El caser�o situado en la zona minera del �Pa�s Vasco� denotaba el paso del tiempo. El tejado con los canalones rotos dejaba escapar el agua de la lluvia por toda la fachada, habiendo crecido el moho de tanta humedad. Un trozo de alero amenazaba con caer llev�ndose las tejas.
Susana intentaba pensar mientras prend�a fuego en el hogar a unos le�os a medio quemar y a�ad�a otros nuevos.
Su vida se hab�a convertido en un caos al casarse con Eduardo, un minero, pero ella estaba enamorada y todo ir�a arregl�ndose.
Su vientre iba en aumento, ya sent�a las patadas con que se impon�a su segundo hijo. Edu ya ten�a nueve a�os y no quer�an esperar m�s.
Hab�a pasado un periodo de cinco a�os en que la mina estuvo abandonada y los mineros sin trabajo, pero en esos momentos escaseaba el mineral y Altos Hornos de Vizcaya lo pagaba bien. Un grupo de amigos decidieron explotar a cielo abierto unas vetas que promet�an buenas ganancias.
Susana consigui� que los le�os ardieran, coloc� un puchero con agua para hacer caf�. No tardar�an en llegar los compa�eros de Eduardo, mir� por el ventanuco, ya comenzaba a clarear el d�a. Un aire fr�o de humedad le azoto la cara, aquello presagiaba lluvia.
A la mujer se le encogi� el coraz�n , �otro d�a sin poder trabajar�. No sab�a cu�nto m�s le dar�a el panadero sin pagarle.
Estaba siendo uno de los peores inviernos.
Hac�a tres meses que hab�a nacido su segundo hijo, tuvieron que practicarle una ces�rea. El parto se complico pero el ni�o naci� bien.
Aquel d�a hasta el sol parec�a que luc�a de otro color. Por fin consiguieron llenar el segundo cami�n y les iban a dar el cheque.
�Har�an maravillas! Pero la realidad fue bien distinta ya que apenas les quedaron unas pesetas despu�s de pagar todas las deudas.
Aquella noche Eduardo lleg� a casa m�s tarde que otras veces.
Los ni�os estaban acostados. Se sent� en el sitio de costumbre; su mujer le sirvi� unas lentejas que hab�an sobrado del mediod�a. Mientras cenaban oyeron un leve tintineo, el sonido de gotas de lluvia desliz�ndose sobre el techo de uralita. Ambos alzaron la vista como si el techo fuera transparente. Con voz apagada Eduardo le dijo:
-La semana que viene me voy a Alemania, me ha dicho Felipe que hay mucho trabajo y pagan bien. Aqu� no podemos vivir. Te mandare dinero y cuando encuentre piso os llevo. Tenemos que salir de aqu� � esto no es vida!
Susana call�, pero por su mente pas� la situaci�n en que quedaba; sin dinero y con dos hijos, aunque pens�ndolo... igual se sent�a m�s protegida con los amigos de Eduardo trabajando en la mina.
Le apoyo la mano en el hombro, �no te preocupes, tienes raz�n, �as� no podemos vivir!�
Al quedar sola las noches se le hac�an insoportables, no pod�a conciliar el sue�o. O�a ruidos que anteriormente no los hab�a percibido.
El agotamiento llego al limite.
De repente algo la despert�, agudizo el o�do.
El coraz�n le lat�a enloquecido �qu� era lo que la hab�a despertado? �Alguien andaba en la habitaci�n!, los pasos eran suaves, sigilosos...
Estaba paralizada, sinti� como le palpaban los pies. Horrorizada encendi� la luz de la mesita, �una rata la miraba con sus enormes ojos y bigotes tiesos! Continuo rollendo el bolo del pielero de la cama.
Hist�rica, cogi� la almadre�a, la lanzo con todas sus fuerzas; la rata salt� escapando por el cristal roto del ventanuco.
Al d�a siguiente, los amigos de Eduardo terminaron pronto la tarea en la mina, se les hab�a dado bien, la veta era buena. Todos marcharon para la tasca, pero Carlos se quedo acompa��ndola.
-Susana, no te veo bien. Si necesitas algo me lo dices, yo te puedo ayudar hasta que te mande dinero tu marido.
Ella le miro con ojos entristecidos, sus hijos no ten�an nada para comer.
Desde aquel d�a Carlos pasaba algunas noches en la casa.
El verano transcurr�a lento. Desde que Carlos la ayudaba, a sus hijos no les faltaba la comida. Susana continuaba sin saber nada de su marido, no se sent�a bien. En la soledad de la noche la cabeza quer�a explotarle, los temblores comenzaron a estremecerla. Sin poder contenerse, se levant� de la cama apoy�ndose en la pared y consigui� llegar a la cuadra. Las arcadas la hac�an estremecerse, el oxigeno no le llegaba a los pulmones. Consigui� vomitar una y otra vez, las convulsiones fueron cesando, agotada volvi� a la cama. Su temperatura se estabilizo y durmi� hasta bien entrada la ma�ana.
Los ni�os jugaban descalzos es el patio.
Al terminar la jornada Carlos lleg� a casa, se quedo mir�ndola.
-Tienes mala cara, �qu� te pasa?
-Creo que estoy embrazada.
�l se quedo mir�ndola.
-�Ya te puedes deshacer del ni�o, yo no me voy a hacer cargo de �l!
Llor� desesperada, poco a poco se fue calmando.�Qu� pod�a hacer? Su familia no estaba en condiciones de poder ayudarla, no ten�a trabajo, �el cabron de Carlos la dejaba tirada!
Una ola de odio y rabia la invadi�, su mente comenz� a gestar venganza, lo que hab�a hecho �ten�a que pagarlo!
-�Dios, am�n reviente esta noche! �Si estuviera aqu� le mataba!, los ojos se le inyectaron de sangre, volvi� a sufrir otro ataque de convulsiones. Tengo que darle un escarmiento, �de mi no se r�e!
Su mente se nubl�, hist�rica comenz� a dar golpes contra las paredes. Al amanecer no pod�a coordinar sus ideas, no sab�a c�mo hab�a llegado a la cuadra, estaba acurrucada junto al pesebre, en ese momento se abri� la puerta y Carlos se sent� en el taburete de orde�ar la cabra para cambiarse los zapatos. Ciega de odio cogi� un hacha y con todas sus fuerzas le asest� un golpe en la nuca. Un sonido seco y ronco retumb� al caer contra el suelo.
Enloquecida continu� golpeando y golpeando; agotada tiro el hacha a los pies de Carlos.
Cerr� la puerta emprendiendo el camino hac�a el cuartel de la Guardia Civil.
En la cuadra un moscard�n comenz� a volar alrededor de un charco de sangre. Un rayo de sol traspaso el ventanuco. El mosc�n cay� en aquella masa pegajosa, retorci�ndose en un intento desesperado por soltar sus alas y poder volar.