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Hubo un largo silencio, y después el rumor caracteristico
de alguien que bebe un vaso de jugo de naranja. El narrador encendió
un cigarrillo; percibió al mismo tiempo el ruido de otro fósforo
que se encendía a miles de kilómetros, y el suspiro satisfecho
de Susan, a quien debían haberle prohibido terminantemente que fumara.
—Pero entonces —dijo el narrador—, colorín colorado,
este cuento se ha acabado.
—Siempre me quedo corta cuando te trato de estúpido
—dijo la voz de Susan—. El señor está encantado con el happy
end, se tomará un buen whisky (maldito sea, aquí no hay
más que jugos infectos) y se irá a la cama con una pelirroja
o solo, que me da lo mismo para que sepas. La conciencia tranquila, el
piyama bien planchado, los dientecitos brillantes porque él usa
dentífrico Protirene que le hace tanto bien al nene.
—Susan, te quiero y te admiro demasiado para mandarte
al quinto carajo. Me duelen tus dos piernas, Susan, me duele estar tan
lejos de vos esta noche.
—Eres un amor —dijo Susan, y el narrador estimó
que lo decía de veras y tuvo como ganas de pasearse por el cielo
raso, de lanzar fuegos artificiales por la ventana—. No te das cuentas,
dromedario argentino, que todo eso es una cortina de humo. La verdad es
otra, Fantomas ha perdido el tiempo.
—Pero, Steiner...
—Pongo mi tercera pierna en el fuego que ni Steiner ni
sus cómplices murieron en el incendio. Fantomas cayó en la
peor trampa, la de creer que su misión había terminado. Es
ahora que empieza lo importante, Julio, es ahora que tenemos que actuar.
—Mi querida, vuelvo de Bruselas tan cansado, tal vez sepas
que...
—Lo sé, esta pieza está llena de diarios
y yo sé leer si las letras son lo bastante grandes. El Tribunal
Russell en Bruselas, verdad. La segunda reunión sobre los problemas
latinoamericanos. Una sentencia muy dura y muy clara contra Ford, contra
Kissinger, contra las sociedades vampiras, la ITT y el resto. La tengo
aquí, mira, los amigos me traen los télex fresquitos. El
Tribunal. . . Oye, lo que no sé es quiénes estaban en el
Tribunal.
—Nos estamos saliendo del tema —dijo el narrador que seguía
fijo en Fantomas, pero se detuvo al escuchar algo así como un rechinar
de dientes, tal vez un mero ruido del teléfono, aunque nunca se
sabía con Susan.
—¿Saliendo del tema? —dijo la enfermita como si
cortara papel con una navaja—. Si alguna vez estuvimos en el tema es ahora,
gaucho insípido. ¿Cómo puede ser que no te des cuenta?
Es cierto que hay millones que tampoco, pero la gente paga por tus libros
y esó crea obligaciones mentales, me parece.
—Somos más de una docena —acotó el narrador—,
juristas, científicos, teólogos, sociólogos, dirigentes
sindicales y escritores de diversos países. Somos eso que un ministro
chileno calificó hace poco de banda de marxistas. Supongo que viniendo
de la Junta lo creerás.
—Esos generales son tan simpáticos —dijo Susan—
con sus uniformes planchaditos y siempre como un equipo de fútbol,
en dos filas y muy serios. En fin, ustedes harían mejor en dar a
conocer a todo el mundo la composición del tribunal, porque pasa
que aquí, sin hablarte de casi toda la América latina, no
están muy enterados.
—Hacemos lo posible, Susan, concedemos entrevistas, instamos
a los periodistas a que difundan los trabajos y las conclusiones, vamos
a la TV, hay veces en que tengo la impresión de ser uno de esos
grandes putos del cine que se mueren por la publicidad; sé que hay
que hacerlo, pero no marcha bien, el boxeo o las estrellas llenan las mejores
páginas, somos muy pobres. Susan, nos falta...
—Dont cry, baby, dont cry —dijo Susan—, mamá
te dará una banana de postre si eres bueno.
—Y por eso nuestra sentencia...
—No servirá para nada, monono, si ustedes y nosotros
no encontramos el camino, y cuando digo nosotros no hablo de los esbeltos
intelectuales tan admirados por las élites, sino de nosotros y de
millones de mujeres y de hombres del planeta.
