|
El
clamor por "il Papa santo" ROMA.- Sólo 12 horas habían pasado desde la muerte de Karol Wojtyla, cuando, más allá de lo que digan los ritos, la multitud en la Plaza de San Pedro dio una nueva dimensión a su figura: la de nexo, la de puente, la de amigo en el cielo. "Il Papa santo" era el clamor en los folletos impresos a toda prisa que se repartían en los alrededores del Vaticano. Un altar con velas, con cartas, con oraciones en todos los idiomas, en los que se pedía su mediación, quedó instalado en el corazón de la plaza, en el granito que sirve de pie a las grandes farolas que la iluminan. "Juan Pablo II el Grande", decía el texto de la homilía preparada por el secretario de Estado Vaticano, Angelo Sodano. "Más que rezar nosotros por el Papa, es él quien reza por nosotros desde el cielo", repitió el sacerdote en la misa que la colectividad argentina en Roma celebró en la llamada "iglesia nacional": Nuestra Señora de los Dolores, con la imagen de la Virgen de Luján. "El Santo Padre nos protege desde el cielo", repetía el murmullo de las oraciones en la plaza, con variedad de formas y lenguas para una devoción espontánea que parecía incontenible. Ocurrió al término de la primera misa por el alma de Pontífice ya fallecido, donde la imponente escenografía vaticana habló desde temprano de la imponente ausencia. |
||||||||||||||||
|
||||||||||||||||
|
||||||||||||||||
|
La cita fue a las 10.30 y la plaza batió un nuevo récord de presencia: 120.000 personas estuvieron allí. Muchas, con los signos del cansancio por haber participado en las 48 horas de vigilia durante la agonía del Pontífice. Pero aun así, eran más y no se iban. El Papa ya no estaba, pero su voz habló desde temprano. Repetida por radios y televisores, rebotó en las calles y despertó a los romanos a partir de la seguidilla de documentales sobre su vida que emitieron todas las estaciones. Y, entre ellos, el que compendiaba una tras otra las mejores bromas que solían sazonar sus viajes. El remolino de fieles convergió, también, desde primera hora. Emergía de ómnibus atestados que, al abrir la puerta, disparaban un enjambre de pasajeros, carritos de bebe y niños en brazos. "Dove andiamo?", preguntó uno de ellos. "A vegliare il Papa", le contestó su padre. Calladas durante toda la agonía, las grandes pantallas de video por fin funcionaron. Mostraban la concelebración de la ceremonia y, más tarde, las primeras imágenes del papa muerto, la visión que causó la conmoción más fuerte del día. Fue un día difícil, en el que a los periodistas más avezados les costó transmitir la misa fúnebre sin quebrarse. Y los oficiantes, también emocionados, eran alentados con aplausos por la multitud. Pero los mejores aplausos, los más fuertes, los más largos, fueron otra vez para el ausente. Cada vez que una imagen de Juan Pablo II apareció en las pantallas, la ovación fue tan enorme como para tapar los dichos del oficiante. |
||||||||||||||||
|
||||||||||||||||
|
"Gloria, gloria", decía el coro -tan afiatado como si hubiese estado ensayando hasta ayer mismo- y, empujada por su canto, la carga de los corazones tomaba el vuelo de las palomas hasta tropezar con un dato de rotunda realidad: los francotiradores y las antenas en los puntos más altos de la explanada vaticana. En la pantalla, el rostro del Papa sonreía desde las fotos que alguien mostraba. Hubo fragor de cámaras y filmadoras: miles de peregrinos quisieron atrapar el momento aunque sólo fuera en una imagen. Mientras tanto, en la convulsión de la ciudad, la multitudinaria ceremonia se convertían en foto para los turistas. Los diarios imprimieron las suyas también, en las ediciones especiales que se agotaron apenas empezaba el día. Se desataron verdaderas batallas campales, en las que tuvieron que intervenir los carabinieri, por adquirir los últimos ejemplares. "Il papa santo", susurró la multitud, cuando todo volvió al orden. Y lo que siguió fue la vida misma: gente que lloraba, gente en silencio, gente concentrada. Otros que leían, que escribían, que miraban el juego de sus niños; gente en silla de ruedas y gente en bicicleta; niños que no quisieron dejar en casa a sus mascotas y las dejaron ladrar en la ceremonia. Todos tenían su sitio en la plaza del Papa. Y, entre todos, el inconfundible hábito blanco y azul de las Hermanas de la Caridad, las de la Madre Teresa, canonizada por Juan Pablo II en tiempo récord. La primera misa sin papa por el papa muerto terminaba. Sonaban las campanas de San Pedro y las sillas quedaban vacías. El misterio estaba más arriba, en las ventanas que fueron del Pontífice: ayer, una de ellas ventilaba el aire. La otra, la que fue su dormitorio, tuvo por primera vez las celosías cerradas. El ya no estaba allí. Estaba en algún lado entre el clamor de la plaza, el pequeño altar con oraciones y el canto de los peregrinos de países de América latina con el estribillo en indudable tiempo presente: "Eres tú mi gran amigo", el que se queda. Por
Silvia Pisani |
||||||||||||||||
|
||||||||||||||||