El c�clope y la globalizaci�n
Los m�s fervorosos abogados de la globalizaci�n han puesto el grito en
el cielo. �Qu� es esta locura? Cuando Augusto Pinochet, el c�lebre serial killer, cay�
preso en Londres, se desat� un esc�ndalo en los c�rculos latinoamericanos del poder.
�El senador vitalicio convertido en prisionero vitalicio? No debe haber fronteras para
los negocios, Dios libre y guarde, pero s� que debe haberlas para la justicia.
En Am�rica latina, el poder es un c�clope. Tiene un solo ojo: ve lo que le conviene, es
ciego de todo lo dem�s. Contempla en �xtasis la globalizaci�n del dinero, pero no puede
ni ver la globalizaci�n de los derechos humanos.
El c�clope y la transici�n
Para la inmensa mayor�a de la humanidad, Pinochet es, como Dr�cula, un
s�mbolo universal de costumbres insalubres. En algunos pa�ses, llaman Pinochet a los
malos cuadros de f�tbol, que llenan los estadios para torturar a la gente.
Sin embargo, todo hay que decirlo, a Pinochet no le faltan admiradores. En Chile, y fuera
de Chile. Al fin y al cabo, aunque mat� a cuatro mil, �l fue el pap� del milagro
econ�mico que convirti� a Chile en uno de los pa�ses m�s exitosos y m�s injustos del
mundo. Vista con un solo ojo, la �nica transici�n posible de la dictadura a la
democracia, es la transici�n de una injusticia a otra injusticia.
En Chile, el c�clope llama mi general a Augusto Pinochet. Un himno militar,
que el ej�rcito chileno canta, exalta sus haza�as, y aunque la lectura nunca ha sido su
pasi�n principal, la biblioteca de la Academia de Guerra lleva su nombre. Hasta el a�o
pasado, y durante un cuarto de siglo, fue fiesta nacional el d�a del cuartelazo que en
1973 acab� con la vida de Salvador Allende y con la democracia chilena. Y todav�a se
llama 11 de Setiembre una de las principales avenidas de Santiago.
El c�clope y la impunidad
Bocas abiertas, ojos bizcos: los presidentes latinoamericanos, reunidos en
Portugal, no pod�an creer la noticia. Pinochet, senador vitalicio de la democracia
chilena y criminal pr�fugo de la justicia espa�ola, hab�a sido arrestado por los
agentes de Scotland Yard, en su lecho de enfermo de la cl�nica m�s cara de Inglaterra, a
una cuadra de la embajada de su pa�s.
En Europa estaba ocurriendo, simplemente, lo que deb�a haber ocurrido en Chile muchos
a�os antes. Noventa y cuatro espa�oles, o chilenos de origen espa�ol, hab�an sido
asesinados en Chile, y el asesino andaba suelto. Un juez espa�ol cumpl�a su trabajo, y
otro tanto hac�an los polic�as brit�nicos, que para eso la sociedad les paga.
La detenci�n de Pinochet, un hecho normal, resulta ser una anormalidad inconcebible,
desde el punto de vista del �nico ojo del c�clope. El estupor de los presidentes
latinoamericanos ante la noticia, implicaba, de alguna manera, una confesi�n. Los
latinoamericanos estamos acostumbrados a la impunidad del terrorismo de Estado y a la
impotencia de la Justicia, habitualmente subordinada, en nuestras tierras, al poder
pol�tico. El gobierno chileno reivindic� de inmediato la inmunidad diplom�tica del
prisionero: un senador de la patria, en misi�n especial. �Misi�n especial por hernia de
disco, o por tr�fico de armas? El gobierno cometi� una errata. Donde dijo inmunidad
debi� decir impunidad. Y otra errata cometi� el tribunal ingl�s que le hizo eco: donde
dijo ex jefe de Estado, debi� decir dictador jubilado.
El c�clope y la democracia
Seg�n denuncia, indignado, el c�clope, los procesos que el juez Baltasar
Garz�n est� llevando adelante, contra Pinochet y contra otros carniceros
latinoamericanos, est�n poniendo en peligro la gobernabilidad democr�tica de
nuestros pa�ses. Una democracia gobernada por el miedo: en el campo de visi�n del
poder, no hay lugar para ninguna otra gobernabilidad democr�tica.
