|
_
_
_
_
_
_
_
_
_
_
|
"Por esta ventana usted tiene una
vista maravillosa de la ciudad," me escuch� decir, mientras
abr�a las cortinas. El posible comprador, un calvo flem�tico con
la amabilidad melanc�lica de los padres de familia inspeccionaba el
panorama vien�s, suspirando.
"Hay una l�nea del tren urbano. Se escuchar� en el 4to piso?"
"N�, casi no, pr�cticamente no se oye," asegur�
apresuradamente, rez�ndole al santo de los ferrocarriles que ning�n
tren inoportuno me desmintiera.
A pesar de su actitud flem�tica el hombre estaba bien despierto y
sumamente interesado. Sus dedos que parec�an salchichas manejaban
el l�piz r�pidamente, sus ojos eslavos relampagueaban en todas las
direcciones como una polaroid enloquecida. Sus preguntas inocentes
sonaban como respuestas, pero yo sab�a que hab�a picado el anzuelo.
Yo hubiera podido re�r y llorar de la alegr�a de hallar finalmente
un comprador para mi apartamento y yo ten�a mis razones.
Le segu�a nerviosamente de cuarto en cuarto y percib�a como �l le
estaba dando a cada espacio su destino y aspecto final. No es que
haya habido mucho que renovar. Empapelar algunas paredes, colocar
alfombras, llenar el sal�n de cuadros kitsch, era f�cil imaginarme
sus gustos. A nuestra derecha se abri� un cuarto especialmente
agradable e inundado de luz. No vacilaba en jugarme esta carta:
"... y aqu� ve el cuarto ideal para los ni�os ..."
".. que nunca tendremos," me interrumpi� con voz amarga.
Mi desliz me hizo sonrojar, tanto m�s que el tono del otro parec�a
indicar que sufr�a por la esterilidad de su matrimonio.
Por otra parte yo dije para mis adentros que bajo las circunstancias
existentes era mejor as�. Para no dejar morir la din�mica de la
visita, casi empuje al hombre al dormitorio. Apenas nos encontramos
en el cuarto oscurecido por cortinas pesadas, surgi� en m� la
sensaci�n de haber cometido un error fatal. A�n habr�a podido
salvar la situaci�n, aprovechar la penumbre artificial, pero n�,
algo me oblig� a acercarme al ventanal y abrir las cortinas pesadas.
El polvo levantado bail� en los rayos de un atardecer oto�al. El
comprador examinaba el dormitorio con la amibilidad tr�gica de los
que no pueden tener hijos, abri� el ventanal, alab� el panorama,
cerr� y se dispuso a abandonar el cuarto.
Ya yo me iba a felicitar, cuando de repente ocurri� lo que tanto
hab�a temido y que era - yo lo sab�a - inevitable. �l se detuvo,
su mirada se fij� en la pared al frente de la ventana y pregunt�
con curiosidad: "D�game qu� significan estas manchas extra�as!
Si casi parece la huella de una mano ..."
Todav�a nada se hab�a perdido, a�n habr�a podido satisfacer su
curiosidad con una an�cdota inocente, que este seguramente esperaba
- o desilusionarlo con un simple "Ni idea!". Sin embargo,
algo hab�a dentro de m�, algo que no se dejaba callar y que
luchaba por salir de mi garganta.
"Mire, estas manchas tienen su historia. Son por decirlo as�
las huellas de mi existencia o inexistencia, m�s bien de esta �ltima
para serle sincero ..."
El se�or me mir� sin comprender.
"... sabe, cuando usted habla de estas manchas es como si
pusiera un hierro candente en una herida abierta. A pesar de ello
quiero, debo ..."
Como pidiendo auxilio hund� mi mirada en la del comprador perplejo.
A�n habr�a podido callar, echando la culpa de mis insinuaciones
confusas a un trastorno mental pasajero, pero ya hab�a ido muy
lejos, muy lejos.
En�rgicamente, casi falt�ndole el respeto, obligu� al se�or a
tomar asiento en un sof� deste�ido, le serv� una copa de Sherry y
me qued� con la botella, de la que tom� de vez en cuando un gran
sorbo sin hacerle caso a la expresi�n estupefacta del visitante.
Mariposas de recuerdos rompieron los capullos y palabras negras y
aterciopeladas sal�an de mi boca.
