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Somos
todos de River
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn
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Fue
tal vez la escena más truculenta del hoy argentino que debemos reconocer
con humildad todo lo truculento, si es argentino, tiene algo de fantochada.
Uno se dice: no puede ser. Y se imagina la escena, los rostros, las expresiones
y todo en conjunto conforma lo truculento, lo increíblemente espeluznante.
Una especie de trabucazo. La fotografía no puede darnos todos los contornos,
la verdadera esencia. Claro, lo que ocurre es que uno piensa bien alto para captar
la fantochada perversa en todos sus detalles objetivos y subjetivos. Habría
que recurrir en la historia de la pintura a Brueghel, el viejo, que nos dejó
cuadros que hoy todavía son difíciles de contemplar porque traen
con una precisión inmisericorde el lado del cerdo del ser humano: El triunfo
de la muerte, por ejemplo, que se exhibe en El Prado, de Madrid. Pero también
Hieronymus Bosch, con su alegoría de los pecados mortales, hubiera estado
muy cerca de lo que llamamos la fantochada truculenta. Para no hablar de los dos
genios alemanes de la República de Weimar, Otto Dix y George Gross, que
dejaron el testimonio fenomenal de la absoluta irracionalidad de la guerra en
pinturas y dibujos de los eternos ricos de la guerra, de los adolescentes mutilados
del frente, y de los militares, éstos con escupideras en la cabeza en vez
de cascos.
Y ahora viene el tema fantochetruculento que ojalá algún artista
plástico argentino logre retener con sus trazos y sus tonos. Tal vez desde
ya les aconseje pintar todo de negro. Tiene que ser la mejor expresión
del crimen respaldado. El título: no puede ser otro que Círculo
Militar Argentino. Y allí, la asamblea de generales, coroneles y
otras tiras que acaba de ocurrir. Los rostros: caretas trágicas, algunas
de vampiros estreñidos, otros de dráculas al por mayor, pajarracos
de carne podrida, gusanos gordos empachados, y cuervos, cuervos, cuervos. Estaba
el general Menéndez, el de Córdoba, sí, Luciano Benjamín,
con semisotana y puñal a la cintura, con dos velones de luz mortecina en
cada brazo. Todos los que se distinguían con una condecoración en
el pecho que los calificaba de Torturadores de primera, segunda, tercera,
etc., se le abalanzaban al grito de Luciano, hermano, Luciano, hermano.
El general Harguindeguy repartía orgulloso tarjetas de ministro
del proceso y reía constantemente a carcajadas que interrumpía
imitando el rugido de una hiena. Todos estaban y los presidió Díaz
Bessone, el Menéndez de Rosario, con las medallas represivas: desapariciones,
torturas, secuestros, robos, en ese hermoso pecho tradicional argentino. Hubo
gritos, alaridos e imprecaciones que recordaban a Franco y al conde Ciano. Todos
de negro y pálidos, con un marcial crucifijo de hierro al pecho. Oraron
el Hágase tu voluntad. Fue cuando el general de la Nación
Genaro Díaz Bessone anunció la expulsión del general Balza
de la cofradía. Todos votaron unánimemente levantando la picana
eléctrica que llevan constantemente disimulada en su atuendo. Fue un rugido.
Después oraron. Y pasaron al lunch, de hostia y vino.
Nunca se vio en un claustro militar tal unción y tal unidad. A medianoche
se los vio salir en procesión. La luna se apagó, sólo iban
iluminados por los velones del general Menéndez, general de picana y látigo,
de tiro en la nuca y golpe de furca. Este, con voz emocionada instó a mantener
unida la Santa Hermandad de la Picana y seguir combatiendo las ideologías
antiargentinas.