Los presidentes latinoamericanos administran la doble hipoteca que las dictaduras han
dejado, en herencia, a las democracias: el pago de sus deudas y el olvido de sus
cr�menes. Las leyes de impunidad, impuestas en todos los pa�ses por mandato de la
amenaza militar, han elevado las matanzas de Estado por encima del alcance de la justicia,
se ha identificado a la justicia con la venganza, a la memoria con el desorden y a la
amnesia con la paz.
El c�clope y la
soberan�a
Se escuchan gritos y llantos por la soberan�a malherida. �Por qu� un juez espa�ol
viene a meter la nariz en nuestros asuntos? Y la polic�a brit�nica, �qu� se habr�
cre�do?
Ahora, los devotos de San Augusto M�rtir anuncian el boicot contra el whisky escoc�s,
los cigarrillos ingleses y las empresas espa�olas. S�bitamente convertidos al
antiimperialismo, los pinochetistas denuncian a la colonialista Espa�a y a la p�rfida
Albi�n. Pero, hasta ayer nom�s, Pinochet hab�a sido espada de la hispanidad, disc�pulo
de Francisco Franco y soldado de Margaret Thatcher en la guerra de Malvinas.
La versi�n cicl�pea de la dignidad nacional ha sido certeramente expresada por el
presidente argentino Carlos Menem, que declar�, despu�s de vender su pa�s a precio de
banana:
Nosotros hemos hecho bien los deberes.
La dignidad nacional consiste en obedecer a la maestra, que dicta sus clases en los
pizarrones del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras instituciones
educativas.
El c�clope y el territorio
�Ad�nde vamos a parar? A este paso, ninguno de nuestros asesinos de
uniforme podr� hacer turismo fuera del barrio.
Los presidentes latinoamericanos est�n muy preocupados por la violaci�n del principio de
territorialidad de la justicia. Los gobiernos ya no gobiernan, sometidos como est�n al
despotismo planetario de la banquer�a internacional: pero el c�clope tiene su ojo
clavado en los l�mites del mapa, y por defenderlos suele meterse en guerras contra los
vecinos.
Augusto Pinochet, v�ctima reciente del desborde extraterritorial de la justicia, supo ser
uno de los campeones de la extraterritorialidad. El fue uno de los art�fices del Plan
C�ndor, la internacional del terror que coordin� el trabajo sucio de las dictaduras de
la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Militares y polic�as se
mov�an, por toda la regi�n, como Perico por su casa, y para ellos no exist�an las
fronteras. Este mercado com�n latinoamericano, el de la muerte, ha sido el �nico mercado
com�n que ha funcionado como ejemplar eficacia entre nuestros diversos pa�ses. Hasta
hace veinte a�os, se secuestraba gente en cualquier lugar, fuera cual fuese la
nacionalidad de los secuestradores y de los secuestrados, y se torturaba y exterminaba
mirando a qui�n pero sin mirar ad�nde. As� se explica, por ejemplo, que la ciudad de
Buenos Aires haya sido, al mismo tiempo, el matadero de miles de argentinos y tambi�n de
muchos exiliados latinoamericanos de varios pa�ses, como el general chileno Carlos Prats,
que hab�a sido ministro de Allende, el general Juan Jos� Torres, que hab�a sido
presidente de Bolivia, y los parlamentarios uruguayos Zelmar Michelini y H�ctor
Guti�rrez Ruiz. Tambi�n sucumbieron all� muchos ciudadanos espa�oles e italianos y
algunos franceses, suecos, suizos y de otros pa�ses: por ellos est� actuando, pero no
s�lo por ellos, la justicia europea.
Pase lo que pase, llegue hasta donde llegue, es de agradecer este golpe de buen viento.
Hace a�os, hab�a anunciado Pablo Neruda: Algo aparecer� en el aire inm�vil, un
solidario sonido en la ventana.
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