"Imag�nese a un joven autor, que acaba de publicar su primera
novela en una peque�a editorial dudosa, una novela chapucera adem�s
con personas y situaciones robadas. Imag�nese pues, a m� pero con
cinco a�os menos, o m�s bien con diez, porque cada a�o vivido
desde entonces pesaba por dos, y cada d�a cuelga de mi piel. Fig�rese
mi cara rosada y suave, fuera de una barba de dos d�as que
cultivaba "a lo bohemio". Imag�nese a m� corriendo de un
recital desastroso a otro. Qu� me importaba la ausencia de un eco
calificado, mi decisi�n era firme y mi paso de vencedor.
Fue en el Caf� Zartl en la Calle Rasumofsky, donde seguramente ning�n
poeta hab�a le�do antes y nadie leer�a despu�s de m�. Debido a
mi amor al billar el caf� se hab�a convertido en mi segundo hogar
y el propietario no ten�a nada en contra de un recital, quiz�s
esperaba nueva clientela. Esper� en vano.
Un abril tard�o llov�a contra las ventanas nocturnas. Detr�s de
una mesa de m�rmol entre dos columnas inestables formadas con
ejemplares de mi obra, estaba yo sentado, fumando y algo frustrado.
El local se encontraba vac�o fuera de una pareja de lesbianas de
maquillaje oscuro que cada par de minutos hund�an unas bolas
perezosas en la mesa de billar. El camarero ya se hab�a retirado a
la cocina para leer su peri�dico sensacionalista. De vez en cuando
apareci� sacudiendo la cabeza y pesta�eando como un topo.
Ya me hab�a levantado para aplanar la arquitectura absurda
levantada sobre mi mesa, cuando se abri� la puerta y entr� una
mujer que con paso decidido se acerc� a m�. Me paralic� en mi
movimiento, mis ojos se ahogaron en el rojo m�stico de su melena
adornada de perlas de lluvia. Su mirada era oscura y prometedora,
mas a�n no sab�a interpretar su promesa. Su nombre Karla, su voz
llena y un poco borrosa como el primer tono de una flauta traversa.
Que esta mujer - como �nica - hab�a real y exclusivamente ido al
Caf� a escuchar mi recital me embriagaba y pronto cada una de mis
fibras ard�a en amor por ella. Era uno de aquellos casos donde dos
seres son destinados uno para el otro, o por lo menos lo creen as�.
Mientras el camarero limpiaba las mesas y las bolas de billar
chocaban espor�dicamente en la distancia, nosotros ya tej�amos un
di�logo sin fin.
Karla era secretaria en una editorial. Su pensamiento no era siempre
l�gico, sin embargo ella me sorprend�a a menudo con opiniones
originales. Parec�amos completarnos de manera ideal. Cuando mi
racionalidad cerraba el acceso directo a las fuentes, Karla confiaba
en su instinto para sacar agua de pozos oscuros. Cuando Karla se
perd�a en telara�as irracionales, yo separaba los hilos y le ense�aba
los misterios de la geometr�a intelectual. Pero todo esto se
desarrollaba a la sombra de la atracci�n f�sica, que ya hab�a
sentido desde el primer momento, primero con temor, despu�s con
alegr�a. Cada frase se torc�a anticipando el placer, cada palabra
era un preludio sensual.
Cuando el camarero nos sac� al aire oloroso a lluvia, Karla sab�a
casi todo de m�. Ella parec�a absorberme en cada poro, lo que a m�
me llen� de vanidad. Sin embargo yo, que tambi�n la hab�a
sonsacado seg�n mi leal saber y entender, llegu� a la conclusi�n
que la verdadera Karla no se dejaba atrapar con hechos y cifras.
En la misma noche ca�mos presa uno del otro, gimiendo nos cazabamos
a trav�s del apartamento - este apartamento - y no hab�a tregua
hasta que el sol primaveral alumbr� el dormitorio.
Pensar� usted que todo esto se hab�a dado de manera precipitada y
falta de amor. No le niego la precipitaci�n, pero nada de lo que
hac�amos, nos hac�amos, era falto de amor. Si nos dejamos encerrar
de noche en el Volksgarten para buscarnos entre los rosales, si un
bote de remo en un charco sucio del Prater se volvi� escenario de
nuestros juegos, el aire temblaba de sentimiento.
As� pas� una semana, un mes, un a�o. A�n no me explico cu�ndo
pod�a respirar, y c�mo mi segunda novela crec�a y crec�a a pesar
de aquel cuerpo blanco.
Todav�a no viv�amos juntos, pero nos junt�bamos casi a diario y
Karla ten�a llaves de mi apartamento.
