INDICES DE DESEMPLEO Y CALCULOS ELECTORALES 
2001, Odisea de la Alianza

Si hay un punto en el que las preocupaciones populares coinciden con las de los pol�ticos, �ste es el desempleo. La predicci�n sobre su evoluci�n futura es fundamental para imaginar el tipo de sociedad previsible y los desempe�os electorales. Con la renovaci�n de las 72 bancas del Senado la Alianza enfrentar� el a�o pr�ximo un desaf�o del que depende su futuro. Pero las propuestas para reducir el desempleo y la pobreza no surgen de las oficinas p�blicas sino de la calle. La Gran Marcha por el Trabajo que ya entr� en el Gran Buenos Aires entregar� el mi�rcoles al Congreso su petitorio de modificaci�n de la l�gica econ�mica y social vigente.

Seguro: El seguro de empleo para todos los jefes de hogar desocupados y la asignaci�n universal por hijo implicar�a una redistribuci�n del 3,3 por ciento del PIB, la reconstrucci�n de la ciudadan�a y la profundizaci�n democr�tica de la sociedad.


Por Horacio Verbitsky

t.gif (862 bytes) Ning�n tema preocupa tanto al presidente y al vice como la desocupaci�n. Ambos tienen en claro que esa es la unidad de medida con que se evaluar� el �xito o el fracaso de la Alianza que acaba de cumplir tres a�os de vida. Fernando De la R�a deja saber que los angustiantes �ndices de desempleo y subocupaci�n perturban su sue�o. Carlos Alvarez repite hasta memorizarlo que integra un gobierno progresista que s�lo se justificar� si soluciona los problemas de la gente, el pudoroso eufemismo que hoy usan los pol�ticos para referirse al pueblo. El ministro de Trabajo Alberto Flamarique dijo que si la dram�tica situaci�n actual no se revierte, carecer� de sentido haber llegado al poder. M�s a�n, los tres sospechan que, en tal caso, lo perder�n. Por sus buenos sentimientos y por conveniencia est�n interesados en achicar esas cifras desoladoras, cuyas consecuencias son ostensibles tema por tema y que est�n degradando al conjunto de la sociedad, sin excluir a quienes a�n conservan el empleo. Pero no est� tan claro que hayan meditado a fondo acerca de los pasos necesarios para lograrlo, porque ello implicar�a un examen de las alianzas sociales con las que una parte del gobierno se siente c�modo y otra parte teme romper.

Grupo de reflexi�n

Todos los lunes, De la R�a re�ne en Olivos a un grupo de reflexi�n, con la vista puesta en las decisivas elecciones del a�o pr�ximo. Ra�l Alfons�n en 1985, Carlos Menem en 1991 ganaron sus primeros comicios generales de renovaci�n legislativa. Es decir que De la R�a tiene razones para confiar que tambi�n a �l le dure el impulso que lo llev� a la presidencia, sobre todo a la luz del ca�tico panorama de la oposici�n justicialista, carente de liderazgo y de proyecto. Pero tambi�n es cierto que Alfons�n y Menem debieron aquellos resultados a dos planes exitosos para contener el peor problema de entonces, la elevada inflaci�n. El Austral de Juan Sourrouille y la Convertibilidad de Domingo Cavallo mejoraron en sus primeras etapas los ingresos de los asalariados y cambiaron el humor de la sociedad. Ambos fueron lanzados en los meses previos a los comicios. Nada equivalente est� hoy a la vista.
La recesi�n iniciada hace m�s de dos a�os es la m�s extensa conocida y ni ha perturbado en el cambio de gobierno. M�s que insistir en sus c�ndidas o interesadas proyecciones de crecimiento, el ministro de Econom�a Jos� Luis Machinea ya se conforma con vocear que el saldo del a�o no ser� negativo. Hoy el tema central no es el descontrol de los precios sino la falta de trabajo y su consecuencia directa, la depreciaci�n del existente. Su impacto sobre el proceso electoral de 2001 es de dif�cil atenuaci�n ya que, aun cuando se reanudara el crecimiento macroecon�mico, la generaci�n de empleo ser�a insignificante. Esto es malo para De la R�a, el primer presidente con un mandato de cuatro a�os, seg�n la reforma constitucional de 1994, ya que una derrota consolidar�a su desventaja en el Senado y lo debilitar�a en los dos a�os finales. Peor a�n, tampoco las proyecciones para 2003 se compadecen con el panglossianismo oficial, seg�n el cual en cuanto concluya la recesi�n mejorar� el panorama laboral. Seg�n el ministro Flamarique y su asesor Ernesto Kritz, la recuperaci�n posterior a la crisis denominada �tequila�, demostrar�a que la econom�a argentina posee una gran capacidad de creaci�n de empleo. Este es el �nico argumento concreto que alg�n funcionario haya avanzado para fundamentar su optimismo.

