Hoy he llegado muy cansada del trabajo. Sólo he podido quitarme la chaqueta y los zapatos y tirarme a la cama. Pedro, que hoy ha salido antes, ha insistido con ternura en que me levante, “venga mujer, que he preparado la cena“. A veces tiene esos detalles que hacen que lo quiera aún más, si cabe. Pero no he podido. Estaba tan agotada que sólo podía permitirme cerrar los ojos y dejar que en mi cabeza siguieran dando vueltas y vueltas las estadísticas, los balances, los mensajes de mi jefe en la pantalla del maldito ordenador. - Venga mujer - ha insistido Pedro - hazz un esfuerzo y come algo. Luego te echas a dormir. Y yo le he pedido oscuridad y silencio, porque mi cabeza era una olla a punto de estallar. Pedro ha dejado el cuarto a oscuras. Con delicadeza me ha subido la falda y me ha bajado las medias. Mis piernas se han sentido liberadas de la presión de la lycra y sentido como la sangre empezaba a circular a gran velocidad por mis venas. Pedro ha desabotonado los botones de mi blusa, me ha incorporado y me ha dejado a mis pechos libres de la tortura del sujetador cuando estoy cansada. Me he sentido mimada. Pedro se ha situado al final de la cama y empezado a masajearme los pies. Oleadas de bienestar me han recorrido hasta llegar a mi nuca atormentada por la postura frente al ordenador durante tantas horas. Me encantan los masajes de Pedro y cuando lo hace me siento elevada al séptimo cielo. - ¿Te encuentras mejor? - y yo sólo he ddeseado acariciarle el pelo y darle mil besos por toda su ternura. Pero tan sólo he contestado con un suspiro. Pedro me ha recogido las piernas y me besado las rodillas. El bienestar me ha apoderado de mi cuerpo y el colchón me ha parecido aún más blando y el mundo más habitable. Ha empezado a decirme palabras dulces. “Siempre serás una niña”, me dice, “que sólo puede ser mimada”. Me murmura bajito que cuidará de mí, que me protegerá, que no permitirá que me suceda nada. Y mientras me dice esto acaricia mis muslos y me da besos en la piel desnuda. Y cuando Pedro pone sus manos en los elásticos de mis braguitas, creo que voy a derretirme. Creo que voy a morir de amor y de deseo. Y le pido que suba hasta mí que quiero besarle, abrazarle, decirle al oido lo que quiero. Pero no me deja. Pedro hace resbalar mis braguitas por mis piernas. Una punzada en atraviesa sexo anticipando lo que viene ahora. Pedro separa mis piernas. De rodillas ante mçi le veo como observa mi sexo. Siempre ha dicho que le fascinan los pliegues, los misterios que esconde y los cambios que se producen en la parte más intima de mi cuerpo. Sigue de rodillas. Apoya el dedo pulgar en mi monte de venus. Con los dedos índice, corazón y anular comienza a acariciar mi clítoris. Lo acaricia suavemente, deslizándose sobre mi carne trémula valiéndose del almíbar que emerge de la profundidad de mi sexo. Me siento morir. Me aferro al cabecero de la cama porque creo que si no, voy a caerme a un mar sin fondo en medio de ese naufragio de mis sentidos. Pedro sigue de rodilla ante mí, deslizando sus dedos por mi sexo. No sé que digo. Sólo sé que murmuro algo así como ¿qué me estás haciendo?, porque creo que voy a licuarme, a volverme loca. Creo que voy a morir de placer. Ya no siento cansancio. Sólo deseo que sus dedos sigan deslizándose por mi sexo y su dedo pulgar oprimiendo mi monte de venus. No dice nada. Pedro, cuando me ama, sólo se dedica a eso. Se concentra. Sólo mira de vez en cuando mi rostro para ver si me está gustando. Y yo sé que él sabe que me está gustando y mucho, porque veo mi sonrisa reflejada en el espejo de su cara. Y dura un tiempo infinito. El quehacer de Pedro sobre mi sexo. Cuando ya no puedo más, cuando creo que voy a desmayarme de gusto, siento como Pedro me penetra. Noto su verga dentro de mí. Con el mismo afán de hacerme sentir. Se mueve rítmicamente dentro de mí. Hace círculos. Entra y sale de mi cuerpo. Sigue de rodillas haciéndome ver el sol, la luna y las estrellas más cercanas. Y, desde luego , el firmamento. Y yo sigo así, agarrada al cabecero sintiéndome llena de Pedro, colmada de amor. Y no puedo soltar mis manos. Sólo puedo mover la pelvis para acomodarme al ritmo de Pedro y acoplar mi sexo a mi sexo. Y sigue y sigue hasta que Pedro no puede evitar acelerar su ritmo. Su orgasmo está próximo. Y llega cuando yo ya me he estremecido varias veces con mil contracciones, mil espasmos, mil explosiones de mi vientre. Y cuando llega su orgasmo, me incorporo y me abrazo a él y rodeo tu cuerpo con mis piernas, para sentirle más dentro, y mis brazos, para sentirle más cerca. Y sólo podemos decirnos bajito lo mucho que nos queremos. Cuando hemos deshecho nuestro abrazo, he rodado por la cama. Todavía mi sexo ha vertido aún el ámbar transparente de un nuevo orgasmo. OPALO
[email protected]