Por Horacio Verbitsky
El gui�o de complicidad que se cruzaron al terminar la sesi�n del mi�rcoles en el Senado el vicepresidente de la Naci�n, licenciado Carlos Alvarez, y el ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, describe la dif�cil situaci�n del Frepaso dentro de la Alianza gobernante. Con la bandera de la transparencia manchada y con la de la sensibilidad social hecha jirones, s�lo hace flamear la de la eficiencia, para lo que el presidente Fernando De la R�a guste mandar. El problema es la incongruencia entre tales directivas y las concepciones que el Frepaso defendi� hasta su acceso al gobierno. En este caso se trat� de sancionar la ley que el Fondo Monetario Internacional reclamaba para bajar los costos salariales, como con sajona precisi�n inform� el New York Times, que no cree en discursos. El viernes, el diario consign� el j�bilo en Wall Street por la demorada sanci�n de la ley. De la R�a confi� para ello antes en Flamarique que en gente de su propio partido, como Rodolfo Terragno y Cecilia Felgueras, que intervinieron en algunos momentos de la negociaci�n con sindicalistas y senadores. Por si alguien lo ha olvidado, se supon�a que el partido de Alvarez y Flamarique era el componente de centro-izquierda de la coalici�n oficial, no una fuerza de tareas para esta clase de menesteres, que el Frepaso prefer�a la reconstrucci�n del Estado social antes que la construcci�n del Estado represivo. Por ahora, al menos, Flamarique tiene mejor relaci�n con los sindicalistas empresarios, que lo felicitaron por esta demostraci�n de autoridad, que con los gremialistas obreros.
Una maquinaria electoral
En Londres, Alvarez se entrevist� con el jefe del gobierno neolaboral, Tony Blair, pionero en Europa de la desregulaci�n laboral y la tolerancia cero contra sus consecuencias sociales. Al regresar dijo que dentro de la Alianza era leg�timo el disenso pero que no deb�an cuestionarse las decisiones del presidente, proposici�n obviamente contradictoria. La novedad del enunciado no es el acatamiento a la autoridad presidencial (tal cosa ocurre sin excepciones desde el 10 de diciembre) sino la legitimaci�n del disenso interno, cuando ya es inviable sofocarlo con gestos de verticalidad. Sin embargo, al mismo tiempo Alvarez expres� su apoyo a la decisi�n del presidente de condenar a Cuba en las Naciones Unidas, lo cual indica que, como con la ley de flexibilizaci�n laboral, tampoco en este caso y de su parte, hay disenso sino identificaci�n.
No puede decirse lo mismo de la conducci�n radical. El ex presidente Ra�l Alfons�n no disimul� su rabia al objetar el voto en favor de una resoluci�n de la Rep�blica Checa que seg�n los suyos �parece redactada por la CIA�, ya que no denuncia casos en los que se haya transgredido el derecho humanitario sino indefinidas �violaciones masivas�. El invocado atenuante de que, a diferencia del menemismo, ahora tambi�n se denuncia el embargo norteamericano es doblemente falaz: la resoluci�n votada no dice una palabra del embargo (que s�lo fue mencionado en los discursos) y el propio ex presidente Carlos Menem se pronunci� durante su interminable gobierno en contra de esa medida anacr�nica. En la nunca menos protegida intimidad del gabinete tambi�n hab�an cuestionado la decisi�n cuatro ministros radicales: Nicol�s Gallo, Ricardo Gil Lavedra, Rodolfo Terragno y Federico Storani. Al rev�s que Alvarez, el ministro del Interior fundament� que no pod�a solicitarse un disciplinado alineamiento en cuestiones de conciencia que no hab�an sido discutidas con anterioridad, ya que De la R�a actu� en forma sigilosa y present� un hecho consumado. Entre quienes objetaron esa sobreactuaci�n argentina estuvo tambi�n Graciela Fern�ndez Meijide, uno de los dos representantes del Frepaso en el gabinete. Alvarez abri� con sus palabras un debate interno aunque, como es usual, sin determinar �mbitos ni pautas para su desarrollo. Reducido a maquinaria electoral, hace por lo menos cinco a�os que el Frepaso no discute pol�ticas sino candidaturas, algo que calza bien con la personalidad de su jefe, quien en forma sistem�tica reh�ye todo tipo de debate, como un engorro que resta tiempo y fuerzas para la aplicaci�n de t�cticas. Por eso su relaci�n privilegiada es con el ex guardi�n Flamarique, acostumbrado a ejecutar las disposiciones del jefe sin dudas ni murmuraciones.
