La noticia peg� un pu�etazo y puso las cosas en su orden,
despu�s de tantos a�os. El gobierno alem�n acaba de reconocer que el militar argentino
conocido como el mayor Peirano actu� durante la dictadura militar en la
embajada de ese pa�s en Buenos Aires como receptor de denuncias de desaparecidos. Es
decir, la misma funci�n que cumpli� en el vicariato castrense el conocido monse�or
Grasselli. Se hac�a atender a los desesperados familiares de los desaparecidos, por los
lobos. Disimulados como consejeros, de aire bonach�n y palabras de consuelo. Los lobos.
Feroces, c�nicos, que pasaban de inmediato los datos a sus superiores.
Me alegra inmensamente que el gobierno alem�n de Schr�eder, que tiene como canciller al
Joshka Fischer, del Partido Verde, haya reconocido la verdad, que no es otra cosa que la
inmensa culpa de muchos gobiernos extranjeros de haber colaborado con la dictadura de los
asesinos de uniforme de la Argentina.
Verdad sostenida desde hace veintitr�s a�os por los organismos de derechos humanos de
Alemania y los exiliados argentinos. Ahora se viene a corroborar todo aquello que
sostuvimos y escribimos y denunciamos en aquellos terribles a�os. Ha quedado en
descubierto para siempre como dec�amos el hilo de toda una pol�tica tortuosa
e inmoral de complicidad disimulada con coartadas. Se simul� actuar en favor de los
perseguidos pero en s� lo �nico que importaba era no hacer peligrar los grandes negocios
que se hicieron con la dictadura. Pero ayer tambi�n le�mos que el vocero de la
Canciller�a alemana agregaba: Para la embajada alemana en Buenos Aires, durante los
dif�ciles a�os de la dictadura militar argentina, su tarea m�s importante fue
preocuparse por el cuerpo y alma de los alemanes y descendientes de alemanes por encima de
cualquier otro problema.
Aqu� se miente en forma c�nica. La realidad es la siguiente: ni la embajada ni el
gobierno alem�n no lograron salvar a ning�n desaparecido de esa nacionalidad. Bastan dos
ejemplos: en el caso de Elizabeth K�semann, alemana, y Diana Houston, inglesa, que fueron
detenidas juntas, el gobierno brit�nico exigi� la inmediata libertad de esta �ltima y
Diana Houston sub�a a un avi�n brit�nico 72 horas despu�s; el gobierno alem�n, en
cambio, tard� semanas en interesarse por el caso y envi� tibias cartas. Resultado:
Elizabeth fue asesinada. El caso Klaus Zieschank: el gobierno franc�s exigi� la
inmediata libertad de la detenida Anita Lorea de Jaroslawsky, quien se hallaba en la misma
celda del campo de concentraci�n donde estaba Klaus Zieschank. La ciudadana francesa
sali� a la semana, en cambio, Klaus Zieschank fue arrojado desde un avi�n al R�o de la
Plata y apareci� su cuerpo en la costa cercana a Magdalena. En tomar el caso Zieschank,
el gobierno alem�n tard� meses, y todo fue muy d�bil. Lo que sostiene ahora la
Canciller�a alemana se puede refutar con toda la abundante y precisa documentaci�n
publicada en el libro Derechos humanos y pol�tica exterior (Rep�blica Federal de
Alemania y Argentina - 1976-1983) del abogado de derechos humanos Tino Thun, Bremen, 1985,
jam�s desmentida por el gobierno de Bonn, ni tampoco por los protagonistas de toda esa
falsa pol�tica.
El mayor Peirano es apenas un mu�eco sangriento en esta historia desalmada. Los
responsables fueron quienes en aquella �poca manejaron la econom�a argentina, empezando
por Mart�nez de Hoz que se inici� conaquel famoso decreto de indemnizaci�n a
Siemens y los grandes consorcios alemanes que ganaron las licitaciones del
campeonato mundial del 78 y los fabricantes de armas que se hicieron la gran fiesta
mientras en los campos de concentraci�n argentinos se mataba a lo mejor de su juventud.
Lo denunciamos en aquella �poca. Como decimos, todo fue registrado y editado con pruebas
irrefutables que servir�n ahora para los juicios que coordina la Coalici�n contra la
Impunidad, de Nuremberg, contra los represores argentinos que cometieron cr�menes contra
ciudadanos alemanes. Todo llega. Funcionarios de Bonn que en aquel tiempo nos recibieron
en sus salones para escucharnos con cinismo y hacer luego todo lo contrario de lo que
prometieron tendr�n ahora que declarar, y ya se deben sentir muy molestos ahora en que la
noticia del reconocimiento de la existencia del mayor Peirano ha llegado a sus
casas donde gozan casi todos ellos ya las bendiciones de una jubilaci�n
op�para en pago de los buenos servicios prestados por ver hacer y callarse la boca.
