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SILENCIOS Por Eduardo Galeno |
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Una larga mesa de amigos, en el restor�n Plataforma, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediod�a y el tumulto de las calles de R�o de Janeiro. Aquel mediod�a, Tom se sent� aparte. En un rinc�n, se qued� tomando cerveza con Z� Fernando. Con �l compart�a el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un d�a uno, al d�a siguiente el otro, y tambi�n compart�an algunas cosas m�s. --No --dijo Tom, cuando alguien se arrim�--. Estoy en una conversa muy importante. Y cuando se acerc� otro amigo: --Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar. Y a otro: --Perd�n, pero aqu� estamos discutiendo un asunto grave. En ese rinc�n aparte, Tom y Z� Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Z� Fernando estaba en un d�a muy jodido, uno de esos d�as que habr�a que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompa�aba callando cervezas. As� estuvieron, m�sica del silencio, desde el mediod�a hasta el fin de la tarde. Ya no hab�a nadie en el restor�n cuando se marcharon los dos, caminando despacito.
La cumbre
Cada d�a, d�a tras d�a, repet�an el viaje. Volv�an de la escuela pedaleando, Alon en su bicicleta verde. Tzviki en su bicicleta roja, por el camino entre los �rboles, y el sol corr�a con ellos por detr�s del follaje. Al fin de la llanura, donde empezaba la monta�a, se tomaban de la mano, Alon, alzado en los pedales, se afirmaba con todo, y el envi�n lanzaba a Tzviki cuesta arriba. Entonces Tzviki extend�a la mano y daba impulso a Alon. Y as� iban subiendo. Cada uno creaba un viento que empujaba al otro, y de viento en viento, de mano en mano, llegaban a la cumbre. Llegaban jadeando, cuando ya no daban m�s. Montados en sus bicicletas, se quedaban un buen rato all�. Sin soltarse las manos, contemplaban los valles de Jerusal�n, que se extend�an, luminosos, all� abajo, y ninguno dec�a nada. Han pasado los a�os. La misma vieja bicicleta verde sigue acompa�ando a Alon Raab, ahora �l vive muy lejos de aquellos parajes, pero pedaleando siente la misma m�sica del viaje en el viento. Y Alon se pregunta qu� ser� de su amigo Tzviki, que nunca m�s se supo, y qu� ser� de aquella monta�a, o cerrito nom�s, que all� en la infancia supo ser el pico m�s alto del mundo.
La casa
Hab�a sido alba�il desde la infancia. Cuando cumpli� dieciocho a�os, el servicio militar lo oblig� a interrumpir el oficio. Lo destinaron a la artiller�a. En la pr�ctica del tiro de ca��n, deb�a disparar contra una casa vac�a, en medio del campo. Le hab�an ense�ado a tomar punter�a, y todo lo dem�s; pero no pudo hacerlo. El hab�a construido muchas casas, y no pudo hacerlo. A los gritos le repitieron la orden, pero no. El quer�a decir que una casa tiene piernas, hundidas en la tierra, y tiene cara, ojos en las ventanas, boca en la puerta, y tiene en sus adentros el alma que le dejaron quienes la hicieron y la memoria que le dejaron quienes la vivieron. Eso quer�a decir, pero no lo dijo. Si hubiera dicho eso, lo hubieran fusilado por imb�cil. Plantado en posici�n de firmes, se call� la boca; y fue a parar al calabozo. En un fog�n de las sierras argentinas, en rueda de amigos, Carlo Barbaresi cuenta esta historia de su padre. Ocurri� en Italia, en tiempos de Mussolini.
Los solos
Lo cazaron en la selva, cuando era muy pich�n. A golpes de hacha voltearon el �rbol donde ten�a su nido. Lo vendieron en la ciudad. Preso en una jaula, entre cuatro paredes pas� toda su vida. Hasta que fue abandonado. Lo recogi� la familia Schlenker, que en las cercan�as de Quito tiene un refugio para animales tristes. Este guacamayo nunca hab�a visto un pariente. Ahora no se entiende con los dem�s guacamayos, ni con loro ninguno, ni se entiende con �l. Acurrucado en un rinc�n, tiembla y chilla, se arranca las plumas a picotazos, tiene el pellejo sangrante y desnudo. Pobre bicho, digo. M�s solo, imposible. Pero Abd�n Ubidia, que me ha llevado al refugio, me presenta al solo m�s solo del mundo. Es el �ltimo aguti paca, o cuy de monte, que pasa las noches caminando en c�rculos y pasa los d�as escondido bajo el tronco hueco de un �rbol ca�do. El es el �nico de su especie que queda vivo. Todos los suyos han sido exterminados. Mientras espera la muerte, no tiene a nadie con quien conversar.
Parte de guerra
La hija de don Francisco fue capturada en la sierra de Chuac�s. En la madrugada, un oficial del ej�rcito de Guatemala la arrastr� hasta la casa de su padre, y encar� a don Francisco: --�Est� bien lo que hacen los guerrilleros? --No --dijo don Francisco--. No est� bien. --�Y qu� hay que hacer con ellos? Don Francisco call�. --�Hay que matarlos? Don Francisco segu�a callado, mirando el suelo. Su hija estaba de rodillas, encapuchada, maniatada, con la pistola del oficial clavada en la cabeza. --�Hay que matarlos? --insisti� el oficial. Quiz�s don Francisco quiso decir: no, pero ninguna palabra le sali� de la boca. Y sigui� callado, con los ojos clavados en el suelo. Antes de que la bala volara la cabeza de la muchacha, ella llor�. Bajo la capucha, llor�. Llor� por �l.
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