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El análisis Kirchner equivocó la apreciación política Esta vez Néstor Kirchner estuvo en consonancia con el protocolo, pero quizás haya equivocado la apreciación política y la dimensión humana de la muerte de Juan Pablo II. Fue, en rigor, imprevista y sorprendente la conmoción mundial que provocó la muerte de un papa viejo y enfermo, cuya agonía estuvo virtualmente expuesta ante los ojos de la opinión pública. La leyenda de que sólo la muerte joven e inesperada desata el mito demostró ser, en este caso, sólo un mito. En efecto, la Secretaría de Culto le informó al Presidente, no bien se agotó la vida de Juan Pablo II, que el protocolo indica que una delegación de alto nivel debe viajar para las exequias del Pontífice muerto. Los jefes de Estado concurren luego al acto solemne de asunción del nuevo Papa, prevista dentro de los diez días posteriores a su elección. Según esa antigua norma burocrática, fue correcta la designación del vicepresidente Daniel Scioli para la ceremonia póstuma de Juan Pablo II. |
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Pero la misma norma (son preceptos extraídos del Vaticano) rige para George W. Bush, para Jacques Chirac, para el rey Juan Carlos o para Lula da Silva. Sin embargo, todos ellos, entre muchos más jefes de Estado, decidieron darle un adiós personal al Papa que gobernó la Iglesia durante más de un cuarto de siglo. Ellos entendieron rápidamente que se trataba de algo más que la muerte de un hombre. Es el fin terrenal de quien se había convertido en la autoridad moral más importante del mundo. Percibieron rápidamente que su muerte significaba, también, la conclusión de una época. Abstraído de las corrientes internacionales -y remiso a reconocer en la Iglesia a una referencia importante de la sociedad argentina-, Kirchner, en cambio, no quiso rever su decisión inicial. Varios jefes de Estado anunciaron al principio que cumplirían aquella norma protocolar, pero luego se rectificaron y decidieron concurrir personalmente al sepelio del Papa difunto. Tampoco Kirchner estuvo en la misa solemne que el cardenal Jorge Bergoglio ofició en la Catedral en memoria de Juan Pablo II. La agenda presidencial no le impedía estar en la Catedral ni en Roma. Pero Kirchner resuelve con otro reflejo: nunca concurre a los lugares donde no está seguro de ser bien recibido. Tal vez haya temido una reacción contraria de la feligresía que conoce sus últimos choques con la Iglesia y con el Vaticano. Si fue así, se trató de un falso prejuicio. ¿Qué reacción política podía estallar entre personas que estaban en la Catedral dolidas por la muerte del jefe universal del catolicismo? Ninguna. Sin embargo, el Presidente suele medir todos sus actos en términos de poder. Es extraño que lo haga con la Iglesia, cuando él mismo es hijo de una familia de católicos practicantes. Pero en su propia y personal formación no existe otro termómetro que el de la política y el poder. |
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Es también, de algún modo, la relación que ha planteado con la Iglesia. Altos funcionarios del gobierno suelen deslizar reproches a una Iglesia que nunca le dedicó a Kirchner, ni a su gestión, ningún encomio. La Iglesia, en verdad, lo ha tratado muy bien. Mucho peor les fue a Raúl Alfonsín, que tuvo a casi toda la Iglesia en contra, y al propio Carlos Menem, que tenía un núcleo duro de obispos amigos, pero tenía también un grupo de prelados muy críticos. La voz mediática de esa crítica religiosa al menemismo fue seguramente el obispo emérito de Morón, Justo Laguna. El reciente caso del obispo castrense, Antonio Baseotto, reflejó los términos de lucha por el poder que Kirchner planteó con la Iglesia. Como señalan los propios obispos, Baseotto tenía sólo dos amigos antes del conflicto: el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, y el ex embajador argentino en el Vaticano Esteban Caselli. Funcionarios oficiales aceptaron que Kirchner aprovechó la equivocación de Baseotto para dirimir posiciones de poder con la Iglesia. Es cierto que el escándalo político provocó el abroquelamiento en la conducción religiosa, pero es igualmente veraz que la acción del oficialismo sirvió para reabrir las heridas internas dentro de la Iglesia. Kirchner no hubiera salido fácil ni oportunamente de la colisión sin las acciones del cardenal Bergoglio, un militante de la conciliación, y del obispo de San Isidro, Jorge Casaretto, un obstinado dialoguista. El Presidente habría pasado un momento desagradable, en verdad, si la muerte del Papa lo hubiera sorprendido en extrema tensión con el Vaticano. No obstante, la relación con toda la Iglesia quedó seriamente dañada desde la sobreactuación oficial por el caso Baseotto, aún con los obispos más indulgentes. Para muchos de ellos, el Presidente está más pendiente de sectores políticos dispuestos a entablar una "lucha cultural", y no sólo una lucha por el poder, con la Iglesia. Ninguno puede, desde ya, aceptar que el Presidente releve a un obispo, una facultad exclusiva del Papa, según la ley de la Iglesia. El Vaticano le recordó esa atribución en su última carta, que tenía también un tono conciliador. Pero esa posición conciliadora no debería ser transformada por el gobierno en un triunfo político. No lo hizo Kirchner ni el canciller Rafael Bielsa, que es también ministro de Culto, pero cierto triunfalismo, fundado en la ignorancia, fue perceptible en otros despachos oficiales. Juan Pablo II inauguró prácticamente el estilo de compromiso personal de su papado cuando impidió una guerra fratricida e inútil entre la Argentina y Chile por cuestiones limítrofes, que luego resolvieron las democracias de ambos países. Sin él, la guerra hubiera sido inevitable y de largas consecuencias para la relación entre las dos naciones. Extrañamente no estarán en sus exequias ni Ricardo Lagos, socialista, ni Néstor Kirchner. Lagos prefirió quedarse al lado de su madre enferma, que tiene más de 100 años. Kirchner se dejó acompañar por el protocolo con el proyecto, quizá, de anudar otro vínculo de política y de poder con el nuevo papa. Por Joaquín Morales Solá La Nacion, 6 de abril de 2005 |
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