“Be the best you can be”
Por Osvaldo Bayer

 

t.gif (862 bytes) El avi�n me lleva ya de regreso. Y como es mi costumbre, leo, mientras la gente dormita, ve cine o parlotea sin cesar sobre compras hechas. La se�ora que se sienta al lado acaba de explicarme su visita a la catedral de Colonia, por su 750 aniversario. Me ha mostrado una por una las estampas religiosas compradas. Se me ocurre comentarle: “Cu�ntas misas se habr�n rezado, cu�ntas preces se habr�n levantado hacia el alt�simo, cu�ntas velas se habr�n prendido, cu�ntas piernas se habr�n arrodillado en se�al de sumisi�n y pareciera que el mundo sigue igual, mire usted en Irlanda, cat�licos y protestantes se deshacen a bombazos”. Pienso proseguir con mis cavilaciones ante los 750 a�os de la catedral de Colonia pero la se�ora no me ha contado todo eso para que yo venga ahora con evaluaciones superadas, t�picas de an�lisis an�rquicos de principios de siglo. La se�ora no me responde, me alcanza un caramelo y me dice, cort�s: “Voy a tratar de dormir unas horitas as� llego bien a Buenos Aires”. Prosigo leyendo. Para el regreso, nada mejor que All� lejos y hace tiempo, de Guillermo Enrique Hudson. Recuerdo c�mo ese libro nos ense�� en la adolescencia lo que eran las pampas, sus p�jaros, sus omb�es, sus perfumes, sus colores. Eramos un peque�o grupo de amigos que nos larg�bamos a caminar, de Magdalena a Ranchos, por ejemplo. Ah� vamos, llenos de sol, de tierra, de roc�os. Me veo con las ropas nada deportivas de ese entonces, la mirada confundida entre el cielo y la pampa, tocar con la mano all� donde se un�an. Pero tambi�n la historia de esa pampa, historia de sangres, humillaciones y conquistadores y due�os. S�, no hab�a que mirar demasiado confiado esos horizontes ni inhalar con avidez esos aires frescos y puros, porque todo ten�a due�o. El mismo Hudson en su bello libro, al hablar con melancol�a de su casona de los 25 omb�es, nos mete en el dolor y la tragedia cuando recuerda que el antiguo propietario “ten�a entre sus esclavos a un joven negro muy buen mozo que, debido a su belleza y su amabilidad, era el especial favorito de su ama”. Pero ese esclavo se aventur� un d�a, en ausencia de su amo, a acercarse a ella y le habl� de sus sentimientos. Cuando el marido volvi�, la due�a le cont� que el miserable esclavo hab�a abusado de su gentileza. “El marido ten�a un coraz�n implacable y dio �rdenes que el negro fuera suspendido por las mu�ecas de una rama baja y horizontal del �rbol y all�, a la vista de su amo y su se�ora, fue azotado hasta morir por sus mismos compa�eros esclavos. Su cuerpo maltrecho fue bajado y enterrado en un profundo foso a corta distancia del �ltimo de la larga hilera de omb�es. Era el esp�ritu de aquel pobre negro cuyo castigo hab�a sido tanto m�s duro que lo que parec�a su ofensa, el que, seg�n se supon�a, se aparec�a en aquel lugar. No era, sin embargo, un fantasma convencional, que vagara por ah� envuelto en una s�bana blanca; quienes lo hab�an visto aseguraban que invariablemente se levantaba donde el cad�ver hab�a sido enterrado, como una exhalaci�n p�lida y luminosa de la tierra y, adoptando forma humana, flotaba lentamente hacia la casa y andaba errante entre los grandes �rboles o sent�ndose en una vieja ra�z saliente permanec�a horas enteras en una actitud melanc�lica.”
Tal vez, el esp�ritu del negro sin nombre, de la finca 25 omb�es se encuentre en los ocasos pampeanos del oto�o con el de Camila O’Gorman. �De qu� hablar�an? �De sus amores imposibles?
Dejo el libro y miro la primera plana del General Anzeiger de Bonn. La foto de tapa muestra a centenares de ni�os negros del Sud�n, ninguno sonr�e ni muestra sus dientes blancos. El ep�grafe de la foto dice textualmente: “Siguen amenazados de muerte por hambre un mill�n y medio”. Y despu�s, en letra m�s peque�a, dice: “Por la pol�tica mundial ignorados completamente en el sur de Sud�n siguen corriendo peligro de muerte por hambre alrededor de un mill�n y medio de personas. Nuestra foto muestra ni�os sudaneses en un campamento de Toni”.
