El 17 de diciembre de 1738
se reunió el cabildo y ante el mismo se presenta el alférez real don Juan Gervasio
Rodríguez, mostrando una Cédula Real que lo confirma a perpetuidad en el cargo
y que tras haber sido leída estando todos de pie y con la cabeza descubierta en
señal de respeto, se acordó acatarla, cumplirla y obedecerla, ordenando se
inscriba en los libros del cabildo.
Se presentó a continuación otra cédula real por parte
del depositario general don Isidro Alejandro Valdivieso, en la que igualmente
se le confirma a perpetuidad en el cargo, repitiéndose la ceremonia anterior.
El remate del cargo de depositario se había hecho en
900 pesos de a 8 reales. Se le otorgó originalmente por seis años a partir del
19 de julio de 1731, y cumplidos esos, a perpetuidad.
Cumpliendo con la costumbre de rotar cargos del
cabildo entre sus propios componentes y elegir algunos vecinos en enero de cada
año, se reunió el cabildo bajo la presidencia del corregidor Juan de Vinatea, con la concurrencia del alcalde del 1er. voto don
Ignacio Francisco de Herquicia; el maestre de campo y
alcalde del 2do. voto don Diego Saavedra; el alférez
real don Gervasio Rodríguez de Taboada; el fiel ejecutor don Bartolomé de
Irigoyen; el depositario general don Isidro Valdivieso y el regidor decano don
Lorenzo Merino de Heredia.
Resultaron elegidos, como alcalde del 1er. voto el
cabildante don Bartolomé de Irigoyen. El vecino don Diego de Saavedra Masías y
Coello fue elegido como alcalde del 2do. voto. Como juez de solares don Isidro Valdivieso;
para secretario de cartas el capitán don Antonio Araujo y al vecino don
Francisco de Paula Moreno como procurador y como mayordomo designaron a don
Gregorio Fernández.
Se tomó juramento a los presentes y se mandó llamar a
los vecinos elegidos a los que se les informó sobre su designación, quienes
también juramentaron.
En el Libro del Cabildo existe el acta de la sesión
del 14 de enero de 1739, en que se trata de la ex–comunión
de nada menos que del corregidor Vinatea, que era el
representante del rey; que había fulminado
fray Nicolás Montero del Águila, cura vicario
y juez eclesiástico de la ciudad.
En la sesión no se dan los antecedentes del caso, ni
cuando fue hecha la ex-comunión, pero todo hace pensar que fue al finalizar el
año 1738, en noviembre o en octubre, ya
que se habla de 80 días.
Hay que imaginar a los piuranos de la colonia, tan
católicos cuando al concurrir a misa al templo matriz, se encontraron con las
tablillas en la puerta, anunciando la ex-comunión.
En tiempos de la colonia, una ex-comunión era cosa muy
seria. Las gentes huían del ex-comulgado como de un leproso, y aún cuando el
fervor religioso había cedido un tanto con relación al siglo anterior, sobre
todo por los desplantes del virrey Castelfuerte para
con los obispos y
Parece que todo se debió a la aplicación que hizo el
corregidor de ciertas ordenanzas que no gustaron al celoso y engreído vicario.
Este era hermano del anterior corregidor y habría que suponer que se quedó mal
acostumbrado, contando con el apoyo del hermano como primera autoridad.
Parece que pasada la euforia del primer momento, las
razones del alférez real tomaron peso y tal como ocurre en estos casos muy
difíciles, al día siguiente se tomaron contactos, se cambiaron ideas, se
escucharon opiniones y se convocó a una nueva reunión el 15 de enero, de donde
salió la típica lavada de manos.
Al abrir la nueva sesión, el teniente general don
Diego Mesones de
En la sesión se refirieron nuevamente a las tres
cartas provisiones reales y declararon que tenían mucho sentimiento, de que no
hubieran tenido el cumplimiento que debió darles el vicario, ni se haya
conseguido el fin de la absolución de la censura en que se hallaba el
corregidor.
Reconocen los cabildantes de que “cualquier
providencia que tomasen “Pudiera quedar ilusoria”, por lo que han considerado
recurrir a Su Alteza, los señores presidente y oidores del Real Acuerdo, para
que determinen lo que más convenga sobre el particular y que se remedien los
excesos que injurian a
Mucho tiempo pasó para que se reuniera el cabildo
piurano, pero al fin tuvo que hacerlo el 2 de junio de 1739, bajo la
presidencia del corregidor y sólo concurrieron el alcalde Bartolomé Irigoyen y
el regidor Antonio Gómez de Araujo, para atender un pedido que hacía don Sancho
Antonio de Andrade y Sánchez Palacios que traía un nombramiento del Superior
Gobierno, para que se le reconociera como protector de los naturales de la
provincia y también como juez de aguas y fierro. En
consecuencia, se le tomó juramento de ley, sin lo cual no podía ejercer.