Fue la noticia del día. Los argentinos acabamos de comprobar que tenemos
un Santo Oficio Militar de los Torturadores que actúan como cualquier asociación
civil. Conté este episodio a un núcleo de legisladores alemanes
que, claro, no pudieron creer una cosa así. Es imposible pensar que si
vivieran los ex torturadores de la Gestapo, de las SS, y de los cuerposespeciales
de verdugos del nazismo, como Himmler, Kaltenbrunner, Hoess (el de Auschwitz)
que en su mayoría pagaron sus crímenes en el patíbulo
o se suicidaron o fueron a parar detrás de las rejas se reunieran
para tomar medidas disciplinarias contra alguien que se atrevió a criticar
los métodos represivos criminales del nazismo. En nuestro país es
todo posible, a pesar de que esos crímenes del sistema de desaparición
de personas fueron demostrados en decenas de juicios y por comisiones investigadoras
gubernamentales. Aquí, en territorio argentino se castiga con la expulsión
de una entidad a quien dijo la verdad. Se lo expulsa en acto público y
por voto unánime de los que tendrían que estar para siempre condenados
y en prisión.
Pero debemos decir también que fue muy triste la reacción del sancionado.
El general Balza dijo que no le importaba tal expulsión del Círculo
Militar porque era socio de otras asociaciones, como ser, del Club River Plate,
y agregó: campeón del siglo. Muy tristemente superficial
la respuesta cuando él tenía el deber de honor de defender el porqué
de su autocrítica del ejército y sacar a la luz la participación
en crímenes de lesa humanidad de todos los que se erigieron en jueces en
la tenebrosa reunión del Círculo Militar. Por su parte, el general
Brinzoni, que tuvo hace poco en su palco a dos de este Santo Oficio de Torturadores
-Harguindeguy y Díaz Bessone, se conformó con un formal arresto
que al susodicho ni siquiera le hizo cosquillas. Un teatrillo burocráticamente
cínico e inmoral. San Martín, Libertador de pueblos, ¡qué
solo has quedado!
La asamblea del Círculo Militar muestra a las claras qué son la
justicia y la democracia en la Argentina. Comparemos dos hechos actuales de la
realidad de esto que llamamos democracia: a los torturadores y asesinos de uniforme
de la dictadura militar se los mantiene en libertad y se les permiten asambleas
en el edificio de Plaza San Martín, pero de los civiles presos de La Tablada,
ni siquiera se ha perdido un minuto en discutir las resoluciones de la Comisión
de Derechos Humanos de la OEA. Para el honor internacional de la Argentina esta
es y será una vergüenza duradera. A los que gobiernan no les importa
dar importancia a la discusión de los derechos humanos en el orden interamericano.
Parecemos una republiqueta africana o una islita de Fidji o las planicies de Jolo.
Todos los políticos argentinos salvo rarísimas y nobles excepciones
ni se tomaron el trabajo de averiguar por qué hay presos en huelga de hambre.
No, se van a cenar al restaurante de los que pueden, el Buenos Aires News,
con música de Shakira. El ministro de Justicia, Gil Lavedra, repite a quien
lo quiera escuchar que no habrá amnistía para los civiles de La
Tablada. Para qué dice eso si nadie le pidió ninguna amnistía,
lo que hay que discutir y aprobar es el hecho de que a esos detenidos no se les
dio el derecho a la apelación y que fueron sometidos a torturas, mientras
otros de sus compañeros fueron fusilados o desaparecieron de acuerdo al
sistema que hicieron costumbre trágica las fuerzas armadas argentinas en
la década del setenta.
A la bancada peronista no le interesa el documento de la OEA. El Gobierno, por
su parte, no tiene un criterio formado y pareciera darle lo mismo que los presos
se mueran de hambre y que una ley totalitaria siga rigiendo los destinos del país
aunque esté en contraposición de la legislación continental.
No, el Gobierno tiene la obligación de dar la palabra, de definirse. No
le podemos contestar a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA que no
nos importa el problema porque somos todos de River. Hay que ser leales a los
principios de la dignidad y de la democracia. Con superficialidad y doble mensaje
no vamos a asegurar jamás una sociedad que supere nuestra tradición
de crímenes, torturas y corrupción.
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