Veinti�n a�os despu�s Ana Mar�a Salvo da su testimonio de esa era del espanto. No puede olvidar los labios de la estudiante alemana Elisabeth Kaesemann que, apenas lleg� Ana Mar�a al Vesubio, le comunicaba su direcci�n en Alemania sin palabras, s�lo con el movimiento de su boca. El Ej�rcito Argentino hab�a prohibido la palabra. No s�lo quemaba libros, asesinaba a intelectuales y cercenaba las vidas j�venes sino que tampoco quer�a escuchar la voz humana, la de la protesta ante lo injusto. Al pueblo s�lo se le ense�aba a gritar �gol!, como ahora, y siempre a saber ser verdaderos occidentales y cristianos. Pero Elisabeth Kaesemann no se dobleg� y hac�a uso de la palabra sin sonido. Ana Mar�a Di Salvo fue adivinando las letras que conformaban los labios de la prisionera: Rottweilerstrasse 3, T�bingen, Alemania, le repet�a todos los d�as. La direcci�n de su padre, el profesor de teolog�a Ernst Kaesemann. Setenta y tres d�as estuvieron Ana Di Salvo y su marido. Setenta y tres d�as en el infierno. Me relata su experiencia d�a tras d�a, todo hasta el m�nimo detalle ha conservado su mente durante veinti�n a�os. El imperio del mayor Pedro Alberto Dur�n S�enz. All� este ejemplar producto del Ej�rcito Argentino gan� todas las batallas. (Las detenidas deb�an desnudarse para el ba�o una por una en un tacho con la misma agua para todas, un trapo y jab�n en polvo. Cuando terminaban de enjabonarse, un guardia les tiraba un baldazo. Despu�s, a secarse con la misma toalla. Era una de las humillaciones menores diarias.) Vaya a saber las represiones mentales sufridas por el inspirado mayor Dur�n S�enz en su infancia y adolescencia. Pero en seguida ven�a el aspecto diferente de su personalidad. Invitaba a las presas individualmente a la jefatura, donde habitaba �l, a cincuenta metros o algo m�s de las cuchas y la "enfermer�a" donde las �nicas herramientas m�dicas eran las picanas. En su residencia, el mayor Dur�n S�enz se mostraba afable y simp�tico con las prisioneras y las invitaba a ba�arse en su propio ba�o. Ana Mar�a Di Salvo recuerda que hab�a jab�n y despu�s pod�an pasar a la habitaci�n de al lado del despacho de Dur�n S�enz, elegir un vestido --casi todos de "polleritas muy cortitas"-- y dejar sus miserables vestimentas. Hasta se pon�a a disposici�n una caja con ropa interior femenina, en ese mismo cuarto del jefe absoluto. Pero cuando deb�an regresar a las cuchas les quitaban todo otra vez. De la ilusi�n a la humillaci�n. Mayor Pedro Alberto Dur�n S�enz, una mente clara. Cuando hablaba con las prisioneras la jugaba de simp�tico y repet�a que estaba cumpliendo una labor patri�tica, como esas especies de discursos aprendidos en alguna escuela para militares de Fort Douglas o Panam�. El jefe almorzaba con Silvia, su prisionera amante, y se hac�a servir por otras presas. Una de ellas era la psic�loga Marta Brea, quien deb�a poner la mesa del se�or mayor. Este se mostraba satisfecho y siempre le dec�a: "Se ve que usted pertenece a una buena familia ya que me pone un platito especial para el pan". Hombre de finezas, el mayor. Pero en el horror y la cobard�a del poder, entre los humillados, crec�a la flor de la solidaridad. Recuerda Ana Mar�a Di Salvo que aquella Marta Brea que deb�a servir la mesa del vejador le teji� a ella, con los dedos, una peque�a bufanda al crochet con restos de lana que obten�a de harapos. Empez� a tej�rsela un d�a en que Ana Mar�a le hab�a dicho que sent�a fr�o en el cuello. A Marta Brea la hab�an sacado del hospital de Lan�s de los cabellos, al mediod�a, en pleno funcionamiento del nosocomio. As� tan seguros se sent�an los hombres de botas y uniformes. Los parientes de