Se disponía en las ordenanzas, la construcción de un
mesón a fin de atender a los viajeros y evitar que se vayan a hospedar a
poblaciones indias, causando molestias a los naturales.
De igual manera se señalaba sitio para mercado de abastos
a fin de dar facilidades a los indios de la comarca para que vendan sus
legumbres y bastimentos, procurándoles buen trato y buen precio.
Se prohibía que ninguna persona de cualquier condición o
calidad, tuviera ganados, ni construyera estancias entre el sitio Presa y Tacalá
hasta “pasado el pueblo de Catacaos y llenado hasta
Fuera de los mitayos ya considerados para guarda de
ganados de los vecinos que construyeran sus viviendas en San Miguel del
Villar, se prohibía que en lo sucesivo,
se diera indios para labores de guarda de ganados, trabajos en sementaras, en
viviendas, ni para otra cosa alguna, ni a los vecinos, ni tampoco a los
encomenderos. Se prohibía igualmente que los vecinos o cualquier otra persona
tomen indios o indias jóvenes para el servicio doméstico, aun con el
consentimiento de sus padres, por que estos no tendrían libertad para pedir ni
cobrar por el servicio.
El quebrantamiento de todas estas normas, se sancionaba
con multas. No obstante tan buenas intenciones de las ordenanzas en beneficio de
los indios, y sobre todo de los pertenecientes al valle de Catacaos, el abuso
continuó y las ordenanzas, quedaron en letra muerta cuando menos en estos
aspectos.
Se prohibía a los españoles, de cualquier condición que
fuese, de sembrar tierras en el valle de Catacaos, ni en los que pertenecieran
a
Esta fue sin duda otra medida de muy noble intención, que
se le debe de reconocer tuvieron el capitán Forero y Rui López de Calderón, que
redactaron las ordenanzas; pero la codicia y la mala fe pudieron mas y los
indios así como la comunidad, sufrió el despojo sistemático de sus tierras.
Otra cosa que merece ponderarse, es que las ordenanzas prohibían que se vendiera
vino a los indios, para evitarles borracheras y “las consecuencias que de ellas
se producen con gran ofensa de Dios y perjuicio en la salud de los naturales”.
Es posible que desde que se hizo la segunda fundación,
fueron los franciscanos los que tomaron a cargo la hospedería, que más tarde se
ampliaría en convento y en iglesia, pues como apunta Carlos Robles Rázuri, ya
en 1668, el cura de Ayabaca el Licenciado Lorenzo Velásquez, dejaba un legado
de 8,000 pesos “para la fundación del Convento de Franciscanos de Piura, y dado
que la presente hospedería de franciscanos no se transforme en verdadero convento,
se entreguen al Superior de Franciscanos de Lima, para que gocen sus rentas y
digan cuatro misas solemnes al año”.
Habiendo conocido el virrey, desde antes, que los indios
eran llevados desde Catacaos al otro valle para ser ocupados en labores de
agricultura, y que el paludismo causaba gran mortalidad entre ellos, prohibió
en forma terminante, este modo de contratación de servicios y que sin embargo
hoy existe y se conoce a tales campesinos eventuales como “golondrinos”.
La provisión del virrey Fernando Torres y Portugal, decía
que” habiendo tenido conocimiento que se
llevaba indios de Catacaos a labrar las tierras de Colán, que eran de diferente
temple a las suyas lo que les causaba mucho daño a su salud y mediante
escribano y pregoneros, se disponía que en adelante, ninguna persona, de
ninguna calidad o condición, con voluntad de los indios o sin ella podían ser
llevados a labrar tierras en Colán, Amotape, Tangarará,
Al corregidor que permitiese tal abuso, se le debía hacer
cargo en el juicio de residencia que se le instaurase al cesar en el cargo.
Como los negros eran los que más abusaban de los indios y estos les tenían gran
temor, el virrey prohibió que los negros, mulatos y en general los esclavos,
ingresaran a las poblaciones de indios. Los daños cometidos por los esclavos
serían pagados por los amos, mas la multa correspondiente que se doblaría en
caso de reincidencia.
Los vecinos de San Miguel del Villar, estaban autorizados
a tener en los corrales de sus casas hasta una docena de cabras y carneros, siempre
que estos no andasen por las calles y plazas..
No había autorización para cerdos, a cuya carne eran tan
aficionados los conquistadores, pues la ordenanza disponía que “ninguna persona
pueda tener en esta dicha ciudad de San Miguel del Villar a ningún género de
ganado ovejuno, cabruno, ni porcino dentro de ella, excepto si quisieran tener
alguno para ordinario de su casa, sean hasta una docena de cabras y
carneros...”
Pero en la región había muchos indios sin domicilio fijo
que se dedicaban a emborracharse, a robar y a armar líos. Para ellos también
había una disposición dentro de las ordenanzas.
Se disponía que entre la acequia de Puxillas que se iba a
abrir y la barraca del río, se les tase y señale su pueblo, de acuerdo al
parecer del corregidor Forero, y que se les de un alcalde de indios, que tendrá
el cargo durante un año, debiendo elegirse uno nuevo cada 15 de agosto, día de
La última disposición de estas ordenanzas, era de que se
prohibía la pesca con red en el río Piura, desde
Sechura fue en tiempos de
En las reducciones y en los pueblos de indios, los
españoles creaban cabildos de indios, a cuyo frente pusieron un alcalde de su
misma casta. De esta forma se establecía una especie de administración paralela
y al mismo tiempo separada, que resultó muy
conveniente para los españoles que evitaron enfrascarse en las querellas de los
naturales.
Cuando menos en asuntos de menor cuantía, dejaban que los
indios se las arreglaran entre ellos, lo que en cierta forma resultaba mejor,
por cuanto no comprendían la forma de ser de los naturales.
Los alcaldes de indios administraban justicia en lo civil
y en lo penal, pero sólo veían casos suscitados entre indios. Para tratar los
casos de interés comunal, se reunían en gran asamblea los jefes de familia.
Cuando el número de casas de un pueblo era menos de
ochenta, sólo había un alcalde, pero eran dos cuando pasaban ese número. Uno de
los alcaldes representaba a los indios principales y el otro a la masa. Por
tradición, tenía mayor autoridad el primero.
El cabildo de indios estaba conformado por los alcaldes,
cuatro regidores, un juez de aguas, otro de campo o terrenos, un alguacil o
jefe de policía, un escribano o que hiciera de tal, un pregonero y un verdugo.
En los juicios civiles sólo podían verse causas que no
pasaran de treinta pesos o los pleitos de posesión de tierras entre ellos.
Los alcaldes administraban justicia en la plaza pública y
ante gran cantidad de indios reunidos. Los día elegidos eran generalmente los
domingos y uno o dos días más de la semana. Los querellantes comparecían ante el alcalde, que sentado como
gran señor, con el pregonero al costado, atendía durante varias horas las
causas y las dictaminaba allí mismo. No había generalmente nada escrito por que
todo el pueblo era testigo de la sentencia
Cuando se trataba de asuntos penales, podían imponer
penas de hasta un peso o en su defecto de veinte azotes, pero no de
mutilaciones, ni de muerte que estaba reservada al corregidor, lo mismo que
sanciones pecuniarias mayores.
Cuando administraba justicia, el alcalde tenía el varayoc o vara de la justicia en la mano, lo que era
símbolo de su poder. Los alcaldes indios desempeñaban su cargo un año y lo
hacían con gran solemnidad y responsabilidad. Caso se vio de un alcalde indio
de Sechura, que exigió obediencia y acatamiento a un alto funcionario real.
Las reducciones y los pueblos de indios, con este sistema
muy propio de administración, fue lo que motivo que se llamar al sistema
República de Indios.
Las sentencias de los alcalde de
indios, en ciertos casos y sobre todo en litigios de tierras, eran apelables
ante el corregidor y aún ante
Los indios recibieron la mala herencia de los españoles
de acostumbrarse a litigar constantemente y por todo motivo. De esa forma se
armaban querellas que duraban muchísimos años.
Los alcaldes del primer voto, o sea los que representaban
a los principales, eran también indios nobles o curacas.
Los curacas tallanes, al igual que los demás del antiguo
imperio, mantuvieron generalmente su investidura, que la legaban por herencia a
uno de sus hijos. Resultaron un elemento valioso como
sostenedores del régimen colonial, pues cobraban los tributos. Del monto de
esos tributos que cobraban se les pagaba un sueldo anual. Por desgracia, se
pusieron más al servicio de los corregidores, de los encomenderos, de los curas
y de los grandes hacendados antes que de sus desventurados hermanos de raza, y
como dice Waldemar Espinosa Soriano, en su obra “La
sociedad andina colonial”, fueron instrumentos serviles que velaban por los
intereses de las clases dominantes a cambio de compensaciones, como el de usar
ropas españolas, andar con ellos, y hasta permitírseles el título de “don”.
