El amable mayor Peirano

Por Osvaldo Bayer desde Bonn

 

t.gif (862 bytes) La noticia peg� un pu�etazo y puso las cosas en su orden, despu�s de tantos a�os. El gobierno alem�n acaba de reconocer que el militar argentino conocido como el “mayor Peirano” actu� durante la dictadura militar en la embajada de ese pa�s en Buenos Aires como receptor de denuncias de desaparecidos. Es decir, la misma funci�n que cumpli� en el vicariato castrense el conocido monse�or Grasselli. Se hac�a atender a los desesperados familiares de los desaparecidos, por los lobos. Disimulados como consejeros, de aire bonach�n y palabras de consuelo. Los lobos. Feroces, c�nicos, que pasaban de inmediato los datos a sus superiores.
Me alegra inmensamente que el gobierno alem�n de Schr�eder, que tiene como canciller al Joshka Fischer, del Partido Verde, haya reconocido la verdad, que no es otra cosa que la inmensa culpa de muchos gobiernos extranjeros de haber colaborado con la dictadura de los asesinos de uniforme de la Argentina.
Verdad sostenida desde hace veintitr�s a�os por los organismos de derechos humanos de Alemania y los exiliados argentinos. Ahora se viene a corroborar todo aquello que sostuvimos y escribimos y denunciamos en aquellos terribles a�os. Ha quedado en descubierto para siempre –como dec�amos– el hilo de toda una pol�tica tortuosa e inmoral de complicidad disimulada con coartadas. Se simul� actuar en favor de los perseguidos pero en s� lo �nico que importaba era no hacer peligrar los grandes negocios que se hicieron con la dictadura. Pero ayer tambi�n le�mos que el vocero de la Canciller�a alemana agregaba: “Para la embajada alemana en Buenos Aires, durante los dif�ciles a�os de la dictadura militar argentina, su tarea m�s importante fue preocuparse por el cuerpo y alma de los alemanes y descendientes de alemanes por encima de cualquier otro problema”.
Aqu� se miente en forma c�nica. La realidad es la siguiente: ni la embajada ni el gobierno alem�n no lograron salvar a ning�n desaparecido de esa nacionalidad. Bastan dos ejemplos: en el caso de Elizabeth K�semann, alemana, y Diana Houston, inglesa, que fueron detenidas juntas, el gobierno brit�nico exigi� la inmediata libertad de esta �ltima y Diana Houston sub�a a un avi�n brit�nico 72 horas despu�s; el gobierno alem�n, en cambio, tard� semanas en interesarse por el caso y envi� tibias cartas. Resultado: Elizabeth fue asesinada. El caso Klaus Zieschank: el gobierno franc�s exigi� la inmediata libertad de la detenida Anita Lorea de Jaroslawsky, quien se hallaba en la misma celda del campo de concentraci�n donde estaba Klaus Zieschank. La ciudadana francesa sali� a la semana, en cambio, Klaus Zieschank fue arrojado desde un avi�n al R�o de la Plata y apareci� su cuerpo en la costa cercana a Magdalena. En tomar el caso Zieschank, el gobierno alem�n tard� meses, y todo fue muy d�bil. Lo que sostiene ahora la Canciller�a alemana se puede refutar con toda la abundante y precisa documentaci�n publicada en el libro Derechos humanos y pol�tica exterior (Rep�blica Federal de Alemania y Argentina - 1976-1983) del abogado de derechos humanos Tino Thun, Bremen, 1985, jam�s desmentida por el gobierno de Bonn, ni tampoco por los protagonistas de toda esa falsa pol�tica.
El mayor Peirano es apenas un mu�eco sangriento en esta historia desalmada. Los responsables fueron quienes en aquella �poca manejaron la econom�a argentina, empezando por Mart�nez de Hoz –que se inici� conaquel famoso decreto de indemnizaci�n a Siemens– y los grandes consorcios alemanes que ganaron las licitaciones del campeonato mundial del ‘78 y los fabricantes de armas que se hicieron la gran fiesta mientras en los campos de concentraci�n argentinos se mataba a lo mejor de su juventud.
Lo denunciamos en aquella �poca. Como decimos, todo fue registrado y editado con pruebas irrefutables que servir�n ahora para los juicios que coordina la Coalici�n contra la Impunidad, de Nuremberg, contra los represores argentinos que cometieron cr�menes contra ciudadanos alemanes. Todo llega. Funcionarios de Bonn que en aquel tiempo nos recibieron en sus salones para escucharnos con cinismo y hacer luego todo lo contrario de lo que prometieron tendr�n ahora que declarar, y ya se deben sentir muy molestos ahora en que la noticia del reconocimiento de la existencia del “mayor Peirano” ha llegado a sus casas donde gozan –casi todos ellos ya– las bendiciones de una jubilaci�n op�para en pago de los buenos servicios prestados por ver hacer y callarse la boca.
