De libros, esclavos y desaparecedores Por Osvaldo Bayer |
Pero a pesar de la euforia de transformar a la vieja ciudad imperial en la Nueva York de Europa, Berl�n no se despoja de su historia. Por ejemplo, quien pasee por la Unter den Linden no dejar� de detenerse ante esa playa de cemento, frente a la Universidad Humboldt. Todos se detienen de pronto, para ponerse en movimiento como guiados por los fantasmas. No se ve pero est�. Es un cuadrado de vidrio al ras del suelo. All� abajo, como en un s�tano, est�n bibliotecas vac�as. El vidrio refleja el cielo y uno ve las nubes, como humo que cubren las bibliotecas. Las bibliotecas han quedado vac�as y solas. La obra arquitect�nica muestra magistralmente lo que fue la siniestra quema de libros por los nazis, en 1933. Justamente all� fueron arrojados a las llamas los libros de los escritores malditos, aquellos que no quisieron entregarse ni fueron a rendir pleites�a al dictador, y que terminaron en el exilio o en los campos de concentraci�n. O aquellos de otras generaciones que hab�an mostrado en sus p�ginas escritas nuevos caminos a la humanidad en busca de su dignidad. Los estantes vac�os. Los libros no pudieron quejarse. En la placa se lee la frase de Heinrich Heine: "Cuando se empieza por quemar libros se termina por quemar seres humanos". Avergonzado recuerdo aquel marzo de 1976, cuando camiones militares recorrieron las calles c�ntricas de Buenos Aires para "limpiar" las librer�as. J�venes oficiales eran los jueces indiscutibles: con el dedo bastaba. Los soldados arrojaban los libros indeseables a la caja de los camiones. �Qu� se habr� hecho de esos j�venes oficiales? �Ser�n hoy nuestros generales, tal vez el propio jefe del estado mayor, o comandantes de cuerpos del ej�rcito? Hubo otros que prepararon hogueras y lo dieron a conocer por escrito, en orgullosos comunicados donde sin floreos se�alaban que lo hac�an por "Dios, Patria y Hogar". Argentina 1976. Uno de esos oficiales hizo publicar su acci�n de saneamiento en todos los diarios de la rep�blica. Era teniente coronel a las �rdenes del general Men�ndez, el m�s competente de los desaparecedores, el de C�rdoba. El teniente coronel quemador de libros por Dios, Patria y Hogar se llama Gorleri y es hoy general, ascendido por el Senado radical del gobierno de Alfons�n, pese a la documentaci�n que elevamos al gobierno de aquel entonces. Primero desaparecieron los libros, despu�s desaparecieron seres humanos. Por algo ser�. Aqu�, en la Opernplatz de Berl�n me averg�enzo profundamente. En nuestro pa�s nada recuerda a los libros desaparecidos, ni a los libreros, editores, escritores asesinados, en un lugar conjunto, con la frase consiguiente: "Cuando se empieza por hacer desaparecer libros se termina por hacer desaparecer seres humanos". Por algo ser�. Pero no so�emos. En mi pa�s premiamos a los desaparecedores de libros eligi�ndolos gobernadores, o intendentes, o les permitimos que intervengan hospitales con pistola al cinto y la cara pintada. De la Opernplatz miramos a la Universidad Humboldt. All�, en m�rmol, est�n los dos hermanos Humboldt, Wilhelm y Alexander. Alexander von Humboldt, fue llamado el "verdadero descubridor de Am�rica", porque descubri� para los europeos los verdaderos valores de sus culturas aut�ctonas, y denunci� en indignada prosa el salvajismo de la conquista "cristiana". Cre�a en la ciencia, para que con ella y los sentimientos llegara la armon�a. En un viaje que dur� cinco a�os y en los cuales recorri� Venezuela, Cuba, Colombia, Ecuador, Per� y M�xico --inici�ndolo el 5 de junio de 1799-- anunci� que "coleccionar� plantas y f�siles y har� observaciones astron�micas con instrumentos magn�ficos. Pero eso no es la meta de mi viaje. No, mis ojos van a estar dirigidos constantemente a la armon�a, a la influencia conjunta de las fuerzas y a la influencia de la creaci�n inorg�nica sobre el mundo bot�nico y animal pleno de vida". Coste� el viaje con su propio dinero y en sus centenares de p�ginas escritas inform� no s�lo lo que ve�a sino que