En la región tallán, se reconocía el derecho de la mujer
a ejercitar el cargo cuando era primogénita. De esta manera existieron
“capullanas” hasta bien entrada la colonia.
El capitán Forero durante un año tuvo a cargo el
corregimiento en San Miguel del Villar de Piura
y su gobierno fue tan bueno, como el desarrollado en el puerto de Paita.
No sólo puso empeño en la construcción de la nueva
ciudad, sino en muchas obras de gran alcance.
La presa del Tacalá que había iniciado cuando estaba en
Paita, la continuó con gran ahínco. En su indesmallable actividad construyó
hornos para cal y ladrillo, haciéndolo muchas veces con su propio peculio. A
los indios que en esa labor trabajaban los alimentaba con carne y maíz a su
costo. El proyecto que no llegó a terminar, estaba destinado a la irrigación de
cinco leguas de tierras agrícolas de los indios. El canal tenía una profundidad
de nada menos de tres estados, siendo cada estado equivalente a la estatura
normal de un hombre. Inició también la construcción de otro canal para irrigar
tierras de los españoles y mandó a construir cuatro molinos y una ermita para Nuestra
Señora del Agua Santa. Fue también el que construyó el primer puente sobre el
río Piura, siendo este bastante sólido y aunque de madera permitía el pase no
sólo de personas sino también de ganado, durante la época de creciente del río.
El 8 de agosto de 1589 fue reemplazado por el capitán
Bartolomé Carreño, pues se había cumplido su período de seis años para el cual
había sido nombrado por el rey.
Al finalizar su gestión, Forero se vio afectado por la
ingratitud de las gentes y no obstante que en
el juicio de
En julio de 1589, se presentaba en Lima ante el virrey Conde
del Villar, el capitán don Bartolomé Carreño que había llegado de España con
provisiones del rey Felipe II, para que asumiera el corregimiento de San Miguel
del Villar. Por dicho nombramiento, el virrey se enteraba que ya también él
tenía un sucesor.
El corregidor de San Miguel del Villar, capitán Forero de
Ureña, se encontraba también en Lima de tal modo que se quedó igualmente
enterado.
El virrey, con fecha 21 de julio, transcribió el nombramiento
del nuevo corregidor y éste de inmediato viajó al norte del virreinato para
hacerse cargo de su puesto. El viaje lo hizo sin duda con suma rapidez, por lo
que el 8 de agosto estaba ya jurando el cargo de corregidor ante el cabildo.
En ese día se reunieron en San Miguel del Villar, el
teniente corregidor, justicia mayor y alcalde ordinario don Juan de Torres; el
contador de
La provisión real indicaba que habiéndose vencido el
plazo para el cual fue nombrado el capitán Alonso Forero de Ureña y que
habiendo dispuesto el virrey Fernando Torres y Portugal “para algunas causas
cumplideras del real servicio” era necesario proveer dicho cargo.
Esto muestra que el capitán Forero hacía ya mucho tiempo
que había dejado San Miguel del Villar y estaba en Lima pues el rey se
encontraba enterado de eso por habérselo hecho conocer el mismo virrey, el cual
le había informado de la posible llegada de corsarios ingleses por la ruta del
estrecho de Magallanes.
El próximo arribo del nuevo virrey a Paita, lo expresaba
el rey del siguiente modo: “...y para prevenir lo que conviniere en el dicho
puerto en la ocasión que se ofreciere por la nueva y aviso que al dicho mi
virrey se ha dado por mi mandato de que en Inglaterra se aprestan corsarios
para pasar por el estrecho de Magallanes y lo que fuera necesario para cuando
al dicho puerto llegare don García Hurtado de Mendoza, a quien he proveído por
virrey de los dichos mis reynos.”
El nuevo virrey había recomendado a Carreño para el cargo
de corregidor, pues el rey decía en su provisión: “...y para ello con acuerdo
de dicho virrey, dí la presente en la dicha razón,
por la cual confiando en voz, capitán Bartolomé Carreño.... os hago merced de
nombrar y proveer y os nombro y proveo por corregidor de la dicha ciudad de San
Miguel del Villar y de los dichos términos y jurisdicción, para que por tiempo
de un año primero siguiente y que corre y se cuenta desde el día que en la
dicha ciudad fuéredes recibido, seas tal mi
corregidor de ella...”
Luego la provisión enumera todas las funciones y encargos
que le corresponde desempeñar y entre otras cosas, dispone el rey que habiendo
algunos hombres casados, con esposa en España que se encuentran residiendo en el
Perú, deberán los que habitan en San Miguel del Villar, ser enviados a España
para que se junten con sus esposas. No se olvida el rey de recomendar al nuevo
corregidor que vele por el buen trato que deben darse a los naturales,
castigando todo agravio o exceso que contra ellos se cometan y que sólo se
cobren los tributos autorizados, que se les instruya en fe católica, que se
evite en ellos las borracheras, las idolatrías y los pecados públicos, que
cultiven sus cementeras sin cambiarlos de población y encarga también al
corregidor visitar tales pueblos de indios. Prohíbe que se construyan nuevas
iglesias y monasterios sin licencia del virrey. También dice: “...por que el
dicho virrey está informado que en vuestro distrito y jurisdicción hay negros y
zambaigos y otras personas que cometen delitos y andan vagabundeando y haciendo
otros excesos entre los naturales, por lo cual merecen ser castigados con mucho
rigor, os mando tengais particular cuidado de saber y
averiguar lo susodicho y a los que hallares culpables de manera que merezcan
pena de galeras, al remo o en otras penas para las dichas galeras, los
condenareis en ellas por el tiempo que os pareciera justicia”.
Por lo que se pueda apreciar, ya en el corregimiento de
Piura existía el bandolerismo, y los negros cimarrones, huidos de sus amos,
eran los que entraban a los pueblos de los indios y cometían abuso y medio, por
cuyo motivo los indios les temían mucho.
Carreño al llegar a San Miguel del Villar, se encontró
con una capital de corregimiento, que tenía escudo, tradición y nobleza, pero
que en realidad no existía. Todo estaba por hacer, y a eso se dedicó con
empeño.
La iglesia, la plaza de Armas y el cabildo, tienen en la
actualidad el mismo lugar que le fue señalado a la ciudad fundada el 15 de agosto
de 1588.
Al costado de la iglesia, en donde actualmente se
encuentra el edificio que construyó la firma Duncan
Fox, se destinó para cementerio. Esa
tierra guarda por lo tanto los restos de los primeros habitantes de Piura, de
esas familias que fueron tronco de muchas de las actuales.
El hospital y tambo para pasajeros, se encuentran en los
tramos que por mucho tiempo fueron de
En el reparto de solares entre los vecinos, seguramente
le correspondió a Rui López de Calderón, el predio sobre el cual más tarde se
edificó
Los caciques eran en tiempos de la colonia, los
descendientes de los antiguos curacas, a los cuales España consideró convenientes
mantenerlos con determinadas atribuciones. El principal objetivo, era el de dar
una apariencia de gobierno indígena paralelo al efectivo gobierno español, para
lo cual crearon los municipios de indios con el respectivo alcalde de indios,
lo cual contribuía a tener en los caciques intermediarios entre la masa
indígena y los gobernantes españoles
Los caciques eran los encargados de cobrar los
tributos que debían de pagar los indios, y organizar la prestación de la mano
de obra, lo cual los hizo generalmente odiosos a los ojos de indios, siendo una
permanente aliado de los hacendados, encomenderos y de los corregidores. Tenían
la facultad de imponer sanciones a los indios infractores lo cual generalmente
eran los azotes o el cepo. Los corregidores y encomenderos se valían de los
caciques para que los indios les hicieran entregas de los llamados camaricos,
que consistían canastos con huevos, verduras, frutas y gallinas. Todos los
abusos que cometían los españoles se hacían con la contribución y complicidad
de los caciques, los que también conseguían mujeres para el servicio doméstico
de sus patrones. Los caciques estaban exonerados de prestar servicios
personales, podían vestirse como los españoles, en determinados casos hacer uso
del caballo, portar armas, usar cabellera larga, oír misa sentado frente al
altar mayor, percibir un sueldo recibir en algunos casos la denominaci6n de
“don” antes de sus nombres y recibir educaci6n en algunas de escuelas que para
ellos se crearon, pero de las que no hubo ninguna en el corregimiento de Piura
Los caciques eran nombrados por los virreyes o por
Muchos fueron los caciques que lograron riqueza y con
ello cierto poder como los Caciques de Colán y varios del valle de Catacaos,
como el caso del capitán Juan
Por eso, no es de sorprender que en algunos
casos los caciques piuranos fueran objetos de graves denuncias como ocurrió
contra Jacinto Temoche, cacique de Narihualá del que se dijo cobraba un exceso de tributos a
los indios de Catacaos para beneficiarse, lo mismo sucedió con el cacique
Alonso Metal de las parcialidades de Mechato, Mecomo y Cucío y el cacique Juan Mecache de la parcialidad de Mecache
que en 1673, fueron acusados por el Gobernador Pablo
Narra don Oswaldo Fernández Villegas, que a
fines del Siglo XVII, el cacicazgo de Mécamo, situado
en el valle de Catacaos, tenia como curaca principal a Carlos Terán, casado con
Juana Barragán, considerada segunda persona en el cacicazgo de Narihualá. Entre otras propiedades, Terán tenia una chacra
y en ella un rancho. El domingo 25 de octubre de 1699 al atardecer, Terán fue a
comprar medio real de sandías a la chacra de su vecino, Salvador Pizarro,
habiéndose encontrado Terán en el camino con su hija Jerónima Candelaria.