Los expulsados 

En esta p�gina se publicaron las estimaciones del Instituto de Estudios y Formaci�n de la Central de los Trabajadores Argentinos: en 2003 la desocupaci�n se mantendr� entre el 15,4 y el 17,1 por ciento. En t�rminos humanos esto significa entre 2.263.067 y 2.515.490 argentinas y argentinos expulsados del mercado laboral. En el remoto 2010, esos valores estar�n entre el 15,1 y el 20,7 por ciento, o traducido, entre 2,5 y 3,7 millones de personas en la calle. Estos niveles de desempleo duplican los de la d�cada del 80, triplican los de la d�cada del 70 y explican la intolerancia social hacia la clase pol�tica, sin distinci�n de partidos.
En ambos casos, las proyecciones del IDEF/CTA supusieron un excepcional 5 por ciento de crecimiento anual acumulativo a lo largo de una d�cada, un sue�o que la Argentina no conoce desde hace un cuarto de siglo. El c�lculo optimista estimaba un incremento de la cantidad de gente que cada a�o se incorpora al mercado laboral, o Poblaci�n Econ�micamente Activa (PEA), del 1,8 por ciento anual, que es el promedio hist�rico. El pesimista, un 2,5 por ciento anual, que corresponde a lo sucedido en la d�cada del 90, cuando m�s gente sali� a buscar empleo. En ambos casos se supon�a que por cada punto de aumento del Producto Interno Bruto (PIB) se crear�an 0,37 puestos de trabajo. 
El vicepresidente Alvarez envi� a uno de sus m�s pr�ximos colaboradores a discutir estas proyecciones con el jefe de gabinete del ministerio de Econom�a, Pablo Gerchunoff, quien en los equipos electorales de la Alianza se ocupaba, precisamente, del empleo. Gerchunoff lo tranquiliz�: seg�n sus proyecciones, en 2003 el desempleo se habr� reducido al 8 por ciento. El colaborador de Alvarez ha estado tan atareado que todav�a no ha podido contribuir al debate con la estimaci�n de Gerchunoff y los supuestos en que se basa, como hab�a prometido hace tres meses. A falta de los datos oficiales y con el objeto de buscar fundamento al rosado discurso oficial, este diario pregunt� al IDEF/CTA qu� ocurrir�a si por cada punto de crecimiento del PIB se crearan 0,44 puestos de trabajo, como ocurri� en los �ltimos a�os de la d�cada pasada. Esta estimaci�n ya no optimista sino excelsa indica que en 2003, al concluir la presidencia de Fernando De la R�a el desempleo ser�a del 14,4 por ciento, y en 2010 de 12 por ciento, es decir 2.119.324 y 2.003.920 personas, respectivamente. 

