DESDE EL PUENTE

Oswaldo Alvarez Paz

 

ASESINOS DE LA ESPERANZA

 

     El 15 de agosto pasado será recordado como el día de la infamia, de la consumación del fraude electoral más escandaloso de que tenga noticias la historia contemporánea del continente. Se trata de un golpe de ejecución progresiva tan anunciado como ajustado a un guión seguido de manera impecable. El pueblo venezolano se pronunció arrolladoramente por revocar el mandato del presidente, su voluntad quedó expresada en los instrumentos disponibles para ello. Sin embargo, en la oscuridad y como solo el crimen sabe trabajar, los tres felones que hacen mayoría en el desprestigiado Consejo Nacional Electoral proclamaron unos resultados radicalmente contrarios a la voluntad general de la nación. Sin presencia de los observadores internacionales, ni de los representantes de la oposición, ni tampoco de las empresas que automatizaron el proceso. Por supuesto los escrutinios no fueron públicos. Desgraciadamente, un pueblo que había superado todos los obstáculos, tácticas dilatorias, trampas, triquiñuelas y corruptelas de las más asquerosas fue burlado miserablemente por el gobierno.

     Muchas veces, en todos los tonos y tribunas, advertimos sobre el peligro. De un gobierno que adelanta una revolución a la cubana no se sale por las buenas. Dije que teníamos que prepararnos para luchar en los peores escenarios porque la naturaleza totalitaria del régimen no se desmonta exclusivamente por la vía electoral y que, agotando todos los caminos, era probable una confrontación fuerte, definitiva, ojalá no tan cruenta como las circunstancias lo asomaban. Siempre pedí públicamente a Dios estar equivocado. Lamentablemente no ha sido así. Llegué hasta a hacerme a un lado cuando consideré que molestaba a quienes se aferraron a la vía electoral como única y excluyente para enfrentar al régimen, sin dejar de trabajar y hasta colaborando desde los reducidos espacios de que he dispuesto en este tiempo. Esa prédica me ganó, en algunos sectores oficiales y opositores, la etiqueta de “golpista”, infame manera de desprestigiar a quien como yo acumula más de cuarenta años de verticalidad en la lucha por la libertad y la consolidación de la democracia, sin esguinces ni concesiones a los comunistas de antes y de ahora. Esto lo digo en tiempo pasado aunque lo conjugue en tiempo presente. Las responsabilidades históricas generan heridas difíciles de borrar.

     Llegamos a una nueva coyuntura. Peleamos o nos rendimos. Muchos políticos tradicionales y algunos independientes que han hecho del independentismo su política, son más dados a la negociación y al diálogo que a la confrontación abierta que trasciende los formalismos. Para mi no existe la tregua cuando se está al borde del abismo. Respeto mucho la observación internacional y los organismos que la canalizan, pero nadie hará por Venezuela lo que a nosotros nos corresponde hacer. No hay tiempo que perder. Todos tenemos que asumir, serenamente, nuestras responsabilidades.

[email protected]  Lunes, 16 de agosto de 2004

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