RECUERDOS DE UNA PARTIDA
Nací un miércoles del mes de mayo de 1940, para mas cierto el día 8, en la casa de mis padres localizada en la vereda de San Pablo del Municipio de Nocaima. Eran ellos María Emma Enciso Méndez y Marco Fidel Acuña Toro; soy el mayor de siete hermanos, 4 mujeres (una que murió a los pocos meses de nacida) y tres hombres. Fueron mis padrinos de bautismo Pablo Emilio Calderón y Anadelfa Sánchez y el de confirmación Víctor Julio Acuña Toro.

Los primeros años los pase en el campo, paseaba con mi papi de la finca a la de los abuelos, La Liborina, de a caballo en el potro que el padrino me había regalado. Allí pernocté en muchas ocasiones, me agradaba acompañar a mis tíos Andrés Avelino y Guillermo Alirio Acuña Toro en las actividades que diariamente realizaban: cuidar gallos finos, ordeñar las vacas, llevar el ganado al potrero, cuidar las guacharacas, curar el ganado, comer el pan que la abuela Paz fabricaba para la venta, cazar, etc. Cuando tuve mas de siete años viví en el pueblo, allí estudié en el kinder del colegio de los S.S.C.C. con la hermana Gabrielina.

La violencia partidista desatada al final de la década de los cuarenta obligó a toda la familia a desplazarse a otro lugar, dejando atrás 200 años de asentamiento en Nocaima. El primer punto de llegada fue Villeta, donde estuvimos cerca de un año. Allá estudié en la escuela pública, experiencia desagradable pues ingresé casi a mediados de año sin conocer a nadie. Era un chico extraño entre todo el grupo de estudiantes, fue algo impactante en mi animo y espíritu; era feliz jugando con caballos de madera. En Villeta se hacia mucha “vaquería”, las reses que iban al matadero la conducían enlazadas y manejadas por vaqueros que de a caballo formaban fiestas en el pueblo.

De este pueblo nos movilizamos a Guaduas, en ese lugar encontró la familia un lugar donde vivir. Mi abuelo, mi papá y todos los tíos se dedicaron a buscar las fincas que satisficieran sus ansias de progreso y las perspectivas de grandeza que los caracterizaba. Después de indagar, ver y preguntar, mi abuelo adquirió una propiedad llamada El Hato, lugar localizado a una hora de camino hacia el occidente de Guaduas, por la vía a Chaguani. Es un valle de por lo menos 20 hectáreas, todo plano, apto para sembrar soya y para el pastoreo. Tenía buenas aguas y una casa confortable, circundada por una parcela llena de árboles frutales, que como nísperos, madroños, mameyes, naranjas hacían las delicias de los dueños.

Avelino, Guillermo y Víctor compraron la finca de San Antonio ubicada contra la cordillera, tenía montes y colindaba con el valle del Magdalena. Para llegar había que transitar por un camino que en los días soleados era asiento de las tayas equis, culebras venenosas que se apostaban sobre el trayecto a calentar su sangre; para que se retiraran y dejaran el paso libre era necesario lanzarles terrones, piedras o palos. Mi papá (Fidel) también compró una finca llamada Montenegro localizada entre la finca de los abuelos y la de los tíos. A Guaduas llegaban a visitar la familia en vacaciones los primos, concretamente los hijos del tío Demetrio. Blanquita la esposa de mi tío, fue tiempo después maestra en la escuela urbana de Guaduas. En cuanto a la familia de mi tío Víctor, ésta se ubicó en Facatativá. Curiosamente en Guaduas se izaba la bandera azul en el parque principal, junto a la estatua de La Pola.

Así, casi toda la familia permaneció unida, pues mi tía Mercedes, en la época del nueve de abril de 1948, ya vivía en el municipio de Alban junto con su esposo Miguel Ruiz y mis primas Marina, Lulú, Leonor y Amparo, lugar donde estuvieron por un largo período hasta cuando se trasladaron a Bogotá al barrio Chapinero donde montaron un negocio de ropa. Y mi tío Euclides, el mayor de la familia Acuña Toro, siempre vivió en su finca de San Javier a orillas del río Tobia, jurisdicción del municipio de La Vega, propiedad que él luego acrecentó cuando compró La Reforma.

