Página/12 - 8 de noviembre de 1998
La sangre derramada La violencia ha sido una constante en la historia argentina, pero qued� ligada con la militancia de los a�os 70 y la salvaje represi�n dictatorial. En este adelanto, Feinmann analiza el papel de la muerte en la pol�tica y los caminos planteados por el Che y el Subcomandante Marcos.
|
Por Jos� Pablo Feinmann
La frase la sangre derramada pertenece al l�xico de la violencia. La violencia es derramamiento de sangre. Tal vez, incluso, sea conveniente recordar esto para acotar el concepto, ya que todos sabemos que hay m�ltiples tipos de violencia y que todos han sido estudiados --o est�n en v�as de serlo-- por especialistas de distintas disciplinas. Sin embargo, en el campo en que este libro se ha manejado es preciso decir que la violencia es derramamiento de sangre por medio de un instrumento --sea cual fuere su forma o estilo-- que funciona como arma agresora. De este modo, la violencia es siempre aniquilamiento de los cuerpos por intermediaci�n de un arma. Llamamos pol�tica a esa violencia cuando persigue una finalidad de toma del poder, creaci�n del poder o mantenimiento del poder. Hemos encontrado la frase la sangre derramada en el Plan de Moreno y en el Mensaje a la Tricontinental de Guevara. Se la puede encontrar en infinidad de textos. Ser�a absurdo no asumir que, entre nosotros, remite, s�, a los setenta, a la izquierda peronista y a los Montoneros. Tanto remite, que cuando alguien dice la sangre derramada a�ade casi mec�nicamente no ser� negociada. Ya que no era otra la fragorosa consigna de los militantes juveniles del peronismo setentista: la sangre derramada no ser� negociada. No negociar la sangre era no traicionar a los ca�dos. Era la expresi�n m�xima del respeto que se les deb�a a los muertos. Hab�an muerto por algo, por la causa, por el juramento esencial. No traicionar el juramento por el que hab�an ca�do era no traicionarlos a ellos. Toda militancia implica un juramento. Es el juramento de fidelidad a los objetivos esenciales compartidos. Todos se unieron para luchar por algo. Ese algo es el juramento. Algunos llegaron al extremo (siempre identificado con la gloria y el martirologio) de morir por �l, de derramar por �l su sangre. Los que siguen vivos no deben traicionar esa sangre derramada. Para hacerlo no deben traicionar el juramento esencial por el que esa sangre se derram�. Para no traicionar el juramento no deben arrojarlo sobre la mesa de negociaciones. No deben negociarlo. Porque si lo hicieran negociar�an la sangre derramada. Y la consigna que totaliza al juramento, la que lo consolida desde el espacio de la �tica, desde el lugar de la praxis es, precisamente, la que niega esa posibilidad. La que afirma: la sangre derramada no ser� negociada. (Aqu�, en rigor, no hacemos referencia s�lo a la izquierda peronista, sino a todo grupo que apela a la violencia consolid�ndose por medio de un juramento originario.) La sangre derramada lleva el juramento a un punto de no retorno. Antes de la sangre el juramento ya estaba, ya que sin juramento no hay grupo militante constituido. Pero es la sangre la que consolida al juramento desde la praxis, desde la tragedia, desde el peso ontol�gico de la muerte. Una vez que alguien ha muerto por el juramento quien lo traiciona tambi�n merece morir. La sangre, por decirlo as�, extrema el extremismo del juramento. Le otorga a la praxis la dimensi�n de lo �pico, de lo tr�gico, de lo extremo, de lo inmodificable, de lo innegociable, del no retorno. La palabra traici�n cobra todo su desmesurado espesor desde esta arista: negociar la sangre es --simult�neamente-- traicionar el juramento y traicionar a quien dio la vida por �l. Una doble traici�n. No es azaroso que semejante traici�n reclame --en casi todo grupo consolidado en torno al juramento y la sangre-- la vida del traidor.
