QUÍEN ES QUIEN

Autora:Rosa arco


Salió del taxi torpemente, todavía se sentía muy débil y sus piernas se negaban a caminar; a duras penas llegó hasta la verja del jardín, introdujo la llave en la cerradura y entró, se quedó inmóvil observando el patio de la casa; las plantas estaban secas y los rosales que cubrían las paredes ya se habían marchitado, respiró hondo y siguió caminando mientras recorría los pocos metros que la separaban de la puerta principal.
Miraba la casa, se notaba el paso del tiempo; el deterioro y abandono eran eminentes, las paredes estaban desconchadas y los marcos de las ventanas abrasados por el sol necesitaban una buena mano de pintura, hacía tantos años que no se ocupaba ella… Abrió ala puerta y cruzó el umbral, encendió la luz del hall y se dirigió al salón, subió las persianas, se sentó en el sofá y cerro los ojos; estaba muy cansada.
Habrían transcurrido al menos dos horas cuando abrió los ojos y miró a su alrededor; de frente, en el armario que cubría una de las paredes del salón había dos fotos, detuvo la mirada en la de su boda sin duda el día más feliz de su vida, estaban tan ilusionados.
Tendrían al menos cuatro hijos, a los dos les hubiera gustado ser familia numerosa, imaginaban a los pequeños corriendo por el patio, pero los niños no llegarían nunca y acabaron conformándose, quizá fuese mejor, así parían dedicarse el uno al otro.
Su marido viajaba mucho por cuestiones de trabajo y ella le acompañaba a menudo. El día del accidente iba sólo, el conductor del camión se durmió al volante y fue a chocar contra el coche de Joaquín. Después de muchas operaciones y muchos meses de hospital no se pudo hacer nada; Joaquín quedo tetrapléjico. Ella ejerció de enfermera. Durante los quince años siguientes hizo lo que pudo por él hasta aquel funesto día en que su marido murió.
El timbre del teléfono la devolvió a la realidad.
-Dígame.
-Es Ud. Susana.
-Sí, soy yo.
-La llamo del hospital para saber si ha llegado bien a su casa.
-Sí estoy bien, muchas gracias.
-No deje de tomar la medicación y acuda a las revisiones. -Lo are, gracias.
Colgó el auricular y miro el reloj de muñeca; todavía era pronto para tomar las pastillas, volvió al sofá y se sentó.
¡Que guapo estaba su padre en aquella fotografía! Apenas se había recuperado de la perdida de su marido cuando su padre cayó enfermo, el y su madre se trasladaron a su casa, su madre siempre estuvo delicada de salud y era su padre quien se ocupaba de ella hasta que la diabetes de él empeoro y acabó quedándose ciego.
Primero falleció su padre y años más tarde su madre, fue entonces cuando se sintió vacía, no tenía ganas de vivir, ¿Por quién iba a luchar ahora? estaba sola y la vida ya no tenía sentido.
Se hundió en una gran depresión, las persianas de la casa siempre estaban cerradas, tenía terror a salir a la calle, caminaba por la casa como un alma en pena buscando algo que nunca encontraba y le dolían los huesos como si la hubiesen apaleado, hasta que un día en un momento de lucidez decidió pedir ayuda, pero su cuerpo no la obedecía, estaba tan débil que era incapaz de alcanzar la puerta de casa, entonces se dejo caer y arrastrándose alcanzo el telefono, lo cogió y apretó la tecla roja.
-Policía ¿dígame?
-Necesito ayuda – balbuceó.
-Dígame su dirección.
- paseo del río nº 5
Se despertó en un box de urgencias del hospital, un medico la examinaba.
-Tranquila esta Ud. en el hospital, la hemos encontrado en su casa, había perdido el conocimiento y esta Ud. muy débil. ¿Podría decirme como ha llegado a esta situación?
Susana le contó lo que había pasado y los médicos decidieron ingresarla en la plata de psiquiatría del hospital.
Pasaron siete largos meses y hoy por fin había vuelto a casa.
Miró de nuevo el reloj, era la hora de la medicación, se levantó del sofá, cogió del bolso la caja de las pastillas y se dirigió a la cocina, lleno un vaso de agua, las tomo y respiro profundamente, luego fue a la habitación, se puso el pijama y se acostó, tenia que descansar, mañana decidida que hacer con su vida, esta vez debería aprender a enfrentarse con su soledad.
Apenas se hubo tendido en la cama se durmió profundamente. Los rayos del sol entraban en la habitación a través de las rendijas de la persiana, abrió los ojos y se levantó, preparo un café; mientras lo tomaba no paraba de darle vueltas a la cabeza, debía de ocupar el tiempo, le gustaba escribir y hasta su depresión, casi todos los días lo había hecho, aunque solo fueran unas líneas le gustaba plasmar sus sentimientos, sus deseos, el diario de su vida, siempre dedicada al cuidado de los suyos, pero ahora ¿sobre qué o quién podría escribir? Entonces recordó cuando de adolescente viajaba en el tren con sus amigas; durante el trayecto jugaban a ¿quién es quién?, observaban a los viajeros, escuchaban sus conversaciones y creían adivinar sus vidas.
Se dio una ducha y se arregló frente al espejo, su cara reflejaba tristeza y cansancio pero para sus cincuenta y ocho años y todo lo que había pasado no estaba tan mal – pensó - sus ojos todavía tenían el brillo de quien quiere vivir.