ella se movilizaron r�pidamente y lograron una entrevista con la esposa del dictador Videla. Esta los recibi� y la pregunta de ella fue: �qu� profesi�n tiene la detenida? Psic�loga, le respondieron los familiares de la desaparecida. La mujer del todopoderoso dictador como explicaci�n de todo s�lo dijo: "Ah, psic�loga", como si eso ya valiera como sin�nimo de subversiva, marxista y jud�a. Tiempos muy argentinos, aquellos. Recuerda Ana Mar�a Di Salvo que una vez Marta Brea rompi� el obligado silencio de las cuchas dici�ndole a ella en alta voz: "�Y, psic�loga, qu� hac�s?". "Estoy pensando, �y vos?, le respondi� Ana Mar�a. "Estoy moqueando", fue la respuesta entre ir�nica y de profunda tristeza de quien iba a "desaparecer" poco despu�s. Ana Mar�a se lo pas� llorando las primeras largas semanas. Una piba llamada Lali, que estaba en la cucha de al lado, para tratar de distraerla le pregunt� una noche: "�Qu� est�s haciendo?". "Estoy pensando en mi peque�o hijo, Luciano", le contest� con un balbuceo Ana Mar�a. Y Lali bajito, bajito, empez� a entonar canciones infantiles. O aquella vez que trajeron a dos muchachos a las cuchas de las mujeres porque ya no hab�a lugar en el sector masculino. El silencio era total, hasta que se escuch� la voz de uno de los reci�n llegados que dec�a de pronto: Recemos el rosario". Y muchos que jam�s lo hab�an hecho, de pronto, lo acompa�aron. Porque era como si hicieran una acci�n juntos, un acto de rebeld�a contra el poder omn�modo. Al despedirse de El Vesubio, Ana Mar�a le regal� a Elisabeth Kaesemann un saquito de pl�stico rojo, ya que la hab�an tra�do s�lo con una remera y hac�a fr�o. Cuatro d�as despu�s de haber recobrado la libertad, Ana Mar�a y su esposo leyeron en los diarios el asesinato de Elisabeth Kaesemann y de otro grupo de prisioneros de El Vesubio, en un disimulado "combate" entre valientes oficiales y suboficiales de la Patria y vendidos subversivos al oro extranjero. Pero no tema el lector, el mayor Dur�n S�enz fue premiado por sus logros. Lleg� a coronel; el gobierno de Alfons�n --siendo canciller Caputo-- permiti� que el citado nos representara como agregado militar en M�xico. S�, durante la reconquistada democracia, ambos responsables permitieron tambi�n que el torturador de la ESMA, capit�n de corbeta Jos� Dunda, fuera agregado militar en Brasil y el coronel Osvaldo Riveros alias "Balita", conocido torturador, representara al honor argentino en Honduras. S�lo la reacci�n de residentes argentinos en M�xico hizo que el h�roe de El Vesubio, Dur�n S�enz, tuviera que meter viol�n en bolsa y regresar a la Patria. Aqu� sigui� teniendo suerte: se ampar� en obediencia debida y punto final para que no se lo siguiera juzgando en la c�mara federal en la Causa "Cuerpo I de Ej�rcito" por violaciones y la aplicaci�n de tormentos. Y hace apenas pocos meses, en setiembre del '97, Dur�n S�enz gan� definitivamente su batalla: fue contratado por el intendente justicialista de General Alvear como "asesor de zona de crecimiento com�n". Justicialista (piense el lector en el significado de esta palabra). Buena perspectiva para el futuro. Queridos lectores: �qu� les parece la f�rmula presidencial Bussi-Dur�n S�enz, o Rico (ya intendente de San Miguel)-Dur�n S�enz, o, por qu� no Dur�n S�enz-Patti (ya intendente de Escobar). No crea el lector que se trata de una inspiraci�n del realismo m�gico. No, es aut�ntica realidad argentina, de pura cepa. Elisabeth Kaesemann, sin voz, con el movimiento de labios, nos sigue dictando su direcci�n. Como lo hizo en El Vesubio a Ana Mar�a Di Salvo, hace justo veinti�n a�os.
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