REBELI�N

LA �LTIMA AVENTURA

ANIVERSARIOS

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La primera advertencia hab�a sido el movimiento involuntario de sus manos p�lidas al cortar el pan. Sent�a en su espalda la mirada escrutadora de Margret mientras chupaba la sangre aguada de su dedo. No fue nada grave, no justificaba ninguna preocupaci�n. Sin embargo, Tom�s se qued� observando el dedo con desconfianza pues recordaba perfectamente como �ste, en s�bita rebeld�a, se hab�a deslizado con esp�ritu suicida debajo del cuchillo del pan. En efecto fue la primera advertencia y en vista de lo que iba a suceder m�s tarde, fue una advertencia seria.

Tom�s ten�a prisa; su agenda promet�a un d�a repleto de cosas desagradables. Guard� tres disquetes en el bolsillo del abrigo y baj� ruidosamente las escaleras sin decir adi�s.

Al cruzar la calle, el sol matutino lo ceg�, probablemente a�n no estaba del todo despierto. Cuando escuch� el chirriar de los frenos no le qued� tiempo de asustarse. Solamente cuando el mercedes blanco se detuvo patinando e incre�blemente cerca, Tom�s se di� cuenta del peligro del que hab�a escapado y sin hacerle caso al conductor, comprensiblemente hist�rico, se dijo: despierta!, este d�a es de tener cuidado.

El suceso le hab�a ablandado las piernas y tuvo que detenerse varias veces antes de recobrar un paso decidido. De todos modos sent�a una confusi�n irritante, porque sus miembros -sin rehusar abiertamente la obediencia- no funcionaban con la precisi�n acostumbrada. Como m�sicos de una orquesta mal coordinada, sus m�sculos se sal�an del comp�s y no volv�an a encontrarlo.

La construcci�n acristalada de la estaci�n del metro recibi� a Tom�s como un puerto salvador. Le regal� una r�pida sonrisa a la chica de las pizzas r�pidas, salud� al estanquero de melancol�a estancada y no vacil� en confiarse a la escalera mec�nica que lo llevar�a al and�n subterr�neo.

Un viento helado persegu�a un tren que acababa de salir. Tom�s abroch� el bot�n m�s alto de su abrigo. Su mano se desliz� al bolsillo y descubri� un libro olvidado. Distra�do, comenz� a pasar las hojas gastadas y se sumergi� en el Par�s de Maupassant. Cuando alz� la mirada del libro qued� pasmado. Inconscientemente se hab�a acercado hasta pocos cent�metros del borde del and�n. Un paquistan� de gruesas gafas le grit� algo, gesticulando absurdamente.

Tom�s se retir� algunos pasos del peligro y guard� el libro en el abrigo ya que tem�a la distracci�n. De pronto, su pie se levant� y dio un paso hacia adelante. Se asust� porque su pie hab�a procedido sin orden, y enseguida, Tom�s dio un paso para atr�s. Sin embargo no pod�a negar que el pie hab�a ejecutado el movimiento obligado, con cierta resistencia, aguardando cualquier descuido de su due�o.

Tom�s hizo acopio de toda su concentraci�n -que, por lo general, a aquellas horas tempranas no era muy impresionante- intentando recuperar el control. Mas su pie rebelde se levant� y descendi�. Un paso. El otro pie. Otro paso. Tom�s ten�a su mirada fija en el abismo que le estaba invitando, luchaba por poder dar unos cuantos pasos para atr�s, solamente para volver a perder terreno en seguida. Su grito de auxilio no se form� sino en su cabeza, los labios renitentes no dejaban escapar ning�n sonido. La lucha le agotaba m�s y m�s, el sudor ba�aba su frente y le enceguec�a. Trat� de limpiarse los ojos, pero su mano solamente le tumb� la gorra.

En este instante su mirada nublada se desprendi� del abismo para fijarse en una mujer morena, con corte de pelo al estilo de los a�os veinte. A pesar de un gran esfuerzo, Tom�s no logr� controlar sus ojos y mientras se acercaba entre triunfos pobres y derrotas repetidas a la cat�strofe, su mirada se qued� pegada al maquillaje arriesgado de la dama. Y pegada estaba todav�a cuando su voluntad se derrumb� como la tensi�n de un luchador vencido y se entreg� sin reservas al impulso fatal de su cuerpo.

