| La
entrevista José María Poirier: "Occidente desilusionó
a Wojtyla" El director de la revista católica Criterio reflexiona sobre el legado de Juan Pablo II, al que define como el gran papa de la paz, capaz de condenar sin ambigüedades la guerra y de enfrentar a Bush sin perder su mirada conservadora sobre la sociedad contemporánea El Papa viajero, que trascendió las fronteras y llevó el mensaje de paz a todos los rincones del planeta, con su palabra, sus gestos y sus sacrificios, creó un estilo inconfundible en su pontificado. "Será muy difícil pensar ahora en un papa estático", reflexionó en diálogo con LA NACION el periodista José María Poirier-Lalanne, agudo observador de la realidad eclesiástica y director de la revista Criterio. "Fue un líder político en sentido pleno, en momentos en que en muchos países la política está tan desprestigiada. Karol Wojtyla significa la recuperación de la política en su mejor sentido. Lo alegraría a Aristóteles", resume este licenciado en filosofía y crítico literario de 55 años que observa el pontificado de Juan Pablo II desde una doble visión: afuera y adentro de la Iglesia. Así, encuentra muchos puntos positivos, pero también deudas pendientes, cuyo análisis la Iglesia se debe a sí misma y al mundo. "Precursor infatigable de la paz, como todos los grandes hombres reunía una personalidad compleja. Si bien se encuadró teológicamente dentro del camino trazado por el Concilio Vaticano II y por esos dos grandes papas de los cuales recoge el nombre -Juan XXIII y Pablo VI-, Juan Pablo II fue un hombre de mirada conservadora", señaló Poirier-Lalanne. |
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| -¿Qué
legado deja Juan Pablo II después de 26 años de pontificado?
-Veintiséis años de pontificado es un tiempo muy extenso. Es el tercero más largo en la historia de la Iglesia, con todo lo que eso significa de positivo pero también de complejo. Por un lado veo un Papa que cruzó las fronteras institucionales de la Iglesia y se convirtió en un referente ineludible en la vida humana y en la historia de nuestro tiempo. Un líder carismático y uno de los últimos grandes referentes. De su dimensión no hay otro. Fue protagonista de un cambio de paradigmas en la política internacional y en la sociedad: durante su pontificado desapareció la bipolaridad, terminó la Guerra Fría, cayó el mito marxista. Fue el gran Papa de la paz, que condenó sin ambigüedades la guerra y enfrentó al presidente Bush. Al mismo tiempo, fue un hombre de mirada conservadora. En su papado quedaron en suspenso muchos debates, sobre todo los que hacen referencia a la teología moral, a la colegialidad episcopal, al lugar de la mujer en la Iglesia. Se percibe una presencia desproporcionada de la Curia en el momento en que él se enferma. -¿Eso fue una constancia a lo largo de su pontificado o se dio particularmente en los últimos años? -Se notó más en los últimos años. Su primer secretario de Estado era el cardenal francés Jean Villot, que había sido designado por Pablo VI. Se percibió particularmente a partir de la aparición del cardenal Angelo Sodano en la Secretaría de Estado (en 1991) y, en forma creciente, en la medida en que el Papa se fue concentrando en los temas que realmente le preocupaban, como la paz, el ecumenismo, el diálogo interreligioso. Esos son temas de su agenda personal. Muchos otros quedaron librados al trabajo rutinario. No tenía el conocimiento de la Curia romana que tenía Pablo VI. Juan Pablo II llegó de la historia polaca, sólo conoció tiempos de resistencia y persecución. Nunca había vivido en libertad. Conoció el nazismo, el comunismo y después el Vaticano. Y, al mismo tiempo, tenía una personalidad enorme, muy luchadora. Por eso era muy difícil pensar en la renuncia de este Papa. Hubiera sido muy oportuna la discusión sobre la renuncia del Papa, pero era difícil pensarla en la personalidad de Wojtyla, un hombre acostumbrado a luchar hasta las últimas consecuencias. -¿Es escuchada hoy en el mundo la voz de la Iglesia? -La voz del Papa sí, sobre todo en cuestiones internacionales, ecuménicas e interreligiosas. El entabló siempre un lazo afectivo con la gente. Muchos lo quisimos mucho, pero no sé si tantos compartían con él sus ideas en determinados campos. La Iglesia es escuchada menos que en otros momentos, pero sigue siendo una institución creíble en un mundo donde las instituciones se han vuelto poco creíbles. Si la Iglesia se concentrara más en el mensaje religioso encontraría una audiencia específica. Es más difícil cuando se pretende intervenir en conflictos culturales, políticos, sociales, donde la materia exige pluralidad de miradas. No hay un pensamiento católico. Hay pensamientos que se pueden inspirar en las reflexiones evangélicas o en la tradición católica. Juan Pablo II trató de seguir con estilo propio el camino trazado por el Concilio Vaticano II. La pregunta que no me sabría responder es si él hubiera convocado el concilio. -¿Qué significado tiene hoy la figura del Papa en la sociedad? -Influyó mucho la personalidad de este Papa. Fue un gran comunicador. Cuando él explicaba el conflicto que tuvo al decidir entre su vocación sacerdotal y su vocación por el teatro marca la profundidad de su elección. Fue un actor nato, con enorme capacidad de comunicación. Sus últimos momentos habrán tenido una significación muy especial para él, porque no podía dirigir la palabra y su gestualidad estaba distorsionada por su enfermedad. -¿La gente dejó de sentir la palabra del Papa como la palabra de Dios? -Quizá la sociedad contemporánea, al mismo tiempo que necesita palabras rectoras no cree en las palabras rectoras. Es una contradicción positiva: necesitamos certezas pero no creemos en las certezas tan fáciles. Muchos de los debates que han quedado pendientes se tendrán que retomar en los próximos años. Prevalece mucho la imagen paterna de Wojtyla. En la medida en que la Iglesia es una asamblea que va creciendo en su madurez, la colegialidad irá ganando espacio. |
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| -¿Cómo
se explica la contradicción de que temas como el aborto y las uniones
de hecho, por ejemplo, avancen en países que son histórica y mayoritariamente
católicos?