Después de 24 horas, se presentó a la casa de Juana Barragán, el indio Salvador
Pizarro, para informarle que había encontrado el cadáver de Terán en la
talanquera de su propia chacra, en un charco de sangre y junto, amarrado a un
árbol el caballo de Diego Yovera, padre de Terán. Habían también seis pequeñas sandías. El cadáver fue llevado
a Catacaos y al examinarlo se comprobaron golpes, cortes y fracturas. Fueron
apresados el indio Pizarro y Carlos
La
arqueóloga Anne Marie Hocquenghem,
en su obra "Para vencer a la muerte”, refiere que en noviembre de 1768 se
dio horrible muerte al cacique de la parcialidad de los forasteros o “Señor de
Huarmaca" al cual mutilaron y descuartizaron en la cima del cerro sagrado
de Paratón, dejando el cadáver abandonado, siendo
pasto de los gallinazos
Como
antes ya se había informado, el primer hospital del Perú principió a funcionar
en Piura en el año 1534 de acuerdo a
real cédula y se llamaba Santa Ana.
Posteriormente
llegaron los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios
Para
don Carlos Robles Rázuri, tal arribo se produjo probablemente entre los años de
1589 y 1595, es decir en San Miguel del Villar a los pocos años de fundada.
Los
frailes de esta hermandad se habían establecido en el Perú algunas décadas
antes, fundando su primer hospital en el puerto de Arica y luego en 1559 lo
hicieron en Arequipa. En Lima recién se afincan el año 1606.
Pero
sólo hasta el año de 1621, el Papa eleva a orden a
Los
fundamentos del escritor Robles Rázuri, para precisar los probables años de la
llegada de los Hermanos de San Juan de Dios, se basan con muy buen criterio en
una obra del escritor ecuatoriano Julio Estrada Icaza, que al historiar la
trayectoria del hospital de Guayaquil asegura que en 1615 falleció el padre
Baltasar que tenía a su cargo el hospital de ese puerto, y para reemplazarlo,
partió a Piura don Juan Ruiz de
El
fundador de
Fue
un niño pobre, que tuvo por tutor a un sacerdote que luego lo abandonó,
ocupándose entonces como pastor y más tarde se enroló como soldado combatiendo contra los turcos.
En las campañas militares fue un hombre lleno de vicios. Repentinamente
arrepentido de su mala vida, se dirigió a Ceuta y más tarde se dedicó a la
venta de libros religiosos en cuya época dice que tuvo una visión milagrosa
tomando entonces el nombre de Juan de
Dios. Se impresionó grandemente por la prédica de fray
Juan de Ávila, y como una muestra de humildad y a manera de sacrificio y de
martirio, se hizo pasar por loco, gritando por las calles, lo que motivó la
burla y los maltratos de los muchachos, siendo al fin internado en un hospital,
en donde fray Juan de Ávila lo convenció de que abandonara
su fingida locura y procediera a una labor más útil para la humanidad. Fue así
como se dedicó a fundar hospitales, creando la orden de Hermanos Hospitalarios
de
Don
Carlos Robles supone que la construcción de la enfermería fue financiada por
Domingo de Zeis, presidente electo de Quito y vecino
en esa época de la ciudad”.El año al
que se refiere este escritor es la de 1588, o sea, la fundación de San
Miguel del Villar.
Don
Manuel Mendiburo dice de don Domingo Zeysa: “en
Es
decir, que en resumen, en 1534 se creó el hospital de Santa Ana por cédula real
y funcionó en Piura
Cuando
se fundo San Miguel del Villar de Piura, se designó frente a la plaza mayor (en
donde hoy 2006 funciona el hotel Los Portales) un terreno para el hospital
Santa Ana y en el extremo izquierdo se levantó
Años
más tarde, la administración es tomada por los hermanos de San Juan de Dios y
en 1678 lo toman los belethmitas, los que dieron tanto al hospital como la
iglesia, el nombre de Belán..
Por
esa época era obispo de Lima Toribio de Mogrovejo. Con toda justicia se le
puede calificar como un obispo viajero, pues dedicó muchos años a visitar su
extensa jurisdicción para percatarse del estado de los fieles y sobre todo de
los indios a los que trató siempre de proteger.
De
los 25 años que tuvo frente al obispado de Lima, pasó nada menos que 17
recorriéndolo, para lo cual utilizó toda clase de medios de transporte
conocidos por entonces. Sorteó los climas más diversos, atravesó desiertos, en
unas oportunidades por la puna o en la enmarañada selva.
En
1582 organizó el 3º Concilio Límense al que concurrieron obispos y prelados de
toda
Entre
1584 y 1594 visitó la sierra norte hasta Cajamarca y Chachapoyas.
Inmediatamente y hasta 1597 recorrió la costa norte hasta Lambayeque. En
ninguno de estos viajes llegó a Piura por que esta provincia y Jaén pertenecían
al obispado de Quito.
El
que fuera después Santo Toribio, realizó dos viajes más y murió en Saña, la
opulenta ciudad, el año 1606.
Pedro
Castro, vecino de Piura recién fundada, era uno de los encomenderos del pueblo
de San Juan de Catacaos. A causa del duro trato que daba a los indios, estos huyeron
en buen número del pueblo, desparramándose por el campo.
La
queja de Castro pasó al contador, juez oficial de
El
virrey Conde del Villar, fue otro de los pocos gobernantes sobrevivientes y
pudo retirarse a vivir a España, siendo honrado por el rey, otra cosa que no
era muy corriente en Felipe II con quienes bien lo habían servido
Como
sucesor del Conde del Villar, fue nombrado García Hurtado de Mendoza, casado
con doña Teresa de Castro y de
Don
García era gentil hombre de la cámara del rey y conocía al Perú, pues había
estado con su padre el Segundo Marqués de Cañete, y cuando todavía contaba 22
años su padre lo mandó al frente de la expedición destinada a pacificar Chile,
misión que cumplió con valor, tino y sagacidad. Cuando su padre murió en Lima,
don García se encontró repentinamente pobre y con la hostilidad del nuevo
virrey Conde de Nieva. Sin embargo, en España logró reivindicar la memoria de
su padre ante el rey.
El
13 de octubre de 1589, la flota de guerra al mando del general don Jerónimo
Torres y Portugal, hijo del Conde del Villar, fondeó en Paita, pero don García
Hurtado el virrey, no pudo desembarcar por que estaba aquejado de un fuerte
ataque de gota. La gran sorpresa, era que por primera vez venía al Perú una
virreina por autorización especial del rey Felipe.
Don
García fue recibido y colmado de atenciones por su protegido, el corregidor
Carreño, pero prefirió seguir el viaje por mar y no el penoso recorrido por
tierra, pues conocía el territorio. Encomendó más bien al capitán Carreño que
brindara toda clase de facilidades a su camarero mayor Antonio Torres de
Fresneda, para que llevara a Lima el anuncio de su próximo arribo. El mensajero
fue muy diligente y llegó a la capital con mucha anticipación, enterando tanto
al cabildo como al Conde del Villar, del próximo arribo de don García. El
virrey saliente se fue entonces a vivir al convento de San Francisco de
Una
de las primeras medidas del nuevo virrey, fue enviar a Chile, que se encontraba
convulsionado por los indios araucanos, al almirante Hernando Lamero de
Andrade. Era este encomendero de Sóndor y Serrán en Piura y debió después avanzar hasta el estrecho
de Magallanes para cortarle el paso al corsario Cavendish que se decía
nuevamente incursionaría en las costas del Pacífico, lo que no llegó a suceder
Por
real cédula se dispuso que se cobrase en el Perú el impuesto de alcabala, que
Pizarro y Almagro habían logrado que se exonerase a este territorio en forma
temporal. Sólo los religiosos, hospitales e indios estaban exonerados. En Lima
y demás ciudades del virreinato causó, la cobranza de este impuesto, un gran
malestar. En las paredes de la capital aparecían pasquines, en los que decía
que el rey no tenía derecho a imponer estos impuestos, por cuanto en la
conquista de estos reinos nada había gastado.
