detrás. En el imperio romano era un distintivo para los que el emperador quería honrar, y luego pasó a honrar al papa y a los obispos  a quien el papa se lo concedía. Hoy se impone a los arzobispos como “signo de la autoridad metropolitana y símbolo de unidad y estimulo de fortaleza”. En oriente hay una insignia análoga, el “omophorion”, más adornado, pero que llevan todos los obispos. Desde hace siglos existe la costumbre de enviar además el palio desde Roma a los patriarcas y metropolitas orientales católicos.

En el Ceremonial de los Obispos se describe el rito de la imposición del palio dentro de la ordenación episcopal, después del anillo y antes de la mitra, y si no, en la misa de recepción del obispo en su diócesis al principio de la celebración.

  1. También se llama “palio” al dosel, aguantado por cuatro o más varas, que se acompaña al Santísimo en las procesiones eucarísticas, como es por ejemplo el Jueves Santo en el momento de trasladar solemnemente la Eucaristía al final de la celebración.

Purificador
PurificadorDel latín “purum- facere” que significa purificar. Se llama purificador al pañito blanco que se utiliza para purificar los dedos, purificar el cáliz, la patena después de la comunión. También sirve para limpiar la cruz cuando es besada.

Solideo
De las palabras latinas “soli Deo”, “sólo a Dios”, se llama “solideo” al casquete de seda o tela ligera que se ponen algunas personas tapando la coronilla de la cabeza. Empezó a generalizarse su uso hacia el siglo XIV. Al principio cubría toda la cabeza. Fue en la época barroca cuando se redujo a su actual forma redonda y pequeña. Se distingue ahora por su color: el papa usa solideo blanco. Los cardenales, rojo. Los obispos, morado. Otros prelados y clérigos, negro.

No se utiliza sólo en las celebraciones, sino también fuera. Durante la Eucaristía se quita al empezar el prefacio de la Plegaría Eucarística para volvérselo a poner después de la comunión. Hace honor así a su nombre de “soli Deo”, “sólo ante Dios” se quita. También se retira para la adoración de la Cruz el Viernes Santo.

Sotana
La palabra viene del latín subtana, o subtanea, de subtus, que significa debajo. Y se llama así a la vestidura talar (hasta los talones de los pies), que sin embargo no se lleva debajo, sino precisamente es lo que se ve. Es normalmente negra, pero en muchos casos es también blanca o roja o de otros colores, se ajusta al cuerpo, y con mangas estrechas. No ha sido exclusiva de los sacerdotes: también los sacristanes, los coristas o los monaguillos pueden llevarla. En la celebración litúrgica, se tiende a llevar alba, que es el equivalente en blanco.

Velo o Paño Humeral.
“Humeral” viene del hueso del brazo llamado “humerus”, entre el codo y el hombro. Es el velo que se pone sobre los hombros el que lleva, por ejemplo, el Santísimo en una procesión. Suele ser un velo de unos dos metros de longitud y más de medio metro de anchura, sujetado por delante con un broche, que cubre los hombros y con cuyas puntas se toma la custodia o el copón, con el clásico gesto de no tocar con las manos algo que se considera muy digno de reverencia como la Eucaristía. El ritual del culto eucarístico lo prescribe para dar la bendición con el Santísimo: “cuando la exposición se ha hacho con la custodia, el sacerdote y el diácono pónganse además la capa pluvial y el velo humeral de color blanco: pero si la bendición se da con el copón, basta con el velo humeral”. También se usa cuando la Eucaristía se lleva en procesión, como el Jueves Santo para la reserva, o el Viernes Santo para volverla a traer al altar, o el día del Corpus, o en la dedicación de una iglesia.

 

10. Sacramentos de Iniciación Cristiana

Siguiendo la analogía con la vida natural, que tiene en su origen, crecimiento y sustento, la Iglesia llama Sacramentos de Iniciación Cristiana al Bautismo, la Confirmación y a la Eucaristía. En efecto, los fieles nacen a la vida de la Gracia por el Bautismo, se fortalecen en la Confirmación y son alimentados con el manjar de vida eterna de la Eucaristía.