Del dicho al hecho
All� donde Alvarez habla de la legitimidad del disenso, sus allegados explican que por tal no debe entenderse la mera denuncia, como [des]califican la actitud de los socialistas democr�ticos Alfredo Bravo, H�ctor Polino y Jorge Rivas o la de los miembros del Frente Grande Alicia Castro y Enrique Mart�nez. Se tratar�a, en cambio, de afirmar un perfil propio del Frepaso dentro de la Alianza. La cuesti�n es el trecho que media del dicho al hecho. Lejos de contribuir a ese prop�sito, los pocos representantes del Frepaso en el Poder Ejecutivo han sido protagonistas de situaciones cr�ticas, m�s propicias para confundir que para establecer la personalidad de su partido dentro de la Alianza:
u A los ojos del vicepresidente, Graciela Fern�ndez Meijide no ha sabido mostrar el esperado rostro social del ajuste. De la R�a comparte esa apreciaci�n. Por m�s que los gastos operativos de los planes Prani y Asoma se hayan reducido en un 27 por ciento, de modo de atender con el mismo presupuesto a un cuarto m�s de personas, los fondos disponibles son escasos para socorrer a demasiadas v�ctimas de la hecatombe social. Con una alt�sima desocupaci�n y la mitad de los asalariados en relaci�n de dependencia que ganan menos de 400 pesos mensuales, es evidente que la marginalidad no es un problema de pol�tica social sino de pol�tica econ�mica. Lo que el presidente y el vice estar�an reclamando, entonces, es apenas un mejor aprovechamiento publicitario, para que el goteo de auxilio en situaciones extremas parezca un chorro vigoroso. Quienes creen que la realidad se puede inventar con propaganda piensan que bastar�a con enfocar los reflectores sobre lo poco que se otorga, para oscurecer el p�ramo general. La Juventud Antoniana ha instalado la idea de que todo es cuesti�n de imagen. El problema no ser�a as� la pol�tica econ�mica, sino que la ministra no se parece a Evita. Adem�s, las presiones de su hermano pol�tico para mejorar con fondos del PAMI los ingresos familiares tambi�n inutilizaron la divisa de la transparencia. Esto es grave, porque el Frepaso ocultaba tras de ella su falta de definiciones pol�ticas, que ahora queda plenamente a la vista. La idea central de campa�a fue que los recursos ahorrados al suprimirse la corrupci�n solucionar�an los m�s graves problemas sociales. Esta prestidigitaci�n con las cifras, al comparar magnitudes econ�micas tan dispares, era un modo de ignorar la inequidad esencial del modelo econ�mico, que no hay voluntad por corregir, porque para hacerlo habr�a que cambiar el blanco del conflicto social, que estalla y seguir� estallando aqu� y all�.
u El Secretario de Ciencia y Tecnolog�a, Dante Caputo, ha logrado el inusual milagro de unir a la comunidad cient�fica en el repudio a sus proyectos. Caputo pretende que fue mal interpretado y que no piensa postergar la investigaci�n cient�fica en favor de la denominada �sociedad de la informaci�n�, pero hasta ahora no ha conseguido convencer a nadie, ni siquiera a sus propios colaboradores, incluyendo algunos que lo acompa�an desde hace d�cadas.
u La Subsecretaria de Derechos Humanos del ministerio de Justicia, Diana Conti, defendi� con un entusiasmo sorprendente la reacci�n corporativa del Ej�rcito en contra de los juicios por la verdad. Lleg� incluso a cuestionar la aplicaci�n por el tribunal federal de C�rdoba de lo que denomin� �figuras arcaicas� del C�digo Penal. Ni el menemismo hab�a sido tan frontal en sus confrontaciones con los jueces que no se plegaban a los deseos del gobierno. El primer sorprendido fue Gil Lavedra: Conti dijo que las decisiones judiciales eran una payasada y que habr�a que determinar qu� es la verdad, sin consultarlo con el ministro de Justicia y Derechos Humanos, quien en contactos con los enfurecidos organismos de derechos humanos hizo saber que no comparte esa posici�n y dispuso que la secretaria se excusara por el exabrupto.