Sus pies no mostraban prisa, daban solamente un paso tras otro y Tom�s escuchaba el trueno del metropolitano, la voz hist�rica de los parlantes, los gritos de los testigos, solamente la dama nost�lgica parec�a ignorar la tragedia inminente. Tom�s le sonre�a a�n, cuando cruz� el borde.

El paquistan� trat� de agarrarlo, pero sus manos se encontraron con el vac�o, mientras el tren frenaba con ruedas chirriantes, venciendo muchos metros m�s tarde el impacto de su inercia 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pintura es aventura, esto rima y es tan cierto como es trivial. Sin embargo, hasta en la �poca de las computadoras y las sensaciones ex�ticas que provocan en muchos descarriados, sigue siendo una aventura sensual inigualable acompa�ar el pincel en su camino mojado sobre el lienzo flexible. Todo fluye, nada es definitivo antes de que yo lo diga. Mi criterio o mi capricho determinar�n el momento exacto. Hasta entonces mi vanidad eg�latra se desahoga en arranques, erupciones y resbalones poderosos, t�midos, traviesos, fluidos o convulsivos. Me gusta.

La noche se acerc� sigilosamente a la ventana, mutilando sus dedos sombr�os en la luz ne�n. Un sof� rojo encarnado. Una grabadora de proveniencia japonesa, salpicada de pintura. Humo de cigarrillo contra olor a trementina. Seis lienzos color de nieve anhelando mi mano, mientras que yo le daba duro a un s�ptimo lienzo, al comp�s de un oscuro conjunto rockero. La m�sica me impulsaba, yo impulsaba el pincel y este impulsaba la pintura, tragando un vac�o aqu�, mimando una forma all�, violando dulzuras exageradas.

De esta manera nos dej�bamos llevar por los impulsos bajo la luz fr�a, y del caos poco a poco se desprend�a una figura enigm�tica en el primer plano, una mujer desnuda acostada de lado, cuya fragilidad pat�tica pronto se transformaba en exuberancia ansiosa bajo los trazos flameantes del pincel. Apenas sent�a su mirada fascinadora hundi�ndose en la m�a con franqueza chocante, cerr� sus ojos y decid� dedicarme m�s tarde a esta parte del cuadro. Sin embargo vacilaba en borrar esta figura que hab�a aparecido tan de repente y contra mi voluntad.

Prefer� apagar la luz brutal del ne�n para contemplar mi obra en la luz m�s suave de una l�mpara vertical. Mi mirada segu�a el pincel que avanzaba en un camino crepuscular hacia el centro del cuadro, donde lo fren� un punto oscuro, una sombra que se acercaba hasta que pude reconocer la cara de un caminante. Instintivamente mi mirada cay� sobre la carne blanca de la mujer que ahora dorm�a, respirando suavemente, y en seguida una s�bana tirada por mi pincel ocult� su desnudez.

Entretanto el caminante se acercaba m�s y su sonrisa c�nica me dijo que no se le hab�a escapado este gesto inocente. La grabadora se apag�, el silencio agarr� mi coraz�n. Escuchaba claramente los pasos del desconocido que evitaba con movimientos indiferentes los trazos cada vez m�s t�midos del pincel. Su avance imperturbable se combinaba con el crescendo de los latidos de mi coraz�n y el gemido inconsciente de mi pecho, marcando un ritmo apagado.

Unt� mi instrumento del negro m�s negro porque ya no quer�a tolerar a este personaje sospechoso. Alc� mi mano para sobreprintarlo, pero �l se me adelant�, me arrebat� el pincel y antes de que yo pudiera recuperarme de mi sorpresa �l me atac� con dos golpes feroces. Cuando me mir� mis brazos hab�an desaparecido.

Me vi condenado a presenciar pasivamente como el malvado desnud� a la mujer ante mis ojos y con cara de triunfo se hundi� en su cuerpo, que parec�a haber esperado este momento con ansiedad y para mi terror se agitaba en convulsiones tan violentas que la carne se desprend�a de los huesos. Hubiera querido gritar pero los m�sculos faciales estaban paralizados y no me qued� sino observar con mirada r�gida como el desconocido se levant� con risa sard�nica y me clav� el pincel en el coraz�n.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"Por esta ventana usted tiene una vista maravillosa de la ciudad," me escuch� decir, mientras abr�a las cortinas. El posible comprador, un calvo flem�tico con la amabilidad melanc�lica de los padres de familia inspeccionaba el panorama vien�s, suspirando.

