Yo como todos los niños tenia mucha imaginación, las carencias materiales hacían estragos, total soñar no costaba dinero, así que podíamos soñar hasta el letargo.
Desde la estrecha calle donde yo vivía se veía pasar a lo lejos, por la ALJAIMA, entre los limoneros, los viejos trenes desvencijados transportando los productos de la huerta del Guadalhorce. en las tórridas noches de verano, la gente de mi calle salían a la puerta con sus sillas, su abanico, la biznaga de jazmines es el pelo, el perfume de la dama de noche traspasaba las tapias de los patios. La calle toda encalada de un blanco inmaculado el suelo empedrado con cantos rodados, el ambiente entre los vecinos adquiría un tono familiar. Mientras los más pequeños jugábamos al escondite, o tomábamos una sobredosis de alimento a base de altramuces, dado que por aquella época recuerdo que la alimentación era bastante escasa generalmente a base de productos de la huerta, cocinados con mayor o menor acierto, mucho gazpacho, patatas fritas, con aceite de oliva del de entonces comprado en el molino sin más refinamientos, el aceite formaba parte importante en nuestra dieta, para desayunar tomábamos pan tostado untado con ajo y aceite, para merendar más pan con aceite, a veces cuando protestábamos por lo poco variado de la dieta nos daban la pagina de las esquelas mortuorias de algún periódico viejo para que nos sirviéramos el fiambre que más nos gustara. Pero llegando un momento se hacia el silencio más absoluto, en la vieja radio de galena se oía la voz de la locutora anunciando que comenzaba el programa, desde radio Miramar (España para los españoles). Lo que hasta aquel momento había sido un rato de distensión, charla con los vecinos, y juego para los más pequeños, se tornaba en tristeza, melancolía por los seres queridos, y que se encontraban ausentes, engrosando las filas de la emigración, producto de la España grande y libre, pero que el estomago lo tenia aletargado o sumí inconsciente por la falta de ejercicio.
Aquellas reuniones vecinales alcanzaban su punto culminante, cuando a través de las ondas se escuchaba la voz de Antonio Molina, cantando a dúo al amor materno y al amor patrio, (ni Alemania ni Francia niña podrán borrarle el recuerdo de España niña ni el de su madre) se oían con gran estrépito los suspiros, gimoteos , y los sorbetones que daban a las fosas nasales. En otras ocasiones le tocaba el turno a don Juan Valderrama con su España querida dentro de mi alma te llevo metida, así entre unas cosas y otras se hacia el otoño – invierno, las emisiones de radio Miramar continuaban pero se escuchaban más en la intimidad, sentados al brasero de la mesa camilla.
En aquellos días el fenómeno de la emigración, a los países del milagro económico Europeo, era tan necesario que yo creo que llego a ponerse de moda, y por lo visto les sentaba muy bien, a juzgar por los comentarios que hacían los mayores, cuando llegaba la navidad volvían todos en avalancha a pasar las pascuas con sus familias, he visto a fulano esta muy bien, ha venido muy gordo, muy blanquito, con mucho ser de cara, se nota que por ahí arriba el trabajo no mata tanto ni tienen el achicharradero de estar todo el día tirados en el campo cavando, además creo que ha traído un dinerito muy saneado. Cuando oíamos este tipo de comentarios, unido a las chulerías que les traían, un reloj, con un dibujo en la esfera con un vaquero en su caballo si dejar de disparar, alguna pluma estilográfica, se nos ponían los dientes largos, nos daban una envidia, casi con ganas de decirle padre váyase a Alemania. Al mediodía durante todos los días del año, la gente corría hasta la oficina de correos, situada en la calle de el viento a esperar que el señor Miranda que era el cartero hiciera la clasificación de las cartas , allí mismo empezaba el reparto, si por algún motivo ese día alguien no podía ir a coger la correspondencia se entregaba a la vecina, muchas mujeres no podían esperar a llegar a su casa para leer la carta y lo hacían por el camino, mientras en una mano sujetaban el papel con la otra sostenían el pañuelo. Algunas mujeres eran analfabetas, nos mandaban leerles las cartas, que casi siempre empezaban así. Mis queridos padres, me alegra saber que al recibo de mi carta estáis todos bien, yo estoy bien gracias a Dios, luego ya pasaban a contar más cosas, pocas porque en una cuartilla y con aquella letra grande y desparramada no se podía escribir mucho.
