Gonzalo Pizarro hizo celebrar su
triunfo en Quito con grandes fiestas. Se cometieron muchos actos censurables
contra los vencidos y las represalias estuvieron a la orden del día, pero el
baño de sangre terminó y la generosidad se hizo nuevamente presente, como
resultado de la satisfacción general de los vencedores. Fue así como se le
perdonó la vida a Sebastián Benalcázar, a Hernando
Girón y al capitán Montemayor. Luego se enviaron
mensajeros y pregoneros a diversos lugares del país para dar a conocer el
triunfo de la causa del rebelde.
En San Miguel, los pizarristas
recibieron la noticia con grandes demostraciones de júbilo, lo cual fue una
razón de zozobra y temor entre los elementos leales, que ya se habían visto
aterrorizados con la visita del Demonio de los Andes, el capitán Francisco de
Carvajal.
El P. Jedoko
Ricke aconsejó a Gonzalo que se hiciera coronar rey del Perú y se ofreció a ir a Roma para lograr el
consentimiento del Papa y en ese propósito hasta se llegó a designar a
Sebastián de los Ríos, para que formara parte de los comisionados. También el
oidor Cepeda (representante del rey de España) insistía en lo mismo, pero
Gonzalo tras de algunas dudas iniciales y de halagarle la idea, terminó por
rechazar las sugerencias y reafirmar su lealtad al Rey
Si Gonzalo hubiera avizorado su
destino trágico, posiblemente habría aceptado la corona y quizá el Perú hubiera
sido desde ese entonces un reino independiente, cambiando las rutas de la
historia. Indudablemente que muy poco hubieran podido hacer el rey de España
desde su país, para subyugar al nuevo reino, y más bien pudo constituir un
ejemplo a seguir por otros gobernantes españoles de América.
Gonzalo Pizarro en su condición de
capitán general del Perú (ya no se llamaba Nueva Castilla al territorio),
dispuso que uno de sus capitanes Alonso de Mercadillo, fundase una ciudad en
una zona en donde se había encontrado oro.. Se buscaba
además crear una barrera a los ataques de los indios de Chaparra y Carachubamba, que amagaban el camino real de los incas. Se
eligió inicialmente un lugar denominado
El Inca Garcuilaso
de
Mercadillo dio a la ciudad el nombre
de Loja, en recuerdo al lugar de su nacimiento en España
Posteriormente, el 9 de abril de
1548, por orden del Pacificador del Perú, don Pedro de
En su fundación original, parte de
los treinta encomenderos fueron de Quito y la mayoría de San Miguel. Al
respecto dice Cieza de León, en “
Cuando sólo habían pasado seis años
de la fundación de San Miguel, es decir 1538, el capitán Alonso de Mercadillo
se encontraba en el Cuzco, y llegó por segunda vez a esa capital, fray Vicente Valverde como obispo y también como
inquisidor. Era Mercadillo un hombre díscolo y de “mala condición que tenía el
vicio malísimo de jurar y perjurar por cualquier cosa”. Fue por tal motivo que
Valverde le abrió causa, condenándole con leve pena por blasfemo, teniendo en
cuenta de que mostró mucho arrepentimiento.
Francisco de Carvajal no se encontró
en la batalla de Iñaquito, porque en octubre de 1545 lo envió Gonzalo Pizarro
de retorno al sur del Perú, para combatir a Centeno que se había sublevado una
vez más, proclamando su lealtad al rey.
A los casi 80 años, inició Carvajal
una larga cabalgata, con un puñado de hombres, para reconquistar a la causa
rebelde el dilatado territorio del Perú.
El cruel viejo estaba deseoso de
entrar en la ciudad de Piura para tomar venganza contra los vecinos y el
cabildo que se había sometido al virrey, cuando el capitán Delgadillo primero,
y más tarde, Blasco Núñez de Vela tomaron la ciudad.
Como se recordará, cuando Delgadillo
entró, gran cantidad de vecinos partidarios de Gonzalo Pizarro habían huido, y
sus pertenencias fueron saqueadas.
Carvajal llamaba a sus 12 fieles
compañeros, los “doce apóstoles”, hombres tan endurecidos como su jefe.
Al conocerse la proximidad de
Carvajal, cundió el pánico en San Miguel de Piura. Los regidores con el alcalde
a la cabeza salieron a recibirlos, pero fueron tratados mal y amenazados con el
incendio y destrucción de la ciudad. En ésta, no había en realidad fuerza
alguna para defenderla de tal modo que Carvajal pudo actuar a sus anchas.
Carvajal dispuso que los regidores fueran
apresados y dio las disposiciones necesarias para ser ejecutados y la ciudad
saqueada. Los religiosos que estaban en la ciudad fueron a suplicar por la vida
de los prisioneros, pero la única forma de aplacar a Carvajal fue el soborno.
Cada condenado compró su vida en cuatro mil pesos. Si embargo no perdonó al
infeliz grabador que había fabricado para el virrey un nuevo sello real. Lo
hizo ahorcar.
Ricardo Palma, relata en “Comida
acabada, amistad terminada” una tradición sobre la estadía de Carvajal en
Piura.
Dice que salió a recibirlo el alcalde
Martínez y los regidores. Que para congraciarse con el Demonio de los Andes le
hicieron conocer que tenían prisionero desde hace 40 días al capitán Francisco
Hurtado, vecino de Santiago de Guayaquil
y adicto a la causa del virrey. Era el prisionero un hombre de 70 años que
había sido compañero de Carvajal en Europa y juntos habían concurrido a la
famosa batalla de Pavía en donde España derrotó a Francia. –Dice don Ricardo
Palma- que Carvajal reconvino a Martínez
por tener así con tan mal trato a todo un vencedor de Pavía y dispuso su
libertad. Ya en Piura, Carvajal invitó a comer a Hurtado e hicieron
reminiscencias de los tiempos idos, en medio de la mayor cordialidad. Al
terminar la comida le hizo conocer que ya había cumplido como amigo y que ahora
le tocaba cumplir como soldado de Pizarro, por cuya razón le daba tiempo para
que se confesara y luego le mandó a dar garrote.
