Aquella noche de viernes me encontraba en un extraño estado de melancolía. Estaba tan agotada que no pudo concentrarme en el libro que intentaba leer desde hacía días. Zapear en la televisión me habían producido tal estado de tedio que ni fuerzas tenía para acercarme al ordenador y buscar a algún amigo con el que charlar. Me tumbé en el sofá con una copa de armagnac sobre la mesita y dejé que el tic tac del reloj llenara de algún modo el vacío que sentía por dentro.
Creo que me había quedado traspuesta cuando sonó el móvil. "Hola, hola, ¿qué haces?". La voz de Pedro sonó tan alegre que me provocó una sonrisa. "Me estaba quedando dormida". "Eso no puede ser - dijo transmitiéndome ese optimismo tan suyo - Voy para alla". Miré el reloj. "Pedro, santo cielo, que son la una, estoy cansada y...." No me dejó acabar. Había colgado.
Me levanté con bastante pereza y fui al lavabo a mirarme. Mi piel estaba desastrosa. La fatiga era evidente en mis ojeras y mi pelo estaba tan lacio que ni una buena cepillada iba a servir como solución de emergencia. Bueno, pensé, Pedro me conocía de todas las formas posibles: relajada, cansada, arreglada, hecha un asco. Pedro era de confianza.
No tardó ni diez minutos en llegar. "Hola hola" saludó dándome un sonoro beso en los labios en cuanto le abrí la puerta. "Uy uy esa carita. ¿Qué la han hecho a mi princesa?". Y sin esperar respuesta me cogió de la mano y me llevó a mi cuarto. "Pedro..." . protesté yo, dejándome arrastrar con suavidad por el pasillo. "Pedro, que no... Pedro, que estoy muy cansada... Pedroooooo".
Y él como si no me oyera hizo me sentara en la cama. "A ver, a ver..." decía como si se preguntar algo en lo que matizaba la luz y me quitaba el albornoz con el que yo cubría mi cuerpo desnudo. "La princesa necesita un tratamiento de choque - seguía diciendo - empecemos por un buen masaje". Se dirigió al baño mientras yo, con los pechos desnudos, no podía dejar de sonreir como una boba.
"Pedro - le dije cuando volvía con el frasco de aceite perfumado - al final vas a conseguir que me enamore de tí".
Sin dejar su chárara habitual, hablando de lo poco que nos cuidamos las mujeres trabajadoras, y lo injusta que es la vida con nosotras, me hizo sentarme sobre una toalla que puso sobre la cama con las piernas cruzadas y se situó a mi espalda. Me recogió el pelo y lo sujetó con un boli que había sobre la mesilla. "Asi, perfecto - siguió diciendo - ahora vamos a mimar a esta chica cansada".
Dejó caer dos chorretones de aceite sobre mi espalda. Al escalofrío que siguió el contacto del líquido frío con mi piel, siguió el tacto cálido de su manos, que comenzaron a extrender un unguento oleoso sobre mis hombros y mis costados. Las palmas de sus grandes manos se deslizaban sobre mi espalda y una oleada de gratas sensaciones empezó a recorrer mi espinal dorsal.
Pedro seguía hablando y acariciando, y derramando chorritos de aceites sobre mi piel. El masaje se extendió a mi cuello, mis senos, mi vientre. Y cada moviemiento circular de sus manos me iba sumiendo en un estado de languidez mezclada con un tremende deseo de que sus manos avanzaran por mis muslos, mi entrepierna y mi sexo.
Pedro evitaba en su parloteo cualquier referencia al deseo y ninguna parte de mi cuerpo rozaba el mío, salvo esas manos cálidas y excitantes que me estaban volviendo loca. "No puedo más, Pedro.. - musité - y me tumbé boca arriba esperando su abrazo.
"Ah, - dijo levantándose de un salto - hemos terminado la primera fase de la sesión de mimos". "Pedro.... le llamé como una gatita cariñosa - pero él se dirigió al lavabo. Oí el grifo y supe que se estaba lavando las manos. Cuando le ví venir hacia mí, cerré los ojos esperando el contacto de su cuerpo contra el mío. Pero no se acercó. "¿Qué haces, Pedro?", dije cuando le ví abrir el cajón de la cómoda. "Voy a cubrirte de perlas". Empecé a reirme. El de las perlas era un viejo juego que habíamos descubierto en los joyeros de su madre. Los restos de los collares desenfilados servían como un poderoso afrodisiaco al que tan aficionados fuimos. No había nada como las perlas deslizándose por mi cuerpo movidas por las palmas de las manos de Pedro, nada como el tacto del nácar redondeado como para excitar mis pezones o recorrer los recovecos de mi sexo. Me dispuse gozosa a recibir las perlas sobre mi piel.
"Hoy cambiaremos el juego - dijo Pedro". Con cuidado separó mis piernas. Dejó mi sexo expuesto. Cerré lo ojos de nuevo y sentí como, lentamente, con mucho cuidado, iba introduciendo el largo collar de dos vueltas en mi vagina. Cada perla acariciaba mi clítoris y al introducirse en mi cuerpo, el nudo que la unía con la siguiente perla provocaba un pequizquito, tan tenue y tan excitante, que me oí gemir a pesar mío. Lentamente, sujetando mis labios menores, con mucho cuidado, Pedro introdujo el collar entero en mi sexo. "Pedroooooooooo.."
Dando suaves tironcitos, Pedro comenzó a tirar del collar para extraerlo de mi cuerpo trémulo. Notar la deliciosa redondez del nacar de nuevo, me provocó las concracciones que preceden al orgasmo. De un tirón menos suave, Pedro sacó lo que quedaba del collar en mi vagina y, sin darme un respiro, me penetró con su sexo enhiesto y fantástico. Arqueé las caderas. Mientras me hacía el amor como un salvaje, todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se pusieron de acuerdo para provocarme el climax más delicioso que había tenído desde que Pedro y yo habíamos decidido separarnos porque no nos aguantábamos si vivíamos juntos.
Opalo
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