Suele entenderse el fin
de a�o como el momento del balance. Ser�a, entonces, el momento de la reflexi�n. Si,
para Hegel, la filosof�a era como el ave de Minerva porque levantaba su vuelo al
anochecer, el fin de a�o ser�a el momento filos�fico del a�o. Ha llegado el anochecer
y no podemos sino reflexionar si se quiere: filosofar sobre los
acontecimientos m�ltiples y con frecuencia ca�ticos que hemos dejado atr�s.
Que los acontecimientos sean m�ltiples no es nuevo. Siempre la historia mostr� el rostro
de la multiplicidad, eso que sol�amos entender como su infinita riqueza. Que los
acontecimientos sean ca�ticos tampoco es nuevo, pero pertenece al esp�ritu de este fin
de siglo. A menudo, desalentados, sentimos que nuestra capacidad de comprensi�n llega a
su l�mite. Que hay mecanismos hist�ricos que no podremos comprender. Que todo se ha
desbocado, ha ido demasiado lejos. Que el azar o lo secreto o lo absurdo o lo inabarcable
forman hasta tal punto el tejido de la historia que la b�squeda de una racionalidad de
los hechos es imposible, o es, tambi�n, otra forma del absurdo. Si una fellatio en el
norte del hemisferio americano desencadena feroces bombardeos en un pa�s oriental y
arrebata cientos y miles de vidas humanas, �qu� racionalidad podemos encontrarle a la
historia de nuestros d�as? Como sea, los intentos se hacen: se habla de la
sexoguerra o de la guerra Monica Lewinsky. Pero se trata m�s del
ingenio de los medios que de una comprensi�n de los hechos. Ocurre que aqu� no hay
comprensi�n. Que los motivos est�n demasiado lejos. O que el horror nos satura.
Deteng�monos en este sentimiento: el horror. En Apocalipse Now, el coronel Kurtz, en su
momento de mayor autorreflexi�n, de mayor hondura y lucidez, no hace un an�lisis
racional de las causas �ltimas de la guerra de Vietnam. Se acuesta sobre el piso de
tierra de su choza primitiva, mira fijamente hacia lo alto y susurra: El horror. El
horror... Con frecuencia, el espect�culo del mundo que nos rodea es tan abrumador,
escapa tanto a nuestra comprensi�n, o, si se quiere, nuestra comprensi�n ha ido tan
lejos que no puede sino detenerse y concluir que no vale la pena continuar porque s�lo
habremos de seguir encontrando el mismo paisaje loco, criminal, absurdo y azaroso, que
s�lo, entonces, podremos exclamar como Kurtz: El horror, el horror... Y, sin
embargo, no habremos de acostarnos cara al cielo en nuestra choza, porque la percepci�n
del horror, o la percepci�n del actual mundo hist�rico como un mundo horroroso, no nos
debe o no nos deber�a conducir a la aceptaci�n de todos los horrores. Hay
horrores contra los que se puede luchar. Y si se puede es porque se debe. Porque el darle
vuelta la cara a realidades que s�, que podemos modificar, ser�a una de las tantas
formas del horror. No s�lo una m�s, sino una de las m�s injustificables.
Hay dos horrores que estas l�neas de fin de a�o desean llevar a primer plano: la AMIA y
el asesinato de Jos� Luis Cabezas. Hay otro hecho que desear�an poner en relaci�n
no caprichosa, creo con los dos primeros: la re-reelecci�n de nuestro
perdurable Presidente. O del hombre que gobernaba el pa�s en que esos dos horrores
tuvieron lugar. El hombre, tambi�n, que desea seguir gobernando pese a que esos dos
horrores no se aclararon.
Deber�amos hacer una promesa: que ninguna fecha que acostumbramos a recordar sea
recordada sin que, a la vez, recordemos la AMIA o el asesinato de Cabezas. Por ejemplo:
Hoy es 20 de junio, D�a de la Bandera... y a�n no se han aclarado el atentado a la
AMIA ni el crimen de Cabezas. Por ejemplo: Hoy es 21 de setiembre, D�a de la
Primavera... y a�n no se han aclarado el atentado a la AMIA ni el crimen de
Cabezas. Por ejemplo: Hoy es 9 de julio, D�a de la Independencia nacional...
y a�n etc. No hay que darle respiro a la desmemoria, esa tenaz enemiga de la
Justicia. As� las cosas, estas l�neas de fin de a�o est�n escritas para decir:
Termina el a�o 1998 y a�n no sabemos qui�n puso la bomba en la AMIA ni qui�n
mat� a Cabezas. Est�n escritas para decir: El Presidentebajo cuyo mandato
esos hechos se produjeron y no se aclararon insiste en retener al Poder contra las reglas
instituidas del juego constitucional. Est�n escritas para preguntarse: �Por
qu�?.
Si algo se ha establecido en relaci�n a la bomba de la AMIA es que su no resoluci�n, su
impunidad tiene que ver con la complicidad entre ese hecho y estructuras del Poder,
complicidad sin la cual no podr�a haberse realizado. Siempre que un hecho delictivo no se
resuelve es porque quienes deben resolverlo est�n incluidos en �l. Esta es una regla de
hierro en toda sociedad en que los poderes mafiosos o las polic�as corruptas o los
funcionarios delincuentes tienen fuerte mandato, decisi�n e impunidad. Como vemos, la
historia se ha vuelto incomprensible, monstruosa, pero no tanto. A�n entendemos aspectos
fundantes de ella, y todo aquello que podamos entender y est� mal, es nuestro deber
explicitarlo y convocar a su soluci�n, a su superaci�n.
�C�mo pasar al a�o entrante sin sentir que cada d�a nos alejamos m�s del recuerdo de
Cabezas? Hab�amos prometido no olvidarlo, pero doblamos el 97 y no ocurri� nada, y
ahora doblamos el 98 y sigue sin ocurrir nada. O s�: este a�o algo ocurri�. Un
hecho grotesco, una caricatura siniestra, sanguinolenta y burda: se suicid� Yabr�n. O lo
suicidaron. O lo que sea. Lo que s� fue, lo que sucedi� es que muchos, demasiados,
dieron por solucionado el caso. �Para qu� seguir hablando de Cabezas? �O acaso no se
suicid� Yabr�n? Una muerte por otra. Asunto terminado.
Entre tanto, el Presidente insiste con la re-reelecci�n. Que es decir: �l sigue adelante
y lo que no se solucion� durante su gesti�n seguir� sin solucionarse. �Para frenar
qu�, para ocultar a qui�n, para cubrir qu� secretos inviolables servir� la permanencia
obstinada del Presidente en el Poder? Dif�cil saberlo. Pero toda posible alternativa
(todo posible gobierno diferenciado del actual) deber�a prometer, no cambiar el modelo
econ�mico, cosa que no podr� por el momento, sino cambiar el modelo jur�dico. Que,
hasta ahora, sigue siendo el de la impunidad. Es decir, el que no descubre ni condena a
los culpables, volvi�ndose, as�, sospechoso de convivir con ellos. O de tolerarlos hasta
el extremo de la complicidad.
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