El cabildo por esa época se encontraba en verdadera
crisis. Por una parte aún regía la excomunión contra el corregidor, había un
alcalde muy enfermo y el otro detenido, lo mismo que el alférez real. El
problema de estos dos últimos, se había producido por que habiéndose
comprometido como fiadores de Laureano Rojas, en un asunto que no mencionan las
actas del cabildo, éste no pagó y los oficiales de
La vara de la alcaldía la tomó en forma inconsulta don
Antonio Gómez de Araujo, en acto que el regidor Isidro de Valdivieso y
Céspedes, por ser más antiguo, consideró como una usurpación de funciones y
motivó el correspondiente reclamo. Por lo tanto su ausencia de la sesión tiene
que interpretarse como una protesta.
El 4 de diciembre se convoca a una nueva reunión, por
cuanto habían llegado pliegos del virrey Villagarcía,
zanjando la cuestión a favor de don Isidro Valdivieso y Céspedes, por ser el
regidor más antiguo. Por lo tanto la
vara, símbolo de autoridad, pasó a su poder pero sólo por unos pocos días, pues
el 1º de enero, como era costumbre, se renovó el personal edil. Pero en esta
época las gentes eran muy celosas de sus fueros, prerrogativas y derechos, por
lo cual por un asunto que ahora nos parece nimio, armaban un gran lío.
El fallo a favor de Valdivieso venía firmado por el
escribano del virrey, el marqués de Salinas don Manuel Francisco de Fernández
Paredes, cuya familia queda desde esa época vinculada a Piura.
En tiempos de la conquista,
llegó a Piura el capitán Francisco de Sojo el cual se casó con doña Catalina
Cornejo de Cantoral. Hijo de ambos fue don Juan de Sojo y Cantoral que heredó
de su padre las haciendas de Sojo y
El coronel Francisco Javier
de Fernández de Paredes, que se opuso a la independencia de Piura, fue el
último marqués de Salinas, habiendo heredado la hacienda Sojo.
Así pasó todo el Año 1739
sin que el cabildo se pudiera reunir en forma más seguida y llegó el 1º de
enero de 1740, en que se hizo la acostumbrada rotación de cargos.
Quedaron elegidos don
Agustín Quevedo y Sojo como alcalde del 1er voto y don Baltasar Jaime de los
Ríos como alcalde del 2do. voto. Como secretario de
cartas y juez de solares se designó al capitán Antonio Gonzáles de Araujo y
para procurador general a don José Quevedo y Subiaur.
Como mayordomo a don Francisco de Sala y por renuncia de Francisco Jaramillo
del cargo de portero, se nombró a Juan García Durán.
No asistieron a esta
reunión, por diversos impedimentos,
Ignacio de Herquicia, Diego de Saavedra, Juan
Gervasio Rodríguez de Taboada, Lorenzo Merino de Heredia y Francisco de Paula
Moreno, es decir la mayoría.
El nuevo alcalde, don
Agustín de Quevedo y Sojo, fue hijo de don Baltasar de Quevedo Villegas y Socombio, teniente corregidor de Ayabaca en 1684. Don
Baltasar se había casado con doña Águeda Luisa Sojo y Cantoral, viuda del
general don Juan Manrique de Lara. Doña Agueda Luisa, a la
muerte de su primer marido se quedó dueña de una gran cantidad de haciendas
entre las cuales figuraban Serrán, Hualcas, San Antonio, Siclamache,
Casiapite, Uchupata y Chiña. Los Quevedo Sojo heredaron
estas propiedades. Ellos fueron don Agustín; don José que también fuera
regidor; don Gregorio, doña Incolaza y doña María.
El alcalde del segundo
voto, don Baltasar Jaime de los Ríos fue hijo del contador, juez y oficial de
las Cajas Reales de Piura don Isidro Jaime de los Ríos y del segundo matrimonio
de éste con doña Rosa Rivera Neira. Don Baltasar estaba casado con la noble
dama doña Mariana Rodríguez de Taboada, siendo por lo tanto cuñado del alférez
real. De este matrimonio nació doña Isabel que contrajo matrimonio con don
Manuel José Seminario y Zaldívar, que tuvieron varios
hijos entre los cuales figuran Fernando Torcuato, abuelo de Grau y Miguel
Jerónimo, prócer de la independencia. Descendientes de Fernando Torcuato fueron
los Seminario García León, los Seminario Echandía, los Hilbck
Seminario y los Schaefer Seminario. Descendientes de
don Miguel Jerónimo fueron los Seminario Váscones, los Seminario Aramburu y los
Seminario León. De ahí salen todas las conocidas familias piuranas que llevan el apellido
Seminario.