10A - Bautismo

La palabra Bautismo viene del griego «Baptizein» y significa “sumergir” o “lavar”. Sabemos que Juan Bautista daba el bautismo a todos aquellos que aceptaban su predicación de cambio de vida. El mismo Jesucristo empezó su ministerio público recibiendo este mismo bautismo de Penitencia (cf Jn 3, 22. 26; 4, 1-2; Lc 3, 16).

Cristo no quita el símbolo del agua, sino que además participa el Espíritu Santo que capacitará a entrar en el Reino de los Cielos (cf Jn 3, 5). San Pablo compara el Bautismo con el paso por el Mar Rojo por los israelitas, ya que este nos libera de la esclavitud del pecado: terminamos de pertenecer al reino de Satanás y empezamos a ser parte del Reino de Dios.

Cristo nos presenta el Bautismo como una necesidad para salvarse y no como cosa opcional (cf Mc 16, 15-16). El Señor pone como condición la fe para recibir el bautismo. Esta fe la presenta como fruto de la predicación. No se puede bautizar a una persona que no conozca la Palabra de Dios y que, por ende, no tenga fe.

Efectos del Bautismo

  1. Nos otorga la dignidad de Hijos de Dios. El que ha recibido el Bautismo, por haber sido unido a Cristo, es constituido Hijo de Dios (cf Ga 3, 26-27)
  2. Nos unea Cristo. El Bautismo nos permite vivir con él y experimentar los beneficios de su muerte y resurrección (cf Rm 6, 4-8)
  3. Nos hace templos vivos del Espíritu Santo. (cf 1 Co 3, 16-17; Rm 5, 5)
  4. Nos hace hombres de mentalidad nueva. Porque adquiere una nueva y trascendental dignidad: es hijo de Dios por la unión con Cristo (cf Ef 5, 7-9)
  5. Nos constituye Sacerdotes, Profetas y Reyes. Esta triple dignidad es debido a que: nos capacita ofrecer al Señor el sacrificio de todo lo que somos y tenemos; nos da la capacidad de hablar en el Nombre de Dios; y somos capaces de decidir sobre nuestra vida y abdicar a Cristo en cuanto Él lo pide
  6. Nos integra a la comunidad que es la Iglesia. Al ser incorporados a Cristo automáticamente estamos unidos a otros bautizados, lo que trae consigo es la formación del cuerpo místico de Cristo: la Iglesia.

Nociones prácticas
Cualquier persona puede bautizar en un momento de necesidad, no es necesario llevar al niño a la iglesia en el caso de peligro de muerte. Únicamente es suficiente que se toque con agua en cualquier parte del cuerpo del pequeño y decir la frase: «Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén». Por deseo expreso de la Iglesia al niño se le debe imponer un nombre cristiano.

Los padrinos de Bautismo
Es tan importante garantizar el crecimiento en la fe del bautizado, que la Iglesia pide a los padres tengan el auxilio de los padrinos, cuyo papel puede llegar a ser de suma importancia. Estos deben ser personas auténticamente católicos, capaces de dar un valedero testimonio cristiano ante sus ahijados. Por lo tanto quedan excluidas aquellas que viven en amasiato o las que de alguna manera serían un mal ejemplo o motivo de escándalo.

10B - Eucaristía

La palabra Eucaristía es de origen griego «Eukaristia» y quiere decir “Acción de Gracias”, fue llamada así porque Jesucristo la instituyó usando el rito judío de acción de Gracias. Hoy día se usa el nombre de “Misa” para designar la celebración eucarística y litúrgica. El otro nombre que se le da es: “Comunión”. Se usa para indicar la común / unión con Cristo.