En
Quito el impuesto se empezó a cobrar el 15 de agosto de 1593, en momentos en
que San Miguel del Villar celebraba la fecha de su fundación. El cabildo
quiteño se opuso a acatar la orden, pero
Al
fin pudo sofocarse la rebelión de Quito sin haber tenido la necesidad de entra
en batalla y el octogenario general Arana se mostró en extremo severo, pues
hizo ahorcar y colgar en edificios de la ciudad a varios de los amotinados, sin
considerar que eran personas visibles.
La
agitación del corregimiento de Piura, que al igual que en Loja y Cuenca no se
llegó a materializar en una abierta rebeldía, quedó por lo tanto extinguida.
Don
Lope García de Castro, gobernador del Perú en 1597, tenía un joven sobrino de
26 años avecindado en Lima y dedicado al comercio, pero con aficiones de
marino. Era don Alvaro de Mendaña y Negra, el cual con ayuda de su tío salió el
26 de noviembre de 1567 del Callao en dos barcos y 120 hombres rumbo a los
desconocidos parajes de
Don
Alvaro, de regreso al Callao, se entusiasmó con las empresas marinas e intentó
una segunda expedición, pero el costo de ella y el hecho de que ya no estaba al
frente del gobierno su tío el licenciado don Lope, no permitieron que eso se
pudiera hacer tan pronto.
El
virrey don García, que gustaba de esa clase de expediciones favoreció a Mendaña
para que pudiera realizar una nueva expedición, ya no para descubrir nuevos
territorios sino para colonizarlos.
Reunió
en total cuatro navíos y el 9 de abril de 1595 salió del Callao llevando como
almirante a Lope de Vega; de piloto mayor al portugués Pedro Fernández de Quirós
y como maese de campo a Pedro Merino Manrique. La tripulación llevaba a
378 tripulantes entre los que había
soldados y mujeres españolas. Algunos
tripulantes iban en compañía de sus esposas, y el mismo Mendaña llevaba
a su esposa doña Isabel Barreto y a su cuñado Lorenzo Barreto. La nave
almirante la “Santa Isabel” y la capitana “San Jerónimo” las compró Isabel
Barreto pues eras adinerada.
La
expedición tocó en los puertos de Santa, en Huanchaco y en Chérrepe y luego
arribó a Paita en cuya bahía permaneció varias semanas aprovisionándose y
haciendo aguada en Colán. Además completaron el número de expedicionarios con
gran cantidad de paiteños muy habituados a las tareas del mar, así como no
pocas paiteñas.
En
Paita se produjeron algunos problemas de disciplina a causa de la rudeza del
maese de campo Merino, y la debilidad de carácter que dio muestras el
adelantado y gobernador –tales eran sus títulos- Alvaro de Mendaña; en
contraste con la energía, que desde entonces puso de manifiesto su bella esposa.
Mendaña
se había casado con doña Isabel Barreto, diez años antes. El Diccionario
Enciclopédico Hispano-Americano dice que era “una dama de la primera nobleza,
cuya familia le prestó gran apoyo” –a Mendaña-
Algunos
escritores piuranos han llegado asegurar que doña Isabel Barreto era paiteña,
pero no es así.
Doña
Isabel nació en Lima en el barrio de Santa Ana, siendo hija de don Nuño
Rodríguez Barreto y de doña Mariana de Castro, ambos portugueses adinerados.
El
matrimonio con don Alvaro de Mendaña, se realizó en mayo de 1586, en la iglesia
de Santa Ana.
La
flota de don Alvaro, no pudo lograr que en Saña lo atendieran, por que habiendo
cometido la tripulación no pocos abusos, el corregidor Bartolomé de
Villavicencio se negó a proporcionarles ninguna clase de abastecimientos. En
Saña, contrajo matrimonio doña Mariana Barreto –hermana de doña Isabel- con el
capitán Lope de Vega, uno de los oficiales de Mendaña, que moriría poco
después.
Es
interesante relatar los problemas que en Paita causó el díscolo maese de campo
Pedro Merino, que se peleó con el capitán Lorenzo Barreto y con el vicario de
la expedición. Finalmente apaleó a un soldado y se aprestaba a atacarlo con la
espada, cuando se hizo presente doña Isabel, evitando que la airada tripulación
se amotinara. Doña Isabel llamó la atención a Merino, el cual repitiendo el
desplante que ya había hecho en el Callao, le tiró a sus pies el bastón de
mando y se fue a presentar su queja a don Alvaro. Éste siempre débil, presento
excusas al contramaestre, que nuevamente pretendió castigar a otro soldado por
haber tratado de defender al anterior. Esta vez fue el piloto Fernández Quirós
el que impidió el abuso, por cuyo motivo, el impulsivo maese de campo, hizo
conocer que abandonaba la expedición y desembarcó en Paita.
Mendaña
lo siguió al puerto y le rogó que se reintegrase a la expedición, a lo que
accedió el iracundo viejo.
Los
expedicionarios lograron embarcar desde Colán 1,800 botijas de agua, y con 378 personas, muchas de Paita,
partieron en medio de toque de tambores, al son de los clarines y con banderas
desplegadas. Era viernes y se celebraba a los santos Vito y Modesto, el 16 de
junio de 1595.
Paita
les brindó una emotiva despedida, pues muchos familiares iban en la expedición.
Las gentes aglomeradas en la playa, cantaban invocando la protección de la
virgen de las Mercedes para los navegantes y éstos desde las naves exclamaban
“Buen viaje nos dé Dios”.
El
21 de julio recién avistaron la primera isla de un grupo a las que se les llamó
“Marquesas de Mendoza” en homenaje a la virreina. Luego el 20 de agosto arribó
la expedición a una isla que llamó San Bernardo y más tarde a otra, pero no
encontraban a las islas Salomón, lo cual causó contrariedad entre la
tripulación. Para mayor desgracia la nave almirante con don Lope de Vega
encalló en unos arrecifes, pereciendo en el desastre. El maese de campo seguía
fomentaba la rebelión por cuyo motivo Mendaña, armándose de coraje, dispuso que su cuñado Lorenzo lo ajusticiara.
En
Paita se habían embarcado 80 paiteños entre hombres y mujeres. No había
transcurrido un mes de navegación y ya se habían celebrado 15 matrimonios,
entre los que figuraban varias paiteñas. La pérdida
de la nave almirante fue un golpe muy duro, pues perecieron en esa catástrofe
150 personas, entre los cuales se encontraban varios paiteños.
Cuando
la flota partió de Paita, los parientes de los que se embarcaron, los
despidieron en la playa con sentimientos de esperanza y temor y cuando meses
más tarde se supo del hundimiento de la nave almirante, sin conocerse quienes
habían muerto, la desesperación cundió en el puerto.
Pese
a todo, Mendaña desembarcó en Santa Cruz, e inició la construcción de un fuerte
y de una iglesia, pero después sobrevino una rara epidemia que mató a 47
expedicionarios y al mismo Alvaro Mendaña, el 17 de octubre. Sintiéndose éste
que llegaba su fin, hizo su testamento y dejó el mando de la expedición a su
cuñado Lorenzo Barreto y a su esposa le dejó el título de adelantada y
gobernadora. Era la primera vez y posiblemente la única, en la historia de la
humanidad de un caso igual y doña Isabel, no hizo nada mal su papel, pues era
una mujer resuelta y enérgica.
Con
su hermano Lorenzo, decidieron abandonar la empresa colonizadora, tanto porque
no habían logrado encontrar las islas Salomón que se proponían colonizar, como
porque los indios se habían tornado belicosos y con frecuencia atacaban el
campamento.
El
capitán Lorenzo Barreto había sido herido por un flechazo de los indios, pese a
lo cual siguió al mando de los tres barcos que quedaban. Pero Barreto contrajo
infección y murió. A mediados de noviembre los expedicionarios estaban en la
ruta que antes había seguido Magallanes. Doña Isabel asumió el mando de la
expedición.
.
La
capitana Isabel Barreto y Quiroz resolvieron proseguir el viaje hasta las
Filipinas en lugar de retornar al Callao. Las grandes vicisitudes y tener que
hacer frente a gente del peor jaez como la que tripulaba sus barcos, no la
amedrentó. El 18 de noviembre, a los 31 días de la muerte de Mendaña, la
expedición continuó viaje rumbo a Manila. En el trayecto pasaron por las islas
de los Ladrones a la que llamaron Marianas.
Por
fin el 11 de febrero de 1596, la expedición de Isabel Barreto llegó a las
Filipinas, con un solo barco, y después
que en el trayecto había muerto una gran cantidad de tripulantes, mientras los
sobrevivientes, enflaquecidos, parecían más espectros que hombres.
