El huevo de la serpiente

 

Por Osvaldo Bayer

t.gif (862 bytes) Nuestra pobre democracia sufre humillaciones que ni siquiera tendr�amos que haber imaginado a diecis�is a�os de que “el �ltimo de facto” –como se autotitul� ese general cavern�cola, ejemplar extra�do de alg�n cat�logo del museo de cera del espanto, llamado Bignone– saliera por la puerta excusada de la historia. Parec�a que hab�amos llegado entonces al final del laberinto del oprobio. Fue cuando tom� el poder el gobierno elegido por las urnas. Porque si hubi�ramos escrito “hace diecis�is a�os que recuperamos la democracia” habr�amos ca�do en la demagogia. Porque, vamos a repetir una vez m�s que democracia no es tener la libertad de elegir cada dos a�os entre dos que hacen lo mismo con distintos m�todos, sino alcanzar a vivir en dignidad y libertad. Y dignidad significa nada menos que hasta el �ltimo poblador tenga trabajo con leyes laborales justas, educaci�n, vivienda, derecho a una vejez tranquila y –aqu� llegamos– derecho a la salud. Justamente aqu�, la poblaci�n argentina est� viviendo horas de profunda verg�enza y humillaci�n. Todos los argentinos debemos sentirnos avergonzados ante el espect�culo. Hemos visto a un matasiete golpista invadir un hospital, que siempre tiene que ser un templo de la sabidur�a y comprensi�n, un lugar donde la solidaridad humana debe mostrarse en su m�s alta capacidad, donde el sano ayuda al enfermo, donde la ciencia est� para servir a la humanidad. El individuo que us� el uniforme para ocupar cuarteles y levantarse contra el gobierno leg�timo, que hizo volar puentes construidos con el sacrificio de los habitantes, que se pint� la cara para asustar la paz y esconder sus mil complejos de mat�n equivocado de �poca, el que alarde� de gritar que “un asturiano nunca se rinde” y fue el primer asturiano que se rindi� en la historia del mundo cuando escuch� el ruido de un cohete que un ni�o hab�a prendido a cinco cuadras de distancia, ese antiejemplo de hombre culto, un desecho de un sistema que hab�a enlutado el hogar argentino con el m�todo de asesinato m�s cobarde y criminal de la historia del mundo, ese patotero fuera de �poca, triste remedo de los taitas de Barcel� de los a�os treinta, grit�n por antonomasia cuando tiene pistola al cinto y matones a su servicio, esa verg�enza argentina, que taconea moviendo el trasero como si tuviera en la oreja un walkman con la marcha de Ituzaing�, esa rid�cula imitaci�n milonguita de Mussolini, �se, quiere hacer formar a los hombres y mujeres de la salud en una fila de reclutas para gritarles marcar el paso, lo �nico que aprendi� en su vida, am�n del manejo del gatillo.
Su hip�tesis de conflicto son los m�dicos, su objetivo de brevedad mental son los nosocomios. Pareciera que es cierto lo que sostuvieron pensadores acerca de que el militar es enemigo por antonomasia de los m�dicos porque aprenden a matar, mientras que a �stos se les ense�a a salvar la vida contra tanta muerte irracional. Tal vez no haya algo m�s desolador del sinsentido que ver c�mo en las guerras se despanzurran los m�s bellos j�venes de la creaci�n, mientras adentro los m�dicos tratan de salvar una pierna, o un ojo, o toda la vida de quienes no saben por qu� ni el porqu� los mandan a matar.
Es de profunda aflicci�n, de profunda angustia, ver c�mo la sociedad no cumple con su deber con todos los trabajadores de la salud. Alguna vez, el caso de San Miguel, servir� para medir toda la irracionalidad que a veces asalta a la sociedad argentina. Tomar como objetivo de lucha el ataque a los trabajadores de la salud es deprimente e injusto hasta el rid�culo. Ahora pareciera que la culpa de toda esta miseria no la tiene el sistema econ�mico ni la ley de patentes de medicamentos, ni la industria de la salud, no, no, la tiene el m�dico de guardia, la partera, la enfermera nocturna. Para el bruto de ideas uniformadas son todos haraganes. Me acuerdo de mi servicio militar: cuando el teniente coronel estaba de mal humor nos llamaba haraganes y hab�a que ir a cortarle el pasto al c�sped de su casa, o a lavarle el auto. Ese es el principio rector de un