La Navidad del año 50 fue festejada en la finca El Hato con pompa, alegría, regalos, pólvora, dulces y comida, siempre será recordada por haber sido una de las integraciones familiares más sentidas. Al abuelo Avelino le gustaba mucho la cacería; alguna vez queriendo congraciarse con sus nietos los invitó a cazar, llevó los mejores perros que tenía: Clarín, Astaver, Chimborrio, y la perra Maravilla, todos sentados en venado, carmos y borugas. La faena empezó cuando el abuelo los soltó, y como a los cinco minutos el concierto de bramidos de estos canes era sobrecogedor; vimos correr al abuelo, su oído se aguzaba, movió la cabeza para escuchar mas claramente por donde venía el animal, de pronto observamos que tendió la escopeta, apuntó hacia un sendero del monte, accionó el disparador, sonó un estruendo, sus nietos gritaron:

-¿Lo mató abuelito?

-Él todo apenado y cabizbajo dijo:

-¡No mis chinitos, le erré el tiro!

Talvez en su vida era el único tiro que erraba y lo malo fue que los nietos estaban ahí como testigos.

Avelino y Guillermo eran unos mocetones solteros que estaban en tiempo de casorio, es así como allí se enamoraron y consiguieron sus consortes, era el año de 1950. Guillermo se casó con Maruja Agudelo, una maestra que provenía de La Palma y trabajaba en Guaduas; Avelino con Olga Ramírez, una señorita proveniente de Samaná (Caldas) que con frecuencia visitaba a su pariente casada con el señor Antonio Cardona, rico comerciante que tenía un almacén de víveres. Allí trascurrió una parte de la existencia de esta familia, hasta cuando vino el éxodo. El proceso arrancó cuando mi papá, Fidel Acuña Toro, vendió la finca de Montenegro y compró una casa en Facatativá, allí dejó a la familia y partió rumbo a los llanos orientales en busca de nuevas aventuras. El Llano es embrujador al punto que resolvió llevarse la familia. Así, vendió la casa en Faca y compró una finca situada a 8 kilómetros de Villavicencio vía Acacías, la limitaba el río Ocoa y dos caños más.

Avelino Acuña Laverde, Maria Paz Toro Bohórquez, Avelino Acuña Toro y Guillermo Acuña Toro tomaron camino hacia la Victoria(Caldas). Los abuelos adquirieron una finquita cerca al pueblo, sobre la vía, mientras los tíos compraron una finca localizada en un punto intermedio entre Guarinocito y La Victoria llamada “El Progreso”. Era un pequeño valle de unos 200 metros de ancho circundado por laderas por donde corría una fuente de agua que en los veranos fuertes perdía su caudal, allí criaban ganado, sembraban arroz, algodón, tenían camuros y vivían en una casa situada sobre la parte alta de la quebrada. En el patio orondo se erguía un tamarindo que refrescaba el ambiente en los días de intenso calor, allí pasaron gran parte de la existencia los hijos de Maruja y Guillermo: Elizabeth, Guillermito, Miryam, Ruth Helena, Consuelito y Piedad; a ellos les tocó vivir el rigor de la vida del campo, con el tiempo salieron hacia el pueblo en donde estudiaron. No obstante fue Guillermito que por ser el hijo varón mayor le correspondió asumir un rol más intenso en las labores de la finca. ¡Bueno, eso nos pasa a todos los hijos mayores, siempre nos toca contribuir un poco más en los nuevos núcleos familiares ayudándoles a los taitas en mil tareas!

La familia de Avelino se estableció en Samaná, hasta cuando él en la década de los sesenta parte sólo hacia el bajo Magdalena. Allí tío Avelino adquirió un “abierto” que eran algunas 3 hectáreas, junto con toda la extensión de selva baldía que le delimitó el colono vendedor. Fue la gran aventura de su vida, llevaba una hacha, algunos billetes, unos pocos animales y eso si una gran voluntad de trabajo, quería brindarle bienestar a la familia, montar una buena ganadería y tener el dinero necesario para vivir cómodamente, fue la ilusión de su vida. Para llegar a ese lugar era necesario primero pasar por San Rafael, un corregimiento localizado al sur del Dpto. del Magdalena y cerca al río Cáchira. Allí, al llegar al Puente 20 de Julio y después de caminar como dos horas por entre potreros y una selva espesa se arribaba a un lugar llamado Las Margaritas.

