Weltkrieg II

Eje Roma - Berlin - Tokio (1937)


Nunca una palabra fue tan mal empleada como el término "Eje" que se refiere a la alianza militar entre Alemania, Japón e Italia. Mussolini, maestro insuperable en el arte de las palabras, fue quién acuñó por primera vez este término tratando de simbolizar una alianza militar que en la práctica nunca existió. Cuando en 1937 se formalizó la alianza entre los tres países totalitarios nadie dudaba del ejército fantasma de Mussolini ni de su imperio de naipes. Con un poder de seducción y de inventiva inigualable, el Duce convenció al mundo durante casi dos décadas de un bluff político-militar que no tiene paralelos en la historia. Ni siquiera Hitler que ya intuía mejor que nadie la debilidad de su colega italiano sospechó jamás que esa debilidad fuese tan crítica y patética como demostraron los hechos posteriores.

Japón, por su parte, era efectivamente una gran potencia y lo demostró con creces durante la guerra en una lucha sin cuartel contra la potencia más fuerte del planeta. Hasta los episodios de Hiroshima y Nagasaki los japoneses lucharon con una ferocidad y tenacidad a prueba de fuego sin recibir la mínima ayuda de sus otros dos "aliados". A la hora de las críticas pocos recuerdan que Japón debió luchar durante casi cuatro años con una potencia pródiga de recursos humanos y materiales y con un territorio infinitamente más grande y próspero. Lo mismo se puede decir de Alemania que prácticamente sola sostuvo una guerra sin pausas durante seis años contra el resto de los países del mundo.

Cuando estalló la guerra en 1939 con la invasión alemana en Polonia, curiosamente fue la Unión Soviética la que colaboró con Alemania en el desmembramiento de Polonia. Japón e Italia se mantuvieron al margen por distintas razones pero afortunadamente para Alemania los desdichados polacos sucumbieron en menos de un mes a sus garras asesinas. El pacto de acero ya entonces se demostró una farsa y quedó claro que tanto Italia como Japón no tenían intenciones de comprometerse con la guerra de Hitler. Los intereses del Japón estaban en el Pacífico y Estados Unidos era el gran obstáculo a esas ambiciones de expansión. Italia, por su parte, respetó a rajatablas su tradicional estilo de oportunismo en el sentido de comprometerse militarmente con el bando ganador.

A pesar de la insistencia alemana, Mussolini se mantuvo neutral hasta donde pudo y sólo cuando vio caer a Francia se decidió por entrar en guerra. Hasta el fatídico diez de junio de 1940, Mussolini se mantuvo expectante y vacilante aguardando la suerte de Alemania. Italia inventó un nuevo status y se declaró país "no beligerante", no obstante la furia de Hitler en el sentido de que no se estaban cumpliendo los compromisos asumidos en el pacto de acero. Al ver que una potencia histórica como Francia se desmoronaba ante el avance incontenible del ejército alemán, Mussolini, temeroso de ser la próxima víctima del antiguo cabo austríaco, se apresuró en unir el destino de su país a la suerte de Alemania.

A partir de la entrada de Italia en la guerra, los desaciertos militares se sucedieron en cadena y gravitarían de manera determinante en la suerte militar del Eje Roma-Berlín-Tokio. El traicionero ataque italiano contra una Francia que ya estaba derrotada se transformó pronto en una pesadilla ante la tenaz y heroica resistencia que ofrecieron los franceses a los invasores. El ejército italiano, guiado por duques y príncipes que pensaban recrear la aventura etíope sufrió enormes pérdidas y dejó al desnudo su absoluta falta de preparación. Ya entonces el mundo pudo comprobar el bluff de Mussolini quien, sin embargo, seguía empeñado en abrir una guerra paralela a la de Hitler. Para ello eligió el escenario de los Balcanes y desde Albania atacó a Grecia sin consultarlo con Hitler. Después de todo, su colega alemán jamás le informaba sus planes de ataque y pensó que ésta era su revancha. Los griegos, con un ejército anticuado se reorganizaron y detuvieron a los invasores con valor y tenacidad obligando a los italianos a una lastimosa retirada.

De pronto los griegos pasaron de ser invadidos a invasores y de no haber mediado la intervención alemana los griegos hubiesen ocupado la mismísima Italia. La famosa "passeggiata" de Mussolini culminó en un desastre militar que afectó incluso los planes de guerra de Hitler obligándolo a retrasar el ataque en la Unión Soviética con consecuencias letales para Alemania. Los desastres italianos en Africa fueron aún peores ya que los italianos se rendían casi sin combatir regalando centros estratégicos de abastecimiento. Etiopía, Somalia y Eritrea fueron rápidamente deglutidas por los aliados y de no haber mediado la presencia de Rommel, la guerra en Africa no hubiese durado más de dos meses. Los errores militares de la Italia Fascista fueron de tal magnitud que Hitler en punto descartó el "apoyo" de los italianos. Los generales alemanes no querían saber nada con los soldados latinos tanto en Rusia como en Africa y Rommel incluso llegó a desprenderse del contingente italiano abandonándolo a su suerte en el desierto africano en su famosa retirada tras la batalla de El Alamein.

La participación de Japón durante la guerra fue no menos desafortunada que la de la Italia Fascista. En diciembre de 1941 los alemanes estaban a las puertas de Moscú frenados por la llegada del invierno ruso y Hitler esperaba con buen tino que los japoneses atacaran a Rusia desde Siberia acorralando a las tropas soviéticas en una gigantesca operación de pinzas que hubiese acabado por desmoronar toda resistencia. Sin embargo, los japoneses al igual que Mussolini desconfiaban de Alemania y temían (con mucha razón) un posterior ataque alemán en el Pacífico. Si los japoneses hubiesen atacado a Rusia desde Siberia seguramente ésta se hubiese desmoronado en menos de un mes y los alemanes hubiesen alcanzado un poder militar incontrastable.

Para evitar esto, los japoneses decidieron embarcarse en una guerra paralela con los Estados Unidos con la esperanza de que mientras tanto los alemanes y los rusos siguieran enfrascados en una guerra desgastante para ambos bandos. Si Japón hubiese derrotado a los Estados Unidos en el Pacífico seguramente hubiera estado en condiciones de aniquilar a posteriori las fuerzas remanentes de Hitler y de Stalin en Europa. Lo concreto es que el ataque a Pearl Harbour solo sirvió para despertar a un gigante dormido como los Estados Unidos brindándole a Roosvelt el pretexto necesario para convencer a su pueblo de que la guerra era inevitable. La guerra paralela que sostuvo Japón en el Pacífico no puede siquiera compararse con la guerra paralela y patética de Mussolini en los Balcanes pero su efecto final fue tan o más negativo todavía para la suerte militar del Eje.

Los japoneses desconfiaban de los alemanes, los alemanes desconfiaban de los japoneses e Italia desconfiaba (y temía) de los alemanes. Esta singular trilogía de despropósitos fue cualquier cosa menos un Eje y encarnó la antítesis de lo que debería ser una alianza militar.

Después de todo los japoneses y los italianos eran la antítesis del hombre ario que pregonaba el nazismo y no hubiesen tenido lugar en un mundo nacionalsocialista. El Eje Roma-Berlín-Tokio fue una alianza absurda que sus pueblos pagaron muy caro en el campo de batalla. Alemania terminó la guerra con sus ciudades arrasadas por las bombas enemigas; Japón padeció los efectos devastadores de las bombas atómicas en el seno de su territorio y la Italia fascista se transformó en una república fantoche que inspiraba más pena que odio.

 

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