QUIJONGO

Autora: Feli del Rio


En lo m�s interior de una peque�a meseta encajada entre monta�as, existe un espacio llamado �Del Quijongo�
Este espacio liso y �rido que ahora carece de hierba aunque tambi�n est� libre de pedruscos s�lo es una enorme pista de lodo muy seco. Tiempo antes sus grandes �rboles bat�an la brisa sobre nuestros rostros y nuestros pies danzaban sobre un campo fresco y florido. Ahora tan s�lo queda en la memoria.
Las �ltimas lluvias hab�an ca�do escasas sobre nuestras tierras durante varios a�os. Los arados continuaron surc�ndolas in�tilmente esperando el agua que no llegaba, y nosotros comenzamos a creer que el Dios de las lluvias se hab�a enfadado de nuevo.
Yo Badu Nebi y dem�s ancianos volvimos a convocar a yodas las gentes de las aldeas vecinas en la llegada del primer plenilunio de la primavera para celebrar la danza del Quijongo, fiesta ritual del agua.
Es una danza ancestral legada de nuestros antepasados, dedicada a loar y rogar a Dios para que nos proteja, unas veces de los desbordamientos por las grandes lluvias torrenciales, que arrasan nuestras cosechas, y otras por la sequ�a de los largos estiajes que dan hambre y tristeza a nuestros corazones, como ahora.
Por suerte en las tierras m�s cercanas a las monta�as aun podemos salvar algunos cultivos de cereal, vid, y olivos con lo que poder subsistir. Para ello contamos con unos magn�ficos aliados, junto a ellos convivimos a gusto, se trata de los pitardos; �stos son unos p�jaros de color negr�simo, cabeza peque�a de ojos vivaces, pico recio m�s claro, alas veloces y larga cola, Aut�nticos devoradores de insectos que adem�s atacan con sa�a a todo depredador ajeno a su especie. Anidan en las oquedades de las rocas y sus cantos semejan al de los mirlos.
Ha llegado el gran d�a, los ancianos y ni�os y ni�as m�s peque�os descalzos, vestidos con t�nicas blancas hasta las rodillas hacen sonar los timbales y zambombas mientras las ni�as m�s mayores, y mujeres con el pelo trenzado junto a los hombres m�s j�venes comienzan a bailar descalzos y desnudos, tan s�lo se cubren los genitales con tangas tambi�n blancas. Alrededor de sus cinturas sujetos con fuertes cordones de algod�n penden c�ntaros de barro vac�os. Sus cabezas erguidas hacia el sol, los ojos cerrados, sencillo lenguaje de gestos con movimiento de brazos y cintura, el de las manos de cortes�a que se elevan como almas hacia Dios, su forma m�s alta de reverencia.
Despu�s, con la m�sica se funde el canto, explosi�n un�nime de nuestros estados de �nimo. Todo es un singular rito sagrado. D�a y noche suena la canci�n envuelta en aromas de s�ndalo.

�Quijongo, Quijongo!
es tiempo de ruegos,
�Quijongo, Quijongo!
es tiempo de esperar,
�Quijongo, Quijongo!
no permitas el hambre,
�Quijongo, Quijongo!
que hable el sol
a ritmo del coraz�n �Quijongo, Quijongo!
que hablen las nubes
�es tiempo del agua transparente!
el tiempo pasa lento, los danzantes arrastran los pies llagados por la dureza del suelo con el cansancio reflejado en los rostros, tambi�n en los que hemos hecho sonar nuestras manos, sin descanso sobre el duro cuero de los tambores. El dolor es insoportable. El b�lsamo preparado para aplicar sobre nuestras llagas se ha agotado.
uno a uno se desprende de los pesados cinturones y colocan los c�ntaros en el lugar que han ocupado sus pies. Pero en nuestros ojos aun se observa una expresi�n de esperanza. Nos postramos de rodillas, con la cara encima del dorso de nuestras manos sobre el suelo en aptitud de obediencia, y antes de que asome el primer rayo de sol, ayud�ndonos unos a otros, vamos abandonando este lugar hacia nuestras respectivas aldeas, esperando de nuestro Dios la respuesta deseada.




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