Otras hip�tesis

La semana pasada, t�cnicos del ministerio de Trabajo hicieron llegar a este diario las estimaciones m�s optimistas que se manejan en su Direcci�n de Estudios. Debe agradecerse esta actitud republicana, que permite incorporar elementos al an�lisis del problema central de la Argentina en vez de eludir el debate con el silencio inexplicable del autoritarismo.
Los t�cnicos no objetan la metodolog�a utilizada por el IDEF/CTA, pero asignan otros valores hipot�ticos a las tres variables en juego: el crecimiento anual previsible del Producto Interno Bruto, la tasa de crecimiento de la Poblaci�n Econ�micamente Activa y la elasticidad empleo/producto (o sea, la cantidad de empleos que se crear�an por cada punto de crecimiento del PIB). El trabajo repasa lo sucedido en la �ltima d�cada, donde se marcaron dos per�odos muy diferentes. De 1991 a 1994 el crecimiento del PIB fue de 8,3 por ciento promedio anual, pero los ocupados crecieron s�lo un 2,03 por ciento anual, �lo cual constituye una elasticidad empleo/producto de 0,24, bastante exigua, que no alcanza a cubrir la oferta de trabajo, incrementando de manera significativa el n�mero de desempleados, as� como la tasa de desempleo�. Luego de esos a�os de alto crecimiento y escasa creaci�n de empleo, vinieron el desplome de 1995 y la recuperaci�n posterior. De 1996 a 1998, el crecimiento volvi� a ser importante (7,7 por ciento promedio anual) pero esta vez tambi�n la generaci�n de empleo creci� en forma significativa, un 4,3 por ciento. �Esta cifra lleva a una elasticidad de 0,56, m�s del doble que en elper�odo anterior�, dice el borrador. Sus propios autores dudan sobre las causas, que �son muy variadas y poco conclusivas. Tienen que ver con la elecci�n del mix tecnol�gico productivo que las empresas privilegian, la integraci�n productiva con el exterior, los cambios en los patrones de consumo de la poblaci�n, precios relativos, direccionamiento del cr�dito, expectativas empresarias, etc�. Entre esos a�os �se crearon 1.300.000 puestos de trabajo, cayendo en medio mill�n el n�mero de desempleados que exist�an al final de 1995 (2,2 millones)�. Dentro de ese per�odo hubo un a�o glorioso, del primer cuatrimestre de 1997 al primer cuatrimestre de 1998, durante el cual el PIB creci� el 5,8 por ciento y el empleo el 4,1 por ciento, es decir una elasticidad empleo/producto de 0,7. El borrador del ministerio de trabajo que proyecta ese momento al futuro se titula �Cuanto se necesita crecer para reducir el desempleo al 10 por ciento�, lo cual es revelador sobre el m�todo empleado. Se comienza por la fijaci�n de una meta y luego se describe lo que deber�a ocurrir para que fuera posible alcanzarla. La tasa de crecimiento macroecon�mico que prev� es del 5,8 por ciento anual acumulativo, la de la Poblaci�n Econ�micamente Activa (PEA) ser�a del 2,2 por ciento anual, y la elasticidad empleo/ producto de 0,7. Con esos supuestos ideales, la desocupaci�n disminuir�a al 13,4 por ciento en mayo pr�ximo y al 12,6 por ciento en octubre de 2001. En mayo de 2003 se habr�a reducido al 10,1 y en octubre (v�speras electorales) a 9,3 por ciento.

Campeones

Seg�n Claudio Lozano, director del IDEF/CTA, las pol�ticas en curso (logro del equilibrio presupuestario en 2003, esquema impositivo regresivo, ajuste sobre provincias, estancamiento salarial), no permiten esperar que la expansi�n de la actividad econ�mica se de por v�a del consumo. Por se llegar�a al 5,8 por ciento anual con un incremento espectacular de las exportaciones y/o de la inversi�n. Lozano analiza las dos alternativas:
a con un crecimiento razonable de las exportaciones (12 por ciento anual), el crecimiento del 5,8 por ciento del PIB requiere un aumento vertical del 20 por ciento anual en la inversi�n. 
b Si lo que crece en forma razonable es la inversi�n (un 10 por ciento anual), el 5,8 por ciento del PIB s�lo puede alcanzarse con un crecimiento anual de las exportaciones superior al 30 por ciento. 
La Argentina ser�a entonces campe�n de la inversi�n o una nueva potencia exportadora, dice Lozano. Su conclusi�n es que tasas de crecimiento como las previstas por el borrador del ministerio de Trabajo s�lo pueden alcanzarse con una fuerte reactivaci�n de la demanda interna, que casi triplica la participaci�n de las exportaciones y la inversi�n en la demanda global. De hecho, tanto en el per�odo 91-94 como en el 96-98, el consumo fue el dinamizador de la expansi�n. Adem�s, la actual presi�n para eliminar el d�ficit de las provincias y los municipios empeora la situaci�n del empleo en comparaci�n con aquellos dos per�odos, en los que s�lo se ajust� la Administraci�n Central. Por eso la elevada elasticidad empleo/producto del ciclo 1996-98 ser�a irrepetible ahora. Del medio mill�n de puestos de trabajo generados entre octubre de 1997 y octubre de 1998, m�s de 150.000 lo fueron por planes transitorios de empleo del tipo del Trabajar. Esto indica que uno de cada tres puestos creados no dependi� del dinamismo econ�mico. Si se corrigen las cifras sustrayendo esos programas transitorios, el 15,6 por ciento de tasa de desempleo de 1997 (que se exhibe como baja sustantiva respecto a 1995), representar�a una tasa del 16,7 por ciento. La tasa de 1998 ser�a del 13,5 por ciento en lugar del 12,6 por ciento y la de 1999 del 14,5 por ciento en lugar del 13,8 por ciento. El borrador del ministerio de Trabajo sostiene que �todas las econom�as que han sufrido el proceso de reformas que se vivi� en Argentina, evidencian una duplicaci�n de la elasticidad empleo/ producto en los tramos posteriores a las reformas�. Lozano responde que �esto es justamente lo que se expresa en el per�odo 96-98. El 0,56 de esos a�os duplica la elasticidad de los a�os de las reformas estructurales�. Por lo tanto, ser�a tan irreal pensar en el aumento a 0,70 como en tasas de crecimiento anual acumulativo superiores al 5 por ciento.