Otro de los que cayeron en poder de
Carvajal, fue el tesorero Rangel, que compró su vida,
por mil pesos. Más tarde Rangel huyó del ejército de
Carvajal y se unió a Centeno.
Mientras Pizarro estaba en Quito, el
encomendero de Cajamarca Melchor Verdugo se sublevó proclamando su fidelidad al
virrey y despachó mensajeros a Centeno que estaba levantado al sur.
Verdugo avanzó a Trujillo y la tomó.
Diego de Mora que era gobernador de la ciudad se encontraba en esos momentos en
Quito dando apoyo a Pizarro.
Verdugo era amigo del virrey desde
España y en todo momento permaneció fiel a él en el Perú.
Al conocer la proximidad de Carvajal,
que ya había formado un pequeño ejército decidió dejar Trujillo y con treinta
adictos y todos los caudales públicos, se embarcó rumbo a Nicaragua hasta donde
trató Gonzalo Pizarro de capturar, pero
infructuosamente.
En la época en que se producían las
luchas entre Pizarro y el virrey, los esclavos sumaban en el Perú varios miles.
Era precisamente Paita uno de los puertos por donde ingresaban estos infelices.
Cuando Gonzalo Pizarro tuvo que dejar
Lima para perseguir al virrey, encomendó la ciudad a Lorenzo de Aldana como
teniente gobernador de Lima, hombre de espíritu tranquilo, pero quedó como
alcalde Ordinario Martín de Sicilia, un individuo
ruin y sanguinario.
Los esclavos estaban prohibidos de
caminar solos de noche por las calles. Al esclavo que fugaba, al ser vuelto a
capturar, según disposición del cabildo de Lima, se le dislocaba un tobillo, si
la ausencia era menor de seis días; si pasaba de este período se le condenaba a
muerte. No podían tener vestidos de seda, ni casa propia. En Lima durante los
primeros años del virreinato, ni siquiera tenían derecho a un ataúd, pues el
cadáver era arrojado a los basurales (Aspectos Sociológicos y Costumbristas en
el Virreinato por J. M. Valega). Cuando cometían una
falta los mandaban a las panaderías en donde trabajaban bajo el látigo del jefe
de la cuadrilla de amasadores de harina. Por la caza de un esclavo prófugo,
vivo o muerto se pagaba entre cinco y veinticinco pesos.
En Piura se estimaba que los esclavos
constituían el 25% de la población. Se les utilizaba en labores agrícolas y
como domésticos. Las esclavas también servían como amas de leche.
Los españoles no tenían perjuicios de
tener relaciones sexuales con indias y esclavas. No existía nada que pareciera
a un aparheid sexual. A las indias, sobre todo si
eran nobles llegaban a hacerlas sus esposas o cuando menos sus queridas. En
cambio las esclavas servían para proporcionar un momento de fugaz placer al
amo. Sin embargo el virrey Toledo fue drástico en no permitir esos abusos y
llegó hacer casar a españoles con sus esclavas en Panamá.
El mestizaje fue así de muchos matices y el Perú se llenó de mulatos. Luego
cuando estos se volvieron a cruzar con los negros, la cantidad de sangre morena
aumentó y aparecieron los zambos.
Ha habido mulatos muy notables,
siendo el más conocido nuestro santo Fray Martín de
Porras.
José Manuel Sojo, el personaje
central de la novela “Matalaché” de López Albújar,
era hijo de uno de los nobles y adinerados señores Sojo de Cantoral,
propietarios de la hacienda Sojo. Lo cierto que en este lugar del valle del
Chira abundaron los mulatos que se apellidaban de la misma manera.
En Lima, los esclavos que servían en
las haciendas de los alrededores, en cualquier oportunidad que encontraban
huían al campo. Eran los cimarrones que vivían eternamente escondidos hasta que
caían en la caza que frecuentemente se organizaban contra ellos. En 1546,
aprovechando que la ciudad había quedado casi desguarnecida, y los patrones de
las haciendas se habían ido a la guerra, unos 600 negros abandonaron las
plantaciones y se dirigieron a la capital. Poco esfuerzo tuvo que hacer Aldana,
para darles gran escarmiento, ya que los sublevados no tenían armas, ni
organización, ni comando. Se dispersaron por los alrededores y mucho de ellos fueron cazados. Los restantes
tuvieron que retornar a las haciendas.
Gonzalo salió de Quito con muchos
cientos de hombres y con ellos acampó en San Miguel de Piura.
En esta ciudad se detuvo para ver la forma
de distribuir tanto soldado de su ejército, con el cual no deseaba seguir
adelante. Además, muchos de ellos eran de la región y querían seguir en ella.
Fue así como dispuso que el capitán
Mercadillo se dirigiera con vecinos de San Miguel, y soldados procedentes de
Perú y de Quito a pacificar y colonizar la sierra próxima a Tumebamba.
Es así como desde San Miguel se proyecta la fundación de Loja.
Al capitán Porcel envió con 60
soldados a la conquista de la provincia de Pacamuru.
Encargó al licenciado Benito Suárez
de Carvajal, que tomase una cantidad de soldados, los embarcarse en los navíos
que estaban en Paita ( que de Nicaragua había traído
Juan Alonso Palomino) y partiendo, los
fuera dejando de guarnición en diversos puertos, de acuerdo a una relación que
le entregó. El licenciado Carvajal cumplió lo dispuesto y lo esperó Gonzalo
frente a Trujillo.
Gonzalo antes había dejado Piura y
con casi 300 hombres llegó a Trujillo. Ahí seleccionó a sus tropas y con 200
partió rumbo a Lima.
No fueron Cepeda y el padre Jodoko los únicos que instaban a Gonzalo Pizarro a
declarase rey del Perú. También eran de la misma opinión Bochicao,
Puelles y el mismo Carvajal.
En el combate de Iñaquito, Bochicao había
enarbolado una bandera que llevaba pintada una corona y debajo la palabra
“Pizarro”. Sin embargo, éste pérfido individuo había tenido entre sus planes,
derrotar al virrey por su propia cuenta y luego alzarse contra Pizarro para
proclamarse a si mismo rey del Perú.