—Cosas así se han dicho todos los días en
el Tribunal— murmuró el narrador, más bien abatido.
—Por eso es que necesitamos explicarle la verdad a Fantomas—dijo
sorpresivamente Susan—, y mañana le voy a dar uno de esos tirones
de orejas que le dejarán la máscara ladeada por una semana.
Mira, basta por ahora, la enfermera ha pasado del púrpura vivo al
verde morgue. Llama a Moravia, que no conoce la sentencia, y léesela,
mañana te llamaré yo para que no te arruines del todo. Chuip
chuip.
Eso en Susan significaba dos besos cariñosos, pero
en cambio la carraspera de Moravia no tenía nada de estimulante.
—Manaccia la miseria—dijo a modo de saludo—. Mi
biblioteca está completamente vacía, y hace un rato me llamó
Italo Calvino desde París para decirme la misma cosa. Los de Mondadori...
—Ya sabemos, Alberto, yo ni siquiera me he molestado en
ir a ver mis libros o lo que quede de ellos. Te llamo solamente para decirte
un par de cosas antes de volverme loco, ocurre que Susan pretende que te
explique lo que pasó en Bruselas, se le ha metido una idea en la
cabeza y...
—No veo la relación.
—Yo tampoco, pero el matriarcado se hace sentir y yo obedezco.
—La sentencia del Tribunal está en todos los diarios,
la leí después de hablar con Susan. Está muy bien,
dicho sea de paso, por fin se nombran algunas cosas por sus verdaderos
nombres. ¡¡Porca madonna, mis libros!!
—También han desaparecido los malos —le dije para
consolarlo.
—Vete a la mierda —dijo Moravia, colgando con la rapidez
de un águila.
La noche fue larga y llena de agujeros, uno enorme que
iba de una punta a otra de la pared del salón, y otros más
pequeños en diversos muros del departamento. El narrador necesitó
todo su sentido del humor para apreciar el efecto que hacían algunos
muñecos, pósters, estatuillas, calidoscopios e ídolos
africanos, bruscamente en relieve allí donde no había quedado
ni un solo libro. Hasta encontró algunas cajas de fósforos,
un contraceptivo y unos anteojos de sol que daba por perdidos, sin hablar
de una espesa capa de pelusas y dos vistosas arañitas que completamente
perturbadas se paseaban de un lado a otro con el aire que hubiera tenido
su tía (la del narrador) si al visitar por la mañana el gallinero
lo hubiera encontrado vacío. Al final, y como a pesar de algunos
rumores optimistas no disponía de un harén como Fantomas,
se fue a dormir con la sola aunque íntima compañía
de un embutal y se despertó por obra del teléfono y de la
voz de Octavio Paz.
—Susan tiene razón —dijo Octavio— tampoco yo me
había dado cuenta.
—¿Te llamó antes que a mí? —dijo
el narrador, con los celos que correspondían.
—Sí, y te repito que tiene razón. Ya comprenderás,
va a hablar contigo dentro de unos minutos, de modo que es mejor andar
rápido.
—Yo...
—Somos unos perfectos intelectuales, Julio. Verifica mi
diálogo con Fantomas y verás que le pido que haga algo por
el amor que profesa al arte. Si pudiera cambiar ese texto, donde dice arte
yo hubiera debido decir hombre. El resto que te lo explique Susan.
No colgó con la violencia de Moravia, porque cuando
se es mexicano se es mexicano, pero de todas maneras colgó y el
narrador anduvo media hora dando vueltas por el departamento como las dos
arañas, preparándose un café que como siempre le salió
tibio y fofo, y fumando con ese aire que se aprende en las películas
de suspenso. La llamada de Susan lo pescó desnudo y enjabonado,
y a diferencia de lo que pasa en esa clase de películas, no había
teléfono en el baño, de manera que...
—Acaba de irse —dijo Susan—. Sécate de una vez,
se te nota demasiado. Me dijo que se entrevistará con ustedes, pero
dudo que lo haga, tiene cosas más importantes. Fantomas no estaba
contento, hay que decirlo, pero creo que lo convencí, en todo caso
se puso como en sus mejores momentos, los pectorales se le veían
de lejos y tamblaba como un jet antes de soltar los frenos y largarse por
la pista.