denunci� c�mo los colonialistas europeos destru�an las culturas aut�ctonas y la ecolog�a de esas regiones, principalmente por la tala de bosques. Resulta un misterio por qu� en los casi ya dos siglos de emancipaci�n de Latinoam�rica y del Caribe no se adoptaron estos libros en nuestras escuelas y se ense�� s�lo de acuerdo a la versi�n de los vencedores. Este verano berlin�s nos recibi� tambi�n con una detallada exposici�n sobre el viaje a Latinoam�rica de Alejandro von Humboldt. La encontramos llena de alumnos de colegios berlineses que se mov�an nerviosos en busca de las respuestas para un cuestionario previo que le hab�an preparado sus maestros. As� se enteraron de que el sabio viajero era un defensor de los principios de la Revoluci�n Francesa de Igualdad, Libertad y Fraternidad. Los letreros con sus frases famosas dicen que quien ama la Libertad por sobre todas las cosas estar� siempre contra toda forma de esclavitud, de racismo y de odio al distinto. Por eso, su doctrina vital fue oponerse su vida entera contra la injusticia y la tiran�a. Y lo dice as�: "Toda injusticia lleva en s� la semilla de la destrucci�n". Lo escribi� bien claro: "No hay razas humanas ni superiores ni inferiores". Pero el m�rito m�s grande de Humboldt es el haber convertido a Am�rica latina en un "continente para so�ar". Mientras el experto franc�s en ciencias naturales, Buffon, menospreciaba a ese continente porque no contaba con leones y elefantes. Pero tambi�n Voltaire y Hume calificaban como culturas inferiores a las del nuevo continente. Pero donde m�s har� hincapi� Humboldt, ser� en el tratamiento que se les dio a los esclavos de origen africano. Adem�s de los castigos con el l�tigo y los horarios de trabajo de sol a sol, describe la venta en el mercado de los chicos africanos de quince a�os, a quienes se les abr�an las bocas como a los caballos para mirarle la dentadura y eran marcados con hierros candentes en la frente con las iniciales del nuevo patr�n. Con respecto a los naturales del continente, describe las distintas formas de su explotaci�n. Por ejemplo, la que ejerc�an los misioneros cat�licos. "El misionero intenta manejar a la aldea ind�gena como un convento. El indio no es libre ni un instante en sus movimientos. Se lo manda a la derecha y a la izquierda. El indio no quiere producir nada porque todo lo que crea pertenece al cura. En San Fernando de Atabalpo, cada uno de los curas mantiene su derecho monop�lico sobre su aldea. Yo viaj� con un cura hasta el mercado de aceite de tortuga en el cual compr� por casi cien piastras g�neros, bordes, agujas que s�lo le costaron veinte piastras porque en vez de dinero, pag� con monos tit�, monos viuditas, gallinas de Orinoco, que los indios tuvieron que d�rselos por la fuerza por dos reales y que �l vendi� por siete piastras delante de sus ojos mientras les prohibi� bajo pena de darles cincuenta latigazos que los vendan por cuenta propia". Luego se�ala que el cura vender� cada aguja comprada con una ganancia de tres mil por ciento. Y agrega: "No hay nada m�s repugnante cuando en las misiones del Caribe los curas, despu�s de misa se paran delante de la puerta de salida, con sus ornamentos, para recibir los regalos de los indios, que forman doble fila y le alcanzan maderas, bananas y mandioca. Despu�s de ese acto de obediencia, el cura manda a azotar a los indios que se resistieron a su despotismo. Se azota, por lo general, durante tres cuartos de hora de ocho a nueve indios por turno. En Quito, los due�os de haciendas azotan a sus peones delante de las iglesias. Es atroz que los indios no puedan rezar a sus dioses, sin que por ello sean azotados". La historia no perdona. Los explotadores, los desaparecedores, los quemadores de libros caen muy pronto en el pozo del desprecio. Y las bibliotecas vac�as de los libros quemados se llenan bien pronto con las obras que siempre tratan de llevar a la realidad aquella trilog�a de: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
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