Una noche de abril, yo volv�a tarde de un paseo. Ten�a mucho en la
cabeza, tambi�n algunos pensamientos m�s oscuros que de costumbre.
A d�nde iba este viaje y d�nde tendr�a su final? En las �ltimas
semanas hab�a constatado en Karla una creciente incoherencia. Al
mismo tiempo su intensidad f�sica aumentaba. Se agarraba de m� con
una desesperaci�n que yo malinterpretaba como pasi�n extrema.
Cuando abr� la puerta todo me ol�a a Karla. El apartamento estaba
en oscuras, solamente del dormitorio irradiaba una luz oscilante.
Preocupado entr� y vi a Karla. Su magn�fico cuerpo yac�a desnudo
sobre el suelo desnudo, en el centro de un c�rculo de candelas,
como una v�ctima en un altar pagano.
Un terror sin l�mites se apoder� de m�, pero de repente sus ojos
se abrieron y sus brazos se estiraron hacia m�. �Hace un a�o
exactamente te conoc�,' susurr� �amo los aniversarios.'
Aquella noche le ped� casarse conmigo y ser mi esposa y compa�era
por los siglos de los siglos, am�n. Con gran sorpresa m�a, ella
reaccion� a mi propuesta con miedo y resistencia sin poder definir
la raz�n de su actitud. Yo la califiqu� de irracional y me volv�
irracional yo mismo al reprocharle que no me amaba, que nunca me hab�a
amado de verdad y que solamente jugaba con mis sentimientos. Karla
se ech� en mis brazos, sacudida por sollozos arc�icos. Su
resistencia estaba vencida, se hizo mi voluntad.
Cuando el sacerdote pronunci� las palabras m�gicas, yo no sab�a
que con mi insistencia hab�a condenado a Karla y con ella a m�
mismo. A�n todo parec�a volver a la normalidad. Llenos de
entusiasmo decidimos ser anticuados y salimos de viaje de boda. En
el sur de Francia mi mujer parec�a haber perdido casi todas las
corrientes oscuras de su ser. Con orgullo infantil se balanceaba en
los muros asoleados de la fortaleza de Carcasonne. La abundancia de
su cabello encendido nos persegu�a en las noches. Pero nunca pod�a
dejarla sola ni por un momento, y si lo intentaba ella se agarraba
de m� con cada fibra.
Regresamos y el viento cambi�. Algo estaba pasando con Karla, algo
inexplicable y alarmante. Inmediatamente despu�s de nuestra llegada
ella hab�a renunciado a su puesto, lo que a pesar de la situaci�n
financiera precaria me llen� de alegr�a y placer anticipado. Sin
embargo, en lugar de tomar parte en mi vida o de abrirme la suya,
ella se retiraba a un letargo sombr�o. Pero apenas me pon�a los
zapatos de calle, ella me imploraba que me quedara con ella. Cuando
ced�a a sus deseos ella me llevaba al dormitorio, con la sonrisa
satisfecha de un ni�a que ha conseguido un chocolat�n. Cuando no,
ella insist�a en acompa�arme, no importaba a donde. Y a quien yo
ve�a o encontraba, �ste o esta se convert�an en su rival. Karla
interrump�a mis conversaciones, abr�a mi correos, ahuyentaba a mis
amigos a fuerza de su silencio agresivo. Se acabaron los contactos
porque me cansaba de este juego. Ya no sal�a a la calle. A cambio
de una propina considerable, la portera se ocupaba de nuestras
compras cada vez m�s escasas. Ella no provocaba los celos de mi
esposa, probablemente vio en ella una especie de robot.
No ten�a sentido discutir con ella. Apenas desaparec�a el motivo
directo, ella se deshac�a en l�grimas, pidi�ndome perd�n,
estrech�ndose tibia y olorosa contra m�. No obstante sent�a sus l�grimas
como reproche, su cambio de conducta como acusaci�n y su cuerpo
como condena.
As� pasaron los d�as y las noches y cada d�a era como una noche,
pero mil veces m�s largo. �Acaso no era comprensible que el
alcohol se volviera mi amigo y confidente? Mientras Karla segu�a
tejiendo sus man�as detr�s de su velo rojo, yo trabajaba de manera
febril y constantemente algo intoxicado en mi m�quina de escribir,
luchando con mi novela. Sin consideraci�n ni misericordia amputaba
e implantaba. Si el amor inmerecido hab�a sido la clave de la
primera versi�n, la segunda giraba alrededor de la culpa inmerecida
y de la perdici�n sin culpa. No escrib�a para la editorial, ni
para el lector, escrib�a contra la locura.