-Es un tema complejo. Así como uno puede sentir por su propio padre un profundo cariño y respeto, se puede tener divergencia de ideas y eso no altera la relación afectiva y de coincidencias en otros campos. Lo negativo es cerrarse al debate serio. No sirve decir "de esto no se habla". Eso es tratar al pueblo de Dios, a los católicos, como si estuvieran en estado de minoridad. Y en algún momento la vida de la Iglesia tiene que ser asumida como una vida adulta. Además, si se admite que haya temas de los que no se puede hablar se corre el riesgo de confundir y poner todo en la misma bolsa: la eutanasia, el aborto, el suicidio asistido y el anticonceptivo, temas muy distintos. El tabú lleva a grandes confusiones. -¿El Papa quedó desencantado con Occidente? -Entiendo que sí, por la historia del Papa. En una Polonia prisionera de un sistema, alejada de Europa, olvidada por el resto del mundo, Occidente y la libertad eran vistos como la panacea. Cuando después él se encontró con ciertos aspectos decadentes de Occidente, con un capitalismo salvaje, la justificación de la guerra por motivos económicos, hubo una desilusión. Este Papa ha tenido siempre una gran percepción de los contextos. Ha cambiado discursos en medio de sus viajes. Cuando visitó la Argentina, por ejemplo, le habían aconsejado que no usara la palabra "desaparecidos". Y en la misa celebrada en la avenida 9 de Julio, en 1987, dijo abiertamente: "Nunca más desaparecidos". Es un papa que ha pedido perdón por todos los pecados de la Iglesia. -¿Condiciona a la Iglesia el escenario de secularismo e indiferencia religiosa que caracteriza hoy al mundo? -Innegablemente lo condiciona. Hay autores que hablan de una etapa poscristiana.Yo creo que estamos en una etapa donde lo religioso se mira de manera distinta. Siempre existe una religiosidad popular, que apela a los elementos más simples y genuinos. Pero tiene que ir acompañada por una reflexión en los distintos campos. -¿La doctrina de la Iglesia necesita un aggiornamiento? -Lo necesita constantemente. La vida es así. En las instituciones cuesta más, pero cuando uno deja de lado el aggiornamiento es como si dejara de lado la circulación de la sangre o la respiración. El organismo muere. Constantemente hay que estar pensando los temas. Es un signo de vida. En los últimos 30 años, el avance de la medicina y de los cuidados médicos para una sobrevida han planteado temas nuevos. Hoy pensar en un cargo vitalicio es casi imposible. Cuando se hablaba con derecho, a mi entender, de la renuncia papal no se estaba desprestigiando a la persona, sino que se diferencia la calidad espiritual y moral de esa persona de la capacidad de gobierno, que es distinto. Y la capacidad de gobierno había quedado duramente resentida con la enfermedad. -¿El entorno del Papa que manejó sus apariciones públicas en sus últimos días ha demostrado estar a la altura de la figura del Pontífice? -Hubiera preferido mayor pudor. Hubo una sobreexposición, por dos motivos: la personalidad del Papa, un hombre muy fuerte y de mucho carácter, y por un entorno que no pudo o no supo acompañarlo debidamente. -¿Qué desafíos le esperan al próximo papa? -Los desafíos de su sucesor los va a ir imponiendo la sociedad misma. Son los desafíos que vive la sociedad. En una sociedad tan cambiante es muy difícil armar una agenda fija. Pero hay temas que por distintos motivos no se han afrontado, como un serio replanteo de los temas de teología moral, el tema de la colegialidad, el papel de la mujer en la Iglesia, el ejercicio del papado de una manera que guarde relación con el ecumenismo. -¿La posibilidad de que estos temas se replanteen dependerá de quién resulte elegido? -Los temas van a estar, pero quien resulte elegido recogerá o no la agenda. En una estructura como la Iglesia actual, el Papa tiene un enorme poder. Por Mariano de Vedia, La Nacion, Domingo 3 de abril de 2005 El
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