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El gran relato de Juan Pablo II Hay “tiempos ejes”, como postulaba Karl Jaspers con respecto a la historia, que marcan una biografía. Karol Wojtyla no eligió la fecha de su nacimiento ni el lugar donde la Providencia, para los creyentes, o el mero azar, para los agnósticos, lo había situado. Pero el año 1920 y la encrucijada de apetencias imperiales desde la cual Polonia buscaba afirmar una identidad de país independiente marcaron para siempre su derrotero. Las narrativas que conocemos sobre la juventud de Wojtyla coinciden en un aspecto que también hace las veces de un “tiempo eje” en su vida. Estudiante universitario, devoto del teatro, miembro de grupos religiosos, dos años después de la invasión a Polonia de la Alemania nazi, Wojtyla abrazó el sacerdocio, en 1941. Lo hizo en la clandestinidad mientras trabajaba en una fábrica. Los seis años de padecimientos que sepultaron a Polonia en un cementerio de ignominia y cámaras de gas, le dieron al sacerdote ordenado en 1946 la medida del horror. A diferencia de algunos estudiosos del totalitarismo que analizaron los rasgos de esa forma de dominación desde la condición del exilio o de una vida académica sin mayores sobresaltos, Wojtyla llevó a cabo ese aprendizaje descubriendo en carne propia la noche y la niebla letal del mundo concentracionario (“al demonio, ya se sabe –escribió el gran novelista austríaco Joseph Roth, en 1938–, no le gusta la transparencia). |
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El futuro Papa vivió el desafío de su fe en esa época oscura. No fue pues necesario explicarle a Wojtyla la tragedia de la Shoa: cuando se asume como si fuera propio el sufrimiento del pueblo judío en una sociedad contaminada por corrientes antisemitas, huelgan las explicaciones. Acaso haya sido esta la revelación más trascendente de la libertad y del pluralismo. Esos valores –vale la pena insistir– no los conoció Wojtyla en su juventud merced a su pacífico desarrollo en el marco de la ley sino, al contrario, debido a su radical negación. Sabemos que en los países de Europa del Este, a la experiencia nacionalsocialista sucedió, en breve lapso, la arremetida del comunismo de Stalin. El itinerario de Wojtyla, en su condición primero de sacerdote y luego de obispo, se inscribió en esa segunda historia de la opresión. La Iglesia Católica delineó entonces en Polonia un límite fáctico, religioso y cultural, frente al avance del Estado. De factor predominante, la religión se convirtió así en un factor limitante y, por ende, en una garantía real del pluralismo. Esta suerte de “libertad negativa”, más tributaria de la tradición que de la ley, cobraría, con el paso de los años, una importancia creciente. Cuando el cardenal Wojtyla asumió el pontificado, el 22 de octubre de 1978, ese conflicto establecido entre comunistas y católicos se arrastraba, entre picos de tensión y precarios apaciguamientos, desde hacía treinta años. En ese momento, muy pocos auguraban un colapso del imperio soviético (L’Empire éclaté, de Hélène Carrère d’Encausse, un libro adelantado para su época, se publicó en 1978). El propio Raymond Aron, uno de los más importantes críticos del totalitarismo, en su libro inconcluso de 1983, el año de su muerte, no contemplaba el desenvolvimiento de una crisis terminal en el régimen soviético. Por su parte, recién en 1989, Zbigniew Brzezinski daría a conocer El gran fracaso donde, si bien pronosticaba el derrumbe, dudaba acerca de si éste llegaría por la vía pacífica o la violenta. Con esto queda claro que, en 1978, faltaba recorrer todavía un largo trecho. |
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El 2 de junio de 1979, Juan Pablo II viajó a Polonia y proclamó, de cara a inmensas muchedumbres, que lejos de aceptar la realidad de un poder congelado, la libertad debía abrirse paso y rechazar con esperanza el conformismo del miedo. Si estos gestos daban pábulo para encarar una cruzada contra el comunismo, la actitud suplicante del Papa postrándose en la tierra de Auschwitz involucró también la lacerante memoria del nacionalsocialismo. Una sola tragedia convocaba en aquel lugar el dolor y el arrepentimiento de la conciencia. Este preámbulo a la década del ochenta tuvo la característica de presentarse en un contexto cultural en el que comenzaba a dudarse acerca de los “grandes relatos” de la historia, vale decir, aquellas fáusticas combinaciones de certeza científica y profetismo secular que fijaban un porvenir a la humanidad de inevitable consumación. Muy pronto los conceptos duros del pasado comenzaron a ser reemplazados por palabras que daban cuenta de la levedad, el vacío, las relaciones líquidas en lugar de los vínculos sólidos de antaño, la fugacidad, en fin, y la relatividad de los asuntos humanos. Lo fragmentario, lo que nunca parece estar en su lugar, pretendió reemplazar a la gran apuesta universal de la época moderna. Posmodernidad, se decía, y se dice todavía con menos énfasis. Lo paradójico de esta trama, que parece hecha a medida de la velocidad de los cambios, es que esa caducidad de los grandes relatos y la consiguiente complicidad de tantos intelectuales, a derecha e izquierda, con los crímenes e ilusiones derivados del proyecto totalitario, no llegó solamente de la mano de aquel novedoso escepticismo hacia las “religiones seculares” ínsitas en las promesas revolucionarias. Llegó también a la grupa de otro gran relato, afincado en una religión trascendente, que, al poner en movimiento a las sociedades, exponía a la vez las razones por las cuales defender una concepción abarcadora de la naturaleza humana y de la libertad. Por la voz de Juan Pablo II esa compacta doctrina echó a rodar en aquel año de 1979. Otro tiempo eje que habría de culminar una década después con la caída del Muro de Berlín. No faltaron en esta operación los condimentos del poder, las alianzas estratégicas con los Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan y la ostensible decadencia económica y burocrática del imperio soviético (fenómeno que, obvio es recordarlo, no se produjo en China). Pero quizá lo que importe destacar aquí es el hecho mismo de una visión principista del mundo que se superpone a la mutación silenciosa impulsada por la ciencia, la tecnología y la desacralización de la vida. Algunas consecuencias posibles de estos fenómenos disgustaron tanto a Juan Pablo II como los profundos cambios que en los últimos años se advierten en los campos vinculados con el desarrollo del capitalismo a escala global, con el papel de la mujer, la moral familiar y el comportamiento sexual. Sobre estos tres últimos puntos, el rigor conservador de la doctrina –tanto hacia fuera como hacia dentro de la Iglesia– se impuso sin atenuantes. ¿Sería redundante aseverar que grandes porciones de la humanidad y el concierto de los gobernantes despiden en estos días a una personalidad de perfil polifacético? Juan Pablo II vivió con rapidez vertiginosa el tránsito entre la libertad perdida y la libertad recuperada; presenció la emergencia del terrorismo y de una nueva concepción de la guerra; prosiguió el diálogo ecuménico sin cejar en la afirmación de verdades dogmáticas; reconoció errores cometidos por la Iglesia en el pasado y entendió que, por lo menos, el mundo necesita hacer suyo un concepto universal de la paz. Y todo ello llegó envuelto en un carisma mediático que en general encanta y a algunos fastidia. Con él se va uno de los protagonistas del siglo XX. Por
Natalio R. Botana |
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