Gonzalo llegó a conocer este proyecto
y lo disimuló, pero llegó a la conclusión que no podía confiar en tanto
adulador
Pero Carvajal le hizo muy juiciosos
razonamientos en Lima. Dijo el viejo soldado, que tras de combatir, derrotar y
matar al virrey, de haberse levantado contra el propio rey, y haber cometido
tantos daños y muertes, ya no se podría esperar el perdón del rey, ni se podrá
fiar en promesas ni palabras de perdón y que no le quedaba más recurso que declararse rey; y que en lugar de esperar que la
gobernación cayese en mano ajena, se
ponga con la suya la corona sobre su propia cabeza, repartiendo la tierra
vacante entre sus amigos y lo que el rey sólo ha otorgado por dos vidas, lo dé
Pizarro a perpetuidad, con títulos de conde, marqués y duque, como los hay en
todos los reinos del mundo, en forma tal que al defender esos nobles sus
intereses y estados, defenderán los del nuevo rey.
Debería crear órdenes militares, con
lo cual atraería a todos los que aspiran
a ennoblecerse, y tendría una buena caballería.
Para atraerse a los indios, le
aconsejaba que tomara por esposa a una infanta de la familia de Manco Inca,
al cual enviaría una embajada a Vilcapampa para pedirle la mano de la hija y ofrecerle restituirle
a su primitiva grandeza, con quien crearía una corte real, compartiendo el
poder, en forma tal que el inca con el nombre de rey gobernaría a los indios y
Gonzalo a los españoles, los asuntos de guerra y de las relaciones con otros
pueblos.
Que eso le permitiría además disponer
de todo el oro y las riquezas que los indios habían ocultado. Que no tenga
temor que le digan que haría traición al rey de España por que no hay rey
traidor
Que estos territorios eran del inca,
señor natural de ellos y que si no se les restituyen, más derecho tendría
Gonzalo a ellos que el rey de España ya que lo ganó a su costa y riesgo; que si
en cambio lo restituye al inca haría lo que corresponde y que también sería
hacer lo que corresponde compartir su gobierno, por que el que puede ser rey
por el valor de su brazo, no debe ser siervo por flaqueza de ánimo. Que todo
dependía dar el primer paso y la primera voz y que en cualquier circunstancia,
si de morir se trata más valía morir como rey y no como súbdito, por que el que
permite estarse mal, merece estar peor.
Al llegar a Tumbes, el virrey decide
mandar enviados a España, que hicieron conocer a la corte de Carlos V, la
rebelión de
El emperador, había tenido que partir
hacia Holanda para atender urgentes problemas, dejando frente al gobierno de
España a su hijo Felipe.
Tras varias consultas, el príncipe
Felipe resuelve encomendar al licenciado Pedro de
El año 1545 estalló la tan temida
epidemia de viruela frente a la cual los indios no tenían defensas biológicas.
Se recuerda que poco antes que Pizarro pisara tierras peruanas había estallado
en el reino de Quito una epidemia de viruela que mató al Inca Huayna Capac. En esta oportunidad la epidemia
mató a las dos terceras partes de los
indios del hoy departamento de Piura, o sea que quedó despoblado.
En la misma forma en que gran
cantidad de capitanes traicionaron al virrey para pasarse al bando de Pizarro,
así también abandonaron a éste para unirse a
Gonzalo Pizarro había logrado dominar
desde Panamá hasta Charcas y la escuadra
al mando de Pedro Hinojosa controlaba toda la costa del Pacífico. Eran pues
suyos el mar y la tierra. En Panamá sin embargo, fue el capitán Hernán Mejía el primero que se
puso a las órdenes de
Pizarro trató al principio muy mal a
Paniagua y hasta lo amenazó de ajusticiarlo, por lo cual éste fingió ser su
partidario, ofreciéndole que al retornar a Panamá podía lograr que
Gonzalo contestó a
Lo cierto era que ni Pizarro ni
Mientras tanto se habían pasado al
bando de
La escuadra fondeó frente a Tumbes en
donde se encontraba en ese momento el capitán Bartolomé de Villalobos al que
Pizarro había dejado como gobernador de San Miguel.
Los barcos estuvieron cuatro días
fondeados lo cual hizo entrar en sospechas a Villalobos y tomando información
envió un mensajero a Lima. El correo se detuvo en Trujillo donde estaba de
gobernador Diego de Mora. Al enterarse éste de las noticias se alarmó y decidió
dejar a Pizarro. Reunió toda el oro y la plata que podía y con su familia y
cuarenta soldados se dirigió a Panamá para plegarse a
Bartolomé Villalobos supo que Diego
de Mora había logrado reunir en Trujillo casi 300 hombres a favor del rey, por
lo cual sintiéndose inseguro en San Miguel, recogió toda la gente que pudo y
siguiendo la ruta de Olmos trató de ganar la sierra para llegar de esa forma
a Lima para unirse a Pizarro.
Villalobos no pudo seguir adelante
porque toda la sierra estaba sublevada a favor del rey, y sus tropas se le
amotinaron y preso lo retornaron a San Miguel.
El Pacificador
En Tumbes,
Mandó a Pedro Hinojosa a Cajamarca
para reunirse a Porcel y a Pablo de Meneses encargó la escuadra para que se
dirigiera al sur a unirse a Aldana.
Una de las tareas a la que se dedicó
El escritor huancabambino
Néstor Martos, se ocupa precisamente en una obra suya titulada “El Correo de
Martos en su novela histórica
relata que
Gamboa se embarca a Panamá a cumplir
el encargo, pero los acontecimientos políticos se suceden rápidos y Gamboa hizo
naturalmente lo que hicieron otros conspicuos enviados de Gonzalo, es decir
pasarse a
El cronista Juan Cristóbal Calvete de
Esta versión de la partida de Ulloa
desde Catacaos no está certificada, ya que Mendiburu
da otra de acuerdo a la cual el padre Ulloa se encontraba en Santa cuando aún
Sea como fuere, lo cierto es que
Gonzalo llegó a descubrir la misión de fray Pedro
Ulloa, lo apresó y lo metió en una cisterna. El prior de los dominicos logró
que Pizarro cambiase el castigo y autorizara el enclaustramiento de Ulloa en el
convento, en donde permaneció poco tiempo porque Gonzalo tuvo que evacuar Lima.