Se acaba de escribir que el actual gobierno alem�n, reci�n llegado al poder, va a tener una pol�tica distinta con respecto de los derechos humanos porque es socialdem�crata en su mayor�a. Debo decir que tambi�n el gobierno del ‘76 al ‘82 fue socialdem�crata. Su primer ministro, Helmut Schmidt, que reemplaz� a Willy Brandt en ese cargo. Hace pocos d�as, Helmut Schmidt –ya retirado de la pol�tica– cumpli� ochenta a�os de edad. Se le hizo un homenaje. En primera fila estaba sentado su �ntimo amigo, el ex ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos Henry Kissinger, s�, el mismo, el que estuvo complicado en el golpe de Estado de Pinochet. Uno se pregunta c�mo un dem�crata puede ser amigo de un pol�tico que se manej� en Latinoam�rica con la CIA y el Pent�gono. Pero, ojal� que la esperanza no nos traicione. Aqu�, en Alemania, los juicios contra los genocidas se seguir�n adelante. No s� si se llegar� a la condena, pero por lo pronto se llegar� a la verdad. Los nombres de los asesinos aparecer�n en las primeras p�ginas de los diarios.
Me sobreviene una pena enorme porque algunos de los familiares de las v�ctimas de la dictadura ya han fallecido y no podr�n ver ese triunfo. En el caso de Elizabeth K�semann, asesinada por el coronel Dur�n S�enz, del campo de concentraci�n El Vesubio, se simul� un tiroteo en Monte Grande y se mat� a tiros a la joven prisionera. Elizabeth era hija del m�s famoso te�logo de Alemania, profesor de la Universidad de T�bingen, Ernst K�semann. El desesperado padre fue a la Argentina a recuperar el cad�ver de su hija y darle cristiana sepultura en T�bingen. Cuando lleg� sufri� toda clase de humillaciones por ser padre de una “guerrillera”. Convers� largamente con �l en su casa despu�s del acto de homenaje en el cementerio de T�bingen donde habl� de la responsabilidad de mi pa�s en esa muerte. Fue cuando el profesor K�semann me dio detalles –que a�os despu�s me corrobor� cuando hicimos el film Elizabeth, de c�mo hab�an sido los tr�mites para obtener el cuerpo sin vida de su tan amada hija. Cuando me lo relat�, me dijo que sent�a “ira, verg�enza y duelo” por todo lo que soport� en Buenos Aires. Me confi� que la embajada alemana, para ayudarlo a encontrar los restos de su hija, lo puso en contacto con un oficial argentino –que es casi seguro haya sido el “mayor Peirano”– quien para despu�s de jugarla de amable le se�al� que iba a ser posible, pero que eso costaba dinero. El profesor K�semann tuvo que comprar el cuerpo de su hija por 26.000 d�lares y lo entreg� a ese “nexo” uniformado. Cuando le propuse que me permitiera hacer la denuncia p�blica de tama�a perfidia, me repuso el te�logo K�semann: “No, quiero guardar el secreto para m� porque me averg�enzo de haberme prestado a ese sucio negocio cuando tendr�a que haberlo rechazado indignado y haberme conformado con el recuerdo de mi hermosa hija viva. Adem�s, a Judas no se le reclam� jam�s que devolviera sus dineros”. Me hizo prometer que jam�s hablar�a de esto. Pero el profesor K�semann ya ha fallecido y me siento liberado de mi promesa. Lo m�nimo que espero es que la autoridad m�xima del Ej�rcito, general Balza, se d� por aludido y d� con el “mayor Peirano”. No le resultar� dif�cil. Megustar�a enfrentarlo a este mayor o menor para preguntarle qu� pas� con los 26.000 d�lares cobrados al dolor de un padre. Enfrentarlo, pero no en el programa de Mariano Grondona donde ya fueron presentados en sociedad asesinos natos como el almirante Massera o el comisario Etchecolatz, sino aqu�, ante jueces neutrales. Pero, ya sabemos, se escudar�n en las sombras de sus propias cobard�as y no saldr�n a la luz. Balza dir� otra vez que no le consta. No vendr�n de motu proprio a defender eso que ellos llaman honor.
Habr�a para escribir tomos de estas relaciones pecaminosas. Se me acaba el espacio. Pero no las ganas de seguir con la denuncia contra los que tienen las manos sucias de sangre y de las monedas de Judas.

 

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