Todas las noches estaba atento al paso de la cochinita que llamaban al tren correo que había salido de la capital con destino a Madrid, cuando se oía el chuf chuf de sus desengrasadas ruedas excéntricas, daba rienda suelta a la imaginación, me veía subido en un tren camino de cualquier parte, decidido a conquistar el mundo. Que infortunio el mío mi padre nunca fue a Alemania, era analfabeto, y para ser emigrante en Alemania, aparte de tener mucha necesidad, tenían que saber al menos las cuatro reglas, así que me quede con las ganas de tener un reloj que pegaba tiros, mi pluma estilográfica había volado y así muchos sueños se venían abajo, creándome un estado de desanimo serio para mis años. Las cosas en el pueblo no se arreglaban la miseria, la falta de trabajo, las riadas que dejaban los campos anegados de agua, sin que los hombres pudieran salir a ganarse el pan de su familia, hacia que el fenómeno de emigración interna para los más parias de los parias, fuera tomando visos de realidad, unos fueron a Barcelona, otros a Valencia a trabajar en el campo, pero los más tomaron rumbo a Bilbao, trabajar en la industria del hierro o la construcción que en aquellos años necesitaba mano de obra barata. Algunos vecinos de la calle, el Desi, el Enrique Montoya, fueron de los primeros en emigrar, no os podéis imaginar que drama, estaba la calle arriba de bote en bote pues era toda la familia la que emigraba, vecinos, familiares más o menos allegados, aquello parecía el día de la virgen. Se fueron y notabas un gran vacío pues tus amigos ya no estaban, ibas a buscarlos para jugar y en su lugar encontrabas a una viejecita hecha un mar de lagrimas, y es que el fenómeno de la emigración de los niños, yo no lo entendía bueno que emigraran los padres era algo a lo que estábamos acostumbrados pero los niños que culpa tenían, ni que responsabilidad, a parte de ser poco resolutivo, gastar el poco dinero que tenían las familias en un billete de tren, para mi hubiera sido más fácil que los dejaran con sus abuelas, por lo menos me hubieran ahorrado el trauma de tener que sentarme al lado de las abuelas a llorar, porque no es lo mismo llorar solo que cuando alguien te acompaña yo lo tenía como algo de ida y vuelta, pero aquellos ya no volvieron, se quedaron para siempre en Baracaldo. También se daba otro fenómeno el de la emigración temporal, bien fuera para ir a la vendimia a Francia o para irse a la Palmas, no precisamente de vacaciones, mi amigo Ramón era un asiduo a esta practica, vivía unas casas más arriba casi pegando al Toleillo era el pequeño de tres hermanos, su padre era leñador parece cuento pero es cierto José el lobo era leñador en invierno, se ganaba la vida abasteciendo de leña para cocer el pan en la tahona de Miguel Fijones.
Aquello funcionaba como los fichajes de fútbol, si tenía tiempo y necesidad y podia vender unas cargas de leña a otro del gremio no podía trabajar para la competencia, tenía que desistir y guardar la leña para el día siguiente, porque el tal marchante no se la compraba.
Cuando el curso tocaba a su fin, a veces un poco antes aparejaba su padre el borrico, cargaba a su lomo los cuatro aperos y se largaban todos excepto la abuela y el tío Manuel. Siempre iban a la misma zona, San Roque, La Linea Algeciras, ahora se que no esta muy lejos pero en mi infancia lo ignoraba, hacer toda esa travesía en borrico, me pareció siempre aventurado, menos mal que el borrico aquel no sabía nadar que sino les hubiera pasado el estrecho y a saber donde hubieran ido a parar a cortar parmas para hacer escobas, forrajes para colchones y otros productos para el subdesarrollo. Al día siguiente subía calle arriba, llegaba a su puerta, sin llamar entraba y le preguntaba a su abuela, Ramolicha y tu Ramón cuando vienen, hacia apenas unas horas que habían salido, o peor aún no habrían llegado a su destino, así pasaba el verano, añorando a unos y otros en medio del tórrido sol salpicado de algún que otro baño en las acequias, hacía el mediodía subíamos al castillo a cazar chicharras, trepábamos hasta la copa de los almendros, era bastante difícil localizarlas, al menor ruido dejaban de cantar, tenias que estar agazapado hasta que volvían otra vez a entonar su mea culpa, a veces ocurría que desde los patios de nuestras casas bastante próximos éramos observados por nuestras madres, empezaban los gritos que tenían la virtud de retrasar nuestras capturas. Cuando el sol se ocultaba en el horizonte todavía media tarde en verano, nos íbamos a jugar algún partido de fútbol a lo del chinche, cosa que tampoco era del agrado de nuestras madres, nos destrozábamos las alpargatas, nos tocaba pasarnos el resto del verano haciendo burla con el dedo gordo del pie. Ya en los días de septiembre empezaban a llegar unos tras otros, durante los primeros días de su vuelta éramos inseparables, mientras tenían algo novedoso que contar, de su estancia en las parmas, luego nos seguíamos viendo a todas horas pero no era lo mismo.