Calvete afirma que
Hacia ese lugar llegó el capitán
Alonso de Mercadillo, fundador de Loja, con 16 hombres a caballo y 25 soldados
de pie.
Es así como - y según versión del
extinto escritor cataquense
Jacobo Cruz - logra con la ayuda del curaca de la región echar las bases para
la construcción de un templo y la organización de las cofradías del Santísimo
Sacramento, la de San Juan Bautista y la del Santo Cristo
San Juan Bautista, se convierte por
ese hecho en Patrono de Catacaos, pues no sólo el templo fue puesto bajo en su
advocación, sino que también la comunidad de indios que años más tarde
reconoció Toledo.
Es interesante como Jacobo Cruz y su
padre han hurgado en el pasado de Catacaos al igual que el Dr. Yarlequé Espinosa, y se ha podido establecer, como la
tradición religiosa y la solemne celebración de
Esas diez parcialidades fueron Mec Nom, Mechatu
(Mechato), Mecca-Amo (Mecamo), Almoc-tacje (Amotape), Parics Añac (Pariñas), Nari-walac (Narihualá), Muñu-Alac (Muñuela),
Mecca Acheo (Mecache), Mec Len (Melén) y Marca-wilca
(Marcavelica). A ellas habría que agregar otras tres ya extinguidas, a decir de
Cruz Villegas.
Semanas antes había llegado a San
Miguel el capitán Cárdenas logrando que el cabildo se pronunciara por
Cuando supo que
Cárdenas sustituyó a Villalobos en el
gobierno de la plaza de Piura y reunió armas organizando a los grupos y soldados
dispersos que abandonaron las filas de Pizarro tanto en Lima como los
provenientes de la sierra, Tumbes y Puerto Viejo.
El gobernador de Puerto Viejo, el
pizarrista Manuel Estancio fue muerto por el capitán
Francisco Olmos que se unió a
Cuando
Cuando
Las fuerzas de
El Pacificador prosiguió su viaje a Trujillo y de ahí
se internó a la sierra.
En octubre de 1547, Gonzalo Pizarro,
logró por intermedio de Carvajal un gran triunfo en Guarina sobre
Centeno, sin lograr sin embargo capturar a ese jefe realista; pero esto no
varió fundamentalmente la situación ni cambió los metódicos planes de
Cuando ya
Como queda dicho, Sacsahuana
o Jaquijahuana, no fue en realidad una batalla,
porque nunca se llegó a realizar. Todo consistió en una deserción vergonzosa de
los pizarristas hacia las filas de
En realidad no obró con un estricto
espíritu de justicia, puesto que antes de ver el pasado de los individuos y los
grandes crímenes que habían cometido, sólo se interesó por la actitud que cada
individuo había adoptado hacia él.
Fue así como grandes criminales que
fueron muy listos y a tiempo se pasaron a sus filas, se les perdonó y en cambio
otros que no habían cometido grandes delitos fueron castigados con rigor.
Fue el oidor Cianca,
que actuando como juez delegado vio la situación de más de 400 acusados por
delito de traición al rey, a cual en muchos casos se agregaron otros cargos.
Las sentencias eran desde multas
hasta las de ejecución, con cabeza cortada y expuesta en un poste, con letrero
infamante y descuartizamiento. En otros
casos se disponían varias sentencias como azotes, destierro, galeras,
confiscación de bienes, demolición de la casa y sembrado de sal en la misma,
etc.
No se dictó ninguna pena de prisión
para ser cumplida en el Perú. Se cuidaban mucho de no crear problemas de
guardianía y de alimentación con los presos, por cuyo motivo se prefería el
destierro.
Hernando de Torres, el que en
Iñaquito derribó con golpes de hacha al virrey Blasco Núñez de Vela, fue
condenado al destierro, a galeras a perpetuidad y a la confiscación de sus
bienes.
Mancio Sierra de Leguízamo, uno de los que quedó en San Miguel de Tangarará cuando Pizarro marchó a Cajamarca y que en el
reparto de los tesoros del Cuzco le tocó el
sol de Coricancha, que perdió jugando a los
dados, sufrió la pena de multa de dos
mil pesos y destierro del Cuzco en donde era vecino. La pena duraría dos años.
Francisco de Villascastín,
otro de los que quedó en San Miguel de Tangarará y
que más tarde tuvo un valeroso comportamiento en la toma de Sacsahuamán,
sufrió destierro perpetuo y confiscación.
Francisco Maldonado, no participó en
la batalla de Iñaquito, pues estaba en España intercediendo por Gonzalo
Pizarro; más bien llegó en el mismo barco en el que viajaba
Juan de
Juan Acosta, el fiel capitán de
Pizarro, que quiso pelear con los pocos que había en Jaquijahuana,
a lo que se opuso Gonzalo en el mismo campo de batalla,
Con Francisco de Carvajal y Gonzalo
Pizarro se hizo también un feroz escarmiento. Al primero se le debía introducir
en un saco y ser arrastrado vivo, su cabeza cortada y puesta en rollo en Lima,
y su cuerpo descuartizado, sus bienes confiscados, su casa destruida y sembrada
con sal. A Gonzalo se le impuso la misma pena, con excepción del
arrastramiento.
No se perdonó ni a los muertos. A
Bartolomé Aguilar, vecino de San Miguel se le sentenció a muerte y confiscación
de bienes. Hernando de Bochicao, que fue un tiempo
dueño de una escuadra, lo mismo que al feroz Francisco Almendras, se les
condenó a muerte, estando ya muertos y confiscación de bienes. Otros fallecidos como Antonio Biedma, Pedro
Puelles y Gonzalo Díaz de Pinedo sufrieron diversas penas. En cambio a Benito
Suárez de Carvajal, que en Iñaquito ordenó le cortaran la cabeza al virrey y que
había tratado de matarlo con puñal de su propia mano, no se le hizo nada, por
que traicionó a tiempo a Pizarro. También se hubiera salvado el traidor oidor
Cepeda que se rindió en Jaquijahuana antes del
combate, pero los capitanes fieles al rey exigieron a
Martinillo, el intérprete tallán que
en la historia se le conoce como Martí Pizarro, fue un fiel seguidor de la
familia del conquistador y como tal, acompañó a Gonzalo Pizarro en su rebelión.