u El ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, es el �nico frepasista exitoso en el gobierno, la pata peronista que la UCR necesitaba para torcerle el brazo al PJ como no pudo hacerlo hace dos d�cadas Antonio Mucci. Claro que Flamarique obtuvo su victoria confrontando con los sectores sociales que hasta ayer fueron aliados de la Alianza y, dentro de ella, de su partido. En canje, debi� ceder a los gobernadores e intendentes justicialistas el manejo de planes de empleo precario por 160 millones de d�lares. Flamarique conoce la utilidad de esos programas para beneficiar a unos candidatos sobre otros en las lides pol�ticas. As� consta en la grabaci�n difundida en Mendoza por el vicegobernador Juan Gonz�lez Gaviola, tambi�n del Frepaso. En esa cinta el delegado de Flamarique, Ricardo D�az, explica qu� funcional es para el armado pol�tico del Frepaso la distribuci�n de esas migajas entre los excluidos. D�az tambi�n afirma que �el proyecto pol�tico del Alberto es que Chacho sea presidente�, luego de dos per�odos presidenciales de De la R�a, �igual como pas� en Chile�.
D�ficit de conducci�n
Pese a las ostensibles diferencias, los cuatro casos tienen algo en com�n. La falta de l�neas b�sicas de acci�n y de instancias organizativas de discusi�n deja a cada funcionario del Frepaso librado a su espontaneidad, a su c�rculo de parientes o amigos, a las imposiciones del socio radical en la Alianza o a sus ambiciones personales. Tambi�n pone en evidencia la dificultad del Frepaso para crecer en las �reas que Alvarez hab�a elegido como prioritarias: la creaci�n de empleo, la asistencia social, el desarrollo de la ciencia y la tecnolog�a y los derechos humanos. Es claro, entonces, que adem�s de las falencias de los respectivos funcionarios designados en esos sectores, hay un d�ficit pol�tico e ideol�gico. Si Graciela nombra al cu�ado, Caputo desilusiona y enoja a los cient�ficos, Conti opta por los militares y contra los jueces, la ley Flamarique contrar�a las posiciones hist�ricas del Frepaso y la Juventud Antoniana corta el discurso de An�bal sobre el molde familiar para que parezca otro nene de pap�, el problema no es de individuos sino de falta de conducci�n pol�tica. La responsabilidad es de cada uno de ellos, pero tambi�n de Alvarez quien espera un cambio de clima a partir de los resultados del pr�ximo domingo.
Si An�bal Ibarra es electo gobernador de la Ciudad, el Frepaso recobrar� dentro de la Alianza la fuerza que perdi� con la desgracia de Fern�ndez Meijide, calcula. Alvarez observa con recelo las reiteradas manifestaciones de Cecilia Felgueras acerca de su voluntad de compartir no s�lo la campa�a sino tambi�n el gobierno y se propone fortalecer con aporte de cuadros e ideas la futura gesti�n de Ibarra. El paso siguiente que concibe es defender la integraci�n paritaria de las listas de candidatos a diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires para el a�o pr�ximo. Esa es la raz�n que llev� al vicepresidente a proponer al ex presidente Alfons�n que encabezara la boleta com�n. Alvarez sabe que es dif�cil que alguien se oponga en el radicalismo a esta candidatura y que Alfons�n ser� m�s generoso que cualquier otro radical en la cesi�n de lugares al socio menor. Por su idea de s� mismo, Alfons�n no est� dispuesto a someter su candidatura a una elecci�n interna, ni de su partido ni de la coalici�n. Y ese es precisamente el peor fantasma que Alvarez quiere alejar. Si en 1998 De la R�a venci� en Buenos Aires a Fern�ndez Meijide por 18 puntos porcentuales de diferencia, una confrontaci�n en las actuales circunstancias podr�a duplicar esa ventaja y colocar al Frepaso al borde de la extinci�n. Si, en cambio, fuera posible acordar una lista en la que las candidaturas volvieran a dividirse en partes iguales, el Frepaso estabilizar�a una representaci�n institucional significativa. Esta servir�a como aval para la candidatura de Alvarez a la gobernaci�n de la provincia de Buenos Aires en 2003, al mismo tiempo que De la R�a intentar�a ser reelecto presidente. En el 2007, finalmente, el licenciado Alvarez podr�a llegar a la presidencia como candidato de la Alianza, �igual como pas� en Chile�. Dif�cil, pero no imposible. La pregunta es para aplicar qu� pol�tica.