Nosotros los que nos habíamos quedado en el pueblo, la verdad es que no teníamos mucho que contar, pues la vida era bastante anodina, siempre tocaban la misma, a veces un poco más cargada de bombo. Recuerdo que no podíamos salir del asombro cuando mi amigo Ramón nos contaba que vivían en una chabola, hecha con tela de sábana, tipo a las chozas de los indios, dormían en el suelo en sacos llenos de paja de parmas, por las noches oían como aullaban los lobos, a veces se encontraban con serpientes de siete cabezas, cosa que en el pueblo no había, solo había culebras, que como eran nacidas en el pueblo como nosotros, nos conocían y no nos hacían nada, ellos decían que se aburrían pues allí apenas había niños para jugar, aparte de que sus madres no les dejaban alejarse demasiado por miedo a que se los llevaran los sacamantecas. Aquello era como ver una película de Indiana Jons, hecha con poco presupuesto, pero era muy bonito se te ponía la carne de gallina sabiendo los peligros a los que habían estado sometidos, mientras nosotros estábamos en el pueblo tan ajenos a estas circunstancias.
A últimos de septiembre volvíamos a la escuela, aquello si que era un rollo, todos los días lo mismo por la mañana antes de entrar en clase teníamos sesión de canto en el patio trasero izábamos las banderas y cantábamos el chunta chunta, el cara al sol y el por Dios por la patria y el rey. Pasábamos a las aulas, solo había tres, allí estábamos hacinados, casi andaríamos por los cincuenta chavales, el maestro, Franco, Dios y José Antonio, nuevamente volvíamos a rezar y a cantar la de María la blanca paloma, cuando queríamos empezar con la materia que nos tocaba ese día eran casi las diez de la mañana. Todo era pura contradicción, España era una grande y libre, pero no era verdad, pues al norte limitaba con los pirineos que nos separaban de Francia, y los demás bordes eran todo agua, o sea que nos engañaban, pero cualquiera le decía a don Ignacio que aquello no era verdad, estábamos de cara a la pared comiendo garbanzos por las rodillas, por lo menos hasta que España fuera libre de verdad, mira que ha llovido desde entonces y todavía estamos en parvulitos. De María la blanca paloma que podría decir que no resultara empalagoso era como el trágala a todas horas, Dios castiga a los malos y premia a los buenos, yo siempre rezaba, me sabia la lección de religión, entre otras cosas porque como siempre era lo mismo, no es que yo fuera un alumno aventajado, sino más bien que la cosa era bastante inamovible, pero aún así el cura, al que llamábamos el grajo negro, tío repugnante donde los haya, conmigo se ensañaba de una manera muy significada, siempre recibía varios sopapos, algún que otro reglazo en las yemas de los dedos , lo que más dolía, era el tirón de los pelos de la patilla, ya han pasado unos cuantos años y todavía hoy siento un tremendo escalofrío que me hace estremecer. Con el resto de las materias ocurría lo mismo pero se relativizaba mucho más, por ejemplo no era lo mismo desconocer el camino a recorrer para llegar al cielo, que no saber cuanto eran dos y dos, no tenía la misma importancia, tampoco era lo mismo no saber quien era Flemig, que no saber quien era Franco, José Antonio, Mola etc, aunque Flemig había salvado algunas vidas con su descubrimiento, los últimos habían salvado a España de los rojos, no se podía comparar un virus con, con un rojo marxista. De este cura podría escribir largo y tendido pero no es el caso, solo diré que se llamaba JOSÉ MARIA ALMAGRO, que era gordo como un tonel, en aquellos años en que la gente pasaba hambre un gordo no pasaba desapercibido, tenía una hermosa coronilla recortada, y la mano siempre extendida bien fuera para darte un sopapo o, para que se la besaras, era muy corriente que este buen hijo de Dios te mandara ir a la fuente a buscar agua para sus gallinas que tenía en el patio de la iglesia, regar los naranjos etc. Creo que a pesar de mis cortos años nos habíamos jurado amor fraterno, ocurría a menudo que cuando me pillaba para estos menesteres, cuando pasaba por la iglesia camino de la fuente escondía las botellas detrás de un banco y me largaba con la música a otra parte, la próxima lección