Don Juan José de Quevedo y Subiaur era capitán de milicias, hijo del contador y
oficial de las Cajas Reales don José Andrés Quevedo Cevallos y de doña Tomasa Rosa Subiaur Urbina. Nieta
de don Bartolomé Subiaur y de doña María Gertrudis
Urbina y Quiróz y bisnieta del capitán don José A. Urbina y Quiroz y de doña Catalina Velasco
El 7 de febrero de 1740 se
recibió de don Francisco Jorge Sedamanos, un despacho
en el que consta, de que estaba libre y absuelto de la causa que se le siguió
en
Con relación al caso de don
Francisco Jorge Sedamanos de Cartavio
y Roldán Dávila, la ciudad de Piura se conmocionó por que se trataba de un
personaje de alta alcurnia.
Sedamanos había sido vecino de Trujillo en donde su familia
poseía grandes propiedades como la hacienda Cartavio.
Su madre, doña Juana de Cartavio y Roldán Dávila, era
nieta del conquistador don Juan Roldán Dávila, gobernador de Piura cuando
Pizarro estuvo en Cajamarca y de destacada actuación durante la conquista. Don
Francisco Sedamanos se casó en Piura con la linajuda
dama doña Francisca Gómez Zorrilla de
Del matrimonio nació doña
María Bonifacia Sedamanos
Zorrilla de
Por esos tiempos, era don
Francisco Sedamanos alcalde de
Se trataba a todas luces de
un asesinato premeditado y con ventaja, por lo cual se le inició juicio
criminal; pero dada la condición social de Sedamanos,
la sentencia que se le aplicó, después de la correspondiente prisión preventiva
a domicilio, fue una multa de 400 pesos y una reprimenda, habiendo continuado
en el cargo hasta 1747.
La profunda fe religiosa de
los piuranos de la colonia y la preocupación de salvar sus almas, les hacía
buscar la forma segura, para que después de muertos se oficiaran misas por el
sufragio de sus almas, ya que se consideraba era el medio más rápido para dejar
el purgatorio y ganar el cielo.
Con tal fin dejaban muchas
veces grandes propiedades unas como legados y en otras oportunidades como
fundaciones que eran administradas por personal pagado, autorizado por las
autoridades eclesiásticas y el cabildo, con la finalidad de cuidar la hacienda
y hacer oficiar misas por el alma del legatario. Esas fundaciones se llamaban
capellanías y los administradores eran los capellanes, los que también podían
disponer de los frutos de las fundaciones. Por muerte de don Joseph Saavedra
Palomino quedaron vacantes tres capellanías. Era don Joseph tío de don Diego de
Saavedra Masías de Coello, por estar casado con su prima Leonor.
Las capellanías vacantes
eran:
La 1ra. fundada
por el capitán Fernando Troche de Buitrago, que tenía como albacea a la señora
María de Villegas, por 6,300 pesos según escritura del 14 de agosto de 1727,
suscrita ante el escribano don Sebastián Calderón.
Su abuelo fue el capitán
don Gaspar Troche Buitrago, que llegó en los primeros años de la conquista,
habiendo comprado la encomienda de Tangarará al capitán Francisco Lucena. Don
Gaspar, el conquistador, estuvo casado
con doña María Aguilar, siendo hijo de ambos don Hernando, casado con doña
Juana Castro Manrique de Lara.
La segunda capellanía fue
fundada por el capitán don José Felipe de Urbina y Quiroz, bisabuelo del
capitán Juan José Quevedo Subiaur, procurador general
en 1739. Tenía como albacea a don Alonso
de
La tercera capellanía fue
fundada por don Isidro Céspedes y tenía por albacea al capitán Antonio de
Araujo. Fue dada el 24 de octubre de 1639 ante el escribano don Felipe Muñoz de
Cobeñas.
Para la primera, se nombró
capellán a don Antonio Román de Mesones, que más tarde fuera canónigo. Era hijo
de don Diego Mesones de
Como capellán suplente se
nombró a don Francisco López Morato.
Para la segunda capellanía
se designó al bachiller Francisco Javier de Valdivieso, clérigo provincial y
para la tercera a don Tomás Cárcamo.
En la misma reunión de
cabildo se tomó cuenta y se reconoció el nombramiento de don José Adrianzén
Villanueva en el cargo de alguacil mayor de
Don José y su hermano Diego
se afincaron en Piura y fueron tronco de una numerosa descendencia en Huancabamba
y Piura
Don José era caballero de
Santiago y su padre había nacido en Flandes mientras que su madre era natural
de Sevilla. Don Diego Adrianzén era suegro del regidor Isidro Alejandro de
Valdivieso, por haberse casado con doña Tomasa
Adrianzén en primeras nupcias.