Institución de la Eucaristía
En el relato del evangelista Lucas (cf Lc 22, 19-20) notamos lo siguiente:

  1. Cristo les dice que coman su cuerpo y beban su sangre: esto quiere decir que Él acaba de hacer un gran milagro de transformación (en el concilio se le denomina transubstanciación).
  2. Al decir Jesús “Hagan esto en memoria mía” da una orden y confiere poderes para hacerlo
  3. Mediante la sangre de Cristo se firma el Nuevo Pacto entre Dios y los hombres

Recibir al Señor en la Eucaristía es unirse a Él y por su medio unirse a quienes lo reciben. El pan de Eucaristía une a todos los hombres entre sí en una sola familia que es la Iglesia. Solamente por la participación en la Eucaristía se pasa del estado de “Iniciación” al estado de “Madurez” cristiana.

Nociones prácticas

  1. Para comulgar no es necesario confesarse antes si uno NO tiene pecados mortales. En caso contrario, se obliga la confesión o la absolución general
  2. Es necesario UNA hora de ayuno
  3. La santidad, la solemnidad, el respeto y el gozo de tan sublime momento impone igualmente compostura y vestido adecuados
  4. La comunión debe administrarse dentro de la Misa, exceptuando en los casos de enfermedad se está permitido que se lleve la comunión a la casa del enfermo
  5. Se puede comulgar dos veces en un mismo día sin considerarse abuso del sacramento si y solo si se participa nuevamente y con fervor en la celebración eucarística.

10C - Confirmación

La confirmación es el sacramento que “confirma” los efectos del Bautismo y participa de manera especial el Espíritu Santo.

Efectos de la Confirmación

  1. Nos vincula más estrechamente a la Iglesia. Comenzamos a entender qué es la Iglesia y a ser parte realmente de ella

  2. Nos enriquece con la fuerza especial del Espíritu Santo. Nos hace comprender la gran necesidad que tenemos de él para poder vivir nuestra vocación de hijos de Dios
  3. Quedamos obligados a difundir y defender la fe. No se trata de vivir solamente como “buenos cristianos”, sino de ser apóstoles del mensaje que salva
  4. Como verdaderos testigos de Cristo. Las pruebas de la existencia de Dios nos las da el Espíritu Santo

Nociones prácticas

  1. Solo es capaz de recibir la confirmación todo bautizado aun no confirmado y solo él

  2. Se ha de administrar el sacramento en torno a la edad de la discreción, variable para cada diócesis
  3. El ministro oficial es el obispo, sólo en casos especiales el párroco
  4. l elemento material que ha de emplearse es el santo crisma: una mezcla de aceite de oliva (simboliza el resplandor de la buena conciencia) y bálsamo (que simboliza el olor de la fama).
Los padrinos de la Confirmación
El candidato debe buscar la ayuda espiritual de un padrino o madrina, preferentemente los mismos del Bautismo, subrayando la unión entre los sacramentos. Como en el caso del Bautismo, el padrinazgo comporta un serio compromiso ante Dios: dar testimonio ante el ahijado de un catolicismo profundo y verdadero, velar por el crecimiento en la fe y rectitud en las costumbres de aquel que han aceptado como casi-hijo. Ante Dios los únicos padrinazgos que crean parentesco espiritual son los del Bautismo y la Confirmación. Los demás son e
n realidad de tipo social a las que los mexicanos somos muy dados.

 

11. Sacramentos de Servicio a la Comunidad

Todos los sacramentos fueron instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para la santificación de sus seguidores pero estos dos los hacen mediante el servicio que prestan a los demás. Aquéllos que ya fueron consagrados por el Bautismo y la Confirmación para ejercer el sacerdocio común de todos los fieles, pueden recibir consagraciones particulares. Los que reciben el Orden son consagrados para en el Nombre de Cristo ser pastoresde la Iglesia con la Palabra y con la Gracia de Dios. Los llamados al Matrimonio son fortificados y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado (CIC 1535; LG 11; GS48, 2).