"Hay una l�nea del tren urbano. Se escuchar� en el 4to piso?" "N�, casi no, pr�cticamente no se oye," asegur� apresuradamente, rez�ndole al santo de los ferrocarriles que ning�n tren inoportuno me desmintiera.

A pesar de su actitud flem�tica el hombre estaba bien despierto y sumamente interesado. Sus dedos que parec�an salchichas manejaban el l�piz r�pidamente, sus ojos eslavos relampagueaban en todas las direcciones como una polaroid enloquecida. Sus preguntas inocentes sonaban como respuestas, pero yo sab�a que hab�a picado el anzuelo. Yo hubiera podido re�r y llorar de la alegr�a de hallar finalmente un comprador para mi apartamento y yo ten�a mis razones.

Le segu�a nerviosamente de cuarto en cuarto y percib�a como �l le estaba dando a cada espacio su destino y aspecto final. No es que haya habido mucho que renovar. Empapelar algunas paredes, colocar alfombras, llenar el sal�n de cuadros kitsch, era f�cil imaginarme sus gustos. A nuestra derecha se abri� un cuarto especialmente agradable e inundado de luz. No vacilaba en jugarme esta carta: "... y aqu� ve el cuarto ideal para los ni�os ..."

".. que nunca tendremos," me interrumpi� con voz amarga. Mi desliz me hizo sonrojar, tanto m�s que el tono del otro parec�a indicar que sufr�a por la esterilidad de su matrimonio.

Por otra parte yo dije para mis adentros que bajo las circunstancias existentes era mejor as�. Para no dejar morir la din�mica de la visita, casi empuje al hombre al dormitorio. Apenas nos encontramos en el cuarto oscurecido por cortinas pesadas, surgi� en m� la sensaci�n de haber cometido un error fatal. A�n habr�a podido salvar la situaci�n, aprovechar la penumbre artificial, pero n�, algo me oblig� a acercarme al ventanal y abrir las cortinas pesadas. El polvo levantado bail� en los rayos de un atardecer oto�al. El comprador examinaba el dormitorio con la amibilidad tr�gica de los que no pueden tener hijos, abri� el ventanal, alab� el panorama, cerr� y se dispuso a abandonar el cuarto.

Ya yo me iba a felicitar, cuando de repente ocurri� lo que tanto hab�a temido y que era - yo lo sab�a - inevitable. �l se detuvo, su mirada se fij� en la pared al frente de la ventana y pregunt� con curiosidad: "D�game qu� significan estas manchas extra�as! Si casi parece la huella de una mano ..."

Todav�a nada se hab�a perdido, a�n habr�a podido satisfacer su curiosidad con una an�cdota inocente, que este seguramente esperaba - o desilusionarlo con un simple "Ni idea!". Sin embargo, algo hab�a dentro de m�, algo que no se dejaba callar y que luchaba por salir de mi garganta.

"Mire, estas manchas tienen su historia. Son por decirlo as� las huellas de mi existencia o inexistencia, m�s bien de esta �ltima para serle sincero ..."

El se�or me mir� sin comprender.

"... sabe, cuando usted habla de estas manchas es como si pusiera un hierro candente en una herida abierta. A pesar de ello quiero, debo ..."

Como pidiendo auxilio hund� mi mirada en la del comprador perplejo. A�n habr�a podido callar, echando la culpa de mis insinuaciones confusas a un trastorno mental pasajero, pero ya hab�a ido muy lejos, muy lejos.

En�rgicamente, casi falt�ndole el respeto, obligu� al se�or a tomar asiento en un sof� deste�ido, le serv� una copa de Sherry y me qued� con la botella, de la que tom� de vez en cuando un gran sorbo sin hacerle caso a la expresi�n estupefacta del visitante. Mariposas de recuerdos rompieron los capullos y palabras negras y aterciopeladas sal�an de mi boca.

"Imag�nese a un joven autor, que acaba de publicar su primera novela en una peque�a editorial dudosa, una novela chapucera adem�s con personas y situaciones robadas. Imag�nese pues, a m� pero con cinco a�os menos, o m�s bien con diez, porque cada a�o vivido desde entonces pesaba por dos, y cada d�a cuelga de mi piel. Fig�rese mi cara rosada y suave, fuera de una barba de dos d�as que cultivaba "a lo bohemio". Imag�nese a m� corriendo de un recital desastroso a otro. Qu� me importaba la ausencia de un eco calificado, mi decisi�n era firme y mi paso de vencedor.