A fines de 1739 había
salido a remate el cargo de juez de fierro, ganados y
aguas y entre los que se presentaron figuraba don Miguel del Castillo, lo que
no fue bien visto por los regidores piuranos, por cuanto el pretendiente no
tenía las condiciones de nobleza que ellos consideraban necesarios, para que
pasara a formar parte de su grupo.
La oposición franca o
encubierta que hicieron a Miguel del Castillo y las diversas dificultades que
le pusieron, motivaron la queja de éste ante el virrey Villagarcía,
el cual remitió a Piura una comunicación pidiendo que le elevaran un informe
del caso.
El cabildo nombró una
comisión presidida por el alférez real para que elaborase tal informe y el 30
de marzo de 1740 se reunió el cabildo para leer oficialmente la comunicación
del virrey y el informe preparado con el cual todos estuvieron de acuerdo. Los
asistentes a sea sesión fueron el corregidor, don Juan José Valdivieso y
Céspedes, don Bartolomé Irigoyen, don Isidro Alejandro Valdivieso, el capitán
don Antonio Gonzáles de Araujo y don Juan José de Quevedo y Subiaur.
El informe tenía fecha del
4 de marzo y decía que el cabildo decidió “pedir reverentemente a vuesalencia que no permitiera que se infeccionase –al cabildo-
con un miembro de humilde extracción y genio díscolo”.
Al referirse a las pujas
que Castillo hizo en el remate para lograr el cargo, expresaba el informe que
se pretendía “comprar con el dinero la clase en que no nació”.
Como en su defensa hubiera
manifestado Miguel del Castillo de que era persona de los principales y de
lustro, los capitulares expresaron que “eso sería vulnerar la limpieza y
notoriedad de las familias principales, por que su origen (el de Castillo) es
muy humilde y distante de la nobleza y distinción de las personas establecidas
en la primera y más antigua ciudad del reino, sin que lo pesos con que postuló
pueden hacerlo digno, de lo que la naturaleza le negó”.
Luego, para probar que es
de un genio inquieto y perturbador, relatan un incidente que del Castillo tuvo
con don Francisco Sojo cuando éste era teniente general antes de ser sacerdote.
Pedían por lo tanto al
virrey los librase del deshonor de que estaban amenazados con la extraña
pretensión de Del Castillo y como velada amenaza hacían conocer que el cabildo
se podría desmembrar, con perjuicio para la ciudad. Al final decían que se
recibiera a otro postor o se considerase como innecesario el cargo de juez de
aguas, por cuanto ni siquiera hay acequias por repartir y que en cuanto a Fierro y Ganados, son tareas que se han acumulado a las que
desempeña el defensor de los indios, que se vería perjudicado en sus ingresos.
Fue sólo hasta el 4 de
agosto de 1745 que Miguel del Castillo pudo ingresar al Cabildo como juez de
aguas, fierro y ganado, no obstante que aún lo
integraban varios regidores de 1740 que habían sido sus enconados opositores.
Todo eso significaba que el virrey consideró de peso las razones del Cabildo de
Piura, dándoles la razón; pero como dice Vegas García, don Miguel no era un don
nadie, sino simplemente una persona recién llegada y no vecino antiguo. Parece
que en la antigüedad ya existía ese prejuicio que aún se nota en ciertas
poblaciones no evolucionadas y pequeñas, con relación a los que se llaman los
“foráneos”.
¿Qué hubieran dicho los
engreídos capitulares si hubieran sabido que entre los descendientes de Del Castillo
habrían nada menos que héroes y personajes de gran
notoriedad? En efecto, su hijo Miguel Serafín tuvo entre otras a dos hijas:
María Paula casada con don Antonio Cortés Fuentes de
Pretextando incumplimiento
de cláusulas contenidas en el Tratado de Utrecht con relación al navío de
permiso y comercio con las colonias de América, Inglaterra declaró la guerra a
España en noviembre de 1739.
Inglaterra se preparó para
ella y resolvió llevar las hostilidades al continente americano y eventualmente
invadirlo. Para tal fin preparó dos escuadras; una al mando del almirante Vernon para operar en
La escuadra de Vernon era verdaderamente impresionante. La formaban 50
navíos, 130 transportes y 13,000 soldados para desembarco. Nada había que podía
resistir a esta gran flota.
Sin embargo a Vernon le bastaron sólo seis barcos de guerra para atacar y
tomar Portobelo el 2 de diciembre de 1739. La
guarnición del fuerte capituló en uso de las leyes de la guerra.
Un año más tarde, en marzo
de 1741, Vernon decide atacar al puerto de Cartagena
perteneciente al virreinato de Nueva Granada. La defensa del puerto fue
encomendada al eficiente marino don Blas de Lezo,
bajo la dirección del propio virrey el general don Sebastián Eslava, otro
militar de gran eficiencia.