El verano produjo el oto�o. El oto�o fue rebautizado invierno. Se
derriti� la nieve en el alf�izar. Las mirlas despertaron.
Primavera. Vino marzo, vino abril.
Karla tambi�n parec�a despertar. Con confianza renovada observaba
sus ojos que se fund�an con los m�os. �Hab�a ella superado su
crisis? Mi t�mida esperanza crec�a. Entretanto yo hab�a terminado
mi novela. Su atm�sfera l�gubre me asustaba, sin embargo yo estaba
seguro que superaba con creces mi primera obra. Me llam� un amigo,
preocupado por mi largo silencio. Se di� el caso que hab�a
comenzado a trabajar como lector en una editorial alemana y me invit�
a visitarle en W�rzburg y de mostrarle mi nuevo producto.
Embriagado por la expectativa de publicar en una casa renombrada,
acept� en seguida su oferta. Apenas colgu� me di cuenta que no hab�a
gastado un solo pensamiento en Karla. Antes de poder llamar a mi
amigo para cancelar mi visita, mi esposa que todo lo hab�a
escuchado se me acerc� sonriente y asegur� poder pasar sin
problemas unos d�as sola, reproch�ndome porque yo no hab�a
aprovechado esta posibilidad antes.
Poco despu�s puse el manuscrito en mi malet�n, compr� un tiquete
de segunda clase y viaj� a Alemania. Cinco d�as m�s tarde y al
cabo de una visita exitosa volv� a mi ciudad. El amigo se hab�a
mostrado alarmado por mi cambio exterior e interior, pero la novela
- que no lo chocaba menos - era sin duda alguna una obra maestra. Qu�
pesar que yo ya hab�a publicado una obra primeriza, adem�s de tan
pobre calidad, de manera que no era posible lanzar la nueva novela
como debut espectacular.
Mi vida volv�a a tomar un rumbo y con fuerza renovada ten�a que
ser capaz de sacar a Karla de su aislamiento y de liberarme de su
obsesi�n posesiva. En una convivencia de amantes y compa�eros cada
uno deb�a vivir su propia vida. Ella lo comprender�a, ya hab�a
pasado lo peor.
Abr� la puerta. Algo cruj�a en la oscuridad. Con cuidado pero a
tientas avanzaba por el pasillo. De pronto sent� como un cuerpo
choc� contra el m�o y manos ardientes me agarraron. Grit� pero al
instante reconoc� la carne y el olor de Karla. ��Te acuerdas cu�l
d�a tenemos?' murmuraba una y otra vez. Yo estaba desconcertado y
desprevenido. La situaci�n me inquiet�. Finalmente encontr� el
interruptor y se encendi� la luz. Retroced� un paso. Delante de m�
estaba Karla en su arrugado vestido de novia. Su mirada me desafiaba
con un fuego verde. Se sac� el pelo de la frente y me ofreci� la
mano. Sin pensarlo la tom�, sigui�ndole al dormitorio, este
dormitorio.
No se desvisti� para hacer el amor. Y c�mo lo hac�amos! Los
encajes se romp�an, rizos sudados tapaban su cara. Gem�amos
nuestros nombres hasta perder la noci�n de quienes �ramos.
La ma�ana atisbaba a trav�s de las cortinas y Karla se acerc� a
la ventana, la abri� de par en par. A contraluz yo admiraba su
cuerpo flexible, en el que a�n revoloteaban tristemente los
relictos de su traje de boda. �Te amo,' susurr�. Karla dio la
vuelta, fijando en m� una mirada de un dolor sin nombre. Yo no pod�a
devolverle su mirada y baj� los ojos. Karla sali� del cuarto.
Alc� la vista cuando volv� a escuchar sus pasos. Mis ojos lo
vieron pero mi raz�n tard� en comprender.
�Para que nunca, nunca olvides nuestro aniversario de boda,' me
grit� con voz ronca. La �ltima palabra se perdi� en un chorro de
sangre. Su mano solt� la navaja, busc� sorprendida la garganta, se
apoy� en la pared, hasta que el cuerpo cay� lentamente de rodillas
y se desplom� de un lado."
Respir� profundamente y beb� con ansiedad para disolver los
recuerdos, pero ellos resist�an como resisten las manchas en la
pared. El se�or comenz� a tartamudear cosas sin sentido, reg� su
Sherry y se dispuso a marcharse. Le rogu� que se quedara. No quiso.
Lo agarr� de los hombros y a la fuerza lo sent�. Ah� se calm�,
solamente su mano derecha se agitaba como un pescado en tierra.
