La web de Venus


El solarium

Aquel verano mi padre invitó a mucha gente a pasar unos días en la finca. Había hecho una piscina y contruído un cenador que quería que todos sus amigos, conocidos y hasta amigos de amigos conocieran. Yo había cumplido los catorce y andaba un poco perdido entre tanto trasiego de huéspedes y de bastante acomplejado con mis enormes granos y ese bozo que me sombreaba el labio superior. Mis mayores estaban bastante ocupados con sus zapuzones en la piscina, sus aperitivos y sus combinados de las noches bajo la luz de la luna. Yo pasaba los días a mi aire, bastante hosco y desinterasado de ese mundo de relaciones sociales que mi padre había establecido, sin tenerme en cuenta. Deambulaba yo por la finca reprochándole a mi padre que no hubiera tenido el detalle de invitar a alguien de mi edad, aunque fuera a uno de mis primos, esos tan odiosos. Lo que yo no sabía, y menos aún mi padre, era que aquel verano iba a descubrir una de las cosas más gozosas de la vida. Tan gozosa que he hecho de mi vida una larga búsqueda para repetir, siempre que me sea posible, tan deliciosa experiencia. De hecho, soy el más popular de entre todas mis amigas y nunca me dicen que no a un cita. Pasó a la hora de la siesta. A esa hora modorra en la que todos los huéspedes desaparecían en los dormitorios para reposar la comida y la solanera de la mañana. Hacía calor. Las cigarras chirriaban desde los pinos que rodeaban la piscina. Yo nunca dormía y solía pasarme las dos horas previas a la merienda buscando bichos raros por la finca, bichos que metía que en unos tarros para confitura que me daba la cocinera, con una tapas doradas que yo agujereaba con esmero. Andaba yo aquella tarde detrás de una araña muy astuta, que me estaba fascinando porque corría a toda velocidad desde el centro de la tela que había construído entre los rosales y un pino hasta el extremo mismo de tan portentosa obra para escapar a mis intentos de captura. En mitad de uno de aquellos intentos, levanté la vista. Junto a la piscina había una mujer. Una mujer joven que me pareció bellisima. Acaba de salir del agua. El pelo largo y oscuro empapado. Se secaba las largas piernas con una toalla y, la agacharse, mostraba una genorosa vista de sus pechos compridos por el sujetador diminuto de un bikini blanco. Me quedé paralizado, con el tarro-prisión en la mano, mirando con ella subía con las manos la toalla y se envolvía el pelo haciendo un turbante. El tanga del bikini blanco mojado se transparentaba y pude ver como una sombra de vello oscuro se dibujaba con toda nitidez. Mi cuerpo reaccionó de tal modo que se me encieron hasta las orejas. Pensé en la que verguenza que pasaría si alguien me viera en ese estado. Intenté huir pero no pude. Me quede de cuchillas, hipnotizado, clavado en la visión de aquella mujer que parecía recoger en su cuerpo todo el sol que reflectaba el agua de la piscina. Ahora sé lo que hubiera deseado hacer con ella, pero entonces, sólo pude pensar en que mi cuerpo se tensaba sólo con estarla mirando, que la sangre me corría más de prisa, que me latían las sienes. Ella, que yo no sabía ni quien era, seguía ajena a mi mirada de niño. Se apartó del borde de la piscina con su toalla enrollada en el pelo y su mini bikini blanco hacia un espacio que mi padre había habilitado en un extremo, un espacio en el que no me dejaba entrar, pero en el que yo sospechaba que pasaban cosas a las que no estaba invitado. Siempre lo llamaba el solarim. Casi gateando, la seguí. Me asomé entre los juncos de la valla que había hecho contruir mi padre. Ante mi ojos, aquella sirena de pelo oscuro, de piel morena y curvas deliciosas, se quitó el sujetador, se quitó las braguitas y se tumbó en una hamaca, con su pelo escondido bajo el turbante de la toalla. No sé como lo hice. Aún no lo sé. Todavía no sé que parte de mi cerebro hizo que saliera de mi escondite de voyeur, entrara por la angosta abertura de juncos y me plantara delante de ella, mirándola como un bobo, con el cuerpo agarrotado y los puños apretados. Fue como si mis pasos me llevaran hasta ella sin que mi voluntad tuviera nada que ver en ello. Ella abrió los ojos con un guiño debido al sol. No pareció inmutarse ni preocuparse mucho por su desnudez. - Hola - dijo con simpatía - tú, ¿quiién eres? - se incorporó un poco y sus pechos temblaron como flanes - Soy.. soy.. el hijo de ... - tartammaudeé - Ah - dijo sonriendo - Te he visto ppor aquí. ¿Y qué haces aquí, con el calor que hace? - Buscaba arañas.... - Uy, no me digas eso - incorporándosse del todo - Que me iré de aquí. No me gustan nada las arañas - No - la tranquilicé - aquí no hay. Están entre los arbustos - Ah - dijo ella - Pero