de catequesis tenía asegurada unas cuantas comuniones, muchas fueron las fechorías que me hizo este tío charran, casi seguro que saldrá a relucir en más de una ocasión. Hacía la segunda semana de septiembre comenzábamos de nuevo el curso escolar, la cosa no tenía mayor importancia que romper con la rutina de los meses anteriores, si acaso nos venia algún profesor nuevo hasta que lo conocías no esteba mal luego era lo de siempre la letra con sangre entra, si habías tenido la fortuna que te habían comprado una enciclopedia nueva, pues metías muchas horas calcando los dibujos, tanto que llegaban los últimos días del mes de septiembre , fecha de la segunda feria, que alboroto cuando desde la escuela veíamos llegar los camiones de los feriantes, ya empezábamos a especular con que en el camión azul, llevaban los cochecitos topes, no que en el azul llevan la ola pues yo me voy a subir diez veces en tal cacharro, el otro decía que veinte total que nos pasábamos un rato especulando con algo que era del todo irreal, nos pasábamos toda la feria apostados en la noria de Joaquín esperando a que nos subiera de contrapeso, buena estaba la cartera, mejor dicho no había cartera, cuando había algunas monedas las anudaban en una esquina del pañuelo, y las guardaban en el seno, ya les resultaba harto difícil llenarnos el estomago todos los días, como para andar en jeringonzas de ferias y otras vulgaridades. Cuando pasaba la feria que duraba tres días, nos alegrábamos un montón, pues nadie sabe lo larga que se hace una feria sin dinero. El primer día ilusionante ver todos los cacharros funcionando, pero a medida que iban pasando los días, nuestras expectativas de vivir la feria subidos en las barquillas, la noria o cualquier otro artefacto se iban desvaneciendo, así que era mejor que pasara cuanto antes. El lunes volvíamos a la escuela, y otra vez hacíamos gala de nuestra fantasía, contando batallitas de los tíos vivos de lo bien que lo habíamos pasado, a toro pasado resultaba barato subirse en aquellos “atracciones de feria” a la espera de que al año próximo, fuera mejor y de verdad pudiéramos disfrutar de una feria como era debido, decíamos adiós a tanto ajetreo, y dejábamos la mente tranquila hasta la próxima que sería en abril.
al principio la ausencia del padre era como un luto mientras éste estuviera en Alemania no estaba permitido que los hijos anduvieran de picos pardos, habían de guardar ausencia tanto la madre como los pequeños, a las mujeres les estaba permitido salir hasta la puerta de su casa para ver pasar la procesión el día de la patrona, luego tocaba de nuevo la clausura. Esta clausura era impuesta de ipso para novias y hermanas mayores, los chicos en caso de los hermanos tenían venia para salir, ir a la taberna, etc. Así pasaban los días de nuestra infancia, entre soñar, y lo que pudo haber sido y no fue.
ya en los días de invierno, sentados al calor del brasero en la mesa camilla, nos contaban historias nuestras madres, porque nuestros padres o bien estaban en la taberna o eran emigrantes, con lo cual la tarea de cuidar de los hijos era de las madres, mi madre alguna vez nos contaba, cosas de la guerra, pues una hermana suya había estado nueve años en la cárcel en Pamplona, allí falleció, entonces cuando preguntábamos por la tía nos contaba, porque la metieron en la cárcel, por cierto que su versión distaba bastante de la que nos contaba el maestro. Mi madre nos decía que no hacia falta ser malo ni haber hacho daño a nadie, bastaba con que alguna vez hubieras exigido respeto, a algún cacique del pueblo para que te llevaran preso, algunos tuvieron poca fortuna pues fueron fusilados, algunas veces nos moríamos de miedo cuando andaban los de la brigada por el pueblo, en la casa donde veían luz encendida se paraban y golpeaban en la puerta y decían ya va siendo hora de acostarse, de inmediato subíamos las escaleras y nos metíamos en la cama sin quitarnos la ropa siquiera, nos tapábamos la cabeza, entre el miedo y la agitación, tardábamos mucho rato en dormirnos. A la mañana siguiente lo comentabas en clase, con los amigos, resultaba que no habíamos sido los únicos que habíamos recibido la visita de aquellos personajes.