11A - Orden Sacerdotal

Mediante el sacramento del Bautismo quedamos incorporados a Cristo y participamos de su sacerdocio. Cada cristiano es sacerdote, profeta y rey en el sentido verdadero de estas palabras. De entre los fieles, algunos son elegidos y consagrados especialmente como ‘servidores de Cristo’ y encargados suyos para administrar las obras misericordiosas de Dios (cf 1 Co 4, 1). Estos son los sacerdotes de la comunidad cristiana.

El sacramento del Orden Sacerdotal es la imposición de manos, hecha según la práctica de los apóstoles para transmitir el ministerio sacerdotal en sus distintos grados: Episcopal, Presbiteral y Diaconal.

Grados del Sacramento del Orden

Episcopal (Obispos), entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los Obispos que, a través de una sucesión que se remonta al principio, son los transmisores de la semilla apostólica. El Obispo está destinado para santificar, enseñar y gobernar a los fieles (CIC 1555 y 1558; LG 20).

Presbiteral (Sacerdotes), es ordenado para anunciar el Evangelio a los fieles, dirigirlos y para celebrar el culto divino. Están unidos al Orden Episcopal y participan de la autoridad y poderes con los cuales Cristo construye, santifica y gobierna la Iglesia (CIC 1563 y 1564; LG 28).

Diaconal, les corresponde, entre otras cosas, asistir al Obispo en la celebración de los sagrados Misterios, sobre todo en la Eucaristía y en la distribución de la misma. Pueden asistir al matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias, bautizar, etc.

 

11B - Matrimonio

Para asegurar la perpetuidad de la especie humana sobre la Tierra, Dios quiso en su Providencia Divina, dotar al hombre principalmente de dos instintos: el de supervivencia, que lleva al hombre a cuidar, defender y conservar su vida; y el de reproducción que conserva la vida humana.

La vocación del matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer según salieron de la mano del Creado. La Sagrada Escritura asegura que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro (cf Gn 1, 27 – 28; 2, 18). La mujer, “carne de su carne”, es la creatura más semejante al hombre, le es dada por Dios como un auxilio.

En el texto de Gn 2, 18 – 25, leemos: “Por eso el hombre deja a su Padre y a su Madre, y se une a su mujer, de manera que ya no son dos sino una sola carne”, eso significa una unión indefectible de sus dos vidas.
           
En este libro del Génesis vemos cómo el pecado tiene como consecuencia el primer rompimiento de la comunión original entre el hombre y la mujer; sus relaciones quedan distorsionadas por reproches recíprocos; su atractivo mutuo, don del Creador se cambia en relaciones de dominio y concupiscencia, la hermosa vocación de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra, queda sometida a los dolores del parto y a los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3, 1 – 19).

En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador a las penas que son consecuencia del pecado pues constituyen al mismo tiempo, remedios que limitan los daños del pecado, porque ayudan al matrimonio a vencer el egoísmo, la búsqueda del propio placer y obligan a abrirse al otro, a la ayuda mutua, el don de sí.

La máxima novedad del matrimonio cristiano consiste en que la unión conyugal entre los bautizados representa la Unión de Cristo con la Iglesia (cf Ef 5, 22 – 33). El matrimonio es la consagración del amor que une el corazón de un hombre y de una mujer. El amor es la razón exclusiva del matrimonio. El amor verdadero no admite límite alguno ni de tiempo ni de espacio.