Por eso no pudo escapar de las manos del oidor Cianca y en el fallo que le tocó decía: “Don Martín, lengua indio, natural de estos reynos, en doscientos azotes en el Cuzco e ciento en Lima e destierro perpetuo para Panamá e impedimento de bienes e de los indios e por traidor”.
La sentencia se cumplió exactamente
como se había dado, y el aporreado indio
tallán, fue a dar con su pobre persona a la inhóspita zona de Panamá, de
donde sin embargo pudo salir para
trasladarse a España, a donde también
debía ir su esposa e hijos que se encontraban en Lima.
El historiador José Antonio del Busto
Duthurburu ha investigado la vida de este personaje
piurano y publicado un interesante trabajo. Es del
mismo donde obtenemos la información que a continuación proporcionamos:
Martinillo había nacido en Poechos y era sobrino del curaca de esa región a la que por entonces se llamaba Chincha. El cacique para congraciarse con Pizarro, le regaló al indio que por entonces tenía 14 años.
El Conquistador lo tuvo como criado y esclavo, por cuyo motivo el vivaz indiecito, se hacía llamar Martín Pizarro. Los españoles para hacer burla del muchacho le decían Don Martín y así se quedó para siempre, convirtiéndose esa expresión en trato deferencial.
De gran inteligencia, pudo aprender rápidamente la lengua castellana pues a los pocos meses Don Martín ya estaba en condición de poder actuar como intérprete, haciendo la competencia a otros indios intérpretes que hacía algunos años ya hacían ese oficio.
En realidad Martinillo al igual que Felipillo eran políglotas, pues conocían el sec o lengua tallán, el runa-simi o quechua en su modalidad norteña, y el español.
Martinillo tuvo la oportunidad de conocer a Atahualpa, cuando Pizarro envió a Cajamarca una embajada para saludarlo, conformada por Soto con sus jinetes y Felipillo como intérprete. Luego llegó Hernando Pizarro con otro grupo a caballo y Martinillo. Unos dicen que éste iba en su propia cabalgadura, distinción que no se daba a otro indio, pero el cronista Cristóbal de Mena, asegura que iba al anca, en el caballo de Hernando. Lo cierto es que en el candente diálogo que se suscitó entre Hernando Pizarro y Atahualpa, fue Martinillo el intérprete quedando desplazado Felipillo. Le toco por lo tanto a Don Martín traducir el comentario desfavorable que Pizarro hizo a Maizabilca y la información que dijo haber recibido Atahualpa de tal capitán indio.
También ha quedado aclarado que fue Martinillo y no Felipillo, el que con Valverde salió al encuentro de Atahualpa en la plaza de Cajamarca, por cuyo motivo tuvo su parte en el reparto del rescate conforme aparece en el acta.
Fue también por intermedio de Martinillo que Atahualpa ofreció dar oro y plata en rescate por su vida. Más tarde, Don Martín acompañó a Soto a explorar la región de Huamachuco en donde se temía existieran ejércitos indios listos para el ataque, y por la tanto no estuvo presente en el juzgamiento del inca, utilizándose en eso a Felipillo, lo que agravó la situación de Atahualpa.
Martinillo estuvo en muchas acciones de guerra junto a los españoles en su marcha al Cuzco y también allí le tocó parte del tesoro. Todo lo guardó su padrino el Conquistador por que Martín era aún menor de edad, lo que no fue sin embargo un impedimento, para que al fundarse la ciudad de Lima le tocase solar como vecino de notable, y que su nombre quedara en el acta de fundación. Desde entonces el indio tallán, completamente españolizado, fue encumbrándose.
Portaba armas, tenía cabalgadura y vestía como español, alternando constantemente con ellos.
En el Cuzco estalló la discordia entre Felipillo y Martinillo, ya que el primero servía a Almagro y el segundo a los Pizarro. Además como Manco Inca tenía la protección inicial de Almagro, don Martín se volvió enemigo del inca, e intrigó contra él, causándole mucho perjuicio.
La ambición de Martinillo en realidad no tenía límites. No contento de ser tratado como español, pretendía ahora sobresalir entre ellos.
Para darse el rango que le correspondía, solicitó a Pizarro la entrega de 10.000 pesos que le guardaba, pero el aludido le dijo que estaba pobre. En esos momentos se produjo el cerco de Lima por los indios sublevados y Martinillo se portó valientemente. Posteriormente en las primeras luchas contra Almagro, se le dio el comando de una compañía de indios con los que luchó denodadamente.
Entonces aspiró a un mejor nivel social y logró casarse con una española vecina de Lima. Era esta doña Luisa Medina en la que tuvo tres hijos.
Creyó llegado el momento oportuno de dirigirse al rey para solicitarle se le reconociera el título de caballero y se le otorgara escudo de nobleza. Fundaba su petición en que era príncipe de esta tierra, el haber sido adoptado por Francisco Pizarro, por sus muchos servicios prestados a la causa de la corona, ser cristiano y estar casado con española. Como prueba de lo que aseguraba envió una serie de documentos que los conquistadores, por amistad o condescendencia se prestaron a firmar, asegurando hechos reales o ficticios.
La reina expidió el 19 de octubre de 1537 una cédula en la que autorizaba a Francisco Pizarro a armar caballero a don Martín, si éste tuviera las calidades que aseguraba poseer y había realizado los servicios por los que se hacía merecedor a la distinción.
Otra cédula autoriza a darle repartimientos con indios a su servicio. Pizarro no se atrevió a convertir al tallán en caballero, pero en cambio le dio la encomienda de Huaura, que era muy importante y con muchos indios a su servicio.
Fue así como un indio peruano, y sobre todo tallán, pudo haber sido el primer ennoblecido por los reyes en esta parte del continente y hasta sentar un precedente.