Fue en el Caf� Zartl en la Calle Rasumofsky, donde seguramente ning�n poeta hab�a le�do antes y nadie leer�a despu�s de m�. Debido a mi amor al billar el caf� se hab�a convertido en mi segundo hogar y el propietario no ten�a nada en contra de un recital, quiz�s esperaba nueva clientela. Esper� en vano.

Un abril tard�o llov�a contra las ventanas nocturnas. Detr�s de una mesa de m�rmol entre dos columnas inestables formadas con ejemplares de mi obra, estaba yo sentado, fumando y algo frustrado. El local se encontraba vac�o fuera de una pareja de lesbianas de maquillaje oscuro que cada par de minutos hund�an unas bolas perezosas en la mesa de billar. El camarero ya se hab�a retirado a la cocina para leer su peri�dico sensacionalista. De vez en cuando apareci� sacudiendo la cabeza y pesta�eando como un topo.

Ya me hab�a levantado para aplanar la arquitectura absurda levantada sobre mi mesa, cuando se abri� la puerta y entr� una mujer que con paso decidido se acerc� a m�. Me paralic� en mi movimiento, mis ojos se ahogaron en el rojo m�stico de su melena adornada de perlas de lluvia. Su mirada era oscura y prometedora, mas a�n no sab�a interpretar su promesa. Su nombre Karla, su voz llena y un poco borrosa como el primer tono de una flauta traversa. Que esta mujer - como �nica - hab�a real y exclusivamente ido al Caf� a escuchar mi recital me embriagaba y pronto cada una de mis fibras ard�a en amor por ella. Era uno de aquellos casos donde dos seres son destinados uno para el otro, o por lo menos lo creen as�. Mientras el camarero limpiaba las mesas y las bolas de billar chocaban espor�dicamente en la distancia, nosotros ya tej�amos un di�logo sin fin.

Karla era secretaria en una editorial. Su pensamiento no era siempre l�gico, sin embargo ella me sorprend�a a menudo con opiniones originales. Parec�amos completarnos de manera ideal. Cuando mi racionalidad cerraba el acceso directo a las fuentes, Karla confiaba en su instinto para sacar agua de pozos oscuros. Cuando Karla se perd�a en telara�as irracionales, yo separaba los hilos y le ense�aba los misterios de la geometr�a intelectual. Pero todo esto se desarrollaba a la sombra de la atracci�n f�sica, que ya hab�a sentido desde el primer momento, primero con temor, despu�s con alegr�a. Cada frase se torc�a anticipando el placer, cada palabra era un preludio sensual.

Cuando el camarero nos sac� al aire oloroso a lluvia, Karla sab�a casi todo de m�. Ella parec�a absorberme en cada poro, lo que a m� me llen� de vanidad. Sin embargo yo, que tambi�n la hab�a sonsacado seg�n mi leal saber y entender, llegu� a la conclusi�n que la verdadera Karla no se dejaba atrapar con hechos y cifras.

En la misma noche ca�mos presa uno del otro, gimiendo nos cazabamos a trav�s del apartamento - este apartamento - y no hab�a tregua hasta que el sol primaveral alumbr� el dormitorio.

Pensar� usted que todo esto se hab�a dado de manera precipitada y falta de amor. No le niego la precipitaci�n, pero nada de lo que hac�amos, nos hac�amos, era falto de amor. Si nos dejamos encerrar de noche en el Volksgarten para buscarnos entre los rosales, si un bote de remo en un charco sucio del Prater se volvi� escenario de nuestros juegos, el aire temblaba de sentimiento.

As� pas� una semana, un mes, un a�o. A�n no me explico cu�ndo pod�a respirar, y c�mo mi segunda novela crec�a y crec�a a pesar de aquel cuerpo blanco.

Todav�a no viv�amos juntos, pero nos junt�bamos casi a diario y Karla ten�a llaves de mi apartamento.