El trabajo del campo y sobre todo la colonización son muy arduos, Avelino hizo la finca con esfuerzo, dedicación, tesón y trabajo personal, era gratificante y a la vez preocupante ver a este coloso Acuña armar un andamio alrededor de una ceiba de por los menos 2.50 metros de diámetro y a dos metros de altura, y durante dos o más días tomar el hacha, trabajar de sol a sol hasta después de abrir una ”boca” inmensa, derribar esta mole de madera de por lo menos 200 años que se levantaba imponente sobre el valle. ¡Eso lo hizo Avelino¡ Luego esperar a que el sol tostara las ramas que junto con los demás arbolas que en su caída arrastraba este inmenso árbol, permitiera meterle candela y comenzar a hacer el limpio. Allí sembraba el arroz, que luego de cuatro o seis meses se cosechaba para entregárselo al señor de la bodega que en el 20 de julio esperaba le cancelaran los víveres y viandas que durante ese tiempo, domingo a domingo, le proporcionaba para su manutención y sustento.

El terreno era completamente plano, razón por la cual cuando se internaba en el monte había la posibilidad de extraviarse, ya que no se encontraba un punto de referencia para la orientación, los árboles eran tan altos y frondosos que escasamente se veían algunos rayos del sol cundo este circundaba el firmamento. Había muchas especies de animales: carmos, borugas, pavas, leoncillos, tigrillos, armadillos. En ocasiones se hacían cacerías, encontrando hasta tres borugos en un mismo hueco de un árbol caído. La vida era monótona, pero llena de aventuras, los visitantes como yo dormíamos en la parte alta (zarzo) de un rancho que las empresas petroleras habían construido en sus rutinas de perforación. Por lo general a la media noche los búhos y las lechuzas se posaban en la cumbrera del rancho en espera de encontrar el alimento para su sustento, mientras tanto lanzaban al aire sus cánticos agoreros los que se oían tan cercanos que nos hacían erizar la piel. Del lecho a la cumbrera había por ahí 70 centímetros, entonces, levantando la mano tocábamos el techo para que volaran y nos dejaran dormir tranquilos. Las fijaciones de la niñez nos hacían creer que cuando el currucú canta es porque se va a morir alguien, imagínense que pensaría uno metido por allá en una selva virgen, lejos del médico y del cura, era el año de 1964. El clima de ese sector es demasiado húmedo, el valle del Magdalena esta por ahí a 200 m.s.n.m. el calor es infernal, las enfermedades campean por doquier, la malaria, el paludismo, el dengue, la amibiasis son las más comunes y que decir de la nube de zancudos que a todo momento asecha. Para poder realizar las funciones primarias había que salir al campo, las “necesarias” se debían cumplir lo mas rápidamente posible, armados de una rama de un arbusto con hojas bien dispuestas se golpeaba uno el cuerpo, mientras pujando se expulsaban los residuos no digeridos de la comida del día anterior, porque de lo contrario se era presa de los picotazos y un abrir y cerrar de ojos habían extraído gran parte de nuestra sangre.

Con el tiempo la finca se fue extendiendo, Avelino sembró cocoteros y papayos, hizo potreros y arreglo la casa; desde allí se divisaba la serranía de los Motilones. Tiempo después logró que le titularan las tierras ya que eran baldíos. Fue Arcadio Cifuentes Pinzón quien realizó la medida de la tierra con la cual el Incora le adjudicó las casi 500 hectáreas que él había adquirido por la compra del “abierto”. Cabe anotar que Arcadio era primo en segundo grado con el tío Avelino, ya que era hijo de María Pinzón Acuña prima hermana del abuelo Avelino.

Alguna vez Olga su esposa, que vivía en Samaná, quiso acercarse a su marido, y fue cuando el tío Víctor sirvió de garante y se ofreció para llevarla hasta donde estaba Avelino. Se sabía que él salía todos los domingos al punto 20 de Julio, donde había un puente sobre el río Cáchira trocha que conducía a San Rafael con la carretera que de Rionegro conducía a San Alberto, participé de esa aventura.

En compañía de Olga, mi tío Víctor y Yo tomamos el tren en La Dorada en la estación México, un sábado en la tarde, calculando llegar a San Rafael de Lebrija a la estación El Taladro el domingo en las horas de la mañana, para luego de un viaje de aproximadamente una media hora ir al encuentro de Avelino que debía salir ese día a entregar la producción al proveedor de sus viandas y llevar el mercado de la semana.

Llegamos los tres como a las 10 de la mañana, afortunadamente era un lugar poco poblado y era fácil encontrar la persona buscada, lo hallamos, cual fue su sorpresa cuando observa que uno de los visitantes era su esposa y los otros eran su hermano y su sobrino, saludos van, saludos vienen.

-¿Cómo llegaron? -¿Hubo muchos problemas?

Porque eso si llegar hasta este lugar era difícil si tenemos en cuenta que la frecuencia del tren era esporádica y sin horario fijo. Tomamos algún fresco, almorzamos y charlamos un poco.

-¿Se irán conmigo?