"Esc�cheme hasta el final, se lo pido, se lo ruego, se lo
exijo. �Usted cree que la historia termina ah�? Se equivoca, como
yo me equivoqu�. �Que si era dif�cil olvidar a Karla? Su muerte
lo hizo imposible. Y sin embargo su muerte a pesar de lo tr�gico
tambi�n fue un alivio. Convirti� a Karla en parte de mi pasado. Su
mala estrella alumbraba misteriosamente en el firmamento de mi
memoria. En el transcurso de los meses despertaba de mi pesadilla
para retomar mi vida anterior. Pint� encima de la pared salpicada
de sangre, pero las huellas oxidadas surg�an a la superficie,
empapel� el cuarto m�s de una vez, pero la sangre buscaba su
camino para no permitir el olvido. Comprend� el mensaje, pero a
medida que los hechos macabros desaparec�an en el pasado, yo me
negaba a aceptar el poder de Karla sobre mi presente. �A�n me pose�a?
�Es que su amor despiadado deb�a defender por siempre su
monopolio? Yo mismo me contestaba y cada vez mi �n�' se iba
volviendo m�s decidido.
Pasaron los meses y m�s y m�s yo buscaba compa��a. La charla
inocente, el amor inofensivo ten�an un efecto inmensamente
bienhechor. La risa sin motivo de las mujeres cubr�a el ayer como
una cortina y sus ofertas eran siempre bienvenidas.
Finalmente ca� en los lazos de una tal Cristina, caliente y
caritativa, que se hab�a puesto la meta de salvarme del trago y de
la tormenta. Al principio era inevitable comparar las dos mujeres.
Despu�s simplemente lo acept�. Karla era sue�o y pesadilla,
Cristina una realidad y no la peor. No tra�a nada de m�stica, pero
mucha comprensi�n.
�Acaso traicionaba a Karla cuando le propus� a Cristina vivir
conmigo, provisionalmente? Cristina conoc�a mi pasado, talvez esto
me hac�a m�s interesante en sus ojos compasivos. En marzo apareci�
en mi casa con energ�a y detergente. Solamente las manchas en el
dormitorio se burlaban de su habilidad, lo que me llen� de
presentimientos. Cristina vio eso como un problema meramente
material. Cubri� este pedazo de pared con un espejo y eso fue todo.
Nuestras noches conoc�an placer y cari�o, de amor no se hablaba.
Una tarde yo estaba en la ventana, pensativo y con cara culpable.
Cristina pregunt� qu� me pasaba. �Hace un a�o, exactamente hoy
hace un a�o ...'
Cristina adivin� inmediatamente mi pensamiento. Me llev� a la cama
y me abraz�. Sent� el calor humano que irradiaba de ella y por
primera vez me atrev� a pensar en un amor.
Un estr�pito me despert�. Con ojos dolorosamente abiertos mir� a
donde normalmente estaba el espejo. En la luz verdosa de la luna
Karla exhib�a su cuerpo resplandeciente, parcialmente cubierto con
los jirones del traje de boda. Su sonrisa era de triunfadora. Detr�s
de m� Cristina gritaba, hundiendo su cara en la almohada. Con una
sonrisa Karla me mostr� la navaja y sonriente ... ��N�, Karla,
no lo hagas!' pero ya era tarde. Cuando prend� la luz, con la mano
temblando, solamente vi el espejo que estaba regado en mil pedazos y
la huella fresca y sangrienta de una mano en la pared.
Cristina lanzaba gritos estridentes. Quise tranquilizarla, pero ella
retroced�a de m� con los ojos inflados de horror, salt� de la
cama, corr�a descalza a la puerta sin reparar en los fragmentos de
vidrio y huy� en camisa de dormir. No intent� detenerla.
Mi suerte estaba echada. Karla jam�s me dejar�a libre. Quiz�s no
quiero serlo. Quiz�s a�n la amo, por los siglos de los siglos y de
a�o en a�o espero impaciente su retorno fatal hasta que nos
bendiga la muerte..."
Enmudec�.
Sobra decir que el calvo que durante todo el relato hab�a clavado
la vista en m�, se disculp� con una mirada ciega al reloj, salt�
de pie, abandon� el apartamento sin despedirse y probablemente no
se topar� conmigo en esta vida.
El hecho de que en este momento el tren urbano hubiera sacudido la
casa como un terremoto ya no era tr�gico ni para �l ni para m�.
|
_
_
_
_
_
_
_
_
_
_
|