�D�nde van a parar los esp�ritus de los ni�os muertos de hambre? �Nos seguir�n silenciosamente en nuestros pasos, nuestras lecturas, nuestros espejos? �En cada flor que miramos en nuestros jarrones, en nuestros jardines, en las vidrieras de las florer�as, no sale una cabeza de negrito?
Doblo el diario y se me presenta esa frase de Albert Einstein que aprend� de memoria cuando era estudiante: “Habr�a dinero suficiente, trabajo suficiente, comida suficiente si reparti�ramos con justicia las riquezas del mundo, en vez de convertirnos en esclavos de r�gidas doctrinas econ�micas o de tradiciones inmovilistas”.
Pens� cu�l podr�a ser la felicidad. Y me acord� del �ltimo domingo, que asist� al cruce multitudinario del Rhin. Es una fiesta popular que se lleva a cabo todos los a�os. Todos est�n invitados a tirarse al Rhin y cubrir la distancia que separa a los pueblitos de Erpel y Unkel. Esta vez participaron 570 personas que se tiraron al agua a las dos de la tarde en punto en las antiguamente sagradas aguas del “padre Rin”. Entre ellos cinco de mis familiares y cuatro de mis nietos. Era incre�ble, desde las barrancas parec�an hormigas. Los barcos fluviales –que disminuyeron sus marchas y se pegaron bien al margen izquierdo– tocaban sus sirenas y los pasajeros cubr�an las bordas y saludaban.
Llegaron absolutamente todos y fueron recibidos con aplausos, con una banda que tocaba canciones populares y, por supuesto, los infaltables puestos de salchichas y cerveza. Una verdadera alegr�a popular. Pero para los viejos y los que conocen historia, el trayecto presentaba una gran mancha de tristeza. Cuando los nadadores cruzaron el puente de Remagen, los que saben volvieron la mirada al lugar del campo de prisioneros que, muy cerca de all�, establecieron los norteamericanos en 1945, y en el cual murieron centenares de j�venes soldados alemanes de hambre, fr�o y pestes. Eran los �ltimos que fueron enviados a sellar la locura. Claro, quien recuerda ese campo tiene que acordarse de Auschwitz, Bergen Belsen y la muerte de miles de prisioneros rusos. La historia de la infamia. Pero no se ha aprendido nada, siguen resonando los tiros en todas las latitudes y meridianos. Me viene a la memoria otra vez Einstein: “De ninguna manera debemos permitir que nuestros empe�os y pensamientos en pos de un trabajo constructivo sean mal utilizados. Soy de la misma opini�n que el gran americano Benjamin Franklin, quien dijo: nunca hubo una guerra buena ni jam�s habr� una paz mala”.
Los ni�os de Sud�n, los ni�os de Kosovo, pero tambi�n los ni�os de la miseria en las barriadas latinoamericanas.
Los alemanes tienen muy pronto elecciones nacionales. Est�n asustados porque el coloso ruso amenaza con caer estrepitosamente. Y eso nunca es bueno para los vecinos. Los hacedores de la pol�tica internacional se preguntan si no hubiera sido mejor que... no, esas preguntas no se hacen en pol�tica. Ahora vamos a ver qui�n le pone el cascabel al oso.
Para las elecciones alemanas, los pron�sticos hablan del primer puesto para los socialdem�cratas. Quien va a ser el ministro de Econom�a si gana ese partido es un empresario joven y din�mico, Jost Stollmann, que se precia de haber estudiado en Estados Unidos. Acaba de cerrar su discurso con estas palabras: “Mi credo es: nuevos pensamientos abren nuevos caminos. Por eso debemos descubrir nuestros nuevos y propios caminos y ser tan buenos como nosotros solos podemos serlo, fieles a la f�rmula que aprend� durante mi estada en Am�rica: ‘Be the best you can be’”.
�Cinismo? �M�s de lo mismo? Porque la verdadera pregunta es: �qu� es lo bueno? �acaso para ganar dinero, para tener �xito? O para ayudar a lograr un mundo como lo expres� con tanta sencillez Albert Einstein: trabajo y alimento para todos. Hasta para los negritos del Sud�n.
La se�ora al lado m�o, cuando sirvieron el desayuno me dijo que yo hablo en sue�os.

 

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