Página/12 - Agosto de 1998

CUESTIONES CON EL P�BLICO

Por Jos� Pablo Feinmann

 

t.gif (862 bytes) Nos hemos acostumbrado a decir que --contrariamente a lo que dec�a Sarmiento-- las ideas s� se matan. Se matan y mueren. No s�lo mueren las ideas sino quienes las tienen. En este pa�s, desde ciertas esencias tan inverificables como el ser nacional o el estilo de vida, se han matado tantas ideas que pareciera se ha incurrido alevosamente en el miedo a pensar. Entre los c�rculos intelectuales se postula que ya no hay pol�micas. Desde los c�rculos del espect�culo se dice que la gente no quiere cosas dif�ciles sino entretenidas, pasatistas, livianas. Se ha delineado, incluso, a un personaje como Do�a Rosa que representar�a el paradigma del espectador argentino: una se�ora que ama lo simple, que no quiere esforzarse, que quiere siempre entretenerse, ganar premios y --aunque no los gane-- jugar.

Cuando los productores de Cuestiones con Ernesto "Che" Guevara me dijeron que todos los jueves habr�a una funci�n con debate no me sent� excesivamente motivado. Digamos, m�s exactamente, al contrario: ser�, pens�, un fracaso. En verdad, ya antes hab�a pensado que la pieza habr�a de ser un fracaso, que la gente no se ir�a hasta el teatro Xirgu (teatro al que hay que ir, ya que uno no se da de narices con �l en la calle Corrientes, sino que tiene que salir del centro y buscarlo), que la gente seguir�a eligiendo a, pongamos, Nito Artaza o alg�n producto con el h�lito de grandeza irresistible que lo importado tiene para nuestro p�blico.

Bien, no. Cuando los jueves concluye Cuestiones..., cuando Manuel Callau y Arturo Bon�n dicen sus �ltimos parlamentos y dejan abiertos muchos interrogantes destinados a inquietar a los espectadores, los espectadores se quedan en la sala. No se va ni uno. Esperan el debate. Nos sentamos en el borde del escenario y --como no tenemos moderador-- nuestro moderador es Callau, quien luego de haber estado metido en la piel de Guevara durante una hora y media a�n conserva alma de jefe. Al menos para conducir el debate.

El p�blico --ante todo-- entiende que la obra no es una confrontaci�n entre lo que pensaba el Che en los sesenta y lo que piensa Andr�s Navarro --el profesor de historia que lo cuestiona-- en los noventa. Entiende, el p�blico, que la obra habla de hoy. Que intenta plantear una cuesti�n que nos angustia a todos: ante un mundo crecientemente injusto, ante un sistema como el de libremercado que se presenta agresivo y victorioso y conduce a la exclusi�n y la marginalidad por medio de gobiernos corruptos aliados a mafias letales, �qu� hacer? Navarro dice: "Muchas cosas, pero no matar". Guevara dice: "Ustedes, los cautelosos progresistas, tienen miedo. Mientras se porten bien, habr� bastonazos y balas de goma. Pero, si realmente quieren cambiar algo, van a tener que mostrar los dientes y all�, ellos, los de siempre, van a volver a hacer lo que mejor saben: apretar el gatillo".

El p�blico adopta distintas actitudes. Est�n quienes defienden al Che y dicen, con Marx, que la violencia es la partera de la historia. Est�n los que sienten que el camino de la violencia ya se ha transitado en nuestro pa�s y volver a �l ser�a tr�gico. Est�n los que quieren lucir sus conocimientos y hasta los que dicen haber luchado junto al Che. Est�n los que nos acusan de postular la teor�a de los dos demonios. Est�n los cubanos --a quienes privilegiamos-- que discuten acerca de si esta obra se podr�a o no dar en Cuba. Y est�n los que quieren una respuesta urgente, ya. Los que no quieren irse sin que nosotros, ahora, desde el escenario, les entreguemos eso que la obra deliberadamente evita: una receta para la acci�n. Ocurre, sin embargo, que la "receta" se va elaborando a lo largo del debate. La "receta" est� en el abanico problem�tico que la obra genera. Est� en advertir que la cuesti�n es tan compleja que --antes-- debemos explicitar, tornar transparentes todas sus aristas.

As�, en esta b�squeda, est�n los que preguntan qu� diferencia a Guevara del subcomandante Marcos. Los que hablan de la carpa docente. De Cutral-C�. De Catamarca. Del encarcelamiento de Videla. De la lucha no violenta de las Madres y las Abuelas por la Justicia. Y est�n los j�venes. Muchos de ellos tra�dos por sus viejos, que quieren que se asomen a pol�micas silenciadas, ausentes de los grandes medios masivos. Y los j�venes --muchos con la remera del Che-- hacen preguntas de dif�cil respuesta. Y ahora no somos nosotros quienes respondemos desde el escenario, sino que son los espectadores los que se responden entre ellos. Tal vez --y esto es m�s que una conjetura-- ahora el veterano que llev� a su pibe encuentra el modo de decirle algo, aunque sea algo, de lo mucho que le quiere decir y reci�n ahora empieza a encontrar la punta. A trav�s de un espect�culo. De una obra de teatro.

En todos los debates, Bon�n y Callau dicen algo que me conmueve: que reencontraron el rol social del actor. Creo que ser�a un falso si no confesara --con pudor, con temor, sabiendo que m�s de uno sonreir� de costado, ir�nico y hasta desde�oso-- que ah�, los jueves a la noche, en esos debates, acaricio una vez m�s la vieja, devaluada, olvidada y noble concepci�n del rol social del escritor.

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