La trampa de la flexibilidad
La posibilidad de despedir a un trabajador durante seis meses en todas las empresas y durante un a�o en las PYMES sin pagar indemnizaci�n ni preaviso reimplanta los contratos basura de la primera reforma menemista, enmendada luego durante la gesti�n de Erman Gonz�lez. La derogaci�n del hist�rico principio de que siempre rige la norma m�s favorable al trabajador (por lo cual todas las cl�usulas de un convenio colectivo conservaban vigencia hasta que no se negociara otro) marca un punto de inflexi�n en el encuadre jur�dico de la relaci�n entre el capital y el trabajo. No en la relaci�n misma, que ya fue flexibilizada en los hechos, sino en su encuadre jur�dico. En ese sentido, la ley Flamarique apenas blanquea una situaci�n de hecho. La alegada prohibici�n de rebaja de salarios �es s�lo un recurso discursivo para la prensa�, explica el abogado laboralista H�ctor Pedro Recalde, asesor de la CGT/MTA. De hecho, la nueva legislaci�n permitir� disminuir salarios, otros beneficios de valor monetario (como vales de comida y servicios m�dicos) y condiciones laborales (licencias, vacaciones, higiene, seguridad), a�ade. Con toda raz�n, Flamarique se jact� de que el gobierno no hab�a hecho concesi�n alguna en el n�cleo duro de la ley.
El Instituto de Estudios sobre Estado y Participaci�n, IDEP, recuerda que la Ley Flamarique fue incluida por el gobierno en el memor�ndum de pol�tica econ�mica elevado al FMI, para reducir costos y mejorar la competitividad de la econom�a. El debate a favor o en contra de la flexibilizaci�n le parece falaz, ya que �el mercado de trabajo argentino no s�lo es flexible sino que ya es de goma�. El propio INDEC ha reflejado, de manera impecable, la l�gica de la econom�a local, recuerda el IDEP/CTA. �Entre 1993 y 1997 para las primeras 500 firmas de la econom�a argentina la productividad creci� un 53 por ciento, el valor agregado un 37 por ciento, los beneficios empresarios se incrementaron en un 69 por ciento y la masa salarial apenas aument� un 6 por ciento. Comportamiento este, que se asent� en la expulsi�n de 63.000 trabajadores y en el alargamiento de la jornada laboral�. En �este contexto de desocupaci�n generalizada, el trabajador se transforma en un reh�n que acepta la degradaci�n de sus condiciones salariales y ocupacionales con el objeto de preservar su puesto de trabajo y la desocupaci�n es la mejor ley de flexibilizaci�n laboral�. La propaganda oficial �suele defender la relevancia de esta propuesta desde la idea de combatir la precariedad y garantizar el empleo estable. En este intento se suele confundir y asociar indebidamente la condici�n de empleo en blanco con la estabilidad en el empleo. Confusi�n que descansa en la no especificaci�n de lo que se entiende por precariedad�. La combinaci�n de extensi�n del per�odo de prueba, ingreso a planta formal con menores aportes y bajas indemnizaciones para los trabajadores nuevos, �define un nuevo modo de ingreso y egreso m�s flexible a la planta formal que contribuye al blanqueo de la precariedad por v�a de la rotaci�n�, tal como reclamaban los sectores dominantes. La reforma laboral �tambi�n impacta negativamente sobre la demanda agregada. Impacto que en este caso adopta un car�cter estructural en tanto sit�a al salario exclusivamente como costo y elimina todo tipo de consideraci�n respecto a su papel como fuente de demanda�.