Una noche de abril, yo volv�a tarde de un paseo. Ten�a mucho en la cabeza, tambi�n algunos pensamientos m�s oscuros que de costumbre. A d�nde iba este viaje y d�nde tendr�a su final? En las �ltimas semanas hab�a constatado en Karla una creciente incoherencia. Al mismo tiempo su intensidad f�sica aumentaba. Se agarraba de m� con una desesperaci�n que yo malinterpretaba como pasi�n extrema.

Cuando abr� la puerta todo me ol�a a Karla. El apartamento estaba en oscuras, solamente del dormitorio irradiaba una luz oscilante. Preocupado entr� y vi a Karla. Su magn�fico cuerpo yac�a desnudo sobre el suelo desnudo, en el centro de un c�rculo de candelas, como una v�ctima en un altar pagano.

Un terror sin l�mites se apoder� de m�, pero de repente sus ojos se abrieron y sus brazos se estiraron hacia m�. �Hace un a�o exactamente te conoc�,' susurr� �amo los aniversarios.'

Aquella noche le ped� casarse conmigo y ser mi esposa y compa�era por los siglos de los siglos, am�n. Con gran sorpresa m�a, ella reaccion� a mi propuesta con miedo y resistencia sin poder definir la raz�n de su actitud. Yo la califiqu� de irracional y me volv� irracional yo mismo al reprocharle que no me amaba, que nunca me hab�a amado de verdad y que solamente jugaba con mis sentimientos. Karla se ech� en mis brazos, sacudida por sollozos arc�icos. Su resistencia estaba vencida, se hizo mi voluntad.

Cuando el sacerdote pronunci� las palabras m�gicas, yo no sab�a que con mi insistencia hab�a condenado a Karla y con ella a m� mismo. A�n todo parec�a volver a la normalidad. Llenos de entusiasmo decidimos ser anticuados y salimos de viaje de boda. En el sur de Francia mi mujer parec�a haber perdido casi todas las corrientes oscuras de su ser. Con orgullo infantil se balanceaba en los muros asoleados de la fortaleza de Carcasonne. La abundancia de su cabello encendido nos persegu�a en las noches. Pero nunca pod�a dejarla sola ni por un momento, y si lo intentaba ella se agarraba de m� con cada fibra.

Regresamos y el viento cambi�. Algo estaba pasando con Karla, algo inexplicable y alarmante. Inmediatamente despu�s de nuestra llegada ella hab�a renunciado a su puesto, lo que a pesar de la situaci�n financiera precaria me llen� de alegr�a y placer anticipado. Sin embargo, en lugar de tomar parte en mi vida o de abrirme la suya, ella se retiraba a un letargo sombr�o. Pero apenas me pon�a los zapatos de calle, ella me imploraba que me quedara con ella. Cuando ced�a a sus deseos ella me llevaba al dormitorio, con la sonrisa satisfecha de un ni�a que ha conseguido un chocolat�n. Cuando no, ella insist�a en acompa�arme, no importaba a donde. Y a quien yo ve�a o encontraba, �ste o esta se convert�an en su rival. Karla interrump�a mis conversaciones, abr�a mi correos, ahuyentaba a mis amigos a fuerza de su silencio agresivo. Se acabaron los contactos porque me cansaba de este juego. Ya no sal�a a la calle. A cambio de una propina considerable, la portera se ocupaba de nuestras compras cada vez m�s escasas. Ella no provocaba los celos de mi esposa, probablemente vio en ella una especie de robot.

No ten�a sentido discutir con ella. Apenas desaparec�a el motivo directo, ella se deshac�a en l�grimas, pidi�ndome perd�n, estrech�ndose tibia y olorosa contra m�. No obstante sent�a sus l�grimas como reproche, su cambio de conducta como acusaci�n y su cuerpo como condena.

As� pasaron los d�as y las noches y cada d�a era como una noche, pero mil veces m�s largo. �Acaso no era comprensible que el alcohol se volviera mi amigo y confidente? Mientras Karla segu�a tejiendo sus man�as detr�s de su velo rojo, yo trabajaba de manera febril y constantemente algo intoxicado en mi m�quina de escribir, luchando con mi novela. Sin consideraci�n ni misericordia amputaba e implantaba. Si el amor inmerecido hab�a sido la clave de la primera versi�n, la segunda giraba alrededor de la culpa inmerecida y de la perdici�n sin culpa. No escrib�a para la editorial, ni para el lector, escrib�a contra la locura.