Se acaba de escribir que el actual gobierno alem�n, reci�n llegado al poder, va a tener
una pol�tica distinta con respecto de los derechos humanos porque es socialdem�crata en
su mayor�a. Debo decir que tambi�n el gobierno del 76 al 82 fue
socialdem�crata. Su primer ministro, Helmut Schmidt, que reemplaz� a Willy Brandt en ese
cargo. Hace pocos d�as, Helmut Schmidt ya retirado de la pol�tica cumpli�
ochenta a�os de edad. Se le hizo un homenaje. En primera fila estaba sentado su �ntimo
amigo, el ex ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos Henry Kissinger, s�, el
mismo, el que estuvo complicado en el golpe de Estado de Pinochet. Uno se pregunta c�mo
un dem�crata puede ser amigo de un pol�tico que se manej� en Latinoam�rica con la CIA
y el Pent�gono. Pero, ojal� que la esperanza no nos traicione. Aqu�, en Alemania, los
juicios contra los genocidas se seguir�n adelante. No s� si se llegar� a la condena,
pero por lo pronto se llegar� a la verdad. Los nombres de los asesinos aparecer�n en las
primeras p�ginas de los diarios.
Me sobreviene una pena enorme porque algunos de los familiares de las v�ctimas de la
dictadura ya han fallecido y no podr�n ver ese triunfo. En el caso de Elizabeth
K�semann, asesinada por el coronel Dur�n S�enz, del campo de concentraci�n El Vesubio,
se simul� un tiroteo en Monte Grande y se mat� a tiros a la joven prisionera. Elizabeth
era hija del m�s famoso te�logo de Alemania, profesor de la Universidad de T�bingen,
Ernst K�semann. El desesperado padre fue a la Argentina a recuperar el cad�ver de su
hija y darle cristiana sepultura en T�bingen. Cuando lleg� sufri� toda clase de
humillaciones por ser padre de una guerrillera. Convers� largamente con �l
en su casa despu�s del acto de homenaje en el cementerio de T�bingen donde habl� de la
responsabilidad de mi pa�s en esa muerte. Fue cuando el profesor K�semann me dio
detalles que a�os despu�s me corrobor� cuando hicimos el film Elizabeth, de c�mo
hab�an sido los tr�mites para obtener el cuerpo sin vida de su tan amada hija. Cuando me
lo relat�, me dijo que sent�a ira, verg�enza y duelo por todo lo que
soport� en Buenos Aires. Me confi� que la embajada alemana, para ayudarlo a encontrar
los restos de su hija, lo puso en contacto con un oficial argentino que es casi
seguro haya sido el mayor Peirano quien para despu�s de jugarla de
amable le se�al� que iba a ser posible, pero que eso costaba dinero. El profesor
K�semann tuvo que comprar el cuerpo de su hija por 26.000 d�lares y lo entreg� a ese
nexo uniformado. Cuando le propuse que me permitiera hacer la denuncia
p�blica de tama�a perfidia, me repuso el te�logo K�semann: No, quiero guardar el
secreto para m� porque me averg�enzo de haberme prestado a ese sucio negocio cuando
tendr�a que haberlo rechazado indignado y haberme conformado con el recuerdo de mi
hermosa hija viva. Adem�s, a Judas no se le reclam� jam�s que devolviera sus
dineros. Me hizo prometer que jam�s hablar�a de esto. Pero el profesor K�semann
ya ha fallecido y me siento liberado de mi promesa. Lo m�nimo que espero es que la
autoridad m�xima del Ej�rcito, general Balza, se d� por aludido y d� con el
mayor Peirano. No le resultar� dif�cil. Megustar�a enfrentarlo a este mayor
o menor para preguntarle qu� pas� con los 26.000 d�lares cobrados al dolor de un padre.
Enfrentarlo, pero no en el programa de Mariano Grondona donde ya fueron presentados en
sociedad asesinos natos como el almirante Massera o el comisario Etchecolatz, sino aqu�,
ante jueces neutrales. Pero, ya sabemos, se escudar�n en las sombras de sus propias
cobard�as y no saldr�n a la luz. Balza dir� otra vez que no le consta. No vendr�n de
motu proprio a defender eso que ellos llaman honor.
Habr�a para escribir tomos de estas relaciones pecaminosas. Se me acaba el espacio. Pero
no las ganas de seguir con la denuncia contra los que tienen las manos sucias de sangre y
de las monedas de Judas.
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