|
Por
Rubén Amón El Papa había muerto a las 21.37, apenas 10 minutos antes de que el portavoz vaticano, Joaquín Navarro Valls, remitiera el correo electrónico de la defunción a las principales agencias.Tenía que ser un mail, símbolo de esa aldea global que Juan Pablo II custodiaba como un patriarca. Y tenía que ser un sábado, porque el tercer secreto de Fátima advierte que la Virgen se le aparecería para anunciar su muerte el primer sábado de cualquier mes. Es la dimensión sobrenatural del Pontificado. Irrelevante para muchos laicos, pero insustituible en la misión que Juan Pablo II -Juan Pablo II el Magno como pretenden inmortalizarlo los historiadores- ha cumplido hasta ayer en la Tierra. «El Papa no ha muerto, viaja camino del cielo», decía conmovido monseñor Sodano, poco después de que monseñor Sandri confirmara que el Pontífice había «regresado a la casa del Padre». Después sobrevino el aplauso de los feligreses y comparecieron los cardenales plenipotenciarios de la Santa Sede para invocar el De profundis. Expresión latina y académica que retumbaba en la poderosa escenografía de la plaza romana mientras las ventanas de Juan Pablo II permanecían encendidas.
Era un símbolo de la ausencia, un fogonazo sugestivo, sobrenatural, que iluminaba el rostro conmovido de los fieles. Porque la gente temblaba, se desvanecía, lloraba. Imposible mantener el tipo cuando repican las campanas de toda Roma. Un martilleo funerario y doloroso que agrieta el cielo y que marca como un metrónomo la primera noche sin Juan Pablo II. Fue el cardenal español Martínez Somalo el encargado de certificar la muerte, gajes irrenunciables de su condición de camarlengo que celebró con toda la disciplina ritual. O sea, vestido de morado y escoltado por un oficial de la guardia suiza. Ahora, el purpurado riojano desempeña las funciones de regente, en espera de que los cardenales, depositarios del Gobierno ejecutivo bajo la fórmula de las congregaciones generales, constituyan la primera reunión oficial en la mañana del lunes. Lo ha confirmado Navarro Valls en el primer comunicado oficial que se divulgaba tras la muerte del Papa. También decía el portavoz vaticano que Juan Pablo II había recibido anoche la extremaunción y que había asistido a una misa antes de morir. Fue una ceremonia exclusivamente polaca, un reivindicación patriótica y sentimental oficiada por monseñor Dziwisz, secretario personal del Papa, huérfano del amigo Wojtyla y testigo insustituible de los 26 años del Pontificado. Ahora le corresponde sobrellevar el luto, empezando por el funeral que las autoridades vaticanas plantean hacia el jueves. Está confirmado, en cambio, que los restos de Juan Pablo II se expondrán públicamente el lunes, aunque todavía no ha trascendido oficialmente el día del entierro en la cripta de San Pedro. Siempre y cuando Karol Wojtyla no haya dispuesto regresar a Polonia. Una hipótesis que aguardan con fervor patriótico sus compatriotas, incluidos los que anoche enarbolaban la bandera nacional en la plaza de San Pedro. Nadie como ellos conocen las dimensiones de Juan Pablo II ni llevan tan lejos las manifestaciones de dolor. Le consideran el padre, el abuelo y el patriarca. De otro modo no estarían arrodillados, ni golpearían el suelo con los puños ni se hubieran quedado hasta el amanecer mirando de reojo la ventana encendida de Wojtyla Nunca cesaban las campanas ni las oraciones. Nadie se atrevía a marcharse. Al contrario, miles de personas transitaban sigilosamente por la avenida de la Conciliación para sumarse al padrenuestro, al avemaría y a las ovaciones espontáneas. Algunas llegaron a prolongarse durante diez minutos. Era la manifestación romana y profunda del duelo. La reacción internacional podía resumirse en el mensaje a la nación del presidente estadounidense, George W. Bush, que apareció a las once de la noche, hora española, para leer una semblanza de Juan Pablo II y concederse alguna lágrima de emoción más o menos previsible.«No le olvidaremos nunca, Santo Padre», dijo Bush. La noticia no fue una sorpresa. La sorpresa era que Juan Pablo II sobrevivía en condiciones inverosímiles al calvario de los últimos días. Se estaba apagando, consumiendo, extinguiendo igual que las velas de los fieles romanos en San Pedro. Aún así, Joaquín Navarro Valls había dicho ayer que el Papa respondía a las preguntas que se le hacían, incluso que había dejado a los jóvenes un mensaje de agradecimiento por tanto fervor y compañía en el trance del dolor. |
||||||||||
|
||||||||||
|
«Os he buscado, vosotros habéis venido a verme», señalaba Juan Pablo II en respuesta a la proliferación de adolescentes que se mantuvieron toda la noche insomnes en la plaza de San Pedro.Han sido las últimas palabras de un Pontificado que ha marcado el siglo XX. Las primeras declaraciones comparecían ayer en todas las televisiones del planeta: «Os pido que me ayudéis a corregirme cuando me equivoco (...) Os pido que recéis por mí para que pueda cumplir hasta el final la obra que Dios me ha encomendado». Ya la ha cumplido, de modo que anoche se sucedieron los primeros rituales funerarios. Empezando porque un funcionario vaticano, el maestro de cámara, despojó del anillo del pescador al Papa y lo partió en dos. Nadie puede llevarlo. Nadie puede sustituir a Juan Pablo II, cuya muerte, a los 84 años, le sorprende después de haber concebido el tercer Pontificado más largo de la Historia. Ahora se abre camino la inercia histórica y la continuidad. La misma inercia que ha forjado un dicho romano irremplazable -morto un papa se fa un altro (a Papa muerto, Papa puesto)- y que explica la llegada de los cardenales a la Casa de Santa Marta, sobrenombre del hotel vaticano que precisamente Juan Pablo II ordenó adecentar en previsión del Cónclave. No tendrá lugar este encuentro cardenalicio antes de 15 días ni después de 20, pero ya se ha convocado extraoficialmente para definir los grupos, las tendencias y las candidaturas. La Nacion, 3 de abril de 2005 |
||||||||||
|
||||||||||