el veinte de noviembre, en la escuela resaltaban con mucho boato la figura de José Antonio, ese día nos hacían cantar el cara al sol con más ímpetu, a media mañana salíamos de la escuela para ir a misa, nos formaban en la puerta de la iglesia, delante de una cruz de madera que había en la fachada (nunca mejor dicho) nos hacían volver a cantar el cara al sol, ese día era de culto obligatorio al régimen, por la tarde la concentración tocaba a los hombres, formados, y con el brazo levantado y la mano extendida cantaban el cara al sol y hacían una ofrenda de laurel, entre los obreros había gente que acudía a este evento, pero eran los acaudalados los que se hacían notar de manera más significada, también acudían algunas mujeres pero estas no se mezclaban con los hombres se quedaban en un grupo en la parte trasera del pelotón, estas solían ser las mujeres de los fascistas de los maestros, también algunas de casa pero estas eran las menos.
Han pillado a Jacinto en Alemania, este era un señor de lo más negro y reaccionario que había llegado al pueblo, primero estuvo de encargado en el Cri, que llamaban a la fabrica donde molían las parmas, para hacer escobas, forraje para el tapizado de los colchones etc, se pasaba el día el tío perro insultando a los chavales cagándose en la madre que los parió, a las mujeres las puteaba porque se le ponía en los pantalones al tío tirano, aquella industria toco fin con la llegada de los colchones de borra, el tío calavera en vez de irse para Montoro el pueblo que tuvo la desgracia de verlo nacer, se dedicó al trafico de emigrantes a Alemania, la situación en el pueblo se iba endureciendo poco a poco, así que las alternativas eran muy pocas i las posibilidades de llegar a buen destino para mucha gente eran pagar a este tío perro, para correr la aventura, algunos fueron detenidos en la frontera, y devueltos como material defectuoso, se quedaron sin trabajo y sin dinero, lo más grave de todo es que se quedaron con la deuda y sin manera posible de saldarla. Este tal Jacinto tenía dos hijos que iban con nosotros a la escuela, uno se llamaba Jacinto como su padre, el otro Juanele, su mujer una tía seca medio tísica con muy mal carácter, muy acostumbrada a ser señora de nadie, ahora eso de venir a menos le había sentado mal como que se negaba a aceptar que ya era unos pobretones como el resto, y si querían comer tenían que ingeniárselas como los demás. afortunadamente cuando salió su marido de la cárcel en Alemania desaparecieron del pueblo sin que nadie volviera a saber nada de ellos, cosa que muchos sintieron como un alivio pues de habérselas jugado, no era facil que alguno no le diera un mal golpe y lo dejara en el sitio.
Aunque la puntualidad nunca fue cosa de los españoles, la Cochinita seguía pasando cada noche quitando los días que se había salido el río, yo siempre estaba pendiente me costaba dormirme si no la había oído silbar era como si me diera las buenas noches.
Mis amigos fantaseaban con las cosas que les iban a traer sus padres de aquellos lugares a los que tuvieron la suerte de llegar, relojes, plumas, tres cuartos de cuero, botas de goma para la lluvia, etc., Yo seguía como siempre asombrado, lo grande que es el mundo y yo aquí puerto en esta esquina, sin poderme mover, soñando que algún día recorrería el mundo.
Ese día no tardo mucho en llegar, en el mes de febrero mi hermano mayor cogió la maleta y se fue a trabajar a Bilbao, que bien que suerte que tenía, se colocó en un lavadero de mineral, estaba muy bien si llovía no se mojaba y si hacía calor no se achicharraba, y trabajaba todos los días no como en el campo que el día que llovía estaba el jornal perdido. Pasaron unos meses, y ya estábamos preparando el viaje para Bilbao, nos había buscado una casa en un barrio apartado del pueblo donde residía un hermano de mi padre desde hacía al menos seis años, todo maravilloso fantástico deseando que llegara el día, y luego...