La
intrépida capitana desembarcó con gran solemnidad, reconociéndosele su
condición de gobernadora y adelantada. Una salva de 21 cañonazos y tropas
formadas le rindieron honores militares. Los filipinos se encargaron de
alimentar y alojar a los tripulantes. Todas las peruanas que llegaron se
casaron pronto, con excepción de cuatro que tomaron los hábitos. En Filipinas,
la capitana Isabel se volvió a casar con el general Fernández de Castro que
mandaba los galeones que hacían el tráfico entre
Isabel
Barreto viajó luego a Méjico, desde donde solicitó a
España
como siempre, andaba escasa de dinero, se desentendió del pedido, y más aún por
provenir de una mujer. Desalentado Pedro Fernández Quiroz, que había
permanecido fiel a la capitana, resolvió partir al Perú, en donde lograría
armar una nueva expedición.
Doña
Isabel no se quedó en Méjico como aseguran algunos historiadores, sino que
retornó al Perú donde su esposo fue nombrado corregidor de Castrovirreina. Ella
murió en 1612, el 3 de setiembre y fue sepultada en la iglesia de Santa Clara
de Lima.
El
20 de junio de 1594, anclaba en la bahía de Paita la escuadra del virrey,
mandada por su cuñado Beltrán Castro de
Venía
éste tras del corsario Ricardo Hawkins o simplemente Achines, como se le
conocía en aquella época, y al cual trataba de darle caza desde las costas de
Ica.
Pero
el corsario inglés no había llegado a Paita. De pronto don Beltrán vio en el
horizonte paiteño dos velas que creyó pertenecían a Hawkins y salió
precipitadamente en su persecución. Esas naves le sirvieron de derrotero para
dar con el inglés al cual avistó el día
30 frente a la bahía de Atacames al norte de Ecuador. En el combate que se
produjo el 2 de julio, la nave enemiga resultó abordada y Hawkins fue tomado
prisionero con dos heridas de bala recibidas en combate.
Don
Beltrán le garantizó la vida al corsario y lo condujo a Lima alojándolo en su
casa y cuando
Al
iniciarse el año 1596, tuvo don García Hurtado de Mendoza, noticia de su relevo
y del próximo arribo de don Luis de Velasco.
Con
gran diligencia se puso a organizar un gran embarque de plata que debía de ser
remitida a Panamá en barcos de la escuadra. Mientras tanto don Luis de Velasco
llegaba a Paita el 14 de abril de 1596 por la mañana. Por la tarde llegaba en
ese mismo día la escuadra a cuyo bordo llegaba el virrey saliente.
Menudo
trabajo tuvieron las autoridades del corregimiento para atender nada menos que
a dos virreyes en un pueblo como Paita, al cual casi se había condenado a la
desaparición con las ordenanzas que favorecían a San Miguel del Villar. El
corregidor don Antonio Bello Gallozo tuvo que multiplicarse para atender a los
dos virreyes
Sin
embargo los virreyes permanecieron tres días juntos conferenciando sobre
asuntos de gobierno, mientras la virreina trataba de encontrar alivio a un mal
que pronto la llevaría a la tumba.
El
primero en partir de Paita fue don García y en plena travesía pasó por el
sentimiento de perder a su esposa.
Nació
Francisco Solano en Córdova (España) el 10 de marzo de 1549, siendo sus padres
de noble linaje.
A
los 20 años Francisco profesó, tomando los hábitos de San Francisco, pasando
luego a Sevilla en donde estudió teología y filosofía, viviendo en un cuartucho
que él mismo fabricó cerca de un campamento. Desde entonces principia su
apostolado al servicio de los más desvalidos y haciendo voto de pobreza que
cumplió hasta el fin de sus días.
Estaba
por embarcarse al norte de África, cuando decidió venir al Perú para adoctrinar
a los indios. En la nave que lo trajo desde Panamá, venían también una gran
cantidad de esclavos, de cuya suerte se condolió, iniciando en ellos su
evangelización en las tierras de América. Una tempestad frente a Colombia hizo
naufragar el barco y muchos negros perecieron. El religioso franciscano se
mantuvo aferrado a unos maderos durante tres días en el agua, negándose a tomar
un bote que se le ofreció y que prefirió que otros ocuparan. Al fin pudo llegar
a la isla de
A
Paita arribó en 1590, cuando la ciudad se acababa de trasladar a Piura, siendo
bien recibido por los pocos vecinos que quedaban que ya sabían de su
apostolado. De inmediato, fray Francisco Solano se
dio cuenta de la triste situación de los indios, cuya suerte alivió. Pasó por
Piura, Catacaos y Sechura, haciendo a pie el resto del recorrido hasta Lima,
percatándose de la forma como se trataba
a los indios y buscando alivio a sus males.
Murió
en Lima el 14 de julio de 1610. Fue beatificado el 25 de enero de 1675 y
canonizado el 14 de julio de 1726.
En
Sechura profetizó que el pueblo iba a ser destruido.
El
virrey Marqués de Cañete, dispuso en noviembre de 1591 un censo de indios
tributarios en todo el Perú. Por esa época las provincias eran 19:
|
De
los Reyes |
Puerto
Viejo |
Charcas |
|
Trujillo |
Quito |
La
Paz |
|
Huamanga |
Cuenca |
Cuzco |
|
Huánuco |
Zamora |
Arequipa |
|
Piura |
Loja |
Chucuito |
|
Guayaquil |
Jaén |
Chachapoyas |
|
Moyobamba |
|
|
Los
indios tributarios en todo el virreinato llegaban a 311,257 y el tributo que pagaban
al año era de 1’434,420 pesos. Además el quinto del rey que ascendía a 286,884
pesos
En
la provincia de Piura los indios tributarios eran 3,537 y lo que pagaban
llegaba a 12,800 pesos, además de 2,578
que era el quinto del rey.
Piura
tenía más indios tributarios que Guayaquil, Porto-viejo, Moyobamba,
Jaén, Cuenca, Zamora y Loja. Los indios piuranos pagaban más pesos cada uno,
mientras que los de Quito y Loja sólo 3 pesos y 2 tomines.
El
virrey Luis de Velasco había tenido igual cargo en Méjico y su padre también lo
había sido. Venía precedido de una acrisolada honradez, pues era conocido que
su padre había muerto en la pobreza. Los mexicanos lo llamaron Padre de
El
virrey García Hurtado de Mendoza, su antecesor, había recomendado al rey para
que lo sucediera su cuñado Beltrán
Castro de Cueva, pero Felipe II consideró que era muy joven para el cargo. Don
Luis de Velasco consideraba a México como su segunda patria y lo querían mucho.
Tenía
Velasco, el señorío de Salinas, al cual se vinculó marquesado de Salinas, pero
este título nobiliario recién le fue conferido años más tarde, poco antes de su
muerte.
Con
el numeroso séquito del nuevo virrey vino un hombre caritativo llamado Luis
Ojeda. El historiador Rubén Vargas Ugarte asegura que Ojeda estaba radicado en
Saña, haciendo obras de caridad y desde allí fue a dar recibimiento a
Velasco en Paita. Sea lo que fuere, el
hecho es que Luis Ojeda hizo conocer al virrey un proyecto para crear en Lima
un hospital para negros.
Luis
Ojeda acompañó al virrey en su viaje a Lima por tierra, a donde llegó recién el
23 de junio.
En
Lima, Ojeda trocó su nombre por el de Luis el Pecador. Un día mientras recorría
las calles de la capital pidiendo limosna para su obra, vio como unos perros
devoraban el cadáver de un infante, que había sido arrojado a la vía pública.
Eso conmovió profundamente su espíritu y por consejos de su confesor el
franciscano fray Juan Roca, decidió fundar un hospicio
para niños. Luis el Pecador tuvo éxito en su caritativo propósito y para que el
hospicio tuviera siempre recursos fundó la “Hermandad de los niños perdidos,
huérfanos y desamparados de Nuestra Señora de Atocha”. El 24 de diciembre de
1603 el virrey aprobó los estatutos y le dio su protección y tres días más
tarde fallecía Luis el Pecador.
El
rey había recomendado al Marqués de Salinas, que para proteger a los indios se
suprimiesen los obrajes; pero al mismo tiempo le ordenaban que no faltasen
indios de repartimiento para el trabajo de las minas, por que de ellas dependía
la conservación del país. El virrey comprendió que no era caridad hacia los
indios lo que motivaba la supresión de los obrajes, que después de todo eran
oportunidades de trabajo, sino para favorecer a los fabricantes de tejidos de
España. En cambio el virrey trató en lo posible de evitar se mandaran más
indios a las minas y cuando los mineros le exigieron más trabajadores para los
nuevos yacimientos que se descubrían, el virrey les contestó “
que esperasen aparecieran minas de indios y que entonces serían
atendidos”. También prohibió que se utilizaran a los indios como bestias de
carga, para el transporte a largas distancias.
El
virrey frecuentemente informaba al monarca español del maltrato y abusos de los
doctrineros y corregidores contra los indios, de la forma como se había arraigado
el mal y de lo mejor tratados que estaban los indios de México con relación a
los peruanos. En esto coincidía con los informes del arzobispo de Lima Toribio
de Mogrovejo.