Tanto Lezo
como Eslava tuvieron el tiempo necesario para preparar la defensa, por que Vernon anunció que la atacaría y hasta mandó acuñar
medallas conmemorativas al probable triunfo, que decían: “El orgullo español
abatido por el almirante Vernon”.
Con casi todos sus 50
barcos de guerra, y los transportes que cubrían toda la bahía y 28,000 hombres
inició Vernon el ataque a Cartagena, defendida sólo
por seis barcos y 6,000 soldados. Vernon lanzó
oleadas de hombres al ataque, pero fueron una y otra vez rechazadas por los
defensores. Luego apareció la disentería entre los ingleses. Casi 10,000
efectivos perdió Vernon en los combates y por las
enfermedades y los defensores no cedían, y al almirante inglés no le quedó otra
cosa que retirase en derrota, con su
orgullo abatido.
El 23 de agosto de 1740 se
leyó una real cédula de Felipe V, en la que advertía de la posibilidad de una
invasión por parte de los enemigos de
En los altos círculos del
virreinato había cundido el temor, por que ahora se trataba ya de una escuadra inglesa
en forma, que nos traía la guerra. El
virrey sólo pensaba en Lima, pues no imaginaba que otro lugar pudiera ser
atacado.
El cabildo resolvió
convocar a todos los vecinos para plantear el pedido del virrey, pero a la
primera convocatoria los piuranos no hicieron su aparición.
El 15 de septiembre recién
el cabildo se reunió y se acordó convocar a un cabildo abierto para el 19 de
septiembre, con asistencia obligatoria de todo el vecindario y multa para los
que faltasen.
En la citada fecha se
realizó el cabildo abierto, sin embargo no asistieron todos los regidores. Se
hizo conocer la situación a los asistentes y se pidió ayuda para socorrer a
Lima.
Los concurrentes dijeron
que se encontraban en “mala situación de caudales”, que estaban enfrentando un
tiempo adverso, que las cosechas se estaban perdiendo, el ganado muriendo y con
bajo precio; y que era imposible ayudar con dinero al sostenimiento de otras
plazas, pues aún cuando en mejores épocas se tuvo que preparar la defensa de
Paita y Piura solicitó el socorro de Loja. Que en todo caso, Paita por ser la
garganta del reino necesitaba de mayor esfuerzo y atención para su defensa y
que en igualdad de peligros sólo podían acudir en defensa de ese puerto y que
por las estrecheces en que estaban y los motivos
expuestos se les excusase de concurrir con suma alguna para la defensa de otra
plaza.
En octubre se recibía nueva
comunicación del virrey, solicitando la contribución de Piura. Sólo el ataque
que hizo Anson a Paita en el mes siguiente, le hizo
desistir a este gobernante de estar esquilmando a las provincias.
El 10 de agosto de 1740
partía de Inglaterra la escuadra al mando del almirante Jorge Anson y en septiembre se encontraba en Santa Elena. La isla
que posteriormente serviría de prisión a Napoleón Bonaparte.
La flota se componía del
“Centurión” nave almiranta con 60 cañones y 400 hombres al mando del mismo Anson. El “Gloucester” de 50
cañones con 300 hombres al mando del capitán Richard Norris.
El “Severn” con la misma cantidad de cañones y
hombres bajo el mando del capitán Eduardo Legs. La
“Perla” de 40 cañones y 250 hombres comandada por Mateo Mitchel. El “Wager” de 28
cañones con 160 hombres al mando del capitán David Cheapers;
el “Tryal” de 8 cañones y 100 hombres al mando
primero del capitán Juan Murria y después del capitán Sanders.
El pequeño transporte “Ann”. En total 226 cañones y
1,400 marinos.
La tripulación
originalmente, debió completarse con trescientos soldados de línea de alta
calidad, pero posteriormente sólo se consideró a los marinos y la dotación se
completó con 470 enfermos e inválidos del hospital de Chelsea,
los que al saber que se les mandaba a una zona de peligro, desertaron en gran
número y sólo quedaron 259.
Al saber España de los
preparativos de Anson, dispuso que al mando del
almirante José Pizarro, partiese rumbo al Perú una flota de cinco navíos de
guerra que eran: el “Asia” con 70 cañones, el “Guipúzcoa” con 64 con cañones;
el “San Esteban” con 40; la “Hermiona” con 50 y la
“Esperanza” con 50.
Esta armada debía unirse a
la del virreinato, para enfrentar a Anson en el
Pacífico. La armada peruana quedó formada por “
Sobre el papel, la escuadra
española unida a la virreinal era poco menos que formidable.