El salto atr�s

En la �ltima d�cada el desempleo se ha convertido en una cuesti�n estructural. Contra lo que afirmaba la doctrina reaganista del derrame, en los per�odos de crecimiento macroecon�mico el desempleo no baja del 12 por ciento y se expande la precariedad. Las nuevas ocupaciones que se crean son de baja calificaci�n y magro nivel de ingresos. En consecuencia, aumentan el subempleo y el sobreempleo y la pobreza crece de modo sostenido. Cuando la actividad econ�mica cae, como ocurri� en 1995 y 1999, la precariedad se mantiene, el desempleo sube de manera significativa y la pobreza se expande en l�nea con la tasa de desocupaci�n. Esto explica que la tasa de desempleo haya sido la misma en 1994 y en 1998, pese al crecimiento del PIB entre esos a�os y que a igual nivel de desempleo le corresponda un mayor nivel de pobreza. Con un 12 por ciento de desocupaci�n, la pobreza en el Gran Buenos Aires cubr�a en 1994 al 19 por ciento de la poblaci�n. A fines de 1998 con el mismo nivel de desempleo la pobreza ya alcanzaba al 26 por ciento. La ineludible conclusi�n es que los saltos atr�s que ocurren en los momentos de recesi�n, deben entenderse como estructurales. En la pr�xima fase de crecimiento econ�mico, la pobreza no se reducir� y hasta puede seguir creciendo, s�lo que m�s lentamente. Este es un callej�n sin salida.

La marcha adelante 

La Marcha Grande por el Trabajo que arranc� hace dos semanas en Rosario entregar� el mi�rcoles al Congreso la primera propuesta concreta de modificaci�n de esa l�gica econ�mica y social. La creaci�n de un seguro de empleo y formaci�n de 380 pesos mensuales para todos los jefes de hogar desocupados y de una asignaci�n universal de 60 pesos por cada hijo en reemplazado de las actuales asignaciones familiares, implicar�a una redistribuci�n del 3,3 por ciento del Producto Interno Bruto y un 10 por ciento del Gasto consolidado de la Naci�n, las Provincias y los Municipios. As� como el desempleo y la pobreza no reconocen fronteras provinciales, el plan para enfrentarlos debe tener alcance nacional y ejecuci�n local. Los apoyos recibidos durante la marcha, de gobernaciones, intendencias y municipios son indicios de que a pesar de su audacia, la propuesta no carece de viabilidad. 
Semejante shock distributivo garantizar�a que ning�n hogar quedara por debajo de la l�nea de pobreza. Es congruente, adem�s, con el m�todo elegido para impulsarlo. La caminata de hombres, mujeres y ni�os a lo largo de 500 kil�metros, con actos en cada ciudad, para explicar la propuesta y recabar firmas reclamando al Congreso que la considere, tiene las dimensiones participativas, la �pica y la �tica que la actividad pol�tica ha perdido. Dice un documento de la CTA: �En tanto la renta m�nima se asocia con la restituci�n de derechos (en el caso del seguro, a trav�s del empleo en circuitos econ�micos de emergencia y en estrategias de formaci�n; en el caso de la asignaci�n por hijo, en la apropiaci�n del derecho a la salud y a la educaci�n) pone en debate el papel del Estado no s�lo en su conformaci�n estructural sino tambi�n en sus formas espec�ficas de intervenci�n. Es decir, se resit�a la planificaci�n estatal junto a las cuestiones de empleo, educaci�n y salud con todo lo que esto implica ent�rminos de reconstrucci�n de la ciudadan�a y profundizaci�n democr�tica de la sociedad�.

