Manos arriba
Por Eduardo Galeano 

Uno. Hace poco, mi casa fue asaltada. Los ladrones se dejaron una sierra (en el mango se lee: Facilitando su trabajo) y un reguero de cosas que tuvieron que abandonar en la estampida. Entre las cosas que pudieron llevarse, estaba una computadora que yo acababa de comprar y que iba a ser la primera de mi vida. Mi progreso tecnol�gico ha sido interrumpido por la delincuencia. 
Yo bien s� que el episodio carece de importancia, y que al fin y al cabo forma parte de la rutina de la vida en el mundo de hoy, pero el hecho es que no he tenido m�s remedio que agregar rejas a las rejas y que ahora mi casa parece, como todas, una jaula. Como a todos, una nueva dosis de veneno me ha sido inoculada: el veneno del miedo, el veneno de la desconfianza.

Dos. Es una antigua leyenda china. A la hora de irse a trabajar, un le�ador descubre que le falta el hacha. Observa a su vecino: tiene el aspecto t�pico de un ladr�n de hachas, la mirada y los gestos y la manera de hablar de un ladr�n de hachas. Pero el le�ador encuentra su herramienta, que estaba ca�da por ah�. Y cuando vuelve a observar a su vecino, comprueba que no se parece para nada a un ladr�n de hachas, ni en la mirada, ni en los gestos, ni en la manera de hablar.

Tres. El fil�sofo brit�nico Samuel Johnson dec�a, a mediados del siglo 18: �La seguridad, d� lo que d�, da lo mejor�. Dos siglos despu�s, dec�a el fil�sofo italiano Benito Mussolini: �En la historia de la humanidad, el polic�a ha precedido siempre al profesor�. Y ahora grandes carteles nos advierten, en los supermercados: �Sonr�a: por su seguridad, lo estamos filmando y grabando�. 

Cuatro. Bien lo saben los pol�ticos y los demagogos de uniforme: la inseguridad es el p�nico de nuestro tiempo. Y las estad�sticas confirman que el mundo est� transpirando violencia por todos los poros.
Colombia es el pa�s m�s violento del mundo. Los asesinatos de todo un a�o en Noruega equivalen a un fin de semana en Cali o Medell�n. Se supone que la violencia colombiana es obra del narcotr�fico y de la guerra entre militares, paramilitares y guerrilleros. Pero la organizaci�n Justicia y Paz atribuye la mayor�a de los cr�menes, siete de cada diez, a �la violencia estructural de la sociedad colombiana�. Colombia es uno de los pa�ses m�s injustos del mundo: ochenta por ciento de pobres, siete por ciento de ricos; de cada cien adultos, 22 est�n desempleados y 55 trabajan a la buena de Dios, en eso que los expertos llaman mercado informal.

Cinco. En Brasil, se roba un auto cada minuto y medio. Durante las horas m�s peligrosas, que son las horas de la noche, los conductores de veh�culos en R�o de Janeiro est�n autorizados a saltarse los sem�foros en rojo. Y no s�lo se roban autos. Gran �xito est� teniendo un escultor de alegor�as de carnaval, que est� fabricando guardias virtuales para las empresas de seguridad: son maniqu�es de uniforme policial, hechos de fibra de vidrio, con microc�maras en lugar de ojos. Otros guardias, de carne y hueso, disparan y matan y preguntan despu�s. Muchas de sus v�ctimas son ni�os de la calle. 
Brasil es, como Colombia, un pa�s violento y un pa�s injusto: el m�s injusto del mundo, el que m�s injustamente distribuye los panes y los peces. Veinti�n millones de ni�os viven, sobreviven, en la miseria. 
H�lio Luz, que hasta hace poco fue jefe de polic�a en R�o, record� recientemente, en una entrevista, que la polic�a brasile�a no naci� para proteger a los ciudadanos: fue creada, en 1808, para controlar a los esclavos.
Los esclavos eran negros; y negros son, hoy d�a, la mayor�a de sus v�ctimas.

Seis. Los polic�as y los pol�ticos latinoamericanos acuden, en peregrinaci�n, a Nueva York. All�, aprenden la f�rmula m�gica contra la delincuencia. La tolerancia cero se aplica hacia abajo, como la represi�n cero se aplica hacia arriba. Esta criminalizaci�n de la pobreza castiga al delincuente antes de que viole la ley. Hasta los graffiti merecen castigo, porque delatan �una conducta protocriminal�. 
La delincuencia ha disminuido, en Nueva York y en todo el territorio estadounidense. Pero no como resultado de la pol�tica de intolerancia: la mano dura s�lo ha servido para multiplicar los horrores policiales contra los negros en el reino del alcalde Giuliani. Como bien dice el juez argentino Luis Ni�o, la tasa de criminalidad ha ca�do, en Estados Unidos, en la misma medida en que ha subido la tasa de ocupaci�n: hay menos delito porque hay pleno empleo.
El milagro del pleno empleo, o de algo que en todo caso se le parece bastante, ha sido posible en este pa�s que tiene al mundo entero trabajando para �l. Pero la inseguridad es un buen negocio, y las c�rceles privadas necesitan presos, como los pulmones necesitan aire. M�s vale prevenir que curar: cuantos menos delitos se cometen, m�s presos hay. En los �ltimos quince a�os, por poner un ejemplo, se ha multiplicado por tres la cantidad de menores de edad encerrados en c�rceles de adultos, �para que los chicos se conviertan en adultos productivos�, como explica James Gondles, vocero de las empresas privadas que se ocupan de encerrar gente en el pa�s que tiene la mayor cantidad de presos en el mundo.

 

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