(Por Osvaldo Bayer, desde a FacultBerlín) En lad de Ciencias de la Educación de la Universidad Técnica de Berlín tuve la oportunidad de asistir a un trabajo que me llenó de emoción y que me despertó recuerdos de propias experiencias. Se tituló "El proceder moral. El ansia de esclarecimiento". La expositora fue Ulrike Freund. Se trató de las personalidades altruistas. Más exactamente de todos aquellos que pusieron en peligro sus vidas por salvar a los perseguidos. Para estudiar tal fenómeno humano, Alemania lleva a cuestas ese escenario del horror que fue el período nazi, con sus crímenes raciales y políticos y la actuación de organizaciones al servicio del terror de Estado. La preocupación se podría sintetizar en la pregunta: ¿por qué hubo gente que arriesgó sus vidas para salvar a otros y en cambio la mayoría se encogió de hombros y pronunció esa frase -que tanto nos llega a los argentinos- "por algo será"? ¿Por qué hay seres altruistas en mayorías egoístas? ¿Por qué en momentos en que los países caen en regímenes sin garantías las mayorías prefieren la banalidad del mal, la pérdida de la solidaridad humana, busca explicaciones para justificar ese mal imaginando exteriores y crucificándolos de acuerdo con la versión oficial? Pero, ¿por qué al mismo tiempo existen personas que se atienen a principios éticos dispuestos a acompañar en la cruz a los ladrones buenos y malos para no compartir los doce dineros de Judas ni jugar a los dados con los centuriones de turno las pertenencias de los crucificados por el poder y los Pilatos de circunstancias? Una sociedad de quienes son capaces de extender la mano y otros que da vuelta la cara antes de preguntar qué pasa ante una injusticia. En el estudio realizado por Ulrike Freund se investigó el origen familiar y educacional de quienes, comprobadamente, arriesgaron sus vidas, para ayudar al perseguido. En general, los altruistas pertenecen a familias donde se aprendieron los principios de la ética cristiana, pero también a hogares con principios humanísticos y sociales donde la ética se conjuga de acuerdo con los principios de igualdad ante la ley y el derecho a la libertad. Aunque también entre los que fueron capaces de arriesgar su vida por otros se hallan seres criados en la calle sin conexión directa con ejemplos familiares o educacionales. Y que, a la pregunta por qué pusieron en juego sus vidas por un semejante, respondieron con toda sencillez: "Cualquiera en lugar mío lo hubiera hecho". Es decir, también el fenómeno se presenta como algo espontáneo, nacido con la naturaleza misma del humano y aún no transformada en miedo o en adaptación a normas dictadas con la punición al pecado a la altura de un púlpito desde los galones de un uniforme. Los motivos que adujeron los altruistas para su acto solidario podemos dividirlos en dos distintas fuentes, una de ellas sería interpretada por la palabra "asistir" o "hacer el bien"; la otra, por el "deber de justicia". En la primera se subsuman los principios de "condolerse", de "compasión" y de "por afecto a la solidaridad". En el deber de justicia, se incluyen el "respeto al Derecho", al "principio de igualdad" y a la "consideración de la criatura humana".
Alemania ha condecorado a todos aquellos altruistas que enfrentaron
al poder total con sólo su coraje civil y su mano extendida. Es
una forma de educar. Porque una de las máximas de la educación
en las escuelas debe ser el valor del altruismo en el ciudadano, en otras
palabras: el coraje civil. Pero nosotros, los argentinos, no premiamos
a quienes en la noche negra reaccionaron contra las desapariciones, la
tortura y el robo de niños. En representación de tantos héroes
civiles mencionaremos a dos: la partera María Luisa Martínez
de González y la enfermera Genoveva Fratassi, quienes asistieron
en el parto de una detenida embarazad: Isabella Valenzi, que había
sido llevada por el tristemente célebre médico policial Bergés.
Las dos mujeres cumplieron con su deber humano: avisaron a la familia de
la parturienta el nacimiento del niño. Desde entonces, estas dos
heroínas de la civilidad están desparecidas. Se las vio en
el campo de concentración de El Vesubio por última vez en
1977. (Aquí cabe la pregunta: ¿qué hicieron hasta
ahora después de casi dos décadas el gobernador Duhalde y
el jefe de policía bonaerense comisario Klodczyk por averiguar algo
de la suerte de estas dos mujeres del pueblo? Hago la pregunta porque los
ví muy preocupados por mantener en las filas policiales nada menos
que al doctor Bergés, acusado de torturar bestialmente a jóvenes
embarazadas y al secuestro de niños.) La democracia y la libertad
se consiguen con coraje civil y enseñando con el ejemplo de los
héroes civiles. Pero en nuestras escuelas, los niños aprenden
que el gobernador de Tucumán es el general Bussi, uno de los militares
que más acusaciones tiene en la historia, por asesinatos, secuestros,
torturas y delitos de lesa humanidad. Pero de la partera González
y de la enfermera Fratassi, ni noticias. Alguna vez, manos sin manchas
de sangre y conciencias limpias de toda corrupción bajarán
de calles de Quilmes el nombre de generales y políticos venales
y pondrán el de esas dos mujeres generosas y bellas. Hace ya dos
décadas que la Argentina comenzaba a vivir el tiempo del desprecio.
Sufrí en carne propia aquello de estar "en una lista". Se decía
que al general Sánchez de Bustamante no le había gustado
mi investigación histórica sobre la Patagonia o que los oficiales
jóvenes les había caído mal La Patagonia Rebelde.
Esos eran los cánones de la justicia y esos eran los dueños
de la vida y de la muerte en los tiempos de la mercenariedad. Y mientras
los dueños del país actuales iniciaban su loca acumulación
de riquezas de la mano de Martínez de Hoz, los "enemigos de la identidad
occidental y cristiana" teníamos menos seguridades que un insecto.
Pero enfrente de los uniformados Camps, Suárez Mason y Bussi había
seres humanos como Domingo Martínez. Don Domingo Martínez,
obrero panadero, español, socialista libertario. Hombre toda su
vida de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). Fue de aquellos
legendarios panaderos que lograron las leyes obreras a fuerza de una lucha
sin cuartel y una honestidad a toda prueba. Cuando me ofreció refugio
tenía el una quinta de hortalizas en las afueras de Quilmes. Aquí
puedes dormir tranquilo", me dijo, sin mucho preámbulo: "Por este
umbral no entra ni el Papa, te lo aseguro yo". No faltaba agregar nada.
Después hubo otra comunicación: "En esta casa no entra ni
prensa burguesa, ni radio burguesa, ni televisión burguesa". "Si
quieres leer, ahí tienes", y me mostró todos los teóricos
del anarquismo en anaqueles abarrotados de libros. Me alcanzó un
tomo de Eliseo Reclus. Sí, libertad, cultura, ecología. Pasé
días rodeado del verde de las hojas, el rumor de los pájaros
y el frescor de los amaneceres. Y los sueños de Reclus. Gracias
a la mano extendida de don Domingo. Este verano lo visité. Está
ciego y nonagenario. Después del abrazo nos pusimos a hablar de
los ideales de Eliseo Reclus. Pensé: nunca vencerá definitivamente
el gatillo fácil ni la picana ni la corrupción mientras haya
brazos extendidos y manos abiertas. Los altruistas, como Domingo Martínez.