La web de Venus


Piel

Tú jugabas con la barbie y yo miraba tu piel, tan suave. Miraba tu piel de niña y esperaba. Eras de las pequeñas, de grupo de renacuajos a los nosotros, los mayores, no prestábamos atención. En mi panda, había chicas de mi edad, chicas que ensayaban sus primeros pasos de mujeres. Pero tú, con tus barbies, absorbías toda la luz de mundo. Cuando te veía jugar con tu cacharritos, en la terraza, en aquellas tardes de agosto, jugando yo a las cartas con tu padre y con mi padre no podía dejar de mirar el reflejo del sol en tu pelo trigueño tornasolado, los muslos morenos, los dedos de tus pies de niña asomando por las sandalias. Tus dedos hábiles de tus manos peinando a las muñecas.
Y tú crecías, un verano tras otro. Y a la luz de los azules de Sorolla, de este benito mediterráneo, adiviné las primeras sombras de bello púbico asomando por el borde tus braguitas, mientras tú, ausente, leías un cuento de Asterix a la hora de la siesta. Y mientras tonteaba con las de mi edad, no podía dejar de mirar tu cuerpo adolescente jugando con las olas. Despreocupada de las hombreras del bañador. Jugando con la eterna pelota hinchable de Nivea. Saliendo empapada del agua, sacudiéndote el pelo y dejando que el proyecto de tus pechos se marcara en el bañador azul de los ositos.
Y por las tardes jugabas a balón prisionero. Y yo, desde mi casa, miraba como corrías, como se escapaban mechones de cabello rubio aclarado por el sol de entre la cinta azul. Y te veía comer esos bocadillos con el hambre de los niños que crecen. Y a veces, cuando pasaba por tu lado con mis amigas, te hacía cosquillas, o recorría con la yema del dedo tu hombro de niña desnudo y moreno. Y tú me mirabas sonriendo.
Y muchos días me subía a tu casa a la hora de la siesta. Veía la tele con tu hermano o jugaba cartas. Siempre me entretenía mucho en tu casa. Y tú, en las nubes, salías a medio vestir porque tenías prisa de volver a la playa, porque ese día ibais a jugar a palas. Y yo me moría porque quería tocar tu piel suave y acercarme más y oler tu olor a niña que crece.
Y en las noches de agosto, me cansaba de las tontadas de mis amigas y me iba a buscar al grupo de los peques y se apoyaba en la pared a escuchar las historias de miedo que os contábais. Y me reía oyéndoos gritar e incluso salir corriendo tras una buena historia. Pero me fascinaba el brillo de tus ojos color caramelo bajo el pálido reflejo de la luna. A veces me echaba. "Fuera!", decías, "que vienes a reirte de nosotros". Y yo pensaba, vengo a ver como ries, vengo a ver como se ahueca el borde de esa camisetita de tirantes que llevas puesta e imaginar como serán al final esos apuntes de pechos.
Y ya un día no pude más. Era la época ya en la fumábais a escondidas. El tiempo en que te pintabas los labios a escondidas. El tiempo en el que las niñas juegan a ser mayores, en el tiempo absurdo en que quieren dejar de ser niñas. Recuerdo el vestido verde. Las sandalia con un dedo de tacón. Las perlitas en tus orejas. Tu melena cayendo lacia sobre los hombros. Te acercaste a mí con la boca llena de risa. Me revolviste el pelo y me dijiste algo de lo aburridos que éramos los mayores, que si ya sólo salíamos de noche.
Y tu, vestida para ir a tomar horchata. Las cinco de la tarde. Tus padres en la playa. Y yo no pude detener mi mano, que se hundió en la hondura de tus braguitas, bajo la falda. Abriste los ojos asustada. Pero no dijiste nada. Te apoyaste en la pared y solo me mirabas. "No te haré daño", te decía, "no es nada". Y acaricié tus recovecos y deseé oler el olor de tu sexo. No te movías. Solo dejabas que mi mano se deslizara por tu carne nueva. Saqué los dedos de tus profundidas y olí tu olor a sexo. Y no decías nada. Sólo jadeabas. Y yo sabía que no hacía bien. Sólo sabía que quería acariciar tu sexo, aspirar tu aroma, chupar mis dedos con la humedad de tu cuerpo. Olías a animalillo joven, a cachorro sano, a Nenuco y a sal. Y me volví loco buceando en su sexo.
Me apartartaste de un empujon. ¿Recuerdas? Me dijiste "¿Estás tonto?. Anda que tengo que irme". Y, temblando, insegura aún sobre tus medios tacones nuevos, me diste la espalda y te ví caminar por el pasillo, con los dedos llenos de tu olor a niña. Y antes de cerrar la puerta me miraste a los ojos. Y en aquella mirada limpia sólo vi lo que había visto siempre. La mirada serena de quien en mí confía, porque nos conocemos de toda la vida.
Ahora que han pasado los años. Ahora que he venido a darte la enhorabuena por tu primer hijo, quiero decirte que después de aquello me entró miedo. Que me tuve que apartar de aquella niña porque, de no ser así, no sé que hubiera hecho. Espero que hayas sido feliz. Espero que aquello no te molestara. Espero que entiendas que me siento como un idiota.
El duende de la noche



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