SUS GENTES Y COSTUMBRES
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El actual pueblo de Villar de las Traviesas está situado como todos sabemos a la vera de un Castro que oculta todavía muchos secretos de la vida de este pueblo. El párroco Don Florencio Terrón que aquí ejerció durante los años cincuenta y parte de los sesenta, hombre culto y entusiasta de tener criterios claros sobre la historia de Villar, los domingos por la tarde después de rezar el rosario en compañía de algunos jóvenes del pueblo, se dedicaba hacer excavaciones en “Mayuelo”, cerca de la fuente del “Cascaral”, donde se encontraron trozos de pared de los tiempos de los Romanos y en la corona del “Castro” donde fueron descubiertos algunos cimientos de pequeñas casitas de los Celtas que allí vivieron.
De todos los hallazgos solo cabe
destacar la piedra de un molino de tiempos de los Castreños, que el arqueólogo
y celoso sacerdote colocó a la entrada de la Casa Rectoral donde hoy en día
permanece y que viene a simbolizar parte de la vida y costumbres de las gentes
que aquí vivieron.
Es por ello, por lo que quizás este
sea un buen momento para recordar cronológicamente como era la vida de nuestras
gentes, cuales eran sus costumbres, sus actividades y como se divertían.
Pasadas las Navidades, sin turrón y al
pie del fuego para contrarrestar los fuertes inviernos que por aquellos años
venían, llegaba el 17 de Enero fiesta de San Antonio. En la ofrenda del Santo
no faltaban aquel día los lacones, las uñas de los cerdos y los donativos en
metálico, en agradecimiento por gracias concedidas por intercesión de San
Antonio. Finalizada la misa y la procesión era subastada la ofrenda en el atrio
de la Iglesia y lo recaudado conjuntamente con los donativos en metálico, se
destinaban para el culto del Santo y el sostenimiento de la parroquia.
Los inviernos solían ser bastante
duros, las nevadas a veces eran enormes y había días que tan sólo se podía
salir al corral a darle de comer al ganado. Los días más llevaderos se
utilizaban también para limpiar la pradera, cuya hoja servía a veces para
hacer abono y para preparar la herramienta en la fragua de cara a lo que se
avecinaba. A la fragua no se podía ir sin el carbón vegetal hecho en el monte,
y aunque había cuatro herreros (el tío Isidro, el tío Blas, el tío Pedro y
el tío Antonio también conocido como “Farrucón”) la verdad sea dicha que
a ninguno le faltaba faena.
En este tiempo de invierno también
aprovechaban los carpinteros para hacer sus faenas, donde cabe destacar por su
alta cualificación y descendencia a los “Zaragoza”, que entarimaron la
Iglesia de Villar e hicieron importantes trabajos en la de Robledo.
Posteriormente otros carpinteros del pueblo como el tío Tomás, el tío Esteban y
el tío Miguel, continuaron con esta profesión.
El sentir Cristiano y la devoción por
la Virgen de Villar era tal que el día 2 de Febrero, día de “Las Candelas”
se celebraba el canto del Ramo, las mozas se encargaban de los preparativos. El
“ornato” utilizado en la procesión consistía en un armazón de madera con
un mástil y una base con tres ruedas para su transporte procesional hasta el
Altar Mayor. En la parte de arriba tenía una esfera de un metro aproximado de
diámetro, perfectamente trabajada con espacios abiertos, que daba vueltas. La
parte superior de la esfera iba provista de unas bases de madera donde se
colocaban veinticuatro velas y en el centro un ramo de flores. Se colocaban
también manzanas, peras, naranjas, higos, rosquillas y caramelos. Un mozo era
el portador del ramo, mientras las mozas colocadas a su alrededor, entonaban las
coplas que habían preparado para este momento, referidas a Nuestra Señora o a
determinados acontecimientos ocurridos en el pueblo.
Los primeros días de sol de Febrero y
Marzo se dedicaban a podar las viñas, cada familia (mucho más numerosas que
hoy en día) podaba las suyas. Se comenzaba por las viñas del pueblo (La
Salera) y posteriormente se iba a las de Rodanillo y Losada. Además, cuando se
iba a éstas últimas, las jornadas
eras maratonianas, después de un buen madrugón se le ponía la cabezada y las
alforjas al burro, y con una buena merienda (lo de buena entre comillas) y una
buena bota de vino, estos hombres eran capaces de hacer veinte kilómetros y
estar doce horas podando.
Si el tiempo lo permitía, en el mes de
Marzo se empezaban a preparar las huertas para sembrar las primeras patatas y
algunas hortalizas y se comenzaban a arar las tierras (ralvar). Un mes más
tarde aproximadamente se daba una segunda pasada (vimar) al mismo tiempo que se
metía el abono y se sembraban las huertas. El día 13 de Junio de cada año era
costumbre limpiar las dos presas que riegan el pueblo, se iba por la de arriba y
se volvía por la de abajo; el que no acudía solía pagar una “cañada” (4
litros) de vino para el resto.
Por estas fechas llegaba también una
de las tareas más duras del año, la siega de la hierba. Aprovechando el rocío
de la mañana, los segadores madrugaban a segar con la guadaña al hombro, para
acabar su faena antes de que el calor apretase. A medio día las mujeres y los jóvenes
de la casa le daban la primera vuelta y a la mañana siguiente la segunda, para
por la tarde poder acarrearla con el carro de bueyes hasta el pajar. Cuentan los
más viejos del lugar que hasta no pasado el día de San Juan (24 de Junio) no
se podía pasar con el carro por un prado sin segar.