Aunque m�s no sea por pragmatismo, Alvarez no ignora que si los actuales niveles de desocupaci�n se mantienen, ni la reelecci�n de De la R�a ni su voluntad de sucederlo tendr�n viabilidad. Por eso envi� a uno de sus m�s �ntimos colaboradores a discutir las proyecciones de crecimiento de la econom�a y del empleo elaboradas por el IDEP y reproducidas aqu� hace tres semanas. Seg�n esos c�lculos, con un crecimiento del 1,6 por ciento, el desempleo se elevar�a del 13,8 por ciento de 1999 al 14,2 en 2000; con 3,72 por ciento, disminuir�a a 13,6 por ciento. En una tercera hip�tesis, m�s optimista que las propias previsiones oficiales, con un crecimiento del 5 por ciento, apenas se reducir�a al 13 por ciento. No es m�s alentadora la perspectiva para el resto de la d�cada. Si la hip�tesis m�s optimista se mantuviera en forma sostenida y la econom�a creciera un 5 por ciento anual acumulativo, sin tropezones como el tequila o la actual recesi�n extraordinaria de un a�o y medio de duraci�n, el desempleo no se reducir�a m�s que en la tercera parte de un uno por ciento cada a�o, y ser�a del 12 por ciento al concluir el mandato presidencial de De la R�a en 2003. El jefe del gabinete de asesores del ministerio de Econom�a, Pablo Gerchunoff, lo tranquiliz�: seg�n sus proyecciones, en 2003 el desempleo se habr� reducido al 8 por ciento. Los colaboradores de Alvarez prometieron enviar esa estimaci�n y los supuestos en que se basa, pero hasta el cierre de esta nota, a �ltima hora del viernes, no lo hab�an hecho. De la exactitud de tales c�lculos depende que el veh�culo metaf�rico de estos tiempos sea la ambulancia o el patrullero.
La ley de la cashe
Por H.V.
El esquema es el mismo de la campa�a presidencial: un mensaje en el texto y otro en la imagen. De la R�a anunciaba que enviar�a a la c�rcel a los corruptos y a los delincuentes, mientras caminaba vestido de negro al frente de un comando de irregulares armados con fusiles, escopetas y ametralladoras. Esta contradicci�n entre lo que se dice y lo que se ve no era casual: �Si Duhalde hace lo mismo todo el mundo piensa que va a asaltar un banco�, se jactaban por entonces los asesores delarruistas. La idea era usar la buena imagen de que gozaba el candidato, con un texto formalmente impecable, para transmitir un mensaje subliminal perverso.
Con un fondo sonoro de sirenas, y el chirrido de una frenada sobre el pavimento mojado, Ibarra, de estudiada desprolijidad, camisa blanca, bot�n desabrochado y corbata floja, baja de un auto. Otro frena detr�s. Lleva balizas giratorias encendidas y se escucha una sirena. Pero no es un patrullero policial, sino un Peugeot 505 de civil. El chofer y otros dos hombres de civil, con el aire de los canas temibles de Robos y Hurtos, escoltan al h�roe. No se ven uniformados ni patrulleros. Ibarra encara decidido, levanta la cinta blanca y roja de seguridad mientras habla a c�mara, sin pesta�ear. Se�oras y ni�os de clase media observan confiados la llegada del salvador. Hay otro auto estacionado, con una luz giratoria naranja como los de seguridad privada. An�bal se saca el saco y estira el brazo para que un asistente que no aparece en escena lo mande a la tintorer�a, mientras el reflector de una autobomba encandila al camar�grafo. Del humo de hielo seco surgen bomberos que corren, mientras dos enfermeros atienden a un herido sobre una ambulancia. Por un segundo se ve el resplandor de una fogata, aunque no queda claro si se trata de incendio, atentado o tiroteo. El candidato camina de prisa, pero no tanto como los bomberos, que tienen que esquivarlo. No les da �rdenes, sino que recita: �Un jefe de gobierno tiene que conocer las cashes de la ciudad. Y yo las conozco desde muy chico. Jugu� y crec� en estas cashes. Como fiscal trabaj�, investigu� y conduje a la polic�a en la cashe. Conozco sus hospitales, sus escuelas y sus comisar�as. Y aprend� que los problemas de la gente est�n en la cashe. Por eso yo no voy a gobernar esta ciudad sentado en un lujoso sill�n engordando mi trasero. Cr�ame, voy a gobernar esta ciudad con las mangas arremangadas, porque en las cashes tambi�n aprend� algo que algunos pol�ticos no terminan de entender: cuanto m�s cerca est�s de los problemas, m�s r�pido llegan las soluciones�. Se queda a mitad de camino: en ingl�s y con subt�tulos tal vez hubiera parecido un duro de Dashiell Hammett; en un Congreso de Ciencias Pol�ticas su texto no sortear�a el derecho de admisi�n. Cualquiera dir�a que s�lo busca votos. Y no con armas nobles.
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