El almirante Pizarro debía,
por lo tanto, adelantarse a la flota inglesa para esperarla al otro lado del
Estrecho de Magallanes.
Las naves que pasarían del
Atlántico al Pacífico, tenían necesariamente que correr el gran riesgo de
cruzar el Cabo de Hornos. Esto sólo era posible en determinadas épocas del año
y aún así era siempre peligroso y la travesía tenía que hacerse con suma
lentitud.
Pizarro fue el primero que
intentó el cruce, pero tuvo que retornar a Buenos Aires ante el mal tiempo.
Consideró completamente perdidos, en ese proceloso mar del Estrecho de le Maire, a la “Guipuzcoa” y a la “Hermiona”, pero días más tarde se les unió la “Guipuzcoa” conducida hábilmente por su capitán Pedro Mendinueta.
Los ingleses también
sufrieron graves contratiempos. El “Severn” y “
De la flota de Anson, lograron cruzar el estrecho, el “Centurión”, el “Gloucester”,
el pingüe “Ann” y el “Trial”.
Pero los barcos quedaron totalmente maltrechos, la tripulación reducida a la
mitad, y en lastimoso estado. Para remate, la flota quedó fraccionada en dos,
pues el “Gloucester” y el “Trial”
quedaron rezagados. Si ahí hubieran sido atacados por la flota del virrey, los
hubieran destruido.
Mientras tanto la situación
de la escuadra española era desastrosa, pues si bien el “Guipúzcoa” pudo llegar
de retorno a Buenos Aires, ya no estaba en condición de volver a intentar la
travesía del estrecho, por lo que se decidió que retornase a España,
naufragando frente a las costas de Brasil, pereciendo 300 hombres en el
desastre.. Los barcos que quedaron en Buenos Aires fueron reparados y
nuevamente trataron de pasar el estrecho pero fallaron en el intento y tuvieron
que regresar. Sólo el barco “
El “Centurión” fue el
primero que llegó a la isla Juan Fernández el 9 de junio de 1741. Poco a poco
fueron arribando el “Gloucester”, el “Tryal”, y el pingüe “Ann”,
llegando casi deshecho.
Anson permaneció en la isla hasta septiembre sin ser
molestado. Durante ese tiempo la exploró, plantó árboles y tomó datos, pues le
parecía que podría ser una magnífica base naval para Inglaterra. El tiempo lo
aprovechó en reparar los barcos y curar los enfermos. Al recontar a su gente,
encontró que sólo tenía 629; esto significa que casi 750 quedaron atrás, unos
muertos y otros sobrevivientes del naufragio del “Weger”
hecho que él ignoraba.
Mientras tanto la escuadra
del virrey, con sus cuatro barcos: “
En una salida exploratoria
que hicieron los ingleses el 12 de septiembre se encontraron con el barco
“Nuestra Señora de Monte Carmelo” que iba de Valparaíso al Callao. Se trataba
de un navío de 450 toneladas, construido hacía 30 años, pero bien conservado, que tenía como
capitán a don Manuel Zamora con 53 tripulantes y 25 pasajeros. Llevaba azúcar y
paños por valor de 23,000 pesos; pero lo que más le interesó a Anson fueron los documentos. Por ellos se enteró de la
derrota de Vernon en Cartagena y también de todo el
movimiento de barcos mercantes.
Anson acondicionó el barco para las operaciones de ataque
que pensaba realizar deshaciéndose del “Ann” que
estaba casi inservible.
Anson dio las estrategias a seguir, disponiendo que el “Gloucester” se dirigiera al norte y atacara la zona de
Paita, mientras el “Tryal” hacía lo mismo en
Valparaíso y él con el “Centurión” y “Nuestra Señora del Monte Carmelo” se
ubican frente al Callao.
El 18 de septiembre y tras
36 horas de persecución, el “Tryal” logró capturar al
“Nuestra Señora de Aranzazu” de 600 toneladas, que antes fue usado como nave de
guerra.
El capitán Sanders que comandaba el “Tryal”
resolvió deshacerse de su averiada nave a la que se le inundaban las bodegas,
acondicionando al barco capturado para los eventos de guerra.
Sanders siguió la ruta al norte y frente a Barranca capturó
al “Santa Teresa” que iba de Guayaquil al Callao, conducido por el capitán
vizcaíno Bartolomé Urrunaga, que llevaba 45
tripulantes, 10 pasajeros y cargamento
de madera, cacao, tabaco y paños.