Martín, en su audacia sin límites, había pretendido pasar gato por liebre, y aseguraba que desde hacía 8 años era bautizado, lo que constituía un infundio, pues sólo habían pasado un poco más de cuatro años de ese hecho. Tampoco era cierto que había servido a los españoles desde el segundo viaje, ni que Hernando Pizarro lo había tratado en Trujillo en 1529 por cuanto Martín no estuvo en el viaje a España.
Convertido en un señor encomendero, se mandó a construir una gran casa en la ciudad de Lima. Tuvo esclava, servidores indios y criado español y a su esposa se la daba el tratamiento de doña.
A la muerte de Pizarro trató de pasar desapercibido ante los almagristas triunfantes. Cuando llegó Vaca de Castro, se puso de inmediato a su servicio y estuvo presente en la sangrienta batalla de Chupas, en premio a lo cual se le agregó Huarmey a su repartimiento.
Fue entonces cuando viajó a España, para visitar a la familia Pizarro y llevar cartas de Gonzalo con las pretensiones que tenía de suceder a su asesinado hermano, en el gobierno del Perú. De paso trató de lograr algo en la corte a su favor, pero nada consiguió.
Al regresar al Perú, alentó a Gonzalo a coronarse rey del Perú y tomar por esposa –para afirmar su derecho- a una princesa incaica. De esa forma pensaba lograr el título de nobleza que no le había dado rey de España.
Tras la derrota de Gonzalo, trató de
pasar desapercibido ante
Vencido Gonzalo Pizarro,
El reparto se hizo como en toda guerra
con los despojos de los vencidos, pero pocos se daban
por satisfechos con las recompensas. Entre los más disgustados estaba Diego
Centeno y Francisco Hernández de Girón. El primero moriría pronto envenenado
por venganza y el segundo tendría también trágico fin al sublevarse años más
tarde.
Recibieron repartimientos los
españoles que murieron por la causa del rey. Después de las guerras civiles
quedaron bastantes viudas. Los encomenderos que tenían repartimientos dados por
Pizarro, y Vaca de Castro y habían sido fieles al rey, o habían tomado partido
por
Algunos nuevos repartimientos en la
región fueron los siguientes:
Francisco Lobo conservó el repartimiento
que tenia con el cacique Puianca que le reportaba
4.000 pesos anuales. A Diego Palomino, le tocó un repartimiento en
A Gonzalo Guijera le correspondió un repartimiento con el cacique Tomapra y el cacique Arocama en Serrán, que le reportaban 1.000 pesos. Francisco Villalobos, conservó el repartimiento de Tumbes, Pariña y los principales de Máncora y Cosegra, que le otorgó Gonzalo Pizarro y le rendía 3.000 pesos. Doña Isabel de Carvantes viuda de Juan de Coto, casada con Diego Santiago, el repartimiento de Poechos que le daba 2.000 pesos. El repartimiento de la provincia de Caiabaco ( ¿Ayabaca?) que fue del extinto Bartolomé de Aguilar, se le entregó a la viuda de Francisco de Cárdenas y a su menor hija, les rendían 2000 pesos. Juan Farfán, conservó el repartimiento que le dio Pizarro en el valle del Chira, y le rendía 2000 pesos al año.
Francisco Martín de Albarrán, conservó el repartimiento que le dio Pizarro en el valle de Motape (Amotape) y en la costa, a Bitonera y Ognabra, de indios pescadores que le dio Vaca de Castro y que tiene como Cacique a Colanoche (Colán). Le reportaba 2.000 pesos. Miguel Salcedo, tiene el repartimiento de la. Apullana de Catacaos y que le rinde 2.000 pesos. Originalmente el repartimiento fue dado a Francisco Carrasco y al morir este, su viuda se casó con Salcedo, el que a su vez quedó viudo y con el repartimiento
El repartimiento de Motupe, lo tenía
Francisco Palomino que lo compró a su hermano Diego que lo había adquirido por
Cédula de Vaca de Castro y le rendía 2.000 pesos anuales. El repartimiento del
valle de Xiona, era de Doña María Sandoval, viuda de
don Diego Gutiérrez, el que lo había adquirido por cédula de Pizarro y rendía
1.500 pesos. El Capitán Miguel Ruiz tuvo el repartimiento de Conchima y los indios de Punta Aguja, que los había
comprado a la mujer de don Francisco, indio lengua. Ruiz había logrado que Vaca
de Castro lo confirmara en la posesión de estos repartimientos y que luego
Francisco de Lucena tenía el repartimiento del valle de Tanguacil ( ¿Tangarará?), con 1 cacique e indios de él, y del cacique principal de Cochimacan con 100 indios y el principal Castillo en Payta, todos por cédula otorgada por Francisco Pizarro y rendían 1.000 pesos. En el valle de Moscalá, el repartimiento era de Diego de Fonseca que lo había comprado a Juan Escobedo y Vaca de Castro lo confirmó en su posesión. Rendía 1000 pesos
Diego Guerra, tenía el repartimiento
de Penachi, de Olmos y Contailicoia
en el Valle de Copez ( o Copiz). Lo había heredado de su padre, el que lo obtuvo por
cédula de Francisco Pizarro y rendía 800 pesos.
El repartimiento de Pabur
y de Guacoma lo tenía María de
Estaban vacos el repartimiento de Payta que podría dar 200 pesos, el de Colán y Maiabilla, que producía 300 pesos y los mitimaes de Maiabilla, 400 pesos. El repartimiento de Sexillo con 30 indios, daba agua y leña, así como yerba.
Don Juan
Jacobo Cruz Villegas en su obra “Catac Ccaos” (pág. 100), afirma que: “el 11 de marzo de de 1550,
se hizo presente en el Cuzco, en representación de las cinco comunidades (San
Lucas de Colán, San Francisco de Payta, San Juan de
Catacaos, San Martín de Sechura y Santo Domingo de
Olmos) don Cristóbal Pablo Inga, natural de Catacaos, para exigir la dación del
título de propiedad en trámite, dados los valores pagados a favor de su
majestad. El expediente pasa a Lima y con fecha 22 de abril de 1550, don Pedro
de
Hay sin embargo en la información de don
Jacobo Cruz, errores en las fechas, pues,
Mercadillo dio asiento definitivo a Loja el 9 de abril de 1548, tras de lo cual procedió a fundar la ciudad de Zamora en 1549.