El
virrey logró que se diera una real cédula prohibiendo el servicio personal de
los indios, que en síntesis disponía lo mismo que las
ordenanzas que para San Miguel del Villar, elaboró el corregidor Forero de
Ureña, y que al final unas y otras fueron letra muerta. En fin, valía la
intención.
El
Corregimiento de Piura en cuando a
su organización religiosa dependía del Obispado de San Francisco de Quito desde
1545 y así estuvo hasta 1614 en que pasó
a depender del Obispado de Trujillo.
En
ese año, de 1545, Piura
En
1597, el corregimiento se dividía desde el punto de vista religioso en 15 doctrinas con su respectivo cura. doctrinero. Tales doctrinas eran: la de Piura, la vicaría, Catacaos, Sechura, Paita y
Colán, Olmos, Motupe, Jayanca, Pacora, Huancabamba., Salas y Penachí, Valle de
Piura, Moscalaque, estancias del valle de Piura, Frías y Tumbes.
Como
se puede apreciar, pertenecían al corregimiento de Piura una gran cantidad de
poblaciones que hoy están en Lambayeque.
La
doctrina que mas valía era la de Catacaos con 800 pesos. Y la de menor valía la
de Tumbes con 250 pesos.
Para
doctrineros se escogían a curas de
notoria capacidad intelectual y humana y de mucha religiosidad. Por esa época
se veneraba en Piura a
Felipe
II, el más poderoso monarca de su tiempo, moría el 13 de septiembre de 1598 en
el palacio el Escorial, tras un larguísimo reinado.
La
noticia de su fallecimiento, recién se supo en el Perú el 10 de enero del año
siguiente, por cuyo motivo se decretaron honras fúnebres en Lima y demás
ciudades del virreinato.
En
Piura se celebraron los oficios religiosos en la iglesia matriz y se guardó
tres días de silencio
Los
últimos días del rey, fueron sumamente tristes y dolorosos. La gangrena que
había reducido a la inmovilidad al monarca, tenía convertidas en una masa
informe, llagada y purulenta a las piernas, que despedían mal olor y le
causaban fortísimos dolores. Ni siquiera podía cambiarse de ropa, por que no
toleraba el menor roce en su enfermo cuerpo. . Sin embargo mostró gran
estoicismo, entereza y resignación cristiana, y cuando se le comunicó que su
fin estaba próximo, exclamó:
-loado sea Dios-.
La
jura del nuevo rey Felipe III, se celebró en Lima el domingo 4 de julio. Las
demás ciudades del virreinato lo hicieron después.
Era
Felipe III hijo de la cuarta esposa de Felipe II doña Ana de Austria, pues
Felipe II había enviudado tres veces
Con este nuevo Rey empieza la decadencia de España,
por que su padre se había comprometido en muchas guerras que diezmaron la
población española y agotaron sus recursos económicos, no obstante que en forma
constante llegaba oro y plata de las colonias americanas a la penínsu1a. Los
españoles pensaban que la riqueza consistía sólo en tener mucho oro y plata y
descuidaron la producción industrial en la misma España y en las Américas, en
donde la población quedó diezmada por que se les obligaba a trabajar en las
minas en las peores condiciones.
Durante su reinado, tuvo que enfrentar a las flotas de
los turcos y de los piratas berberiscos que se habían apoderado prácticamente
del Mar Mediterráneo y en América, los corsarios armados por Inglaterra y
Holanda, atacaban puertos, saqueaban ;y asaltaban a los galeones que cargados
de tesoros se dirigían de América a España. Fuera de eso, también abundaron los
piratas o ladrones de mar.
Felipe III descuidó las labores políticas y militares
de su reino y se dedicó a cuestiones religiosas, por lo cual lo apodaron El
Piadoso.
El Rey dejó todos los asuntos del gobierno en
"manos del Duque de Lerma, el cual siguió con la guerra de F1andes
poniendo sitio a la importante plaza militar de Ostende que los holandeses
lograron mantener durante tres años. En el terreno de las realidades, nada ganó
España con esa victoria pues firmó en 1609 una tregua. Otro gran suceso fue la
expu1sión de los moriscos que aún
quedaban en España. En 1619 el Duque de Lerma fue reemplazado en el gobierno de
España por su hijo el Duque de Uceda y el 31 de Marzo de 1621 moría el Rey.
Durante su Gobierno, fueron virreyes del Perú:
-
En 1604, don
Gaspar Zúñiga de Acevedo, Conde de Monterrey, ex -Virrey de México.
-
En 1607, don Juan
de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros, ex-virrey de México
-
En 1615, don
Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esqui1ache.
El
virrey Luis de Velasco, supo en 1599, que de Holanda había salido una armada
organizada por
El
virrey mandó dos flotas al encuentro de los corsarios una, el 1º de enero de
1600 al mando del almirante Gabriel de Castilla y otra el 13, bajo las órdenes
de Juan de Velasco.
El
corsario burló a sus perseguidores y dividió su flota en dos escuadrillas,
actuando una frente a las costas de Chile y otra en el norte peruano. Fue así
como al mismo tiempo que atacaban Arica en mayo de 1600, también frente a las
costas de Paita, los holandeses persiguieron sin dar alcance a una nave
española, hasta Punta Aguja.
El
virrey mandó entonces una escuadra al mando de Hernando Lamero, encomendero de
Piura, a perseguir a los corsarios del norte hasta Panamá. Los holandeses
estuvieron el 17 de julio en Santa y el 18 llegó Lamero. Al saber que los
corsarios habían estado el día anterior ahí, salió precipitadamente en su
persecución. Van Noort no quiso enfrentar a Lamero y
prefirió dirigirse hacia
El
corregidor de Piura, capitán Fernando de Valera, puso en alerta a las pocas
fuerzas con que contaba y que no fue necesario utilizar.
Ocho
años y cuatro meses gobernó el Perú el virrey don Luis de Velasco. Cuando salió
de México fue reemplazado por el conde de Monterrey y ahora que salía del Perú
era reemplazado por el mismo conde.
Luis
de Velasco se retiró a la vida privada y fijó su residencia en México, país al
cual amaba mucho. Así permaneció durante tres años, hasta que el rey de España
solicitó nuevamente sus servicios y no obstante
tener ya 70 años, le dio una vez más el virreinato de México y tras
cuatro años de buen gobierno se retiró a España en donde el rey le dio en
propiedad el título de Marqués de Salinas.
Don
Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de
Monterrey, fue el quinto conde que tuvo este nombre, pues el primer conde de
Monterrey fue en 1474 don Sancho Sánchez de Ulloa, gentil hombre de Enrique IV.
Ricardo
Palma dice que se le apodó el virrey de los milagros, por los hechos
prodigiosos que ocurrieron en Lima por obra obraban de Santo Toribio, Santa Rosa de Lima y San
Francisco Solano.
El
virrey salió de Acapulco el 1º de abril de 1604 y realizó un viaje sin mayor
novedad, llegando a Paita el 24 de mayo.
La
salud del virrey era ya muy precaria, y decidió permanecer en el puerto durante
un mes, mientras se reponía. Hasta ese
lugar de reposo llegaron los altos funcionarios del corregimiento y del
virreinato a presentar su saludo al nuevo mandatario. Era alcalde Piura, don
Lucas Ramírez de Arellano.
Paita
se convertía siempre a la llegada de un virrey en lugar de reunión de
autoridades. Es por eso que la población, si bien es cierto no prosperó
mayormente, sin embargo no llegó a desaparecer como parecía la habían condenado
las ordenanzas de Piura.
El
25 de junio, decide partir el virrey, siempre por mar, pero a los tres días de
navegación una fuerte tempestad casi hace zozobrar a la nave, por cuyo motivo
volvió al puerto de Paita, el 4 de
julio. Fue necesario un nuevo reposo de 10 días para reanudar la marcha por
tierra, por temor a nuevos problemas en el mar. Por San Miguel del Villar pasó
sin detenerse. El Virrey fue avanzando lentamente, utilizando 100 días para
llegar a Trujillo de donde partió recién el 20 de octubre
Don
Pedro Osores de Ulloa, partió a Paita con el barco “Jesús María” para recoger
al virrey y su comitiva, ignorando que ya había emprendido viaje por tierra.
Recién
el 8 de diciembre, entró el virrey a Lima, es decir, que habían pasado casi
siete meses desde su arribo al Perú.
Muy
poco se ocupó el virrey de los asuntos de gobierno por su mala salud. Cuando se
sentía mejor, se dedicaba preferentemente a visitar los templos y hacer obras
de caridad, comprometiendo todo su sueldo y quedándose sin tener para lo
necesario.
Durante
su breve gobierno, don Pedro Fernández de Quirós, que años antes había
integrado la expedición de don Alvaro Mendaña, salía con una expedición, el 21
de diciembre de 1605 rumbo a Oceanía. La partida fue del Callao, aunque algunos
expresan que pasó por Paita, lo más verosímil, es de que del Callao se internó
en el Pacífico. Se trató de una expedición muy azarosa.