Cuando llegó a la estación, su corazón latía descompasadamente, los médicos le habían dicho que la depresión lo había debilitado y que debería llevar una vida tranquila y sin sobresaltos, pero estaba tan emocionada, seguro que allí en aquel tren iba alguien con una vida sobre la que ella podría escribir. Presiono el interruptor de la puerta del vagón y entró, en el fondo había siete chicos y chicas jóvenes ya sentados y pensó…
-¡Los jóvenes de hoy tienen mucho que contar!
-¿Os importa que me siente? – preguntó a las chicas, ellas la miraron y contestaron sonriendo.
- No, puede sentarse está libre.
Se sentó tímidamente.
-¿Viajáis siempre a esta hora?
-Sí – contestaron al unísono.
Parecían agradables y casi sin darse cuenta se presentó y comenzó a contarles su vida y las razones por las que a partir de ese día viajaría en aquel tren.
Apenas había terminado de hablar el tren llegó a su destino y los jóvenes se despidieron con un ¡hasta mañana! Y ella se quedo pensando si no se habría precipitado un poco, apenas les había dejado hablar, estaba ansiosa.
De vuelta a casa recordaba las caras de los chicos y chicas, ellos extrañados e incrédulos, ellas dulces y comprensivas ¿qué podrían estar pensando? no los conocía ni la conocían, probablemente pensarían que estaba loca.
El resto del día transcurrió despacio, tan sólo escribió unas líneas acerca de su primer encuentro, luego trato de olvidarse haciendo limpieza en la casa.
A las siete sonó el despertador debía levantarse y comprobar si aquellos jóvenes la habían tomado por una loca o habrían comprendido su soledad.
Nada más entrar en el tren dirigió su mirada al fondo del vagón.
¡Estaban allí!
-¡Buenos días Susana!
Se quedo estupefacta, se acordaban de su nombre.
-¡Buenos días!- contestó.
Después del saludo se presentaron, Marta, Asun y Elena estaban sentadas a su lado, en los asientos de la izquierda estaban Carmen Blanca, Damián y Rober. Todos aparentaban entre veinticinco y treinta años, eran bastante agraciados físicamente, pero lo que más le llamo la atención fue su sonrisa franca y abierta.
Marta y Asun eran dependientas en una perfumería y Vivian juntas se conocían desde niñas y al llegar a la adolescencia se dieron cuenta de que la amistad que siempre las había unido se había trasformado en amor. Los padres de Asun nunca aceptaron su inclinación sexual y la echaron de casa.
Elena estaba casada pero su matrimonio no iba bien. Su marido tenia dos personalidades, cuando estaban entre amigos era el hombre más agradable del mundo, sin embargo en su casa se volvía prepotente y machista y constantemente la humillaba, ella no era feliz pero le quería, esa era la única razón por la que no se había separado.
Carmen y Blanca trabajaban en la planta de oncología de un hospital, eran enfermeras y sin duda tenían mucho que contar.
Damián y Rober, eran estudiantes de arte dramático, hablaban de su amor por la interpretación y la ilusión que tenían por acabar la carrera y alquilar un teatro donde pudieran demostrar su valía.
Cada día Susana les escuchaba atentamente contar anécdotas y vivencias y al llegar a casa dejaba volar su imaginación y escribía relatos en los que ellos eran los protagonistas.
Habían pasado dos años, Susana seguía yendo en el tren a diario. Aquel día tenia aspecto cansado por eso al ver que se dormía no quisieron molestarla y durante el viaje se mantuvieron callados.
Estaban llegando a su destino y Marta la cogió de la mana para despedirse, la tomo el pulso, Susana estaba muerta.
El aspecto de su cara era sereno y relajado y lucía una amplia sonrisa, sin duda habían logrado que fuese feliz.
-No estéis tristes – dijo Damián – hemos cumplido día adía nuestro objetivo, nos inventamos unas vidas que no eran las nuestras para que tuviera argumentos para escribir y no volviese a caer en una depresión ¿recordáis el día que se presentó en el tren y nos contó su vida? Decidimos ayudarla pero pensamos que siete estudiantes de arte dramático tenían muy poco que decir y nos fabricamos otras vidas más interesantes, tan solo Damián y Rober contaron la verdad, porque también queríamos que supiera de nuestros sufrimientos y esperanzas.
Todos estaban de acuerdo, habían ayudado a Susana y debían estar satisfechos.
Elena cogió la libreta de apuntes que Susana llevaba, antes de morir había escrito algo y sentía interés por saber cual había sido su último pensamiento.
-¡Mirad! – dijo.
Todos leyeron en voz alta.
-¡Gracias! Y como en el argot teatral se dice ¡mucha mierda!
Quedaron perplejos ¡ella lo sabia todo! Antes de la firma había escrito una posdata (buscad un sobre) entre las hojas de la libreta lo encontraron, en el anverso llevaba escrito, (para que alquiléis vuestro teatro) en el interior había un cheque al portador.
Todos pusieron sus manos sobre las de Susana y dijeron:
-¡Mucha mierda Susana!



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