A mediados de Julio comenzaba otra de
las faenas más duras como era la siega del pan. Cuadrillas y cuadrillas de
gente se divisaban por toda jurisdicción realizando una tarea hoy en día
impensable, segar el trigo y el centeno con una hoz. Dado que el madrugar era
algo ya rutinario, a las diez de la mañana se tomaban “las dieces”, a las
doce se paraba a comer en la propia finca y por la tarde se continuaba la tarea.
Generalmente siempre se solía acabar la campaña de la siega para antes de
Santiago, pero no se acarreaba hasta pasada la fiesta por miedo a que durante
estos días se fueran a quemar las medas.
Sin duda alguna la fiesta del Patrón
Santiago era siempre muy esperada por los Villarenses, sobre todo por los más jóvenes.
Los mozos del pueblo en comisión se encargaban de organizar las fiestas y el
domingo anterior a Santiago se reservaba siempre para
construir el palco de la orquesta. Los dos sastres que había en aquel
entonces en el pueblo (el tío Baltasar y el tío Francisco) no paraban de coser
desde meses antes, pues generalmente la persona que pensaba estrenar un traje lo
hacía por estas fechas. Las modistas también tenían su faena particular,
aunque en este caso las mujeres solían coser solamente para la cas o como mucho
para la familia. Posteriormente llegaron las primeras modistas que éstas ya
trabajaban por encargo.
La misa en honor al Patrón del pueblo
siempre tuvo un arraigo muy especial en el pueblo y sobre todo la Procesión
Sacramental con la custodia bajo palio de seis barras y flecos de oro. Las imágenes
de Nuestra Señora del Rosario, Patrón Santiago, Niño Jesús de la Bola, Cruz
Parroquial de Plata y cuatro faroles que alumbraban dos a la cruz y dos al Santísimo
estaban siempre presentes. Ala cabeza de la misa iba siempre el “pendón”
que estaba compuesto por cinco paños de color rojo (color litúrgico de
Santiago) y cenefas doradas, los cordones eran de color verdoso, la vara medía
unos ocho metros de altura y estaba rematada en su parte superior con una cruz
de metal dorado. Las calles eran enramadas, se hacían arcos, las boca-calles
se tapaban con ropas y se ponían mantones en las ventanas y corredores.
Después de reponer fuerzas durante las
fiestas, llegaban las majas. Cada familia acarreaba “las morenas” de las
tierras a una de las ocho eras que había en el pueblo para formar su propia
“meda”. Éstas se construían de forma circular evitando así que el agua
entrase en el supuesto de que lloviese y algunas de ellas llegaban a tener hasta
seis metros de radio y miles de gavillas.
Las primeras majas se realizaban
extendiendo las espigas por la era y ocho majadores con sus correspondientes
“piertios” azotaban incansablemente las espigas hasta sacarles el grano, al
mismo tiempo que entonaban sus cánticos preferidos. Generalmente se solían
majar dos “iraos” (o tendidos de paja) por la mañana y otros dos por la
tarde. La paja se apartaba hacia un lado y el grano hacia otro con el fin de que
posteriormente una máquina limpiadora lo dejase completamente limpio y
finalmente en “quilmas” se llevaba a las arcas de la panera donde se
guardaba. Más tarde llegó la majadora, la cual sacaba el grano de la espiga
sin necesidad de golpearlo, y esto fue sin duda un gran paso adelante.
A pesar de que las jornadas eran agotadoras, sin embargo las energías de
estas gentes eran tales que había días que después de cenar todavía quedaban
ganas para cantar, tocar la pandereta y bailar la jota.
Mediado el mes de agosto, antes de
meter el “otoño” (hierva tierna) y los “fullacos” (ramas de roble) para
el ganado, se hacían las primeras moliendas. Había tres molinos: el de las
Corradas, el del Pisón y el de la Vieja. Los primeros días de Septiembre se
dedicaban a recoger los garbanzos y las patatas y a acto seguido comenzaba ya la
“sementera” (se araban de nuevo las tierras para posteriormente sembrarlas
de centeno).
Llegado el primer domingo de Octubre se
celebraba la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, por la mañana había misa
cantada con sermón y por la tarde tenía lugar la Procesión con la imagen de
la Virgen. Era siempre una fiesta esperada con mucha ilusión por todos, pues
con el dinero que solía sobrar de la Fiesta del Patrón Santiago, la junta de
mozos contrataba un músico para animar la fiesta que comenzaba después de la
Procesión hasta bien entrada la noche.
Es por estas fechas cuando las uvas están ya maduras, hay que vendimiarlas, pisarlas en la lagareta y posteriormente llevarlas a uno de los tres lagares que por aquel entonces había en el pueblo, para sacarles hasta la última gota de mosto. Las castañas empiezan a caer y no hay descanso, se avecinan otras tres semanas duras de recogida de castañas, aunque siempre queda tiempo para hacer un buen magosto como el día de todos los Santos, donde los jóvenes considerados mayores de edad hacían uno y los menos jóvenes otro.
Durante muchos años los únicos bienes
que se exportaban de Villar eran principalmente terneros, corderos, cabritos y
castañas. Generalmente había tres ferias de ganado, muy frecuentadas por las
gentes de este pueblo, el día 1 y 15 de cada mes en el Espino, el día 2 y 16
en Toreno y el día 3 y 17 en Bembibre.
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