Una de estas labores le fue dada al capitán Diego Palomino que estaba de residente en Piura. Su misión fue reducir a los indios bracamoros a los que ni el mismo Huayna Capac había podido dominar. Al respecto, Pedro Cieza de León en Crónicas del Perú, dice lo siguiente:
“El capitán Pedro de Vergara anduvo
algunos años descubriendo y conquistando aquella región y pobló en cierta parte
de ella. Y con las alteraciones que hubo en el Perú no se acabó de hacer
enteramente el descubrimiento, antes salieron dos o tres veces los españoles
que en él andaban, para seguir las guerras civiles. Después el presidente Pedro
de
Entre los esclavos que habían traído los españoles al Perú, había una gran cantidad de moriscos y bereberes, que generalmente estaban destinados al servicio personal de los conquistadores. Eran famosos por su crueldad y siempre estaban dispuestos servir a sus amos en la ejecución de los más grandes crímenes. Uno de ellos fue el que cortó la cabeza al virrey en Iñaquito.
El rey decretó su salida del Perú ante el temor de que difundieran entre los indios la fe de Mahoma
Durante la campaña sostenida contra
Pizarro, se había podido dar cuenta
El esclavo que se ausentaba sin permiso de sus amos, recibiría 100 azotes y con prisión con el cepo de cabeza. Si un esclavo tenía relaciones sexuales con una india, era castrado públicamente. Posiblemente este castigo no los detuvo, ya que el mestizaje de los zambos lo prueba. Los huidos 10 días se les dislocaba un pie. Los que permanecían mayor tiempo y cometían delito eran ajusticiados y lo mismo se hacía con los que reincidían en evadirse por tercera vez. Estaba prohibido dar de comer o ayudar a un esclavo prófugo, castigándose con fuertes penas a los que tal cosa hacían. El solo intento de ultrajar a una mujer blanca era castigado con la muerte. En “Matalaché” se relata como el mulato José Manuel Sojo, fue lanzado a una caldera de aceite hirviendo. (1816).
Pacificado el Perú,
Había estado fuera de España cuatro años.
Don Antonio de Mendoza, primer virrey de Méjico había hecho en ese lugar muy buen gobierno. El emperador lo nombró virrey del Perú, pero ya estaba anciano y muy achacoso, por cuyo motivo don Antonio solicitó a Carlos V que lo relevara de tales funciones y le permitiera volver a España. No le fue aceptado el pedido.
Mendiburu en su Diccionario Histórico Biográfico, asegura que desembarcó en Paita en 1551, en cambio el padre Vargas Ugarte manifiesta que llegó a Tumbes el 15 de mayo. Sin detenerse mucho tiempo en San Miguel pasó a Trujillo desde escribió al emperador. Poco tiempo iba a sobrevivir, pues el deceso ocurrió el 15 de julio de 1552, es decir, casi al año de llegar al Perú.
En su tiempo se proyectoó traer camellos al Perú, para reemplazar a los indios cargueros.
Se había puesto en vigencia desde el
gobierno de
En tiempos del virrey Marques de Cañete –según don Jacobo Cruz- las parcialidades de Narihualá, y las aún confinadas de Colán y Poechos que estaban en Catacaos, pagaban 780 pesos por derechos de capitación o tributo. La de Mecache con sólo 48 indios tributarios pagaba 176 pesos y 2 tomines. La de Menón con 74 indios tributarios pagaba 273 pesos y las demás con 334 indios, cotizaban al año 1,229 pesos y dos tomines, no obstante muchos indios por haber prestado servicio personal gratuito a la causa del rey, estaban exonerados.
Cuando el virrey Antonio de Mendoza,
llegó al Perú, trajo en su séquito al joven oficial Gil Ramírez Dávalos, al que
estimaba mucho y lo nombró corregidor del Cuzco. En ese cargo Ramírez hizo
cumplir con mucha severidad las ordenanzas sobre el servicio personal de los
indios, lo cual creó mucha resistencia. Por entonces murió el virrey y
Los descontentos del Cuzco nombraron como jefe al capitán Francisco Hernández de Girón, que hasta entonces había sido muy leal al rey en las guerras civiles. El corregidor Ramírez Dávalos fue apresado y 17 oficiales rebeldes pidieron su ejecución a lo que se negó Hernández de Girón, el cual marchó sobre Lima teniendo éxitos iniciales que aprovechó. Por entonces era Corregidor y Justicia Mayor de Piura, desde 1552, el capitán Juan Delgadillo, el cual años antes se había apoderado de la ciudad y se había puesto a órdenes de Blasco Núñez.
Delgadillo dispuso que el oficial Francisco de Silva, reuniera hombres y pertrechos de guerra para remitirlos a Lima, a fin de combatir la rebelión de Hernández de Girón. En Tumbes reclutó 26 hombres. Sospechando sin embargo Delgadillo de la lealtad de Silva, demoró la salida del contingente, y no le dio el dinero que solicitaba para el viaje. Ante esta situación Silva decidió sublevarse y plegarse a la causa del rebelde, acordando que se daría muerte a Delgadillo y se apoderarían del dinero de las cajas reales.
Silva logró apoderarse por sorpresa de Delgadillo y luego dispuso del saqueo de la hacienda pública, puso cupo a los vecinos y mediante extorsión se apoderó de todo lo que pudo. Como el alcalde Morán ofreciera resistencia, lo hizo asesinar y liberó a gran cantidad de negros esclavos algunos de los cuales se plegaron a la revuelta
Con los soldados que la obedecían, y llevando como rehén cargado de cadenas a Delgadillo, se dirigieron a Cajamarca en donde había otros complotados. En su audacia, Silva llevó consigo el estandarte real que estaba depositado en casa del vecino Pedro de Arcos. También llevaron encadenados a 8 vecinos principales.
En Cajamarca el jefe de los rebeldes era Antonio Gómez de Espinosa que se había apoderado de la ciudad y trataba de unir sus fuerzas con las de Silva para ir a juntarse con Hernández Girón.