Elementos del Sacramento del Matrimonio

  • Los contrayentes son al mismo tiempo ministros y sujetos, el sacerdote interviene como testigo oficial de la Iglesia

  • El signo sensible como de todo sacramento comprende:
    • Materia: los cuerpos de los contrayentes
    • Forma: las palabras con las que los contrayentes aceptan la unión

Condiciones para la validez del Matrimonio

  • Tener los sacramentos de Iniciación Cristiana

  • El consentimiento mutuo en completa libertad

  • La presencia del sacerdote y dos testigos

  • Que no haya impedimento

Impedimentos
Es impedimento si:

  • Alguno de los contrayentes fue casado por la Iglesia anteriormente

  • Alguno de los contrayentes es menor de edad
  • Existen indicios de rapto
  • Existen indicios de violencia
  • Hay una línea recta de consanguinidad
  • Uno de los contrayentes está preso

Características del Matrimonio Cristiano

Unidad e indisolubilidad del Matrimonio
Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y sobre todo por el Sacramento de Cristo es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y por lo tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio (GS 49; cf Mt 19, 3 – 12).

Fidelidad
El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero, esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos, exige la fidelidad de los cónyuges y urge su indisoluble unidad (GS 48 – 1; CIC 1646).

Fecundidad
La fecundidad es un don, un fin del matrimonio pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño viene de fuera a añadirse al amor mutuo de esposos. El hijo no es un derecho, es el don más excelente del matrimonio, es una persona humana con un destino eterno. El hijo no puede ser considerado como objeto de propiedad (DV; CIC 2366 y 2378).

Ofensas a la Dignidad del Matrimonio
En contra de la Unidad

  • Poligamia, contradice la unión conyugal, niega directamente el designio de Dios tal como nos es revelado

  • Incesto, relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio

  • Unión libre, cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica intimidad sexual

  • Unión a prueba, no garantiza que la sinceridad y la fidelidad de la relación queden aseguradas en contra de los vaivenes y veleidades de las pasiones

En contra de la fidelidad

  • Adulterio, quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta en contra de la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen

  • Divorcio, destruye la fidelidad y el amor de los casados, destruye el hogar, destruye a los hijos y el deseo de tenerlos, es una injusticia para el hombre o la mujer que queda expuestos sin remedio al adulterio

En contra de la fecundidad

  • Anticonceptivos, píldoras, dispositivos, jaleas, condones, etc.

  • Mutilaciones, vasectomía, castración, ligadura de trompas, extracción de los ovarios, etc.

  • Aborto, asesinato de un bebé en cualquier etapa del embarazo

 

Cuestiones prácticas
Sobre la celebración del matrimonio
El matrimonio puede llevarse a cabo válidamente sólo ante dos testigos cuando el párroco, el Obispo o un sacerdote autorizado no puede acudir durante u mes, o uno de los contrayentes esté en peligro de muerte.

Sobre el divorcio
Por ser el matrimonio indisoluble, no se admite el divorcio. Pero, dadas las circunstancias graves, es posible, y a veces aconsejable, la separación. Los esposos bien casados, que viven separados, no pueden volverse a casar, mientras uno de ellos viva

Sobre la nulidad del Matrimonio
La Iglesia no tiene el poder para disolver el matrimonio correctamente celebrado. Distinto es el caso cuando se declara “nulo”.

Cuando la Iglesia prohibe el matrimonio
Prohibe (o advierte), la Iglesia, el matrimonio de una persona católica con:

  • Una persona bautizada, no católica

  • Con un apóstata de la fe cristiana

  • Con una persona no bautizada

Criterios de disolución del matrimonio
En algunos casos específicos la Iglesia aplica su poder de “atar y desatar”, que le fue otorgado por Cristo (cf Mt 16, 19), si así conviene a la salvación de las personas que están en causa. Así que disuelve el matrimonio:

  • Entre bautizados que no ha alcanzado su postrera firmeza por el acto sexual

  • En caso de que uno de los contrayentes se decida por los votos solemnes en una orden religiosa o por una vida de entrega inmediata a Dios

  • Entre dos no bautizados cuando unos de ellos se convierte y se hace bautizar, si para este es problema vivir su nueva fe, le anula el anterior matrimonio y lo faculta para volverse a casar

  • Entre un bautizado (por lo general no católico) y uno no bautizado a favor de uno de los cónyuges que se hace católico

¿Puede un católico actuar como juez o abogado de un divorcio civil?
Sí, siempre y cuando no defienda los principios del divorcio y se guíe por el deseo de remediar el mal en lo posible.