si están entrre los arbustos, ¿qué haces aquí? - Y no había una sombra de picardía en sus palabras - Es que quiero saber a qué sabe una mujer - dije de un tirón y sabiendo que no había marcha atrás. Y me preparé a recibir una regañina o a que me amenazara con chivarse a mi padre. Pero ella se echó a reir. Yo veía sus pechos moverse al compás de su risa fresca y la mancha oscura de su sexo y sólo deseaba meterme allí dentro. Deseaba como nunca había deseado nada hundir la cara entre aquellos muslos morenos y conocer el secreto de su sexo. - Pero eres muy chico tu - me dijo ellla - Anda, vete con tus arañas y déjame tomar el sol. No creo que debas estar aquí Dejó de prestarme atención y se tumbó de nuevo. Debió pensar que me iría. Pero no. Me quedé. Y acerqué y toqué un pie. Y ella no dijo nada. Sólo me miró entornando los ojos. Pasé la mano por su enpeine, llegué a la rodilla, subí por el muslo. Noté la piel de gallina bajo mis dedos. - Eres un niño - murmuró. Mis dedos rozaban ya el vello suave. Exhaló un ¡ay! muy bajito. Despacio, muy despacio subió la rodillas aún juntas. Mi mano se posó en su monte de venus. Sus pezones se erizaron. - Eres un niño - musitó de nuevo Con las dos manos separé sus rodillas. Su sexó se me mostró. Dos caminillos muy estrechos de vello rizoso custodiaban su carne rosada, aún cerrada en dos pequeños labios. Como un poseso insensato pegué mi nariz a esa carne palpitante. Olía deliciosamente, a un olor desconocido. A mar, a algas. Deseé comerme aquello. Comerlo, chuparlo, lamerlo. Pasé la lengua por los labios menores cerrados. Eran suaves, lisos. Metí la punta de la lengua y encontré una perla lisa, húmeda y me deslicé por ella, capturando su sabor a mujer, un delicioso sabor que me hizo estremecer de pies a cabeza. Estaba de rodillas ante ella, con mi cabeza hundida entre sus muslos. Posó su mano en su pelo e izó las caderas. - Aún eres un niño - susurraba . Y laa oí gemir en lo que sujetada sus nalgas y seguía buscando con mi lengua. Me sumergí en sus rincones. Naufragó mi lengua en la supercie lisa de sus labios abiertos, se perdió en su oquedad carnosa, líquida, palpitante. Noté bajo la lengua como crecía su perla, como se abultaba, como se expandía. Sentí como de su interior fluían líquidos que me embriabagan, líquidos delicisos, líquidos que yo engullía. Y mi lengua quería llegar más dentro, obtener más secretos. Y ella se apartaba un poco la cabeza. Temblaba. Toda ella temblaba. Se había arqueado su cuerpo y de su garganta sólo salían quejas. Y yo, buceador de un mar desconocido, seguía buscando, tanteando, rozando con mi lengua delicias de carne agitada, provocando pequeños gritos ahogados. Entonces, cuando más afanado estaba yo dando vueltas con mi lengua en su interior, se sentó, oprimió mi cabeza contra su sexo con fuerza. Mis labios hicieron ventosa en sus labios. Su perla sobresalió tanto que llenó mi boca, y deseé absorberla entera. Sólo un grito. Un grito largo. Se contrajo, se expandió, se agitó toda. Gemía y gritaba. Cuando mis labios se separaron de los suyos, un geiser de líquido inodoro se disparó hacia mi cara. Puse de nuevo mi boca en su sexo y bebí del manantial de su cuerpo. Bebí como si fuera un sediento tuareg perdido desde siempre en el desierto. Bebí de ella, lamí su piel mojada, chupe sus muslos empados. Mi saliva se mezclaba con su líquido. Me sentí como el invitado privilegiado de un festín. Y seguí hundido en ella mientras duraban las contracciones de su cuerpo, sus gemidos, sus suspiros, sus palabras desarticuladas y sordas. Cuando se calmó apoyó mi mejilla en su vientre. Me acarició el pelo. Me pidió que me levantara. Se tumbó con las piernas juntas y me pidió que me tumbara sobre ella. Mi cara quedó entre sus pechos. Mi pene erecto y duro como una piedra, apresado entre mi vientre y el suyo. Se movió despacito debajo de mí. Me dijo cosas dulces al oído. Y se movía. El tacto de su viente liso contra mi glande, su voz, su olor. Aún recuerdo como exploté sobre ella. Aún puedo sentir como me derramé. Aún reproduzco el escalofrío que me recorrió desde los dedos de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Me rodeó con sus brazos. Y sus piernas. Y yo me quedé medio dormido. Me apartó con dulzura. Me besó muy suave en los labios, se levantó, cogió su toalla y se fue del solarium. La ví salir por la angosta entrada con la toalla cubriendo su desnudez magnífica. No la ví por la noche. No la ví por mañana. No pregunté a mi padre por ella. Nunca volví a verla.
El duende de la noche



[INDICE] [ESCRITORES] [EL DUENDE DE LA NOCHE]



Mandame tus relatos eroticos [email protected]



© Copyright dr_pleco&Opalo - 2001

Hosted by www.Geocities.ws

1