En
noviembre de 1605, la salud del virrey empeoró, por cuyo motivo se trasladó a
la granja que los dominicos tenían el Limatambo.
Durante 85 días permaneció enfermo y el 9 de febrero de 1606 falleció en tal
estado de pobreza que no dejó recursos ni para comprarle el féretro. Sin
embargo,
Doña
Paula Piraldo, era por los años de 1604 una joven y
bella mujer, muy animosa pero también ferviente devota de
Era
doña Paula esposa del general don Juan de Andrade y Colmenero que más tarde
sería nada menos que corregidor de Piura.
Andrade
Colmenero había nacido en Sevilla y era miembro de la nobleza española, pues
era integrante de la famosa Orden de
Doña
Paula Piraldo y Herrera era una de las más
acaudaladas personas del corregimiento de Piura.
En
1604 doña Paula dona un terreno que tenía en el sur de Lima, para que la
congregación de
Doña
Paula Piraldo de Herrera pertenecía a muy
distinguidas familias. Con ella se había criado una sobrina a la que quería
como a una hija. Se trataba de doña Luisa María de Herrera, que se casó con don
Antonio Gómez del Castillo, regidor, síndico y juez de aguas de Lima y más
tarde gobernador de Tarma en donde murió en 1661. De este matrimonio nació
Paula Antonia Gómez del Castillo y Herrera y contrajo matrimonio con el
licenciado don Bernardo Iturrizarra y Mansilla,
natural de España, que había sido catedrático de la muy famosa universidad de
Alcalá de Henares. Luego fue nombrado oidor de
Durante
ese tiempo, doña Paula Antonia, sobrina nieta de Paula Piraldo,
casi llegó a ser virreina del Perú, pues su marido era, como decano de
Hija
de doña Paula Antonia y de don Bernardo, fue doña Manuela
Iturrizarra y Mansilla, Gómez del Castillo y Herrera,
que contrajo matrimonio con don Pedro Vallejo, caballero de
El
conde de Monterrey fue reemplazado en México por el marqués de Montesclaros y lo
mismo sucedió en Lima.
Don
Juan de Mendoza y Luna, que así se llamaba el nuevo virrey, era el tercer
marqués de Montesclaros y de Casttel de Bayuela, caballero de
El
20 de setiembre de 1607 arribó al Paita. El Consejo de Indias había dispuesto
que los virreyes ya no hicieran el viaje por tierra de Paita a Lima, sino que
por mar se dirigieran al Callao. Esto se hizo porque se daba mucho trabajo a
los indios, y además, el viaje resultaba muy caro.
El
virrey permaneció más de un mes en Paita, pues el 19 de octubre escribía al rey
sobre diversos asuntos. Luego aprovechó que el galeón “Jesús María” estaba de
vuelta de Panamá y a mediados de noviembre se embarcó para el Callao a donde
llegó el 11 de diciembre.
Durante
su gobierno se hizo un censo en Lima y se encontró que habían 10,386 negros,
9,530 españoles, 1978 indios, 744 mulatos, sólo 192 mestizos, 38 chinos, 20
japoneses y otros. Los españoles eran más que las españolas, las negras más que
los negros, los indios más que las indias y las mulatas más que los mulatos.
Aparte se contaban 1720 religiosos. La población total de Lima en 1,614 llegaba
a 25,154 habitantes, mientras que en 1600 era sólo de 14,262 habitantes y en
1629 llegaba a los 60,000 de los que 30 mil eran negros y 25 mil españoles.
Como se puede apreciar, la cantidad de negros siempre fue mayor que la de los
españoles.
En
1552 eran cinco los obispados que había en el inmenso virreinato del Perú. La
circunscripción de cada diócesis resultaba enorme, por cuyo motivo el arzobispo
de Lima fray Jerónimo de Loayza,
solicitó la creación del obispado de Trujillo, pedido que encontró apoyo en el
virrey Andrés Hurtado de Mendoza, el cual escribió al rey.
Felipe
II logró que el papa Gregorio XIII diera la bula creando la nueva diócesis.
Tras de 10 años fue nombrado obispo el monje Alonso Guzmán de Talavera, el cual
renunció al nombramiento. El 29 de octubre de 1606 fue nombrado fray Francisco Ovando, pero tampoco se llegó hacer cargo
del obispado.
En
1609 el papa Paulo V confirmó la creación del obispado. Por fin por real cédula
del 20 de agosto de 1611, el rey encarga al virrey de Montesclaros que
determine la circunscripción del nuevo obispado. Se hizo tal cosa tomando del
obispado de Quito, todo el corregimiento de Piura, desde Ayabaca hasta Illimo, y desde este lugar hasta el pueblo de Santa, se
tomó también territorio del obispado de
Lima. En marzo de 1611 fue nombrado como obispo de Trujillo, el canónigo y tesorero
de la catedral de México, don Jerónimo Cárcamo, el cual se embarcó en Acapulco
rumbo a Payta para hacer como todos los grandes personajes, el camino por
tierra hasta Trujillo. Pero antes de llegar al puerto se sintió mal y murió en
1612. El Dr, Cárcamo era natural de México, fue
catedrático de la universidad de esa ciudad y sus padres fueron don Francisco
Cárcamo Días del Castillo y doña Magdalena de Lugo. El corregidor Jerónimo
Pérez y el alcalde Fernando Troche de Buitrago corrieron con las diligencias.
Formaban
parte de la nueva diócesis las provincias de Saña o Lambayeque, Cajamarca,
Chachapoyas, Pataz, Luya-Chillaos, Piura, Jaén y
Santa.
Estando
ya para terminar su gobierno el marqués de Montesclaros, hizo su aparición en
el Pacífico, el corsario Jorge Spilberg, o Spilbergen
Montesclaros
gobernó hasta el 18 de diciembre de 1615, o sea 7 años, 11 meses y 27 días y al
retornar a España ocupó altos cargos en la corte.
Spilberg
salió de Holanda con seis navíos, algunas de 1,600 toneladas, que era para esa
época un tonelaje apreciable. En el mes de abril de 1615 cuatro naves
holandesas habían logrado pasar el estrecho de Magallanes. Tras de atacar
Valparaíso se dirigieron al Callao, que fue puesto en estado de defensa por el
virrey, el cual encomendó a su sobrino Rodrigo de Mendoza el comando de una
escuadra, teniendo como su segundo el almirante Pedro de Pulgar. A las 5 de la
tarde del 17 de julio las dos encuadras se encontraron frente a frente a la
altura de Cañete. La nave capitana española echó a pique a una enemiga, pero de
pronto cayó la noche y los piratas decidieron retirarse. En su afán de
perseguirlos, la nave capitana española confundió en la oscuridad a la nave
almirante que capitaneaba Pulgar, la cañoneó y la hundió. Los corsarios que
estaban cerca salvaron a un buen número de náufragos, pero el almirante Pulgar
prefirió la muerte. Mientras tanto un barco menor español, que también se había
adelantado, fue hundido por los holandeses.
En
el hundimiento de estos dos barcos murió gran cantidad de limeños de muy
conocidas familias como Toledo, Colmenero, Aramburu, Tenorio, Cisneros,
Polanco, Benalcázar, Paredes, Vásquez de Acuña,
Paniagua, Ochoa, Maldonado, etc.
Al
conocerse en Lima el desastre, la consternación y la angustia fueron generales.
La escuadra virreinal se presentó en breve y los corsarios se dirigieron a la
isla de San Lorenzo para reparar sus averías y el 21 de julio por la tarde
aparecieron en la bahía del Callao. Las gentes se refugiaron en las iglesias y
Santa Rosa de Lima hacía rogativas. El virrey tenía en la playa a casi dos mil
hombres medrosos y sometidos a vigilancia para que no huyeran, para hacer
frente a un eventual desembarco. Pero Spilbergen se contento sólo con disparar
dos cañonazos altos y luego se dirigió al norte rumbo a Huarmey
y Paita.
Tras
de arrasar con Huarmey, Spilbergen se dirigió a Paita
con intención de tomar el puerto y saquearlo. Era septiembre de 1615.
En
ausencia de su marido, el corregidor Andrade Colmenero, fue la valiente encomendera de Colán, la que puso a Paita en situación de
defensa del puerto. Para este fin hasta utilizó a sus negros esclavos a los que
puso al frente de los pequeños fuertes. Cuando el corsario holandés se presentó
en la bahía, fue recibido a cañonazos. Tras de contestar el fuego optó por
retirarse, luego de incendiar varias casas
Spilbergen
se dirigió a la zona norte del Pacífico y luego hacia Oceanía, en donde el jefe
de la escuadra española en Filipinas, almirante Juan Ronquillo lo enfrentó y lo
derrotó salvándose sólo la nave que comandaba el jefe holandés, con la que
llegó a su patria en donde escribió un libro contando sus aventuras.
