Iba a aquella cita con más miedo que esperanza. Elena y yo llevábamos más de cuatro meses hablando noche tras noche en un chat. Habíamos reído, habíamos hablado de cosas tristes y discutido mucho sobre nuestra forma de entender la vida. Ella vivía en Cádiz y yo en Barcelona. Ambos éramos funcionarios, ambos acabábamos de terminar con una mala relación de pareja. Teníamos muchas cosas en común. Al menos, a través de internet. Nos costó mucho tomar la decisión de vernos. Me sabía su rostro de memoria. Había mirado cada día las fotos que me había mandado. Y ella decía que hacía lo mismo con las mías. Pero me quedaba aquella última duda. La prueba de fuego. La distancia corta, el efecto que su presencia me produciría, y el que yo causaría en ella. Y el miedo al rechazo. Mientras conducía hacia Madrid, punto intermedio de la cita, no podía controlar apenas mi nerviosismo. "Si no nos gustamos, no pasa nada", me día, "seguimos tan amigos", pero "ay, ay si hay química". "Que yo me conozco - me decía - y cada uno de los dos tiene su vida".
Habíamos quedado en la cafetería de un complejo comercial. Ninguno de los dos lo conocía y supimos de él por internet. En una especie de plaza interior en la que convergían todas las tiendas había un enorme fuente iluminada rodeada de meses. La reconocí en cuanto la ví. Llevaba un vestido negro y un gran pañolón rosa. El pelo negro en cascada. Una sonrisa. "¿Tú eres?" "¿Eres tú?". Y sin dudas, sin confusión alguna, nos fundimos en un abrazo, ese abrazo que sólo reservamos para los amigos del alma.
Contra mi pecho noté la calidez de su cuerpo. Mis sentidos se llenaron del tenue olor de su perfume. Nos quedamos abrazados, sin tiempo. Nos separamos y nos miramos a los ojos. Esa extraña de ojos grises, que me no me analizaba sino que me miraba al fondo del alma, como buceaba en ella a través de las miles de líneas que habíamos escrito, me fue tan familiar como la amiga de toda la vida. Puse la mano en su cintura. La apreté contra mí. Bajé la mano por la tela fina del vestido y noté el roce de una ropa interior que no era precisamente de tesa suave y lisa lisa. "Pero, ¿qué demonios llevas puesto?". Y al hacer esta pregunta, me dí cuenta del absurdo. Y, al unísono, soltamos una doble carcajada.
Sin hablar más la cogí del brazo. Nos mirábamos si hablar. Caminábamos entre escaparates iluminados, entre gente que charlaba y reía. La conduje al parking. Con un gesto le indiqué donde tenía aparcado el coche. Seguimos caminando. Senteía sin mirarla la cadencia de sus caderas al caminas, me llegaba el tenue aroma. El coche estaba en la última plaza de la zona roja, planta 2. Se había fundido el fluorescente. Con menos luz le brillaban aún más los ojos. Iba abrir la puerta del copiloto, pero lo pense mejor. Me volví con brusquedad. la apoyé la pared. Se le escapó un suspiro. Le subí la falda, todo lo despacio que pudieron hacerlo mis ansiosas manos. Llevaba un liguero de encaje negro. Y una braguitas negras con más crujiente encaje. Pusé las manos temblorosas en la piel desnuda de sus caderas. Se le cayó el bolso. Pero no se agachó a recogerlo. Desplacé el encaje negro de sus bragas con los dedos. Liberé mi verga torturada. Ella levanto un pie y lo apoyó en el guardabarros. Echó la cabeza hacia atrás y adelantó la pelvis separando aún más las piernas. Y me clavé en ella. Me clavé con fuerza. Y mientras sujetaba su trasero con la mano izquierda, me la comía a besos. Busqué por entre el escote la tersura de sus pechos. Estaba totalmente calzada en mí, temblaba, se movía, se agitaba. Aprisioné con mi mano la dureza de sus pezones, redondeé la forma perfecta de sus senos. Buceé en sus labios. Estuvo clavada en mí mucho rato. Su vientre se contraría, de su garganta salían quejidos que se fueron convirtiendo en lamentos. Y me moví dentro de ella. Hice círculos llenando la cálida oquedad en su cuerpo. No sé cuanto duró aquello. Sólo sé que fue largo, eterno. Mis músculos se tensaron. De su pecho salió un grito que retumbó en el vacío espacio de la zona roja, planta 2. Y de mis entrañas un chorro cálido que quise que quedara para siempre dentro de ella. Permanecimos abrazados. Apoyaba ella su pecho en mi hombro y yo la estrechaba. Después de bajarle la falda del vestido y subirle el escote, le levanté la barbilla con los dedos y miré sus ojos.
- Quién pide el traslado. Tú o yo? - aceerté a preguntarle.
El duende de la noche
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