-¡Eh, a eso vinimos! -respondimos.

-¡Esperaremos un poco a que el sol baje y entonces emprenderemos la marcha!.

Nos esperaba una caminata de dos horas y solo hubo dos animales, uno en el que se llevó el mercado y el otro en el que viajó Olga. El calor era sofocante, la ruta al comienzo era de norte a sur, para luego voltear hacia el oriente, la mitad era por terrenos abiertos y lleno de potreros y el resto por la selva. Ese tramo nos tocó andarlo cuando el sol estaba traspasando los últimos árboles que a nuestras espaldas íbamos dejando, la noche nos arropó antes de llegar al destino. En un recodo del camino la carga de la mula se estaba ladeando, entonces hubo que parar un momento para acomodársela, la mula estaba inquieta, movía de lado a lado sus orejas como buscando de donde provenía algún ruido, en ese momento hizo un extraño y empujándome me recostó contra una palma de chonta clavándome una espina en la espalda, no hubo forma de sacarla.

- Avelino dijo: ¡Hagámosle mijo, la mula esta asustada porque venteó el tigre¡

Y ahí si quien dijo miedo, seguimos caminando y, después de un rato apareció la estancia que había adquirido el tío y que constituía su patrimonio. Un poco de descanso, algunos comentarios y a dormir se dijo, mañana será otro día.

Para sacar la espina me sugirieron que debía conseguir un poco de “caraña”, era la resina de un árbol que por ahí había, la encontramos, me aplique un emplasto y santo remedio, a los tres días cuando se quitó el parche, apareció la espina pegada al emplasto. Duramos donde el tío como 10 días. Salíamos a cazar, aprendimos a manejar la selva, ayudamos en las labores de la casa, comimos frijoles, avena, arepas, café con leche, ¡bendito mi Dios, había que comer!

Avelino ya tenía bien establecida la finca, tenía un corral donde encerraba el ganado y lo curaba. Alguna vez se le presentó una epidemia de “mal de tierra” (estomatitis-aftosa) y según las creencias de la región sólo se curaba rezándola. Avelino contrató un señor que sabía el arte. Víctor y yo éramos incrédulos y escépticos en esa clase de medicina, pero Avelino en su afán la vio como la única tabla de salvación para evitar el mal. Cuando llegó el curandero Avelino nos dijo:

-¡Ustedes se alejan porque si no creen, le dañan el conjuro al salvador!.

No sé que pases haría frente al potrero y al ganado, lo cierto es que no hubo tal curación. Nos tocó encerrar los animales en el corral, alistar un rejo, preparar un menjurje que contenía azul de metileno, limón de castilla que bastante había en los potreros, sal, lo cocinamos y lo vertimos en un recipiente listo para la aplicación a los animales enfermos. Empieza la vaquería, los vacunos correteaban al galope por el corral, allí aprovechamos para poner en practica las frustraciones de vaquero que teníamos. Después de varios lances con el rejo al fin logramos enlazar un ternero, una vaca o una novilla. Con prisa se apegaban en una de las varetas que encerraban el corral, rápidamente a colocar la pialera, tumbar el animal y a la velocidad del rayo “colear” el berrendo, meterle el rabo por entre los miembros traseros para inutilizarle las patas y así evitar que se parara. Luego con un hisopo o una pluma proceder a untarle el menjurje en los sitios afectados, por lo general la boca y las pezuñas. Los animales que sufren este mal no pueden comer, les duelen las extremidades al caminar por lo que se atrasan y pierden peso.

En una de esas faenas y en un descuido del que mantenía coleado el bicho, una patada viene cual directo de derecho a mi ojo, hay ruptura del párpado, medicación inmediata: agua limpia y un poco de limón, pistero seguro. Al otro día debíamos viajar mi tío y yo. Alistamos la maleta, salimos al 20 de julio, debíamos llegar hasta San Rafael a tomar el tren, era incierta la hora, había que esperar 1, 3, 4, 5, 8 o más horas, no tenía horario fijo. Al fin llegó el anhelado trasporte que nos llevó a la Dorada, donde tomamos un bus que nos condujo hasta Facatativá. Mi tío Víctor se quedo en Faca y yo continué hasta Nocaima, conmigo traía un pichón de carmo que había capturado en una de las cacerías realizadas, este animalito me acompañó como mascota cerca de seis meses hasta que por su instinto montaraz resolvió salir a pastear y buscar comida, circunstancia que aprovechó un buen día el señor Marcos Ortiz Delgado para matármelo, era mediados de la década de los sesenta.

 

 

 

 

1