Samuel Men�ndez Portillo descansaba sus cincuenta a�os tumbado en el porche de su casa de campo y, mientras, se afanaba en espantar las molestas moscas que le rodeaban. Sus ojillos peque�os se hac�an cada vez m�s peque�os, un gran sopor se iba adue�ando de todo su cuerpo y, como le pasaba siempre que consegu�a dormirse, se transportaba treinta a�os atr�s.
Samuel era alto y delgado, su pelo lacio y rubio le daba un aspecto bohemio, sus ojos peque�os se ocultaban bajo unas gafas redondas. Por aquel entonces Samuel cursaba tercero de Bellas Artes y sus paseos por el campus con sus lienzos y pinceles eran muy habituales. Era reservado y un poco taciturno, no contaba con muchas amistades y su popularidad era escasa. Un d�a del mes de marzo, lluvioso y fr�o, Samuel entr� en el aula que ten�an reservada para hacer pr�cticas, coloc� en silencio su lienzo sobre el atril correspondiente y se sent� a esperar que el profesor les indicara el tema sobre el que ten�an que trabajar.
Al de breves momentos, entr� un hombre regordete acompa�ado de una morena, que a Samuel le pareci� una diosa. Venia enfundada en un albornoz blanco y su melena rizada le ca�a por la espalda. El profesor les indico que ten�an que pintar un desnudo, dicho lo cual, la escultural morena se subi� sobre la mesa, que se cubr�a con un lienzo de terciopelo rojo, y se despojo del albornoz. Samuel contuvo la respiraci�n y abri� mucho sus peque�os ojillos, el espect�culo era maravilloso, aquella diosa adopt� una postura sensual, mientras se recostaba sobre el lienzo rojo.
Su cara de facciones perfectas, sus ojos grandes, Samuel no pod�a precisar de qu� color eran, pero preciosos, sus hombros blancos bien torneados, sus pechos turgentes que se ergu�an hacia el techo, su diminuta cintura, sus caderas redondas cobijaban su sexo con dulzura, sus largas piernas terminaban de moldear aquel bonito cuerpo. Samuel permaneci� un rato con la boca abierta hasta que el profesor le animo a comenzar, sus manos h�biles fueron plasmando poco a poco sobre el lienzo aquellas formas. La expresi�n de aquella bonita cara fue durante el resto de su vida su gran musa.
Nunca m�s volvi� a ver a aquella diosa, pero su recuerdo le acompa�� el resto de sus d�as. Cuando la inspiraci�n le jugaba una mala pasada, s�lo ten�a que cerrar sus ojillos, los recuerdos flu�an y volv�an a ser tan claros como aquel d�a gris de marzo, en el que encontr� su musa, a la que consagro su vida y a la que sigue buscando incansablemente.