OPINION
Se pod�a

Por Horacio Verbitsky

Hoy tienen m�s de 45 a�os. Pero cuando apenas hab�an pasado los 23 ya eran hombres hechos y derechos. Pidieron pr�rroga para cumplir con el servicio militar mientras terminaban sus estudios de medicina, y luego de recibirse se incorporaron como aspirantes a oficiales de reserva del Ej�rcito. Las Fuerzas Armadas acababan de tomar el poder por quinta vez en el siglo. Alberto Taranto fue destinado al hospital militar de Bah�a Blanca y Daniel Osvaldo Fonti al cuerpo de sanidad del Comando del Cuerpo V.
Ambos vieron la casa rodeada de �rboles, que todos llamaban “La Escuelita”. Estaba a dos mil metros del comando de Cuerpo y se pod�a acceder a ella desde adentro o desde afuera de las instalaciones militares. Nadie ignoraba que all� eran torturados los detenidos en aquellos procedimientos. Fonti era cardi�logo. Un d�a le ordenaron asistir a un parto. Se neg� aduciendo que no era su especialidad. Pero Taranto era ginec�logo. Cuando lo convocaron dijo que su deber era asistir a los oficiales que pudieran ser heridos en los operativos legales y no a parturientas que no ten�an por qu� estar en ese lugar clandestino. A Fonti no le pas� nada, pero a Taranto la negativa le cost� un castigo tremendo: el director del hospital, coronel Eduardo Marin�, le impuso realizar cinco d�as consecutivos de guardia.
Los testimonios de ambos m�dicos, escuchados esta semana en las audiencias del juicio de la verdad de la C�mara Federal de Bah�a Blanca, son demostrativos de los m�rgenes de libertad que permit�an negarse a realizar conductas ilegales o inmorales, aun bajo la autoridad militar en los peores momentos de la guerra sucia. Tampoco los oficiales eran forzados a actuar en contra de la legalidad y de sus convicciones, como lo demostr� hace tres lustros el testimonio del capit�n de fragata Jorge B�sico, quien objet� en la ESMA los m�todos empleados. En su caso, el castigo fue apartarlo de los grupos operativos y, poco despu�s, pasarlo a retiro con un pretexto cualquiera y excluirlo de las tertulias del C�rculo Naval.
A casi un cuarto de siglo de los hechos, m�s de dos tercios de los diputados alzaron la mano para oponerse al juramento del ex dictador Antonio Domingo Bussi, autor del mismo tipo de delitos en que los m�dicos bahienses se negaron a participar. Para que nadie pudiera escudarse en disciplinas partidarias, los autores del proyecto hab�an solicitado que la votaci�n fuera nominal. Pese a lo incomparable de las circunstancias, en un caso como en el otro la responsabilidad individual fue determinante de las conductas. El CELS hab�a impugnado la candidatura del ex subcomisario Luis Patti a la gobernaci�n de Buenos Aires, pero la justicia no lo acept�. La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos hizo lo mismo con la de Bussi, y la C�mara de Diputados cerr� sus puertas en las narices del torturador. Aunque tard�a, la reparaci�n es significativa de un nuevo clima social.

 

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