
Salve, salve,
¡oh Judit victoriosa!
El visitante asiste, asombrado, cómo por el Cañón de la Sangre, por la calle de la Carnicería o de las Sillerías; cómo, desde la calle de Ballesteros o de las Tiendas, van subiendo -o bajando - todos y llenando poco a poco la Plaza Mayor. Algunos han traspasado los arcos del Palacio de Orellana-Pizarro, en la calle de la Cárcel, otros vienen desde la calle de San Miguel, granítica y estrecha, cruzando la calle de Zurradores. Otros han aparcado sus coches junto al "paseo". Es esa hora incierta en que no es de día, ni de noche ("Fusqui que Fusqui", dice el habla extremeña) y ya está la plaza llena de todo Trujillo entero. No hay gritos, ni impaciencia, ni correr de niños de un lado a otro por la plaza. En todos, mujeres, hombres y jóvenes, hay una emoción contenida en las gargantas y la conversación se hace, apenas, susurro. El visitante ve cómo, de pronto, la plaza se apaga toda, excepto un haz de luz que ilumina la puerta por donde ha de salir la imagen de la Virgen de la Victoria, Patrona de Trujillo. Es una imagen pequeña cincelada en piedra de una sola vez. Sobre su cabeza y sobre la del Niño coronas de oro, diamantes y brillantes. Sale la Virgen, porteada en andas y es colocada bajo la esbelta torre del reloj de la Iglesia de San Martín. La plaza aplaude y la banda, que el director dirige con una batuta luminosa, interpreta el Himno Nacional. Después... ¡La Salve!, a la trémula luz de miles de velas encendidas: "Salve, Salve, ¡oh Judit Victoriosa!, honra y prez del blasón de Trujillo, que en los muros del viejo castillo resplandece cual iris de paz". La imagen se retira y luego un estallar de fuegos de artificio desde la misma plaza y casi sobre nuestras cabezas. Todo ha durado unos veinte minutos, quizás media hora. No ha habido arengas, discursos, ni la oscuridad, el haz de luz, las velas, la Salve y los Fuegos, ¡Pero qué emoción!. El visitante ha intentado hallar una definición adecuada, buscaba las palabras precisas. Pero fracasó. El visitante, que ha sido prodigiosamente atendido con ese gallardo señorío extremeño, y sobre todas las cosas y desde su niñez enfervorizado y apasionado mariano. Y en sus profesionales u ociosos recorridos por España va buscando, siempre, vírgenes, himnos y salves.Trujillo, al alba amanecida, es un milagro de piedra callada y recorrerla es como un portento de silencio desde "la Villa" hasta San Francisco. Pero el visitante no debe tratar de contar cómo es Trujillo, ni cómo es el color del vino de Pitarras o la exquisitez de la sopa de tomate con higos, por quería pedante e inútil. Simplemente el visitante que, desde niño es un enamorado de María, Madre y Señora Nuestra, volverá a Trujillo el año que viene, y el otro, y el otro... para asistir, asombrado, cómo por el Cañón de la Sangre bajan o cómo desde la calle de las Tiendas suben los trujillanos a su Plaza Mayor para cantar la conmovedora Salve, en una sola y multitudinaria voz que resuena como un mazazo de fe por sobre las piedras grises de Trujillo, donde dicen que el 25 de enero de 1232 se apareció la Santísima Virgen de la Victoria. Y esa aparición se canta, de una forma realmente conmovedora, un domingo de agosto.
Eugenio Moltó Botella Redactor de "ABC"