Luego Anson
se unió a Sanders y juntos avanzaron hasta las islas
de Lobos en cuyas cercanías capturaron al barco “Nuestra Señora del Carmen” al
mando del capitán veneciano Marcos Mesona. Este se
engañó al ver al “Santa Teresa” y al “Nuestra Señora de Aranzazu”, creyéndolos
españoles y se acercó confiadamente, en tal forma que la orden de rendición
partió a viva voz del “Centurión”. El barco fue capturado en media hora con sus
43 tripulantes, siendo su desplazamiento de 270 toneladas. A bordo de la nave detenida
viajaba el inglés John Williams,
que disfrazado de peregrino vivió en Paita. Éste dio a Anson
un pormenorizado informe sobre una gran cantidad de valiosa mercadería
existente en Paita de contrabando, con falsas guías que las hacían aparecer
como llegadas de Cartagena. También informó que en la bahía de Paita había
varios barcos y uno de ellos con caudales destinados a México.
La captura del “Nuestra
Señora del Carmen” fue el 10 de noviembre y no obstante eso, ni los paiteños ni
las autoridades de San Miguel de Piura mostraban mayor preocupación.
Anson ingresó a la bahía de Paita y encontró seis barcos,
pero de inmediato se dirigió al “Soledad” que era el que tenía los caudales,
capturándolo e incorporándolo a su
flota. Luego sacó de la rada una barca de tres palos y dos barcazas de remos y
las hundió.
En la noche del 14 de
noviembre de 1741 preparó cautelosamente el desembarco utilizando chalupas.
El único que vigilaba en
Paita, era el contador y oficial de las Cajas Reales, Nicolás Gonzáles de
Salazar, que avisado por unos negros esclavos, de que se estaba produciendo un
desembarco, se encaminó al fuerte en donde había dos cañones viejos, logrando
disparar un cañonazo. Esto despertó repentinamente a la población que presa de
gran alarma sólo atinó a huir. La guarnición ensayó una débil resistencia de un
cuarto de hora con los ingleses que ya estaban en la playa, mientras que una
gran cantidad de comerciantes con la cooperación de sus esclavos, sacaban las
riquezas y las enterraban fuera de la población.
Ricardo Vegas García narra
que el teniente de corregidor don José Noel que era gobernador de la plaza,
huyó en paños menores, dejando abandonada a su esposa con quien recién se había
casado y que se trataba de casi una niña de 17 años. Fueron los esclavos los
que sacaron a la “amita” fuera de la casa de la gobernación ubicada en la plaza
de armas, punto hacia el cual convergían grupos de invasores ingleses.
Mientras los paiteños
refugiados en el tablazo, sólo se limitaban a espectar el trajín de los
ingleses, entregados al saqueo, como piratas, sin considerar que eran marinos
en una operación de guerra.
En Piura, el corregidor Vinatea y Torres bien pronto supo el suceso, principió a
recolectar gente. Hay que suponer que eso no sería tarea fácil en una
población, en que bastaba saber que se trataba de ingleses para que cundiera el
pánico. De todos modos el corregidor reunió 150 hombres, dirigiéndose a Paita,
sin atreverse a atacar a los ingleses
por estar mal armados, limitándose a gritar desde los cerros, armando gran
bulla, simulando un inminente ataque. Sea como fuere, hacía tres días que los
invasores tenían en su poder a la infeliz ciudad, apoderándose de valiosa
mercadería, de plata labrada, de los vasos sagrados del templo de
Algunos dicen que Anson asestó un golpe con su espada en el cuello de la
imagen de
Al partir dejó en Paita, a
los 88 prisioneros que conservaba en su poder. En la relación que Anson hizo de su viaje, acusa al corregidor Juan Vinatea Torres de cobardía y que la gran riqueza que había
en Paita en mercadería, era contrabando.
Antonio Ulloa y Jorge Juan,
en su obra “Noticias secretas de América” niegan que el corregidor haya actuado
cobardemente y aseguran que entre la gente que fue a Paita para defenderla sólo
25 tenían armas de fuego y los demás disponían de picos y palos. En resumen, no
era una fuerza armada sino una turba.
En Guayaquil cundió el
pánico ante la inminencia de un ataque. La ciudad había organizado su defensa
bajo las órdenes de Ulloa y Juan, los que llegaron en la expedición científica
de
Anson se dirigió mas bien a Mantas y en la ruta se encontró
con el “Gloucester”, habiendo decidido desprenderse
del “Soledad” y del “Santa Teresa” que tenían poca velocidad. En Panamá se
aprovisionó de agua y siguió hacia México tras de un galeón que conducía millón
y medio de pesos, capturándolo cerca de Filipinas. Luego decidió retornar a
Inglaterra, por la ruta del Cabo de Buena Esperanza, habiendo tenido que
deshacerse del “Gloucaster” que estaba lleno de
valiosa mercadería y toda no la pudo trasladar al “Centurión”. A la isla de
Santa Elena llegó el 15 de abril de 1744 y un mes más tarde a Inglaterra en
donde se le tributó un gran recibimiento, habiendo sido nombrado lord. Siendo contra-almirante, en 1757 venció
a los franceses en la batalla naval de Jonquerre por
lo que fue ascendido a vice-almirante, llegando posteriormente
a almirante y a Primer Lord del Almirantazgo. Su capellán Robins
y su ayudante Walter editaron la obra “Viaje alrededor del Mundo de Jorge Anson en los años 1740-
Hay que aclarar que el
gobierno de Inglaterra no quiso recibir la parte que le tocaba de los caudales,
fruto de la rapiña de Anson, siendo repartido entre
la tripulación, reducida ya a la tercera parte de la que había partido.