* * * Antes de introducirnos en la tem�tica de los medios y los fines abordaremos otra tambi�n decisiva: totalidad y particularidad. Un gran pol�tico de nuestro pa�s --Carlos Auyero-- dijo, refiri�ndose a la lucha de trabajadores neuquinos, gente que obstru�a rutas, que las ocupaba pac�ficamente, "No son subversivos, no quieren cambiar el sistema, quieren entrar al sistema". Fueron, casi, las �ltimas palabras de Auyero, ya que muri� al terminar el programa de televisi�n en que las pronunci�. Fue, as�, el testamento pol�tico de un hombre excepcional. Hablaba de gente sin trabajo, de los excluidos de la sociedad de la exclusi�n. No quer�an cambiarla, quer�an entrar en ella. Esta frase le vali� la cr�tica de los "revolucionarios". No se trata de entrar al sistema, dijeron. Se trata de cambiarlo. No advirtieron que el sistema de exclusi�n no tolera la inclusi�n de los excluidos. Raz�n por la cual pedir entrar al sistema, pedirle al sistema de exclusi�n que incluya a sus excluidos... es querer cambiarlo en totalidad; es pedirle que se transforme en algo que no es. Tal vez, entonces, sea subversivo. M�s adecuado que reducir la cuesti�n a un tema tan transitado y ya esquem�tico ser� decir que las luchas zonales, parcializadas, son radicalmente inc�modas para el Poder. Que no son vanas. Y que tiene pleno sentido y racionalidad pol�ticas su emprendimiento. Para desarrollar el tema totalidad/parcialidad tomaremos dos figuras poderosamente emblem�ticas: la de Ernesto "Che" Guevara y la del Subcomandante Marcos. Uno expresa la exigencia del cambio en totalidad, la metodolog�a de la violencia para la toma del Poder. Otro... postula no tomar el Poder. Veamos. La caracter�stica que define al hombre de derecha (porque todav�a hay derecha y hay izquierda, y no s�lo por la existencia del libro de Bobbio) es que el hombre de derecha acepta la desigualdad como un dato de la naturaleza; en cuanto tal no transformable ni deseablemente transformable, ya que expresa un sabio equilibrio que ser�a imprudente y blasfemo quebrar. "Las cosas son as�", dice. O tambi�n: "Pobres habr� siempre". Hace del orden social una factibilidad inmodificable. Si es inmodificable, �por qu� indignarse ante ella? Lo esencial del hombre de izquierda es negar esta facticidad. O historizarla: "Esto es as� ahora. Y es modificable y me indigna la praxis de quienes lo impiden, de quienes viven a su costo, de quienes dicen que esta facticidad es lo real y que no s�lo es as�, sino --sobre todo-- que es as� como debe ser". Esta actitud surge de una ruptura esencial. Una ruptura ante lo dado, ante la facticidad, ante el orden que ha establecido el Poder. Esta ruptura, a su vez, establece una inmediata actitud existencial: el compromiso con aquellos que padecen la injusticia. Es lo que dice Ernesto Guevara en el p�rrafo final de esa carta de 1965 en la que se despide de sus hijos: "Sean siempre capaces de sentir en lo m�s hondo cualquier injusticia cometida en cualquier parte del mundo. Es la cualidad m�s linda de un revolucionario". Es, tambi�n, su cualidad esencial. Sin este pathos no existe el hombre de la ruptura: el hombre que dice no, esto est� mal, esto no es ni debe ser necesariamente as�. As� las cosas, la primera, fundante semejanza entre Guevara y Marcos est� en ese pathos del rechazo a lo instituido, a lo establecido y el consiguiente compromiso con todos aquellos que sufren los rigores de la injusticia. El Subcomandante insurgente Marcos --o, si se prefiere, el zapatismo-- lo dice en un texto de particular expresividad y belleza: "Marcos es gay en San Francisco, negro en Sud�frica, asi�tico en Europa, chicano en San Isidro, anarquista en Espa�a, palestino en Israel, ind�gena en las calles de San Crist�bal, chavo banda en Neza, rockero en CU, jud�o en Alemania, ombudsman en la Sedena, feminista en los partidos pol�ticos, comunista en la post guerra fr�a, preso en Cintalapa, pacifista en Bosnia, mapuche en los Andes, maestro en la CNTE, artista sin galer�a ni portafolios, ama de casa un s�bado por la noche en cualquier barrio de cualquier ciudad de cualquier M�xico, guerrillero en el M�xico de finales de siglo XX, reportero de nota de relleno en interiores, mujer sola en el Metro a las 10 p.m., jubilado de plant�n en el Z�calo, campesino sin tierra, editor marginal, obrero desempleado, m�dico sin plaza, estudiante inconforme, disidente en el neoliberalismo, escritor sin libro ni lectores, y es seguro, zapatista en el sureste mexicano. En fin, Marcos es un ser humano cualquiera en este mundo. Minor�a intolerada, oprimida, resistiendo, explotando y diciendo su "Ya basta". Los intolerados buscando una palabra, los eternos fragmentados, nosotros. Todo lo que incomode al Poder y a las buenas conciencias". De este modo, a Guevara y a Marcos los iguala la elecci�n radical por los desamparados. Guevara exig�a sentir como propia toda injusticia. Marcos quiere ser negro en Sud�frica, palestino en Israel y jud�o en Alemania. Los diferencia su concepci�n del Poder. Para Guevara --marxista ortodoxo, formado por las lecturas m�s cl�sicas y directas del marxismo-leninismo-- era imperioso tomar el Poder y luego, desde �l, instrumentado al Estado, establecer una dictadura que llevara a la creaci�n de una sociedad sin injusticias, sin desigualdades. El Subcomandante insurgente Marcos detesta tanto al Poder... que no quiere tomarlo. Escribe: "La guerra siempre ha sido privilegio del Poder, para los despose�dos quedaba s�lo la resignaci�n, la sumisi�n, la vida miserable, la muerte indigna. Ya no m�s. Los mexicanos hemos encontrado en la palabra verdadera el arma que no pueden vencer los grandes ej�rcitos. Hablando entre nosotros, dialogando. Los mexicanos caminamos contra la corriente. Frente al crimen, la palabra. Frente a la mentira, la palabra. Frente a la muerte, la palabra".
|