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Los
rebeldes y los obedientes debidos Por Osvaldo Bayer Desde
Bonn |
 La Memoria es de pasos lentos,
pero inevitables. Los señores del poder emplean todas las artimañas para detenerla,
pero finalmente entra con la fuerza arrolladora e indiscutible que tiene la Etica.
En Alemania acaba de ocurrir un hecho increíblemente sano, valiente, democrático.
Pero no ya dentro de alguna organización civil o en algún grupo pacifista. No,
en el propio ejército alemán. Con la presencia del ministro del Presidente de
la Nación, del ministro de Defensa y del general en jefe del ejército se le acaba
de quitar a un cuartel el nombre de un general vetusto y obediente por el de un
suboficial desobediente y valiente hasta los tuétanos que en pleno reinado del
terror nazi ayudó a perseguidos judíos a salvar sus vidas. Descubierto, fue fusilado
por orden de su general, sin más trámite por haber transgredido las órdenes superiores.
Los historiadores pusieron
esta vez orden en las cosas. Un suboficial, apenas un cabo, se levantó
contra toda la maquinaria del odio, del racismo, de la ley cobarde de la
obediencia. Ocurrió en 1942, en territorio ocupado de Lituania. El cabo
del ejército alemán Anton Schmid, nacido en Viena, fue comandado a Vilna,
ciudad lituana con una numerosa población judía, tan es así que era
llamada “La Jerusalén de Lituania”, por ser centro de la cultura hebrea de
toda esa región. A él le dieron el mando sobre 140 judíos que debían
trabajar para la Wehrmacht. Al resto de la población de ese origen se los
reunió en ghettos, donde se hacían “selecciones”, y a quienes no se los
consideraba capaces de resistir largas jornadas de trabajo se los remitía
a la aldea de Ponary, donde eran fusilados. Los niños eran previamente
“desaparecidos”. Cuando el cabo Anton Schmid presenció todo eso, decidió
ayudar a los perseguidos. El escritor y cazador de nazis Simón Wiesenthal
ha reproducido declaraciones de judíos de Vilna en las que se refirieron
al cabo Anton Schmid: “Bajo un riesgo absoluto entraba en el ghetto para
llevar alimentos a los hambrientos judíos. En sus bolsillos escondía
mamaderas con leche para los bebés. El sabía que en los bosques había
judíos escondidos y se preocupó por hacerles llegar alimentos y
medicamentos así también como armas de la Wehrmacht para que defendieran
sus vidas. Hasta prestó su casa para refugiar a perseguidos.” En un
documento de judíos perseguidos se informa que “Anton Schmid hizo todo sin
esperar agradecimiento. Lo hacía de pura bondad. Para nosotros, ese hombre
alto, delgado, tranquilo, en su uniforme de soldado alemán era algo así
como un santo.” En las cartas que escribió a su mujer Steffi y a su hija
Grete esperaba ya su rápido fin, pero lo explicaba diciendo que no podía
de otra manera, que poseía un “corazón demasiado blando”. Descubierto en
enero de 1942 se lo llevó al tribunal militar de la Wehrmacht quien lo
condenó a muerte el 27 de febrero. El fusilamiento se efectuó el 13 de
abril de 1942. De él se conserva una tierna carta de despedida enviada a
su mujer y su hija escrita en la noche anterior a su muerte. Su caso
fue citado en el juicio a Eichmann, en 1961, en Jerusalén, justamente para
contradecir la defensa del “obediencia debida” del verdugo. La escritora
Hannah Arendt, en su libro La banalidad del mal señala: “Anton Schmid
tenía a su cargo una unidad de soldados alemanes que habían quedado
separados por la guerra de sus regimientos. En esa tarea, Schmid entró en
contacto con miembros del movimiento de resistencia judía, entre ellos
estaba Kovner, uno de sus principales miembros. Schmid ayudó a los judíos
con papeles falsos. Jamás aceptó dinero por esa ayuda. Kovner dirá todo,
como testigo, en la sala del juicio a Eichmann. “Cuando hizo ese relato
–señala Hanna Arendt–, la sala guardó absoluto silencio y cuando el
testigo terminó, ese silencio siguió durante dos minutos como si la
multitud hubiera decidido espontáneamente guardar silencio en honor deese