Costo y beneficio

Un tema no menor es el del costo. El seguro de empleo y formaci�n para todos los jefes de hogar desocupados de 380 pesos mensuales requiere fondos por 3.569 millones al a�o (13 pagos para 722.400 jefes de familia desocupados a mayo de 2000). La asignaci�n universal de 60 pesos por hijo costar�a 8.807 millones. Si de ellos se sustraen los 2.670 millones que hoy se destinan a las asignaciones familiares y otros programas asistenciales su costo neto ser�a de 6.137 millones. La suma del seguro m�s la asignaci�n por hijo asciende a 9.706 millones, como se observa en el cuadro 1.



Al analizar de d�nde se extraer�an esos recursos, la CTA destaca que el incremento del consumo incrementar�a la recaudaci�n impositiva. Los 9.706 millones que se volcar�an al consumo generar�an un aumento de la demanda dos veces y media mayor, de unos 24.000 millones, ya que debido a la recuperaci�n inicial las empresas podr�an pagar salarios que tambi�n se volcar�an a la demanda de consumo. Este incremento de la demanda, cercano al 7 por ciento har�a crecer la recaudaci�n en unos 800 millones por cada punto. S�lo con esta reactivaci�n por medio del consumo, el patr�n tributario actual se volver�a m�s productivo. La recaudaci�n adicional esperable llegar�a a los 5.600 millones.
Otros 1.500 millones podr�an obtenerse si se restituyeran los aportes patronales a los grandes contribuyentes del sector cuyos servicios no son exportables y en consecuencia no padecen la competencia internacional, como las empresas privatizadas, los bancos y los hipermercados. La semana pasada, el senador nacional Leopoldo Moreau (UCR-Bs. As.) difundi� un ilustrativo trabajo titulado ��A qui�nes benefici� la baja de los aportes patronales?� El presidente del Comit� bonaerense del radicalismo analiz� caso por caso lo sucedido con las rebajas que Menem dispuso en 1995 y 1998 y concluy� que �no mejoraron la competitividad de la econom�a ni generaron una disminuci�n tarifaria�. Es decir, se limitaron a engrosar la cuenta de beneficios de los prestadores, sin ventaja alguna para la competitividad de la econom�a. �La pregunta a contestar es si la pol�tica debe, m�s que satisfacer a la sociedad, satisfacer a los mercados. Despu�s de una d�cada en nuestro pa�s de hegemon�a neoliberal, para m� la respuesta es obvia�, dice Moreau.
La tantas veces anunciada eliminaci�n de las exenciones al impuesto a las ganancias incrementar�a su recaudaci�n en no menos de 10.000 millones. En el curso del primer a�o, podr�a aspirarse a lograr s�lo dos puntos del PIB, es decir 5.700 millones. Otros mil millones podr�an obtenerse aumentando la presi�n de impuestos internos sobre los consumos superiores. Por �ltimo, la reasignaci�n de los actuales planes sociales del Sector P�blico Nacional implicar�a otros 3.700 millones. Esto supondr�a un profundo cambio conceptual en la lucha contra la pobreza. Como explica el soci�logo Artemio L�pez, la pobreza en la Argentina �antes que un dilema de pol�tica social resulta un problema de pol�tica econ�mica y expresa m�s que los efectos de la marginaci�n social y productiva, una modalidad de integraci�n desigual y empobrecida al mercado de trabajo�. Una estrategia seria, aduce la CTA, �debe operar sobre la causa (el desempleo) colocandoun piso a la degradaci�n de la estructura ocupacional, y no sobre los efectos (los pobres)�. Desde este punto de vista, el Seguro de Empleo y Formaci�n al fijar un piso para la degradaci�n del salario de quienes tienen empleo es el nuevo nombre del salario m�nimo.

Cambio de alianzas

La situaci�n de pobreza absoluta de los pa�ses africanos se mide en los indicadores de ingreso per c�pita. En cambio la Argentina, con casi 8.000 d�lares anuales por persona, tiene riquezas suficientes para permitirse esas pol�ticas redistributivas. El cotejo de los dos cuadros indica que dentro del pa�s sobran los recursos para llevarlas a la pr�ctica, a diferencia de las consignas huecas sobre la deuda externa, que lanzan como cortinas de humo la derecha populista, la paleoizquierda y la Iglesia Cat�lica, Apost�lica Romana. Esto no quiere decir que su aplicaci�n vaya a ser f�cil. S�lo una intensa movilizaci�n social y un amplio arco de alianzas pol�ticas y sociales podr�n enfrentar las previsibles resistencias. Un primer paso ser�a que quienes dicen representar en el gobierno posiciones progresistas se allanaran a discutir la propuesta y sus implicancias, en vez de alzarse de hombros o descalificarla con palabras despectivas. 

 



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