El virrey Villagarcía montó en cólera contra Jacinto Segurola, el capitán de la flota enviada contra Anson, ya que lo culpó que el marino inglés hubiera escapado. Lo
destituyó, le llamó duramente la atención y lo sometió a juicio. Todo eso
impresionó tanto a Segurola que murió.
Pero el virrey, preocupado
sólo de preparar la defensa de Lima, descuidó la del resto de la costa, la que
dejó libre a Anson. Cuando Villagarcía
supo de la toma y destrucción de Paita, recién dispuso que cuatro barcos al
mando del almirante Pedro de Miranda, partieran rumbo a Paita cuando hacía un
mes que Anson estaba muy lejos del destruido puerto.
La flota siguió a Panamá y en ese lugar desembarcó armas, en previsión de un
nuevo ataque inglés. Era ya marzo de 1742 y Anson
viajaba rumbo al Asia.
Posteriormente el marqués Villagarcía citó a los marinos Ulloa y Juan, que habían
fortificado Guayaquil y les entregó dos barcos, “Nuestra Señora de Belén” y la
“Rosa” con 30 cañones cada uno, con un desplazamiento de 600 toneladas y 350
hombres en cada barco..
Fueron enviados al sur para
vigilar los estrechos ante la posibilidad de que Anson
quisiera tomar esa ruta o que nuevos barcos ingleses llegaran a unírsele.
Los dos barcos salieron del
Callao y estuvieron un año patrullando el sur de Chile y las islas Juan
Fernández, hasta que en febrero de 1743 se les unió la fragata “Esperanza” que
fue la única de la flota del almirante Pizarro que logró pasar el estrecho. La
fragata “Esperanza” al mando del capitán Mendinueta,
partió en convoy con las otras dos desde Talcahuano rumbo a Valparaíso. Ahí
estaba el almirante Pizarro y después de un incidente que tuvo con Mendinueta, asumió el mando de toda la flota por el grado
que tenía y en julio de 1743 llegaba al Callao en donde se le dio muy buen
recibimiento. En Holanda hicieron burla del almirante Pizarro y dijeron que
pasó el cabo de Hornos en carreta, aludiendo a su viaje a través de la
cordillera. Junto con los tres barcos de guerra ingleses, llegaron al Callao
tres barcos mercantes franceses, el “Lis”, el “Deliberant”
y el “Luis Erasmo”.
En resumen, una vez más los
marinos ingleses dejaron mal parados a los marinos españoles, no obstante
darles la ventaja de actuar en su propio territorio.
Son muchas las leyendas que
los paiteños cuentan con relación a los milagros de la venerada imagen de
Una de esas leyendas que
también recoge el escritor paiteño Ricardo Pastor, dice que los marinos
ingleses, en el saqueo que hicieron en Paita, ingresaron a los dos templos para
apropiarse de los vasos sagrados y joyas pudieran haber. Sin embargo las
crónicas no cuentan si los corsarios lograron su objetivo, pero sí dicen que
uno de ellos, sable en mano, atacó a
Otros aseguran que los
ingleses llegaron a raptar a la virgen y que la llevaron a uno de los barcos de
la escuadra, pero que el mar se agitó y puso en peligro sus naves, por cuyo
motivo enterado Anson de la captura de la virgen,
supuso que eso era la consecuencia y dispuso fuera arrojada al mar.
Los paiteños cuando se
enteraron del rapto de la virgen se sintieron muy consternados, pero al día
siguiente un humilde poblador descubrió que el mar había varado la sagrada imagen sin mayor deterioro. La fe religiosa
de las gentes del puerto se puso una vez más de manifiesto y de inmediato se
improvisó una procesión, para trasladar a su templo a
Todos los marinos, no sólo
de Paita sino de todo el litoral peruano sentían una gran devoción por esta
imagen. Dice Pastor, que al partir del puerto y también con cada amanecer, los
lobos de mar entonaban un cántico sagrado que tenía la siguiente letra:
Bendita sea
la luz
i
i el
Señor de la verdad
i
bendita
sea el alba
i el
Señor que nos la manda
bendito
sea el día y el Señor que nos lo envía.