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Por Osvaldo Bayer *
Cincuenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de
Naciones Unidas: la más hermosa página que pudieron concebir los seres
humanos de la Libertad y la Dignidad. Principios convertidos hoy en la gran
mentira y la burla por los poderes políticos y económicos que dominan el mundo.
Leamos el artículo primero: Todos los seres humanos nacen libres e iguales
en dignidad y derechos.
Es una de las máximas más sabias, comparable con la letra de una canción de
cuna o de una poesía de amor. Pero ha quedado sólo en el papel, en un mundo
en que hay millones de esclavos reales, de desocupados, de hambrientos, de
niñas y niños prostituidos, de villas de emergencia, de exiliados, de minorías
perseguidas y despreciadas, de cárceles indignas, de torturas, de genocidas
libres.
La Argentina firmó ese documento ejemplar y décadas después se convirtió en
el país donde se persiguió con los métodos más cobardes y repudiables a toda
una generación. Pero lo más triste de esta Argentina es que después, los gobiernos
constitucionales dejaron libres a todos los culpables de secuestros, torturas,
robos a los detenidos, rapto de sus hijos y finalmente el asesinato y el ocultamiento
de los cuerpos de las víctimas.
Luchemos para que los criminales terminen sus días en la cárcel y para que
el pueblo repudie y no los vote más a todos los políticos de la obediencia
debida, el punto final y los indultos que abusaron de sus mandatos democráticos
pisoteando la Declaración de Derechos Humanos.
Pero no sólo son los verdugos uniformados que echan su sombra sobre nuestro
presente y futuro sino todos aquellos poderes económicos, políticos y religiosos
que los utilizaron para reafirmar aún más su poder y hoy siguen siendo los
que ponen y sacan a los peones del tablero de la política.
Derechos Humanos significan esclarecimiento, educación, enseñar y dar el ejemplo
en la vida cívica: por eso nuestra vocación democrática debe acompañar a la
escuela pública y a la Universidad. Derechos Humanos significan restablecer
la Salud Pública, el derecho al descanso de los ancianos y a la infancia feliz
de nuestros niños, y la seguridad de un techo y un trabajo al hombre y a la
mujer que se inician en nuestra sociedad.
Pero no olvidemos al mundo que nos rodea: estudiemos el sistema globalizado
que lo domina y al conocer sus fines perversos apoyemos todo gesto de rebeldía
de los humildes por llevar a la realidad el bello y poético artículo primero
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: Todos los seres humanos
nacen libres e iguales en dignidad y derechos.
* Profesor titular y todos los docentes y no docentes integrantes de la Cátedra
de Derechos Humanos. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos
Aires.
Por Eugenio Raúl Zaffaroni *
Cuando en
1948 se aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos, Nuremberg e Hiroshima
eran recientes, el Plan Marshall volcaba dinero sobre Europa, comenzaba la
Guerra Fría y Perón preparaba la Constitución con los derechos del trabajador.
Hoy el riesgo nuclear puede provenir de algún demente incontrolado, los lores
ponen preso a Pinochet, Estados Unidos compite por los mercados con Europa
y Japón, la Guerra Fría es historia y Menem acabó con los derechos del trabajador.
Los Derechos Humanos nacieron ante el horror del Holocausto, pero luego fueron
un arma de lucha dual en un mundo bipolar: los bastardearon como valores de
un pretendido occidente quienes cubrieron de dictaduras todo el continente;
los esgrimieron las víctimas de esas mismas dictaduras, como último refugio
de su dignidad.
Pero el mundo bipolar terminó, y con él las dictaduras a su medida. Los asesinos
sobrevivientes son fantoches decrépitos, útiles sólo para que el poder muestre
lo que siempre hace con sus descartables lacayos homicidas.
El nuevo poder globalizado no pretende asegurar los derechos de los explotadores,
porque ya no hay explotados sino excluidos: su ideal es un 80 por ciento out
y su objetivo es asegurar que se quede outside y sin chistar.
Al control social requerido por este poder, no le sirven los métodos de las
viejas dictaduras ni de las policías empíricas que provienen de vicios del
siglo XIX deteriorados aún más en el XX. Por eso está montando un control
policial centralizado, basado en la tecnología de información. El Estado para
la sociedad 80 y 20 cruza datos y confecciona radiografías de sus habitantes,
con mayor información que la disponible por ellos mismos.
Incluso no serán necesarias muchas cárceles, porque es más barato y efectivo
controlar electrónicamente la conducta, mediante chips, ya disponibles para
encontrar perros.
Pero el 80 por ciento sobrante no se suicidará masivamente, por mucho que
lo distraigan o envenenen. Tarde o temprano surgirán culturas alternativas
a la del 20 por ciento incluido. La competencia por el mercado de la información
bajará cada vez más los costos: las culturas alternativas dispondrán de información
barata. Los excluidos del mundo se comunicarán. Los tanques de saber perderán
su exclusividad: se podrá escribir una tesis, con idénticos materiales, en
Harvard, en la Sorbona o en el Camino Negro.
La condición será que en el Camino Negro tengan un nivel mínimo de alimentación,
salud y acceso a la educación. La lucha por estos objetivos deberá librarse
en los municipios y las provincias e incumbirá en buena medida a los organismos
de derechos humanos.
Pero satisfechas estas exigencias mínimas, a los excluidos les sobrará lo
que les faltará a los incluidos: tiempo, es decir, existencia. Igual que los
universitarios en las cárceles actuales, obtendrán mejores notas que los incluidos,
porque tendrán todo el tiempo.
Se iniciará una nueva dialéctica entre la cultura incluida y las culturas
excluidas, y la primera será cada vez más insatisfactoria y superficial. Esa
será la dialéctica del mundo globalizado producido por la revolución tecnológica,
diferente de la del mundo colonizado de la revolución mercantil y a la del
neocolonizado de la industrial.
Pero el control social globalizado tratará de impedirla e inventará nuevos
pretextos para su tecnología de vigilancia y represión. Y los organismos de
derechos humanos tendrán nuevas tareas: defender los espacios de información
y de expresión de las culturas alternativas.
Aunque parezca extraño, el discurso de Derechos Humanos del siglo XXI será
en parte semejante al del siglo XVIII; recobrarán mucha prioridad los derechos
individuales, a cuyo amparo se cobijarán las culturas alternativas.
De este modo, la perspectiva de los Derechos Humanos es devenir garantes de
la nueva dialéctica entre incluidos y excluidos. La lucha por losderechos
humanos no se extinguirá, sino que cambiará como lo hizo hasta ahora: al compás
de las mutables amenazas del poder.
* Director del Departamento de Derecho Penal y Criminología de la Facultad
de Derecho. Universidad de Buenos Aires.
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