Página/12. 26 de diciembre de 1998

Fin de a�o
Por Jos� Pablo Feinmann

 


t.gif (862 bytes) Suele entenderse el fin de a�o como el momento del balance. Ser�a, entonces, el momento de la reflexi�n. Si, para Hegel, la filosof�a era como el ave de Minerva porque levantaba su vuelo al anochecer, el fin de a�o ser�a el momento filos�fico del a�o. Ha llegado el anochecer y no podemos sino reflexionar –si se quiere: filosofar– sobre los acontecimientos m�ltiples y con frecuencia ca�ticos que hemos dejado atr�s.
Que los acontecimientos sean m�ltiples no es nuevo. Siempre la historia mostr� el rostro de la multiplicidad, eso que sol�amos entender como su infinita riqueza. Que los acontecimientos sean ca�ticos tampoco es nuevo, pero pertenece al esp�ritu de este fin de siglo. A menudo, desalentados, sentimos que nuestra capacidad de comprensi�n llega a su l�mite. Que hay mecanismos hist�ricos que no podremos comprender. Que todo se ha desbocado, ha ido demasiado lejos. Que el azar o lo secreto o lo absurdo o lo inabarcable forman hasta tal punto el tejido de la historia que la b�squeda de una racionalidad de los hechos es imposible, o es, tambi�n, otra forma del absurdo. Si una fellatio en el norte del hemisferio americano desencadena feroces bombardeos en un pa�s oriental y arrebata cientos y miles de vidas humanas, �qu� racionalidad podemos encontrarle a la historia de nuestros d�as? Como sea, los intentos se hacen: se habla de la “sexoguerra” o de la “guerra Monica Lewinsky”. Pero se trata m�s del ingenio de los medios que de una comprensi�n de los hechos. Ocurre que aqu� no hay comprensi�n. Que los motivos est�n demasiado lejos. O que el horror nos satura.
Deteng�monos en este sentimiento: el horror. En Apocalipse Now, el coronel Kurtz, en su momento de mayor autorreflexi�n, de mayor hondura y lucidez, no hace un an�lisis racional de las causas �ltimas de la guerra de Vietnam. Se acuesta sobre el piso de tierra de su choza primitiva, mira fijamente hacia lo alto y susurra: “El horror. El horror...” Con frecuencia, el espect�culo del mundo que nos rodea es tan abrumador, escapa tanto a nuestra comprensi�n, o, si se quiere, nuestra comprensi�n ha ido tan lejos que no puede sino detenerse y concluir que no vale la pena continuar porque s�lo habremos de seguir encontrando el mismo paisaje loco, criminal, absurdo y azaroso, que s�lo, entonces, podremos exclamar como Kurtz: “El horror, el horror...” Y, sin embargo, no habremos de acostarnos cara al cielo en nuestra choza, porque la percepci�n del horror, o la percepci�n del actual mundo hist�rico como un mundo horroroso, no nos debe –o no nos deber�a– conducir a la aceptaci�n de todos los horrores. Hay horrores contra los que se puede luchar. Y si se puede es porque se debe. Porque el darle vuelta la cara a realidades que s�, que podemos modificar, ser�a una de las tantas formas del horror. No s�lo una m�s, sino una de las m�s injustificables.
Hay dos horrores que estas l�neas de fin de a�o desean llevar a primer plano: la AMIA y el asesinato de Jos� Luis Cabezas. Hay otro hecho que desear�an poner en relaci�n –no caprichosa, creo– con los dos primeros: la re-reelecci�n de nuestro perdurable Presidente. O del hombre que gobernaba el pa�s en que esos dos horrores tuvieron lugar. El hombre, tambi�n, que desea seguir gobernando pese a que esos dos horrores no se aclararon.
Deber�amos hacer una promesa: que ninguna fecha que acostumbramos a recordar sea recordada sin que, a la vez, recordemos la AMIA o el asesinato de Cabezas. Por ejemplo: “Hoy es 20 de junio, D�a de la Bandera... y a�n no se han aclarado el atentado a la AMIA ni el crimen de Cabezas”. Por ejemplo: “Hoy es 21 de setiembre, D�a de la Primavera... y a�n no se han aclarado el atentado a la AMIA ni el crimen de Cabezas”. Por ejemplo: “Hoy es 9 de julio, D�a de la Independencia nacional... y a�n etc”. No hay que darle respiro a la desmemoria, esa tenaz enemiga de la Justicia. As� las cosas, estas l�neas de fin de a�o est�n escritas para decir: “Termina el a�o 1998 y a�n no sabemos qui�n puso la bomba en la AMIA ni qui�n mat� a Cabezas”. Est�n escritas para decir: “El Presidentebajo cuyo mandato esos hechos se produjeron y no se aclararon insiste en retener al Poder contra las reglas instituidas del juego constitucional”. Est�n escritas para preguntarse: “�Por qu�?”.
Si algo se ha establecido en relaci�n a la bomba de la AMIA es que su no resoluci�n, su impunidad tiene que ver con la complicidad entre ese hecho y estructuras del Poder, complicidad sin la cual no podr�a haberse realizado. Siempre que un hecho delictivo no se resuelve es porque quienes deben resolverlo est�n incluidos en �l. Esta es una regla de hierro en toda sociedad en que los poderes mafiosos o las polic�as corruptas o los funcionarios delincuentes tienen fuerte mandato, decisi�n e impunidad. Como vemos, la historia se ha vuelto incomprensible, monstruosa, pero no tanto. A�n entendemos aspectos fundantes de ella, y todo aquello que podamos entender y est� mal, es nuestro deber explicitarlo y convocar a su soluci�n, a su superaci�n.
�C�mo pasar al a�o entrante sin sentir que cada d�a nos alejamos m�s del recuerdo de Cabezas? Hab�amos prometido no olvidarlo, pero doblamos el ‘97 y no ocurri� nada, y ahora doblamos el ‘98 y sigue sin ocurrir nada. O s�: este a�o algo ocurri�. Un hecho grotesco, una caricatura siniestra, sanguinolenta y burda: se suicid� Yabr�n. O lo suicidaron. O lo que sea. Lo que s� fue, lo que sucedi� es que muchos, demasiados, dieron por solucionado el caso. �Para qu� seguir hablando de Cabezas? �O acaso no se suicid� Yabr�n? Una muerte por otra. Asunto terminado.
Entre tanto, el Presidente insiste con la re-reelecci�n. Que es decir: �l sigue adelante y lo que no se solucion� durante su gesti�n seguir� sin solucionarse. �Para frenar qu�, para ocultar a qui�n, para cubrir qu� secretos inviolables servir� la permanencia obstinada del Presidente en el Poder? Dif�cil saberlo. Pero toda posible alternativa (todo posible gobierno diferenciado del actual) deber�a prometer, no cambiar el modelo econ�mico, cosa que no podr� por el momento, sino cambiar el modelo jur�dico. Que, hasta ahora, sigue siendo el de la impunidad. Es decir, el que no descubre ni condena a los culpables, volvi�ndose, as�, sospechoso de convivir con ellos. O de tolerarlos hasta el extremo de la complicidad.

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