—Si aparte de esa descripción sexy me dijeras lo
que pasa, Susan.
—Pasa que Fantomas sabe ahora que le tomaron el pelo,
y en su caso no es una comprobación agradable.
—De acuerdo, le hicieron creer que el culpable era ese
psicótico de París, etcétera.
—Hm. Ahora él y muchos más sabemos que la
destrucción de las bibliotecas no es más que un prólogo.
Lástima que yo no sea buena dibujante, porque me pondría
en seguida a preparar la segunda parte de la historia, la verdadera. En
palabras será menos interesante para los lectores.
—Decila de todas maneras, ya es tiempo.
—¿No la sientes en el aire? —murmuró Susan,
y su voz venía cansada y dolorida, como si de pronto sus piernas
rotas la llamaran a una realidad de yeso , de inyecciones , de interminables
cuidados—. Julio, Julio, ¿quién es verdaderamente Steiner?
¿Cómo se llaman los que el Tribunal Russell acaba de condenar
en Bruselas?
—Se llaman de mil, de diez mil, de cien mil maneras —dijo
el narrador con la misma voz cansada, aunque sus piernas estuvieran intactas—,
pero se llaman sobre todo ITT, sobre todo Nixon y Ford, sobre todo Henry
Kissinger o CIA y DIA, se llaman sobre todo Pinochet o Banzer o López
Rega, sobre todo General o Coronel o Tecnócrata o Fleury o Stroessner,
se llaman de una manera tan especial que cada nombre significa miles de
nombres, como la palabra hormiga significa siempre una multitud de hormigas
aunque el diccionario la defina en singular.
Del otro lado se oyeron unos ruidos secos y rítmicos,
que podían significar aplausos aunque vaya a saber.
—Ahora —dijo Susan después de chupar en algo que
desde luego no era un mate amargo—, comprenderás por qué
te hablé de la sentencia del Tribunal. La aventura de Fantomas es
una vez más el Gran Engaño que los expertos del sistema nos
han puesto por delante como una cortina de humo, igualito que en su tiempo
la Alianza para el Progreso, o la OEA, o la reforma en vez de la revolución,
o los bancos de fomento y desarrollo, no sé si hay uno o dieciocho,
y las fundaciones dadoras de becas, y...
—Despacio —dijo el narrador— menos enumeraciones y más
claridad, nena.
—El Gran Engaño —repitió Susan— la prueba
es que hasta Fantomas el infalible se fue de boca con Steiner y su pandilla
y creyó que la cosa estaba liquidada cuando no hacía más
que empezar. ¿Qué son los libros al lado de quienes los leen,
Julio? ¿De qué nos sirven las bibliotecas enteritas si sólo
les están dadas a unos pocos? También esto es una trampa
para intelectuales. La pérdida de un solo libro nos agita más
que el hambre en Etiopía, es lógico y comprensible y monstruoso
al mismo tiempo. Y hasta Fantomas, que sólo es intelectual en sus
ratos perdidos, cae en la trampa como acabamos de verlo.
—Le estás hablando a un convencido —dijo el narrador—
y además te va a salir carísimo, nena.
—Shit, tienes razón —dijo Susan—, en fin,
Fantomas te explicará lo demás. Llámame por la noche,
aquí todo es tan blanco y huele a limpieza, me clavan agujas, no
hay más libros y lo único bueno que se ve en la TV es la
adaptación de una novela mía que me sé de memoria.
—Mi pobre... empezó el narrador, pero no terminó
nunca la frase porque los vidrios de la ventana volaron en astillas (y
eso que según la ciencia el vidrio es un líquido)
y de acuerdo a sus costumbres Fantomas se plantó con la máscara
blanca y un traje azul eléctrico en mitad del salón. El narrador
colgó, puesto que el ruido debía haber informado de sobra
a Susan, y puso una cara más o menos.
—La puta que los parió —dijo Fantomas—, no voy
a dejar a uno solo vivo, esto no me lo hacen a mí, conchemadres.
—¿La factura te la mando a tu casa? —quiso saber
el narrador.
—Piscis te la pagará, es la tesorera. Rápido,
al trabajo, necesito información, Norman Mailer acaba de darme datos
interesantes, y mira lo que me manda Osvaldo Soriano desde Buenos Aires:
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