El verano produjo el oto�o. El oto�o fue rebautizado invierno. Se derriti� la nieve en el alf�izar. Las mirlas despertaron. Primavera. Vino marzo, vino abril.

Karla tambi�n parec�a despertar. Con confianza renovada observaba sus ojos que se fund�an con los m�os. �Hab�a ella superado su crisis? Mi t�mida esperanza crec�a. Entretanto yo hab�a terminado mi novela. Su atm�sfera l�gubre me asustaba, sin embargo yo estaba seguro que superaba con creces mi primera obra. Me llam� un amigo, preocupado por mi largo silencio. Se di� el caso que hab�a comenzado a trabajar como lector en una editorial alemana y me invit� a visitarle en W�rzburg y de mostrarle mi nuevo producto.

Embriagado por la expectativa de publicar en una casa renombrada, acept� en seguida su oferta. Apenas colgu� me di cuenta que no hab�a gastado un solo pensamiento en Karla. Antes de poder llamar a mi amigo para cancelar mi visita, mi esposa que todo lo hab�a escuchado se me acerc� sonriente y asegur� poder pasar sin problemas unos d�as sola, reproch�ndome porque yo no hab�a aprovechado esta posibilidad antes.

Poco despu�s puse el manuscrito en mi malet�n, compr� un tiquete de segunda clase y viaj� a Alemania. Cinco d�as m�s tarde y al cabo de una visita exitosa volv� a mi ciudad. El amigo se hab�a mostrado alarmado por mi cambio exterior e interior, pero la novela - que no lo chocaba menos - era sin duda alguna una obra maestra. Qu� pesar que yo ya hab�a publicado una obra primeriza, adem�s de tan pobre calidad, de manera que no era posible lanzar la nueva novela como debut espectacular.

Mi vida volv�a a tomar un rumbo y con fuerza renovada ten�a que ser capaz de sacar a Karla de su aislamiento y de liberarme de su obsesi�n posesiva. En una convivencia de amantes y compa�eros cada uno deb�a vivir su propia vida. Ella lo comprender�a, ya hab�a pasado lo peor.

Abr� la puerta. Algo cruj�a en la oscuridad. Con cuidado pero a tientas avanzaba por el pasillo. De pronto sent� como un cuerpo choc� contra el m�o y manos ardientes me agarraron. Grit� pero al instante reconoc� la carne y el olor de Karla. ��Te acuerdas cu�l d�a tenemos?' murmuraba una y otra vez. Yo estaba desconcertado y desprevenido. La situaci�n me inquiet�. Finalmente encontr� el interruptor y se encendi� la luz. Retroced� un paso. Delante de m� estaba Karla en su arrugado vestido de novia. Su mirada me desafiaba con un fuego verde. Se sac� el pelo de la frente y me ofreci� la mano. Sin pensarlo la tom�, sigui�ndole al dormitorio, este dormitorio.

No se desvisti� para hacer el amor. Y c�mo lo hac�amos! Los encajes se romp�an, rizos sudados tapaban su cara. Gem�amos nuestros nombres hasta perder la noci�n de quienes �ramos.

La ma�ana atisbaba a trav�s de las cortinas y Karla se acerc� a la ventana, la abri� de par en par. A contraluz yo admiraba su cuerpo flexible, en el que a�n revoloteaban tristemente los relictos de su traje de boda. �Te amo,' susurr�. Karla dio la vuelta, fijando en m� una mirada de un dolor sin nombre. Yo no pod�a devolverle su mirada y baj� los ojos. Karla sali� del cuarto.

Alc� la vista cuando volv� a escuchar sus pasos. Mis ojos lo vieron pero mi raz�n tard� en comprender.

�Para que nunca, nunca olvides nuestro aniversario de boda,' me grit� con voz ronca. La �ltima palabra se perdi� en un chorro de sangre. Su mano solt� la navaja, busc� sorprendida la garganta, se apoy� en la pared, hasta que el cuerpo cay� lentamente de rodillas y se desplom� de un lado."

Respir� profundamente y beb� con ansiedad para disolver los recuerdos, pero ellos resist�an como resisten las manchas en la pared. El se�or comenz� a tartamudear cosas sin sentido, reg� su Sherry y se dispuso a marcharse. Le rogu� que se quedara. No quiso. Lo agarr� de los hombros y a la fuerza lo sent�. Ah� se calm�, solamente su mano derecha se agitaba como un pescado en tierra.