 

12. Sacramentos de Curación

La vida de la Gracia, que es infundida en nuestras almas por el Bautismo y que crece y se nutre por los sacramentos de Iniciación Cristiana está, sin embargo como dice San Pablo: “en vasos de barro” (2 Co 4, 7) y sometida a sufrimiento, enfermedad y muerte. La vida nueva de hijos de Dios, puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado. Nuestro señor Jesucristo, conocedor de la debilidad humana nos dejó dos sacramentos para curar y salvar nuestras almas del pecado.

12A - Penitencia

Se le llama de diferentes formas, cada una teniendo distinto significado:

  • Se le denomina sacramento de Conversión porque realiza la llamada de Jesús a la conversión (cf Mc 1, 15), la vuelta al Padre (cf Lc 15, 18) del que el hombre se había alejado por el pecado.

  • Es llamado sacramento de la Confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. (cf 1 Juan 1, 8-9) En un sentido profundo este sacramento es también una “confesión”, reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.

  • Se le llama sacramento del Perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente “el perdón y la paz” (cf Juan 20, 23).

  • Se le denomina sacramento de Reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia: “Déjense reconciliar con Dios” (2 Co 5, 20). El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto para responder a la llamada del Señor: “Ve primeo a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5, 24).

  • Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador (cf Lucas 19, 8).

La penitencia fue instituida por Jesucristo, cuando dio poderes a los apóstoles de perdonar pecados (cf Jn 20, 23). El fundamento bíblico de este sacramento está en el poder de Cristo otorgó a todos los apóstoles y de manera especial a Pedro (cf Mt 16, 19).

El encuentro de la Penitencia es el encuentro con la Misericordia de Dios, de la cual todos tenemos grande necesidad. Si algunas personas le tienen miedo a recibir este sacramento se debe a dos motivos:

  • Por no saber que se trata del amor y no del ‘castigo’ de Dios

  • Porque sabiéndolo, no quieren llenarse de la misericordia divina, por exigir esta la renovación del hombre

Cómo confesarnos
            Son necesarias seis cosas:

  • Exámen de Conciencia, para poder decir al confesor los pecados

  • Dolor de haber pecado, disgusto por haber profanado el amor de Dios en nuestra vida

  • Propósito de enmienda, voluntad deliberada y seria de no volver a pecar

  • Confesión de los pecados, debe ser humilde y sincera

  • Absolución, es el perdón otorgado por Dios por medio del sacerdote

  • Cumplir la penitencia, es para hacernos partícipes en el acto expiatorio de Cristo

Cumplir con la penitencia que el sacerdote nos impone es de gran importancia, porque así reconocemos nuestra ‘deuda’ (culpa) y nos unimos agradecidos al que paga por nosotros.

12B - Unción de los enfermos

Consiste en la imposición de manos sobre la cabeza del enfermo y la unción del santo óleo en la frente y en las manos, por la imposición de manos se comunica la bendición, la fuerza del Espíritu Santo y se conjura contra las fuerzas del mal. La unción del óleo simboliza la salud del cuerpo y del espíritu.

Nociones prácticas
Existen dos formas de rito:

  • El enfermo está encamado y no puede ir al templo

  • El enfermo se reúne en la asamblea (Misa de enfermos)

  • Para recibir la unción es necesario estar en Gracia de Dios, es decir, ser bautizado, haber sido confesado

  • Debe estar vivo

Efectos del sacramento

  • La unión del enfermo a la Pasión de Cristo

  • El consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad

  • El perdón de los pecados

  • El restablecimiento de la salud corporal

  • La preparación para el paso a la vida eterna

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
     

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