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JULIO CORTÁZAR
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Fantomas contra los vampiros multinacionales
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El astuto narrador había comprendido ya que el
muchacho rubio era-nada-menos-que-Fantomas, y antes de que las cosas empezaran
a precipitarse decidió cerrar la revista y los ojos (la nena rubia
lo ninguneaba de nuevo, sumida en los graves problemas financieros del
pobre Aristóteles Onassis) y resbalar despacito en el tobogán
de la fatiga. Ocho días de trabajo en el Tribunal Russell, con una
última reunión hasta la madrugada, horas y horas escuchando
a relatores y testigos que aportaban pruebas sobre la represión
en tantos países de América latina y el papel de las sociedades
transnacionales en el pillaje de las economías y la dominación
en el plano político y paralelamente, porque la dominación
económica exigía otras dominaciones, otros cómplices
y otras víctimas, la repetición hasta la náusea de
testimonios sobre el asesinato, la tortura, la persecución, las
cárceles en Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay y no pare de contar.
Como un símbolo que ya nadie nombraba, la sombra ensangrentada del
Estadio Nacional de Santiago, el narrador creía escuchar otra vez
las voces que se sumaban a lo largo del tiempo y los países, la
voz de Carmen Castillo narrando ante el Tribunal la muerte de Miguel Enríquez,
la voz de los jóvenes indios colombianos denunciando la implacable
destrucción de su raza, la voz de Pedro Vuskovic presentando el
acta de acusación y pidiendo la condena del gobierno norteamericano
y de sus múltiples cómplices y sirvientes en la incesante
violación de los derechos humanos y del derecho de cada pueblo a
su autodeterminación y a su independencia económica. Cada
tanto, como una obstinada recurrencia, alguien subía para dar testimonio
de muertes y torturas, un chileno que mostraba las técnicas empleadas
por los militares, un argentino, un uruguayo, la repetición de infiernos
sucesivos, la presencia infinita del mismo estupro, del mismo balde de
excrementos donde se hunde la cara de un prisionero, de la misma corriente
eléctrica en la piel, de la misma tenaza en las uñas. Y al
salir de todo eso (de la representación mental de todo eso, podía
corregir el narrador) se entraba de nuevo en lo personal (pero entonces
lo personal también debía ser una representación mental
de la vida, una cortina de humo, un cómodo tren Bruselas-París,
un número de Fantomas, un cigarrillo negro, una nena platinada
cuyo tobillo acababa de rozar el suyo y era promisor y tibio aunque Onassis
y Romy Schneider), una mera representación mental de la vida si
todo lo otro se borraba con un simple parpadeo y un cambiar de tema. "No
se borra", pensó el narrador, "en todo caso a mí no se me
borra", y ningún tobillo tibio borraría nada aunque valiera
como tobillo, como promesa de patita toda entera, una vez más esa
difícil conquista de un equilibrio en el que la vida cesara de ser
su propia representación y se buscara desde adentro y hacia adentro.
Y aun así, qué difícil escapar al calambre de la culpabilidad,
de no hacer lo suficiente, ocho días de trabajo para qué,
para una condena sobre el papel que ninguna fuerza inmediata pondría
en ejecución, el Tribunal Russell no tenía un brazo secular,
ni siquiera un puñado de Cascos Azules para interponerse entre el
balde de mierda y la cabeza del prisionero, entre Víctor Jara y
sus verdugos. ("Pórtese bien", le estaba diciendo el señor
al niño, cuyo portarse mal parecía consistir únicamente
en jugar con una bolita de vidrio, hacerla saltar entre sus manos y recogerla
cada tanto del suelo).
![]() Adelantándose a sus palabras,
el narrador le alcanzó fuego a la nena platinada. Para muchos portarse
bien era eso, no salirse del molde social, un niño bien criado no
juega con bolitas en un tren, un hombre que vuelve de un tribunal no se
pone a leer tiras cómicas ni imagina los pechitos de una chica romana;
o bien sí, lee la tira cómica e imagina los pechitos pero
no lo dice y sobre todo no lo escribe porque inmediatamente le caerá
encima uno de esos fariseísmos de la gente seria que para qué
te cuento. Casi divertido (aunque lo jodiera la cosa, el calambrecito de
la supuesta culpa) el narrador pensó que alguien muy querido había
dicho que el primer deber de un revolucionario era hacer la revolución,
frase que andaba engolando muchos pescuezos en tierras calientes y templadas,
pero a nadie se le ocurría reparar en esa mención casi marginal
de "primer deber", un deber al que seguían otros puesto que ése
era el primero. Y esos otros no habían sido enumerados porque no
hacía falta, porque al decir esa frase el Che había mostrado
una vez más su humanidad maravillosa, había dicho "el primer
deber" mientras tanto otros hubieran dicho "el único deber", y en
ese pequeño cambio de nada, una palabrita por otra, estaba el gran
matete, la diferencia capital no solamente en las conductas del presente
sino en el destino aún tan lejano de cualquier revolución
hecha o por hacer. "Razón por la cual", resumió el narrador,
"vamos a entrarle a Fantomas como epítome de mi punto de
vista en la materia, y a buen entendedor etcétera". Tenía
esa mala costumbre de pensar como si estuviera escribiendo, y viceversa
dicho sea de paso.
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| de "Fantomas contra los vampiros multinacionales" © 1977 Tribunal Russell. | |||
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