|
Opinión El
martillo de plata Karol, Karol, Karol. El cardenal camarlengo golpeó por tres veces la frente del pontífice fallecido y, al no obtener respuesta, pudo confirmar oficialmente su óbito. Cabe pensar que, al mismo tiempo, un médico forense o un juez hicieron la correspondiente confirmación científica y civil, con arreglo a las leyes, de la muerte del Papa. Entre el aluvión de informaciones sobre los rituales procedimentales subsiguientes al fallecimiento de Juan Pablo II de los que nos hemos hecho cargo en estas horas, el uso de ese martillo de plata -y la consecuente destrucción a golpes del anillo papal- es un magnífico detalle del carácter teatral y novelesco, de la inmersión en los parámetros de la representación y de la ficción, de cuanto nutre, con la solemnidad requerida, la vida y el universo de la Iglesia en las grandes y no tan grandes ocasiones. El martillo de plata. Buen título para un relato novelesco al estilo de El código Da Vinci, denostado por el Vaticano, pero alimentador, entre sus millones de lectores, de las dosis de enigmas y misterios que vertebran la religión y que nos siguen atrayendo hacia territorios de fascinación en los que la simple razón no alcanza compensaciones y necesita dar un paso hacia configuraciones argumentales de entraña sobrenatural. |
|||||||||||||
|
|||||||||||||
|
|||||||||||||
El siglo de las luces, la Ilustración, el materialismo, el cientifismo, el racionalismo, en fin, han prendido en una minoría de seres humanos. La mayoría, pues en absoluto es incompatible, valora y vive diversas expresiones del espíritu, estén éstas ligadas a la creencia en el alma o a las manifestaciones. más o menos evanescentes, pero vívidas, de la inteligencia y la emocionalidad. Sin embargo, por momentos parece que no declina tampoco la tendencia a la zambullida en un paisaje y en un guión de acontecimientos y liturgias sujetos a reglas distintas de las de la simple realidad. Es como si viviéramos una esquizofrenia permanente entre realidad y ficción, entre razón y fantasía, entre realismo e idealismo. Los mismos telespectadores anegados en la marea de realidad impulsada por las televisiones con la información de actualidad, los documentales, los reality y la zafia prosa rosa emanada de toda clase de vísceras, siguen en estas horas la litúrgica poesía de las campanas, la púrpura, el latín, los cánticos, los ropajes cardenalicios, los cónclaves secretos, el humo negro o blanco, los uniformes de la Guardia Suiza, el incienso, el agua bendita y la extraordinaria pintura y arquitectura vaticanas. En el auge de la novela histórica, túnel hacia el pasado y sus incógnitas, nos es dado asistir en directo y con precisa serialización en capítulos, a un formidable macrorrelato de parecidas características que nadie desaprovecha. Productores y consumidores de ficción y realidad, tan estrechamente unidas cada vez más, se complacen recíprocamente en un espectáculo que esconde, en algún lugar, las claves de la fe, del agónico duelo entre la razón y la ilusión, entre la vida y la muerte, contra la angustia y por la felicidad. |
|||||||||||||
|
|||||||||||||
|
|||||||||||||