Al
día siguiente que el corsario había abandonado la bahía de Pita, llegaba el
nuevo virrey príncipe de Esquilache, que de inmediato
se enteró del gran peligro que había corrido de caer prisionero.
El
conde de
Cuando
el corsario holandés se presento en Paita, ya había recompuesto su flota y
contaba con cinco barcos.
El fuerte de Paita
estaba prácticamente abandonado, y rápidamente doña Pau1a lo puso operativo y
pudo disparar dos cañonazos en momentos en que Spilbergen se preparaba a
efectuar una operación de desembarco. Tomado desprevenido, y desconociendo
cual era en realidad la potencia de fuego del fuerte, optó prudentemente por
retirarse.
Trece años más
tarde, un paiteño que estuvo en el lugar de los hechos, dio otra versión de lo
que sucedió en Paita en Setiembre de 1615.
Se trata de don
Francisco A1bújar, vecino de Paita que en 1628, en un juicio que tuvo, se vio
precisado a narrar los hechos, poniendo como testigo a otro vecino, don
Sebastián Girón. Asegura Albújar, que el corregidor Colmenero estuvo en Paita y
organizó la defensa, convocando al pueblo, que en forma masiva lo apoyó.
Albújar, aseguró, que estuvo a las órdenes del corregidor, como mosquetero.
Calcula la fuerza enemiga en 300 hombres y que se intentó un desembarco, que
fue rechazado por Colmenero que causó a los corsarios varios muertos y
heridos. Al día siguiente, el corsario hizo un nuevo intento y dos lanchas
cargadas de holandeses armados de mosquetes pica y cose1etes trataron de
llegar al portillo de la quebrada y barraca que era defendido por soldados de
Colmenero, lugar donde estaba Albújar. Parece que los corsarios hicieron
retroceder a los defensores, los que a toda costa trataron de evitar que los
invasores subieran al tablazo, donde se había refugiado una parte de la
población, así como los tesoros reales y mucha mercadería. La compañía del
capitán español Alonso de Figueroa y Estupiñán, les cerró el paso a los
invasores que habiendo tenido muchas bajas, resolvieron reembarcarse
Doña Paula
y don Juan Andrade de Colmenero se habían casado en Lima y poco después éste
último fue nombrado corregidor de Piura.
En 1616
doña Paula era encomendera de Paita, Colán, Catacaos,
y su esposo de Huancabamba, Sóndor y Huarmaca.
Posteriormente Andrade Colmenero obtuvo las encomiendas de Cucio,
Mechato, Mecomo en la zona
de Catacaos, los repartimientos de
En
1629 muere en Lima don Juan Andrade Colmenero y su esposa hereda las
encomiendas de éste. El matrimonio de encontraba viviendo nuevamente en Lima
desde 1619 y las rentas que producían las encomiendas marítimas las cobraban en
tollos y sardinas, que les eran remitidas a Lima por medio de su apoderado don
Antonio Rodríguez. Para el cobro de tributos de la zona de Catacaos, doña Paula
dio poder al cura de ese lugar Juan de Mori Alvarado,
al cual reemplazó en 1644 y en su lugar puso a don Antonio Gómez de Buitrón
Antes
de morir doña Paula dejó a su sobrina Luisa María de Herrera, a la que quería
como una hija y había criado, las encomiendas de Catacaos, Colán, Paita y
Huancabamba, que aún tenía en 1658. No se conoce que doña Luisa hubiera viajado
alguna vez a Piura a conocer sus heredades
Spilbergen
al recoger a varios náufragos del combate naval de Cerro Azul, pensó lograr
rescate por ellos, ya que se percató de que eran gente importante. Más cuando
estuvo frente a Paita, cambió de parecer y los desembarcó en las playas próximas.
Entre
los desembarcados estaban dos negros y varios indios a los que entregó armas
para que se alzaran contra los españoles.
Otra
persona desembarcada, fue Catalina de Erauzo, más conocida como
Esta
intrépida y audaz mujer, se había enganchado entre los marinos de la nave
almirante que fue hundida en el combate de Cerro Azul. Como era una diestra
nadadora, logró mantenerse a flote hasta que los corsarios la rescataron de las
aguas sin percatarse que era una mujer.
No
era la primera vez que la monja Alférez llegaba a Paita. Ya había estado en el
puerto cuando recién ingresó al Perú, y parece que cuando terminó su vida
aventurera recordó los apacibles días que pasó en la hermosa bahía.
Había
nacido Catalina en Guipúzcoa, en España, allá por los años de 1585, habiendo
sido sus padres el capitán Miguel de Erauzo y doña María Pérez de Galárraga.
Desde que tenía 4 años ingresó en el convento de las dominicas y cuando tenía
15 años y próxima al noviciado, fue maltratada por otra monja, fugando del
convento a la ciudad de Victoria en donde sirvió durante tres meses en el
domicilio del Dr. Serralta, luego vestida de arriero se fue a Valladolid. Se
dio cuenta que vestida de hombre le era más fácil movilizarse y que además
nadie se percataba que era una mujer. Tomó el nombre de Francisco Oyola y
sirvió de paje en casa de Juana Idiáquez, pero dio la casualidad de que el
padre el capitán Erauzo visitó a Idiáquez sin reconocerse con su hija. Esta se dio cuenta de que era su progenitor, por la
historia que le oyó contar de su fuga; por cuyo motivo decidió viajar a
América. Lo hizo como grumete en un galeón, y al llegar a las costas de
Venezuela tuvo su primera aventura militar cuando el barco español atacó a un
corsario holandés.
De
ahí pasó a Panamá y entró de dependiente en el negocio de Juan de Urquiza. Con
éste viajó a Perú para hacer la venta de ciertas mercaderías, pero a la altura
de Mantas naufragó, salvándose ambos. Pasaron a Paita y en este puerto
estuvieron durante algún tiempo hasta que llegó un barco de Urquiza, en el cual
se trasladó a Chérrepe y de ahí a Saña, siempre por cuenta de Urquiza. Fue en
ese lugar donde tuvo su primera pendencia con arma blanca al ser provocada por
un individuo de apellido Reyes que la amenazó con hacerle un tajo en la cara.
Fue Catalina la que desgarró el rostro al rival y luego se batió a espada con
otro amigo de Reyes al cual hirió gravemente. De esta forma Catalina adquirió
fama de ser un temible espadachín, que daba cuenta fácil de sus oponentes.
Después
de estos hechos se refugió en una iglesia, para huir de la persecución, pero el
corregidor la sacó y encarceló, lo cual
dio origen a reclamos de los frailes, por que en ese tiempo se respetaba mucho
el refugio de los templos.
Su
patrón Urquiza para solucionar el problema, trató de casar al supuesto
jovenzuelo con una parienta de Reyes, pero como es lógico, Catalina se negó en
forma rotunda a ese matrimonio.
Urquiza
la acomodó en una tienda de Trujillo y hasta allá fue a buscarla Reyes y dos
más. Se batió con los tres y mató a uno. El paciente Urquiza le dio una última
oportunidad enviándola a Lima, donde ingresó al ejército y partió a Chile a
luchar con los fieros araucanos. Ahí hizo prodigios de valor y fue herida
repetidas veces. Pero no podía con su genio pendenciero y mató en duelo a dos
oficiales. Como siempre se refugió en un convento, de donde salió para
apadrinar el duelo de un amigo, terminando por desafiar y matar al padrino
rival, el cual resultó ser su hermano el capitán Miguel Erauzo. Esto le causó
un tremendo impacto emocional. Tras buscar refugio en un convento, pasó los
Andes y fue a dar a Potosí. Pasaba por un camino con un soldado, cuando fueron
asaltados por una partida de ladrones, a los que mataron dos hombres. Volvió a
tomar parte en varias acciones militares y posteriormente se vio envuelta en
pendencias y líos, saliendo siempre bien librada con ayuda de religiosos. En
una casa de juego mató a uno en un duelo y luego se batió con una partida de
alguaciles que trataban de prenderla. En Pomobamba,
de Bolivia, tuvo otro duelo y otra muerte, siendo sentenciada a muerte, y por
orden superior se conmutó la pena cuando tenía ya la soga al cuello. En Chuquisaca
fue atacada por un enfurecido marido y batiéndose a espada ingresaron a un
templo, en donde recibió dos heridas, pero ella logró darle una estocada, que
no lo mató, pero lo dejó mal herido. En
El
arzobispo de Lima, Bartolomé Lobo Guerreo la hizo llevar a la capital y durante
dos años permaneció en el convento de
Esta
singular mujer que fue dejando una estela de muerte a su paso, no cometió
ningún acto de violencia en las dos oportunidades que estuvo en Paita. Quizá la
tranquilidad de la bahía, contagió su agitado espíritu.