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El
velatorio Por
Ruben Amón
De otro modo hubiera sido impensable que los televidentes pudieran asistir desde casa al trance de la bendición. Vimos a monseñor Martínez Somalo esparcir con agua santa el cadáver de Juan Pablo II y formular sobre el sueño eterno una fórmula latina. Sucedió después de haberse honrado la memoria del Papa con el boato de una misa multitudinaria. Cien mil personas abarrotaron la plaza de San Pedro sin miedo a interrumpir la solemnidad del ritual aplaudiendo cada vez que se pronunciaba el nombre del Papa. |
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| Lo hizo con voz atiplada el cardenal Sodano, oficiante de la misa para el sufragio del alma de Juan Pablo II el Grande. Así lo bautizó el purpurado italiano concediendo a Karol Wojtyla la dignidad de un santo y los honores de un Pontífice histórico. Había una sorpresa. Monseñor Sandri, la voz del Papa cuando no podía hablar, sorprendió a todos con un mensaje que Juan Pablo II había dejado escrito: «Es el amor el que convierte los corazones y dona la paz, para una Humanidad que a veces parece perdida y dominada por el mal, el egoísmo y el miedo». Nada que ver con el lenguaje funcionarial que se desprendía del certificado médico dado a conocer ayer con la firma del doctor Buzzonetti. «Certifico que Su Santidad Juan Pablo II, nacido en Wadowice el 18 de mayo de 1920, residente en la Ciudad del Vaticano, ciudadano vaticano, falleció a las 21.37 horas del día 2 de abril de 2005 en su apartamento en el Palacio Apostólico Vaticano a causa de shock séptico y de colapso cardiocirculatorio irreversible». Karol Wojtyla ha sido embalsamado cuidadosamente, para evitar los contratiempos que se produjeron tras la muerte de Pablo VI. El cuerpo del Pontífice italiano se había deteriorado de tal modo que las autoridades vaticanas decidieron cerrar el ataúd antes del plazo fijado para la exposición del cadáver. |
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