uniformado mental metido a administrador de la sociedad. �Por qu� todos se callan la boca ante tama�a injusticia, ante los desaguisados de Aldo Rico? �Piensa el gobernador Duhalde que dejando a este sargento primero de labravata de cara pintada va a ganar votos? El tema de la salud p�blica s�lo se puede resolver en el gran debate donde deben ser protagonistas los hombres y mujeres de experiencia y no un mequetrefe grit�n acompa�ado de treinta sayones de patada y cachiporra. Deben ser los gremios m�dicos y los representantes de los interesados quienes puedan resolver el problema sin afectar a los humildes. No, todo lo contrario, se deja que un grit�n emplee la palabra haraganes de acuerdo al vocabulario fascista. Lo �nico que le falta al capit�n es que califique de “jud�os y marxistas” a los m�dicos. Y no exageramos: v�ase el vocabulario que usa el delincuente Rico para calificar a trabajadores honorables.
Rico, siempre en su papel. Si alguna vez sirvi� al r�gimen militar que apoy� los planes de Mart�nez de Hoz e hizo desaparecer a decenas de delegados obreros y a la juventud que quer�a m�s justicia social para los despose�dos, hoy sirve al plan de privatizaci�n de un hospital p�blico, lo m�s irracional que puede imaginarse. Privatizaci�n a pu�etazos con la cara pintada, Argentina 1999.
Pero la falta de respeto llega mucho m�s hondo. Proporcionalmente, el gremio m�dico es el que m�s desaparecidos tuvo en la dictadura, de la cual Rico fue un lansquenete m�s. Con inmenso dolor uno puede repasar la lista: 365 desaparecidos, de ellos, 160 m�dicos. Eran adem�s enfermeros, bioqu�micos, psic�logos, asistentes sociales, empleados. Secuestrados, brutalmente torturados, asesinados, tirados en una fosa com�n o arrojados al r�o. El capit�n Aldo Rico, en vez de avergonzarse p�blicamente y de pedir perd�n por tanto crimen, va a la casa de la salud a insultarlos, hacerles pegar, ordena su traslado. Los radicales, quienes en su gobierno incubaron el huevo de la serpiente, se callan la boca; el gobernador Duhalde piensa en votos. Todos ellos se hicieron los distra�dos cuando, por ejemplo, fueron desapareciendo uno a uno los miembros de la Federaci�n de M�dicos Residentes y Psic�logos. Esa federaci�n ten�a esta noble consigna: “Por una medicina gratuita, igualitaria, cient�fica, a cargo del Estado y al servicio del pueblo”. Esta organizaci�n, desde 1968, se opuso tenazmente a las distintas propuestas de los gobiernos militares de un recorte a la gratuidad de la asistencia sanitaria. Luego, la dictadura militar persigui� despiadadamente a este conjunto de j�venes m�dicos. No s�lo se los secuestr� e hizo desaparecer, sino tambi�n, en todos los casos, las fuerzas militares represivas les quitaron todos sus bienes. Hasta los instrumentos m�dicos que ten�an en sus casas para atender de urgencia a gente pobre de sus barrios. Nombres que hacen pensar y no permiten el olvido: Edith Casares, residente de cirug�a del Hospital Italiano; Graciela Alba Vallejos, m�dica pediatra del Hospital de Ni�os de Buenos Aires; Eduardo O’Neill, m�dico neur�logo, del Hospital Ramos Mej�a; Norma Savignone, psic�loga del Hospital Italiano; Norma Leiva, residente de Anatom�a Patol�gica del Hospital Ramos Mej�a. Cinco nombres que valen por decenas. Nunca m�s se supo algo de ellos.
Hoy, el ex capit�n Aldo Rico quiere hacer “desaparecer” a los m�dicos del Hospital Larcade de San Miguel, conmin�ndolos al traslado.
Todo esto deja un gusto amargo en la boca; los mismos que llevan en su conciencia los cr�menes atroces aplican hoy otro m�todo, por supuesto, mucho m�s disimulado, ahora pegan patadas en las rodillas en vez de matar, pero el fin es el mismo: hacer que los trabajadores de la salud pierdan todo protagonismo justamente donde m�s hacen falta.
Un cap�tulo amargo. Nuestra democracia retrocede. Volvemos al sistema de mandones y punteros. El Hospital Larcade no debe perderse. Porque si no los pacientes en el futuro tendr�n que pintarse la cara para poder entrar. Por supuesto, previo pago del �bolo para los due�os del poder.

 

 

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