"Esc�cheme hasta el final, se lo pido, se lo ruego, se lo exijo. �Usted cree que la historia termina ah�? Se equivoca, como yo me equivoqu�. �Que si era dif�cil olvidar a Karla? Su muerte lo hizo imposible. Y sin embargo su muerte a pesar de lo tr�gico tambi�n fue un alivio. Convirti� a Karla en parte de mi pasado. Su mala estrella alumbraba misteriosamente en el firmamento de mi memoria. En el transcurso de los meses despertaba de mi pesadilla para retomar mi vida anterior. Pint� encima de la pared salpicada de sangre, pero las huellas oxidadas surg�an a la superficie, empapel� el cuarto m�s de una vez, pero la sangre buscaba su camino para no permitir el olvido. Comprend� el mensaje, pero a medida que los hechos macabros desaparec�an en el pasado, yo me negaba a aceptar el poder de Karla sobre mi presente. �A�n me pose�a? �Es que su amor despiadado deb�a defender por siempre su monopolio? Yo mismo me contestaba y cada vez mi �n�' se iba volviendo m�s decidido.

Pasaron los meses y m�s y m�s yo buscaba compa��a. La charla inocente, el amor inofensivo ten�an un efecto inmensamente bienhechor. La risa sin motivo de las mujeres cubr�a el ayer como una cortina y sus ofertas eran siempre bienvenidas.

Finalmente ca� en los lazos de una tal Cristina, caliente y caritativa, que se hab�a puesto la meta de salvarme del trago y de la tormenta. Al principio era inevitable comparar las dos mujeres. Despu�s simplemente lo acept�. Karla era sue�o y pesadilla, Cristina una realidad y no la peor. No tra�a nada de m�stica, pero mucha comprensi�n.

�Acaso traicionaba a Karla cuando le propus� a Cristina vivir conmigo, provisionalmente? Cristina conoc�a mi pasado, talvez esto me hac�a m�s interesante en sus ojos compasivos. En marzo apareci� en mi casa con energ�a y detergente. Solamente las manchas en el dormitorio se burlaban de su habilidad, lo que me llen� de presentimientos. Cristina vio eso como un problema meramente material. Cubri� este pedazo de pared con un espejo y eso fue todo. Nuestras noches conoc�an placer y cari�o, de amor no se hablaba. Una tarde yo estaba en la ventana, pensativo y con cara culpable. Cristina pregunt� qu� me pasaba. �Hace un a�o, exactamente hoy hace un a�o ...'

Cristina adivin� inmediatamente mi pensamiento. Me llev� a la cama y me abraz�. Sent� el calor humano que irradiaba de ella y por primera vez me atrev� a pensar en un amor.

Un estr�pito me despert�. Con ojos dolorosamente abiertos mir� a donde normalmente estaba el espejo. En la luz verdosa de la luna Karla exhib�a su cuerpo resplandeciente, parcialmente cubierto con los jirones del traje de boda. Su sonrisa era de triunfadora. Detr�s de m� Cristina gritaba, hundiendo su cara en la almohada. Con una sonrisa Karla me mostr� la navaja y sonriente ... ��N�, Karla, no lo hagas!' pero ya era tarde. Cuando prend� la luz, con la mano temblando, solamente vi el espejo que estaba regado en mil pedazos y la huella fresca y sangrienta de una mano en la pared.

Cristina lanzaba gritos estridentes. Quise tranquilizarla, pero ella retroced�a de m� con los ojos inflados de horror, salt� de la cama, corr�a descalza a la puerta sin reparar en los fragmentos de vidrio y huy� en camisa de dormir. No intent� detenerla.

Mi suerte estaba echada. Karla jam�s me dejar�a libre. Quiz�s no quiero serlo. Quiz�s a�n la amo, por los siglos de los siglos y de a�o en a�o espero impaciente su retorno fatal hasta que nos bendiga la muerte..."

Enmudec�.

Sobra decir que el calvo que durante todo el relato hab�a clavado la vista en m�, se disculp� con una mirada ciega al reloj, salt� de pie, abandon� el apartamento sin despedirse y probablemente no se topar� conmigo en esta vida.

El hecho de que en este momento el tren urbano hubiera sacudido la casa como un terremoto ya no era tr�gico ni para �l ni para m�.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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