El
pasado viernes, día 20 de febrero, cayó sobre Mallorca una lluvia de
barro. A media tarde las nubes tamizaban la luz con un tono opalino,
típico de estos vientos del Sur, provenientes de África. Poco
después las calles y coches se cubrieron de gruesos lamparones de un
barro marrón - otras veces son más blanquecinos, más arenosos, como
si provenieran del desierto -. No es infrecuente que ocurra un
fenómeno de estos. A veces, como este verano, el aire se muestra
opaco y caliente durante varios días. Las arenas del desierto pasan
flotando sobre la isla oscureciendo levemente la luz solar. En
ocasiones caen junto con la lluvia; otras veces no; sin embargo se
quedan adheridas a la piel. Notas los minúsculos granos sobre la
piel de la cara.
En el sur de Marruecos hay un viento en forma de
torbellino, el aajej, contra el que los fellahin se
defienden con cuchillos. Otro es el áfrico, que a veces ha
llegado hasta la ciudad de Roma. El alm, viento otoñal,
procede de Yugoslavia. El arifi, también llamado
aref o rifi, abrasa con numerosas lenguas. Ésos son
vientos permanentes, que viven en el presente.
Hay otros
menos constantes, que cambian de dirección, pueden derribar a un
caballo y su jinete y se reorientan en sentido contrario al de las
agujas del reloj. El bist roz azota el Afganistan durante
ciento setenta días... y entierra aldeas enteras. Otro es el
caliente y seco ghibli, procedente de Túnez, que da vueltas
y más vueltas y ataca el sistema nervioso. El haboob es una
repentina tormenta de polvo procedente de Sudán que se adorna con
brillantes cortinas doradas de mil metros de altura y va seguida
de lluvia. El harmattan sopla y después se pierde en el
Atlántico. Imbat es una brisa marina del África
septentrional. Algunos vientos se limitan a suspirar hacia el
cielo. Hay tormentas nocturnas de polvo que llegan con el frío. El
jamsin, bautizado con la palabra árabe que significa
«cincuenta», porque sopla durante cincuenta días, es un polvo que
se levanta en Egipto de marzo a mayo: la novena plaga de Egipto.
El datoo procede de Gibraltar y va acompañado de
fragancias.
Otro es el ______, viento secreto del desierto,
cuyo nombre suprimió un rey después de que su hijo muriera
arrastrado por él. El nafhat es una ráfaga procedente de
Arabia. El mezzar-ifoullousen, violento y frío procede del
Sudoeste; los bereberes lo llaman «el que despluma las aves de
corral». El beshabar -«viento negro»- es otro viento
sombrío y seco procedente del Nordeste, del Cáucaso. El
samiel -«veneno y viento»- procede de Turquía y se
aprovecha a menudo en las batallas. Tampoco hay que olvidar los
otros «vientos envenenados»: el simoon del norte de África,
y el solano, cuyo polvo arranca pétalos preciosos y causa
vahídos.
Otros son vientos locales, vientos que pasan a
ras de suelo como una inundación, descascarillan la pintura,
derriban postes de teléfono y transportan piedras y cabezas de
estatuas. El harmattan recorre el Sáhara con polvo rojo,
polvo como fuego, como harina, que entra y se coagula en los
cerrojos de los fusiles. Los marineros llaman a ese viento el «mar
de las tinieblas». Brumas de arena roja procedentes del Sáhara han
llegado hasta lugares tan lejanos como Cornualles y Devon y han
producido lluvias de lodo tan intensas que se han confundido con
sangre. «En 1901 se habló de lluvias de sangre en muchos lugares
de Portugal y España.»
En el aire hay siempre millones de
toneladas de polvo, como también hay millones de metros cúbicos de
aire en la Tierra y más seres vivos dentro del suelo (gusanos,
escarabajos, criaturas subterráneas) que pastando y viviendo sobre
él. Herodoto registra la muerte de diversos ejércitos
envueltos en el simoon, a los que no se volvió a ver. Una
nación «se enfureció tanto con ese perverso viento, que le declaró
la guerra y avanzó en perfecto orden de batalla para resultar
rápida y completamente sepultada».
Las tormentas de polvo
registran tres formas: el remolino, la columna y la cortina. En el
primero desaparece el horizonte. En la segunda te ves rodeado de
«djinns danzantes». La tercera, la cortina, «aparece teñida de
cobre: la naturaleza parece
arder».
Copiado de: Michael
Ondaatje: El paciente inglés. Editorial Plaza &
Janés