cabo llamado Anton Schmid”. Y continúa la famosa escritora: “Y en esos dos
minutos, que fueron como un repentino rayo de luz en medio de una
impenetrable oscuridad, se esbozó un único pensamiento claro, irrefutable,
indudable: qué diferente sería la historia hoy en esta sala judicial, en
Israel, en Alemania, en toda Europa, tal vez en todos los países del
mundo, si existieran más de estas historias para poder
relatarlas”. Anton Schmid no pertenecía a ninguna organización, a
ningún partido político, a ninguna religión, era un artesano obligado a ir
a la guerra. Era sólo un civil a quien le habían impuesto un
uniforme. Cincuenta y cinco años después, se le pone su nombre a un
cuartel del ejército heredero del que ordenó fusilarlo. Y para ello se
desecha el nombre que tenía el cuartel, el del general Günther Rüdel, un
obediente de Hitler. Todo un símbolo, más que un símbolo, una profunda
enseñanza moral. Tal vez hubiera sido mejor poner el nombre de Anton
Schmid a una escuela y no a un cuartel. Estamos seguros de que el héroe
civil lo hubiera preferido. Pero por otra parte, esto de poner a los
soldados como ejemplo no al general obediente debido sino al cabo rebelde
y profundamente humanitario es todo un símbolo que ojalá prenda en más de
un espíritu generoso. Pero la alegría también llegó desde el Sur: en la
Argentina no se permitió que uno de los más feroces represores de los años
setenta, el general Bussi, asumiera como diputado de la Nación. Esta vez
hubo pocos legisladores obedientes debidos, sólo siete, uno de ellos
secuaz de “tiro fácil”, Patti (no podía ser de otra manera). Por dignidad,
el cuerpo no podía permitir la entrada de Bussi, figura sacada de la
galería de la muerte argentina. Pero claro, ahora hay que mandarlo a donde
pertenece, a la cárcel. Decíamos que la Memoria también avanza en la
Argentina, aunque muy lentamente. Y si no recordemos el tema de los niños
desaparecidos. Pero no sólo de ahora sino de hace más de un siglo. En el
comienzo de su film Botín de guerra, David Blaustein hace mención a los
niños indígenas que luego del genocidio llamado eufemísticamente “campaña
del desierto”, fueron quitados a sus padres y entregados a familias bien
de Buenos Aires para que fueran educados dentro de las reglas civilizadas
y cristianas. Palabras para encubrir la realidad de que fueron usados como
peones y sirvientes. El ejército argentino comenzaba así un rito macabro
que iba a terminar con el robo de niños de los setenta. Pero la sociedad
argentina siguió obediente la línea histórica de cronistas oficiales y
nunca hizo la autocrítica del genocidio indígena, el robo de sus tierras,
el aprovechamiento de ellas por la gente del poder y sus
allegados. Todo lo contrario. Esos asesinos de uniforme y de levita
además de cometer un genocidio brutal se quedaron con las tierras y, como
si fuera poco, sus nombres están consagrados en las pampas con ciudades,
montañas, lagos. (El general Roca mismo recibió quince mil hectáreas como
botín de guerra y regaló a los hijitos de los mapuches, pehuenches,
ranqueles, tehuelches, etc. a sus amistades de alcurnia). Lo dirá todo el
testimonio posterior del comandante Prado, uno de los protagonistas de la
campaña, quien escribirá más tarde desengañado: “Al ver después
despilfarrada la tierra pública, comercializada en concesiones fabulosas
de treinta y más leguas, daban ganas de maldecir la conquista lamentando
que las tierras no se hallasen aún en manos de los caciques Renque Curá o
Saihueque”. No, pero los porteños les seguimos mostrando a los restos
de las poblaciones autóctonas que hasta hoy la victoria fue total y que se
tienen que aguantar en sus regiones los nombres de sus verdugos y ladrones
de sus hijos y de sus tierras. Tendrán que ser esas poblaciones por sí
mismas y los argentinos de bien que los acompañen quienes dispongan que el
nombre de Inacayal reemplace al del general Roca y el de Arbolito al del
coronel Rauch. Si no, seguiremos siendo los obedientes debidos de
siempre.
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