Cuando Silva llegó a Cajamarca, se
enteró ya que la suerte le había principiado a ser adversa a Hernández Girón y
que era perseguido por las fuerzas de
Cuando en Lima se supo de la revuelta del norte, se dispuso que el corregidor de esa, Bernardo Romaní, saliera por mar a Trujillo con 40 soldados.
Silva en realidad no había pensado
apoderarse de Trujillo sino en salvarse. Con el amparo de los religiosos del
convento de San Francisco, se refugió en ese lugar y conociendo el próximo
arribo de Romaní tomó un barco y con su secuaz Juan Aponte se dirigió a
En Cajamarca al conocerse que Hernández Girón iba camino a su derrota, se produjo una reacción entre el elemento leal, siendo liberado Delgadillo, el cual hizo una feroz represión entre los amotinados pues condenó a muerte y descuartizamiento a Gómez de Espinosa, a Juan Balmaceda y a Francisco Ayamonte y a varios más a la dura pena de las galeras, entre ellos a Bernabé García, a Alonso Aguilar y a . Mansilla.
En noviembre de 1554, Hernández Girón
vio como sus tropas se desbandaban frente a los ejércitos de los oidores de
Así murió este valiente capitán que siempre había sido leal al rey. Su fin tuvo una gran similitud con el de Gonzalo Pizarro. Su cabeza remitida a Lima estuvo mucho tiempo en la picota, junto con las de Gonzalo Pizarro y Carvajal, hasta que una noche, amigos de Girón las retiraron y les dieron cristiana sepultura.
Don Andrés Hurtado de Mendoza, segundo
Marques de Cañete fue el tercer virrey del Perú. No habían aceptado el
nombramiento para ser virreyes del Perú, ni el conde
Llegó a Paita el 24 de marzo de 1556 y desde el puerto comunicó al cabildo de Lima su arribo, dándoles simplemente el tratamiento de nobles señores, en lugar de muy nobles señores que acostumbraba su antecesor. Eso motivó que Martín Robles, un viejo y orgulloso conquistador dijera que había que enseñar al virrey buenos modales. Caro pagaría Robles esa crítica, ya que posteriormente se le asesinó en su cama.
En la comitiva estaba el joven oficial Luis Cabrera, su pariente, al cual envió desde Paita a San Miguel de Piura, con un correo urgente, para proseguir a Lima. Cabrera se detuvo en Piura varios días divirtiéndose con otros jóvenes, por lo cual el virrey al saberlo lo reemplazó con otro, lo hizo encarcelar y luego lo devolvió a España por indisciplinado.
En Panamá el virrey se había encontrado con una rebelión de esclavos fugados que se habían dedicado al bandidaje. Le encomendó la misión de reducirlos al capitán Pedro de Ursúa que pocos años después tuviera trágica muerte en una expedición a la selva peruana.
El virrey dispuso un trato humano para con los esclavos y a no pocos dejó en libertad.
Don Andrés Hurtado antes de venir al Perú, había logrado algunos informes importantes. Así sabía, que por estas tierras había 8,000 españoles, de los cuales 489 tenían repartimientos y 1,000 se encontraban sirviendo en diversas actividades, pero que el resto se negaba a trabajar, alegando que no habían venido desde tan lejos para tal fin.
El virrey pidió al rey que ya no se permitiera la venida al Perú de más gente y resolvió destinar a tanto levantisco soldado al descubrimiento de nuevas tierras.
Estando en San Miguel se enteró de que el capitán Luis de Cabrera era un insubordinado. Lo remitió a España, no obstante ser su pariente, para que se reuniera con su esposa.
En Trujillo se le hizo un gran recibimiento y mejor en Lima. El virrey actuó con mano dura para evitar nuevos levantamientos, prohibiendo que los españoles entrasen y saliesen a voluntad de las ciudades de su residencia e incautó todas las armas que pudo. A los corregidores autorizó a ejecutar a todos aquellos que tuvieran antecedentes de revoltosos, de tal manera que la horca y el garrote funcionaron en forma constante. En total 800 fueron desterrados o ejecutados.
Se empeñó en casar a lo oficiales jóvenes, por cuyo motivo don Ricardo Palma lo llama el virrey casamentero. Buscando pretexto dispuso que Martín Robles, sin tener en cuenta los viejos pergaminos de conquistador que tenía, fuera ejecutado en su propia casa.
Los encomenderos eran hombres muy adinerados, en forma tal que tenían a sueldo a una gran cantidad de soldados ociosos, lo cual facilitaba las revueltas. El virrey desterró a España a muchos de esos, en donde los perjudicados presentaron sus quejas al nuevo rey Felipe II.
Dispuso la fundación de la ciudad de Cañete y de Cuenca en Ecuador. Favoreció a los hombres casados en el reparto de tierras, con lo cual los apartó de la tentación de guerrear. Envió a otros envió a descubrir fundar ciudades como la de Santiago de las Montañas y Santa María de las Nieves. Unos fueron a explorar la zona de Ucayali en donde aseguraban existía un fantástico y rico país llamado Rupa-rupa. Para que incursionaran en el Marañón y en el Amazonas, comisionó al capitán Pedro de Ursúa con 500 hombres, pero en la travesía fue asesinado por uno de sus capitanes Lope de Aguirre “el traidor”.
Felipe II quedó muy contrariado al conocer los abusos de su Virrey y deploró la muerte de Martín Robles. Dispuso que muchos de los desterrados volvieran al Perú y recobraran sus propiedades e indemnizó a los familiares de Robles.
Antes de cumplirse el plazo de 6 años que debía estar en Lima, el rey decidió cambiar al marqués de Cañete nombrando a don Diego de Acevedo que murió cuando se preparaba a venir al Perú. El virreinato del Perú, como se verá después, tenía algo de fatídico. El nuevo virrey nombrado fue entonces Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, el cual al llegar al Perú dio un trato sumamente descortés a su antecesor, el marqués de Cañete, a consecuencia de lo cual, éste enfermó y murió en Lima el 30 de marzo de 1561.